Summary: Tenía todo con lo que siempre había soñado, jamás había sido tan feliz… pero lo arruiné, por idiota. Ahora, solo veía dos opciones: seguir cerca aunque eso le haga daño o alejarme y esperar a que así pueda ser feliz. Ya una vez me alejé por su bien, pero esto era distinto. No era algo que la amenazaba si yo seguía cerca, era yo que con mi cercanía le hacía daño. La decisión más fácil de tomar, pero más difícil de realizar.

¡Hola! Primero, quiero agradecer a todas las que se tomaron la molestia de dejarme un review, me alegraron muchísimo! Y como lo ven, aquí está el primer capítulo. Espero que lo disfruten y me escriban su opinión. Lo valoro mucho!

NERVIOS

No creo que en el mundo exista persona más feliz que yo en estos momentos. En tan solo cinco meses uniré mi vida a la de la mujer que amo, la más buena, hermosa, bondadosa y especial mujer del universo. Un ángel no podría compararse con ella… y claro que podría intentarlo, porque hasta alas ha tenido, pero no concibo la idea de que exista algo que sea más bello o más bueno que ella. Si, Serena, mi Serena, –me encanta usar esas palabras en mi fuero interno… son tan hermosas–, aceptó ser mi esposa, y sin saberlo aceptó hacerme el hombre más feliz y afortunado del universo, y por ello no puedo hacer menos que dar todo de mí para lograr devolverle un poco de la felicidad que ella me da, aunque, por supuesto, sea algo imposible.

Nunca olvidaré el día que aceptó ser mi esposa, hace apenas dos meses. Planee por dos semanas ese día, y todo se podía arruinar tan fácil por mis nervios… ¡Quien iba a decir que el seguro de Darien Chiba iba a estar tan nervioso, y tan torpe, ese día! Y no era para menos, estaba en juego mi futuro y mi felicidad, lo cual lo puedo resumir en una palabra: Serena. Pensaba, lo cual en ese momento era una soberana tontería, en que pasaría si ella me rechazaba… ¿Y si ella no se sentía tan segura de mí como yo de ella? ¿Y si el aparecimiento del tal Seiya Kou dos años atrás había sido más importante para ella de lo que yo pensaba –tal como sus amigas me lo habían dicho tantas veces, algo que nunca creí, pero que en ese momento me parecía tan posible… algo provocado por los nervios, claro–, y la hacía dudar? ¿Y si ella se daba cuenta de que yo no la merecía? Claro, cómo podría merecerla. Un tipo tan frío como yo, ¿cómo podía merecer a una chica tan cálida y dulce como ella? Es algo tan obvio que me reí de mi mismo por pensar que ella no lo habría notado ya.

Pero que tal que a ella no le importara, que tal que aunque supiera que ella merece a alguien mejor que yo deseara estar a mi lado. ¿Sería posible? Era la única explicación lógica para los más de cuatro años de novios que llevábamos.

¡Oh! ¡La esperanza! Eso me dio los ánimos para seguir con mi plan.

Aunque, claro, eso no eliminó los nervios, los cuales me hacían actuar torpemente. Primero fuimos al cine, y para ser sincero no tengo ni idea de que fuimos a ver. Durante la película todo en lo que podía pensar era ¿Qué le voy a decir? y mientras pensaba en las opciones me surgían nuevas preguntas: ¿Serán esas las palabras correctas? ¿Y si en el momento se me olvida todo? ¿Y si cuando se lo pregunte tengo atorada comida entre los dientes y ella se ríe de mí? – en verdad que los nervios hacen pensar estupideces – ¿Por qué se me ocurrió preguntárselo en una cena? ¿Y si se lo pregunto antes de cenar? Así evitaría la comida atorada en los dientes, pero ¿sería eso descortés? ¿Y si mi pregunta le arruinaba el apetito? ¡No, no, no, NO! – me dije a mi mismo – no puedo seguir pensando negativamente. Ya había acordado conmigo mismo que si ella no sintiera amor por mí, habría terminado conmigo desde hace mucho tiempo. Ella no es la clase de persona que puede fingir sus sentimientos, o que se traicionan a si mismos luchando por un sentimiento que solo se puede obtener cuando viene naturalmente, por lo cual, si no me amara – me volví a repetir –, hace tiempo que habría terminado conmigo.

Cuando salimos del cine Serena hablaba alegremente sobre la película y yo intentaba prestarle atención…, sin conseguirlo. Lo único en lo que podía pensar era: ¡Que hermosa es! ¡No puedo creer lo afortunado que soy! ¿Qué acto tan noble habré hecho para que el cielo me haya permitido conocerla? Y más aún, ¿Qué sería eso tan magnífico que habré hecho para que ella esté a mi lado en este momento? No puedo…

Pero ella interrumpió mis pensamientos.

– Darien, ¿me estas poniendo atención?

– Lo… siento, Serena, ¿qué decías? – tartamudeé.

– Darien, ¿qué te pasa? te noto extraño, ¿hay algo que te preocupe? – pero era en su mirada en la que crecía la preocupación.

Eso me hizo reír quedamente, ¿cómo podía arreglármelas para hacerla sentir ansiosa por mí? Se suponía que era parte de mi plan el que ella no notara nada anormal, por eso es que elegí llevarla al cine primero, una rutina del todo normal para nosotros. Suspiré.

– No es nada, es solo que… – me devanaba los sesos en busca de algo que decirle, algo que de verdad fuera nada – bueno, hay un libro que necesito comprar, y no lo he encontrado… ¿te molestaría acompañarme al centro comercial a buscarlo?

¡Que magnífica idea! Me dije. Eso me daba el tiempo suficiente para que en el restaurante tuvieran todo listo. Aún faltaban dos horas para la reservación, pero claro, para todo lo que les había exigido – exigido es la palabra correcta, porque no habría aceptado un no por respuesta – era poco tiempo, y por más que rogué por que fuera antes, fue en lo único en que se negaron a complacerme argumentando el tiempo que necesitaban para los preparativos.

– Claro – me contesto, seguido de una gran sonrisa.

Caminamos al centro comercial, ya que quedaba a dos cuadras del cine. Vuelvo a repetir, los nervios hacían que comparado conmigo Tontín, el de Blanca Nieves, pareciera un genio.

Cuando llegamos al centro comercial, no me di cuenta que las puertas de vidrio estaban cerradas y me estrellé contra ellas. Pude escuchar las ricitas de los espectadores, pero no los voltee a ver. Lo único que hice fue clavar mi mirada en Serena, una mirada llena de vergüenza y miedo, miedo de que notara que mis nervios no se podían deber a un libro, por mas importante que este fuera. Pero lo más extraño es que note los mismos sentimientos en ella, a excepción de la vergüenza. Pero ¿a qué le podía tener miedo ella?

– ¿Estás bien? – me preguntó.

– Si, si, no te preocupes – le contesté. Pero obviamente por su mirada, estaba lejos de obedecerme.

Como sabia que la razón de su preocupación iba a desaparecer en unas horas, no le presté demasiada atención. Me concentre en pensar como gastar por lo menos una hora y media en ese centro comercial, sin que implicara tener que comer algo. Lo mas seguro es que no aceptara ir a cenar si tenía el estomago lleno. Y mientras pensaba choqué contra un grupo de chicas que, para empeorar las cosas, llevaban malteadas en sus manos y se las derramé encima.

– Discúlpenme – rogué.

– ¡Idiota! Eres un… – me dijo la chica que, por su posición en el grupo, debía de ser la líder. Pero se detuvo justo en el momento en que me vio. Quizá vio la culpa en mis ojos y eso apaciguó su ira.

– Perdónenme señoritas, no fue mi intensión… – intervine –, de verdad, no quise arruinarles su día…

– No, nada de eso – se apresuró a decir una de ellas, de cabello castaño corto.

– Fue un simple accidente – añadió otra de cabello negro, ondulado y largo –, y nadie salió herido – prosiguió con una gran sonrisa, y yo le devolví una llena de arrepentimiento.

– Bueno, eso si no tomamos en cuenta como victimas a su ropa – ante mis palabras las chicas se rieron un poco escandalosas, supuse que para aliviar un poco la tensión del ambiente.

– No te preocupes – contesto la chica que supuse era la líder del grupo, de cabello rubio y con cola alta –, fue nuestra culpa – luego volteo a ver a sus amigas – ¿verdad chicas? – agregó con un tono autoritario.

– Por supuesto – contestaron todas al unísono.

– Nada de eso – les dije con un tono de fingida indignación –, al menos permítanme reponerles sus malteadas… es lo menos que puedo hacer – concluí.

Todas se miraron entre si, asintieron y luego soltaron una risita tonta que me hizo preguntarme que estaban pensando. ¿Se darían cuenta de lo nervioso que estaba y que la razón de esos nervios estaba parada a mi lado? Entonces fue cuando me di cuenta. La razón de mis nervios, y más que todo de mi felicidad, no estaba a mi lado.

Confundido voltee a ver a todas direcciones, alarmado sin ninguna razón en especial, solo por el hecho de desconocer en donde estaba, y repentinamente la localicé. Estaba sentada frente a la fuente interior del centro comercial, observándome atentamente. Fue refrescante el alivio inmediato que sentí.

Camine hacia ella observándola fijamente. Ella no desvió su mirada de la mía y curvo sus labios en su tierna sonrisa que me fascina.

– ¿Sucede algo? – le pregunté.

– No, nada. Es solo que creo que es más fácil ver como un grupo de chicas coquetea contigo si estoy lejos… no quería hacerte una escenita – sonreí ante su mirada apenada.

– Serena, ¿de verdad no pudiste sentirte celosa de un grupo de chicas a las que acabo de bautizar con malteada? – le sonreí.

– Bueno, eso ya no importa, después de todo no las voy a volver a ver – me contestó.

– Bueno… – dije apenadamente, lo cual me hacía sentir aún más nervioso de lo que ya estaba –, en realidad solo venía a traerte. Ofrecí a esas chicas reponerles sus malteadas… es lo menos que podía hacer – le aclaré.

Sonrió y luego dijo: – No esperaba menos de ti.

– Entonces, ¿vamos?

– En realidad, prefiero esperarte aquí. Ya te dije que es más fácil controlarme si estoy lejos – añadió rápidamente la última frase cuando vio en mis ojos que iba a intentar ser persuasivo. Resignado suspiré.

– Está bien. ¿Quieres una malteada también o algo más? – me arrepentí inmediatamente de mi ofrecimiento, eso podía arruinar su apetito… y consecuentemente mi plan. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Tenía que preguntárselo, y solo deseaba que se negara.

– No, gracias – respondió, haciendo eco en mis pensamientos. Sentí un gran alivio. Al menos tendría hambre en el momento indicado.

Otra característica de los nervios. Te hace menos perspicaz. ¿Cuándo Serena se habría negado a un ofrecimiento de comida? En cualquier otro momento eso me hubiera alertado de que algo andaba mal, pero ese día podría haber un dragón lanzando fuego frente a la calle y yo no lo hubiera notado.

– Ahora regreso – le dije.

Acompañe a las chicas a la heladería por sus malteadas y las pagué. Me pidieron que las acompañara un rato, pero me negué. Les aclare que mi novia me estaba esperando en la fuente y pude ver en sus miradas la molestia. Volví a disculparme por el incidente y me alejé.

Cuando regresé con Serena, ella tenía perdida la mirada en la fuente. La abrace por la espalda, rodeando su cintura con mis brazos, y le susurre al oído.

– Una moneda por tus pensamientos.

– Mejor un beso – dijo con una gran sonrisa.

– Mmm… mejor te doy el beso, y luego vemos a que arreglo llegamos.

En ese momento me incliné y sentí sus dulces labios en los míos. No puedo concebir que exista un sabor más delicioso que el de la boca de mi novia. Estoy seguro que podría renunciar a la comida y al agua, antes que renunciar a esos labios. Si quería ser sincero, aunque por supuesto no era lógico, debía admitir que los necesitaba más que al oxigeno. Pero ciertamente era algo que jamás admitiría en voz alta.

– ¿Ahora si me vas a decir en que pensabas? – le pregunté.

– Mejor me das otro beso – sonrió.

– Los que quieras – añadí, aunque estaba seguro que esa idea me agradaba más a mí que a ella –, pero antes dime en que pensabas… te veías realmente concentrada en lo que fuera que pensabas.

– Solo pensaba en lo maravillosas que son las cosas en este momento, sin enemigos, con mis amigas y mi familia a mi lado, y sobre todo contigo… desearía que nada cambiara, que todo siguiera igual, siento que cualquier cambio podría complicar las cosas, y no lo quiero.

Inmediatamente pude notar la tristeza en su voz y sabía que la tendría en sus ojos que estaban enfocados en el suelo, pero estaba demasiado consternado para hacer lo correcto y consolarla, averiguar que le preocupaba. Todo en lo que pude concentrarme fue en sus palabras. Ella no quería cambios en su vida, y definitivamente era justo lo que yo deseaba. El matrimonio es el más grande de los cambios, e inevitablemente las cosas ya no serían igual. Ella sería una mujer casada, ya no viviría con sus padres, incluso nuestra relación sería diferente… ante el mundo, la sociedad y cualquiera, ella sería mía y yo de ella. Para mí eso era maravilloso, pero ¿para ella también lo sería? Justamente la respuesta estaba en sus últimas palabras que rebotaban en mi mente "no lo quiero". Sentía como el pánico se apoderaba de mí. En ese momento Serena levantó la vista, y seguro noto mi rostro totalmente descompuesto por el montón de pensamientos que me impedían concentrarme y aparentar que sus palabras no me habían dolido tanto como lo habían hecho.

– Darien… no quise decir eso… no todos los cambios son malos – me dijo mientras me acariciaba el rostro, con una mirada llena de inquietud, y luego sonrío –. Si no hubiéramos cambiado aún seguiríamos peleando cada vez que nos encontráramos.

– Si, ¿eso piensas? – mi voz sonó algo mordaz, lo cual se debía a la decepción de sus anteriores palabras.

– ¡Claro! Darien, no le temo a los cambios – en ese instante escondió su mirada de la mía –, siempre que tú estés en ellos, siempre que sigamos juntos – lo último lo dijo casi como un susurro.

Solo con escuchar sus palabras mi ánimo se elevo hasta el cielo. Incluso me sentí entusiasmado. Si los cambios no le asustaban siempre que estuviéramos juntos, quizá la idea de un cambio que nos uniera más le fascinaría casi tanto como a mí. Creo que sonreí.

– Bueno, creo que deberíamos empezar la búsqueda de tu libro si queremos encontrarlo hoy – me dijo enarcando una ceja.

– ¿Qué libro? – le pregunté, todavía demasiado desconcertado por esa nueva revelación como para notar mi propio error.

– El libro que venimos a buscar. ¿No se supone que es muy importante?

– ¡Ah! Si… el libro. Si, creo que debemos darnos prisa antes de que cierren todas las librerías.

Le tome de la mano y me apresuré a caminar antes de que pudiera preguntarme algo mas y cayera en otro error.

Anduvimos por todo el centro comercial, de librería en librería, y en cada una trataba de perder el mayor tiempo posible, aunque consultaba el reloj con mucha frecuencia, lo que no paso desapercibido por Serena.

– ¿Tienes planes para más tarde? – me preguntó cuando salíamos de la cuarta librería que visitábamos.

– ¿Qué?... no, no… ¿por qué lo preguntas? – ¿Cómo lo supo? Me preguntaba internamente, ¿Será que Andrew le dijo algo? Lo voy a matar, ¿cómo pudo hacerme esto?

– Por nada, es solo que estás muy pendiente de la hora… si tienes algo que hacer no te preocupes por mí, puedo regresar a casa sola.

– Por supuesto que no – le contesté rápida y firmemente.

– Darien, ya tengo dieciocho años, y no es difícil conseguir un taxi, no tienes por qué preocu…

– No Serena – era obvio que había malinterpretado mi respuesta –, me refiero a que no tengo ningún plan – bueno, en realidad no tenía ningún plan que no la incluyera, por lo cual era solo una verdad a medias ¿no? En cualquier caso, sabía que me perdonaría.

– Entiendo, es solo que – posó su mirada en sus manos que jugueteaban nerviosamente – te vez nervioso… como que si me ocultaras algo.

¡Oh, Santo cielo! ¿Por qué debía de conocerme tan bien?

Como no le conteste, levantó la mirada para escudriñar mi rostro. ¿Pero que le podía decir? me conocía tan bien que si lo negaba se daría cuenta de la mentira.

– Será mejor que nos vayamos… se hace tarde – fue lo único que se me ocurrió decir.

Pude observar como sus pupilas se dilataban ante la sorpresa de mi aceptación tácita de que le ocultaba algo… pero había algo más en su mirada, era como que si eso tuviera otro significado, como que si le hubiera confirmado una sospecha y ¿eso la entristeciera? No estuve seguro de lo último ya que evitó mi mirada.

– Si, tienes razón, se hace tarde.

Regresamos al aparcamiento del cine, ya que allí había dejado mi automóvil. En todo el camino Serena no hablo, y yo estaba tan nervioso debido a que el momento que tanto había estado imaginando en los últimos días se acercaba, que sólo podía pensar en las palabras que quería usar.

El camino al restaurante se sentía muy largo por el silencio. Así que para aliviar un poco la tensión le pregunte sobre su padre. Sabía que no estaba en la ciudad – una de las razones por las que elegí este día. Había que aprovechar que el toque de queda de Serena se extendía cuando su padre no estaba –, así que para distraerla – y distraerme a mí un poco de los nervios – le pregunte si había tenido noticias de él.

– Anoche llamó – me aclaró –. Parece que regresa en dos días – se quedó pensativa un momento y luego me comentó – sabes, pregunto por ti.

– ¿En serio? – Esto fue justo lo que necesitaba, una distracción sumamente fuerte. ¿Cuándo el papá de Serena había sentido algún interés en mí? Incluso cuando visitaba a Serena cuando él estaba me ignoraba. Únicamente se daba cuenta de mi presencia cuando la hora límite llegaba, o de vez en cuando para exteriorizar un comentario sobre mi diferencia de edad con Serena. Realmente no le agrado.

– Si… quería saber si estabas cumpliendo sus reglas – me contestó sonriendo.

– Debí de imaginarlo.

– No te preocupes, es solo que esta celoso. No entiende que me atrajo de ti.

Me reí. – Bueno, tengo que admitir que a veces me pregunto lo mismo.

– En verdad. Entonces ¿quieres saber que me atrajo de ti?

– Por supuesto.

– Todo – se limitó a decir.

– Gracias.

En ese momento llegamos al restaurante. Aparque lentamente esperando a que alguno de los empleados reconociera mi auto y me indicara si todo estaba listo. Así fue. Pude observar como el vallet que me pidió las llaves del auto discretamente me hizo una señal levantando su pulgar.

Entonces fui más consciente que nunca de lo que se aproximaba, y sentía que los nervios me estaban traicionando. Sentía mis piernas flácidas y como mi corazón latía frenéticamente. Y lo peor, no recordaba absolutamente nada de lo que planeaba decirle. ¿Cómo era eso posible? Había dado mínimo veinte conferencias, con hasta seiscientas personas y jamás me había ocurrido algo similar.

– ¿Por qué vinimos aquí? – me preguntó Serena, sacándome de mis frustrantes intentos de recordar aunque sea una frase de las que había planeado decirle. No le contesté.

– ¿Qué, no te gusta?

– Si… es muy bonito, pero nunca habíamos venido a cenar a un lugar tan elegante, y no creo que este vestida adecuadamente.

– Estás preciosa.

– ¿Estamos celebrando algo? – Definitivamente, conteste en mi mente, pero otra vez salí con evasivas.

– ¿Qué, no puedo consentir a mi novia de vez en cuando?

Me sentí mal por mis palabras. Debí invitarla por lo menos una vez a un sitio como este sin motivo alguno, pero con los gastos de la universidad, los libros… y ahora con mi graduación tan cerca, el dinero se me escapaba como agua entre las manos. Incluso algunas veces había tenido que acudir a Andrew para tener dinero para nuestras citas, y de no ser por él, tendría que haber aplazado este día. Lo único que me reconfortaba en estos momentos era saber que pronto mi situación económica cambiaría, después de mi graduación, ya que contaba con un trabajo seguro en el Hospital de la Universidad de Tokio, en donde me esperaban al día siguiente de mi graduación – la principal razón por la que acepté la ayuda de Andrew, sabía que le devolvería su préstamo pronto –.

No me contestó. Me observó fijamente por un momento – lo cual, aunque lo considerara imposible, me hizo sentir aún más nervioso –, y luego suspiró. ¿Qué estaría pensando?

Le mantuve la puerta abierta para que entrara. Adentro el ambiente se sentía agradable. No había nada anormal en el salón y solo unas cuantas mesas estaban ocupadas.

Ya adentro se nos acerco el anfitrión y nos dio la bienvenida.

– ¿Mesa para dos? – preguntó, aunque obviamente conocía la respuesta. Asentí.

Nos empezó a guiar y pude observar por el rabillo del ojo como Serena veía desconcertada cuando pasábamos las mesas vacías, y más aún cuando empezamos a subir al segundo nivel. Al final llegamos al área de los reservados, y en ese momento me permití observar fijamente el rostro de Serena, algo sumamente fácil – lo difícil era apartar la mirada de ella –. No quería perderme ninguna de sus expresiones cuando viera el salón que nos habían preparado – aunque no tenía ni idea de cómo había quedado –, y pude observar como inmediatamente cruzamos la puerta su rostro se iluminaba por la sorpresa.

La habitación estaba llena de rosas rojas y blancas – en recuerdo a mis otras dos identidades, Tuxedo Mask y el Caballero de la Luna, que están tan irremediablemente enamorados de ella como Darien. Cada fibra de mi ser, y cada espacio de mi mente adora a Serena –, y en el fondo un gran ventanal, del tamaño de la pared, que dejaba a la vista la hermosa playa cercana y el pacífico mar entre la oscuridad de la noche – un espectáculo bellísimo imaginé, tomando en cuenta que esta noche había luna llena y debía de reflejarse en el agua, dándole justo la luz necesaria para apreciar el paisaje sin que atemorizara, pero aún así dándole un aire de misterio. Claro que solo podía imaginar, porque en ningún momento aparté la vista de mi novia –. Justo en el medio de la habitación, inundada con el agradable sonido de violín, se encontraba una mesa con dos sillas. La fina cristalería y las velas debían hacerla lucir elegante y romántica, pero una vez más sólo podía imaginar.

A Serena le tomo poco más de tres minutos dejar de observar todo aquello, aún con la expresión de asombro y con una gran sonrisa en su rostro, para encontrarse con mi mirada, que ni por un segundo se apartó de ella. Nos quedamos observando el uno al otro por un periodo de tiempo inmensurable, solo perdidos en nuestras miradas. Hasta que el anfitrión se aclaro la garganta. Lo fulmine con la mirada, aunque en cierta forma entendí su actitud – debía ser sumamente incomodo sentirse intruso en un momento tan privado, y debía de hacer algo para que recordáramos que no estábamos solos –.

– Bueno… los dejo solos… mandaré al mesero para que les tome su orden – dijo rápidamente ante la fuerza de mi mirada, descifrando justamente lo que yo deseaba.

Inmediatamente se marchó, tome la mano de Serena y nos dirigimos a la mesa. Caballerosamente le acerque la silla para que se sentara.

– ¿A qué se debe todo esto? – pregunto Serena.

¿Pero qué le podía decir? todo esto se debía a que quería que esta noche fuera mágica y especial, lo más cercana a una noche perfecta que alguien pueda planear, para ella. Mi Serena. Quería que esta noche fuera inolvidable, que el aroma de las rosas que inundaban la habitación y la imagen de la luna y su reflejo en el mar se quedaran guardado en su interior e hicieran que esta noche no se comparara con ninguna de las que había vivido hasta ahora, para que cada vez que la recordara una sonrisa se dibujara en su rostro. Todo aquello era insustancial para mí. Yo siempre recordaría esta noche con la más infinita felicidad con tan solo escuchar una palabra de los labios de Serena luego de mi pregunta, "Sí".

– No me lo quieres decir ¿verdad? – añadió, cuando no respondí.

No, aún no. Respondí en mi interior.

– No es eso… es solo que… aún no es el momento. – por supuesto que no. Ese era mi gran final. El ultimo pincelazo que le daría la perfección al lienzo de esta noche.

– Todo esto es para suavizarme ¿verdad? – dijo en un susurro que me hizo dudar si lo dijo para mí. Su voz estaba impregnada de tristeza. ¿Cómo era eso posible? Serena, de un carácter tan alegre y un ánimo excelente, precisamente hoy estaba desanimada. Esto no estaba sucediendo, no lo permitiría.

Levanté mi mano para acariciarle el rostro y consolarla. Pero cómo no, los nervios estaban haciendo de las suyas con mi coordinación. En un solo movimiento me las arregle para derramar el agua tanto de la copa de Serena como de la mía y botar el candelero. Rápidamente levanté el candelero, antes de que el mantel se incendiara.

Todo mi nerviosismo y mis torpes movimientos provocaron que Serena comenzara a reírse en la forma en que solo ella puede.

No creo que en otro momento me haya sentido más avergonzado, pero a pesar de eso me reí – con una mezcla de desgano y mucha vergüenza –, porque después de todo, y de una forma diferente a la que había imaginado, había logrado mi objetivo. Levantar el ánimo de mi novia.

En ese momento llegó el mesero a pedir nuestra orden y limpió el desastre que provoqué. No tenía mucha hambre – en realidad no tenía nada de hambre, y sabia que los nervios me impedirían disfrutar lo que fuera que ordenara –, por lo que pedí lo primero que vi en el menú. Serena ordenó la especialidad de la casa.

Cuando el mesero se marchó, Serena suspiró. Tenía su vista dirigida hacia el ventanal.

– La luna esta preciosa – expresó.

– No tan bella como tú – le aseguré.

Ella me sonrío. Se veía más tranquila, aunque, sin saber porqué, me sentía muy ansioso por ella. ¿O serían los nervios? Un momento después regresó el mesero con nuestra orden. ¡El servicio era excelente! – y no esperaba menos después de haber planeado cada detalle de la cena, y haber estado pendiente las últimas semanas de que se cumplieran al pie de la letra –.

Después de que el camarero se retiró, hubo un silencio que se me hizo eterno. Pero esta no era mi noche para ser ingenioso, por lo cual, no pude pensar en algo que decir.

Comenzamos a comer. Al fin se me ocurrió un tema ligero para abordar.

– ¿Qué tal vas en tus cursos?

– Bien… con tu ayuda y la de Amy estoy segura que no tendré ningún problema en aprobarlos. No te preocupes, me he esforzado muchísimo – me dijo con una gran sonrisa y, estaba seguro, sonaba llena de orgullo.

Sí, yo sabía de su esfuerzo y de que no tendría ningún problema. En los últimos años Serena había demostrado ser más responsable de lo que jamás imaginé – conducta que, según sus amigas, se vio intensificada con mi regreso de Estados Unidos hace catorce meses, momento en el que decidí jamás volver a separarme de ella por un periodo tan largo. A pesar de que ya podía apreciar los resultados de ese sacrificio – pues estaba seguro que esa parte de mi currículum era la que había terminado de convencer al Director del Hospital de la Universidad de Tokio, a pesar de mi evidente juventud y poca experiencia –, no valía la pena el sufrimiento de no verla, de saber que me perdía de cada pequeño cambio, de saber que no era a mí al que acudiría cuando tuviera un problema…, eso es demasiado para mí, no soy lo bastante fuerte para volver a separarme de ella, un año fue más que suficiente para darme cuenta de esa verdad.

Charlamos de muchas cosas y me esforcé por parecer casual y que mi nerviosismo no fuera tan obvio, pero cada minuto que pasaba me acercaba más a la hora de mi declaración, y sentía como poco a poco los nervios crecían dentro de mí.

Ya casi acabábamos de cenar y ese era mi tiempo límite de acuerdo a mi plan. Tenía planeado pedírselo justo después de la cena y antes del postre. Así, cualquiera que fuera la decisión de mi novia, el postre sería de gran ayuda para celebrar o levantar los ánimos.

Muy bien, me dije, es la hora… debes tener coraje. Es una simple pregunta, como cualquier otra – cómo si existiera otra pregunta que pudiera significar tanto en mi vida –, ¡sólo dile lo que sientes y ya! – sí, claro, como si fuera tan sencillo para mí –.

Creo que mi silencio – y mis nervios –, hicieron sentir incomoda a Serena, que jugueteaba con el tenedor y me lanzaba miradas fugaces de vez en cuando. A la espera – supuse – de que al fin confesara los motivos de mi actitud.

Nuevamente mi mente se negaba a colaborar conmigo. No se me ocurría como iniciar y el tiempo se me agotaba – lo cual, por supuesto, no me ayudaba en la tarea de pensar –.

– Serena… – inicie, pero me detuve. ¿Por qué me resultaba tan difícil? Era lo que deseaba, lo que necesitaba, lo ineludible para alcanzar lo que había soñado desde que la conocí: unir mi vida a la de ella.

– Darien… – me dijo, mientras yo estrujaba cada neurona de mi cerebro para encontrar las palabras –, sé a qué se debe todo esto.

¿Qué? ¿En verdad lo sabe?

– Nada de esto era necesario… yo… – su voz se entrecortó – ¿estaba llorando? Alce la vista y lo comprobé, habían lagrimas en sus hermosos y adoloridos ojos. ¿Qué significaba eso? –, y luego sus palabras salieron apresuradamente – yo no te detendré Darien – ¿De qué estaba hablando? –, jamás lo haría, quiero que seas feliz y sé que tu carrera es muy importante. Es una gran oportunidad que tú te has ganado. Vete Darien y esfuérzate por tu sueño, yo… estaré bien – en ese momento salió corriendo de la habitación, pero yo estaba demasiado consternado para hacer lo correcto y seguirla. Sus palabras seguían dando vueltas en mi cabeza sin ningún sentido, y entonces encajaron perfectamente como en un rompecabezas.

Entendí su actitud toda la tarde, desde que sospechó de mí. Entendí porque había tristeza en su mirada y porque no me había obligado a decirle mis planes inmediatamente sospechó de ellos. Entendí porque había estado pensativa… ella también había estado pensando que me iba a decir.

Pero ¿Cómo lo sabía? Era evidente de que ella se había enterado del ofrecimiento que el Massachusetts General Hospital me había brindado. Una gran oportunidad en su nuevo departamento de diagnostico, ¿pero qué era eso si significaba estar lejos de Serena? ¡Nada! ¡definitivamente nada! Lo habría rechazado en el instante, pero no me lo permitieron, "piénselo" me dijeron, "y lo llamaremos en unos días para conocer su respuesta". Serena jamás debió enterarse. Al único que se lo conté fue a Andrew, justo el día en que me lo ofrecieron, y tres días después cuando me llamaron, le conté que lo había rechazado – una decisión sumamente fácil –. Entonces la información no debía provenir de él. ¿Pero quién más lo sabía? Nadie.

Inmediatamente recordé. El día que se lo conté a Andrew, al terminar de charlar, Mina salió de la parte de atrás del Crown, justo de la habitación continúa a la que habíamos conversado. Por un momento me preocupó que hubiera escuchado algo, pero su actitud fue normal – normal para Mina –, así que deseché esa posibilidad. ¡Pero claro! Mina es una actriz. Ella interpreta papeles. ¿Cómo no pensé en eso? En aquel momento recordé otro detalle: la fecha en que tendría que viajar de haber aceptado. ¡Esa fecha era mañana! Serena creyó que era una cena de despedida. Me creyó tan cobarde como para decirle mis planes justo el día anterior a cumplirlos. Creyó que la abandonaría unas horas después de terminada la cena. ¿Qué clase de hombre haría tal cosa? ¡Con razón salió corriendo! Un momento… ella salió corriendo, y yo aquí sin hacer nada. ¡Estúpido! Me dije, ¡Ve tras ella! ¡Tienes que aclararle todo, explicarle que jamás la dejaras, que no puedes vivir sin ella!

Sin siquiera pensarlo me incorporé y salí corriendo. ¿Pero a donde se suponía que me tenía que dirigir? Era obvio que no me iba a estar esperando al lado del auto. ¿A dónde pudo haberse dirigido? ¿Y si le pasaba algo? ¿Y si se perdía? Ella no conocía esta parte de la ciudad. Era sumamente fácil que algo así sucediera. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había permitido que esto pasara? ¿Cómo me había permitido perderla de vista?

Mi cara de angustia debió alertar al vallet de cuál era mi prisa.

– Se fue por allá – me indicó, señalando con su dedo índice hacía la playa.

– ¡Gracias! – le dije, y jamás un agradecimiento había sonado tan sincero.

Corrí hacia la playa, pero no la veía por ningún lado. Mi angustia crecía. Tenía que encontrarla pronto.

Al fin la divisé. Estaba parada justo al lado del muelle, observando fijamente a la luna.

– ¡Serena! – le grité. Ella volteó a ver y luego bajo la mirada, esperando a que llegara.

– Perdóname – suplicó –. No debí salir de esa forma… en especial tomando en cuenta el poco tiempo que nos queda juntos.

Si, definitivamente había dado en el blanco.

– Serena – la abracé fuertemente contra mi pecho y le besé la cabeza –, no voy a ir a ningún lado, estaré a tu lado para siempre – siempre que ese sea tu deseo, agregué en mi interior.

– ¡No, Darien! – me dijo empujándome para deshacerse de mi abrazo –, te lo dije, no lo permitiré… ese es tu sueño, tu carrera es muy importante…

– Serena – la interrumpí –, tú talvez seas lo suficientemente fuerte para dejarme ir por una carrera, pero yo no lo soy como para alejarme de ti aun si…

– ¡Por supuesto que no! – me interrumpió alzando la voz – ¡tu carrera no es lo que me importa! Lo que realmente me importa… por lo que estoy dispuesta a dejarte ir es… tu felicidad. No quiero… ni puedo ser yo la que se interponga entre tus sueños – me dijo con lagrimas en los ojos –, la que te impida que seas feliz. No puedo ser tan egoísta.

– Princesa – le dije tomando su rostro tiernamente entre mis manos para que no evitara mi mirada, y viera claramente la verdad en mis ojos –, tú eres mi felicidad, tu eres quien ilumina mi vida, tu eres todo lo que necesito y quiero, tu eres mi sueño – en ese momento fui yo quien aparto la mirada y liberé su rostro –. Ya no puedo alejarme de ti Serena, el tiempo que estuve lejos me hizo darme cuenta de eso – una vez más encontré su mirada, mientras aferraba fuertemente la cajita negra de terciopelo que guardaba en mi bolsillo derecho –. Tu eres mi vida, alejarme de ti es peor que la muerte – y eso lo sabía muy bien, pues ya había experimentado ambas situaciones –, y ya no quiero volver a pasar por esa agonía.

– Pero no puedes rechazar esa oportunidad…

– Ya lo hice – dije triunfante.

– Pero ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué…?

– Lo hice hace como un mes… – dije en un tono despreocupado – me dieron tres días para pensarlo, aunque no los necesitaba, mi decisión estaba clara.

– ¿Lo hiciste por mí? – preguntó con la vista en el suelo. Me reí quedamente. Ella levantó la vista, sorprendida por mi reacción.

– Serena, tú hablas de egoísmo, y aquí el único egoísta soy yo. Soy yo el que se negó a siquiera considerar la posibilidad, ante la idea de estar lejos de ti, aunque eso significara ofrecerte un mejor futuro… soy yo el que pensó sólo en si mismo – sabía que si aceptaba irme eso nos aseguraría una vida cómoda en el futuro y un excelente puesto –, pero te juro amor que me esforzaré lo necesario para no privarte de nada, te aseguro que lograre aquí lo que hubiera logrado allá – aunque sabía que me tomaría más tiempo, no me cabía duda que cumpliría mi promesa.

– ¡Darien! – dijo mientras se lanzaba a mis brazos –. Nada de eso, Darien, tú no eres egoísta, y no tienes que prometerme nada. Esto lo hiciste por los dos… yo tampoco quiero separarme de ti, la idea simplemente me aterra, y mientras estemos juntos lo demás no importa. Todo lo que necesito para tener el mejor futuro es estar a tu lado para siempre. Y ahora que sé que tú sientes lo mismo, sé que podré afrontar cualquier cosa.

Nos quedamos abrazados así durante un largo tiempo. Sus palabras me habían dado el valor que necesitaba. La aparté un poco de mi para poder ver su rostro. Tenía una gran sonrisa, y esa era justo la imagen que necesitaba.

– Serena… – inicié dudando, a diferencia de momentos antes cuando mi mente estaba en blanco, por cual del millón de pensamientos debía comenzar. Expresar mis sentimientos nunca se me ha dado bien, por lo cual sabía que esto no iba a resultar fácil, pero me reconfortaba el saber que al final no importaba que fuera lo que le dijera, porque la pregunta final iba a ser suficientemente clara –. Te amo – era lo que reflejaba cada uno de mis pensamientos –, siempre te amaré, por la eternidad…, y como te dije ya, no puedo ni quiero vivir lejos de ti. Te necesito para ser feliz. Sé que deben de haber miles de razones por la que me digas no, pero antes de hacerte la pregunta quiero que sepas que si me dices sí me aseguraré de que jamás te arrepientas, dedicaré mi vida entera a hacerte feliz, porque tú eres mi felicidad, eres lo más valioso que la vida me ha dado, tú compensas mis fallos y haces que todo valga la pena, haces que mi vida tenga sentido – sé que no te merezco, que deberías buscar a alguien mejor, quise agregar, pero aunque suene egoísta no quería darle combustible para un no –, y lo único que tengo claro de mi futuro es que lo quiero compartir contigo, por eso Serena ¿me harías el honor – la dicha, la gloria, la satisfacción, el jubilo – de ser mi esposa?

En ese momento me hinqué y saqué la cajita negra de mi bolsillo que contenía el anillo de diamante que sellaría nuestro compromiso si ella aceptaba, y la abrí.

– ¿Te quieres casar conmigo?

Serena estaba atónita. Me di cuenta que no imaginaba que mis planes se encaminaban a esto. Eso me hizo pensar que había fallado. Ella no estaba preparada para algo así. Sí ella no estaba preparada para un paso tan grande, yo esperaría lo que fuera necesario. No podía culparla, ella es casi cinco años menor que yo – eso me hizo recordar todas las veces que el señor Tsukino había mencionado esto como un impedimento en nuestra relación. Pero claro que él se equivocaba, no permitiría jamás que unos cuantos años de diferencia me impidieran ser feliz al lado de mi amada –, para ella no era nada fácil aceptar esta proposición. Después de todo, con los nuevos cambios, la universidad, su nuevo trabajo en el jardín de niños donde conocimos a Alexis… no, no era para nada fácil. ¡Qué tonto en no pensar en todo eso antes de comprometerla con mi pregunta! Seguramente no quería herir mis sentimientos, así que estaba a punto de hacerle ver que no me importaba esperar cuando…

– ¡Si, si, si, si! – empezó a gritar dando saltitos, y de repente salto a mi cuello para alcanzar mis labios, y por supuesto que la rodee con mis brazos para sostenerla mientras me incorporaba. Fue el beso más apasionado que jamás me hubiera dado. Después de unos momentos se separó solo debido a que ambos necesitábamos respirar. Nos quedamos abrazados bajo la luz de la luna.

Podía sentir como la alegría inundaba cada fibra de mi ser. ¡Ella dijo que si!, ¡ella dijo que si! Gritaba mi mente. Y todos estos sentimientos se intensificaban al tenerla entre mis brazos, con su cabeza apoyada en mi pecho.

– Gracias – le dije con la más ferviente devoción.

– No, gracias a ti – me dijo con una sonrisa.

En realidad, ambos teníamos que agradecer. Nos amábamos, de eso no había duda. Delicadamente le deslicé el anillo por su dedo anular de la mano izquierda – donde aún estaba el anillo en forma de corazón que le había regalado años antes –, para sellar, al fin, nuestro compromiso.

– ¿Qué te parece si regresamos al restaurante a comer el postre? – le pregunté conociendo la respuesta.

– ¡Claro!

Nos dirigimos tomados de la mano hacía el restaurante y al entrar, todos los trabajadores del mismo nos recibieron con gran cantidad de aplausos, e incluso algunos de los clientes se les unieron. Supuse que de alguna manera habían sabido lo que paso. Salí detrás de mi novia y ahora regresaba con mi prometida.

Ese fue un gran día para mí. A pesar de que por poco lo echo a perder por mi despistadez, todo salió perfecto. No le agregaría ni quitaría nada. Todo lo que paso, estoy seguro, hizo más fuerte nuestra relación. Amo a Serena y ella aceptó ser mi esposa, eso hizo ese día más que perfecto… lo hizo milagroso. Nunca olvidaré como me hizo sentir el sonido de esa simple palabra en sus labios – repetida varias veces –, no creo que existan palabras para describirlo.

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¿Qué les pareció? ¿pensaron que Serena iba a decir que no? jajajaja

Espero que les haya gustado, y si no, háganmelo saber. ¡Quiero saber que opinan!

Ahora, sé que estoy iniciando en esto, pero debo advertirles que voy a poder actualizar hasta el otro año (como que si faltara tanto tiempo, jeje), así que de una vez les deseo feliz Navidad y feliz Año Nuevo!

Y hablando de Navidad, si alguna le interesa leer un buen fic navideño, yo les aconsejo uno de Twilight que fue publicado el año pasado: se llama "Ángel de Navidad" y su autora es Pollycox99. Hay van a ver que no se van a arrepentir si lo leen. A mí me encantó!

Sin más que agregar, les deseo éxito en todo lo que hagan!