Capítulo 5.
- ¿Qué tal lo has pasado? -Preguntó Bryce, sin levantar la vista del libro que estaba leyendo, mientras Caitlin cerraba la puerta y se quitaba los zapatos.
- Muy bien. Hemos ido al cine, y después a pasear un rato. Fue muy divertido. Y puedes estar tranquilo, cumplió todas las normas de la lista.
- Si, ya me lo esperaba.
La chica notó que su hermano estaba demasiado serio, y no tardó en acomodarse junto a él en el sofá, apoyando la cabeza suavemente en su hombro. Él aun no dejaba su libro.
- ¿Estás enfadado?
- Claro que no. Xavier es un buen chico. No puedo decir que me entusiasme la idea de que salgas con él, pero como ya te he dicho, no me voy a meter. No es cosa mía.
Caitlin levantó un poco la cabeza y miró a su hermano mayor. La verdad era que no imaginaba que se lo tomaría con tanta filosofía. En realidad, esperaba un gran estallido de ira, y más de una discusión. Bryce no era ningún monstruo, no era agresivo ni nada de eso. Pero tenía un temperamento muy fuerte, y siempre había sido muy protector con ella. Xavier no era el primer chico que le pedía una cita, y él siempre había espantado a aquellos que lo habían intentado. Qué raro.
- ¿En qué piensas? -Preguntó Bryce de repente, sobresaltándola. Estaba demasiado concentrada en sus divagaciones. Ella apretó los labios, bajando la mirada por un momento.
- Pienso... que si no te gusta que salga con él, dejaré de hacerlo.
El chico de ojos azules sonrió con ternura, y acarició su pelo.
- No tienes por qué. Ya somos bastante mayores como para que yo tenga que influir en tu vida.
- Me gusta que influyas en mi vida. Mi vida eres tú. No me importa si me tengo que alejar del mundo por ti.
- No deberías decir esas cosas.
- Es la verdad -Sonrió ella, encogiéndose de hombros. Aun así, al ver a su hermano fruncir los labios mientras intentaba volver a prestar atención al libro le hizo pensar que, sin duda, algo iba mal-. ¿Qué te pasa?
- No me pasa nada. Solo... empiezo a entender que tarde o temprano tendremos que tomar nuestro propio camino, y no depender tanto el uno del otro.
- ¿Porque he salido una vez con un chico te ha dado por pensar esas cosas?
- No te pongas a la defensiva.
- No me pongo a la defensiva. Eres tú el que está diciendo cosas raras.
- Sólo digo que deberías hacer cosas sin contar conmigo, y empezar a vivir tu vida. Eso no es nada raro.
Caitlin se echó hacia atrás, realmente sorprendida por la palabras de su hermano mayor. Totalmente indignada, se levantó del sofá para ir a su habitación, encerrándose con un fuerte portazo en el mismo momento en que Bryce se dio cuenta de lo que acababa de decir. Cerró los ojos, y se mordió el labio inferior con fuerza. Había metido la pata por no pensar bien lo que estaba diciendo. En realidad, no había dicho nada tan terrible, pero ya sabía cómo se lo tomaría ella.
Dejó el libro a un lado y caminó hasta la puerta de su hermana, pero justo cuando estaba a punto de abrirla oyó cómo la cerraba por dentro con el pestillo.
- Caitlin... Abre la puerta.
- No. Eres un idiota, Bryce.
- Vale, soy un idiota. No quería decir eso.
- Pero lo has dicho.
El albino suspiró. A veces era muy dicícil hablar con ella, cuando se ponía así. Adoraba a su hermana pequeña, pero siempre tenía que ir con cuidado con lo que decía. Escuchó que algo se deslizaba al otro lado, y supo que ella se estaba apoyando en la puerta.
- Caitlin... No quiero hacerte daño, pero tienes que pensar en esto. Por mucho que tu y yo nos queramos, por mucho que necesitemos estar juntos, debemos estar con otras personas. No podemos encerrarnos en nosotros mismos. Lo comprendes, ¿verdad?
- ¿Por qué tienes que decir esas cosas?
Porque tú acabas de decir que lo dejarías todo por mí, si yo te lo pidiera, pensó el chico. Pero no fue capaz de decirlo en voz alta. No estaba bien que ella dijera esas cosas, que dependiera tanto de él para todo. No le gustaba que hubiera salido con Xavier, cierto, pero hablaba muy en serio al decir que no iba a meterse. Ambos tenían que empezar a vivir sus propias vidas, y tomar sus propias decisiones a pesar de lo que quisiera el otro, aunque fuera poco a poco. Sin embargo, aunque él ya estaba empezando a aceptarlo, se dio cuenta de que para Caitlin aun era pronto. Ella aun no era capaz de asimilar esas cosas.
- Tienes razón, no debí haber dicho eso. Lo siento. Sal, por favor.
Se sintió aliviado al escuchar de nuevo el pestillo, pero sólo volvió a estar completamente tranquilo cuando su hermana abrió la puerta, para mirarle a los ojos. Caitlin apretó los labios, antes de acercarse a él y abrazarle con todas sus fuerzas.
- No vuelvas a hablar de esa manera.
- Está bien -Acarició su pelo, y besó suavemente su cabeza, antes de apartarse un poco de ella para mirarla a los ojos con ternura-. ¿Estás más tranquila?
- Sí. Te quiero mucho, Bryce.
- Y yo a ti, hermanita.
Volvieron a abrazarse, quedándose quietos unos largos minutos. Parecía que tenían miedo de separarse de nuevo. El chico se daba cuenta de que su hermana pequeña aun estaba un poco angustiada, a pesar de lo que le había dicho, así que le dio algo más de tiempo para que se calmara. Supo que todo había pasado por fin cuando Caitlin relajó sus brazos, ya sin usar tanta fuerza al aferrarse a él.
- Acabo de acordarme... -Dijo, cuando por fin se hubieron separado-. Tengo algo para ti.
La chica de pelo blanco se sorprendió, y no tardó en mostrar lo intrigada que estaba, preguntándole a Bryce una y otra vez qué le había comprado mientras se dirigían de nuevo al salón del apartamento. El mayor sonrió, cogiendo una bolsita que estaba junto al sofá.
- En cuanto lo vi, supe que era para ti -Dijo, dándole el regalo envuelto en un bonito papel plateado-. Vamos, ábrelo.
Caitlin se sentó junto a él, y desenvolvió el paquete con cuidado. Le encantaba guardar el envoltorio de todos los regalos que le hacían, siempre hacía lo imposible para no romperlo y que así estuviera perfecto. No pudo evitar sonreír emocionada, al ver lo que su hermano le había comprado.
- La princesa de las nieves...
Acarició suavemente con los dedos la portada del librito, en el que se veía a una pequeña princesa morena vestida de azul con un oso polar. Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. Cuando era pequeña, antes de que sus padres les abandonaran, Bryce solía leer ese libro con ella todas las noches hasta que se dormían. Era su libro favorito, y aun lo recordaba con muchísimo cariño, a pesar de no poder acordarse de la historia al completo. A decir verdad, llevaba mucho tiempo sin pensar en la historia de la princesa condenada a vivir en un palacio de hielo por culpa de su corazón congelado.
La chica se mordió el labio, y se acercó a su hermano mayor para de nuevo abrazarle con todas sus fuerzas, dándole las gracias. Él respondió al abrazo con la misma fuerza, apoyándose en su hombro tras apartar un poco su largo pelo blanco.
- Ojalá todo pudiera ser siempre igual, y nada tuviera que cambiar. Tú y yo, juntos para siempre, como hemos hecho hasta ahora -Susurró Caitlin, sin pensar demasiado en lo que estaba diciendo.
Juntos para siempre, igual que la princesa y el oso polar, en ese castillo helado.
- Ojalá... -Dijo Bryce en respuesta, con una voz apenas audible. Tal vez quería añadir algo más, pero decidió quedarse callado durante un rato. Terminó por separarse de ella otra vez, para mirarla fijamente a los ojos al llevar ambas manos a sus mejillas-. No quiero que te enfades por esto. Pero de verdad creo que tienes que empezar a hacer cosas por tu cuenta, que te gusten a ti.
Caitlin sonrió, aunque sintiéndose culpable. Ya no pudo dejar de pensar en la pista de hielo. Xavier lo sabía, pero temblada sólo ante la posibilidad de contárselo a su hermano. Nunca antes le había ocultado nada, y lo odiaba, pero hasta ese momento nunca se había atrevido a pensar en decírselo. Él le había prohibido volver a jugar al fútbol, aun sabiendo lo mucho que le gustaba. No quería que le quitase el patinaje también.
Sin embargo, ya estaba cansada de todo aquello.
- ¿Y si te dijera que ya estoy haciendo algo que me gusta? -Se atrevió a decir, después de pensárselo muchísimo.
- ¿Qué?
Sabía que Bryce se sorprendería por sus palabras, aunque no entendiera de qué estaba hablando. En realidad, no estaba muy segura de lo que estaba a punto de hacer. Pero estaba dedicida. Ya no podía aguantarlo más.
- Hermano, yo... Lo siento, pero te he estado ocultando algunas cosas. Desde hace bastante tiempo. No digas nada ahora -Se spresuró a decir, al ver que Bryce ya se estaba poniendo un poco nervioso, y se levantó del sofá para cogerle de la mano-, solo... ven conmigo.
El chico estaba claramente muy confundido, pero no dudó en levantarse también para seguirla. Ambos salieron de la residencia Diamond, con cuidado de que nadie les viera, ya que era de noche y el toque de queda ya había pasado. Caminaron en silencio todo el rato. Caitlin iba delante, muy nerviosa, algo que el mayor notó. Agarró suavemente su mano, para que supiera que, pasara lo que pasase, estaba con ella. Claro que Caitlin dudaba de eso, sabiendo que muy probablemente se enfadaría con ella al ver lo que iba a mostrarle. En su interior, una voz no hacía más que recordarle lo que había pasado, tres año atrás.
Te ha prohibido jugar al fútbol. ¿Qué te hace pensar que no hará lo mismo ahora? Aun no es demasiado tarde, vuelve a casa y haz que lo olvide.
No, no podía. A esas alturas, ya no podía echarse atrás. Aunque quisiera, ya no podía hacer como si no le hubiera dicho a su hermano que le había estado mintiendo desde hacía mucho tiempo. Además, estaba harta de secretos. Sin embargo, a medida que se iban acercando a ese edificio que ella conocía tan bien, el miedo se iba apoderando de su cuerpo. Y esa sensación no hizo más que empeorar cuando vio que, por pura costumbre, ya se había detenido frente a las escaleras que llevaban al mismo portal al que había llevado a Xavier, unas pocas horas atrás.
- ¿Qué es este sitio, Caitlin? -Preguntó Bryce de repente, con seriedad. La menor no pudo evitar girarse un poco, para mirarle a los ojos. Eran como el hielo.
- Es... un lugar al que vengo... a veces -Dijo, sintiendo que su voz se apagaba más y más a medida que hablaba.
- ¿Por qué?
Ay... Ese tono no era una buena señal. No sabía qué estaría imaginando Bryce acerca del edificio o lo que ella hacía allí, y la verdad era que por su expresión no quería saberlo. Tragó saliva, notando que tenía un nudo en la garganta, y en lugar de responder a la pregunta, sacó las llaves de su bolsillo.
- Entremos... Voy a enseñártelo.
El humor del chico de pelo blanco no mejoró cuando abrió el portal, y le indicó que debían bajar a lo que parecía el sótano. Más bien, eso parecía ponerle aun más nervioso. Precisamente por eso, a ella también empezaba a entrarle el pánico. Ya por pura desesperación, se giró para mirarle, con los nervios a flor de piel y su mano temblando mientras apretaba las llaves.
- Antes de que lo veas... quiero que sepas que lo siento, Bryce. Lo siento mucho. No quería mentirte, pero tenía miedo de que no me dejaras volver cuando lo supieras.
- Enséñame lo que hay ahí dentro, Caitlin -Dijo Bryce con frialdad-. Ya.
La chica se asustó un poco al ver a su hermano así. Pero ya era demasiado tarde para echarse atrás. Ya no podía hacer nada más que contarle su secreto. Volvió a girarse, y muy lentamente metió la llave en la cerradura y abrió la puerta.
En toda su vida jamás podría olvidar la cara del capitán del Diamond en cuanto encendió las luces y la pista de hielo apareció ante sus ojos. Toda la frialdad de sus ojos azules se desvaneció en un simple instante, dejando paso a la sorpresa y el desconcierto. Sencillamente, se quedó sin habla.
- Caitlin... ¿Qué...?
- He estado viniendo en secreto desde hace casi dos años... para patinar -Susurró ella, con voz temblorosa.
Bryce no consiguió decir nada. Igual ni siquiera había escuchado lo que le había dicho su hermana pequeña, estaba demasiado impresionado. Caminó lentamente, por pura inercia, alrededor de la pista y observándolo todo con atención. Caitlin, a su vez, le observaba a él, fijándose en todas y cada una de sus expresiones. En ese momento sí que le gustaría poder saber todo lo que le estaba pasando por la mente.
- Es increíble... -Dijo él de repente, sorprendiéndola. Pero su desconcierto fue aun máyor cuando el mayor se giró hacia ella, con una sonrisa llena de asombro-. ¿Cuándo has aprendido a patinar?
Caitlin se quedó sin aliento. Los nervios, el miedo, los temblores, el nudo en la garganta, todo se fue en un simple instante. En su lugar, llegaron las lágrimas. Todo el estrés que se había estado guardando estaba saliendo de golpe. Obviamente, Bryce no tardó en ir junto a ella para abrazarla, diciéndole que todo estaba bien.
- ¿Tenías miedo de enseñarme este sitio? ¿Por qué?
- No quería que me prohibieras volver -Consiguió decir ella entre sollozos-. No me dejas jugar al fútbol, y... Me encanta patinar, no quiero dejarlo.
Al chico se le cayó el alma a los pies. De pronto lo entendió todo, y se sintió terriblemente mal por hacer que su hermana pequeña se sintiera así, que tuviera miedo de contarle las cosas por cómo podría reaccionar él. No le gustaba nada eso. Sabía que tenía un caracter un poco complicado, y que cuando se trataba de Caitlin podía ser demasiado protector, pero... saber que ella también le temía... hacía que se sintiera como un monstruo.
- Tonta... Que no quiera que juegues al fútbol no significa que te vaya a prohibir hacer otras cosas... No tenías que temer decírmelo. Sé que te encanta el fútbol, y me siento mal por no dejarte jugar, de verdad. Pero tienes que entender que no puedo soportar verte en el campo, sabiendo que podrías volver a hacerte daño. No quiero que vuelvas a pasar por algo así.
- ...Lo entiendo -Respondió la menor, ya un poco más tranquila-. Ya se que solo quieres protegerme. Pero entonces... ¿Me dejarás seguir patinando?
Bryce se separó un poco, para poder mirarla alos ojos mientras le limpiaba las lágrimas.
- Tú has confiado en mí. Debes de haberlo pasado muy mal al ocultármelo, y no me gusta que te sientas así, y menos aún por mi culpa. Claro que puedes seguir patinando.
Nunca podría olvidar la increíble sonrisa que Caitlin le mostró en ese momento. Aun con los ojos llorosos, las mejillas rojas, el pelo un poco despeinado, y aun así sonriendo como si le hubiera dado la vida. Sólo por esa sonrisa cualquier cosa merecía la pena.
Los dos se sentaron en uno de los bancos donde había que quitarse el calzado para ponerse los patines, y ella le contó cómo había llegado hasta ese lugar y había empezado a patinar, dos años atrás. Ahora ya se mostraba más confiada y se atrevía a contarle absolutamente todo. Excepto lo de Xavier. Sabiendo lo que pensaba acerca de que saliera con él, prefería esperar un poco más para hablarle de lo que habían hecho esa misma tarde.
- Me gusta que sonrías así -Dijo Bryce con voz tranquila, apartándole el pelo de la cara al acariciarle la mejilla. La chica no dudó en responderle.
- Sonrió así gracias a ti.
- Bueno, ¿me vas a enseñar lo que sabes hacer?
- ¿Qué?
- Me has dicho que llevas dos años patinando. Quiero ver qué tal lo haces.
- ¿En serio? -Susurró la chica de ojos azules, empezando a ponerse nerviosa. Muy poca gente la había visto patinar, y hacerlo delante de su hermano... bueno, eso la intimidaba-. Muy bien... Pero tú vas a entrar conmigo.
- Hecho -Contestó él, sin dudarlo ni por un instante.
Se pusieron los patines, Caitlin los suyos propios y Bryce otros. Entraron en la pista, él se quedó en el borde, y ella comenzó a patinar por el centro. Se movió hacia atrás, y saltó, girando en el aire, cayendo perfectamente sobre la pierna derecha, desplazándose hacia atrás. Bryce no dejaba de asombrarse con la agilidad que tenía su hermana al moverse.
- Vaya... Eso ha sido impresionante, Caitlin. ¿Qué es eso? ¿Como lo has hecho?
- Es un triple Loop. Lo he aprendido hace poco.
- Es increíble. La verdad es que esto se te da muy bien.
- ¿De verdad lo crees?
- Por supuesto.
El chico avanzó rápidamente hacia ella, moviéndose ágilmente. Caitlin se sorprendió, al ver lo que acababa de hacer. No había dudado, ni mirado hacia abajo, ni intentado agarrarse a nada para no caerse. Había sido de lo más natural.
- Hermano, ¿habías hecho esto antes? -Preguntó cuando Bryce llegó a ella y la agarró de las manos, aun sin salir de su asombro.
- No, pero no es difícil, viendo como lo haces tú. Aunque dudo mucho que eso del triple loop sea tan fácil.
La chica rió, y le sonrió tiernamente, mirándole fijamente a los ojos. Había conectado la gramola, y sonaba una de las canciones que más le gustaban. Así que ahí estaba, en su lugar favorito en el mundo, y con la persona que más quería. No podía evitar preguntarse si podría haber tenido eso mucho antes, si no hubiera mantenido lo de la pista de hielo en secreto.
- Que tonta he sido. No tenía por que ocultártelo.
- Deja de reprochártelo de una vez. A decir verdad, entiendo que tuvieras miedo. Ya sé que a veces soy un poco difícil, aunque sea sólo porque quiero protegerte. Lo siento mucho. Haré lo que haga falta para compensártelo.
- Basta con que vengas a patinar conmigo de vez en cuando.
- Me parece perfecto.
Ambos sonrieron, y comenzaron a recorrer la pista sin dejar de hablar y reír, e incluso bailando. Era evidente que el equilibrio era cosa de familia. Caitlin tenía muy claro que sería la única persona que conseguiría ver a su hermano mayor hacer esas cosas. Si fuera cualquier otra persona -Claude, por poner un ejemplo-, acabaría muy mal parada. Pero ella podría patinar con él siempre que quisiera.
Se moría por contárselo a Xavier. Sabía que se alegraría mucho por ella.
Continuará
