Capitulo 1

Freddie

Caminábamos en las oscuras calles de una ciudad sin nombres, sin sobrevivientes y sin esperanza alguna. No sabíamos si llegamos tarde o solo era un lugar olvidado por Dios, no había edificios y mucho menos se notaban refugios o indicios de ellos. La tensión era palpable, Samara nos guiaba mientras que Casey se mantenía alerta al igual que yo a cualquier movimiento.

¿Cómo había caído en este grupo? Pues, todo empezó esa noche donde fuimos presentados. La hermana de Vince quería hacer un grupo de rastreo, pero las cosas se complicaron, nos tuvimos que separar de forma poco usual. Aien había logrado salir con vida al igual que nosotros, ahora conformábamos un grupo extraño encabezado por Samara y yo.

Se preguntaran que papel cumplo yo en todo esto, no solo soy el que maneja una simple arma digital si no que puedo ser capaz de conectarme a su computadora central y averiguar donde rayos se encuentran antes de toparnos con uno de ellos. Sin embargo, esta noche era diferente, no había logrado acceder a la red y todo parecía estar muy tranquilo.

-Chico, tenemos que conseguir algo para acampar… tanta tranquilidad no me funciona –dijo Aien preocupada.

Nadie respondió, se suponía que estábamos fingiendo ser soldados de la guardia, ya nuestra sangre estaba contaminada con la de ellos y había dejado de atraerlos. Por otro lado, nuestros ojos eran violáceos gracias a las lentillas que poseía cada uno, individualmente poseían diferentes funciones.

Las lentillas de Samara media el pulso electromagnético en el ambiente, Casey media las emociones y le otorgaba información de cada uno de ellos y las mías eran, a mi parecer, el arma más poderosa de todas. No solo por ser una computadora, esas lentillas eran especiales, podía encontrar todas las armas digitales existentes y otorgar el poder a mis guantes.

Era extraño saber que tenías parte de su ADN incrustado en el cuerpo, las lentillas eran microorganismos que actuaban al momento del contacto con la retina. Para los humanos era una herramienta, para ellos era un don complementario para sus habilidades innatas.

-Allí, en esos escombros hay unas escaleras que dan al sótano, no hay ninguna señal de vida –dije avanzando con cuidado, no nos podíamos descuidar.

-Es cierto, no percibo ningún tipo de anomalías en ese lugar –secundo Casey.

-Está libre de impulsos magnéticos, podemos estar allí. Tenemos que descansar y preparar nuestro plan de escape… -informó Samara apartando algunos escombros para luego entrar.

Apenas me estaba acostumbrando a la presencia de las dos chicas, semanas atrás vagueaba por las calles de Seattle con Vince y los demás, ahora tenía que acostumbrarme a ellas. Eran de pocas palabras y creo agradecer esa parte, no me agradaba la idea de hablar con alguien. Buscamos entre los escombros algo que nos sirviera para descansar, un par de sabanas y algunas frazadas, eso serviría por un momento.

-Hey –saludo Aien cuando se sentaba a mi lado.

-¿Qué quieres? –la vi hacer una mueca para luego sonreír.

-Quiero muchas cosas. Quiero verte sonreír, escucharte feliz. Sé que es mucho pedir después de lo que has pasado, pero la vida sigue –dijo ella mirándome a los ojos.

-Esto no es vida, Aien, esto es el infierno… -ella se mordió el labio y bajo la mirada. De todas las Korvens, ella parecía ser la más humana. Su cabello era tan oscuro como la noche y su piel casi traslucida, sus ojos violáceos y sus labios carnosos, era hermosa.

-No me vengas con eso, Fred. No sé lo que te paso, pero quiero que confíes en mí. Yo nunca estuve de acuerdo con la decisión que tomo mi gente, por eso los ayudo –explicó mientras se acercaba a mí y tomaba mi rostro para que la mirara. –Sé que es perder a un ser amado, mi madre murió a causa de esta guerra y no he visto a mi pareja desde que todo esto comenzó.

Guarde silencio al verla llorar, nunca me paso por la mente que ellos podían expresar sus sentimientos de la misma forma que nosotros.

-Es tan difícil contarte sobre ese día, me duele y no puedo… -se me quebró la voz en el última palabra. –Todo comenzó esa noche…

"Esa mañana había comenzado bien, mi madre estaba muy emocionada por su asenso en el trabajo y yo, pues mi felicidad era mucha. Estaba feliz porque cumplía seis meses con mi novia, Samantha o Sam como le gustaba ser llamada. Desayuné con mi madre y le comenté todo lo que tenía planeado para esa noche, la llevaría al mejor restaurant de Seattle y luego subiría con ella hasta la azotea para ver las estrellas.

Con la ayuda de Carly mantuvimos a Sam ocupada y algo decepcionada porque supuestamente yo había olvidado nuestro aniversario. Brad también me ayudo, su tío trabajaba en uno de los mejores restaurant de Seattle y nos consiguió reservaciones. Carly vistió y maquillo a mi novia para ir a ese restaurant, lo que ella no sabía era que yo la estaba esperando allí.

Cuando me vio se ruborizo, se veía tan hermosa con su vestido blanco y su cabello recogido. Al principio parecía cohibida y algo molesta, pero después de un rato se acercó a mí y me beso. Me demostraba tantas cosas en el, Dios amaba esa mujer y si todo salía bien esa noche le propondría matrimonio. Claro que no iba a casarme con ella tan pronto, apenas teníamos 18 años de edad, esperaría a terminar la universidad y conseguir trabajo, pero mi meta principal era eso, proponérselo.

La cena, el postre, absolutamente todo fue magnífico. Sam no dejaba de sonreír sin apartar la mirada de mi rostro. De camino a casa ninguno de los dos habló, yo repetía una y otra vez las palabras que iba a decirle a Sam y ella estaba algo nerviosa, se le veía tensa.

Subimos a la azotea donde había una manta en el suelo y sobre ella una cesta, quería que esa noche fuera perfecta. Gracias al cielo todo estaba claro, no había nubes y las estrellas titilaban a la distancia. Hablamos de todo y nada al mismo tiempo, ella sonreía como nunca y pude ver en su mirada algo que estaba buscando desde hace mucho tiempo.

-Sam, ¿Quieres un chocolate? –ella sonrió emocionada cuando deje al descubierto la caja de bombones, eran sus chocolates favoritos. –Aquí tienes, solo come con cuidado.

Sam frunció el ceño y comenzó a saborear el primero, no lo mordía solo utilizaba la lengua. De pronto, todo su cuerpo se tenso y su mirada estaba fija en mí; lentamente una de sus manos subió hasta sus labios y sacó el enlace. Ese anillo era mi promesa de que siempre estaría con ella, amándola.

-¿Qué…? –murmuró sorprendida.

-Sam, sé que aun somos jóvenes y que tal vez te parezca algo pronto para proponer algo así. Pero te amo y no puedo aguantar un día más sin expresarte todo lo que llevo aquí –dije señalando mi corazón-. Quiero, con este anillo, prometerte mi amor eterno y darte la seguridad de que nunca te olvidaré, siempre estarás en mi mente así este a millones de kilómetros. Quiero que seas mi esposa, no ahora, pero si en un futuro. –La observé con detenimiento, estaba sorprendida-. Sam… ¿Quieres casarte conmigo?

Esperé por varios minutos que en realidad parecían días, mi cuerpo temblaba descontroladamente, pero juré no mostrar mis sentimientos, no por ahora. Ella me miró a los ojos, estaban acuosos lo que me indicaba una sola cosa, Sam estaba a punto de llorar.

-Si… -deje de respirar, mi corazón se detuvo y todo lo que estaba a mí alrededor dejo de importar. –Acepto ser tu esposa… acepto esperarte y estarás en mi mente siempre. Quiero ser tu presente y tu futuro de ahora en adelante, te amo… -susurró pegando su frente con la mía. De mi parte no había reaccionado aun.

-¿Sí? –susurré entrecortadamente al mismo tiempo que dibujaba una sonrisa.

-¿Estás sordo, Fredifer? Te he dicho…

No la deje hablar, no quería que hablara. Solo podía ver la espesa cabellera de Sam acariciando mi piel, escuchaba su risa entre besos, no podía ser más perfecto. La amaba, ella me amaba y nada dañaría ese momento, ella había aceptado ser mi esposa.

Sus labios buscaban los míos con urgencia mientras sus manos buscaban un contacto más íntimo. Busqué con mis labios la piel sensible de su cuello haciéndola gemir, pero no podía hacer eso, este no era el momento. Pronto descubriría que ese sería nuestros últimos momentos juntos.

Las explosiones hacían vibrar la tierra de forma brusca y aterradora, nunca en mi vida había sentido tanto miedo. No era miedo por mi vida, tenía miedo por Sam y por mi familia. Sentí la mano de Sam pidiéndome que la siguiera hasta las escaleras, pero otra explosión nos dejo inconscientes.

No sé cuánto tiempo estuvimos en ese modo, pero pude escuchar sus gritos pidiendo que despertara y que no la dejara sola. Cuando logré abrir los ojos ella lloró inconsolablemente en mi pecho, los gritos de dolor salían de su garganta mientras me pegaba una y otra vez en mi hombro.

-No me vuelvas a hacer eso, Freddie, si te mueres y me dejas aquí te mato –dijo entre sollozos.

La vista se me nubló y un fuerte dolor atravesó mi pecho, segundos después me di cuenta que estaba llorando con ella. Cuando por fin logramos calmarnos, corrimos hacia el sur de Seattle, los gritos y lamentos se hacían cada vez más repetitivos. Algo estaba mal y teníamos que averiguar que era.

-Freddie, allí está tu mamá –gritó Sam acercándose a ella, la seguí por una parte me sentía aliviado, al menos la habíamos encontrado.

Otra explosión seguida de un rayo de luz arrasó con todo. Vi desaparecer a mi madre con mis propios ojos. Se hizo silencio a mi alrededor y podía percibir temblores bruscos en mi cuerpo, ¿Qué me estaba pasando?

Los fuertes brazos de mi novia rodearon mi cuerpo, pero no me abrazaba, trataba de detenerme… pero, ¿de qué?

-Freddie, no… por favor, detente –gritó desesperadamente.

En ese momento, reaccione. Todo el peso de la muerte de mi madre había caído sobre mí, los gritos y sollozos salían de mis labios sin mi permiso. También podía escuchar los sollozos de Sam y era leve consciente del daño que me causaban sus uñas al clavarse en mis brazos.

-Tenemos que salir de aquí –susurré con voz gruesa, ella solo asintió sin decir palabra alguna.

Corrimos por las calles de Seattle, no sabía dónde me encontraba ya todo era diferente. Esquivamos a personas y escombros al mismo tiempo, veíamos en carne viva a las personas morir. De pronto, todo oscureció".

-Allí me encontraron y el resto ya lo sabes… -susurré con lágrimas en los ojos. Paseé los ojos por el lugar y noté con sorpresa como Samara lloraba. Casey mantenía sus labios ligeramente abiertos y dejaba correr las lágrimas por su rostro. Aien sollozaba y yo no pude evitar hacerlo también, de cierto modo se sentía bien sacar esa opresión de mi pecho.

-Oh Dios, que cruel ha sido el destino con nosotros –murmuraba Casey acercándose a mí.

-¿Qué sucedió con ella? –preguntó Samara. Ella era pelinegra, sus fracciones carecían de emoción la mayoría de las veces, pero en ese momento se veía ¿rota?

-Solo había un cuerpo junto a él. Todos fueron quemados para evitar la propagación de enfermedades… -susurró Aien con pesar.

-Yo vi morir a mi madre, era lo único que tenía… -susurró Casey abrazándome. –No puedo decir que te entiendo, no es lo mismo…

-Sí lo es… -me limité a susurrar, no confiaba en mi voz en esos momentos.

-Yo perdí a mi esposo y a mi hijo… iba a ser mamá… no soporte el impacto de una de las explosiones –Samara sollozó con fuerza dejándose caer.

Esta noche comprendí que ellos eran mi nueva familia y solo en ellos podía confiar para cumplir con mi promesa. Mataría a todos los desgraciados que se atrevieron a pisar mi mundo y destruir mi vida.