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Palabras que vienen y van

Lily subió corriendo las escaleras, no a su habitación, sino al desván, el cual siempre estaba oscuro y lleno de trastos viejos que sus padres ya no utilizaban. La razón, Vernon, el novio de su hermana Petunia, venía a tomar el té con los padres de Petunia. Y Lily precisamente no quería estar. No porque no le gustase el té, en absoluto, sino porque detestaba al novio de su hermana.

Vernon Dursley era gordo, muy gordo, y siempre hablaba con un tono pedante, como si constantemente le estuviera limpiando los zapatos a su padre, el Señor Evans, a base de lametazos, para que así tuviese una visión acertada del novio de su hija. Además, el padre de Vernon, el señor Dursley, era el presidente de una importante empresa de tuercas de la gran ciudad, lo que le garantizaba a Vernon la herencia de la empresa, y por ende un futuro resuelto, lo cual quería decir que Petunia entraba en ese futuro. Y claro, para los señores Evans, mientras su hija tuviese un novio como Vernon, no había problema. No como Lily, de la que ya estaban enterados de que salía con un chico, James Potter, del que precisamente siempre habían oído malas noticias por parte de Lily.

Ocurrió que por fin Lily le había dado una oportunidad a James, y esa primera cita no fue tan mala a fin de cuentas. Tras varias salidas, Lily se había decidido a presentar a James a sus padres, más que nada porque el Señor Evans había insistido en conocer a ese Potter, como solía llamarlo. Por supuesto la reunión no podía haber sido peor. Su madre pensaba que James era un chico normal y corriente, pero su padre lo caló desde el primer momento, haciéndole preguntas incómodas a cada dos por tres, mientras que Petunia le echaba a James una mirada de desprecio, como queriendo decir no me gustas tú, ni nada que tenga que ver contigo. Lily se alegró cuando la velada terminó por fin.

Por eso ahora se encerraba en el desván de la casa. Petunia ya había hecho patente su queja de que a Lily no le gustase Vernon, pero como a ella tampoco le gustaba James, pues estaban en tablas.

Encendió la luz. El desván era la parte de la casa que menos frecuentaba, sólo en aquellas ocasiones extremas, como las visitas de Vernon. Estaba lleno de cajas cargadas de libros, antiguas fotografías, mapas cartográficos, viejas reliquias, todo perteneciente a los miembros de la familia Evans, tales como Jacqueline Evans, su abuela, que legó todas sus joyas a la madre de Lily, o Sir Francis Evans, un aventurero del cual se decía viajó por los cinco continentes. Y claro, como vivían en una casa pequeña, debido a un familiar que dilapidó la fortuna en el juego, todo lo que no se utilizaba se guardaba en el desván. Su madre siempre amenazaba con vender todas esas cosas inservibles, pero su padre se negaba al decir que eran los recuerdos de su familia.

Lily se sentó en una vieja silla y se puso a rebuscar en una caja cercana. Siempre lo hacía cada vez que se encerraba en aquel lugar, revolverlo todo para ver si encontraba algún testamento de alguna viuda y así ser asquerosamente rica, largarse del hogar familiar y perder de vista a cuñados pesados. Pero eso era algo que nunca ocurría. Su madre seguramente se habría encargado ya de registrarlo todo. Aun así, se divertía mucho viendo las fotografías o leyendo los libros. De repente, sus manos dieron con un libro pequeño, forrado en cuero. Era un diario, porque lo reconoció al instante ya que lo encontró hace ya casi seis años en su habitación, un año antes de entrar en Hogwarts.

Desde un principio creyó que era un regalo de sus padres, pero estos se asustaron mucho cuando vieron que había un nombre en la parte de atrás, y pensaron que alguien había entrado en la casa. Lily y Petunia eran muy pequeñas, por lo que su padre guardó el diario en el desván, olvidándolo años después. Lily nunca supo cuál era ese nombre, hasta que le dio la vuelta y leyó: Tom Sorvolo Ryddle.

Aquel nombre no la decía nada. No había ni Sorvolos ni Ryddles en la familia, por lo que entendía como se debieron sentir sus padres al descubrirlo. Ella misma se habría deshecho de ese libro. Lo abrió, sabiendo que las páginas estaban en blanco. Quizás su anterior propietario no quería tenerlo, por pensar que los diarios eran para chicas. Al pensar en eso no pudo evitar recordar a alguien, alguien a quien le habló del diario, alegando este que los diarios eran para chicas.

Se acordó de Severus. Severus Snape era un vecino de su calle. Desde pequeños fueron muy amigos, pero ni a los Señores Evans ni a Petunia les pareció de fiar, más que nada por cómo vestía y actuaba, hasta que se enteraron que era un mago, igual que Lily una bruja, y lo entendieron. Severus siempre la ayudó a integrarse en el mundo mágico, pero Lily sabía que él tenía una vida secreta, que gustaba de las artes oscuras, que tenía a sus peligrosos amigos de Slytherin, y que sobre todo ansiaba unirse al Señor Tenebroso cuando dejase Hogwarts. Lily ya no era amiga de Severus, pues en quinto él la llamó sangre sucia, el apelativo que le daban a los hijos de muggles, por no considerarlos dignos de aprender magia. No habían vuelto a hablar desde entonces.

Oyó un ruido y cerró el diario, asustada, guardándoselo en el bolsillo del pantalón. La puerta del desván se abrió y por ella asomó la cabeza su madre.

— ¿Lily? ¿Estás aquí?

Soltó un suspiro de alivio.

—Sí mamá, sabes que sí —su madre lo sabía todo de sus hijas, nada se le escapaba. Por eso sabía que Lily siempre se encerraba en el desván cuando aparecía Vernon.

Su madre sonrió.

—Vernon ya se ha ido cielo. Baja ya, que vamos a cenar. Ayuda a tu hermana a poner la mesa.

Lily obedeció y bajó a la cocina, no sin antes pasar por su habitación para guardar el diario en su baúl del colegio, el único lugar donde ningún Evans excepto ella, miraba. Cuando bajó, Petunia estaba poniendo los platos.

—¿Qué tal Vernon? —preguntó Lily con sorna. Sabía que a Petunia no le gustaba que se metieran con su novio.

Pero Petunia contraatacó.

—Muy bien, seguramente mejor que tu novio Potter. No he visto a ninguno de esos pajarracos entrar por tu ventana.

Lily la miró furiosa. Por supuesto se refería a las lechuzas, y no a varias, sino a una sola, Greystack, la lechuza de James. Siempre que James le enviaba una carta, Greystack se la hacía llegar… y viceversa.

—Es que James está muy ocupado. Está trabajando este verano ¿sabes? Resulta que él no va a heredar la empresa de su padre.

No era verdad. Lo del trabajo, no lo de la empresa. Los padres de James estaban forrados, y todo lo que a James se le antojaba, ellos se lo daban, malcriándolo. Lily lo comprendía a la perfección, ya que James fue un niño tardío, pues a la Señora Potter, Dorea, le costó mucho quedarse embarazada. Petunia iba a protestar.

—Ya basta chicas —ordenó su padre.

Si había algo que al Señor Evans no le gustaba era oír discutir a sus hijas. El Señor Evans siempre quiso tener un hijo, para sí jugar con él, o prepararlo bien para su futuro, y así sentirse orgulloso. Pero no, no hubo un varón. Primero llegó Petunia, y después Lily. Y tras eso, la Señora Evans dijo que no estaba dispuesta a tener más hijos. El Señor Evans se quedó sin su preciado retoño y aguantando a sus hijas, que se peleaban a cada dos por tres.

Tras aguantar una cena cargada de elogios hacia Vernon y lo ricos que debían de ser sus padres, Lily pensó que iba a vomitar la sabrosa ternera asada de su madre. Tras ayudarla a recoger la mesa, subió rápidamente a su habitación para averiguar más sobre el diario, pero cuando entró, en el alféizar de la ventana había una lechuza gris de ojos ambarinos. Greystack.

Llevaba una carta atada a la pata, seguramente de James. Lily abrió la ventana y dejó pasar a la lechuza, la cual se posó en la mano de la chica, con cuidado de no hacerla daño al clavar sus garras. A Lily le gustaba mucho Greystack porque era muy bonita y majestuosa. Desató el cordel y cogió la carta, dejando a la lechuza en una jaula que tenía para ella, con cuencos de comida y agua, para que descansase. Estaba segura de que James no se preocupaba mucho por su mascota. Abrió la carta y la leyó. Cómo no, era de James.

Hola preciosa (qué fino,pensó Lily)

El miércoles iré con mis padres al Callejón Diagon para comprar los materiales de Hogwarts ¿Crees que esos muggles tuyos (es decir mis padres y mi hermana,volvió a pensar) te dejarán ir (estoy seguro de que a mi padre no le hará gracia que vaya al colegio sin los materiales)? Seguramente también estén Sirius, Remus y Peter ¿Qué me dices?

Sabes que te quiero (Ya lo sé)

James

Lily lo estuvo pensando. Seguramente Mary, su mejor amiga, también iría, aunque lo más seguro es que fuese con su novio, Bertram Aubrey. Sea como fuere, lo consultó con su padre, y quedaron en ir el miércoles.

El miércoles llegó sin pena ni gloria, y Lily se encontraba paseando junto a su madre por el Callejón Diagon. Su padre no había podido venir porque tenía que trabajar, y Petunia había alegado que tenía una cita con Vernon, cosa que Lily no se creyó, pues Vernon tenía que ir a la empresa de su padre para aprender el oficio, lo cual se traducía en gritar, dar órdenes y recostarse en el sillón. Lo que en realidad pasaba es que Petunia no quería acompañar a Lily porque despreciaba la magia y todo lo que tenía que ver con ella, y eso incluía a Lily.

Cuando ya lo tenían todo comprado, James apareció de repente y corrió a darla un beso, siendo interrumpidos por la madre de Lily, que carraspeó sonoramente al verlos, pero fue entretenida por la madre de James, yéndose las dos a charlar de sus asuntos.

—¿Qué tal estás? —dijo él mientras la abrazaba por la cintura, cosa que a Lily no le gustó. Llevaba pocos meses saliendo con James, y aún no se hacía a la idea de tengo novio. Mary no, para nada, pues Lily ya había sido testigo de los escarceos de su amiga con su novio por los armarios de las escobas del colegio. Y sin embargo, Lily no se imaginaba en esas situaciones, de ir besándose con su novio por las esquinas o de ir los dos abrazados. James ya le había instado para hacer el acto sexual, como solía decirles su padre a ella y a Petunia, pues no le apetecía tener una hija embarazada a tan temprana edad, pero Lily cada vez que James le proponía eso, le daba largas, alegando que tenía que irse.

—Bien, muy bien —no hablaron de gran cosa. James prefería hablar de quidditch y esas cosas, o de que ese año los habían nombrado Premios Anuales a los dos, pero nada más. Más tarde se reunieron con los amigos de James y con Mary y pasaron la tarde.

La semana que faltaba para que empezase el nuevo curso en Hogwarts transcurrió con total normalidad, y para cuando se quiso dar cuenta, Lily se encontraba ya en uno de los compartimentos del Expreso de Hogwarts. Estaba enfadada porque acababa de llegar de la reunión de prefectos y Premios Anuales, y James ni se había dignado en aparecer, por lo que al final ella tendría que ponerle al tanto, así que cuando cerró la puerta del compartimento, la selló y le echó un hechizo insonorizador, pues quería estar sola.

No se preocupó en que Mary quisiera verla, ya que seguramente estaría con Bertram. Se sentó en el asiento, pegada a la ventana y se dedicó a contemplar el paisaje, pero cuando los kilómetros de campos verdes y los cientos de postes eléctricos empezaron a aburrirla, abrió su baúl.

Allí estaba, el diario. Cuando preparó el baúl la noche anterior, se aseguró de dejar el diario encima, para así verlo nada más abrir. Lo cogió, al igual que una pluma y un botecito de tinta, y cerró el baúl. Se sentó de nuevo. Examinó el diario esta vez más concienzudamente. No tenía nada de especial o relevante, sólo era un simple diario, pero Lily juraría sentir algo moviéndose en sus manos, como si el diario tuviese vida propia. Lo abrió por la primera página, desenroscó el bote de tina y mojó la afilada punta de la blanca pluma. Acto seguido escribió.

—Mi… nombre… es… Lily… Evans —pronunció mientras escribía. Sonrió mientras observaba su perfecta caligrafía, pero la sonrisa se le borró de la cara al ver como las letras desaparecían. Pasó la siguiente página, para ver si habían pasado allí, pero nada. Incluso miró por detrás del diario, por si se trataba de una broma y su mano estaba manchada de tinta. Pero tampoco. En su lugar aparecieron unas palabras muy distintas a las suyas, pues la caligrafía era diferente.

Hola Lily Evans, mi nombre es Tom Ryddle.

Lily estuvo a punto de abrir la ventana y tirar el diario. Aquel libro la estaba contestando. Rápidamente lo cerró y lo tiró al baúl, enterrándolo en la montaña de túnicas y libros. Lo cerró fuertemente y se sentó de nuevo, subiendo las piernas y abrazándose a ellas mientras no paraba de mirar al baúl.