¡Hola a todas y todos (por si los hay, jeje)! Espero me perdonen por tardar tanto en actualizar, pero aquí está el nuevo capítulo y ojalá lo disfruten.

EL GUÍA

Después de que llegamos a un acuerdo sobre la fecha de la boda con el señor Kenji Tsukino, fijada para el dieciséis de noviembre – el señor Tsukino se obstinaba en que Serena pasara una última navidad con toda su familia, pero con mucho esfuerzo de parte de todos logramos acordar que la pasaríamos los cinco juntos, quedando así sin fundamento para fijarla después. Lograr que fuera a mediados de noviembre y no después requirió horas de convencimiento –, el horario de visita se mantuvo, pero no el toque de queda para nuestras citas. Lamentablemente desapareció porque ya no era necesario. Ya no me permitía estar con Serena fuera de las cuatro paredes de su casa y bajo la supervisión de él o de la señora Tsukino.

Después de casi dos meses desde nuestro compromiso, por fin logramos escaparnos de la vigilancia de su padre.

Aproveché esta oportunidad para llevar a Serena a conocer la que ahora sería nuestra casa.

Durante el viaje de ida Serena casi botaba de la emoción dentro del automóvil. A pesar de que quedaba a veinte minutos de su casa, preguntó tres veces si ya íbamos a llegar.

– Serena, amor, ya vamos a llegar; estamos a unas calles – le dije cuando ya me había desesperado su impaciencia.

– ¿Cuál es? – preguntó sin ocultar su curiosidad, y con la vista tratando de adivinar antes de que le contestara. Me reí.

– No es ninguna de estas. Está un poco más adelante.

Hubo un momento de silencio mientras Serena seguía observando atentamente cada una de las casas que pasábamos.

– Ya llegamos – le anuncié.

– ¡En serio! ¿cuál es? – preguntó mientras salía del auto. La imité.

– Esta – dije mientras la señalaba.

El frente de la casa era muy elegante, como las clásicas que salen en las películas de principios del siglo XX, con una cerca blanca a todo el alrededor. Del frente del techo de dos aguas visto desde el lado lateral, sobresalía una ventana con su propio techo de la misma forma, la cual era la única fuente de luz natural para el ático. Las ventanas eran simples, pero de buen tamaño, lo cual le daba a la casa un toque de acogedora distinción. En el lateral derecho prevalecía un pequeño balcón de poco más de tres metros. En el frente un pequeño porche que sobresalía del primer nivel, y un frondoso árbol que le proporcionaba sombra a la mitad del terreno frontal. El jardín cubría los cuatro laterales, y al final se encontraba un pequeño bosque.

Todas las casas del sector eran bellísimas, de tres o cuatro niveles, pero aunque la nuestra sólo tenía dos niveles, tenía el jardín más grande del sector. Sólo esperaba que Serena no se decepcionara.

– ¿Qué te parece? – le pregunté.

– Darien… ¡es bellísima! ¡me encanta! – Con sus hermosos ojos abiertos de par en par y una enorme sonrisa no pude dudar de sus palabras.

– Me alegra que te guste – dije complacido.

– ¿Podemos entrar?

– Por supuesto.

Caminamos a la entrada bajo la sombra del gran árbol. Me apresuré a sacar las llaves de mi bolsillo y aproveché la oportunidad para entregarle la suya. Había mandado a sacar copia a la llave desde hacía tanto tiempo ya, que de no ser por el llavero en forma de luna que compre especialmente para ella, estoy seguro, hubiera terminado sacando otra copia.

– ¡Ah! Serena, esta es la tuya – le hice saber mientras se la entregaba.

Un brillo especial reflejaron sus ojos.

– ¡De verdad! ¿quieres que la tenga tan pronto?

– Serena, tú ya tienes llave de mi departamento – le recordé –, con más razón debes tener la de la que ahora es nuestra casa. Además, ahora vamos a pasar mucho tiempo aquí.

– Bueno… – replicó, mientras juntaba sus dedos índices una y otra vez, y el color llegaba a sus mejillas. Lucía avergonzada –, es que creí que ibas a esperar a que fuera más formal… aunque no me importa mudarme antes.

Ahora fui yo es que se puso colorado.

– Serena, no pienses mal de mí – le dije, mientras que como reacción a la sorpresa me alejaba un poco de ella y agitaba la mano tratando de detener sus pensamientos adonde fuera que se dirigían. Eso me hizo recordar la vez que para levantarle el ánimo la lleve a una casa abandonada que los gatos callejeros usaban como refugio, y ella había pensado que la llevaba para estar que estuvieramos a solas –. Me refiero a que vamos a pasar mucho tiempo aquí, acondicionando la casa para nosotros, para tenerla lista para cuando nos vengamos a vivir…, después de la boda.

– ¡Ahhh! – expresó mientras se llevaba la mano detrás de la cabeza – jajaja – su risa era nerviosa y cargada con un tipo de vergüenza diferente al anterior –, si, ya lo sabía, jajajajaja

Le sonreí.

– Bien, entremos – dije mientras le tomaba la mano y la guiaba dentro.

El primer ambiente era el salón más grande de la casa. Los últimos seis metros de esa habitación estaban un poco más en alto que el resto por una grada, y en el fondo se encontraba una puerta corrediza de vidrio que daba al patio trasero de la casa. En la pared de lado izquierdo se encontraba una elegante chimenea sobre la cual se encontraban algunos marcos para fotos. Serena se acercó a verlas. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de polvo y los marcos no eran la excepción. Cuando soplo uno de los marcos para ver la foto se levantó una nube de polvo que nos hizo toser a ambos.

– Estos son tus padres ¿verdad?

– Si, lo son.

Ella lo sabía perfectamente, ya había visto una foto de ellos antes. Observó la foto por unos momentos.

– ¿Por qué no las llevaste a tu departamento? – apartó la vista de la foto para verme.

– No era necesario – repuse con indiferencia –, además ya tengo una foto de ellos en mi alcoba.

– Pero… creí que era la única que tenías, ¿por qué…?

Me aleje de ella mientras hablaba, y le di la espalda.

– No era necesario – le repetí.

Supo que no quería hablar del tema, porque ya no preguntó más. Un momento después sentí unos brazos que me rodeaban tiernamente la cintura. Nos quedamos así, sin movernos, por un buen rato.

Ella siempre sabía que hacer para reconfortarme.

Solo tenía una foto de mis padres en mi alcoba para no olvidar sus rostros como lo había hecho con lo demás, pero no quería estar rodeado de fotos familiares que me eran desconocidas. Eso era demasiado deprimente incluso para mí.

– ¿Estás bien? – me preguntó.

– Siempre estoy bien cuando estas cerca – suspiré –. Creo que aún nos falta mucho por recorrer de la casa, mejor nos damos prisa para regresar a tu casa antes que tu padre.

En el lado derecho de la entrada se encontraban las gradas para subir al segundo nivel y una puerta que daba a una habitación que siempre imagine como un estudio, y al baño de invitados. La habitación que quería que fuera un estudio era amplia, cómodamente cabría un gran escritorio con su silla y un sofá. Podía imaginarlos. Incluso había espacio para una extensa librera. Había una ventana que daba al lateral derecho de la casa que le daba excelente luz, y tenía las conexiones eléctricas y de teléfono para que la computadora tuviera conexión a Internet. A Serena le gustó mi idea mientras se la planteaba.

El baño de invitados no era grande, pero tampoco pequeño. Inclusive tenía ducha, algo que consideraba innecesario para un baño de invitados, pero no podía quejarme.

Después de ver el lado derecho del primer nivel, cruzamos de nuevo el salón de la chimenea – que sería nuestra sala –, para ir a la puerta del lado izquierdo que daba al comedor. En esa habitación había una vieja mesa dañada por el tiempo y el descuido. La siguiente puerta daba a la cocina, que era muy grande y con una pequeña mesa en el centro con cuatro sillas. Al lado de la cocina estaba la puerta que daba al área de lavandería que a su vez conectaba con el patio trasero, y en donde se encontraba el armario para guardar artículos de limpieza.

Subimos al segundo nivel, y Serena estaba muy emocionada. Aparentemente hasta ahora todo le había gustado.

En el segundo nivel se encontraba un pasillo de unos cinco metros de ancho, y al final del mismo una enorme ventana desde la cual se podía apreciar el bosque trasero.

Del lado izquierdo se encantaban tres puertas, casi a la misma distancia una de la otra. Cada puerta daba a una habitación distinta, pero similares en tamaño y forma, pues todas tenían una ventana en la misma ubicación, con la única diferencia que la habitación del fondo además tenía otra ventana que daba al bosque. Del lado derecho sólo habían dos puertas. Una se encontraba aproximadamente a medio pasillo, y la otra se encontraba al final, casi pegada a la pared del fondo.

La puerta del fondo era un baño, bastante más amplio y completo que el del primer nivel. Tenía además una tina, botiquín, espejo y debajo del lavamanos un mueble para guardar artículos varios. Este baño debía ser compartido por las tres habitaciones del lado izquierdo, pues ninguna tenía baño propio.

La otra puerta del lado derecho era la alcoba principal. Esta habitación era enorme comparada con las otras tres y tenía su baño propio. Además, en vez de ventana, tenía un balcón con puertas corredizas de cristal. La vista desde allí era hermosa, pues se divisaba el bosque y las montañas lejanas. En el centro de la habitación, pegada a la pared, había una cama vieja e inclinada hacia la izquierda. Aparentemente le faltaba una pata.

El baño era incluso más completo que el compartido. La tina era más grande, para dos personas – lo cual me agradaba –, la ducha tenía puertas de cristal y era más grande y el espejo era espacioso. Todo indicaba que estaba pensado para dos.

– Y ¿Qué te parece? – le pregunté al final del recorrido.

– Es… – parecía que le costaba encontrar las palabras – ¡Es increíble!

– Me alegra que te guste.

Me sonrió.

– Y ahora debes pensar.

– ¿Pensar? ¿sobre qué?

– El color

– ¿El color? – repitió confundida.

– Si, piensa de que color quieres que sea nuestra casa. Mi graduación es la próxima semana y luego usaré mi tiempo libre para pintarla… aunque por ahora concentrémonos en el exterior.

No era necesario agregar que era para lo que me alcanzaba, por ahora.

– Pero Darien, yo no tengo buen gusto, sería mejor que…

– ¡Shhh! – puse mi dedo en sus labios –, princesa, esta es "nuestra casa" – hable deliberadamente lento al pronunciar las últimas palabras para enfatizarlas –, tú tienes tanto poder de decisión como yo, y quiero que tú decidas el color, la decoración, el amueblado, todo. Quiero que te sientas cómoda dentro y fuera de la casa y que cada esquina diga "esta es la casa de Serena Tsukino, esposa de Darien Chiba" – hice ademanes como señalando un gran cartel invisible –. Por eso, no me importa que la quieras roja, púrpura o con motas amarillas, si así la quieres por mi está bien.

– ¡Darien! – dijo mientras se acercaba y recostaba su cabeza en mi pecho. La rodee con mis brazos –. Gracias, gracias por pensar en mí.

Me reí quedamente. ¿Cómo podía esperar otra cosa? ella era mi todo.

Levantó la mirada y me perdí en sus ojos. No pude resistirlo, me incliné para alcanzar sus labios.

– ¿Quieres ir a fuera para que puedas pensar?

Asintió con la cabeza.

Salimos y nos sentamos frente al gran árbol. Solo se podía escuchar el canto de los pájaros. Serena recostó su cabeza en mi hombro y yo la rodee con mi brazo, por la cintura.

– Me gusta esto – confesó mientras dibujaba formas en mi camisa con su dedo.

Yo sólo me limité a apretar un poco mi abrazo. Ella no tenía ni idea de cuánto me agradaba tenerla así de cerca. No me apetecía moverme ni un poquito.

– ¿Ya decidiste que color te gustaría?

Se movió un poco para poder ver la casa, pero seguía recostada en mí.

– Humm… ¿Qué te parece blanca?... ¡y con el techo y los marcos de las ventanas azul! – se levantó mientas hablaba. La seguí.

– ¿Qué te parece? – preguntó mientras se giraba hacía mi.

Se hará como usted diga, princesita – le contesté haciendo una reverencia.

– ¡Hay Darien! – dijo mientras se giraba un poco sonrojada y movía la muñeca apenadamente.

Como el sol se empezaba a poner tuvimos que irnos. Regresamos justo a tiempo para que su papá no se diera cuenta de nuestra salida. Odiaba esa absurda idea de su papá de vigilarnos todo el tiempo.

Los días siguientes pasaron volando. No tuvimos oportunidad de regresar a nuestra casa, y tampoco había ayudado que estuviera ocupado con la impresión de la tesis, la toga, asegurarme que mis padrinos de graduación no fueran a faltar. El poco tiempo que pude pasar con mi prometida estuvimos bajo la implacable mirada de su padre. Ni siquiera a la hora de despedirnos nos dejaba a solas. Nos seguía hasta la entrada y se quedaba observándonos desde el umbral de la puerta con los brazos cruzados y cara de pocos amigos, por lo que solo podía despedirme de ella con besito fugaz.

El día anterior a la graduación el Director del Hospital de la Universidad de Tokio, el doctor Paul Graham – de nacionalidad estadounidense. A sus cuarenta y nueve años tenía cuatro premios internacionales por sus avances médicos. Era un innovador –, me dio un completo recorrido por las instalaciones del hospital y me mostró mi nueva oficina. Ahora trabajaría directamente bajo sus órdenes, lo cual era un gran honor.

Durante el recorrido me estuvo cuestionando sobre mi primera tesis, la que use para ingresar a Harvard, y luego sobre mi tesis de graduación – internamente me pregunté como la consiguió, pero recordé que era parte del Consejo de la Universidad de Tokio, por lo cual debía tener acceso a cualquier trabajo de graduación –. Se mostró especialmente interesado en las razones de mis conclusiones y de los avances que mi investigación tuvo durante mi estadía en Estados Unidos. También me contó que había hablado con mis profesores de Harvard – dos de los cuales fueron sus compañeros de promoción – y que le satisfacía lo que había escuchado y que esperaba no lo decepcionara. Le aseguré que no se arrepentiría.

Por último me preguntó:

– ¿Le gustan los retos, doctor Chiba?

– Llámeme Darien, y no tengo ningún problema con los retos.

– Pues me alegra doc… Darien, porque ese va a ser precisamente su trabajo, los retos, tratar a los pacientes que otros doctores ya no puedan o quieran tratar.

Luego soltó una risa que me hizo sentir escalofríos.

– Retos – repitió –. No me decepciones. Hasta pasado mañana – me dijo mientras se alejaba aún sonriente.

No tenía ni idea de cuáles eran sus planes para mí, pero sabía que no sería fácil.

En todo el día no pude ver a Serena, pero por la noche me llamó para desearme suerte.

– ¡No estás emocionado! Estas cumpliendo tu sueño: desde mañana serás conocido como el gran doctor Darien – sonaba muy entusiasmada, luego río muy bajito –, y yo seré la novia del doctor más guapo del mundo.

¿Novia? Pero si ya es mi prometida.

– Me alegra que estés contenta.

– ¡Estoy más que contenta, estoy muy orgullosa de ti! Te das cuenta que este año los dos vamos a cumplir nuestro mas grande sueño.

Claro que lo sabía, este año ella sería mi esposa.

– Tú mañana y yo… – volvió a reírse muy bajito – el dieciséis de noviembre.

¿Qué? ¿Ella pensaba que mi más grande sueño era distinto al suyo? Por supuesto que ser doctor era uno de mis sueños, pero definitivamente no era el más grande, ni el más importante.

– Serena… – inicié.

– ¡Ah! Por cierto, mi papá aceptó que mañana me fuera contigo más temprano.

– En serio, ¿Qué le hizo cambiar de opinión?

Desde que le pedí al señor Tsukino que permitiera a Serena irse conmigo me dijo:

" – ¿La invitación a tu graduación es para toda la familia o solo para Serena?

No entendí la razón de su pregunta, pero le contesté.

– Para toda la familia, por supuesto.

– Entonces toda la familia Tsukino ira junta o no ira. "

No quise arriesgarme a una graduación sin Serena, por lo que no insistí.

– Pues le dije que sería una gran experiencia para mi, para saber qué debo hacer antes de mi graduación – contestó orgullosa de su idea –, y además prometí apartarles lugar.

– Me alegra, entonces pasaré por ti ¿a las dos? – pregunté sin mucha esperanza. La graduación era a las seis, quizás cuatro horas antes era demasiado para el papá de Serena.

– En realidad pensaba que a las once… si te parece bien – añadió tímidamente.

– ¡¿A las once? Es en serio, ¡eso es estupendo! habrá tiempo para mostrarte las instalaciones de la facultad, el laboratorio, me acompañaras a traer la toga y entregar las últimas copias de mi tesis.

– Entonces, te espero a las once.

– Allí estaré. Te amo.

– Yo también te amo.

Ahora me resultaba fácil decir esas dos simples palabras: te amo. ¡No entiendo por qué me tomo tanto tiempo decirlo! – dos años de novios –, a pesar de que sentía ese amor en cada fibra de mi ser.

Todavía pienso que de no haber sido por mi viaje y la perspectiva de no verla por largo tiempo, hubiera tardado aún más tiempo. Ni siquiera había tenido el valor de entregarle el anillo en forma de corazón que le había comprado, ese anillo que quería darle como un símbolo, una promesa. Símbolo de mi amor y promesa de que regresaría por ella, de que este viaje era temporal y que nada me impediría regresar a su lado, y más que todo quería que hubiera algo – aunque fuera insignificante como un anillo – que le recordara mis sentimientos hacia ella y no me olvidara. A pesar de haber tenido algunas oportunidades los días anteriores a mi viaje, cuando se lo iba a entregar, pensaba en lo ridículo que era esperar que significara eso, porque un anillo sólo es un objeto, sin poder para impedir que ella me olvidara o se cansara de esperarme o se enamorara de alguien y me abandonara, porque lo único capaz de lograr eso es el amor. Así que la lógica me decía que no debía dárselo, que lo único que lograría era ponerme en ridículo, que mi idea era una estupidez.

Pero todo eso ya no importó cuando me fue a buscar al aeropuerto para despedirme. Pensaba que no llegaría pues tenía clases, y mi mente vagaba tratando de encontrar la convicción que tenía al aceptar la beca. Recordaba las palabras de Serena el día que se lo conté: "tú siempre serás el hombre al que más amo, Darien. Esfuérzate en tus estudios", esas palabras que, a pesar de la tristeza con que me las dijo, me hicieron saber que sus sentimientos hacia mí no cambiarían. Y mientras rememoraba una y otra vez sus palabras, y me convencía de que hacia lo correcto, la llamada a mi vuelo me trajo de vuelta a la realidad.

– Ya es hora – me dije a mí mismo.

– ¡Darien! – escuché que me llamaba la persona que más me importa en el universo.

– Serena – susurre cuando me di cuenta de que estaba a escasos metros de mí.

Caminó lentamente hacia mí, con la vista baja. No hizo ningún intento de verme.

– Pensé que no ibas a venir porque tenías clases – le expliqué.

Sus siguientes palabras me sorprendieron porque no las esperaba, pero en especial por la intensidad de su voz. Casi me hizo retroceder por la sorpresa.

– ¡Te estaré esperando!... Siempre te estaré esperando – la sinceridad de su voz me conmovió. No me cabía duda de que ella decía la verdad.

Lo más sensato hubiera sido sentirme feliz, animarla para que me esperara, asegurarme de que lo jurara, que ella sola se atara con sus palabras. Sin embargo, eso era demasiado egoísta. Hubiera sido bueno sólo para mí y sumamente injusto para ella. Ella merecía tener un panorama claro: no era tan fácil como imaginaba. Había cosas que ella no había considerado…

– Probablemente estaré muy ocupado, así que no voy a poder escribirte tan seguido.

Lo menos que le debía era sinceridad. No iba a ser tan fácil mantener sus palabras después de dos o tres semanas sin tener noticias de mí.

– No te preocupes – dijo mientras se le acumulaban lagrimas en sus hermosos ojos –, yo te escribiré una carta diariamente, por eso… – comenzó mientras las lagrimas empezaban a resbalar por sus mejillas.

– Hay que pena – dijo al notar sus lágrimas. Se me partió el corazón –. Sabes, tenía pensado despedirme de ti con una gran sonrisa…

Bajo la mirada mientras se secaba las lágrimas.

Eso fue suficiente para mí. Aún tenía la cajita rosa que contenía el anillo, su anillo, en mi bolsillo. Ya no tuve ninguna duda, quería entregarle el anillo, pero no como una promesa – no tenía objeto, primero: si ella me iba a esperar, era porque sabía que iba a regresar; y segundo: porque en ese instante todo eso era irrelevante –. No tenía sentido lo que me impulso a dárselo y no me importaba.

– Ah, Serena, ten – le dije extendiendo la mano donde sostenía la cajita –. Abre esta cajita.

Su rostro era de desconcierto, pero, aún así, me hizo caso.

– Darien, esto es… – dijo al ver el contenido. Baje el portafolios que tenía en las manos.

– Permíteme – le dije al tiempo que sacaba el anillo de la cajita, para deslizarlo suavemente por el dedo anular de su mano izquierda.

Se veía sumamente hermosa sonrojada.

Ya no me importaba si el anillo tenía algún significado o no, simplemente quería que supiera que la amo. Me di cuenta que había estado enfocando mal el asunto. No era el objeto el que tenía significado, era el sentimiento con que se entregaba. Así que, finalmente, le dije con palabras lo que había tratado de demostrarle con acciones.

– Te amo, Serena – era de lo único que estaba totalmente seguro. Quería que ella estuviera tan segura de lo que sentía por ella como yo –, te amo – volví a repetir.

– ¡Darien! – dijo mientras se lanzaba a abrazarme. La rodee con mis brazos.

– ¡Gracias! Lo cuidare mucho – dijo mientras alzaba el rostro para verme.

Me perdí en sus ojos, pero esta vez con melancolía. Era la última vez que la iba a ver directamente en quien sabía cuánto tiempo. Me incliné mientras ella hacía lo suyo para unir nuestros labios. Ese beso fue dulce, y a la vez doloroso. Sabía cuánto la iba a extrañar.

Fue difícil admitir que tenía que terminar: mi vuelo estaba a punto de partir.

– Bueno, ya tengo que irme.

Ella asintió y con una sonrisa se colgó de mi brazo derecho.

Yo también sonreí. Al menos tuve el consuelo de verla sonreír al momento de irme. Aunque, al final, en ese viaje nunca llegué a mi destino, y de no ser por ella, aún seguiría muerto, pienso que fue de mucho provecho para mí.

En la mañana de mi graduación el tiempo pasó veloz. Me levanté, bañé y arreglé en el tiempo justo para ir a recoger a Serena. No desayuné, pero no por falta de tiempo, sino por falta de apetito. Tome la bolsa que contenía mi traje y me apresuré a bajar. La colgué en el gancho del asiento trasero y conduje a la casa de Serena.

– Buenos días, Darien – me recibió mamá Ikuko, tras abrirme la puerta.

– Buenos días, señora. ¿Está lista Serena?

– Pues – dijo al tiempo que volteaba a ver las gradas para ascender al segundo nivel –, aún no, pero no debe de tardar. Pasa.

– Gracias.

– Siéntate, Darien. ¿Quieres comer algo?

– No, muchas gracias – le respondí con una sonrisa.

– Y ¿un café? – me encantaba su amabilidad, tan natural para ella.

– Por supuesto, si no es mucha molestia.

– ¡Claro que no! Ahora te lo traigo.

– Gracias.

Mientras esperaba a que Ikuko regresara con una de sus deliciosas tazas de café, escuché ruidos extraños que provenían del piso de arriba. Entendí – con una gran sonrisa – que eran Serena y Sammy discutiendo. Con un poco de melancolía comprendí que esta iba a ser una de las cosas que ella iba a extrañar al casarnos. Pero Sammy ya estaba en tercero de secundaria, tenía novia e iba por el mismo camino. Esto no hubiera durado mucho más tiempo.

Ikuko regresó rápidamente con el café y me lo entregó mientras comentaba:

– Serena ha estado muy entusiasmada por tu graduación. Sabes, pasó todo el sábado con sus amigas buscando un vestido para hoy.

No tuve oportunidad de agregar algo, ya que una voz me hablo desde atrás.

– ¡Ya estoy lista!

Me levanté – dando un último sorbo de café – y giré para saludar a Serena, pero mi saludo se quedó atorado en la garganta.

Serena se veía más que hermosa, más que preciosa… era como un sueño, una visión.

Llevaba un vestido corto de color beige sin mangas y escote cuadrado, que se ajustaba perfectamente a su figura. Tenía un delgado cinturón a la altura de la cadera. La falda tenía dos pijazos al frente que resaltabas sus hermosas piernas, ya de por si sumamente llamativas, no sólo por las medias de un color un poco más oscuro que su piel, sino que también por los altos zapatos de tacón aguja, lo cual la hacía lucir sumamente sexy. Estaba maquillada sutilmente, resaltando su belleza natural. Su tradicional peinado de chonguitos estaba adornado con dos ganchos en forma de estrellas, y dos mechones rizados a los lados del fleco. Lucía… increíble.

No tengo idea de cuál debía ser mi expresión – ni cuánto tiempo pasó –, pero no la compuse hasta que Sammy empezó a carcajearse y me dijo entre risas:

– ¡Darien! Jajaja, ¡Mejor cierra la boca antes de que babees toda la sala! jajajaja

– ¡Sammy! – Ikuko lo regañó.

Me tomo unos segundos de concentración recomponer mi expresión y formar una frase coherente.

– Serena… te ves… ¡bellísima! – Sabía que esa palabra no lograba expresar como se veía, pero dudo que aunque hubiera existido alguna más adecuada, en ese momento la hubiera recordado.

Serena se sonrojó.

– ¡Gracias! – dijo.

– ¿Nos vamos? – le pregunté.

– Mmju – contestó con un movimiento de la cabeza, aún sonriente.

Pero cuando iba a dar el paso perdió el equilibrio. Afortunadamente la logre sostener antes de que se lastimara.

– ¿Estás bien? – le pregunté una vez que me asegure de que estaba estabilizada.

– Sí, sí, estoy bien – contestó rápidamente, y luego rió nerviosamente.

– ¡Ya ves! Te lo dije cabeza de chorlito, te vas a matar en esos zapatos. Esos no están hechos para personas torpes como tú – a pesar de que intentaba ser gracioso, pude notar una real preocupación en su voz.

– ¡Ya cállate, Sammy! – le gritó Serena enfadada. Inmediatamente me tomo de la mano –. Vámonos, Darien. Adiós, mamá.

– Adiós señora, Sammy. Nos vemos por la tarde – me despedí mientras Serena me arrastraba por la puerta –. ¡Gracias por el café! – grité cuando ya estaba afuera.

– ¡Serena, tranquila! ¿Por qué llevas tanta prisa? – pregunté cuando no disminuyo la velocidad para llegar al auto.

– ¡Uyyy! – expresó aún enojada –, es que Sammy ¡es tan fastidioso!

Me reí entre dientes de su tono frustrado. Pero cuando estaba a punto de llegar al auto, una vez más, Serena perdió el equilibrio. La sostuve y le pregunté un poco preocupado:

– ¿Te encuentras bien?

– Si, estoy bien – se sonrojó y comenzó a reírse con una mano detrás de la cabeza.

– Quizá Sammy tenga razón – comenté.

– ¡¿Qué? – se apoyo en el auto y cruzó los brazos – ¿tú también, Darien?

– ¡No te enfades! – le dije divertido por su expresión.

Ella no relajó su postura.

La observé tratando de encontrar una forma de que se le pasara su enojo, cuando volví a notar como ese vestido se ajustaba perfectamente a su figura, como su boquita – fruncida con gesto obstinado – y sus mejillas sonrosadas aún por el enfado, la hacían lucir adorable.

– Mmm – expresé mientras con mi dedo le levantaba el rostro para que me viera – ¿Ya te dije lo hermosa que estas?

No le di tiempo de contestar. La besé.

No fue un beso largo – aunque me hubiera gustado –, no quise tentar mi suerte. Ella aún estaba enojada.

Cuando me separé su rostro mostraba claramente la sorpresa.

Debo admitir que yo también estaba sorprendido. Había actuado por puro impulso, algo que sentía no me debía permitir. El control, el que mis emociones no me dominaran, era lo que había impedido que terminara rodeado de psiquiatras cuando desperté en aquel hospital y descubrí que estaba solo, sin siquiera un recuerdo que me mostrara que le había importado a alguien en algún momento. La soledad era mi única compañía, así que "el control" se volvió parte de mi forma de actuar. Apodos como robo Darien o el témpano Chiba me persiguieron durante la primaria, pero poco me importaba lo que los demás pensaran. No obstante, eso fue lo que ayudo a que a los dieciséis años, cuando entre a la preparatoria, mi tutor legal, el abogado de mis padres, me permitiera vivir solo y salir del internado donde había estudiado la primaria y secundaria. Nunca había sido diferente.

Ahora me preguntaba que debía hacer al respecto. Me había dejado llevar por el momento y había besado a Serena cuando estaba desprevenida – aunque no por eso dejo de corresponderme –, y ahora no tenía idea de que debía hacer. ¿Decirle lo siento? No era así. En realidad, no encontraba ni una pizca de arrepentimiento dentro de mí. Aunque eso tampoco significaba que había estado bien.

Le sonreí no muy convencido.

– ¿Aún estas enojada? – le pregunté cauteloso.

Se acercó a mí y deslizó su dedo de arriba abajo sobre mi camisa.

– Si intentabas distraerme funcionó muy bien.

Sonreí aún más por sus palabras. No había intentado distraerla. No había intentado nada. Ni siquiera estaba seguro de que mi mente hubiera intervenido más que para la motricidad.

– ¿Nos vamos? – pregunté mientras le abría la puerta del auto.

Sonrió y se apresuro a subir. Al observarla por poco olvido como respirar. Debería ser prohibido lucir tan bien. Sí mi corazón no estuviera sano se habría detenido.

Cuando mi mente se despejó lo suficiente para recordar cómo se caminaba, subí al auto. Debía de controlarme sí no quería comportarme como idiota. A pesar de que Serena siempre ha sido sumamente hermosa, pocas veces explotaba esa belleza, lo cual no me importaba. No lo necesitaba. Aunque su ropa no fuera la más favorecedora, ella siempre creaba en mí sensaciones…

¡Uy! Creo que no era la mejor ocasión para pensar en ello. No con ella tan cerca y yo conduciendo. No era seguro para ninguno de los transeúntes que me distrajera por mi hermosa novia, sentada a menos de treinta centímetros de mi, con un vestido que le quedaba tan bien, y sus labios, cubiertos de brillo rosa, que eran una invitación casi irresistible a…

¡Concéntrate Darien! Me regañe mentalmente.

El problema era que no me había dado oportunidad de acostumbrarme paulatinamente. Me había mostrado su potencial de un solo. ¡Eso no era justo!

Irónicamente a mis pensamientos, mi rostro y mi sonrisa no mostraban que hubiera alguna clase de injusticia. Todo lo contrario: estaba sumamente agradecido.

– Estas contento, ¿verdad?

– Por supuesto – ¿Quién no iba a estarlo teniéndola a ella al lado?

Ella también lucía feliz.

– Yo también – me confirmó sonriente.

Una vez en la universidad nos dirigimos a la biblioteca, donde debía entregar la última copia de mi tesis; luego, tendríamos el resto de la tarde para nosotros.

– ¡Guau! ¡Cuántos libros! – comentó Serena.

– Sí, es bastante completa. Aunque deberías ver la de Harvard, es una de las bibliotecas más grandes del mundo, es considerada una mega biblioteca; necesitarías mínimo treinta vidas completas para leer todo lo que… – un chispazo de intuición cruzó mi mente –. Espera, Serena, ¿esta es la primera vez que vienes a esta biblioteca? ¿no la conocías? – pregunté un poco incrédulo. Este era su primer año de facultad pero, a estas alturas, cuando faltaban unos pocos días para terminar su primer semestre ¿no tendría que haberla visitado varias veces?

– No, y jamás había visto tantos libros juntos. ¿Cómo se puede encontrar un libro entre todos esos?

– Para eso están las computadoras – le expliqué –, el buscador te ayuda a ubicar los libros.

Sacudí la cabeza aún incrédulo.

– No puedo creer que esta sea la primera vez que visitas la biblioteca de "tu" universidad. ¿Cómo conseguiste la información para tus investigaciones?

– Por Internet.

Su respuesta tan simple casi me hizo sonreír.

– El próximo semestre yo te acompañaré a investigar – le afirmé.

Me alegraba saber que el próximo año yo iba a ser quien más involucrado estaría en cada detalle de su vida académica. En realidad, iba a ser quien más involucrado estaría en cualquier área de su vida. Sonreí ante la expectativa.

Por el momento procuraría ayudarla un poco más que hasta ahora. Además, eso significaría pasar más tiempo con ella; y era la excusa perfecta para salir con ella y escapar de la sagaz vigilancia de su padre. Me sentía ridículo al tener que buscar "excusas" para salir con ella.

Me acompañó a dejar las copias de mi tesis al quinto nivel. Luego, la guié por la facultad pero, cuando íbamos a medio camino al laboratorio, Serena me preguntó en tono de queja:

– Darien, ¿queda muy lejos a donde vamos?

– Es el edificio de allá – le indiqué señalándolo.

– ¡Ese! – dijo con sorpresa – ¿El que esta hasta allá?

– No está tan lejos.

– ¿Por qué no mejor nos sentamos un ratito en aquellas bancas? – preguntó dirigiendo su mirada a unas bancas que estaban aproximadamente a veinte metros de nosotros, en un pequeño jardín.

– Pero ¿Por qué…? – caí en la cuenta del por qué de su repentino cansancio, cuando levantó un poco su pierna para acariciarse el tobillo. Sus zapatos. Aunque eran realmente sexys, debían de ser sumamente incómodos.

– ¿Por qué no te quitas los zapatos?

– ¿Qué? – preguntó un poco sonrojada al notar que me había dado cuenta de su incomodidad – ¡No! Estoy bien, jajaja

– ¿Por qué no? – la animé –, será divertido.

Vi a ambos lados. No había nadie a la vista. Todos debían estar en clases aún. Suspiré.

No era algo común en mí, pero lo hice. Me descalcé sobre la grama. Después de todo sólo Serena me vería haciendo esa locura.

– Vamos – la invité ofreciéndole mi mano.

Sonrió y se apresuró a quitar los zapatos que sostuvo con la mano derecha y con la izquierda aceptó mi mano.

Fue agradable la sensación de la grama húmeda bajo mis pies. Caminamos hacía la banca.

Nos sentamos y Serena apoyo su cabeza en mi hombro.

– Gracias, Darien.

– ¿Por qué, princesa?

– Por nada.

Nunca pensé que algo tan simple como descalzarme pudiera hacerme sentir tan bien. Pero sabía claramente en donde radicaba la felicidad en tan simple acción. El estar con Serena. Cuando estábamos solos me resultaba más fácil desprenderme de mis prejuicios hacía este tipo de conducta. En esta ocasión me resultó particularmente sencillo, pues sabía que los pequeños pies de mi prometida, que ahora se deslizaban de adelante hacia atrás, rozando levemente la grama, estaban agradecidos. Solamente con ella podía comportarme así. Ella no me juzgaría.

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¿Qué les pareció? Les gustó, aburrió, entretuvo... ¡digánme lo que piensan!

Para serles sincera, este capítulo en mi mente no terminaba allí, pero me desvío tanto de mi objetivo que tuve que cortarlo porque se me alargo mucho, jajaja. De todas formas, espero que les haya gustado y sigan leyendo el fic.

Me encantan los reviews que me escriben, así que cuento con que me van a escribir algunos.

Cualquier duda voy a procurar resolverselas, claro que sin revelar demaciado, jeje.

Cuídense mucho y hasta pronto!