Holalala!
Sí, ha pasado tiempo desde que actualicé esta historia... pero he estado estrujando mi cerebro. Dicen que pasar mucho tiempo sin hacer que la mente trabaje produce que las ideas se atasquen, y para revertir ese efecto es necesario hacerla trabajar... y bueno, sólo me puse frente al PC, abrí mis archivos .doc, puse música variada, comencé a leer, pensé muchas veces "qué escribiré ahora?..." y TACHÁAAAN! Las palabras salieron!
Tenía tantas ganas de terminar este capítulo u.u...
Eso sí, este no es el último. Queda uno solo que será bastante breve, como una especie de epílogo, y por eso les pido que tengan paciencia! Lo subiré lo antes posible ^^ -Palabra de fan *^*-
Espero que les guste!
Sin saber por qué, Berwald había desviado su mirada en dirección al techo y pudo observar que se hallaban bajo un muérdago. Sus mejillas enrojecieron y Tino, al captar esto, se extrañó.
—¿Qué sucede, Su? —preguntó con una nota de miedo en la voz.
El sueco bajó la mirada sin responder, sumamente avergonzado. Fue en ese momento que el joven de ojos violáceos levantó la vista y supo de inmediato qué había causado el repentino cambio de color en el rostro de su compañero. Observó perplejo el pequeño adorno navideño, el cual poseía un gran significado, y sus mejillas también fueron teñidas con un intenso rubor.
Ambos evitaron la mirada del otro con las manos temblorosas y el corazón acelerado, preguntándose qué rayos se podía hacer en un momento como ese…
¿Besarse? ¿Pero cómo? Tino se había enterado unas pocas horas atrás de que Berwald no lo quería como un amigo, mientras que el sueco nunca había tenido el valor suficiente como para sincerarse con él.
Era una situación sumamente incómoda.
Se mantuvieron en silencio, con los nervios carcomiéndoles el corazón y las tripas, escuchando sus propios latidos resonando más fuerte que nunca… hasta que Tino rompió el silencio con una risa nerviosa.
—C-Creo que nos están llamando.
Al cabo de unos segundos, mientras Tino volvía a reír, Berwald respondió:
—No nos ha llamado nadie.
Y era cierto, sólo había sido uno de esos comentarios que Tino acostumbraba hacer para aligerar el ambiente que se creaba con frecuencia entre ambos.
—A-Ah… e-entonces…
"¿Y ahora qué…? —pensó el finlandés al darse cuenta de que no había salida.
En ese instante, Berwald se dio cuenta de que estaba desaprovechando una oportunidad que le había sido ofrecida en bandeja de plata.
¿Qué sentido tenía seguir ocultando sus verdaderos sentimientos, manteniendo a Tino en la incertidumbre? Mentirse mutuamente no los haría más felices, no era lo correcto…
¿Entonces?
Hizo uso de toda su valentía y colocó sus manos sobre los hombros de Tino.
—¿S-Su? —tartamudeó el joven.
"Debo dejárselo claro —se dijo a sí mismo—… de lo contrario, nunca me lo perdonaré.
Observó detenidamente los ojos de cervatillo asustado de su compañero. Acto seguido, inhaló profundamente, acercó su rostro al de él, sintió cómo el pequeño cuerpo del joven comenzaba a temblar y su respiración se hacía cada vez más clara a sus oídos…
Y se detuvo.
¿Por qué? ¿Por qué podía matar a sangre fría a miles de hombres en el campo de batalla y no era capaz de dar el primer paso con la persona que amaba?
Eso fue lo que se preguntó Berwald, y aquella idea le produjo un terrible sentimiento de impotencia.
Tino, por su parte, estaba tan nervioso que temblaba como una gelatina. El único pensamiento que ocupaba su cabeza era "creo que está a punto de besarme y no sé qué hacer ni pensar al respecto", pensamiento que inmovilizaba cada uno de sus músculos y lo volvía tan inútil como Berwald en ese momento.
Fue entonces cuando Raivis, que se encontraba charlando con Eduard sin mirar por dónde iba, chocó con la espalda del sueco.
—¡Ah! ¡L-Lo siento mucho, señor Oxenstierna! ¡Casi derramo bebida sobre usted!
—¡RAAAAIVIIIIIIIIIIIIIIS! —prorrumpió el estonio, histérico.
—¡¿Qué? ¡¿Qué hice? —exclamó, sumamente nervioso— ¡No derramé nada, de veras!
—¡NO ES ESO! ¡MIRAAAAAAAA! —vociferó, apuntando hacia los jóvenes que se encontraban bajo el muérdago.
Gracias al topón accidental que le propinó el letón al hombre de mirada penetrante, éste fue impulsado hacia el rostro del finlandés… y sus labios acabaron unidos. Permanecieron con los ojos abiertos debido al impacto unos pocos segundos, aún con sus labios juntos, hasta que se dieron cuenta de la situación en la que se hallaban y se separaron rápidamente.
Fue algo absolutamente inesperado. Todos habían dado por sentado que la primera persona en la fiesta que besaría a alguien sería Francis, pero resultaron ser ellos dos. El salón se llenó de murmullos agitados y miradas de sorpresa.
—¿Su? —murmuró Tino, ruborizado. Berwald sólo pudo devolverle la mirada con las mejillas encendidas.
¿Por qué tenía que ocurrir en un lugar atestado de gente?
De pronto, los invitados comenzaron a reaccionar.
—¿Eso era parte del show? —preguntó Léa.
—¡Maldición! —masculló la húngara— ¡No alcancé a fotografiarlos!
—¿Qué? —pronunció Roderich, perplejo— ¿Trajiste una cámara, Elizaveta?
—¡Siempre hay que estar preparada para el yaoi!
—¡Lo siento! —se disculpó Raivis con los dueños de casa una y otra vez— ¡Fue mi culpa! ¡Lo siento muchísimo!
—Raivis —musitó el estonio—, sólo puedo decir que Taurys y yo asistiremos sin falta a tu funeral…
Entonces, cuando el ambiente se volvió demasiado denso, una de las personas más conservadoras del lugar decidió hacer un llamado a la calma.
—¡Silencio! —profirió Ludwig— ¡Esto no es un estadio! ¡Fue un accidente y, por ende, no deberían darle tanta importancia!
—Opino lo mismo —declaró Vash—. Tranquilícense, recuerden que estamos en una fiesta y la idea es divertirse.
—No sé cómo dice eso uno de los más amargados del lugar —dijo el austriaco en un tono intencionalmente alto, para que el suizo fuera capaz de escucharlo.
—Y yo no sé con qué derecho lo dice quien es, realmente, el más amargado de todos —respondió, dirigiéndole una mirada asesina.
—¡Hermano, no te alteres, por favor! —pidió Lily, quien comenzaba a preocuparse de verdad.
—¡¿Quieres pelear, Zwingli?
—¡Eso no es necesario! ¡Sé que en cuanto saque mi mágnum huirás como todo un gallina!
—¡Hermano, por favor!
—¡Eso lo veremos, idiota!
—¡Zwingli-san! ¡Edelstein-san! —pidió Kiku— ¡No comiencen una pelea, por favor! ¡Estamos en una casa, no en un bar!
—¡¿Quién quiere beber alcohoooool? —vociferó un borracho Arthur, quien sostenía una botella de vino con su elegante corbata de Burberry enrollada en la cabeza.
—Qué patético —murmuró Francis, llevándose una mano a la frente—, sabía que no se mantendría sobrio para el concierto…
—Más que un bar, esto parece un circo —musitó Tobias.
—¡Pero no puedes negar que es divertidísimo! —exclamó Morgen.
—¡Hahahaha! —rió Alfred— ¡Qué fiesta tan genial!
—Veo que todos se divierten como nunca —comentó Rusia con una inocente sonrisa en su rostro.
El alboroto que se había generado allí dentro creó la instancia ideal para que los dueños de casa se escabulleran. Tino se apresuró en sacar una bolsa plástica de un cajón y colocar algo dentro de ésta para luego ser llevado de un brazo hacia la puerta principal. Lo último que alcanzaron a oír antes de salir a escondidas fue un bramido de Ludwig, quien trataba desesperadamente de regresar el orden a la fiesta.
No les agradó en lo más mínimo haber sido el centro de atención por un beso semi-accidental, y menos después de que las cosas se pusieran así. Además, ambos tenían claro que necesitaban hablar a solas. De esta forma, buscaron un sitio en medio de unos altos setos podados de forma rectangular, lugar en el cual no podrían ser descubiertos tan fácilmente. Tras haber tomado asiento en una fría banca de piedra, Tino fue el primero en romper el hielo:
—Esto… pienso que es un buen momento para que intercambiemos regalos, ¿no crees? Ahora que estamos solos, alejados del ruido —murmuró, bajando la mirada—… y sin que puedan molestarnos…
—Sí —se limitó a responder.
Tino sacó de su bolsa un paquete que parecía algo abultado detrás del brillante papel que lo cubría. El remitente había escogido un azul metálico y una cinta plateada que ató en forma de moño para envolverlo con elegancia.
A pesar de que el regalo había sido confeccionado a mediados de ese mismo día, Tino lo recordaba como un suceso mucho más lejano. Definitivamente, había sido una fiesta alocada, llena de sucesos extraños pero importantes. Pero, en ese momento, lo único que le preocupaba era la reacción del sueco cuando viera lo que se hallaba detrás del envoltorio.
"Seguro que la intención le importará más que el contenido —pensó, aunque no muy convencido de ello—, por eso…
—Feliz navidad, Su —le sonrió con dulzura.
—Feliz navidad —musitó con una expresión inescrutable en su rostro. Tino comenzó a preocuparse más que antes.
—Ehh… ¿no te gustó que te diera un regalo? —preguntó muy tenso.
—No es eso…
—¿Entonces es el tipo de papel? ¿O la cinta? ¿No que te gustaba el azul? ¿O es que preferías que hubiera puesto las cosas en una caja y las hubiera envuelto después? —preguntó acelerado, casi sin respirar— De verdad lo siento. Aunque no debería dar excusas, ya sabes que no tuve tiempo para…
—No es nada de eso.
—¿E-Entonces?…
Berwald lo observó con sus ojos claros.
"Me gustaría darle las gracias —pensó—, pero no me atrevo. Tal vez deba sonreír…
Berwald lo intentó, pero como no estaba acostumbrado a hacerlo, sólo consiguió asustar al finlandés con su mirada penetrante y una sonrisa tan torcida que parecía una mueca.
—¡AAAAHH! —chilló Tino— ¡LO SIENTO!
"No parece funcionar —se dijo al observar la reacción de su compañero—… veamos si se tranquiliza cuando me vea abrir el paquete.
Mientras el finlandés temblaba como un animalito asustado, el hombre de anteojos desató el brillante lazo y comenzó a despegar el papel con cuidado para que no se arrugara.
"M-Me pregunto qué cara irá a poner ahora —pensó un asustado Tino.
El interior del regalo fue revelado ante sus ojos: Se trataba de una larga bufanda color azul y un pequeño bordado de una tierna versión en miniatura de los rostros de ambos.
"Esos somos nosotros… —pensó, levantando las comisuras de sus labios de manera casi imperceptible— Tino hizo esto para mí…
"¿Eh? ¡Su está sonriendo! ¡Eso quiere decir que le gustó!… Espero.
Con esa misma "sonrisa", Berwald levantó la mirada y se encontró con los ojos de la persona que amaba.
Tino pensó que la mirada de Berwald era como la nieve: fría en un principio, pero después de entrar en contacto con cálidos sentimientos, parecía convertirse en agua cristalina.
En ese momento, pudo verse a sí mismo en los ojos de Berwald. Era la primera vez que Tino veía su reflejo en los ojos de alguien.
Y en ese preciso instante, recordó lo que sintió cuando Taurys y él charlaban al aire libre mientras bebían ponche un par de horas atrás: la actitud de Taurys con Feliks era similar a la que Berwald tenía con él, ya que siempre trataba de protegerlo y asistirlo en todo lo que fuera posible, sólo que nunca antes se percató de los sentimientos que se escondían detrás de sus acciones. No era simple preocupación… También era…
—Su… —murmuró Tino.
—¿Hm?
"Debo preguntárselo ahora… Necesito escuchar su respuesta de una vez por todas —se dijo el finlandés, absolutamente convencido.
—Finalmente… no pudiste contestar la pregunta que te hice en el depósito.
Al oír la palabra "depósito", el corazón de Berwald dio un salto y sus manos comenzaron a sudar. ¿De verdad tenía que responder?
Tino se armó de valor para formular por segunda vez la pregunta que no lo había dejado en paz desde aquel incidente:
—¿Qué…? —conforme pasaban los segundos, los latidos de su corazón golpeaban el interior de su pecho con más fuerza— ¿Qué sientes por mí?
Berwald permaneció con la misma expresión de alguien que acaba de recibir una cachetada.
"Sentimientos"…
Esa era una palabra que no lograba comprender en su totalidad.
"¿Qué debería hacer en este momento?…
Entonces, recordó lo impotente que se sintió cuando no fue capaz de besar a Tino bajo el muérdago, y se dio cuenta de que no podía volver a ser tan cobarde.
Como nunca había sido bueno con las palabras, decidió responderle de otra manera: Rodeó el cuerpo de Tino con sus fuertes brazos, colocó su mano detrás de la cabeza de él y escondió su rostro en su hombro.
—¿… Su?
Berwald no dijo nada.
—Su —repitió en un susurro—… estás temblando…
—Sólo diré —murmuró con voz temblorosa—… que este es el primer abrazo que doy en mi vida…
En ese momento, Tino podría haber dicho muchas cosas, pero prefirió mantenerse en silencio y seguir abrazándolo, ya que sabía que las palabras no eran realmente necesarias.
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