3
El Cambio
La celda estaba fría, helada. Se encontraba en la zona de alta seguridad de Azkaban, donde era prácticamente imposible escapar, aunque eso se aplicaba a toda la cárcel si tenías a los dementores como tus carceleros.
Lucius se abrazó a sus piernas, acurrucándose en una de las esquinas, para así reunir calor. Llevaba sucias y raídas ropas de presidiario, a rayas blancas y negras, pero la suciedad había hecho que fueran grises y negras. Su pelo estaba desaliñado a causa de llevar meses sin lavarlo, y en su cara se vislumbraba una barba de varias semanas. Atrás quedaban aquellos tiempos en que siempre iba lampiño y bien arreglado.
Contempló al pasillo y al resto de celdas que estaban a su alcance. Los dementores paseaban día sí y día también por los pasillos, emanando su particular putrefacción y cualidad para difundir la desesperación, por lo que a Lucius cada día le parecía como si fuese el último de su vida.
En la celda de enfrente estaba una mujer, de pelo negro largo rizado y expresión altanera, parecida a la de su mujer y a la de su suegro. Bellatrix, su cuñada. La habían encerrado al poco de caer el Señor Tenebroso, a pesar de haberse escondido, pero el problema era que, al igual que en las mejores familias, había un chivato entre ellos.
Bellatrix había enaltecido al Señor Oscuro en su juicio, asegurando que volvería, y dispuesta a ir a Azkaban, pues no le tenía miedo a la cárcel. Ahora miraba sin mirar, esperando, segura de que algún día Él volvería, y ella sería la primera en ser recompensada. Bueno, ella y otros como ella, pues aquel día esos otros fueron juzgados: su marido de conveniencia Rodolphus Lestrange, el hermano de este, Rabastan, y un cuarto seguidor, Bartemius Crouch hijo, del cual no paraban de oír sus lloriqueos.
De repente aparecieron más dementores, los cuales escoltaban a una mujer. Era alta, de pelo rubio recogido en parte con un moño. Llevaba un sencillo vestido verde y negro, muy distinto a los caros modelos que solía llevar hace semanas, los cuales pagaba Lucius, y los cuales ahora no se podía permitir, al tener que venderlos para poder comer algo.
Era Narcisa, su esposa. Ella se había librado del cadalso debido a que tenía un hijo al que criar, por lo que estaba en libertad vigilada, viviendo con su madre en Grimmauld Place, ya que la Mansión Malfoy en Wiltshire había sido confiscada, al igual que todos sus bienes, su dinero y su casa en la playa.
En pocas palabras, Narcisa era pobre, ya que su padre, el honorable Cygnus Black, había dejado de ser tan honorable al llevarse la fortuna familiar y largarse con una mujer veinte años más joven que su esposa. Sin embargo, si había algo que Narcisa jamás perdería era su porte y distinción. Por eso cuando se encontraba enfrente de la celda, miró a su esposo y dijo:
—Estás horrible.
Lucius rió amargamente. Había aprendido a hacerlo desde que estaba allí, desde que se enteró de que su mujer no podría sacarlo al no poder pagar un abogado digno y que quisiese defender a unos mortífagos.
—Tu tampoco estás del todo bien, que digamos, querida.
—Es todo lo que me puedo permitir. El dinero que me da el Ministerio es para la manutención de Draco.
Al oír el nombre de su primogénito, Lucius no pudo evitar como un cuchillo se le clavaba en el corazón. Draco era su retoño, su único hijo, un Malfoy de pura cepa, y en el futuro un excelente siervo al servicio del Lord Tenebroso, aunque Narcisa no estuviese muy convencida. Ahora ya nada de eso sería cierto.
—¿Qué tal está?
Narcisa suspiró. Odiaba tener que hablarle a su marido de su hijo, pues sabía que Draco crecería sin su padre, yendo a verle a la cárcel en las visitas programadas, haciéndose una idea de su padre muy distinta de la que ella quería. Lucius había sido sentenciado a cadena perpetua.
—Está… bien. Ya sabes que sólo tiene un año, todavía tiene que crecer mucho.
—¿Se… se acuerda de mí? ¿Pregunta por mí?
Narcisa rió ante las ocurrencias de su marido, convencida de que los dementores lo estaban volviendo loco demasiado rápido.
—Es sólo un bebé, Lucius, ¿cómo esperas que hagas esas cosas? De todos modos, no he venido a hablarte de Draco, sino de esto.
Le extendió un papel en el que Lucius reconoció el sello del Ministerio de Magia. Era un documento oficial.
Lucius ni siquiera lo cogió.
—¿Qué es eso?
Narcisa se guardó el documento mientras pensaba en qué decir sin herir a su marido
—Es… una sentencia de divorcio. Estamos divorciados, Lucius.
El hombre se levantó, furioso, sin importarle que llevaba días sin comer, por lo que estaba casi agotado. Pudo oír como Bella se reía.
—¿Qué… has dicho? Es imposible, necesitas mi firma.
Narcisa esperó a que su hermana terminase de reír.
—Ya lo has oído, estamos divorciados, y estando tú en la cárcel, no necesito tu consentimiento. Lo siento Lucius, pero no puedo salir a la calle sin parar de oír Ahí va la Señora de Malfoy el mortífago.Es por eso que vuelvo a ser una Black. Aunque seguiré teniendo el estigma de nuestro matrimonio, ahora empiezo una nueva vida. Por cierto —alzó la voz para superar los aullidos y sollozos de su ahora ex marido — ¿A dónde fuiste la noche de la caída de Él?
Lucius la miró con un profundo odio.
—Jamás te lo diré —Narcisa prefirió no insistir, y por eso se fue, despidiéndose previamente de su hermana.
Bella seguía riéndose, ajena a los gritos de Lucius, ordenándola que se callase.
—Querido cuñado —se rió de nuevo —. Perdona, creo que ahora debo decir ex cuñado. Yo sí sé a dónde fuiste la noche de la caída de nuestro Señor. Fuiste a ver a Severus.
Lucius la miró extrañado, preguntándose cómo sabía eso. Bella prosiguió.
―Lo sé, porque yo también fui a verle. Tenía un objeto que esconder… igual que tú. Un objeto de nuestro Señor. Necesitaba que Severus me ayudase pues él era el único que podía hacerlo, lo sabía, y justo cuando se lo pedí, nunca olvidaré sus palabras: No es el primer objeto que envío al pasado esta noche—se rió mientras Lucius la miraba —. Me dijo… que habías llegado a su casa, le habías enseñado algo y le pediste que te ayudase a ocultarlo en el tiempo a pesar de su insistencia ante el peligro que conllevaba hacerlo. Y lo hizo —se tomó una larga pausa —. Y por eso yo no envíe mi objeto… porque el daño ya estaba hecho.
A Lucius todo eso le parecían tonterías.
—¿De qué estás hablando? No había peligro alguno.
Bella se levantó, arrodillándose y sujetándose a la reja, posando su barbilla en uno de los salientes.
—¿Estás seguro? Al pasado un objeto el mortífago ha enviado y ahora a todos nos ha condenado—canturreó maliciosamente —. Pero sin duda eres el tú el peor parado, Lucius ¿No lo entiendes, verdad? Al enviar ese objeto al pasado, provocaste un cambio de realidad. Severus no sabía a dónde iría el diario, por lo que una vez hecho, era decisión de Merlín cuál sería el futuro del… objeto. Es por eso que has creado una realidad alternativa en la que quién sabe qué sigue siendo igual y qué ha cambiado. Pero en fin… nosotros estamos aquí, encerrados, mientras que otros como… no sé… los Potter disfrutan de la vida.
Al oír aquel apellido, Lucius se levantó y la miró de nuevo.
—¿Qué has dicho? ¿Los Potter? Pero… si están muertos. Él los mató.
—¿De qué estás hablando? Nuestro Señor atacó a los Longbottom, querían a su hijo. Los Potter sólo son unos malditos agraciados —decía Bella.
Aquello tenía que ser una broma. Lucius sabía de sobra que los Potter habían sido asesinados por el Lord la noche de su caída, a menos que ese cambio de realidad del que hablaba Bella fuera verdad, y ahora los Potter estuvieran vivos ¿Cuántas cosas más, cuantos hechos habían cambiado? ¿Estaría él en prisión, o disfrutando de la compañía de su familia unida?
Por su parte, Bella seguía cantando, pero Lucius ya no escuchaba nada.
