¡Lamento actualizar hasta ahora! Pero ahora comprendo que para escribir el tiempo se va veloz, pero para leer es taaannn lento, jajaja. Ahora voy a ser más paciente con los fics que sigo, o eso espero, jeje.
¡Muchas gracias por los review que me escribieron! Espero que me den su opinión de este nuevo capítulo.
GRADUACIÓN
Con Serena a mi lado, mis ojos cerrados y la fresca brisa que soplaba, por poco olvido donde estaba. Los murmullos de la gente que se acercaba me recordaron que me encontraba en un lugar público y no en un lugar paradisíaco solo con Serena. Me apresuré a colocarme los zapatos.
– ¿Ya nos vamos? – preguntó Serena. Estaba claro que ella no quería irse aún.
– No, aún no. Tenemos tiempo. No te preocupes.
– Entonces, ¿por qué te pusiste los zapatos? – preguntó desilusionada. O al menos eso me pareció.
– Me dio frío – mentí.
– ¡Ah! – dijo sonriendo – Pues a mí me gusta el clima. Además, si me da frío, aquí estás tú para darme calor – aseguró mientras me abrazaba. Sonreí.
– ¡Darien! – escuché que alguien gritaba a lo lejos – ¡Darien Chiba, ¿no es así? – preguntó un sujeto mientras se apartaba de tres chicas y se dirigía hacia nosotros.
– ¡Darien, hola! ¿Cómo estas, amigo? ¡Cuánto tiempo sin verte!
Me paré para saludarlo por cortesía. Él parecía conocerme.
– ¿Si te acuerdas de mí? – preguntó –. Soy yo: Kai, ¿recuerdas? – continuó cuando no hable –: estudiamos juntos el cuarto año de medicina. Bueno, yo aún sigo en el cuarto, pero creo que este año al fin pasaré, jajajaja.
– Hola, Kai – no, no tenía idea de quién era.
Serena se paró a mi lado.
– ¿Quién es él, Darien? – preguntó.
– ¡Wow, wow, wow! – dijo Kai al notar la presencia de Serena – ¿quién esta preciosidad, Chiba?
No me gustó la forma en que la vio. De los pies a la cabeza, deliberadamente lento.
– ¡Preséntanos! – insistió Kai.
Gruñí en mi interior.
– Serena, él es Kai…
Él me interrumpió durante la presentación.
– Encantado de conocerte Serena. Kai Lee para servirte… en lo que quieras – dijo coquetamente mientras tomaba su mano.
Tomé a Serena por la cintura y la aparté cariñosamente de él, fulminando a Kai con la mirada, y me interpuse entre ellos.
– Kai te presento a la señorita Serena Tsukino: ¡Mi prometida! – le aclaré con actitud, mientras que con la mirada le daba a entender que si se le volvía a acercar lo lamentaría el resto de su vida.
– Tu… prometida. ¿Te vas a casar? – volvió a verla de esa forma que me hacía desear borrarle su estúpida sonrisa –, aunque debo admitir que tienes un gusto… exquisito.
Dirigió su mirada hacia mí y sonrió.
– Así que el Don Juan Chiba se va a casar. Creo que muchas chicas se van a sentir decepcionadas… pero aquí esta Kai para consolarlas – dijo extendiendo sus brazos.
– ¿Don Juan Chiba? – repitió Serena entrecerrando los ojos –, Explícame, Darien, ¿de qué está hablando?
– ¡Ah! Pues este chico – dijo Kai poniéndome la mano en el hombro – tenía a la mayoría de las chicas de la facultad tras sus huesos. ¿Por qué crees que me sentaba a su lado? – le guiñó el ojo a Serena –, alguien tenía que consolar a las chicas luego de los desaires de Darien. Y claro, ¡Kai es el chico indicado para ese trabajo! Así que ya sabes, Serena, si te aburres de Darien… – dejó la frase de modo insinuante.
– ¡No se aburrirá! – afirmé absurdamente, por lo enfadado que me había puesto el descarado coqueteo del tal Kai. Empezaba a realmente molestarme.
– ¡Oye! ¡Qué genio! – se rió y lo sentí como una burla –. Nunca creí que llegaría el día en que una chica te conquistaría. Hasta pensaba que sólo me soportabas porque te quitaba a las acosadoras de encima.
Al fin pude recordarlo. Tenía el cabello largo cuando lo conocí. Ahora lucía más formal. Este sujeto se sentó a mi lado en todas las clases que compartíamos y, aunque era molesto escuchar todas su quejas sobre lo aburrido de los catedráticos y todos sus intentos de conquista de las chicas que, para su mala suerte, se sentaban cerca de él, era muy útil para, sin ser grosero, evitar incomodas situaciones con compañeras que me invitaban a salir. Después de todo, Serena ya era mi novia y una parte importante en mi vida. La más importante.
Ni siquiera era necesario que yo hablara. Kai aprovechaba cualquier pequeña oportunidad para entablar conversación con las chichas que se me acercaban, y yo aprovechaba sus intromisiones para irme.
– ¡Qué tiempos aquellos! – dijo en un suspiro –. Pero aún así no me va tan mal – hizo un gesto hacía las chicas con las que había estado conversando –. Aunque no tan bien como a ti – dijo viendo a Serena.
– Bien, entonces sería mejor que no dejes esperando a las señoritas – dije con seriedad.
Creo que vio en mi expresión que no era buena idea quedarse más tiempo porque su actitud fue nerviosa al despedirse.
– Eh… tienes razón. Fue un gusto volverte a ver… y conocer a tu prometida.
– Oye, Kai, no seas malo, preséntanos a tu amigo ¿quieres? – dijo una de las chicas con las que había estado conversando. Hasta ese momento no había notado que las tres se habían acercado.
¡Genial! ¡Más gente! Pensé con sarcasmo. Después de varias semanas sin un momento a solas con Serena, siempre bajo la vigilancia de su padre, había pensado aprovechar esta tarde, y ahora este entrometido y sus amigas me estaban estorbando.
Unos momentos más y me habría librado de Kai, y ahora, en vez de Serena y yo, éramos Serena, yo y otras cuatro personas. ¿Qué estas personas no saben que más de dos son multitud?
Aunque ahora noté que los nervios de Kai no se debían a mi mirada. Se debían a que esas chicas se habían acercado.
– ¡Eh…! Mejor nos vamos Linsey, Darien y Serena quieren estar solos.
Hasta que lo notó.
– Así que tú eres Darien – dijo la chica, ignorando fácilmente a Kai –. Mi nombre es Linsey y ellas son mis amigas Ángela y Judith
– Mucho gusto – conteste.
– ¡Hola! Mi nombre es Serena Tsukino – anunció Serena con entusiasmo –. Es un gusto conocer a compañeros de mi querido Darien, yo siempre…
– Hola – la interrumpió Linsey en tono seco. Luego me dirigió una sonrisa totalmente perturbante. Era tan falsa como vacía, pero fácilmente identificable. Me estaba coqueteando. Mientras jugaba con uno de sus rizos, tan falsos como su sonrisa, propuso: – sabes, mis amigas y yo pensábamos ir a comer, así que ¡¿qué les parece si vamos todos juntos?
– No creo que sea buena idea, Linsey – acotó Kai –; seguro ellos ya tienen planes…
–¡Vamos! Todo mundo tiene que comer, ¿no? Tú qué opinas… Eh, ¿cómo dijiste que te llamabas? – le preguntó Linsey a Serena.
– Serena.
– Ah, sí: Serena. ¿Qué opinas? ¿verdad que es una gran idea? Anda, di que sí – insistió –, ¿o qué? ¿no tienes hambre?
– Un poco…
– ¡Qué bien! Entonces vamos.
No tuvimos más opción que acompañarlos.
Iba molesto por la situación y no era el único. Kai parecía aún más molesto. Serena se retrasó con las otras chicas que parecía la estaban interrogando, y Kai iba a mi lado mascullando incoherencias.
– Es que… no puedo creerlo… Qué se cree… ¿Cómo pudo…? Al fin había aceptado… y ahora sale con…
Discutieron de adonde deberíamos ir a almorzar, pero como no se decidieron, acordaron ir a un Centro Comercial con área de restaurantes, y que cada quién eligiera que comprar. Yo me mantuve al margen de la conversación.
Al menos de camino al dichoso Centro Comercial nos fuimos en vehículos separados. Yo los seguía.
– Parecen personas muy agradables, ¿no crees?
Sabía que Serena únicamente trataba de distraerme de mi mal humor, pero estaba demasiado molesto para hablar.
– Hum…
Después de un momento de silencio lo intentó de nuevo.
– Así que estudiantes con Kai.
– Si.
– ¿También estudiaste con esas chicas?
– No.
Esperaba que esas respuestas monosílabas la hicieran desistir.
– ¿Kai era tan buen estudiante como tú?
– ¡Ya basta, Serena! No podemos ir en silencio, por favor.
Lo último que quería era hablar de ese chicle humano que no sabía cuando no era deseado.
Después de un largo momento volvió a hablar, casi en un susurro.
– ¿Estás molesto? – ¡Oh, por Dios! ¿No podía preguntar algo más obvio?
– Si.
– ¿Estás molesto… conmigo? – preguntó con timidez.
Eso me hizo reaccionar. ¿Qué estaba haciendo? Hoy me graduaba, estaba con mi prometida e iba a pasar una tarde con ella después de varias semanas. Debería estar contento; y lo peor era que la había hecho sentir mal con mi pésima actitud.
– ¿Qué? No, no, Serena. Por supuesto que no – suspiré –. Lo lamento, no debí comportarme de ese modo, pero esperaba que pasáramos esta tarde a solas. Creo que me deje llevar porque las cosas no estaban saliendo como las esperaba.
Ella no le tomó importancia al asunto, y el resto del camino estuvimos conversando de cualquier cosa – sobre que íbamos a almorzar, como fue mi entrevista del día anterior con el Dr. Graham, de las cosas divertidas que le habían sucedido durante la semana –, y eso mejoró considerablemente mi humor.
Al fin se detuvieron en un Centro Comercial que no había visto nunca. Antes de dirigirnos al comedor las chicas se detenían en cada tienda, cambiaban de rumbo y nos hacían dar vueltas por todos lados, habiendo compras improvisadas. Así fue por casi media hora y ya estaba más que desesperado. Serena tampoco se veía contenta con todo este preludio. Caminaba tomada de mi brazo, lenta y pesadamente.
– ¡Vamos, Serena, anímate! – le dijo Linsey – ¿No me digas que esas cansada por tus zapatos? Porque una mujer de verdad no se cansa en zapatos altos.
– Estoy bien – contestó con ánimo Serena –. No es nada de eso – siguió como si lo sugerido por Linsey fuera una ridiculez –, es solo que tengo hambre.
– De acuerdo, si es eso no te preocupes; tres o cuatro tiendas más y vamos a comer.
Caminamos por unos minutos más, hasta que noté lo sumamente incomoda que iba Serena. Aunque lo negara, los zapatos altos la estaban matando por la falta de costumbre. Afortunadamente vi unas bancas al lado de una jardinera del Centro Comercial.
Me tomo un poco de tiempo convencerla, pero al fin accedió.
Como los demás se habían adelantado no tuvimos oportunidad de avisarles. Una parte de mi lo agradeció; deseaba que ellos se olvidaran de nosotros. No es que fuera poco sociable, pero nunca me gustó relacionarme con chicas frívolas o con compañeros que gustan de esa clase de chicas. Andrew siempre me decía que me comportaba como alguien diez años más viejo, todo porque siempre me había sido más fácil relacionarme con gente mayor…
… hasta que conocí a Serena. Y, en vez de comportarme como la persona madura que siempre me había considerado, llegué a comportarme como un chiquillo malcriado para atraer su atención, aunque era inconsciente de ese hecho. Pero no me arrepentía de ello, porque de ser necesario habría actuado como gorila si con eso me hubiera asegurado la felicidad que sólo ella me puede dar.
Y lo que me corresponde a cambio de esa felicidad es asegurarme de que ella sea feliz. Justo en este momento no parecía feliz. Tenía una mirada triste fija en la nada. Nada común en ella.
– ¿Te encuentras bien? – quise saber. No me gustaba nada verla triste. Gracias al cielo su ánimo no decaía fácilmente, pero eso mismo me hacía sentir más comprometido en momentos así.
– Claro – contestó forzando una sonrisa –. ¿Por qué no iba a estar bien? Una mujer de verdad no se cansa en zapatos altos – en su voz se reflejaba claramente tristeza o ¿decepción?
No entendía el por qué. ¿Todo esto tenía que ver con sus zapatos?
Entonces recordé el comentario que momentos antes hizo Linsey: "una mujer de verdad no se cansa en zapatos altos". Las mismas palabras que repitió Serena.
¿Sería eso lo que la hizo sentir mal? ¡Por qué las mujeres son tan complicadas algunas veces! Ese comentario era una estupidez, pero por la última frase de Serena, ella se lo había tomado muy enserio.
¿Qué podía hacer para hacerla sentir mejor?
Viéndolo como un problema médico lo que procedía hacer era extraer el problema: los zapatos; pero debía hacerlo de una forma en que ella no se sintiera subestimada. ¿Podría haber algo más fácil?
No tenía idea de que le podía decir o que debía hacer.
Vi que al lado izquierdo de nosotros, a corta distancia, se encontraba una zapatería.
Se me ocurrió un plan. Compraría un par de zapatos más cómodos y luego se los regalaría animadamente: "Serena, mira lo que te compré. Porqué no te quitas esos viejos zapatos que traes y te pones estos". Era un plan tan malo que me dio pena. Pero me faltaban ideas, así que decidí intentarlo.
– Me esperas un momento, ahora regreso – le comuniqué a Serena. Me sorprendió que no preguntara a donde iba o se ofreciera a acompañarme. Únicamente asintió sin verme.
Desde la zapatería podía ver a Serena. Si no hubiera estado tan pensativa, me habría preocupado que viera lo que estaba haciendo.
Al entrar al local una amable ancianita en jeans me atendió.
– En que puedo ayudarte, jovencito.
– Necesito un par de zapatos de mujer.
La anciana me observó de arriba a abajo y levantó una ceja.
– ¡Para mi prometida que está sentada allá! – le aclaré rápidamente.
– ¡Ah, bueno! – exclamó – Es que en este tiempo ya no se sabe.
Sonrió amablemente.
– Entonces trae a tu novia y ya veremos que encontramos.
– Eh… es que ese es el problema. No quiero que ella sepa lo que estoy haciendo.
Se escuchó una risa al fondo del local. No había notado al anciano que se encontraba allí.
– ¡Vamos, muchacho! ¿Vas a comprarle un regalo sorpresa a tu novia paseando con ella? ¿no crees que te preguntará que hay en la caja?
– No, no – le aclaré–. No es que sea un regalo sorpresa. Lo que sucede es que…
Les explique rápidamente lo poco acostumbrada que estaba Serena a usar zapatos altos, la ocasión especial por la que obviamente se estaba sacrificando, los comentarios mal intencionados de Linsey, y por último lo mal que me sentía por todo eso y mi intensión de arreglarlo todo con mi absurdo plan.
No era que les contara mis problemas a desconocidos, pero estas personas parecían tener la sabiduría de la edad. Quizá ellos me darían una buena solución.
El anciano estalló en risas.
– ¡Ya cállate, George! – lo regañó la anciana – Es lo más romántico que he escuchado. ¡¿Por qué tú nunca te comportaste tan tierno conmigo cuando éramos novios?
– Porque el sobrepeso nunca te dejo usar zapatos altos, cariño – le contestó su esposo con una sonrisa burlona.
– ¡Qué mentiroso eres! No es por alagarme – se dirigió a mí – pero en mi juventud decían que tenía cuerpo de sirena – afirmó colocandose en pose de modelo.
– Era cuerpo de manatí, cariño. Todo el mundo los confunde – se río estrepitosamente.
Esta pareja estaba resultando onírica.
– No le hagas caso a ese viejo decrepito de la esquina – me dijo tomándome del brazo y empujándome en una silla –. Ahora ¿qué número calza tu novia?
– Del seis – contesté.
– Bien – echó una mirada a Serena, quien aún parecía absorta en sus pensamientos. La anciana permaneció en silencio un momento –. No tengo zapatos del color de su vestido, pero su bolso es blanco, así que… déjame ver – caminó de un lado a otro, mientras el anciano y yo la observábamos.
– ¡Ya sé! – dijo al fin.
Se dirigió a la parte trasera del local y regresó con un par de zapatos blancos con un pequeño tacón de no más de tres centímetros.
– Estoy segura que le quedaran perfectos, y son el último par en número seis. Aunque te advierto que son un poco caros.
Observé el precio en la caja y no me pareció excesivo, aunque el precio de los demás zapatos que había en la tienda era por lo menos una quinta parte más baratos.
Antes de que pudiera afirmarle que me los llevaría me ofreció en tono tentador:
– Si me los compras yo te ayudo para que tu novia se sienta más que feliz con ellos.
– ¡De verdad! – me sentí entusiasmado por un momento, hasta que me di cuenta que no había mucho que la anciana pudiera hacer. – ¿Cómo? – pregunté receloso.
– Tú no te preocupes. Sólo di que me los compras y te aseguro que tu novia saldrá de este centro comercial con estos – aseguró señalando los zapatos que sostenía con una mano.
– Te aconsejo que no confíes en esa anciana embustera, muchacho – me advirtió en anciano –. Yo lo hice y me costó los mejores años de mi juventud – añadió con un suspiro.
– No le hagas caso – dijo la anciana, haciendo la señal de loco mientras señalaba a su esposo.
– Entonces, ¿hacemos el trato? – preguntó extendiendo su mano.
– Por supuesto – contesté, estrechándola.
Después de todo no perdía nada. Le hubiera comprado los zapatos aún sin su ofrecimiento e intentado mi ridículo plan.
– No digas que no te advertí – señaló el anciano.
– Sígueme – ordenó la anciana que, con los zapatos en la mano, se dirigía hacia Serena.
De repente me entro miedo por lo que tuviera planeado y me preocupó la advertencia del anciano.
– ¡Espere! – casi le grité, pero ya era demasiado tarde.
Justo cuando salí de la tienda para detener a la anciana y preguntarle cual era su plan, me encontré con la mirada de Serena.
Me congelé por un segundo. La anciana retrocedió los dos pasos que me adelantaba, me tomó del brazo y me haló con fuerza para que caminara mientras saludaba a Serena con la mano.
– Tranquilo – susurró–, confía en mí.
– Hola, jovencita. Veo que eres tan linda como te describió tu novio – dijo amablemente.
Serena me dirigió una mirada confundida.
– Hola – contestó.
– Seguramente te preguntas quién soy. Yo soy la dueña de aquella zapatería – dijo señalando el local –, y ¡te acabas de ganar este lindo par de zapatos!
Serena la observó sin comprender.
– Mira, tu novio vio nuestro cartel en la puerta…
– ¿Cuál cartel?
– Eh… como ya hay ganador lo quitamos. Bueno, el punto esta que él participó en el concurso y lo ganó para ti.
– ¿Concurso? ¿Qué clase de concurso?
– Si que eres curiosa, cielo – dijo la anciana. Yo tenía la mente en blanco y agradecí que la pregunta no fuera dirigida a mí –. Pues el concursante tenía que describir a su novia en tres palabras. ¿Por qué no se las repites? – se dirigió a mí.
La mirada fija de ambas en mí me puso nervioso.
– Eh… pues… ¿Encanto en persona? – sonó más como una pregunta.
La anciana me envió una mirada asesina. Cambió su expresión antes de volverse hacia Serena.
– Lo ves, cariño, por eso ganó. Mientras los otros concursantes daban respuestas como bonita, cariñosa, coqueta o sexy – ¡qué tonto! No había entendido a que se refería con lo de describirla con tres palabras. Enrojecí al sentirme como tarado –, tu novio convirtió las tres palabras en una frase que lo incluye todo.
¡Qué anciana tan lista! Arregló mi metida de pata magistralmente.
Serena me observó muy sonriente y complacida. Ya no había rastro de su tristeza anterior.
– Ahora que ya sabes los detalles, cariño, pruébate los zapatos para ver cómo te quedan.
Serena, ni lenta ni perezosa, hizo lo que le pidió.
– ¡Me quedan perfectos!
– Lo sabía. Ahora, cariño, espero que los uses todo el día de hoy, además…
Se acercó para susurrarle algo al oído.
– Muy bien. Espero que no te moleste pero me llevaré a tu novio por un momento, para arreglar algunos detalles.
– Voy con ustedes – ofreció Serena, levantándose de la banca.
– No es necesario, linda – dijo la anciana, empujando a Serena para volverla a sentar –, es pura formalidad. No tardaremos mucho. Ahora te devuelvo a tu guapo novio.
No le dio tiempo a Serena para oponerse, me halo rápidamente hacía la tienda.
– Bien. Creo que ahora debes cumplir tu parte del trato – aclaró la anciana al entrar en la tienda. Se dirigió a la caja.
– Seguro – contesté –, y quiero darle las gracias por todo. Fue una suerte haberla encontrado.
– Si, ¡una suerte! – repitió el anciano con sarcasmo. No se había movido de lugar.
Saqué mi billetera del bolsillo.
– ¿Cuánto es?
Acercó la factura para que viera el total a pagar.
– ¡¿Qué? – no podía creer el precio – ¡Esto es seis veces lo que dice en la caja!
– Nunca dije que eso era lo que te iba a costar – aclaró con una sonrisa, a mi parecer, malévola.
– Jajaja, te dije que no confiaras en ella.
– Bueno, si no quieres pagar regresemos con tu novia a decirle que devuelva los zapatos…
– No, no, no. Aquí esta – dije sin opción.
Luego de pagar, la anciana se despidió con "un placer negociar contigo. Vuelve cuando quieras".
No podía creer que acababa de ser estafado. Había gastado casi todo el dinero que tenía para invitar a la familia Tsukino a cenar y ahora ya no tenía suficiente.
¡No podía creer lo que esa anciana oportunista de la zapatería me acababa de hacer!
– ¡Darien! – dijo Serena cuando regresé por ella – Gracias por los zapatos. ¡Son muy lindos!
– ¿Qué te parece si mejor vamos a comer a otro lugar?
– Pero, ¿y tus amigos?
– Creo que se la pasaran bien sin nosotros.
Cuando íbamos saliendo del Centro Comercial nos encontramos, para mi mala suerte, con Kai.
– ¿A dónde van? Los estaba buscando.
– Lo siento, Kai, pero Serena y yo ya nos vamos.
No lo cuestionó.
– ¡Ah! No se preocupen, yo les informare a Linsey y las demás. Es una lástima. ¡Nos vemos otro día! – se despidió alegremente. Parecía aliviado.
Serena y yo almorzamos en un pequeño restaurante que encontramos en el camino. Se veía con más ánimo y cuando regresamos a la universidad ella insistió en conocer el laboratorio.
La llevé a conocerlo. Me pareció fantástico que ella compartiera conmigo una de las áreas que más me gustaban de la facultad.
– Este aparato de aquí es un termociclador – dije señalándolo –, permite ampliar fragmentos de ADN determinados. Este otro es una microcentrífuga…
– ¿Y este? – preguntó.
– Un microscopio – respondí.
– Guau, todo aquí es muy bonito y… tecnológico.
Me reí por su descripción.
– Sigamos.
La guié por todo el campus y, a pesar de que para ella esto debería ser aburrido, nunca se mostro desesperada o fastidiada; siempre se mostro muy atenta a lo que le decía, lo cual me inspiraba a continuar hablando. Ella siempre era muy dulce al ponerme atención en todo lo que me interesaba.
Al terminar el recorrido aún nos quedaba mucho tiempo, así que le ofrecí el que ella decidiera lo que hiciéramos durante ese tiempo. Decidió que quería ir a comprar helados y nos sentamos a platicar.
Ahora fue mi turno de escuchar y, para mi sorpresa, el tema que del que le interesó hablar nos importaba a ambos: nuestra boda. Me hablo de los lugares que tenían pensado visitar en las próximas semanas, de flores, vestidos, cubiertas de pastel, invitados… estaba muy entusiasmada con todo. Quizás demasiado.
– ¡Hay tanto que hacer y tan poco tiempo!
– Serena, aún quedan cinco meses para la boda. No hay prisa.
– Si, pero Mina me ha llevado muchas revistas de bodas y hemos visto tantas cosas bonitas que no sé si pueda decidir.
Sonería alegremente, mientras disfrutaba de su helado y me contaba sobre sus planes de ir a visitar tiendas de novia.
– ¿No crees que es muy pronto para eso?
Nunca había participado de planes de boda ni nada por el estilo, pero consideraba excesivo comenzar a comprar cosas de boda con tanto tiempo de anticipación.
– Primero hay que cotizar, Darien. Por eso los hombres no son buenos para estas cosas – dijo muy segura de sí misma.
Cuando llegó la hora, regresamos al auto por mi traje y nos dirigimos al salón. Solo un momento me separé de Serena para entrar en los vestidores, solo un momento que fue suficiente para que, al salir, la encontrara rodeada de las atenciones de cuatro chicos. Parecía que hoy el destino estaba probando mi paciencia.
Gracias al cielo, Serena no es la clase de chica que anima a los chicos en sus coqueteos; al menos no intencionalmente. Cuando notó mi presencia, sus ojos no se apartaron de mí y me regaló una magnífica sonrisa que les hizo ver a esos chicos lo infructuoso de su flirteo. Es un alivio para cualquier hombre en una situación como esta.
Serena se apartó de ellos para encontrarse conmigo. Sonreí con algo de presunción, debo admitir, cuando la estreché entre mis brazos y vi el rostro de desasosiego de esos chicos. Fruncí el seño cuando esos chicos la vieron como si se tratara de una gran oportunidad desperdiciada; luego uno de ellos llamó la atención de los otros para que se enfocaran en una nueva víctima. Era repulsivo ver a chicos descerebrados a los que les daba igual una mujer u otra, !y pensar que estuvieron cerca de mi preciosa e ingenua novia!.
Nos encaminamos hacía el salón, pero al entrar un grupo de chicos nos dificultó el paso. Unos cuantos de esos chicos se volearon al ver a Serena y la evaluaron con sonrisas lujuriosas que se desvanecieron al encontrarse con mi poco amable mirada. Acababa de comprender que el vestido tan endemoniadamente sexy de Serena se estaba volviendo en mi contra, aunque nada que no pudiera manejar. Solo por seguridad, de Serena por supuesto, la lleve conmigo al frente para esperar la hora y la mantuve a mi lado.
Desde mi ubicación pude observar que el tumulto de chicos que nos bloqueaban el paso al entrar se encontraban rodeando a cuatro chicas. Algo en ellas captó mi interés y les presté más atención. Una de ellas alzó la mano tratando de llamar mi atención y pude reconocerla como Mina. Debía de estar gritando algo pero a esta distancia no escuchaba nada. Con facilidad distinguí a las otras chicas como Amy, Lita y Rei. Aparentemente Serena no era la única que hoy había despertado el interés de muchos chicos, e incluso pude distinguir entre el grupo que las rodeaba a compañeros que en este momento deberían estar al frente atentos al inicio de la ceremonia. Esperaba que ninguno de esos chicos fuera de los descerebrados, pero me tranquilicé al ver a Andrew con ellas. Él las mantendría a salvo.
Les dirigí a las chicas y a Andrew un saludo discreto para que supieran que los había ubicado y que agradecía su presencia; también le avisé a Serena que las chicas se encontraban cerca de la entrada. Las buscó con su mirada y las ubicó. Al igual que Mina comenzó a agitar su brazo y dar brinquitos para que la vieran.
– ¡Chicas, aquí estamos! ¡Aquí, aquí!
Baje mi cabeza para disimular mi bochorno cuando sentí la mirada de todos los que estaban cerca.
– Serena, dudo que las chicas sean capaces de escucharte – le dije en voz baja para calmar sus ánimos.
Se detuvo y se volteó para verme de frente.
– Creo que tienes razón – concordó. Emitió una risita tan dulce y su leve sonrojo, nada relacionado con vergüenza sino con emoción, me dio uno de los momentos de este día que quería recordar por siempre.
Si que eres afortunado, me recordé. ¿Quién más tendría el honor de una novia capaz de sobrepasar la emoción de cualquiera de los graduandos? Debe ser porque te ama.
Anunciaron el inicio de la ceremonia de graduación. Serena no había parado de decirme lo guapo que me veía, según ella, de traje azul oscuro. La familia Tsukino estaba sentada en primera fila, a excepción de Serena que seguía a mi lado, tratando de calmarme, aunque yo no estaba nervioso. Lo único que me incomodaba eran las miradas del señor Tsukino que, podía deducir, estaba molesto por lo cerca que Serena estaba de mí.
Me había dado cuenta de la llegada de los padres de Serena, a pesar de que me encontraba absorto con Serena tan cerca de mí, cuando una mirada me hizo sentir escalofrío. Me voltee hacia el área reservada para los familiares de los graduandos, específicamente los que sabía serían ocupados por la que dentro de poco sería legalmente mi familia, y allí lo vi. Tenía rostro molestó mientras observaba mi mano en la cintura de su hija parada a mi lado. La retiré inmediatamente e hice ademán de saludarlo, pero el rápidamente se cruzó de brazos y miró al frente, ignorándome. Su actitud me causó gracia, pero no volví a colocar mi mano en la cintura de Serena para no empeorar el mal humor de su padre. De vez en cuando el señor Tsukino miraba hacia donde estábamos, pero por lo general se había desentendido de nosotros, hasta que Serena se pegó a mí para acomodarme la corbata y me alagó por mi aspecto, sin hacer amago de apartarse. Lo hubiera disfrutado más si la mirada del señor Tsukino no me transmitiera tanta incomodidad.
Un momento después se levantó para llamar a Serena.
– Serena, creo que podrías dedicarle un poco de tiempo a tu familia. Creo que Darien – pronuncio mi nombre a regañadientes – ya tuvo suficiente tiempo contigo en toda la tarde; unos minutos con tu familia no te hará mal.
– Pero papá, yo sólo estaba…
– Darien debe estar de acuerdo conmigo, ¿verdad? – sonaba como una amenaza.
– Ya va a empezar todo, Serena. Mejor ve con tu padre.
La tomó del brazo y la haló a sus lugares, antes que Serena empezara a protestar, como ambos sabíamos que haría.
A los pocos minutos la ceremonia dio inicio. Me invistieron con la toga, recité el juramento Hipocrático y finalmente, ya era un doctor con todas las de la ley.
Por un momento me quedé hablando con algunos de mis profesores, quienes me contaron su experiencia de graduación y me dieron consejos para la vida profesional. Me reuní con la familia de mi prometida, que ya se encontraban junto con Andrew, Amy, Lita, Mina y Rei.
– ¡Felicidades! – dijeron todos al mismo tiempo.
– Muchas gracias.
La noche estaba fresca y despejada. Todos en el salón ya se estaban retirando.
Tenía planeado invitar a todos a cenar para celebrar y de paso tenía la esperanza de quedar bien con el señor Tsukino – aún tenía ilusión de que algún momento me aceptara –, por eso había averiguado cual era su restaurante favorito. Pero ahora, debido a la astuta anciana de la zapatería, no podía hacerlo. Solo esperaba que el despedirme de todos desde aquí no fuera tomado a mal por mi futuro suegro.
– Darien, Kenji y yo decidimos hacerte una cena para celebrar tu graduación – anunció Ikuko – ¿verdad? – confirmó con su esposo.
– Sí, claro – replicó el señor Tsukino, cruzado de brazos.
– ¿Verdad? – repitió Ikuko apretando el brazo de su esposo.
– Sí, así es, Darien. Nos encantaría que vinieras para celebrar – dijo Kenji sonriéndole a su esposa.
– ¿Verdad que nosotras también estamos invitadas? – preguntó Mina con ojitos esperanzados y sus manos unidos debajo de su barbilla.
Rei puso su mano en la cabeza, negando; Lita suspiró; sólo Amy intervino.
– Mina, ésta es una celebración familiar. No hay que ser imprudentes.
– Mina nunca cambiará – le dijo Rei a Lita al tiempo que Ikuko contestaba.
– No se preocupen, claro que todos están invitados.
– Señora, no queremos ocasionarle problemas – continuó Amy.
– ¡No hay ningún problema! Siempre he dicho que entre más mejor.
Nadie pudo dudar de la sinceridad de Ikuko.
– ¡Claro, muchachas! Cualquier amiga de Serena es bienvenida en nuestra casa – secundó el señor Tsukino.
Caminamos hacia los vehículos. Las chicas convencieron a Andrew que las llevara y todas iban peleando por caminar al lado de mi amigo. Andrew llevaba paciencia y resignación escrito en el rostro.
Mi auto estaba parqueado en dirección opuesta al del padre de Serena. Justo cuando Serena se apartó del lado de su padre – desde que salimos del salón le había pasado un brazo por los hombros, manteniéndola a su lado –, él la agarró del suéter y la detuvo.
– ¿A dónde crees que vas, señorita?
– El carro de Darien está por allá – le indicó.
– Sí, pero el nuestro está por acá – señaló Kenji.
– Pero yo me iré con Darien.
– ¡No puede ser! – dijo el señor Tsukino con su brazo cubriendo sus ojos, fingiendo sollozar – ¡Mi propia hija ya no quiere pasar tiempo conmigo! Con su pobre viejo. Supongo que debe ser como un castigo irte con tu propia familia – continuó dándole la espalda.
– No papá – lo tranquilizó Serena –, no exageres…
– Kenji, vámonos de aquí – intervino la señora Tsukino. Seguramente se había dado cuenta de lo que sucedía.
Se lo llevó de una oreja, mientras él se quejaba.
– ¡Nos vemos en la casa chicos! – se despidió Ikuko.
Al ingresar a la residencia Tsukino, Sammy me guiñó el ojo y se enfocó en entretener a su padre, una tarea nada sencilla. Claramente lo entendí como un regalo de su parte: Disfrutar el resto de la noche sin la vigilancia eterna de Kenji.
Le sonreí a Sammy en agradecimiento y besé a Serena en la mejía para mostrarle que había entendido su mensaje. Serena me volteó a ver sorprendida de mi acción, y yo no pude hacer otra cosa que girar mi rostro para que mi sonrojo no fuera tan evidente. Sammy, que fue el único testigo de mi pequeño atrevimiento, se rió sin reparos de mí, lo que casi hace que su padre volteara a vernos –lo que, sin lugar a dudas, habría provocado que su atención se concentrara en Serena y yo una vez más–, pero rápidamente Sammy lo distrajo, impidiéndoselo. A espaldas de su padre levantó su pulgar en aprobación a mi gesto con su hermana. Le guiñé un ojo a mi cuñado, al tiempo que pasaba mi brazo por los hombros de Serena para acercarla aún más a mí. Éste me sonrió de vuelta y levantó aún más su pulgar.
El resto de la velada fue de lo más alegre. El entretenimiento estuvo a cargo de las chicas y definitivamente se lucieron, especialmente Mina y Rei quienes hicieron un dúo excelente. Serena también participó con las demás en una representación muy graciosa, especialmente por su actuación. Hasta el señor Tsukino pareció relajarse y disfrutarlo, a pesar de que durante la obra me encontraba a su lado. Consideré que lograr algo así debería ser merecedor de un Oscar.
En algún momento durante el transcurso del festejo me di cuenta de algo importante. Hoy había alcanzado el más viejo de mis sueños, o quizá el que tuve más claro desde el principio, pero había algo que hacía este día aún más especial. Observé esa habitación llena de personas que estaban allí por mí, compartiendo conmigo, y observé a mi futura esposa riendo y gozando del entretenimiento, con su cabeza descansando sobre mi hombro, y por fin advertí que, antes de conocer a Serena, jamás hubiera imaginado que llegado este día me encontraría así; antes de conocer a Serena graduarme de médico no era un motivo para celebrar, solo un sueño y meta alcanzado y punto. Hace algunos años me hubiera resultado imposible creer que una sola persona pudiera cambiar tanto en mi vida.
Algo dentro de mi corazón sabía que todo lo que deseaba lo estaba alcanzando. Ya era doctor y pronto tendría mi propio hogar, junto con la mujer que amo. Incluso, entre todo esa algarabía de la celebración, rodeado de amigos y con mi próxima familia tan relajada y feliz, consideré que día a día, todo iba mejorando en mi vida. Y al ver el rostro de mi prometida a mi lado, que me sonrió con orgullo y me abrazó con fuerza, no pude dudarlo.
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Espero no les haya aburrido como al conejito de arriba, jajaja.
Les agradezco a todas las que todavía continúan leyendo este fic, y ya saben que cualquier duda, sugerencia u opinión, no duden en escribirlo!
Muchas gracias por leer y realmente espero que les haya gustado el capítulo!
Mi amiga Usako lo revisó dos veces, y ya para la última lo consideré demasiada molestia, así que ojala te gusten los cambios que le hice, amiga; y que a todas también les haya gustado.
Hasta el próximo capítulo! Y aprovecho para darle la bienvenida a jeni-chan!
