Para sara_f_black. Deseo: Amistad de Ziva y Malachi
Reencuentro
Malachi estaba tan callado que siquiera salían de su boca, susurradas, malas palabras en el primer idioma al que su garganta diera, en medio de las vueltas que ella daba al volante.
Nada. Su mirada estaba al frente, neutral, muy diferente a que le diera cuando se vieron en aquel callejón, o el tono velado de reproche cuando le dijo que si había pensando que las cosas seguirían esperando por ella en el Mossad.
En verdad que se encontraba alterado, pensó Ziva y, como lo más seguro no tendrían más tiempo a solas que ese viaje a la oficina, se dijo que era momento de quitarse la máscara de oficial de NCIS y hablarle directamente. El hebreo salió algo golpeado desde sus labios.
—Tú seguiste órdenes, hasta mis órdenes de que me dejaras ir sola y estabas herido, no me habrías sido de gran ayuda. Caí en Somalia, es verdad, y me dejaron ahí, pero mi padre dio sus órdenes, y tú las seguiste porque las tenías que seguir… Cuando los NCIS dieron conmigo, intentó hacerme regresar y te envió de emisario, sin embargo no pudiste seguir con la misión porque decidí quedarme en éste país… —cuando se dio cuenta de que Malachi la había vuelto a ver con algo parecido a la extrañeza y como melancolía, ella cerró la boca e intentó ordenar mejor sus ideas. Increíblemente, también había decidido ir lento para tener más tiempo de hablar con él—: Lo que quiero decir —dijo finalmente, con la voz más suave, casi quebrada— es que no entiendo a qué viene que te pongas de esa manera. Nada de lo que pasó o decidí tiene que ver contigo, no sé a qué viene ese resentimiento, la verdad.
—¿Tú no lo estás conmigo?
—¿Qué? ¿Resentida? ¡Seguías órdenes! —era obvio que para ella, esas palabras podían exculpar cualquier cosa, pero, por alguna razón, eso hizo a Malachi sincerarse:
—Sí, en contra de mis instintos las seguí, y estoy seguro de que lo volvería hacer… —se vieron por un instante, ya que Ziva había parado en un semáforo. Parecía que él tenía muchas ganas de decir algo y ella, de escucharlo. Finalmente, lo único que se le ocurrió, aunque no parecían ser las palabras correctas, fue—: no puedo disculparme, lo que pasó en Somalia, como dijiste… no tenía control sobre eso.
—Sí, lo sé.
Ziva arrancó más fuerte de lo necesario pero, Malachi se dio cuenta, insistía en ir debajo de los límites de velocidad, increíblemente.
Después de unos minutos en silencio, Malachi volvió a hablar:
—Llevas de nuevo la estrella de David.
—Es nueva, un regalo.
Ella condujo con una mano, porque la otra se fue instintivamente a la joya, acariciándola un poco, con cariño. Malachi sonrió y eso hizo que la mirada de Ziva fuera de nuevo hacia él y se la respondiera un poco con otra sonrisa.
—Es bueno ver que, aunque te nacionalizaste estadounidense, sigues recordando con cariño a tu país.
—¿Cómo no hacerlo? —le respondió, con obviedad.
Los dos se sonrieron a la vez y, entonces, fue casi como si fueran de nuevo ellos, los de hace unos cinco años, en cualquier ambiente relajado en los momentos tranquilos en medio de alguna de las pocas misiones que hicieron juntos o, después de un entrenamiento, en que se habían conocido.
—¿Y? ¿Quién te la regaló? ¿DiNozzo o Gibbs? —le preguntó, medio en broma, medio en serio.
Ziva volvió a conducir como ella y a no dar prenda, más bien le devolvió el golpe:
—Y tú, ¿Desde cuando eres niñero de jóvenes impresionables recién salidas de la academia? ¡Al menos dime que no la desvirgaste!
—Siempre es muy refrescante oírte hablar sucio, querida…
Ella le hizo una mueca burlona, antes de dar una vuelta prácticamente en U y oírlo maldecir a una madre de mala reputación en italiano… sí, ahora eran casi como debían ser: dos amigos reencontrándose después de mucho tiempo.
