Hol...! -antes de terminar su saludo, un tomate proveniente del público se estrella contra su cara- ... NUEVAMENTE LO SIENTOOOOO! -llora-
De verdad, la inspiración y la motivación de seguir esta historia me fallaron durante meses. No actualizo este fic desde finales del año pasado, y por ello, me haré cargo de mis malas acciones (?) No quiero prometer nada, ya que me conozco y sé que soy algo inconstante para mis cosas, pero les aseguro que no volveré a tardar tanto en actualizar ESTA historia (con las demás ténganme más paciencia, se los ruego TT_TT)
Como siempre, espero que les guste, aunque sea un puente para lo que ocurrirá en el cap que viene... y no les adelanto más.
Saludos!
Nota: Léa es el nombre humano que escogí para Bélgica, ya que el más popular entre los fans (Bella) no es un nombre propiamente belga ^^ (yo y mis investigaciones por el fandom~~)
Tino tragó saliva.
—Su —murmuró sin poder despegar la mirada del piso—… ¿de qué estaban hablando tú y Morten?
Imposibilitado para articular una sola palabra, Berwald agachó la cabeza. ¿Qué podía responder si ni siquiera él mismo lo sabía?
El corazón de Tino latía con muchísima fuerza, al punto que sentía que se le iba a salir del pecho en cualquier momento.
"Tengo que preguntárselo —se dijo a sí mismo—… Si no lo hago… nunca comprenderé lo que ocurrió hace un instante.
—¿Qué… qué es lo que sientes por mí, Su?
Berwald guardó silencio otra vez y sintió sus mejillas ardiendo como nunca antes lo habían hecho. Las palabras que se encontraban atascadas en su garganta deseaban salir, pero incluso ellas tenían miedo de ser escuchadas.
—Durante… mucho tiempo —reveló el finlandés en murmullos—… durante siglos —rectificó— me pregunté por qué rayos me llamabas "esposa"… y ahora que dijiste eso… no sé si has aclarado mi duda o has hecho que aparezcan más…
El sueco deseaba responder de forma que quedasen más que claros sus sentimientos, pero todos sus músculos estaban entumecidos por los nervios. Tino lo conocía bien y sabía que Berwald nunca había reaccionado de esa manera en el pasado, por lo que la respuesta a aquella pregunta debía ser…
—Bueno —rió al darse cuenta de que no conseguiría nada si seguían allí—, será mejor que volvamos, ¿no? Puede que Peter esté haciendo alguna travesura.
Lo único que pudo hacer Berwald fue asentir con la cabeza.
Y así regresaron a la fiesta como si nada. ¿Qué podían hacer aparte de caminar nerviosamente al lado del otro?
"… No sé qué hacer —pensó con tristeza aquel hombre de duro semblante.
En el intertanto, Feliks se colocó un traje de bailarina de Can Can rojo —con plumas en la cabeza y todo— y había estado bailando para todos sobre una silla del comedor.
—¡Feliks, baja de ahí, por favor! —clamó Taurys por enésima vez, sumamente avergonzado.
—Ay, ¿pero por qué siempre te portas tan seriote? —respondió mientras seguía bailando— ¡Deberías, tipo, relajarte un poco y divertirte, como todos aquí!
—¡No lleves esas palabras tan al extremo!
Contrariamente a la opinión del lituano, los demás invitados aplaudían la improvisada actuación de Feliks y lo observaban con mucha atención… con algunas excepciones, claro: En la otra esquina del comedor, Yong le había levantado la falda a Lily y Léa, causando que Vash se encolerizara.
—¡REGRESA, DEPRAVADO! —bramó el suizo mientras lo perseguía con una escopeta— ¡NADIE LE LEVANTA EL VESTIDO A LILY Y VIVE PARA CONTARLO!
En ese momento apareció Peter, quien corría a través del salón con una corbata cuadrillé en sus manos mientras un enfurecido Arthur lo perseguía.
—¡MOCOSO SINVERGÜENZA! ¡DEVUÉLVEME MI CORBATA! —aulló el británico— ¡ES DE BURBERRY, MALDICIÓN! ¡NO SE PUEDE DAÑAR!
—¡Eso si logras atraparme! —gritó el muchacho.
Y aquella escena se mostró frente a los ojos de ambos nórdicos en menos de diez segundos. Tanto Tino como Berwald olvidaron completamente lo que había ocurrido momentos atrás en el depósito. La fiesta comenzaba a convertirse en un caos, y no deseaban en lo más mínimo que ésta se convirtiera en uno definitivo. Berwald dejó la caja con luces en el suelo al mismo tiempo que Tino comenzó a correr.
—¡Peter, vuelve acá ahora mismo! —le ordenó Tino, uniéndose a la persecución.
El sueco, por su parte, decidió detener a Vash primero, porque el baile de Feliks, a pesar de que no se encontraba en la lista de actuaciones y números musicales para esa noche, no era más preocupante que un hombre corriendo furioso con un arma de fuego dentro de tu propia casa.
Minutos más tarde, la calma regresó al comedor: los causantes del alboroto pidieron disculpas y prometieron no volver a molestar a nadie… al menos durante esa noche, y mientras se encontraran en la casa de ellos. Después de todo, el solo hecho de observar el rostro de Berwald mínimamente molesto era razón suficiente como para que murieran en una persona todos los posibles deseos de causar desorden, independientemente del nivel de cordura que ésta tuviese.
Eran las ocho. La fiesta había comenzado una hora atrás y el anfitrión ya deseaba que se terminara. No podía concentrarse adecuadamente en los últimos detalles relacionados con la cena debido a que una palabra hacía eco en su cabeza sin cesar:
—"Esposa"… —pronunció en un susurro casi inaudible, con la mirada perdida.
—¿Señor? —preguntó uno de los chefs, sacándolo de sus pensamientos.
—¿Ah? Lo siento, me distraje…
—Necesitamos que nos diga la cantidad de arenque a la marinera y pato con moras que debemos preparar.
—Sí, en seguida.
Tras haber coordinado el asunto de la cena navideña, el joven de ojos violáceos decidió tomar un poco de ponche y salir al patio trasero para reflexionar acerca de lo ocurrido. Una parte de él deseaba ignorar lo que escuchó en el depósito, pero en el fondo sabía que no podía olvidarlo. La otra parte prefería pensar que Berwald había querido decir otra cosa; de esta manera, todo seguiría siendo igual para los dos y no pondrían en riesgo la amistad que tenían. Además, nunca había estado interesado en otra persona… u otra nación… y no sabría qué hacer si llegaba a enamorarse de alguien.
"Pero eso no quiere decir que no pueda comenzar a sentirlo —pensó Tino, percatándose casi de inmediato de la magnitud de aquella idea—… Un momento… ¿por qué pensé eso? ¿No será que…?
—¡Tino! —pronunció una voz conocida a sus espaldas. El finlandés volteó sobresaltado. Se trataba de Taurys, que llevaba una copa de ponche en la mano derecha, al igual que él.
—Ho-hola —respondió nerviosamente.
"¿Qué te está pasando? No era Su, Tino, no era Su… ¡y aunque lo fuera! ¿Por qué estás pensando tanto en él?
—Quería darte las gracias por haber detenido a Feliks; él no tiene ni una pizca de sentido común, y bueno… no puedo evitar preocuparme siempre por él.
—No es nada.
En ese momento, algo en Taurys le recordó a Berwald, aunque no supo exactamente qué era. Entonces, una idea nació en su cabeza: ¿y si le hablaba, indirectamente, acerca de su confusión? Después de todo, aquel joven era bastante sabio e inteligente, y lo conocía lo suficiente como para saber que era una persona confiable.
—Esto… ¿Taurys?
—¿Sí?
—¿Por qué te preocupas tanto por Feliks?
Ante aquella pregunta, el rostro del lituano se transformó: la serenidad que se apreciaba en su sonrisa y ojos fue reemplazada por una expresión que podría haber sido confundida con miedo, pero se trataba de algo diferente.
—¿Po-por qué preguntas eso? —soltó, invadido por los nervios— ¿No es una pregunta algo extraña?
—No lo creo, ¿por qué tendría que serlo?
Y habiendo escuchado esto, el lituano se quedó sin argumentos. Respiró hondo y contestó:
—Pues supongo que es porque lo estimo mucho.
—¿Lo estimas? —repitió.
—Sí —asintió mientras sus facciones comenzaban a relajarse—… mucho.
—No quisiera ser un metiche, pero… ¿qué clase de cosas has hecho por él?
El joven de cabellos castaños levantó la mirada hacia el cielo con cierto aire de nostalgia.
—Durante las numerosas guerras en las que nos vimos envueltos —relató—, Feliks era completamente inútil: nunca estaba preparado para las batallas y hacía los preparativos a último minuto. Por alguna extraña razón, siempre sentí la necesidad de ayudarlo y cuidarlo… aunque no pudiese ni me correspondiera protegerlo de los problemas en los que él mismo se metía.
—Ya veo… —murmuró con voz queda. Desgraciadamente, aquella respuesta lo dejaba con más interrogantes.
—¿Y a qué se debe aquella pregunta?
Tino no supo qué contestar.
—Bueno, es que… es que —balbuceó, soltando pequeñas risas nerviosas—… yo…
Pero el comprensivo Taurys captó de inmediato que se trataba de un asunto personal, por lo que decidió cambiar de tema y darle al confundido finlandés un espacio para meditar.
—¡Ah! —saltó de repente— Recordé que debía conversar de algo con Raivis y Eduard. Con su permiso —pidió antes de retirarse, pero cuando hubo avanzado unos pocos pasos, volteó y observó a Tino con una amable sonrisa—… A propósito, el ponche está delicioso.
El joven de cabello platinado permaneció quieto, desconcertado por la rápida salida del lituano, mientras sostenía su copa de ponche.
Siendo que Taurys le había dado una pista fundamental para resolver su problema, aún no conseguía comprender sus propios sentimientos. Le daba un poco de miedo pensar en ello, y es que era la primera vez que se enteraba de que alguien sentía esa clase de cosas por él.
¿Qué debía hacer?...
Seguramente, dejar que las cosas se dieran solas.
