Disculpen el enredo tan grande que tuve en ese momento, creí haber subido los dos y solo subí uno... espero me disculpen

En busca de la felicidad

Capitulo 3

Sospechas

Freddie

Solo podía pensar en ella, en sus ojos color miel. Nunca había sentido esa electricidad con otra persona, bueno solo cuando estaba en buenas condiciones con Sam y se lo adjudique a que ella no suele comportarse así. Pero vamos, Sam Puckett me ha odiado desde siempre, no recuerdo un trato decente de su parte por cuenta propia y las veces que si lo hacía era gracias a Carly.

Gruñí a causa del desespero, ¿Cómo se suponía que la iba a encontrar? ¿Sería la misma chica altanera y mal educada de siempre? Seguramente, ese demonio de cabellera rubia tiene que aparecer así tenga que mover cielo y tierra para lograrlo.

Suspiré decidido a buscarla cuando esté totalmente curado y en buenas condiciones para cabalgar. Intenté levantarme pero el dolor me envió de vuelta a la cama, me dolía y ardía de diferentes formas. Maldije internamente al lograr sentarme en la cama, tenía que lograrlo no podía ser tan cobarde. Cuando mis pies tocaron el piso o la alfombra, yo que sé, intenté enderezarme y me du cuenta que eso era un error.

Pude sentir la camisa fría, muy fría en la parte de atrás. Me giré horrorizado, había un manchón gigante de sangre en la cama; sentía mi estomago retorcerse ante el asco. Gracias al cielo había una cubeta cerca si no todo sería un completo desastre. Podía sentir las lágrimas recorrer mi rostro y me reprochaba ser tan débil, y entonces me vi.

Esa persona que estaba en el espejo no podía ser yo. Yo no era rubio y mucho menos tenía los ojos verdes.

-Esto no es justo, ¿Cómo pretendes que la busque si no somos los mismos? –gruñí mirando fijamente mi reflejo.

-Eso lo tienen que descifrar, ¿no lo crees? –susurró mi reflejo, esto era una locura. –Además, Samantha Puckett está decidida a buscarte y ella ya sabe que no eres el Freddie que guarda su memoria. –Con una sonrisa, mi reflejo volvió a imitar mi postura sorprendida dando por entendido que ese pequeño intercambio de palabras había finalizado.

Estoy jodido, simplemente eso. Pude sentir otro movimiento brusco de mi estomago, pero no me permití decaer otra vez. Me levanté e hice lo que ella me prohibió, mirar por la ventana. La verdad no entendía porque tanto miedo, ¿Qué me podrían hacer? Entonces, la vi y mi sangre se heló.

Abajo, en las caballerizas, una mujer de cabellos castaños me miraba con una sonrisa triunfal en el rostro. Era la hermana de ella y me había visto, esto no podía ser bueno. Comencé a mirar por todos lados, necesitaba salir de aquí, pero estaba atrapado con llave.

-Ah, estás levantado. Eso es bueno, Cecil, ayúdame a curarlo –dijo ella con una sonrisa dulce en los labios. Mierda, me hace sentir como si todo mi cuerpo flotara. –Estás algo callado, yo no te haré daño, no soy como ellas –susurró fijando su mirada en la mía.

-Yo no he dicho eso… -murmuré.

-No lo dices, pero lo piensas. Por cierto, me llamo Elizabeth y… creo que no estaré mucho tiempo aquí, pero te ayudaré con tus heridas –me dijo con algo de nostalgía.

No le respondí, no confiaba en esos momentos en mi voz. Esa chica podía robarme el aliento con solo una mirada. Hablé todo el día con ella, puedo decir con toda seguridad que Elizabeth tenía una forma de pensar muy diferente a las mujeres de esta época. Se supone que todas son recatadas y estrictamente vigilada por sus padres, en cambio, ella desafiaba a la suya.

Ella volvió a curar mis heridas y, Dios, dolía tanto que tenía que morder mi lengua para no gritar. Luego de un par de horas se hizo de noche y al fin podía salir de esa casa, tenía miedo de que me agarraran y golpearan de nuevo, así no podía buscar a Sam.

Pensé en tantas cosas, en el error que había cometido y porque me estaba pasando esto. Algo quería enseñarnos esa mujer, pero a ciencia cierta no sabía qué. Comencé a recordar todos esos momentos compartidos con Sam, los maltratos y depresiones causados por ese demonio de cabellos dorados. Sí, ella fue mi primer beso y dentro del todo fue mi mejor amiga. Por lo menos marcaba la diferencia en mi vida, sabía que decirme aunque estuviera triste.

Pero no dejaba de preguntarme algo, ¿Por qué tenía que buscar la felicidad junto a ella? ¿Qué era eso tan importante que debía descubrir?

-Vaya, el jardinero salió de los aposentos de mi hermana. Malo, muy malo –me tensé al escuchar su voz. Maldición, ¿Qué pretendía esta chica?

-No sé a lo que se refiere, Señorita… -traté de escabullirme sin mucho éxito.

-De nada te sirve mentirme –susurró con una sonrisa en los labios. –He visto como te mira mi hermana, siempre sonrojándose cuando estabas cerca, por eso mi madre se la llevo lejos, para apartarlas de ratas inmundas como tú.

"Entonces, Ben y Elizabeth tienen su historia… ¿será por eso que siento esto por ella?"

-No sé de lo que habla…

-Vamos, recoges mierda y limpias las flores de mi hermana, aparte de ser un mal oliente y… -sus labios dibujaron una sonrisa llena de emoción. –Tú harás lo que te pida si no le diré a mi madre y Elizabeth no quedara bien parada.

-No tienes derecho a chantajearme con algo tan bajo –ella se encogió de hombros ante mis reclamos.

-¿Tienes opción? –preguntó triunfante. –La ignoraras, si te llama respóndele mal, si te busca te irás por otra dirección y le dejaras en claro que no deseas ser nada, ni su amigo –espetó con emoción. Pude sentir como mi corazón se estrujo ante tanto, además tuve que reunir todas mis fuerzas para no golpearle.

"Eso no es de hombres, Freddie…" me grité mentalmente y suspiré antes de responder.

-Está bien, lo tengo. Ahora déjeme en paz –escupí con odio, ¿podía pasar algo peor?

A la mañana siguiente, me había levantado muy temprano ya que de igual forma no podía dormir. Me encontré a mi mismo arrancando la maleza del jardín mientras escuchaba los diferentes cantos de pájaros. En Seattle no se escuchaba ni una paloma, como me hubiese gustado estar en esta situación con otras condiciones, por ejemplo ser Fredward Benson y compartir esto con mis mejores amigos.

Suspiré cerrando los ojos y me deje llevar por uno de los recuerdos más preciados que tengo, el día que las conocí.

Carly era simplemente preciosa y su hermosura golpeó fuerte en mí, no podía dejar de verla y suspirar cada vez que pasaba a mi lado. Ella tenía gracia y le caía bien a todo el mundo, lo único malo en todo ese cuadro era esa chica rubia que siempre la acompañaba. Siempre vestía con ropas de macho, es más, la mayoría de sus amigos eran hombres y no necesariamente de los buenos; en su mayoría brabucones y saboteadores.

Su nombre era Sam, a diferencia de Carly siempre estaba desarreglada. Parecía que su cabello nunca había conocido un cepillo o un acondicionador, su vestimenta era deplorable ya que no hacía el mínimo intento de plancharla o vestirse de forma correcta. Lo peor de todo era que, Samantha Puckett, buscaba una escusa para golpearme o hacerme sentir mal. Odiaba llegar todos los días adolorido a causa de un calzón chino y odiaba más que esa chica estuviera cerca de Carly.

Cuando se me presentó la oportunidad de ayudar a Carly a cumplir su castigo, me sentí de maravillas, tal vez sí podría conquistarla. Pero esa niña me saco de quicio, era jodidamente estresante que sentía que podía estallar con una sola pelea. Sin embargo, paso el tiempo y las peleas se hicieron más constantes, pero no por eso dolorosas o estresantes. En su mayoría disfrutaba de ellas y fingía que me molestaba solo para verla molesta.

Sentí como dibujaba una sonrisa en mis labios, nadie se había dado cuenta de eso, nadie excepto Gibby. Ese chico también era extraño, tenía unas costumbres que lograban estremecer hasta el más fuerte, en este caso era Sam. Jamás olvidaré ese día, estaba en mi casillero y él se acercó a mí con una sonrisa en los labios –"Hey, Freddie"- Me giré solo para saludarlo con una seña, no tenía ganas de hablar, no después de la pelea. –"Está vez la llevaste a sus límites. Creo que te sobrepasaste"-, yo abrí los ojos como platos para luego fruncir el seño –"No entiendo…"-. Él sonrió y me pidió que me acercara –"Sé que tú provocas las peleas entre Sam y tú. Maldición, chico, eso sí es peligroso, te admiro"- gritó mientras se alejaba dejándome a mí más que sorprendido.

-¿Por qué sonríes? –preguntó Elizabeth animada mientras caminaba hacia mí.

-No es tu problema, dejame tranquilo –espeté con desprecio y ella solo pudo fruncir el ceño, estaba confundida.

-¿Qué te pasa, por qué me respondes así? –dijo alzando su voz.

-Este maldito mundo es libre, Elizabeth, y yo hago con mi vida lo que se me dé la gana. Dejame solo sí, interfieres en mi trabajo –juró haber visto el mismo nivel de ira en una sola persona.

-Señorita, Elizabeth para ti –susurró con veneno en su voz. –Cuando te estés muriendo y tu boca se llene de gusanos, no estaré allí para ti –dijo con odio antes de desaparecer.

Suspiré abatido, esta chica no era mala y yo estaba tratándola como una paria, estas no fueron las enseñanzas de mi madre. Cubrí mi rostro con mis manos sucias y me quejé, mi madre, ese era otro punto importante. ¿Cómo estaría? ¿Se preocuparía por mí? ¿Había notado ya mi ausencia? Esto es una mierda.

A medida que pasaban las horas, cumplía cada capricho estúpido de Juliana. Ella tenía serios problemas de personalidad y ni hablar de su madre, era una… Traté de controlar mi ira, así sea en mis pensamientos porque nada en mi vida podía ser color de rosa. Cuando la luna se alzó en el cielo no pude evitar suspirar de felicidad, me acosté entre la paja y el suelo, esto era lo más parecido al paraíso tomando en cuenta el infierno que he vivido con esa mujer.

Sentí mis parpados pesados y lentamente me deje caer en un profundo sueño aunque no tranquilo. De eso me di cuenta cuando abrí los ojos al día siguiente, todo mi cuerpo dolía y mis músculos ardían. Por la cantidad de luz en el exterior supe que aun faltaba mucho para mí hora de trabajo, entonces decidí caminar por los alrededores y disfrutar aunque sea un poco del paisaje.

A veces pienso que mi peor error fue conocerla tan bien, es que era imposible no hacerlo. Sus golpes ya no dolían y sus palabras causaban absolutamente nada en mí, solo seguía el juego. Pero a veces sus juegos dolían, no físicamente si no sentimentalmente, sus burlas e ironías no eran nada sanas. Un día la encontré llorando en la azotea del colegio, en ese momento estuve a punto de burlarme de ella y hacerle lo mismo que me hacía a mí. Pero, algo no estaba bien con ella, su llanto me dolía y ¿cómo no hacerlo? Sam era la persona más fuerte que conocía y podía jurar que su barrera era inquebrantable. Me acerqué a ella con mucha cautela, ella era un misterio cuando se trataba de expresar sus sentimientos. –"¿Qué sucedió?"-, la vi tensarse y levantarse rápidamente, pero esta vez no se lo iba a permitir, escapar no era una opción. La tomé del brazo con fuerza atrayéndola a mi pecho para abrazarla, sí, admito que ese fue un movimiento peligroso pero, ¿Qué podía perder? –"Tranquila, si no quieres contarme no importa. Aquí estoy…"-, cerré los ojos con fuerza esperando el golpe que nunca llego. Solo sentí sus brazos rodear mi cuello con fuerza.

Conocer una nueva faceta de Sam no me hacía feliz, sabía que por ello algo tenía que cambiar o pagar, después de todo eso era normal en ella.

-¿Ya estás despierto? Perfecto, porque contigo quería hablar –su voz me sacó de mis pensamientos y pude sentir miedo cuando tomó mi mano para arrastrarme con fuerza hacia las caballerizas.

Me zafe con brusquedad.

-¿Qué coño quieres, Elizabeth? –Okey, no suelo maldecir ni ser tan grosero, pero tenía que mantenerla a salvo.

-¿Quieres saber que quiero? ¡Ja! Te metiste con la mujer equivocada, por las buenas soy buena, pero por las malas… no quieres saberlo, nadie se mete con… -su voz se apagó por un segundo para luego proseguir. –Nadie se mete con Elizabeth y vive para contarlo, me la pagaras, Ben, tenlo por seguro –espetó con ira antes de darme un fuerte golpe en el brazo, lo sorprendente de todo es que yo conocía ese movimiento, esto tenía que ser una casualidad.

La vi alejarse rápidamente hasta su casa y cerrar la puerta con fuerza.

-No sé que estoy haciendo… ayúdame –supliqué dejándome caer en el suave pasto.

"Estás más cerca de lo que crees, Fredward Benson, apúrate no tienes tiempo".