Fandom: Gundam Wing

Tabla: Vicios

Personaje/Pareja/Trío: Heero x Relena

Vicio: Necesidad


Lo reconocía, no había sido una buena idea ir sola allí. Se detuvo para secar su rostro del sudor que parecía caer a baldazos por su piel.

Volteó y vio la estela de humo que empezaba a levantarse formando malignos espirales en el cielo. Tendría que apurarse, ya que sabía que pronto, debido al accidente, algún dispositivo eléctrico fallaría y el tanque de gasolina estallaría, volando los restos de su jet en miles de pedazos.

-Que estúpida…-susurró. Se había confiado pensando que estaría bien yéndose en el jet a esos rumbos, y encima sola- agradezco que no había nadie conmigo…

Había logrado tomar entre otras cosas, algunas de las mantas que utilizaban para cubrir a los pasajeros de noche y, con ellas, se cubría del calcinante sol del desierto.


Ella estaba sobrevolando los cielos del conocido e inhóspito desierto de Herling, buscando algún rastro de Heero, ya que había sido guiada por una pista anónima pero demasiado exacta como para ser falsa; cuando de pronto sintió que algo no andaba bien, estaba perdiendo altura y muy rápidamente. Trató de contactarse con la red de tráfico aéreo pero no contestaba, como tampoco lo hacían ahora los controles del artefacto.

Tomó los controles manuales secundarios y trató desesperadamente de levantar la trompa del avión. Sabía que si seguía así se estrellaría y nada más que la muerte la esperaría. Recordando los consejos de Noin sobre qué hacer en situaciones límite y sintiendo como cada músculo de su cuerpo se tensaba en el esfuerzo, logró un aterrizaje. No un aterrizaje óptimo, ya que el avión había terminado partido en dos, completamente destruido en la trompa y desgarrado en muchas partes del fuselaje. El motor estaba prácticamente destruido por el esfuerzo, además del choque; pero al menos estaba viva, lastimada, pero viva.

Enseguida detectó como empezaba a emanar un olor a cables quemados, por lo que decidió alejarse, llevándose consigo el botiquín que estaba en la cabina, las mantas y unos bidones de agua que estaban en el mini-bar. Nada de tecnología había sobrevivido del jet.


Sus zapatos italianos se hundían en la arena y cada vez se le hacía más dificultoso dar un solo paso. Estaba agotada… solo se había alejado algunos metros del destrozado armatoste pero cada metro, gracias a los despiadados rayos del sol y la profundidad de la arena, parecía un kilómetro.

Volteó nuevamente, justo para ver como las llamas llegaban al tanque de gasolina. Arrojándose al piso detrás de una duna de arena logró cubrirse tanto de los fragmentos de la nave que salieron volando, como de la tormenta de arena que esto había desatado. Sintió calor en el rostro y se dio cuenta de que se había rasguñado con su para nada suave pecho-a-tierra en la arena. Subió su mano y gotas de sangre la mancharon.

Rió al pensar en sus asistentes, que las últimas semanas se habían esmerado especialmente en cuidar su rostro y cuerpo para lucir bien ante las cámaras- si supieran… que me lastimé… vendrían ellas mismas para rescatarme… sólo para regañarme…

El ver el avión le hizo darse cuenta de una sola cosa. Moriría sin remedio. Nadie sabía donde había huido, mucho menos sospecharían que ella estaba allí, en medio del desierto. Aún cuando lo supieran, ella no era tonta. Ahora la temperatura era increíblemente alta pero a la noche helaría. Sino moría de calor, terminaría muriendo de frío.

-¡No!- se gritó a sí misma. No moriría sin antes verlo, no se resignaría. Se recostó sobre una roca a la sombra de una duna y tomó un trago de agua, sabía que debía racionarla.

Las horas pasaban y el calor todavía no cedía. Debían ser cerca de las cinco de la tarde calculaba, pero era difícil saberlo, todo era tan monótono, tan vació.

Sentía sus mejillas demasiado calientes y la mejilla izquierda especialmente dolorida, la sangre ya estaba coagulando y la costra formándose. Qué doloroso proceso. Sus zapatos ya habían tomado una temperatura casi hirviente, pero no se atrevía a sacárselos, ya que sus pies quedarían en carne viva al tocar la arena.

Era difícil no dejarse vencer por el sueño… no habiendo nada "entretenido" que ver más que los arbustos espinosos del lugar.

Escuchó un silbido muy peculiar y con mucho esfuerzo abrió sus ojos, viendo como una serpiente del desierto se acercaba a ella. Eran grande y delgada, con grandes ojos amarillos y escamas negras como la noche, un precioso pero letal ejemplar. Ahora lo sabía, no moriría ni de frío ni de calor… moriría envenenada. Ni fuerzas le quedaban para moverse ya, así que cerrando los ojos se entregó a la muerte y a la inconsciencia.


Qué rara era la muerte, el olvido, qué extraño dolor. ¿Dolor? Si estaba muerta ¿por qué sentía dolor? Algo no andaba bien, pensó desconcertada.

Sintió dolor donde debía estar su mejilla y frío en su frente. Pero a la vez calor en el resto de su cuerpo. Y de pronto una cálida pero no desagradable sensación, una suavidad inesperada y un susurro demasiado real como para ser un sueño.

Abrió los ojos y allí lo encontró, mirándola con una expresión que nunca antes había visto. Desesperación y agradecimiento. Sus ojos estaban húmedos y sus labios temblaron ligeramente cuando se curvaron en una sonrisa.

-Relena… gracias a Dios…-dijo acariciando nuevamente su mejilla.

-¿He-Heero…? ¿Eres tú…?-susurró. Miró a su alrededor y se encontró en una pequeña habitación, sobre una mullida y simple cama.

-Si… pero… ¿Por qué? ¿Por qué estabas aquí?-preguntó él tomándole la mano.

-Quería verte… necesitaba verte…-instintivamente, pues sabía que no había manera de justificarse que a él fuera a satisfacerle, se abrazó a sí misma- Hace demasiado que no te veo…-susurró avergonzada.

-¡Tonta! Pudiste… pudiste haber muerto!-gritó él exasperado.

-…-sabía que el reto llegaría, por lo que el susto sólo logró que enterrara sus uñas en sus brazos.

-Todo este lugar está protegido con un dispositivo ultrasónico. Cualquier aparato tecnológico que esté fuera de su frecuencia deja de funcionar…

-¿Este lugar? ¿Dónde estamos?

-En una base subterránea…

-Ahora que lo recuerdo… había una…-dijo tratando de levantarse cuando notó un dolor en el cuello- ¿Pero qué…?-preguntó sintiendo un vendaje en el cuello.

-Una serpiente te mordió… pero justo te encontré… y la maté…

-Pero… me inyectó veneno…

-Yo lo saqué…-dijo Heero mirando hacia otro lado. Al principio ella no entendió por qué el de pronto se negaba a mirarla, pero luego imaginó la escena, ella tendida en el suelo y él extrayendo el veneno con su boca, succionando su cuello, mordiendo para obligar al veneno a abandonar su sistema, y se sonrojó mientras sentía como una cálida sensación comenzaba a invadir su cuerpo.

-Heero…-exhaló sintiendo que se derretiría sobre la cama. Sus mejillas estaban muy calientes.

-Relena…- estaba tan hermosa, por qué siempre se veía tan hermosa sin importar lo que pasara? Sus mejillas gracias al sol habían adquirido un color entre rojizo y rosado, su cuello aún cubierto con los vendajes se veía tan apetecible, y al volver los recuerdos de cómo había extraído el veneno, no pudo evitar relamerse la boca. Su piel era exquisita, aún ese rasguño en el rostro era hermoso. Había dejado una marca horizontal que empezaba en la mitad del pómulo hasta los vértices de su rostro.

Tomó su delicada mano entre las suyas y la besó en la palma.

-Yo… yo también necesitaba verte…-

-Te extraño demasiado Heero… ya no puedo… no puedo seguir sin ti… cada vez que te vas duele más…- dijo apretando las sábanas de la cama contra su pecho. Se sentía pequeña, egoísta, pero no podía seguir sin decirle lo que sentía, parecía que sus emociones quisieran escapar de su pecho casi tan desesperadamente como querían hacerlo las lágrimas de sus ojos.

-Relena… -la abrazó él fuertemente contra sí. Había estado tanto tiempo soñando con verla que le costaba creer que estaba allí- déjame… déjame hacerte feliz…

-Heero…

-Esta noche… seré solo tuyo… -susurró besando sus mejillas- ni de las colonias… ni de la Tierra- murmuró acostándola sobre la cama.

-Mmm… mío… mío…- gimió ella abrazándolo contra si desesperadamente, enredando sus dedos entre las hebras castañas de él. Solo quería eso, que por una noche él fuera de ella, de nadie más. Que las colonias, la tierra, los demás pilotos, las diferencias entre ellos, todo desapareciera.

Él se detuvo un instante para observarla, a cada instante era más hermosa, y él colaboraba en ello. Arrojó las sábanas lejos, no quería que nada interfiriera con la visión de su mujer.

Ella estaba deseosa, pero avergonzada. Tantas veces había soñado con esto, pero siempre ella estaba hermosa para él, ahora se sentía tan fea con el rostro lastimado, las mejillas quemadas por el sol y el cuello vendado. Cuando el tiró las sábanas ella instintivamente se tapó los senos con las manos y volteó la mirada más sonrojada de lo que alguna vez estuvo en su vida.

Heero se sentó a horcadas sobre ella y se sacó su musculosa verde, dándole a ella la visión de sus pectorales marcados, de su estómago ejercitado.

Su mirada se perdió entre las eternas líneas de su pecho, viajando entre las distintas cicatrices que lejos de perjudicarlo, solo lo embellecían ante sus ojos. Sin importarle su desnudez, levantó una de sus manos y la pasó por una de las cicatrices más grandes, que se ubicaba cerca de su corazón. Entre maravillada y horrorizada. Por cualquiera de esas cicatrices, él ahora podría estar muerto y no con ella, allí.

Aprovechó el instante en que ella apartó las manos de su pecho para tomarlas a ambas y llevarlas al cabezal de la cama. Y por primera vez en su vida vio a una mujer desnuda, pero no a cualquier mujer, sino a la única que había logrado cautivarlo por completo desde la primera vez que se habían visto. Su delicado rostro de líneas tan finas, sus carnosos labios, sus mejillas sonrosadas, sus ojos tan brillantes, su cuello de cisne, sus pechos firmes y agitados por su respiración, sus pezones erectos, su abdomen plano y suave, sus piernas firmes y largas, sus pequeños pies y su larga cabellera que se extendía por la cama como miles de ríos de oro. Todo en ella era hermoso y perfecto.

Con la otra mano comenzó a bajar por su cuerpo, acariciando suavemente cada trocito de piel que pudiera encontrar. Así como memorizaba los mapas del lugar para cada misión, quería nunca olvidar cada parte del cuerpo de ella, cada marca, cada peca, al igual que sus gestos, lo quería todo de ella.

-Mmm… ahmm…-gemía ella al solo sentir las manos de él sobre su piel, sin que él presionara, sin que él posara su mano por completo, solo las yemas de sus dedos- Heero… Heero…- sentía tanto calor, aún en la fría noche del desierto creía que moriría de calor. Qué asfixiante y placentera sensación.

Sus dedos viajaron por sus senos, recorriéndolos circularmente, excitándolos, calentándolos, explorándolos.

-Relena…

Ella lo miró con los ojos nublados de deseo.

-Eres hermosa…

Casi sintió un orgasmo al escuchar esas palabras de él. Jamás pensó escuchar esas palabras tan dulces de su Heero. Ese hombre tan frío e inmutable. Eso había sido un golpe bajo, un estímulo demasiado poderoso.

Sacando fuerzas de algún lugar desconocido logró zafarse de las manos del joven y desesperadamente se abrazó a él para poder besarlo. Lo anhelaba tanto, lo quería tanto, era más que amarlo ya…

Bebió de sus labios como saciando una desesperada sed. Mordió sus labios, los saboreó.

Él se entregó a ese beso como si fuera el último. Dejándose llevar por ella y su instinto. La sintió ansiosa, impaciente, apasionada en ese beso. Y al fin comprendió por completo cuánto lo quería, cuánto lo había necesitado y cuánto más le dolía dejarlo partir.

Buscando un contacto más íntimo lamió sus labios y ella entendiendo abrió su boca, dándole total libertad. Sus lenguas se enredaron, se masajearon formando una danza erótica.

Sus piernas se entrecruzaron y los pezones de ella tomaron pleno contacto con el pecho de él.

-Ahhh… Relena…-jadeó mirándola con los ojos brillosos y llenos de deseo. Sus mejillas se sonrojaron ligeramente y Relena se mordió los labios al descubrir algo nuevo en él a la vez tan cautivador.

Él bajó su rostro y entre sus labios y dientes tomó uno de los pezones de ella, mientras que con la otra mano acariciaba el otro.

-Hee… Heeroo... amm…-gemía ella de placer. Heero devoraba sus senos de manera tan exquisita, casi brutal… hambriento. ¿Cuántas facetas más le ocultaba? No importaba… esta noche ella sería dueña de todas y cada una de ellas. Atrapó su rostro en su pecho, buscando que él se fundiera con ella, que las pieles dejaran de ser un estorbo más.

Lentamente su mano fue descendiendo, acariciando su vientre hasta que llegó a la intimidad de la joven. Acarició los lacios cabellos rubios que allí se encontraban muy delicadamente y esto parecía enloquecerla más. Hizo círculos con dos de sus dedos en esa área, sin acercarse a ese lugar que estaba llegando a temperaturas impensadas. Quería sentir cada textura en ella.

-Heero… He-heeeroo… por favor…-gemía ella apretando fuertemente sus hombros, rogando que continuara con su recorrido.

Con suavidad introdujo sus dedos dentro de ella, sintiéndola húmeda y caliente. En ningún momento dejó su mirada y ella tampoco. Estaba siendo casi hipnotizada por él, no podía despejar su mirada de esos ojos azules tan profundos y rotundos. Perturbadores. Él, por su parte, estaba obnubilado por esas esmeraldas tan brillantes y vivas que eran sus orbes.

Heero doblaba sus dedos, los abría y movía dentro de ella, queriendo llevarla al límite del placer. Ella levantaba las caderas buscando un mejor contacto.

El dolor de su mejilla, el dolor de su cuello, el dolor de su cuerpo por el esfuerzo… todo desapareció para darle lugar al placer y al calor de dos cuerpos fundiéndose en un exótico y sensual baile.

Y cuando aumentó la velocidad del bombeo a la vez que con el pulgar acarició ese botón que coronaba su intimidad, el cuerpo de la joven princesa se contrajo ferozmente. Arqueándose casi de manera sobrenatural sobre el regazo de Heero.
Aprovechando el placer de la muchacha, el piloto, con su asombrosa agilidad de manos, misma que utilizaba para manejar los cientos de controles de la cabina de un Gundam, desabrochó sus pantalones y acomodó su miembro, ya erecto, contra la entrada de la rubia.

Delicadamente, empezó a rozar su apéndice contra la intimidad de Relena, extrayendo de la joven un sonido que se asimilaba demasiado a un suave maullido.

Relena sólo quería que la empalara. Por más vulgar que sonara, estaba a punto de gritarle que por favor… que por favor… oh, ni siquiera podía susurrarlo.

Con suaves movimientos circulares, el joven de ojos azules calmó el ánimo de la princesa, a la vez que la guiaba hacia el colchón y lograba se apoyara sobre sus rodillas, con las manos contra la pared.

El sentir el pecho de él deslizarse sobre sus nalgas, sobre su espalda, provocó un estremecimiento de anticipación a la joven que sólo fue el comienzo de una vorágine cuando Heero, amasando sus senos, empezó a besar suavemente la piel de sus hombros, elevándose por su cuello a base de mordidas.

-Cuando esté lejos… -comenzó a susurrar el piloto al oído de la princesa- cuando te preocupes por mí… cuando me extrañes… -continuó adorando las formas de la muchacha con las palmas de sus ásperas manos- recuerda esta noche… recuerda este momento…

Relena respiraba dificultosamente, la mente embotada por las palabras del piloto. Palabras que jamás pensó escuchar de él, palabras que intentaba con su vida retener y memorizar, palabras dichas en tal tono de adoración que la hacían palpitar.

Con presteza, Heero encaminó su miembro hacia la muchacha. La deseaba mucho, deseaba tomarla más que a nada en el mundo, pero sabía que si no iba despacio sólo le causaría dolor.

Ella lo sintió tratando de entrar en su estrechez y quiso asistirlo, relajarse para poder finalmente aceptar todo de él, pero su cuerpo por instinto se tensaba ante el intruso.

Con pericia logró introducir la mitad del tronco antes de que el cuerpo de ella diera un tirón que la hizo lloriquear y deslizarse por la pared hasta quedar en una laxa posición lupina, por completo instintiva, que le permitió al muchacho enterrarse por completo.

La blonda levantó el rostro gimiendo sólo para volver a enterrarlo en las sábanas, totalmente mareada por las sensaciones que su cuerpo experimentaba en ese trance entre el dolor, el placer y la desesperación. Si Heero se movía sentía iba a morir… pero si no lo hacía iba a rogárselo.

En lugar de empezar a empalarla como autómata, Heero realizaba sensuales movimientos circulares con la pelvis, buscando dilatar con delicadeza las paredes de Relena, haciendo que se estremeciera en frenesí gracias a la deliciosa fricción que experimentaba su carne. Todo sin dejar de acariciar cada zona del cuerpo de ella, creando caminos cálidos que contrastaban de manera desafiante con el frío del ambiente.

Lo que empezó siendo dolor, pronto se convirtió en menos que una molestia para la blonda muchacha gracias a la pericia del piloto, por lo que el cuerpo, ya acostumbrado al grosor del invasor, realizaba el reclamo del placer a su compañero.

-Heero…-maulló la princesa del reino de Sanc aferrándose a las sábanas- por favor…

Con esfuerzo trató de mirarlo por encima de su hombro, sólo para encontrar la obstinación en su mirada.

-Ya… ya estoy bien Heero… -le aseguró irguiéndose sin separarse de él, hasta que su espalda nuevamente se vio pegada el pecho del muchacho-no me lastimarás si… te mueves… más… fuerte…-jadeó empezando a menear sus propias caderas.

Heero la besó en la mejilla lastimada para luego, con un ligero empujón, lograr que ella volviera a apoyarse contra la pared. Dibujó un sendero por su espalda con la mano antes de enredarla en la larga cabellera rubia dorada de ella, y así asirla de manera tal que el cuerpo de ella se tensó y dobló en una posición que inmediatamente le quitó el aire.

-Sii…-gimoteó la princesa al sentirlo embestirla cada vez más fuerte, más adentro suyo.

-Relena… -gruñó el piloto de ojos azules en agonía al sentir su sexo tan deliciosamente apretado- recuérdame… sólo te pido eso…-rogó aumentando la velocidad.

-Siempre… ohmm…-ronroneó ella mordiendo sus labios para ahogar un grito- te amo…-lloró en histérica excitación- ¡Te amo! ¡Moriría sin ti!- ya roto el cántaro de sus emociones, contenidas estas demasiado tiempo, era imposible detener su flujo.

-¡Yo también, yo también!-aulló el piloto sintiendo el comienzo de su orgasmo.

-¡Hee…!-exhaló la joven Peacecraft cuando el placer logró desbordarla por completo, contrayendo su cuerpo, secando su garganta, acalambrando la punta de sus dedos. Placer al que gustosa se entregó en los brazos del mercenario.

Saciados ambos, cayeron laxos sobre las sábanas, aún unidos en el interior de la muchacha.
Cuando Heero pudo recuperar el aliento, se retiró suavemente de ella y la volteó delicadamente para poder acomodar las vendas del cuello que se habían desprendido y caían con gracia por sobre su pecho.

-No te molestes…-lo tranquilizó ella haciéndole un gesto con los brazos que inequívocamente pedía que la abrazara. Petición que Heero para nada rechazó, pues un segundo más tarde estaba recostado sobre ella, escuchando los latidos de su corazón.

-Mañana... te llevaré de nuevo a tu hogar…-anunció él dejándose acariciar por ella que durante un instante se detuvo al escucharlo.

-Claro.-respondió reanudando los suaves mimos sin borrar la maravillada sonrisa de su rostro.

-No me olvides Relena.-pidió el piloto adormilándose sobre la joven princesa.

-Nunca Heero.

-No dejes de preocuparte por mí…

-Nunca.