-Esquiva de manera acrobática todos los tomatazos del público-
Aquí estoy otra vez! -Recibe una cáscara de plátano con todo el rostro- No, no estaba muerta... y tampoco andaba de parranda, por desgracia ;_; He estado colapsada! El Instituto es impresionantemente explotador. Sólo espero que el año que viene sea un poco más relajado... porque echaba de menos tener algo de tiempo libre para continuar mis historias.
Éste es uno de los últimos capítulos, damas y caballeros. Así es, queda uno y medio (?) aparte de éste. Espero que les guste, ya que me costó mucho hacerlo interesante y conectarlo de alguna manera con el capítulo que viene...
Y eso! No quiero adelantarles nada.
Lean y opinen, por favor! ^^
Los minutos transcurrían con una lentitud increíble para los dueños de casa. Cuando dieron las ocho y media, Tino captó que había dejado de sentirse a gusto en su propia fiesta desde que salió del depósito junto con Berwald, así que decidió hacer algo al respecto.
—Vash, ¿Lily y tú ya prepararon lo de los chocolates?
—Sí, ¿por qué?
—Quería saber cuándo nos darían la sorpresa que tenían planeada.
—No es algo que deba decir; después de todo, es una sorpresa.
—… Buen punto —concordó el chico, agachando la cabeza con resignación. Con ello comprendió que lo único que podía hacer era atraer la atención de la gente para así distraerse un buen rato… ojalá hasta las diez. Seguramente, la música del concierto lo distraería más que cualquier otra cosa.
Habiendo decidido esto, conectó un micrófono a dos enormes parlantes, disminuyó la intensidad de las luces e hizo un llamado al silencio dentro del salón principal.
—Esto… ¡Buenas noches, damas y caballeros! —saludó con una gran sonrisa. Los invitados movieron la cabeza en todas direcciones, buscando la figura de Tino a través de su voz— Me disculpo por interrumpir sus conversaciones en un momento como éste —dijo con una nota de nerviosismo en la voz mientras los demás países lo observaban expectantes—, pero debo anunciar que ha comenzado ¡el show de entretenimiento navideño!
Una oleada de murmullos ansiosos comenzó a expandirse por todo el salón. El plan improvisado de Tino estaba funcionando…
Berwald, por su parte, había estado supervisando todos los aspectos técnicos del concierto, no sólo porque deseaba que fuese magnífico, sino porque también necesitaba pensar lo menos posible en Tino, y cuando comprobó que no quedaba nada más por hacer, decidió marcharse y regresar al cálido interior de su hogar. Allí dentro se encontraban los demás países, riendo y aplaudiendo las actuaciones que se estaban realizando en medio del salón.
Arthur había hecho un número de magia improvisado usando sólo un sombrero, una capa y una varita; Yao y Lee hicieron acrobacias con un circo chino que, de casualidad, estaba haciendo una gira por Europa y en ese momento se encontraba en Finlandia; y Alfred se hallaba en ese mismo instante sentado en un taburete, contando una serie de chistes al más puro estilo americano.
—… En un estadio había un futbolista inglés, un comerciante ruso y un arquitecto estadounidense. Entonces, el ruso le dice al inglés…
Tino había estado observando el show con alegría, pero a pesar de lo mucho que se estaba divirtiendo, había algo contra lo cual no podía luchar: cuando captó la figura de Berwald en medio de la multitud, experimentó una serie de sentimientos contradictorios que borraron la sonrisa de su rostro. La silueta del sueco destacaba fácilmente debido a su altura, por lo que el joven de cabello platinado difícilmente podía ignorarlo; no importaba cuánto se esforzara en mantener su mirada alejada de esos ojos claros y esas facciones duras, sus propios ojos se dirigían de manera involuntaria hacia el lugar en donde él se encontraba.
El acto del norteamericano concluyó con un chiste que logró sacar las carcajadas más sonoras que se habían escuchado esa noche, obligando a Tino a colocarse en el centro del salón, alumbrado por la luz del foco y rodeado por el público, para invitar a un último participante.
—Bueno… nos estamos acercando al término de este acto —anunció intranquilo—, lo que significa que sólo una persona más puede subir aquí y mostrarnos sus talentos. ¿Quién se…?
—¡Yo, yo! —exclamó un entusiasmado Feliciano, sin permitirle al anfitrión terminar su frase— ¡Yooooooo!
—Pues… ¡adelante!
En cuanto el italiano se ubicó bajo la luz del foco, Tino le cedió el micrófono y se hizo a un lado.
—¡Buenas noches a todooos! Como quiero que cada uno de nosotros se marche de aquí con una sonrisa, ¡les dedicaré una canción que yo mismo compuse!
Los aplausos sonaron con fuerza dentro del salón. El joven de mirada soñadora aclaró su garganta antes de comenzar con su canto acapella:
Ya es medianoche
Los niños duermen, ángeles parecen
Una sonrisa iluminará sus rostros
Cuando, al despertar
Encuentren hermosos presentes
La voz del intérprete era suave y melodiosa, por lo que cada uno de los invitados sintió una repentina calidez interior.
Inconcientemente, el finlandés dirigió su vista hacia el público en ese instante y se encontró con dos ojos claros que habían estado buscando los suyos. Cuando sus miradas se cruzaron, una mezcla de tristeza y nerviosismo invadió a ambos jóvenes de tez nívea. Tino desvió la mirada rápidamente, ya que no se sentía capaz de mantener contacto visual con la persona a la cual había estado evitando. Y debido a aquella reacción, numerosas dudas asaltaron al sueco:
"¿Por qué él no quiere mirarme? ¿Por qué nos estamos evitando? ¿Por qué ahora no quiero pensar en él cuando antes siempre lo hacía con gusto?...
Y esos pensamientos no lo dejaron en paz hasta el cierre del show, que fue cuando decidió que haría algo al respecto.
El salón se vio nuevamente iluminado y los interminables aplausos dejaron en claro que el show había sido espectacular. Finalmente, Tino hizo un buen trabajo como anfitrión, pero —por desgracia para él— aún faltaban alrededor de quince minutos para el inicio del concierto.
"Y no transcurrirán con mayor rapidez si me quedo aquí sin hacer nada —se dijo a sí mismo—. Es mejor que converse con mis invitados… apenas he podido hablar con unos pocos.
Y antes de que decidiera incluso con quién iba a hablar, alguien pronunció su nombre en voz alta. Era Berwald.
"¡Maldición! ¿Qué haré ahora?...
—Tino, necesito decirte algo —comenzó a decir el sueco, pero un elemento ubicado en el arco bajo el cual se encontraban causó que se detuviera bruscamente.
