Capitulo 5
Pesadilla
Freddie
Cerraba mis ojos y lo único que pasaba por mi cabeza eran los pensamientos de lo sucedido noches atrás. Había besado a Elizabeth, pero se sentía tan real, podía jurar que era Sam si no es porque, esta chica, pertenece a este tiempo. Sin embargo, había algo que no me terminaba de cuadrar, esa noche mientras nos besábamos, ella logró tararear su nombre, pero no lo entendí y cuando intente preguntarle, me evadió.
Ella regresó a la mañana siguiente a su prisión de cristal, donde su madre la esperaba muy molesta. Le pegó y maltrató todo el día, desde las caballerizas podía escucharse sus gritos. Nunca la vi llorar, siempre mantuvo su porte sereno y vacio que, había adoptado unas semanas atrás, lo usaba para aparentar.
Y aquí estaba yo, sentado en las caballerizas, era mi tiempo libre y aprovechaba esos momentos para descansar, no he tenido un respiro desde que llegué. Enfoqué toda mi atención en las clases innecesarias de tejido, Elizabeth no parecía ser una futura ama de casa. Ella era muy diferente, marcaba una diferencia y eso la hacía única.
La castaña tenía el ceño fruncido, su postura era rígida y perfecta dando la impresión que se encontraba incomoda. Sonreí ante la ironía, cuando tenía 12 años mi madre decidió que era saludable tener una postura perfecta, pensar que le hacía caso me enfermaba. Así que debo creer que, esa chica, siente lo mismo; esa Señora era un verdadero dolor de cabeza. Sin embargo, eso no era lo peor, ella había recibido la paliza del siglo, solo por haberse escapado.
Los gritos se escuchaban en todo el lugar, esa noche no pude dormir, el solo pensar que pude haberlo evitado enviándola a casa. Pero no, debía quedarme allí y descubrir que rayos pasaba por su mente. Suspiré cerrando los ojos, estaba algo aturdido porque escuchaba la voz de Yaki resonar en mi cabeza, una y otra vez, recordándome que mi hora estaba llegando. Pero, ¿Cómo consigo a Sam cuando me encuentro en medio de la nada?
"Ella está más cerca de lo que piensas…"
Allí estaba de nuevo, no podía pensar tranquilamente sin que ella me aturdiera con su voz. Elizabeth gritó llamando mi atención, estaba tirada en el piso con los labios partidos. Su madre le había golpeado tan fuerte que, un hilo de sangre recorría su barbilla. Como desearía poder ayudarla, estoy atado de manos como ella.
-Levántate, espero no pongas por el suelo nuestro apellido, porque el día que él te deje en la calle no pienses, siquiera, regresar. –Elizabeth temblaba de pies a cabeza y aguantaba las lágrimas, esa actitud es muy similar al comportamiento de Sam, ella no deja que nadie la vea llorar.
Apreté mis manos mientras observaba como le pegaban y la humillaban, era insoportable. Recuerdo haber leído en mis libros de historia que las personas de estos tiempos estaban acostumbradas, pero al ver como la lastimaban y cómo reaccionaba a sus maltratos, me daba a entender que todo era una maldita mentira.
El resto del día transcurrió sin novedades, Elizabeth estaba encerrada en su habitación y la estúpida de su madre había partido, sabrá Dios a donde, con su hija Juliana. Seguramente planeaban como hacerle la vida miserable a esa chica, por lo visto no regresarían porque estaba a punto de ocultarse el sol.
Ya de noche, decidí que era hora de cenar, me adentré en la cocina y comencé a comer con "mis iguales" como decía el capataz. Al terminar, me despedí de todos, pero mientras caminaba en la oscuridad de los jardines alguien me tomó del brazo. Era Cecil, en sus ojos pude ver preocupación.
-Ben, esto tiene que parar. No sé qué está pasando, pero la señorita Elizabeth ha renunciado a su lucha… tienes que animarla –exigía ella con aparente urgencia. –Sé que el final de eso te dolió, la amabas y querías ser aceptado en su vida… no lo lograste y ella lo intento, juro que lo intento, pero su madre casi la mata y tan solo era una pequeña cuando eso… te necesita, Ben, por favor.
No sé lo que haya pasado con el dueño de este cuerpo, pero lo descubriría. Fui consciente de cómo, Cecil, partía molesta; seguramente pensaba que ella no me interesaba. Me cuesta admitirlo, pero sí, esa chica me importaba porque, de cierto modo, me hacía recordar a Sam. Recordarla, hacía que mi corazón latiera a mil por segundo, ¿Cómo pude estar tan ciego? Tantas peleas, retos, insultos no serian fácil de compensar, pero de cierto modo, ella lograba hacerlo con esos pequeños momentos que hacían mi vida feliz; una sonrisa genuina, llamarme por mi nombre, dejarme entrar en su vida y otras cosas que me hacían feliz.
Miré el cielo y estaba totalmente estrellado, de verdad iba a extrañar esto. Caminé nuevamente por la oscuridad del jardín, solo tenía algo en mi mente y eso era subir a la habitación de Elizabeth. Sabía que nadie me estaba observando, a estas alturas todos estaban en la cocina. Trepé la enredadera y la pared, no era una tarea tan difícil cuando se contaba con músculos y un cuerpo atlético como este. Sí, me daba pena admitirlo, pero este cuerpo estaba en mejores condiciones que el mío.
Toqué su ventana un par de veces hasta que ella se asomó, por la oscuridad no pude ver su rostro, al menos no con claridad. Ella quitó el seguro y se apartó para dejarme pasar, hacía frio en ese lugar, más que afuera.
-¿Qué haces aquí? –susurró entrecortadamente. Dios, había llorado… estaba llorando, ¿Por qué tenía que sufrir de esa manera?
-Necesitaba ver como estabas –no le estaba mintiendo, en serio quería saberlo.
-¿Cómo crees que debo estar? Creo que mi madre me trata peor que a sus empleados –me extrañé por el término utilizado, la mayoría se limitan a llamarnos servidumbre. –Además, ¿Qué importa? Pensándolo bien, yo no debería importante.
-Es verdad, no me importas –pude escuchar una pequeña risa, le había parecido gracioso. –Sin embargo, preocuparse por las personas, al menos una vez al año, te hace sentir fresco.
-Comprendo lo que dices –susurró tratando de sentarse. Escuchaba como se quejaba y eso me dio a entender que algo le dolía.
Me acerqué a ella y aumenté un poco la iluminación de su habitación, no mucho, solo lo suficiente para verla. Sin pedir permiso alguno, quité cada una de sus cubiertas, Elizabeth parecía asombrada, pero no se quejó. Solo se limitó a observar como curaba sus heridas, como tocaba su piel con tanta delicadeza que lograba hacerla suspirar. Ella me inspiraba intriga, era misteriosa y definitivamente era diferente a cualquier persona de este tiempo.
-¿Por qué haces esto? –preguntó mientras me observaba vendar sus brazos.
-Una parte es por agradecimiento, la otra es porque no estoy de acuerdo con las injusticias y la más importante es porque me preocupas –susurré sin mirarla a los ojos, estaba concentrado en hacer bien mi trabajo, al menos algo tenía vivir con mi madre.
-Eres muy capaz en estas cosas… gracias –sonreí sin proponérmelo, era la primera sonrisa genuina que le daba.
El resto de la noche hablamos de cosas sin sentido e importantes también, su vida estaba dividida en ese momento. En cierto modo, comprendía su confusión, pero algo no me cuadraba. ¿Por qué sus historias competen a lo vivido actualmente y no a su pasado? Tenía tantas ganas de escuchar el pasado de estos chicos qué, sin poderlo evitar, me sentía decepcionado.
Horas antes del amanecer, me escabullí por su ventana, no sin antes ver la zona. Al llegar a las caballerizas, descansé al menos unas horas antes de comenzar con mi trabajo de todos los días, cuidar de las plantas de las dueñas. Un carruaje se divisó a lo lejos, ellas estaban de vuelta y ahora comenzaba su castigo.
Sin embargo, para sorpresa de muchos ellas solo regresaron para recoger un par de cosas, antes de partir, la madre de Elizabeth ordenó máxima vigilancia para su hija. ¿De quién quería protegerla? La tenía encerrada bajo llave y apenas si comía.
Trabajé como nunca lo había hecho, traté de que mi atención no se desvíe de mi plan inicial, ayudarla. Pero para hacerlo, debía fingir que todo estaba normal, arrancar la maleza, podar las rosas y evitar lo más que pueda al capataz. Cuando no estaban los dueños, él se creía uno de ellos.
Al caer la noche, guardé un poco de mi cena en mis bolsillos, era poco higiénico pero quería llevarle un poco. Esperé a que los custodios abandonaran sus puestos para trepar nuevamente hasta llegar a su ventana, está vez estaba abierta. Tal vez, Elizabeth, tenía esperanzas de que yo volviera y eso me daba cierto sentimiento de ansiedad y felicidad.
-Hola… no te acostumbres a venir cada vez que quieras, yo necesito privacidad –susurró divertida.
-Oh vamos, deseas tanto mi compañía como yo un descanso –susurré de vuelta. –Tu madre es una loca, en serio. Te tiene encerrada como una delincuente… bueno, no sé nada de tu pasado pero… -Elizabeth me lanzó una almohada mientras ahogaba una carcajada. Me encantaba verla llena de vida, aunque sea por un momento.
-Cállate, no soy ninguna delincuente… al menos aquí –susurró con un tinte de desesperación.
-Te traje un poco de comida, sé que está noche… -vino tan rápido que no lo note. Se había lanzado sobre mí y buscaba en mis bolsillos.
-Muero de hambre… no pruebo bocado desde hace horas –murmuraba desesperada. Cuando probó la comida gimió fascinada, se notaba algo desesperada también. –Gracias… puedes asearte en mi baño, aun tengo agua.
Arqueé las cejas sorprendido y ella solo se limitó a sonreír.
-Te he visto todo el día trabajar, sé que tu momento de descanso es este y lo estás arruinando por subir a darme comida… además, hueles asquerosamente mal –aun en penumbras pude notar cómo me guiñaba un ojo, se estaba jugando conmigo y esto era más que familiar. Es más, me sentía cómodo con ella, como si la conociera de toda la vida.
Le tomé la palabra, asearme en un baño decente no caía mal ya que últimamente me duchaba con el agua que los animales tomaban para saciar su sed, era simplemente asqueroso. Al cerrar la puerta del cuarto de baño suspiré, esta chica estaba en mi cabeza más de lo que quería admitir.
Sam
Era la gloria, magnifico, el cielo y todos los calificativos que podía dar en este momento, estaba comiendo y podía sentir como los dolores en mi estomago disminuían. Ben era mi ángel en este infierno, había hecho por mí más de lo que podía pedir. Me dejé caer en la cama, suspirando de pura satisfacción.
-Hmm, alguien está satisfecho… -dijo el rubio al salir del baño, se había puesto la misma ropa e imagino que no le quedaba de otra. No iba a estar desnudo por toda la habitación.
-Ni te imaginas –me limité a responder. Mis ojos se centraron en un punto entre la ventana y las formas extrañas de las cortinas. -¿Cómo es ella?
Él guardó silencio por unos minutos, escuché su respiración agitada hasta que me respondió.
-Bueno… ella es única, tiene una gran personalidad, algo imprudente y grosera, pero me encanta. Siempre peleaba conmigo y aunque no lo creas, lo adoraba –dijo encogiéndose de hombros y se dejo caer en mi cama sin permiso alguno.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí, en silencio y acostados uno al lado del otro. En lo único que pensaba era en Freddie, ¿Cómo podía conseguir a una persona que no sabía si quería ser encontrada? Suspiré mientras cerraba mis ojos con fuerza, no sé que me pasaba.
-No te quieres casar, ¿verdad? -¡Bingo! Tenemos un ganador.
-No, no quiero, pero ya está hecho y ahora no podré encontrarlo –susurré aun con mis ojos cerrados. –Me gustaría tener la oportunidad de perder algo tan importante con alguien que si lo merezca…
-¿A qué te refieres? –preguntó con aparente inocencia.
-Ya sabes, mi virginidad… o pureza, como quieras llamarle –murmuré sintiendo como mis mejillas se enrojecían. –Quiero sentir que me desean por algo más que no sea eso, quiero hacer el amor con esa persona que tanto amo y que ahora no podré porque en pocos días me casaré.
Él no dijo nada y tampoco deseaba escuchar nada. De pronto, una de sus manos hizo un recorrido lento desde mi vientre hasta mi pecho, de allí subió hasta mi cuello y enterró sus manos en mis cabellos. Se me hizo imposible no jadear, no solo estaba sorprendida por su atrevimiento, también había disfrutado del mismo.
-Olvídate de todo está noche, piensa que ese hombre soy yo… -susurró en mi oído enviando miles de choques por todo mi cuerpo. –Claro, si tú quieres…
-Ben… yo… -lo miré a los ojos, estaban oscuros a causa del deseo naciente. –Hazme olvidar está tortura que he vivido en las últimas semanas –susurré antes de besarlo.
Era consciente del poco tiempo que tenía de haberlo conocido, tampoco estaba enamorada y había pocas probabilidades que él me quisiera. Lentamente me despojó de mis cubiertas… extraño nombre para la ropa interior, pero era mejor que la palabra con la letra P. Abrí los ojos como platos al sentir su mano callosa y áspera en mi cuerpo desnudo, muy a lo contrario de lo que pensaba, amé la sensación.
Me vi en la necesidad de morder mis labios, no podía gemir porque podría llamar la atención de los custodios y lo que menos quería era que descubrieran a Ben.
-Olvídate de todo, Elizabeth… olvida que soy Ben y piensa que soy él… -sus palabras lograron estremecerme. Necesitaba de toda mi concentración para no reparar en su presencia e imaginar que era Freddie el que me tocaba.
-Eres tan hermosa… -susurró con voz temblorosa mientras tocaba cada parte de piel disponible.
Su boca volvió a atacar la mía. Sus besos me transportaban a los días donde mi solía fantasear con él, era tan familiar su toque. Gemí más fuerte de lo que podía cuando mordisqueó una parte sensible de mi cuello y sus manos tocaban mis pechos. Podía sentir como la presión en mi bajo vientre aumentaba, me estaba excitando con simples caricias.
Comenzó a besar mi pecho y en ese momento supe que la tortura apenas había iniciado. Mis manos viajaron instintivamente a su cabello, cada vez se hacía menos posible, el guardar mis gemidos.
-Oh Dios… -susurré cuando su boca atacó uno de mis pechos. –Nunca había sentido algo así… -expulsé entrecortadamente.
El solo gruñó enviando por todo mi cuerpo electricidad exquisita. De mi mente comencé a borrar el hecho que él no era Freddie y empecé a imaginar lo contrario. Todo se intensificaba el doble, mi piel se erizaba ante el menor toque y mis gemidos se volvían cada vez más constantes. Al diablo los custodios y toda la gente de esta casa, solo quería sentirlo de forma más intima.
Su intimidad chocó con la mía y ambos gritamos ante esto, creo que ninguno de los dos esperaba tanto. Yo podía sentirlo, estaba listo para mí y él sabía que yo estaba lista.
-Por favor… hazme tuya… -susurré entre jadeos. –Por favor, Freddie…
Él se detuvo mientras su cuerpo se tensaba.
-¿Cómo me llamaste? –uff, había dicho su nombre en voz alta. No estaba segura si eso estaba permitido, tal vez me sobrepasé está vez.
-Disculpa, es que su nombre es Freddie… yo trataré de no… -gruñí molesta por mi estupidez. –Discúlpame…
-¿Su nombre es Fredward Benson? –preguntó con temor en su voz mientras yo ahogaba un grito.
-¿Lo conoces? ¿Lo has visto? –pregunté rápidamente. –Necesito encontrarlo… tengo poco…
-¿Tiempo? –su interrupción me sorprendido.
-Sí… -susurré mirándolo a los ojos.
-¿Samantha Puckett? –Ahora si era extraño, ¿Cómo rayos sabía mi nombre? ¿Es que acaso él habló de mí? ¿Estaba tan cerca de mí como para no notarlo?
-¿Entonces ha hablado de mí? –chillé emocionada. –Dime donde está, necesito encontrarlo…
-Sam, soy yo –susurró entrecortadamente.
Ya no tenía palabras, me había quedado muda. Mis ojos se llenaron de lágrimas y en mi garganta se hizo un nudo dificultando mi respiración. Escuché el movimiento de la cama, él se estaba acercando a mí. Sus labios rozaron los míos y mis ojos se perdieron en alguna parte del interior de mi cabeza, todo era más fuerte ahora. Mi corazón latía con fuerza renovada y mi respiración agitada por el reconocimiento. Era él, era Freddie… sus labios sabían a sal, estaba llorando igual que yo. Cuando al fin lo sentí en mi interior me fue difícil contenerme, el cumulo de emociones me sobrepasaba. Quería gritarle cuanto lo amaba, quería decirle todo lo que sentía, pero me acobardé.
Él no me amaba, no podía hacerlo después de todo el daño que le hice. Freddie me beso con fuerza para callar mis gemidos, era difícil contenerme, podía sentir algo grande crecer en mi interior e intensificarse con cada roce, con cada movimiento. De pronto, todo estalló, todo a mi alrededor fue luz y oscuridad, rojo y amarillo, hambre y sed, amor y odio, candor… fue único y todo lo que podía hacer era gritar entré besos.
-Escápate conmigo, Sam, busquemos la felicidad juntos… -susurró Freddie aun moviéndose dentro de mí, podía sentir su cuerpo tenso y estaba segura que le faltaba poco para llegar al final. –Por favor… ven conmigo…
-Eso quiero… -gemí al sentir otra vez la subida de adrenalina y sensaciones.
Está vez llegamos juntos a la felicidad, está vez fuimos uno, no Sam y Freddie por separado si no una sola persona.
