Summari: La gente del pueblo Moulton Bay decía que había algo sobrenatural en Edward a causa de sus características. Nunca se imaginarían cuán cerca de la verdad estaban… o que por fin había encontrado a una mujer que debía poseer… Isabella Swan a quien no asustaban las habladurías de los vecinos. Al fin y al cabo, ¿qué daño podría provocar el ser amigable con el atractivo desconocido de cautivante mirada en sus ojos del color de la medianoche?
Pareja: Edward / Isabella Swan.
Libro original: Más profundo que la noche
Autora original: Amanda Ashley
Disclamer: los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la trama a Amanda Ashley. Yo solo me he encargado de unirlos!
Alerta: Esto es un universo alternativo, las personalidades y relaciones entre los personajes están cambiadas para poder satisfacer las necesidades de la novela.
MÁS PROFUNDO QUE LA NOCHE
Capitulo 1.
–Estoy buscando al vampiro.
Edward Masen contempló a la niña que estaba de pie en su porche delantero. Era una linda cosita, de quizá nueve años de edad, con rizado cabello rubio, ojos castaños y un salpicón de pecas sobre el puente de la nariz.
–Discúlpame –dijo él–, pero ¿te oí correctamente?
–Necesito ver al vampiro –dijo la niña con impaciencia–. El que vive aquí.
Edward luchó contra la urgencia de reír.
–¿Quien te dijo que aquí vive un vampiro?
La niña lo miró como si fuese retrasado.
–Todo el mundo sabe que aquí vive un vampiro.
–Ya veo. ¿Y por qué quieres verle?
–Mi hermana, Bella, está en el hospital. Tuvo un accidente de coche –la niña sorbió ruidosamente por la nariz–. Nana dice que se va a morir.
Edward frunció el entrecejo mientras intentaba seguir la línea de razonamiento de la niña.
La cría estampó el pie contra el suelo.
–Los vampiros viven para siempre –dijo, pronunciando cada palabra lenta y claramente, como si él fuese muy joven, o muy estúpido–. Si el vampiro viniese al hospital y mordiese a mi hermana, ella viviría para siempre también.
–Ah –exclamó Edward, comprendiendo al fin.
–Así que ¿está él aquí?
–Eres una niña bastante valiente, viniendo aquí sola, en la oscuridad de la noche. ¿No tienes miedo?
–N... no.
–¿Cómo te llamas, niña?
–Alice Swan.
–¿Qué edad tienes, Alice?
–Nueve y medio.
–¿Y sabe tu Nana dónde estás?
Alice meneó la cabeza.
–No. Ella está en el hospital. No me dejan visitar a Bella, así que Nana me obligó a quedarme con la señora Zimmermann. Me escabullí por la puerta de atrás cuando ella no estaba mirando.
Alice observó al hombre. ¿Era él el vampiro? Era muy alto, con largo cabello negro. Estaba de pie en las profundas sombras de la casa, de modo que ella no podía ver su cara con claridad, pero creía que tenía los ojos oscuros. No se parecía a ninguno de los vampiros que ella había visto en las películas. Éstos siempre vestían trajes negros, camisas blancas con chorreras y largas capas; este hombre vestía un suéter negro y un par de Levi's desgastados. Aún así, todo el mundo en Moulton Bay sabía que un vampiro vivía en la vieja casa Kendall...
Temblando, Alice se envolvió la cintura con los brazos. Ella había subido allí muchas veces con sus amigos, intentando echar un vistazo por las ventanas para ver el ataúd del vampiro. Nunca había estado asustada a la luz del día; después de todo, todo el mundo sabía que los vampiros eran inofensivos durante el día. Pero ahora era de noche.
Inclinándose un poco hacia un lado, deslizó la mirada más allá del hombre. El interior de la casa se veía oscuro y lóbrego, justamente la clase de lugar donde un vampiro viviría.
Repentinamente sintiéndose muy sola y más que un poquito asustada, dio un paso hacia atrás. El porche crujió bajo su peso. Fue un espeluznante sonido.
Alice hizo acopio de su rápidamente menguante coraje.
–¿Vendrá usted y salvará a mi hermana?
–Lo siento, Alice –dijo Edward con genuino pesar–, pero me temo que no puedo ayudarte.
La niña elevó sus hombros y luego los dejó caer en un exagerado gesto de decepción.
–No creía realmente que usted fuese un vampiro –confesó–, pero valía la pena intentarlo.
Edward observó a la niña mientras ésta corría escaleras abajo y enfilaba el estrecho sendero de tierra que serpenteaba a través de los bosques. El sendero era un atajo que llevaba a la carretera principal.
«Cosita valerosa –meditó–. Venir hasta aquí toda sola… Buscando a un vampiro».
La observó hasta que quedó fuera de su vista, hasta que incluso su aguzado oído ya no pudo discernir el sonido de su huída, y luego cerró la puerta y se reclinó contra ella.
Así que todo el mundo sabía que aquí vivía un vampiro.
Tal vez era hora de mudarse. Y aún así... Separándose de la puerta, caminó a través de la oscura casa. Era un lugar grande, viejo y que crujía, con techos abovedados, suelos de madera y cristales emplomados en las ventanas. La casa se asentaba aislada sobre una pequeña elevación de terreno rodeada de árboles y zarzas. Su más cercano vecino estaba casi a kilómetro y medio de distancia. Era, pensó él, exactamente la clase de lugar en el que un vampiro elegiría vivir. Era exactamente la razón por la que él lo había escogido. Había estado cómodo aquí, contento, durante los pasados cinco años.
Pero quizás era hora de mudarse. Una cosa que no deseaba hacer era atraer atención sobre sí mismo. Hasta ahora, no había tenido idea de que la gente especulase acerca de quién, o qué, vivía en esta casa.
Entrando en el recibidor, descansó una mano sobre la alta repisa de la chimenea y miró hacia el interior de ésta. Había algo primitivo en el acto de estar parado enfrente de un rugiente fuego. Respondía a una necesidad elemental alojada en lo profundo de su ser, aunque no estaba seguro de por qué era así. Quizá tuviese algo que ver con el ahumado olor de la madera y el sisear de las llamas, o quizás era el embravecido poder mantenido a raya por nada más que unos pocos ladrillos.
Se quedó contemplando el fuego, hipnotizado, como siempre, por la vida que latía en el interior de las llamas. Todos los colores del arco iris bailaban dentro de las oscilantes lenguas de fuego: rojo y amarillo, azul, verde y violeta, y un profundo blanco puro.
Apartándose de la chimenea, vagó por la casa, escuchando el ascendente viento mientras aullaba bajo los aleros. Las ramas de un viejo roble golpeaba contra una de las ventanas del piso de arriba, sonando como esqueléticos dedos arañando el cristal, como si algún espíritu expulsado mucho tiempo atrás estuviese buscando un modo de entrar en la casa.
Sonrió burlonamente, sorprendido por sus imaginativos pensamientos y por la recurrente urgencia de ir al hospital y echarle un vistazo a la hermana mayor de Alice Swan.
Hospitales. Él nunca había estado dentro de uno. En todos los años de su existencia, jamás había estado enfermo.
Expulsando fuera de su mente todo pensamiento acerca de Alice y su hermana, entró en la biblioteca, decidido a terminar la investigación necesaria para su última novela antes de que noche tocase a su fin.
Eran más de las cuatro cuando finalmente admitió que estaba luchando una batalla perdida. No podía concentrarse, no podía pensar en nada excepto en la valiente niñita que había acudido a él buscando un milagro.
Arrugando el gesto, se internó a zancadas en la noche, atraído por una fuerza a la que ya no podía seguir resistiéndose, sus pies conduciéndole prestamente por el estrecho sendero de tierra que cortaba a través de los bosques en dirección a la floreciente ciudad costera de Moulton Bay.
El hospital estaba ubicado en una calle lateral cerca de un extremo de la ciudad.
Era un alto edificio blanco. Él pensó que parecía más un antiguo mausoleo que un lugar moderno de sanación.
Una miríada de olores asaltó su fino sentido del olfato en el momento en que abrió la puerta delantera: sangre, muerte, orina, la empalagosa esencia de flores, almidón y lejía, el pungente olor de antisépticos y medicinas. A esta hora de la mañana, los corredores estaban virtualmente desiertos. Encontró la Unidad de Cuidados Intensivos al final de un largo pasillo.
Una enfermera estaba sentada frente a un alargado escritorio, pasando revista a una pila de papeles. Edward la observó por un momento; luego, concentrando su mente en uno de los timbres de emergencia localizado en el final opuesto del corredor, lo hizo sonar.
Tan pronto como la enfermera dejó su puesto, él pasó frente al escritorio y entró en el Ala de Cuidados Intensivos.
Sólo había un paciente: Isabella Marie Swan, edad: veintidós, grupo sanguíneo: A negativo. Estaba envuelta en vendajes, conectada a numerosos tubos y monitores.
Él ojeó rápidamente su historial. La joven no había sufrido rotura de huesos, aunque tenía numerosos cortes y contusiones; un corte en su pierna derecha había necesitado sutura. Tenía tres costillas magulladas, una laceración en el cuello cabelludo y hemorragia interna. Sorprendentemente, su cara había escapado a toda herida. Tenía rasgos finos y armónicos. Un puñado de pelo rojizo enfatizaba la palidez de su piel. De hecho, su cara estaba casi tan blanca como la funda de almohada bajo su cabeza. Había estado en coma durante los últimos cuatro días. Su pronóstico era poco favorable.
–¿Dónde estás, Bella Swan? –murmuró–. ¿Está tu espíritu todavía atrapado dentro de ese frágil tabernáculo de carne o ha encontrado tu alma redención en mundos más allá mientras esperas a que tu cuerpo perezca?
Contempló fijamente la sangre goteando de una bolsa de plástico a través de un tubo y hasta su brazo. El agudo olor metálico de la misma excitó un hambre que hacía mucho que había suprimido. Sangre. El elixir de la vida.
Frunció el ceño mientras miraba su propio brazo, a las oscuras venas azules recorriéndolo. Había sobrevivido doscientos años a causa de la sangre en sus venas.
–Si te diese mi sangre, ¿te traería ésta de vuelta desde el borde mismo de la eternidad –meditó en voz alta–, o te liberaría de tu tenue agarre sobre la vida y te enviaría al encuentro de lo que quiera que sea que aguarda al otro lado?
Dejó que la punta de un dedo se deslizase sobre la suave y sedosa piel de la mejilla de la joven y luego, siguiendo un impulso que ni podía comprender ni denegar, cogió una jeringa, le quitó la envoltura protectora e insertó la aguja en la gran vena de su brazo izquierdo, observando con vago interés mientras el tubo hueco se llenaba con sangre de color rojo oscuro.
En doscientos años, había amasado una buena porción de conocimientos médicos.
Retirando la aguja, la insertó en la sección del tubo de látex que estaba siendo usada para agregar antibióticos y presionó el émbolo, mezclando su propia sangre con el líquido goteando en las venas de ella. Repitió el procedimiento muchas veces, todo el rato pensando en la rubita de pelo rizado que había ido a él buscando un milagro.
Edward sonrió torvamente mientras abandonaba la habitación de la chica y se encaminaba hacia la salida de emergencia situada al final del pasillo. Bajó la vista hacia su brazo. Un punto de sangre seca estropeaba la pureza blanca de su piel.
Sangre oscura. Sangre inhumana. Fundiéndose con la de la chica.
Se preguntó qué locura le había poseído para mezclar su sangre con la de la chica. ¿La sangre la curaría o mataría?, meditó. ¿Había sido él un salvador o un ejecutor? Desafortunadamente, o afortunadamente quizás, nunca lo sabría.
No se demoró sobre las otras muy probables consecuencias que resultarían de su irreflexiva acción si ella sobrevivía.
Era cerca del alba cuando puso los pies fuera del hospital. Llenando sus pulmones con el fresco aire, alzó la vista hacia el progresivamente iluminado cielo durante un largo momento. Sentía el anhelo de quedarse y ver la salida del sol, de sentir el bendito calor de un nuevo día, de escuchar el mundo a su alrededor cobrar vida, pero no se atrevía a quedarse más tiempo. Le había dado a Bella Swan casi un cuarto de su sangre, y eso lo había debilitado seriamente. En su actual condición, la luz del sol podría ser fatal. Con un estrangulado sollozo, se apresuró a marcharse a casa.
