Disclaimer:Los personajes que reconozcan de esta historia le pertenecen a Stephanie Meyer creadora de Twilight. La trama sin embargo nos costó –y mucho– a nosotras por lo que les pedimos que no la tomen como propia –no creemos que lo hagan, en realidad a nunca nadie se le ha ocurrido pero están de moda los plagios, ahaha–
xoxo
aLLe CuLLeN wAy y PaU MoShA
*'º'º TODO MENOS TU º'º'*
Bella esta fastidiada de la vida, nada le importa, todos le caen mal y
cree que la boda de su prima Tanya es lo peor que le ha pasado.
No sabe que dicho evento contará con la presencia de
la persona que menos espera:
Edward Cullen, su ex-novio.
CAPITULO 1
El chico sensual de los sándwiches
Bella POV
No, no, no.
Justo cuando mi vida iba mal, ahora el destino venía a restregarme en las narices al prometido de Tanya, que no era ni más ni menos el mismo chico que había sido mi novio cuando recién me mudaba a New York. La mala suerte me sacaba la lengua y se burlaba en mi cara.
¡Nara- nara- nara! pude escuchar en mi mente.
Ahora sólo faltaba que un perro llegara y me orinara, o peor aún, que me mordiera y me diera rabia y muriera soltera.
Pude reconocerlo por su cabello alborotado, que lo hacía verse aún o más irresistible que antes, era tan alto como lo recordaba. De hecho después de que estuve con él, juré que jamás saldría con enanos, la manera en que se inclinaba para besarme era sumamente interesante.
La multitud se avasalló entre nosotras mientras él venía hacia donde estábamos.
Era obvio que no debía verme y darse cuenta de quién era yo: ¿qué explicación le daría a Tanya? Era algo que no tenía ganas de enfrentar, así que saqué de mi bolso mis enormes gafas "Gucchi" – no está mal escrito, se las compré a un hombre en Times Square –, me solté el cabello y lo alboroté frente a mi cara. Deseaba con todas mi fuerzas que mi look estilo The Ramones funcionara un poco para disimular quien era.
De pronto, lo tuve frente a mí.
Mi corazón latía nervioso, no quería que me viera y que comenzara con las preguntas, que la incomodidad me rodeara en aquel momento. Probablemente se había olvidado de mí y no quería hacer un drama al respecto, pero fue muy difícil evitar hacer uno cuando Tanya lo tomó de la mano y lo trajo hasta mí.
Fue algo duro de asimilar.
– Bella, te presento a mí prometido Edward Cullen –
Él esbozó una sonrisa sincera, tan arrebatadora como la recordaba.
– Mucho gusto Bella. Tanya me ha hablado mucho de ti –
Edward extendió su mano para saludarme pero yo no le respondí. Con el brazo en mi frente, rascándome la cabeza, lo saludé de lejos asintiendo mientras Tanya no parecía asombrada por mi actitud. Ella y yo sabíamos que era bipolar. Edward simplemente se limitó a arquear la ceja y a guardar su mano en el pantalón. Un gesto muy sexy si me preguntan.
No podía estar ahí y menos con el color de mis mejillas mostrando como mil tipos diferentes de tonos rojos.
– Tengo que ir al baño – me escabullí de inmediato.
Di media vuelta para correr literalmente al baño más cercano posible, pero la manada de gente en el aeropuerto impedía que llegara rápido. Todos me veían raro, con cara de horror pero no me importó, y al ser tan torpe, tropecé como siete veces antes de llegar a mi destino.
Una risa apagada se me escapó al ver la razón por la cual la gente me observaba a punto de echarse a correr: me veía muy mal con el cabello todo enmarañado, parecía prima de Amy Winehouse. Mirándome al espejo, supe que toda esta semana sería un infierno sobre todo porque la única persona que me había interesado en todo el mundo se iba a casar con mi prima.
¡Con mi prima por Dios Santo!, cómo sino hubiera más mujeres en el planeta.
Me lavé el rostro para despejar mi mente, además también para refrescarme porque en California el calor estaba de los mil demonios, estaba tentada a ir desnuda a la boda en cuanto bajé del avión.
¡La boda!
Otra vez recordé la razón por la cual estaba varada en el baño: Edward Cullen, antes conocido como "el chico sensual de los sándwiches" en New York.
Me recargué en la pared de azulejo del baño y me escurrí por ella para sentarme en el piso con una sonrisa estúpida en el rostro. Los recuerdos de mis primeros meses en la Gran Manzana llegaron a mí cómo si no hubieran pasado cinco años.
Lo recuerdo como si hubiera sido hace...cinco años exactamente:
Yo tenía diecinueve cuando decidí mudarme lejos del martirio de vivir con mis padres. Una pelea tras otra y constantes alaridos de mi madre, fueron los detonantes para que fuera a vivir a New York yo sola. Quería ser independiente, pagar todas mis cuentas y lavar mi propia ropa – es decir, poner una moneda en la máquina de la lavandería – Por supuesto que toda mi familia me decía que no iba a triunfar, que me iría mal tras conocer a algún chico malviviente y que mi vida estaría acabada antes de cumplir los veinticinco.
Decidí que no tendría que ser de esa manera y que les demostraría que podía ser feliz en mi nueva vida, así que entré a trabajar a un restaurant italiano como mesera. Sólo duré dos semanas en el puesto ya que me chocaba que los clientes fueran tan groseros y me peleaba constantemente con ellos. Pero como Mike, el gerente del restaurant obviamente se moría por mí, me metió a la cocina, fuera del bullicio de la gente.
Poco a poco fui tomándole gusto a eso de aprender a cocinar. No me iba tan mal, era buena en lo que hacía y además me había hecho buenos amigos dentro del restaurant. A la hora del almuerzo me sentaba a comer con Jessica, la mesera, en el almacén y platicábamos de muchas cosas.
Un día Mike me interrumpió mientras me llevaba un bocado a la boca, casi deseaba golpearlo. Nadie me molestaba a la hora de la comida.
– Ehm, Izzie – se rascó la cabeza– Me preguntaba si podrías atender a un chico que viene por un encargo, Ángela está ocupada. Viene de la agencia de publicidad que está en el edificio de enfrente– lo odiaba cuando me llamaba, pero ya todos me decían así entonces no había marcha atrás
– Sabes que me choca que me interrumpan cuando estoy comiendo Mike – le dije con la boca llena.
– Anda, ¡por favor Izzie! – me suplicó.
Echando humo, comencé a guardar mi almuerzo mientras maldecía a Mike en frente de Jessica que se asomaba por la puerta, la verdad lo que tenía de zorra lo tenía de entrometida.
– Uy, de seguro es el bombón que viene por los sándwiches. Te juro que si tu no lo atiendes lo hago yo, y no sólo para hacerle su comida sino para otra cosa–
¡Qué zorra! pensé.
Me asomé a la puerta para ver a qué se refería, seguramente estaba exagerando como siempre porque al parecer ella deseaba hacerle favores sexuales a todo el mundo.
No vi a nadie y mientras me ponía de nuevo la filipina, Jessica siguió con sus comentarios.
– Lastima que sea tan creído. El otro día le hablé y ni siquiera me miró, como que me hizo cara de asco, pero aun... así lo besaba –
Salí porque no quería seguir hablando de cosas sexuales con Jessica. Aún debía ver a la persona que prácticamente me había quitado la comida de la boca.
Parado en la puerta trasera, estaba el hombre más hermoso, irresistible, sensual y apetecible de la tierra. Un ser así tan extraordinario, solo podía pertenecer a un cuento de hadas ó a la revista Vogue. Era muy alto, bueno al menos comparado con mi estatura lo era, cada músculo de su cuerpo parecía perfectamente esculpido por un artesano, el color de su piel era de un tono marfil hermoso que, aunque en otra persona se hubiera visto terrible, en él lograba que resaltaran sus facciones.
Jamás había conocido a una persona tan…perfecta, esa era la palabra correcta para describirlo.
Lo vi.
Me vio.
Nos vimos y escuché la sexta sinfonía de Beethoven.
¡Aleluya!
– Hola –dijo con aquella voz que se metió a mis oídos de una forma traviesa – Vengo por los emparedados del Sr. Masen y me dijo Mike que tú amablemente ibas a preparármelos...- se pasó las manos apenado por su cabello broncíneo alborotado.
Un delirio a la vista.
Me limite a sacudir la cabeza mientras me entregaba un papelito con lo que quería que le preparara. Cuando comencé, sorpresivamente él inició una amena plática. A parte de guapo, obviamente sexy y educado, era sociable. Era mi sueño y apenas tenía un minuto de conocerlo.
– Tú eres Izzie ¿verdad?. Yo me llamo Edward. Creo que te estaré molestando, al parecer mi jefe me va a traer de encargo en encargo así que nos estaremos viendo con frecuencia– amenazó con una sonrisa torcida.
– No importa. Ven cuando quieras – lisonjeaba mi cabello como una estúpida.
Platicamos un rato hasta que terminé su pedido y se fue, dejándome en el letargo más lelo del mundo, prometiéndome que me vería al día siguiente.
A partir de ese día, surgió algo tan mágico, tan…
– Me da permiso por favor – dijo una mujer que estaba mopeando el baño.
Esa señora me trajo de nuevo a la realidad.
Aquello que había pasado con Edward, estaba atrás. Ahora él estaba con Tanya y eso no iba a cambiar a seis días de su boda.
Salí del baño dándome cuenta que tardé como diez minutos tirada con la mirada perdida.
– Bella, ¿está todo bien? – preguntó mi futuro pariente a mis espaldas.
Reconocería su voz en cualquier lado.
Me quedé petrificada mientras un escalofrió recorría mi cuerpo, sólo me limité a ladear un poco mi cabeza, tapándome la cara disimuladamente.
– Tu prima tuvo que irse. La muy distraída estacionó el auto en doble fila por la emoción de encontrarte y se lo llevaron al corralón, pero me pidió que te llevara al almuerzo, ¿nos vamos? –
Pensar que tenía que recorrer un largo camino a su lado, sin mostrar realmente quién era, me ponía bajo una presión tremenda. Él pareció notarlo pero ni se dio cuenta de lo que estaba pasando, sólo tomó mis maletas y las cargó hasta el taxi más cercano.
Entré al auto en la parte trasera para ver si él se sentaba en el del copiloto y me dejaba en paz, pero para mi mala suerte, esto no sucedió. Se sentó conmigo atrás mientras intentaba mantener una conversación amigable, yo sólo me limitaba a ignorarlo completamente, aunque hacerlo realmente me sacó de quicio. Yo quería preguntarle qué había hecho de su vida, cómo le había ido pero bueno, era más que obvio: iba a casarse con Tanya Denali. Mejor no podía irle.
Llegamos a la casa de mis tíos, pude ver que ya había llegado mucha gente. Estaba toda mi familia, también habían asistido personas de parte de Edward, así que esto solo lograba que mi tensión fuera aún más grande. Inmediatamente a lo lejos pude ver a la –duende – hermana de Edward, Alice, la cual se había convertido en una de mis mejores amigas, si no es que la única en aquel entonces.
Ella siendo tan perspicaz, se daría cuenta de inmediato que era yo.
Traté de escabullirme entre la multitud, pasar desapercibida. Lo único que quería hacer era entrar en la casa y lograr calmarme. Sería un largo día, tendría que soportar muchas cosas, pero debía preocuparme después de eso ya que mi tía Carmen, me llevaba a la que se convertiría por unos cuantos días en mi habitación.
Durante el camino al cuarto, mi tía no paraba de parlotear acerca de lo perfecto que era su futuro yerno. ¡Como si no lo supiera ya!, y eso que mi tía ni enterada de que yo ya lo conocía.
– Querida, ¡no sabes cómo te la vas a pasar! Incluso hasta me dan ganas de presentarte a alguien y a ver si la próxima boda es la tuya –
Con un gesto intentó arreglarme el cabello para hacerme lucir según ella más bonita.
– ¡Anda!, arréglate que no quiero que salgas en esas fachas. Bueno, te dejo – me lanzó besitos con los dedos.
Con la advertencia de mi tía, no tuve de otra, y como hacía mucho calor me di una ducha. Decidí arreglar mi ropa, no sé si se le pueda llamar así a una bola de tela enredada pero entre todo esto tendría que decidir lo que debería de ponerme para ese día.
Una parte de mi buscaba lo mejor para no verme tan mal, para que Edward viera que me iba de maravilla. Parecía una idea tonta, pero no podía dejar que pensara lo contrario. Sabía muy bien que nunca podría compararme con Tanya, de hecho si lo pensaba bien, ellos formaban la pareja perfecta, mientras que yo podía pasar desapercibida muy fácilmente.
Tenía demasiada hambre, así que terminé de arreglarme para bajar a comer. Terminé por usar un vestido azul con cuello halter de manta, era muy fresco para aquel clima horrible.
Bajé las escaleras, un poco incómoda porque el maldito vestido me llegaba a la rodilla y con los tacones me sentía aun más torpe que nunca.
Milagrosamente no morí en las escaleras.
Miraba a todos lados para cubrir mis flancos, lo último que quería era encontrármelo, pero para mi sorpresa la casa estaba vacía, todos se encontraban en el patio socializando y siendo hipócritas el uno con el otro.
Me escabullí por el pasillo y de repente, escuché de nuevo su voz detrás de mí.
– ¿Izzie?, ¿eres tú?–
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