Aquí tienen el segundo cap, el cual revisé un millón de veces antes de subirlo!
Espero algún review de parte de los lectores ;O; por favor *-*
Lo único que faltaba para que su hogar luciera como la verdadera casa de Santa Claus eran los pequeños y ágiles duendes trabajadores corriendo de un lado a otro, con sus sombreros puntiagudos y sus trajes verdes. Por lo demás, tanto el interior como el exterior de su casa estaban adornados con bellísimas luces, llamativas guirnaldas, campanas decorativas en un sinfín de colores y un gran muñeco de Santa Claus. Únicamente en el interior habían bastones dulces de fantasía; peluches de renos, osos polares y muñecos de nieve; figuras de angelitos y del mismo Santa, bolas de cristal con nieve artificial en el interior, piñas de pino teñidas de dorado, botas de fieltro colgadas en las paredes, un extenso tren decorativo de cerámica y una amplia ciudad navideña en miniatura ubicada sobre un exhibidor de pino.
El cielo de la sala de estar era más alto que el promedio de las casas nórdicas, por lo que Tino consiguió armar un árbol aún más grande que el del año anterior, el cual tocaba la parte alta de la habitación con la cristalina estrella que se hallaba en su copa. Lucía en sus ramas millones de esferas de colores, guirnaldas y colgantes con forma de estrella y copos de nieve, y quien ponía especial atención a las pequeñas figuras que se asomaban entre el ramaje sintético podía percatarse de los auténticos y traviesos duendecillos que jugaban a las escondidas, pero ya muy pocos países creían en la existencia de seres mágicos, por lo que sólo unos cuantos privilegiados podían verlos.
Por supuesto que Tino no había hecho todo esto solo: Berwald lo ayudó con los trabajos más pesados y lo acompañó durante todo el proceso para cuidar de él en caso de que tuviera dificultades o un accidente. El inocente finlandés nunca sospechaba con qué intenciones hacía esto, e incluso se sentía incómodo cuando se percataba de que el sueco llevaba demasiado tiempo la mirada puesta en él.
"¿Por qué me mirará tanto? —pensaba Tino, sintiendo algo de miedo— ¿Me estaré equivocando en algo?
"No puedo no preocuparme por él —pensaba Berwald—. Si algo le pasara, me sentiría muy mal.
Y tanto trabajo había valido la pena: su hogar era como una gigantesca fogata de colores en medio de la oscuridad de la noche, por lo que a nadie le habría extrañado que los mismos Reyes Magos hubiesen llamado a su puerta en mitad de la fiesta.
Alrededor de las siete comenzaron a llegar los primeros invitados. Obviamente, quienes se presentaron antes que todos fueron los bálticos.
—¡Eduard! —saludó Tino al verlo aparecer por la puerta— ¿Cómo has estado? —preguntó mientras lo abrazaba amistosamente.
—Muy bien, Tino —sonrió, respondiendo efusivamente al abrazo—. Gracias. ¿Y tú? ¿Qué tal?
—¡Excelente! —contestó con muchos ánimos— ¡Espero que se diviertan muchísimo!
—¡Claro que sí!
—Qué hermosa luce su casa con todos estos adornos navideños, señor Väinamöinën —opinó el letón con timidez.
—Gracias, Raivis —le sonrió amablemente.
—Bueno, nosotros no quisimos venir sin aportar con algo para la cena —dijo Taurys, quien traía una caja de tamaño mediano consigo—, así que trajimos esto.
—¿De verdad? —preguntó con una amplia sonrisa— ¡Genial! Me encanta la comida báltica y estoy seguro de que a los demás les fascinará. Veamos…
Cuando Tino abrió la caja se encontró con una gran cantidad de kūčiukai, un postre tradicional navideño de Lituania que lucía verdaderamente apetitoso.
—¡Kūčiukai! Hace mucho que no veía comida típica lituana. ¡Muchas gracias! La colocaré en la mesa, aunque… necesito pocillos —avisó antes de dirigirse rápidamente hacia la cocina. Además, debía recibir a los invitados que comenzaran a llegar después.
Berwald, al no ser tan sociable como Tino, prefirió encargarse de supervisar en el patio trasero a los técnicos que trabajaban en el montaje del concierto, el cual comenzaría a las diez.
—¡Qué árbol tan impresionante! —chilló Alfred, quien llegó poco después de los bálticos— ¡Es casi tan impresionante como el que hay en mi casa, sólo que mucho más sobrio! Y además, es de plástico —agregó, levantando una ceja—, no como el mío, que fue talado del bosque de pinos más grande de mi nación.
Tino no captó la soberbia en sus palabras y rió inocentemente.
—Cállate, idiota —susurró Arthur, proporcionándole al joven de anteojos un fuerte codazo en las costillas.
—Bueno, en mi país hemos aplicado la política del ahorro de recursos por décadas— explicó el finlandés—, y aunque pienso que un pino de verdad luciría mucho mejor que uno sintético, no quiero hacer ningún mal a la naturaleza.
"Ahh, qué aburrido es —pensó Alfred mientras se sobaba las costillas, amurrado—. Si piensas en el medio ambiente, no puedes llevar a cabo tantas ideas geniales…
En ese momento, Arthur notó que una de las ramas del árbol navideño estaba agitándose, como si tuviera vida propia… o como si hubiera algo dentro de éste. Entonces, apareció una pequeña cabeza azulada con una gran nariz y una amplia sonrisa.
—¡Waaah! ¡Duendes! —exclamó el inglés con los ojos brillando de la emoción mientras el duendecillo le hacía señas.
—Creo que alguien ya está ebrio —insinuó el estadounidense con una sonrisa socarrona. Evidentemente, él no podía verlos, ya que lo único en lo que podía creer eran los fantasmas y los extraterrestres.
—¿Pero qué dices, tarado? ¡No he bebido nada aún!
Y cuando ambos anglosajones se alejaron discutiendo, Vash y Lily se acercaron para saludar al anfitrión de la fiesta.
—Gracias por invitarnos a su fiesta, señor Väinamöinën —dijo Lily, haciendo una elegante reverencia ante él.
—Sí, gracias —musitó el suizo, tan serio como de costumbre.
—No hay que agradecer —sonrió.
—Si no le molesta, pensaba esconder chocolates por todo el cuarto —comentó la chica de grandes y profundos ojos azules, enseñándole una pequeña bolsa de género semitransparente atada con una cinta—. Es una parte de nuestro regalo de navidad para todos. Por eso, quería pedirle permiso…
—No, no me molesta para nada —respondió amablemente—. Pero tengan cuidado: los duendes de mi casa aman los chocolates.
—Me sorprende que aún creas en esas cosas —dijo Vash. Tino no hizo más que regalarles una sonrisa a ambos—. Lily, te ayudaré.
En ese preciso instante, Berwald regresó del patio trasero. Se dirigió hacia el depósito que ocupaban para guardar los adornos navideños —y que vaciaban por completo una vez al año—, ya que debía encontrar unas luces de efectos especiales que serían colocadas en el escenario. De pronto, fue sorprendido por una voz estridente que conocía muy bien:
—¡Así que estás acá, Berwald!
Volteó para comprobar sus sospechas. Efectivamente, se trataba de Morten, ese danés hablador de cabello puntiagudo cuya presencia le incomodaría eternamente.
—Hola —respondió secamente.
—Vaya, no recordaba lo grande que era la casa de Tino… hace mucho que no venía a una de sus fiestas. Ahora que lo pienso, ni siquiera recuerdo cómo llegué aquí. ¡Ah, sí! Fue porque buscaba el baño, pero me perdí. ¿Tú sabes dónde está? Oh, pero qué estoy diciendo, si esta es tu casa también. A todo esto, el árbol de este año es más grande que el anterior, ¿no?
Casualmente, Tino también se dirigía hacia el baño, pero se detuvo cuando escuchó la voz de Morten que provenía del depósito. ¿Qué estaba haciendo ahí?... Decidió permanecer afuera para averiguarlo, ya que éste parecía estar hablando con otra persona. Entonces, escuchó la voz de Berwald.
—Con permiso —pidió de manera tajante tras haber tomado una caja de cartón repleta de guirnaldas luminosas, ignorando todo lo que el danés había dicho anteriormente—, tengo que ayudar con la fiesta de mi esposa.
—¿Eh? —soltó, pasmado— ¡Oye, oye! ¡Berwald!
Berwald se detuvo y volteó, comenzando a fastidiarse.
—¿Por qué lo llamas "esposa"? —preguntó con curiosidad— Todos sabemos que Tino no es una mujer… y ustedes tampoco están casados.
Berwald se sonrojó y respondió tras desviar la mirada:
—Porque es como si fuera mi esposa.
"Por Dios, Su —pensó Tino, poniendo los ojos en blanco—… no entiendo por qué sigues con eso…
—¿Pero qué dices? —rió Morten, tomándose aquel comentario como una broma, a pesar de que nunca lo había escuchado bromear en su vida— ¿Acaso te gusta? —preguntó antes de soltar otra carcajada. El rostro del sueco enrojeció violentamente.
Tino se quedó de piedra escuchando las risas del danés. ¿Por qué Berwald no había respondido nada?
Morten le dio una palmada en la espalda a aquel hombre de gran estatura.
—Vamos, los demás deben estar esperándonos.
Berwald asintió, completamente mudo.
Después de que Morten atravesara la puerta, como si aún quisiera responder la pregunta que le había hecho, el sueco murmuró:
—Porque lo quiero como si fuera mi esposa…
Permaneció sonrojado e inmóvil, con la vista puesta en el suelo, oprimiendo los dedos en torno a la caja que aún sujetaba. En aquella postura lo encontró Tino cuando entró al depósito con una expresión muy seria, sin saber exactamente qué decir, y su compañero de hogar comprendió de inmediato que había estado escuchando su conversación.
