Miradas Acusadoras
By Anna Diethel Asakura.
~ * ~ Capitulo 9: Tristes pesadillas; horrible realidad ~ * ~
- Y dime... Em... Yoh. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Por qué me duele todo? ¿Por qué estoy tan herida?
Y Yoh, de repente, empalideció. Y eso no me gustó nada.
- No te preocupes por ello ahora, querida Annita. Lo importante es que estás bien y que te vas a recuperar. Voy a avisar a los demás.- me cambió de tema de la forma más radical que podía recordar. Cada vez me agrada menos lo que sucedía allí.
- ¿Es que hay más gente?- pregunté, bastante molesta por el cambio tan brusco de conversación.
- Claro, nuestros amigos, Annita.- ¿Por qué todo le parecía una total evidencia? ¿Acaso olvidó de que soy yo la que no recordaba nada? Por lo visto, no era la única que tenía amnesia...- Bueno, voy a informarles de que estás bien. No te muevas de aquí.
"- Iré a hacer footing en cuanto te vayas. ¡Oh! Lo había olvidado, tengo una pierna escayolada y el cuerpo me duele tanto que ni me puedo mover. ¿Captas el sarcasmo? Este tipo comienza a resultarme exasperante..."- pensé mientras se levantaba de su asiento.
Pero de pronto, noté sus cálidos labios en mi frente, en algún lugar en el que no me hacía daño, sino que me resultó agradable y una sensación de calma embargó mi dolorido cuerpo. Este respondió por mí y lo abracé como pude con una sonrisa. Él me devolvió ambas cosas, el abrazo y la sonrisa, y después se marchó, no sin antes pedirme en tono casi suplicante que descansara. Me hundí en la almohada, intentando volver a dormirme, obedeciendo. Y el sueño no tardó en volver por mí.
~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~
Yoh todavía podía sentir los frágiles brazos de Anna alrededor de su cuerpo, y hubiese deseado que eso momento fuese eterno... Pero a pesar de todo, él sabía que, en realidad, aquella chica no era la auténtica Anna, solo era una chica que él conocía físicamente, pero que no era la misma personalidad de la itako, y aunque en algunas ocasiones había utilizado su tono de voz frío y áspero, no era lo mismo, y su abrazo no había sido el de Anna, sino uno de auxilio, uno que pedía saber la verdad a gritos... Pero él, claro estaba, iba a ahorrarle ese mal trago a su adorada Anna, no dejaría que lo pasara mal otra vez... No si él podía evitarlo. Casi sin darse cuenta, había llegado a la habitación de Tamao. Yoh tenía la total seguridad de poder contener sus instintos asesinos ante la rosada, después de todo... Bueno, podría contenerse y basta. Entró en la habitación, donde estaban Len, Horo Horo, Fausto, Lyserg y Manta, distribuidos alrededor de la cama. Se acercó con lentitud, encontrándose de repente con los rosados ojos de Tamao, mirándolo con tristeza.
- Joven Yoh...- susurró, ya con lágrimas en los ojos- Quería decirle que lo lamento tanto... No sé en qué diablos estaba pensando. Y si mi memoria no me falla, la mitad de la responsabilidad de lo sucedido es de Conchi y Ponchi. Pero asumo mi culpa y, en cuanto me recupere, volveré a Izumo a despedirme de los señores Asakura y desapareceré para siempre.
Todos miraron primero a Tamao y luego a Yoh, esperando su respuesta. Este miró al suelo, apartando sus ojos de los de la aprendiz. Luego murmuró:
- Bueno, lo principal es que te recuperes. Ya hablaremos de eso.- el tono de voz de Yoh no era frío pero tampoco dulce ni amigable, sino serio y tajante.
- Bueno, ¿cómo está Anna?- preguntó Lyserg, para sorpresa de todos, puesto que ninguno sabía nada de que la itako se encontraba en el hospital.
- Pues... Hace un rato ha despertado.... Tiene amnesia, no recuerda nada.
Algunos emitieron un ahogado grito de sorpresa, otros no dijeron nada y simplemente crearon un silencio que embargó toda la habitación momentos después, que fue roto por sollozos acompañados de lágrimas, pertenecientes a la rosada.
- Todo esto es por mi culpa. Nada de esto debió pasar...- gemía Tamao, sin tratar de ocultar su profundo arrepentimiento.
- No todo es culpa tuya... Casi toda la culpa la tengo yo.- aclaró Yoh, aún mirando las baldosas del suelo. Fausto, Len, Horo y Tamao abrieron los ojos desmesuradamente, incrédulos.
- ¿Qué dices, Yoh?- preguntó Len, pero no obtuvo más respuesta que un sollozo ahogado, proveniente del shaman de cabellos castaños. Una lágrima se deslizó por la mejilla de este y se alojó en su barbilla.
- Yoh, ¿por qué dices eso?- cuestionó el ainú con aire preocupado, acercándose a Yoh. Pero tampoco obtuvo respuesta.
Yoh se giró, lentamente caminó hacia la puerta de la habitación y se marchó. Len y Horo le siguieron mientras Fausto y Lyserg se quedaron intentando sacar a Tamao de su llanto.
Por el pasillo, Yoh iba acelerando la marcha. Sus pies caminaban solos, no sabía dónde iba. Quería ir a ver a Anna, pero no quería hacerla sufrir más. Quería explicarles a los demás lo sucedido, pero no tenía fuerzas. Un pesado agotamiento lo invadió de repente, recordándole que aún tenía falta de algunas horas de sueño y que un pie le dolía con ganas, sin tener en cuenta que él también estaba bastante magullado en varias zonas de su cuerpo. El pie reveló un dolor insoportable, haciéndole perder el equilibrio y caer de bruces al suelo, dándose un fuerte golpe en la cabeza con el mostrador de recepción, junto al que pasaba casualmente.
Al levantarse, ya no había hospital, ni enfermeras, ni calle, ni siquiera blanco... Sino negro, la más absoluta oscuridad. Peor incluso que la cueva de Yomi. Miró a su alrededor, pero no veía nada, solo logró distinguir una luz roja, muy tenue a lo lejos. Corrió hacia ella, pero no se percató de que el pie ya no le dolía. A medida que se iba acercando a la luz, esta se extendía con rapidez por la negrura. Yoh se paró en seco, viendo como la espesa oscuridad anterior se tornaba de un color rojo carmesí, imitando al de la sangre. De pronto, lo que solo era un simple color, se materializó lentamente, cayendo así de todos lados gruesos chorros de sangre por todas partes. Una diminuta gota le cayó en la camisa y acto seguido, su camisa se tornó completamente roja, como si la hubiesen lavado con sangre, manchando su torso de aquel espeso líquido rojizo. El shaman no daba abasto quitándose la camisa y evitando el resto de gotas. Los gruesos chorros se iban uniendo, mientras todo se iba inundando de aquel líquido. Yoh no podía correr, no podía gritar, solo podía esperar a que aquel nuevo océano de sangre lo ahogara en sus entrañas. Cerró los ojos, esperando...
Y esperó mucho hasta volverlos a abrir y encontrarse con su prometida a lo lejos, sonriéndole, ofreciéndole su mano mientras el sol brillaba y el suave viento mecía sus cabellos mientras paseaba las blancas nubes por el cielo azulado. Yoh sonrió y se acercó a ella lentamente, paseando sobre el pasto que repentinamente había.
- Yoh, te he echado de menos.- dijo Anna, en tono dulce y cariñoso. El chico de los cascos anaranjados se sintió en las nubes.
- Yo también a ti, Annita.
- Ven conmigo, Yoh. Vámonos juntos.
- ¿A dónde?
- Solo ven... Confía en mí, mi amor...
- Anna...
- Ven, Yoh, mi dulce Yoh... Ven conmigo... Confía en mí...
Y Yoh le tendió su mano, y justo antes de entrar contacto con ella, todo se volvió fuego, el sol desapareció y Anna se transformó en un terrible esqueleto vestido con un hábito negro, que susurraba con voz áspera y ronca:
- Ven conmigo, Yoh... Ven conmigo a la muerte...
- ¡No!
Y, en ese momento, despertó en una cama de hospital. Se quedó mirando fijamente al techo, intentando recordar qué demonios había ocurrido. Entonces recordó que caminaba por el pasillo, sus piernas flojearon, se cayó y se dio con el borde del mostrador de mármol. Se tocó la cabeza, en el lugar que se había golpeado. Tenía un pequeño vendaje en la herida y estaba húmedo. Genial, sangraba. Unos sollozos lo sacaron de sus cavilaciones y lo obligaron a mirar a su derecha. Allí estaba Anna, en la cama contigua. Y estaba dormida.
~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~
Hace rato que estoy aquí, pero no parece que nadie venga a por mí. Estoy completamente sola, ni siquiera hay alguien que venga a golpearme o insultarme. Parece una locura, pero a veces es preferible que haya alguien haciéndote llorar, que no haya nadie ni siquiera para poder sonreír. Todo es igual a cuando cierras los ojos y no los puedes abrir: estás deseoso de poder ver lo que te rodea, o de quién es la voz que escuchas, o de dónde proviene aquel sonido... Pero aquí no hay nada más que yo, sentada en la nada, con los ojos abiertos y no viendo nada. Intentando tocar el aire que no sopla.
De repente tengo frío y todo se vuelve hielo. Estoy en el interior de la helada nada, porque ni siquiera el hielo tiene color y tampoco se derrite al contacto conmigo. Todo es una superficie deslizante y congelada, lo mires por donde lo mires. A través de las capas de hielo que hay a mi alrededor sé que hay algo, pero no me atrevo a acercarme a un extremo y mirar el exterior. No quiero desear algo que sé que no voy a alcanzar. Siento miedo y tiemblo, y no de frío. Intento levantarme, pero es como si la gravedad hubiese aumentado y no pudiese hacerlo. Mi cuerpo pesa demasiado. Veo como hay cosas que chocan al contactar con el exterior del hielo, pero ninguna logra traspasarlo. Hago uso de todo mi valor y me pongo en pie, decidida temerosamente a ver, a contemplar qué es lo que no puede entrar aquí.
Me dirijo con lentitud hacia un extremo de la negra superficie helada, sin miedo a resbalar y caer, porque realmente sé que no caeré. A medida que me acerco, me sorprendo al ver que no hay ninguna luz, como quién en mitad de la noche se acerca a la ventana para que lo iluminen los rayos de la luna a través del cristal. Mucho antes de llegar a mi destino, encuentro algo con asombro en la lejanía y me acerco a ello con rapidez para saciar mi curiosidad de saber qué es lo que me acompaña en esta triste soledad de hielo. Y me sorprendo más al ver una pequeña caja mostrándome cosas materiales como pendientes, vestidos y cosas así. Y empiezo a comprender, a medida que aumenta mi deseo de ver el exterior. Corro lo más rápido que me dan las piernas hacia ese extremo que sé que muestra el exterior, y veo como ya casi estoy ahí.
Y al mirar, lo veo todo.
Veo luz, veo gente, veo tantas cosas...
Veo a Yoh, veo a Lyserg, a Manta, a Len, Horo, Pilika... Todos. Todos hacen algún esfuerzo por entrar aquí, a la nada. Y Yoh es el que más lo intenta. Golpea el hielo de las maneras más desesperadas. Pero aún no comprendo por qué quieren entrar en el hielo, en la nada, en la negrura.
Y él me ve, ve que estoy aquí, observando como fuera hay cosas que desean entrar mientras yo deseo salir. Y me mira, se acerca y trata de tocarme mientras mis ojos desbordan lágrimas sin preocuparme de lo que puedan decir de mí. Solo quiero salir.
- ¿Por qué quieres entrar? ¿Por qué, si aquí no hay más que fría oscuridad?- pregunté, aún a pesar de que mientras lo hacía varias lágrimas se introducían saladas en mi boca.
- Porque eso, Anna,- me respondió- es tu corazón.
Mi llanto se incrementó, a la vez que se le unieron amargos sollozos sin controlar. Miré con impotencia cómo muchas cosas querían entrar en mi frío corazón. Ya no solo personas, sino recuerdos y sentimientos a los que mi barrera de hielo no dejaba pasar. Grité de desesperanza e incomprensión, incapaz de saber exactamente por qué y me dejé caer de rodillas al suelo, sin pretender si quiera levantarme ni hacer ya esfuerzos por salir. Alguien surgió tras de mi de entre las sombras y volteé para verlo. Era la viva imagen de mi amado, solo que esta vez su imagen tiene una sonrisa cínica y un aspecto siniestro. Y me abraza, porque sabe que no puedo negarme a él, porque sabe que no puedo dejar que nadie venga conmigo, porque sabe que no quiero destruir la felicidad de los demás. Y me dejo abrazar porque, por mucho que le odie, tiene razón.
Continué llorando hasta que desperté en el blanco resplandor del hospital, de nuevo sin recuerdos de nada, con un tremendo dolor de cabeza y las mejillas surcadas por lágrimas recientes, segundos antes de volver a dormir.
~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~
Yoh vio como Anna despertaba y volvía a dormir en menos de diez segundos. Pensó que entre las pesadillas que debía estar sufriendo, el cansancio de tantas noches sin dormir, el dolor de todo su cuerpo, las cantidades de suero que le administraban para sofocarle el dolor y los esfuerzos que hacía por recordar rebasaban con creces los límites de aguante de la itako. Yoh también estaba muy cansado y su cuerpo pedía a gritos dormir, pero no quería. Quería cuidar de Anna, costase lo que costase. Se miró el tobillo vendado e intentó moverlo, pero los pinchazos de dolor y el vendaje se lo impidieron, provocándole un quejido ahogado. Se hundió en la almohada, devolviendo su mirada al techo, expulsando de su mente cualquier pensamiento que pudiese distraerlo.
El sonido de la puerta abriéndose y de unos zapatos caminando hacia él le hizo girar los ojos hacia la persona que acababa de entrar, que era ni más ni menos que la doctora Kuonji, que traía una bandeja de comida.
- Hola, Yoh.- saludó Ukyo con una sonrisa mientras acomodaba la bandeja para que Yoh pudiese acceder fácilmente a ella- Veo que ya has despertado. Te traigo algo para comer. Me dijeron que te habías golpeado en el pasillo y que estabas inconsciente, yo misma te traté y ordené que te trajeran aquí, con tu prometida. ¿Te parece bien?
- Perfecto, doctora. Gracias.- dijo Yoh, oscilante entre ausente y mareado. Se dio cuenta de que él también estaba conectado a una bolsa de suero y que la comida no tenía un aspecto, ni mucho menos, apetitoso. Todo le daba nauseas.
- Me di cuenta de que tienes el cuerpo lleno de heridas y cicatrices. Algunas muy recientes, otras bastante antiguas.- la doctora tenía ahora un gesto serio y preocupado- No es muy normal en gente de tu edad.
- Doctora, no me pregunte sobre lo que me ha pasado, ni por lo que le ha pasado a Anna. Todo es muy confuso, tanto para mí como lo sería para usted y no quiero involucrarla en cosas que no la conciernen.
- Bueno, de todas formas sabes que estoy bajo una norma que me impide hablar sobre lo que les sucede a mis pacientes. Y venía a hablar contigo de ello. Yoh, sé que lo que os ha pasado a ti y a Anna no debe ser una tontería. Si no quieres hablar de ello, no lo hagas, pero por favor, responde a mis preguntas. Si ha sucedido algo que yo deba saber, es posible que Anna o tú estéis bajo un peligro mayor. Aparte de médico, soy psicóloga y, además, persona, y sé tratar los problemas de los pacientes. Por favor, ¿responderás a mis cuestiones?
Yoh la miró, pensativo. ¿Debía hacerlo? Era un médico, y como tal estaba obligada a guardar el secreto profesional. Por lo tanto, podía confiar en ella. Por otra parte, la historia no era un cuento de hadas, y mucho menos algo que ningún ser humano normal pudiese entender. La examinó con la mirada: Era joven, de cabello castaño y liso, largo hasta la cintura y ni alta ni baja. Debía tener unos veinticinco años, veintisiete como mucho. Sus ojos eran marrones y poseía en ese momento una mirada preocupada y curiosa, deseosa de saber respuestas. Era una chica joven, no debía verse mezclada en asuntos de este tipo... Sin embargo asintió.
- ¿Tus padres te pegan?- preguntó Ukyo directamente, sin ningún tipo de rodeo.
- Mis padres están en Izumo, viviendo con mis abuelos en la mansión de los Asakura. Voy a verlos de vez en cuando, pero aún así es muy raro que me golpeen. En todo caso, mi abuelo me da algún coscorrón de vez en cuando, si me lo merezco. Pero no, de esa forma que usted piensa no.
- ¿A Anna le pegan sus padres?
- Ni ella ni yo los conocemos. La abandonaron cuando tenía cuatro o cinco años en la puerta de la mansión de mis abuelos y desde entonces vive con nosotros. Ahora vivimos los dos en Tokio, en una pensión de mi familia junto a unos cuantos amigos. Y antes de que lo pregunte, no, ninguno de mis amigos le pegan.- a pesar de que Yoh se mantenía serio, la doctora no pudo evitar soltar una pequeña carcajada con el comentario.
- ¿Qué tipo de relación tiene ella con esos amigos?
- Muy poca, somos todos amigos... Pero ella es un poco cerrada y no se relaciona mucho con ellos.
- ¿Cómo te hiciste tantas cicatrices y marcas?
- Entrenando.
- ¿Para qué?
- Rugby.
- ¿Estás seguro?
- Mi equipo no lleva trajes de seguridad, ni cascos ni nada, por lo que, cuando hacemos placajes o nos los hacen, los golpes los recibimos directamente en cuerpo.
- ¿Y las heridas de Anna?
- No puedo decírselo.
- Yoh... ¿Os habéis peleado?
- Si lo hubiésemos hecho y yo hubiese sido el causante de sus heridas, ahora mismo no estaría aquí, sino tirado en cualquier parte con un agujero de pistola en la boca.
- ¿La quieres mucho?
- ¿Usted que cree? Moriría por ella. Pero... le fallé...
- ¿Me vas a contar lo que sucedió?
- No.
- Yoh, todo esto viene porque tengo... tengo que decirte algo... Acerca de unos resultados de Anna.
Al shaman de cabellos castaños no le gustó para nada la expresión que había tomado la doctora Kuonji. Sin embargo, le pidió que continuara.
- Verás, ordené que le hicieran algunas pruebas en el estómago puesto que parece que ha recibido un fuerte golpe en esa zona... Y bueno... Aquí están los resultados.
- ¿Ha pasado algo malo?
- Yoh, quiero que me respondas a una cosa... Y respóndeme con sinceridad... ¿Anna y tú mantuvisteis relaciones sexuales?
- ¿Qué?- Yoh recordó lo que Hao hacía con la itako y se le volcó el corazón- No, ¿por qué?
- Porque Anna estaba embarazada.
~ * ~ * ~ * Continuará... * ~ * ~ * ~
Annie: Este.... Yo... *sale corriendo antes de que la atrapen las fans de Anna* 5mentarios sobre nada!!
Bushi: Y como siempre, el joven Yoh hará los agradecimientos.
Yoh: ^^ Así es!! Muchísimas gracias a: Xris (de veras valió la pena?? Te gusta verme sufrir! T-T), Holy Girl Iron Maiden Jeanne (Annie: ^^ Graxias!!), Aome (Nos alegra que te agrade la historia ^^), Annami-punk (Annie: ^^Uu a ti tampoco te agrada Tamao? Yo la detesto, a la maiden no tanto pero no aguanto sus puntos de "soylomejorqueexiste" ^////^ De verdad crees que tengo talento? Yo no lo creo asi..), ei-chan (ToT Lo sentimos por tanto suspenso pero el fic es asi...), Annita Kyoyama (Annie: Holas! Volví! xD ¿Os está gustando el fic a ti y a tu hermana? ^^ Gracias por leer) y Annita (Bueno, no se sabe si acabara con un YohxAnna o no, ¿y si Anna no quiere seguir con el compromiso? Yoh: ¬¬ Te callas, Annie...) por sus valiosos reviews y sus encantadoras palabras!! Y sin más demora...
Todos: Matta ne!!!
By Anna Diethel Asakura.
~ * ~ Capitulo 9: Tristes pesadillas; horrible realidad ~ * ~
- Y dime... Em... Yoh. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Por qué me duele todo? ¿Por qué estoy tan herida?
Y Yoh, de repente, empalideció. Y eso no me gustó nada.
- No te preocupes por ello ahora, querida Annita. Lo importante es que estás bien y que te vas a recuperar. Voy a avisar a los demás.- me cambió de tema de la forma más radical que podía recordar. Cada vez me agrada menos lo que sucedía allí.
- ¿Es que hay más gente?- pregunté, bastante molesta por el cambio tan brusco de conversación.
- Claro, nuestros amigos, Annita.- ¿Por qué todo le parecía una total evidencia? ¿Acaso olvidó de que soy yo la que no recordaba nada? Por lo visto, no era la única que tenía amnesia...- Bueno, voy a informarles de que estás bien. No te muevas de aquí.
"- Iré a hacer footing en cuanto te vayas. ¡Oh! Lo había olvidado, tengo una pierna escayolada y el cuerpo me duele tanto que ni me puedo mover. ¿Captas el sarcasmo? Este tipo comienza a resultarme exasperante..."- pensé mientras se levantaba de su asiento.
Pero de pronto, noté sus cálidos labios en mi frente, en algún lugar en el que no me hacía daño, sino que me resultó agradable y una sensación de calma embargó mi dolorido cuerpo. Este respondió por mí y lo abracé como pude con una sonrisa. Él me devolvió ambas cosas, el abrazo y la sonrisa, y después se marchó, no sin antes pedirme en tono casi suplicante que descansara. Me hundí en la almohada, intentando volver a dormirme, obedeciendo. Y el sueño no tardó en volver por mí.
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Yoh todavía podía sentir los frágiles brazos de Anna alrededor de su cuerpo, y hubiese deseado que eso momento fuese eterno... Pero a pesar de todo, él sabía que, en realidad, aquella chica no era la auténtica Anna, solo era una chica que él conocía físicamente, pero que no era la misma personalidad de la itako, y aunque en algunas ocasiones había utilizado su tono de voz frío y áspero, no era lo mismo, y su abrazo no había sido el de Anna, sino uno de auxilio, uno que pedía saber la verdad a gritos... Pero él, claro estaba, iba a ahorrarle ese mal trago a su adorada Anna, no dejaría que lo pasara mal otra vez... No si él podía evitarlo. Casi sin darse cuenta, había llegado a la habitación de Tamao. Yoh tenía la total seguridad de poder contener sus instintos asesinos ante la rosada, después de todo... Bueno, podría contenerse y basta. Entró en la habitación, donde estaban Len, Horo Horo, Fausto, Lyserg y Manta, distribuidos alrededor de la cama. Se acercó con lentitud, encontrándose de repente con los rosados ojos de Tamao, mirándolo con tristeza.
- Joven Yoh...- susurró, ya con lágrimas en los ojos- Quería decirle que lo lamento tanto... No sé en qué diablos estaba pensando. Y si mi memoria no me falla, la mitad de la responsabilidad de lo sucedido es de Conchi y Ponchi. Pero asumo mi culpa y, en cuanto me recupere, volveré a Izumo a despedirme de los señores Asakura y desapareceré para siempre.
Todos miraron primero a Tamao y luego a Yoh, esperando su respuesta. Este miró al suelo, apartando sus ojos de los de la aprendiz. Luego murmuró:
- Bueno, lo principal es que te recuperes. Ya hablaremos de eso.- el tono de voz de Yoh no era frío pero tampoco dulce ni amigable, sino serio y tajante.
- Bueno, ¿cómo está Anna?- preguntó Lyserg, para sorpresa de todos, puesto que ninguno sabía nada de que la itako se encontraba en el hospital.
- Pues... Hace un rato ha despertado.... Tiene amnesia, no recuerda nada.
Algunos emitieron un ahogado grito de sorpresa, otros no dijeron nada y simplemente crearon un silencio que embargó toda la habitación momentos después, que fue roto por sollozos acompañados de lágrimas, pertenecientes a la rosada.
- Todo esto es por mi culpa. Nada de esto debió pasar...- gemía Tamao, sin tratar de ocultar su profundo arrepentimiento.
- No todo es culpa tuya... Casi toda la culpa la tengo yo.- aclaró Yoh, aún mirando las baldosas del suelo. Fausto, Len, Horo y Tamao abrieron los ojos desmesuradamente, incrédulos.
- ¿Qué dices, Yoh?- preguntó Len, pero no obtuvo más respuesta que un sollozo ahogado, proveniente del shaman de cabellos castaños. Una lágrima se deslizó por la mejilla de este y se alojó en su barbilla.
- Yoh, ¿por qué dices eso?- cuestionó el ainú con aire preocupado, acercándose a Yoh. Pero tampoco obtuvo respuesta.
Yoh se giró, lentamente caminó hacia la puerta de la habitación y se marchó. Len y Horo le siguieron mientras Fausto y Lyserg se quedaron intentando sacar a Tamao de su llanto.
Por el pasillo, Yoh iba acelerando la marcha. Sus pies caminaban solos, no sabía dónde iba. Quería ir a ver a Anna, pero no quería hacerla sufrir más. Quería explicarles a los demás lo sucedido, pero no tenía fuerzas. Un pesado agotamiento lo invadió de repente, recordándole que aún tenía falta de algunas horas de sueño y que un pie le dolía con ganas, sin tener en cuenta que él también estaba bastante magullado en varias zonas de su cuerpo. El pie reveló un dolor insoportable, haciéndole perder el equilibrio y caer de bruces al suelo, dándose un fuerte golpe en la cabeza con el mostrador de recepción, junto al que pasaba casualmente.
Al levantarse, ya no había hospital, ni enfermeras, ni calle, ni siquiera blanco... Sino negro, la más absoluta oscuridad. Peor incluso que la cueva de Yomi. Miró a su alrededor, pero no veía nada, solo logró distinguir una luz roja, muy tenue a lo lejos. Corrió hacia ella, pero no se percató de que el pie ya no le dolía. A medida que se iba acercando a la luz, esta se extendía con rapidez por la negrura. Yoh se paró en seco, viendo como la espesa oscuridad anterior se tornaba de un color rojo carmesí, imitando al de la sangre. De pronto, lo que solo era un simple color, se materializó lentamente, cayendo así de todos lados gruesos chorros de sangre por todas partes. Una diminuta gota le cayó en la camisa y acto seguido, su camisa se tornó completamente roja, como si la hubiesen lavado con sangre, manchando su torso de aquel espeso líquido rojizo. El shaman no daba abasto quitándose la camisa y evitando el resto de gotas. Los gruesos chorros se iban uniendo, mientras todo se iba inundando de aquel líquido. Yoh no podía correr, no podía gritar, solo podía esperar a que aquel nuevo océano de sangre lo ahogara en sus entrañas. Cerró los ojos, esperando...
Y esperó mucho hasta volverlos a abrir y encontrarse con su prometida a lo lejos, sonriéndole, ofreciéndole su mano mientras el sol brillaba y el suave viento mecía sus cabellos mientras paseaba las blancas nubes por el cielo azulado. Yoh sonrió y se acercó a ella lentamente, paseando sobre el pasto que repentinamente había.
- Yoh, te he echado de menos.- dijo Anna, en tono dulce y cariñoso. El chico de los cascos anaranjados se sintió en las nubes.
- Yo también a ti, Annita.
- Ven conmigo, Yoh. Vámonos juntos.
- ¿A dónde?
- Solo ven... Confía en mí, mi amor...
- Anna...
- Ven, Yoh, mi dulce Yoh... Ven conmigo... Confía en mí...
Y Yoh le tendió su mano, y justo antes de entrar contacto con ella, todo se volvió fuego, el sol desapareció y Anna se transformó en un terrible esqueleto vestido con un hábito negro, que susurraba con voz áspera y ronca:
- Ven conmigo, Yoh... Ven conmigo a la muerte...
- ¡No!
Y, en ese momento, despertó en una cama de hospital. Se quedó mirando fijamente al techo, intentando recordar qué demonios había ocurrido. Entonces recordó que caminaba por el pasillo, sus piernas flojearon, se cayó y se dio con el borde del mostrador de mármol. Se tocó la cabeza, en el lugar que se había golpeado. Tenía un pequeño vendaje en la herida y estaba húmedo. Genial, sangraba. Unos sollozos lo sacaron de sus cavilaciones y lo obligaron a mirar a su derecha. Allí estaba Anna, en la cama contigua. Y estaba dormida.
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Hace rato que estoy aquí, pero no parece que nadie venga a por mí. Estoy completamente sola, ni siquiera hay alguien que venga a golpearme o insultarme. Parece una locura, pero a veces es preferible que haya alguien haciéndote llorar, que no haya nadie ni siquiera para poder sonreír. Todo es igual a cuando cierras los ojos y no los puedes abrir: estás deseoso de poder ver lo que te rodea, o de quién es la voz que escuchas, o de dónde proviene aquel sonido... Pero aquí no hay nada más que yo, sentada en la nada, con los ojos abiertos y no viendo nada. Intentando tocar el aire que no sopla.
De repente tengo frío y todo se vuelve hielo. Estoy en el interior de la helada nada, porque ni siquiera el hielo tiene color y tampoco se derrite al contacto conmigo. Todo es una superficie deslizante y congelada, lo mires por donde lo mires. A través de las capas de hielo que hay a mi alrededor sé que hay algo, pero no me atrevo a acercarme a un extremo y mirar el exterior. No quiero desear algo que sé que no voy a alcanzar. Siento miedo y tiemblo, y no de frío. Intento levantarme, pero es como si la gravedad hubiese aumentado y no pudiese hacerlo. Mi cuerpo pesa demasiado. Veo como hay cosas que chocan al contactar con el exterior del hielo, pero ninguna logra traspasarlo. Hago uso de todo mi valor y me pongo en pie, decidida temerosamente a ver, a contemplar qué es lo que no puede entrar aquí.
Me dirijo con lentitud hacia un extremo de la negra superficie helada, sin miedo a resbalar y caer, porque realmente sé que no caeré. A medida que me acerco, me sorprendo al ver que no hay ninguna luz, como quién en mitad de la noche se acerca a la ventana para que lo iluminen los rayos de la luna a través del cristal. Mucho antes de llegar a mi destino, encuentro algo con asombro en la lejanía y me acerco a ello con rapidez para saciar mi curiosidad de saber qué es lo que me acompaña en esta triste soledad de hielo. Y me sorprendo más al ver una pequeña caja mostrándome cosas materiales como pendientes, vestidos y cosas así. Y empiezo a comprender, a medida que aumenta mi deseo de ver el exterior. Corro lo más rápido que me dan las piernas hacia ese extremo que sé que muestra el exterior, y veo como ya casi estoy ahí.
Y al mirar, lo veo todo.
Veo luz, veo gente, veo tantas cosas...
Veo a Yoh, veo a Lyserg, a Manta, a Len, Horo, Pilika... Todos. Todos hacen algún esfuerzo por entrar aquí, a la nada. Y Yoh es el que más lo intenta. Golpea el hielo de las maneras más desesperadas. Pero aún no comprendo por qué quieren entrar en el hielo, en la nada, en la negrura.
Y él me ve, ve que estoy aquí, observando como fuera hay cosas que desean entrar mientras yo deseo salir. Y me mira, se acerca y trata de tocarme mientras mis ojos desbordan lágrimas sin preocuparme de lo que puedan decir de mí. Solo quiero salir.
- ¿Por qué quieres entrar? ¿Por qué, si aquí no hay más que fría oscuridad?- pregunté, aún a pesar de que mientras lo hacía varias lágrimas se introducían saladas en mi boca.
- Porque eso, Anna,- me respondió- es tu corazón.
Mi llanto se incrementó, a la vez que se le unieron amargos sollozos sin controlar. Miré con impotencia cómo muchas cosas querían entrar en mi frío corazón. Ya no solo personas, sino recuerdos y sentimientos a los que mi barrera de hielo no dejaba pasar. Grité de desesperanza e incomprensión, incapaz de saber exactamente por qué y me dejé caer de rodillas al suelo, sin pretender si quiera levantarme ni hacer ya esfuerzos por salir. Alguien surgió tras de mi de entre las sombras y volteé para verlo. Era la viva imagen de mi amado, solo que esta vez su imagen tiene una sonrisa cínica y un aspecto siniestro. Y me abraza, porque sabe que no puedo negarme a él, porque sabe que no puedo dejar que nadie venga conmigo, porque sabe que no quiero destruir la felicidad de los demás. Y me dejo abrazar porque, por mucho que le odie, tiene razón.
Continué llorando hasta que desperté en el blanco resplandor del hospital, de nuevo sin recuerdos de nada, con un tremendo dolor de cabeza y las mejillas surcadas por lágrimas recientes, segundos antes de volver a dormir.
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Yoh vio como Anna despertaba y volvía a dormir en menos de diez segundos. Pensó que entre las pesadillas que debía estar sufriendo, el cansancio de tantas noches sin dormir, el dolor de todo su cuerpo, las cantidades de suero que le administraban para sofocarle el dolor y los esfuerzos que hacía por recordar rebasaban con creces los límites de aguante de la itako. Yoh también estaba muy cansado y su cuerpo pedía a gritos dormir, pero no quería. Quería cuidar de Anna, costase lo que costase. Se miró el tobillo vendado e intentó moverlo, pero los pinchazos de dolor y el vendaje se lo impidieron, provocándole un quejido ahogado. Se hundió en la almohada, devolviendo su mirada al techo, expulsando de su mente cualquier pensamiento que pudiese distraerlo.
El sonido de la puerta abriéndose y de unos zapatos caminando hacia él le hizo girar los ojos hacia la persona que acababa de entrar, que era ni más ni menos que la doctora Kuonji, que traía una bandeja de comida.
- Hola, Yoh.- saludó Ukyo con una sonrisa mientras acomodaba la bandeja para que Yoh pudiese acceder fácilmente a ella- Veo que ya has despertado. Te traigo algo para comer. Me dijeron que te habías golpeado en el pasillo y que estabas inconsciente, yo misma te traté y ordené que te trajeran aquí, con tu prometida. ¿Te parece bien?
- Perfecto, doctora. Gracias.- dijo Yoh, oscilante entre ausente y mareado. Se dio cuenta de que él también estaba conectado a una bolsa de suero y que la comida no tenía un aspecto, ni mucho menos, apetitoso. Todo le daba nauseas.
- Me di cuenta de que tienes el cuerpo lleno de heridas y cicatrices. Algunas muy recientes, otras bastante antiguas.- la doctora tenía ahora un gesto serio y preocupado- No es muy normal en gente de tu edad.
- Doctora, no me pregunte sobre lo que me ha pasado, ni por lo que le ha pasado a Anna. Todo es muy confuso, tanto para mí como lo sería para usted y no quiero involucrarla en cosas que no la conciernen.
- Bueno, de todas formas sabes que estoy bajo una norma que me impide hablar sobre lo que les sucede a mis pacientes. Y venía a hablar contigo de ello. Yoh, sé que lo que os ha pasado a ti y a Anna no debe ser una tontería. Si no quieres hablar de ello, no lo hagas, pero por favor, responde a mis preguntas. Si ha sucedido algo que yo deba saber, es posible que Anna o tú estéis bajo un peligro mayor. Aparte de médico, soy psicóloga y, además, persona, y sé tratar los problemas de los pacientes. Por favor, ¿responderás a mis cuestiones?
Yoh la miró, pensativo. ¿Debía hacerlo? Era un médico, y como tal estaba obligada a guardar el secreto profesional. Por lo tanto, podía confiar en ella. Por otra parte, la historia no era un cuento de hadas, y mucho menos algo que ningún ser humano normal pudiese entender. La examinó con la mirada: Era joven, de cabello castaño y liso, largo hasta la cintura y ni alta ni baja. Debía tener unos veinticinco años, veintisiete como mucho. Sus ojos eran marrones y poseía en ese momento una mirada preocupada y curiosa, deseosa de saber respuestas. Era una chica joven, no debía verse mezclada en asuntos de este tipo... Sin embargo asintió.
- ¿Tus padres te pegan?- preguntó Ukyo directamente, sin ningún tipo de rodeo.
- Mis padres están en Izumo, viviendo con mis abuelos en la mansión de los Asakura. Voy a verlos de vez en cuando, pero aún así es muy raro que me golpeen. En todo caso, mi abuelo me da algún coscorrón de vez en cuando, si me lo merezco. Pero no, de esa forma que usted piensa no.
- ¿A Anna le pegan sus padres?
- Ni ella ni yo los conocemos. La abandonaron cuando tenía cuatro o cinco años en la puerta de la mansión de mis abuelos y desde entonces vive con nosotros. Ahora vivimos los dos en Tokio, en una pensión de mi familia junto a unos cuantos amigos. Y antes de que lo pregunte, no, ninguno de mis amigos le pegan.- a pesar de que Yoh se mantenía serio, la doctora no pudo evitar soltar una pequeña carcajada con el comentario.
- ¿Qué tipo de relación tiene ella con esos amigos?
- Muy poca, somos todos amigos... Pero ella es un poco cerrada y no se relaciona mucho con ellos.
- ¿Cómo te hiciste tantas cicatrices y marcas?
- Entrenando.
- ¿Para qué?
- Rugby.
- ¿Estás seguro?
- Mi equipo no lleva trajes de seguridad, ni cascos ni nada, por lo que, cuando hacemos placajes o nos los hacen, los golpes los recibimos directamente en cuerpo.
- ¿Y las heridas de Anna?
- No puedo decírselo.
- Yoh... ¿Os habéis peleado?
- Si lo hubiésemos hecho y yo hubiese sido el causante de sus heridas, ahora mismo no estaría aquí, sino tirado en cualquier parte con un agujero de pistola en la boca.
- ¿La quieres mucho?
- ¿Usted que cree? Moriría por ella. Pero... le fallé...
- ¿Me vas a contar lo que sucedió?
- No.
- Yoh, todo esto viene porque tengo... tengo que decirte algo... Acerca de unos resultados de Anna.
Al shaman de cabellos castaños no le gustó para nada la expresión que había tomado la doctora Kuonji. Sin embargo, le pidió que continuara.
- Verás, ordené que le hicieran algunas pruebas en el estómago puesto que parece que ha recibido un fuerte golpe en esa zona... Y bueno... Aquí están los resultados.
- ¿Ha pasado algo malo?
- Yoh, quiero que me respondas a una cosa... Y respóndeme con sinceridad... ¿Anna y tú mantuvisteis relaciones sexuales?
- ¿Qué?- Yoh recordó lo que Hao hacía con la itako y se le volcó el corazón- No, ¿por qué?
- Porque Anna estaba embarazada.
~ * ~ * ~ * Continuará... * ~ * ~ * ~
Annie: Este.... Yo... *sale corriendo antes de que la atrapen las fans de Anna* 5mentarios sobre nada!!
Bushi: Y como siempre, el joven Yoh hará los agradecimientos.
Yoh: ^^ Así es!! Muchísimas gracias a: Xris (de veras valió la pena?? Te gusta verme sufrir! T-T), Holy Girl Iron Maiden Jeanne (Annie: ^^ Graxias!!), Aome (Nos alegra que te agrade la historia ^^), Annami-punk (Annie: ^^Uu a ti tampoco te agrada Tamao? Yo la detesto, a la maiden no tanto pero no aguanto sus puntos de "soylomejorqueexiste" ^////^ De verdad crees que tengo talento? Yo no lo creo asi..), ei-chan (ToT Lo sentimos por tanto suspenso pero el fic es asi...), Annita Kyoyama (Annie: Holas! Volví! xD ¿Os está gustando el fic a ti y a tu hermana? ^^ Gracias por leer) y Annita (Bueno, no se sabe si acabara con un YohxAnna o no, ¿y si Anna no quiere seguir con el compromiso? Yoh: ¬¬ Te callas, Annie...) por sus valiosos reviews y sus encantadoras palabras!! Y sin más demora...
Todos: Matta ne!!!
