Disclaimer: estos personajes no son míos, tampoco así su historia. Todos los beneficios a J.K y Warner.

Nota de la autora: este es bastante más triste, mucho más... profundo. Sobre todo más largo, lo siento. Espero que os guste.


Fun

Quinto curso, parte II

Muy pronto, inevitablemente cerca en el espacio-tiempo, habría que escoger. Elegir la senda entre el trayecto corto, fácil y recto, marcado de oscuridad y de muerte, con la pestilencia del horror, droga de la que el cuerpo nunca termina de librarse, o el obstaculizado y pedregoso camino que conducía a la más preciada propiedad, la libertad.

Y ellos, que habían observado la atrocidad desde lo atroz, que habían contemplado los engranajes de la injusticia desde el palco de honor, que se habían deleitado con el espectáculo del dolor y la inmundicia, que se regodeaban en la intolerancia, siendo en una ironía víctimas del prejuicio que habían decidido mantener. Eran verdugos, las bombas que destruían ciudades, los generales que conducían a las tropas hacia el perecer y la victoria. Pero también eran pueblos desolados, envueltos en la ruinas de un pasado mejor, eran civiles inoportunos, estando en el lugar equivocado en la hora equivocada. Pero sobre todo eran peones, dirigidos por sus superiores, necesarios en tiempos de guerra, sin honra ni valor, sin decisión y sin posibilidad de ella, sin voz ni voto.

Arrastrados por unos ideales que habían hecho suyos, por un dogma inteligible al que hacía tiempo que habían claudicado. Porque eran flexibles como el junco, doblándose a voluntad, independientes al viento o a la tormenta, preocupados únicamente por su propia supervivencia. No eran estoicos, como el roble, que permanece inmóvil en sus percepciones, que en la adversidad se agarra a sus raíces con las manos ensangrentadas, manchadas por la presión y el empuje de la corriente, pero que finalmente puede ser devastado cuando el cuerpo, cansado, no puede oponer más resistencia.

Eran ambiciosos, pero superfluos en sus anhelos, inesperadamente simples en sus aspiraciones. Unos deseaban la gloria, o el poder, o el dinero. Otros buscaban la comodidad que proporciona el dinero, la superioridad que confiere el poder, el respeto que infunde la gloria, ese que no se basa en el miedo, sino en la admiración. En alguna parte de sus sueños infantiles, habían aparcado los cuentos de hadas. Porque ellos no eran príncipes, no eran guerreros audaces ni doncellas que moraban en torres. No. Eran villanos, maldad sin escrúpulos. Personajes en los que nadie intentaba ahondar, a los que nadie tenía ganas de comprender. ¿Para qué? Era mucho más confortable contentarse con sus rasgos externos, asentarse en la apariencia.

No cuestionaban el mundo que tan amablemente les daba de comer, desde los dos lados de la mesa, se miraban con desdén y odio. Con ignorancia, más prioritariamente. Tanto ellos, que acabarían por escoger el destino que la sociedad, la historia y el origen habían pactado para sus vidas, como aquellos, que no sentían empatía, que se conformaban con la máscara que acabaría solapándose a la faz, por costumbre y egoísmo, que se engañaban en sus infancias felices, en la estructura de un mundo que muy temprano había distinguido bien y mal.

Porque a algunos se les niega la libertad antes incluso de su concepción, porque otros no son lo bastante intrépidos para alcanzarla. No todo el mundo nace para ser un héroe, no todos nacen al lado bueno de la frontera entre los victoriosos y los vencidos. Porque en todo cuento, en todo escenario, en cualquier buen libro, debe haber una figura de oposición que cree la lucha, que haga interesante el relato, que destaque la virtud del caballero, que convierta un burdo intento de historia en un atrapante y emocionante escrito, sembrando muerte e ira allá por donde pasa. Porque sin antítesis, sin antimateria, no hay creación, igual que sin fuego no hay agua o que sin luz no hay oscuridad. Los hados habían querido situarles de ese lado del tablero, nada aleatorios o azarosos.

Bajo el influjo del repiqueteo de las agujas del reloj, viendo con desasosiego el ir y venir del sol que reducía sus senderos, instándoles a tomar alguno de los dos que se les ofrecían. Exhortándoles a dirigirse al valle verde, esponjoso y fértil, o al desierto, árido y abrasador, en el cual tomabas la misión laberíntica, arcánica, de localizar el oasis en el que abrevarte, el jardín del edén.

Por eso, la tarde posterior a la mañana en la cual se descubrió la realidad de lo ocurrido con Potter, todos se encontraban enclaustrados en la Sala Común, quizá amparados por la privacidad de sus habitaciones. La noche anterior, un grupo reducido de alumnos se habían lanzado en un ataque suicida, impulsados por la idiotez de un adolescente con ínfulas de mártir. Se habían enfrentado valerosamente y a ciegas contra un grupo de mortífagos cuyo objetivo era recuperar una profecía sobre el Lord y sobre el jovencito que, estúpidamente, había caído en una trampa banal y simple, acompañado por sus amigos como una lámpara por las polillas.

–¿Te la harás, Theodore?– inquirió Daphne, sentada elegantemente en el sillón de cuero, observando con pereza su entorno, tratando de no posar su mirada parda en él, las manos entrelazadas con indecisión, con vergüenza.

Y el aludido, aunque ella no lo hubiera dicho a viva voz, sabía que hablaba de la marca. De la marca que sólo dejaba un camino, el de la perdición. Sumido en una repentina tristeza resignada, sus ojos azules reflejando más de lo que él podría jamás admitir, más de lo que jamás nadie vería, el moreno se giró hacia ella, que, intuyendo el movimiento, clavó sus pupilas reticentes en las suyas, con determinación, curiosidad y anhelos de esperanza. Quería oír un no, daban igual las razones. Extender un bálsamo en su mutilada inocencia, girar el tiempo eternamente en unos meses, quizá unos años, antes de aquél suceso.

– Es lo que soy, lo único que puedo ser. – respondió el chico, duramente, el desengaño manchando cada sílaba, el vacío aguando la noche de su mirada.

Ella frunció el ceño, descontenta y frustrada. Volvió a su interés por el decorado, sus dedos finos y femeninos tamborileando sin misericordia sobre el brazo del sillón. Theodore casi podía escuchar las piezas de su cerebro haciendo conexión, trabajando en elaborar una respuesta no demasiado emotiva, no demasiado comprometedora. O quizá debatiéndose entre soltar o no algo que la carcomía.

– ¿Sabes?– empezó con una pregunta retórica, juzgando su persona indigna de su atención visual todavía, – Siempre he pensado que se puede escoger.– él alzó una ceja, sorprendido – Es verdad que no es fácil, al menos para algunos. – concedió, y hacía referencia a ellos mismos, de eso estaba seguro– Muchas veces, la amenaza de la muerte o la extorsión del monstruo interno te lo impiden, y si sigues el camino que quieres, sufres las consecuencias. Pero habrás sido lo que ansiabas ser. Nosotros, en cambio, no lo hacemos. Nos dejamos guiar, como borregos empequeñecidos por el miedo y la imposición. Y no creo que sea malo no escoger: por cada persona que decide, tres no tienen el derecho. Pero, ¿No buscas más? ¿No te gustaría ser diferente? ¿No deberíamos ser lo que quisiéramos, poder elegir nuestro lado de la frontera?– concluyó, volviendo a su posición inicial.

Había sido un discurso muy largo para ella. Parecía algo exaltada, el rubor inundando inpúdicamente sus blancas mejillas, las extremidades temblando más de lo normal. Había vuelto a decir más de lo que debería, en una confusión que no tenía nada,- nada de nada-, que ver con la presencia de su compañero. No, qué va. Aunque extrañamente él se encontraba de público a cada vez que eso ocurría, pero esa no era la incógnita de la ecuación, era sólo una circunstancia como cualquier otra. Debía haberse mordido la lengua con saña cuando vio aproximarse la tan inapropiada sinceridad. Pero no lo había hecho, y ya era tarde. Así que le miraba expectante, mientras él se sostenía la cabeza con las manos, presa de la impotencia.

– Claro que quiero, idiota.– gritó imprimiendo bien en ella su furia, deseando hacerla sufrir, deseando despojarla de cualquier ilusión, volverla vacía y siniestra como lo era él– Pero no es posible, no hay futuro para nosotros aparte ese. ¿Crees que no tengo ganas de largarme de este sitio y olvidarme para siempre del Señor Tenebroso, de la guerra, de los camaradas del viejo chiflado y de la puta madre que los parió a todos?– sus manos habían descendido, y ahora se contorsionaban en un gesto vehemente, sus ojos se habían abierto con demencia– Pues claro que quiero, joder. Pero como tú has dicho, existen consecuencias. Consecuencias a las que prefiero la marca, que destrozarían tu precioso mundo de luz y color. Ya tienes edad de madurar, Daphne, y de jugar las cartas que te han tocado. Tirados los dados, no se puede volver atrás, y lo sabes.– habían vuelto a usar sus dedos como soporte para su cabeza, que de repente pesaba toneladas, y se habían relajado con dolor su cara – Citando un refrán romano, alea jacta est.

Y qué razón tenían los latinos, se dijo ella. Desgraciadamente, él estaba en lo cierto, y siempre lo había sabido, aunque había querido alejar esa fatídica perspectiva de verdad durante mucho tiempo. Ella, sin duda lo tenía más fácil. Era consciente, su estatus elevado pero ambiguo en sus elecciones le había librado de deber por la causa. No se le exigía nada aparte un comportamiento burgués y una alta disponibilidad social. Sin luchas, sin muertos. Aún así, pese a su nula participación en una guerra terrorífica y cruenta,- como todas, por otra parte-, se sentía encerrada en un mundo cuyas formas la incomodaban, pinchando donde debían acariciar. Pero como había dicho Theodore, no había salida. Porque este no era un laberinto, era una cárcel sin puerta, las ventanas tapiadas. Un círculo vicioso que se repetía a lo largo de los siglos y de los países, ricos y pobres, blancos y negros, atractivos y feos. Puros e impuros.

Silenciosamente, se levantó de su asiento. Se acercó a él con la aprensión de un cazador, contoneando su figura sin premeditación. Sin esperar permiso, se sentó en sus piernas y le atrapó en sus brazos, hundiendo su rostro en el cuello del chico, el corazón batiendo con pesar y esfuerzo.

Al principio, su presa no respondió. Ella le apretó más fuerte contra su pecho, en un movimiento que poco tenía de sexual. Y él se convulsionó, perdiendo sus últimos rescoldos de resistencia contra el llanto, la enlazó y dejó caer unas escasas lágrimas, que liberaron su pecho de un poco de la presión que le desazonaba.

A nadie le impresionó esa escena, o a nadie le importó. Muchos no estaban mejor, la mirada perdida, ida, fija en algún punto en concreto elegido por el azar, otros se habían cubierto con las sábanas, en un intento de mantener la dignidad que el mundo quería arrebatarles, la dignidad que, a ojos de aquél mundo que les daba la espalda, nunca les había pertenecido.

Entre lágrimas que eran sueños desprendiéndose de su alma, se besaron. En algún momento, se había separado lo suficiente para mezclar sus alientos, pardos y azules retratándose mutuamente. No sabrían decir quién acortó las distancias, rozando por primera vez sus labios con los ajenos, incitándoles a corresponder. Y así lo hicieron, suavemente, casi dulcemente.

Más aún, desesperadamente.


Aquí está. El comienzo de las cosas de mayores, y no en el buen término, desgraciadamente. Espero que os haya gustado y emocionado, lo he escrito con mucha dificultad.

Besos y abrazos

Sirop de Framboise.