Summari: La gente del pueblo Moulton Bay decía que había algo sobrenatural en Edward a causa de sus características. Nunca se imaginarían cuán cerca de la verdad estaban… o que por fin había encontrado a una mujer que debía poseer… Isabella Swan a quien no asustaban las habladurías de los vecinos. Al fin y al cabo, ¿qué daño podría provocar el ser amigable con el atractivo desconocido de cautivante mirada en sus ojos del color de la medianoche?
Pareja: Edward / Isabella Swan.
Libro original: Más profundo que la noche
Autora original: Amanda Ashley
Disclamer: los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la trama a Amanda Ashley. Yo solo me he encargado de unirlos!
Alerta: Esto es un universo alternativo, las personalidades y relaciones entre los personajes están cambiadas para poder satisfacer las necesidades de la novela.
MÁS PROFUNDO QUE LA NOCHE
Capitulo 2.
Bella emergió de la oscuridad que la rodeaba. Gradualmente, fue consciente de unas voces: la voz de Nana se alzaba en una urgente plegaria; la voz de Alice, llena de pesar mientras le rogaba a Bella que volviera, que por favor volviera.
La voz de un hombre, sonando alarmado mientras exclamaba:
–¡Esta volviendo en sí!
La voz de una mujer, llena de incredulidad.
–¡Es un milagro!
–¿Señorita Swan? ¿Bella? ¿Puede escucharme? –dijo el hombre mientras se inclinaba sobre ella.
Ella trató de hablar, pero ni una palabra paso más allá de sus labios. Trató de asentir con la cabeza, pero parecía no poder moverse. Así que miró parpadeando al hombre de bata blanca que estaba inclinado sobre ella.
–¿Bella? –Alice se deslizó por debajo del brazo del doctor y agarró la mano de su hermana–. Bella, ¡estas despierta!
–¿A… Alice?
Su hermana asintió vigorosamente con la cabeza.
–Sabía que no me dejarías. ¡Lo sabía!
–Hazte a un lado Alice –dijo el doctor. Sacando una linterna de su bolsillo, examinó los ojos de Bella, notando su respuesta a la luz–. ¿Sabes tu nombre? –le preguntó.
–Isabella Marie Swan.
–¿Sabes en qué año estamos?
–1997.
–¿Sabes dónde estás?
–¿El hospital?
El doctor asintió. Levantando la pierna derecha de Bella, pasó su pulgar a lo largo de la planta del pie, gruñendo suavemente al ver que los dedos se encogían.
–Bueno, hay que hacer más exámenes, por supuesto –dijo, volviendo a cubrir con la sábana la pierna de Bella–. Pero creo que se va a poner bien.
–Gracias a Dios –murmuró Nana–. Gracias a Dios.
Cuando Bella se despertó nuevamente, estaba oscuro y ella estaba sola. Cuatro días, había dicho Nana. Había estado en coma durante cuatro días. ¿Dónde había estado durante todo aquel tiempo? A menudo se había preguntado a dónde iba el espíritu de una persona cuando el cuerpo estaba en coma. ¿Se tendía a descansar dentro de cuerpo?
¿Vagaba por la tierra como un alma perdida? Por más que trataba, Bella no podía recordar nada en absoluto, excepto… Se giró hacia a la ventana y se quedó mirando la oscuridad de la noche. Le parecía recordar a un hombre, un hombre alto y moreno que había aparentado ser más sombra que sustancia mientras permanecía inmóvil al lado de su cama. Pero seguramente sólo había sido un sueño causado por la fiebre, una invención de su imaginación. Ningún hombre de carne y hueso podría tener ojos tan oscuros, con tal aire de eternidad. Tan angustiados. Ningún hombre sobre la tierra podría moverse con tan silenciosa gracia.
Y su voz, profunda y resonante, llena de sufrimiento. Su voz, diciendo su nombre, comunicándose con su alma.
Sí él sólo había sido un sueño, era un sueño al cual ella daría la bienvenida cada noche de su vida.
–Vuelve a mí –susurró–. Vuelve a mí, mi ángel de la oscuridad.
La cabeza de Edward se alzó bruscamente mientras una débil voz era susurrada en su mente. Él supo que era la de ella a pesar de nunca haberla oído.
–Bella –su nombre se deslizó por entre sus labios sin querer–. ¿Qué he hecho?
Como si no tuviera voluntad propia, se encontró a sí mismo levantándose de su silla, caminando hacia fuera en la noche, siguiendo el estrecho y retorcido camino que llevaba a la ciudad.
Las criaturas nocturnas quedaban en silencio a su paso. Él era una sombra entre las sombras. Una oscuridad más profunda que la noche.
Se paró en la acera al otro lado de la calle del hospital, mirando hacia la ventana que sabía era la de ella. Ella lo había convocado allí, el débil señuelo de su voz, era más poderoso que su propia voluntad de resistir.
Logró pasar el puesto de la enfermera de guardia usando la misma estratagema que la noche anterior.
Dentro de la habitación de Bella, se detuvo al lado de la estrecha cama, observando el constante subir y bajar de su pecho mientras dormía. Había un esbozó de color en sus mejillas ahora. Sus labios parecían suaves y dóciles, su color como el de unas rosas rosa pálido. Sus pestañas eran gruesas y oscuras.
–Tan hermosa –musitó–. Tan frágil…
Delicadamente, siguió la curva de su mejilla con su dedo índice. Ella sonrió ante su toque, girando la cabeza hacia su mano, como invitando sus caricias.
Con una maldición, él retiró su mano.
Ella despertó entre un respiro y el siguiente, y él se encontró a sí mismo mirando fijamente a un par de somnolientos ojos azules. Se miraron el uno al otro por un largo momento.
–¿Cómo se siente, Srta. Swan? –preguntó Edward.
–Mejor –ella le miró forzando la vista, tratando de verlo más claramente en la tenue luz del cuarto–. ¿Es usted uno de mis doctores?
Él titubeó sólo un momento antes de contestar:
–Sí.
–Usted me salvó la vida.
–Eso podría parecer.
Bella frunció el ceño, deseando poder ver su rostro mejor. Él le resultaba tan familiar…
–Debe usted descansar ahora, Srta. Swan –dijo Edward.
Dio un paso hacia atrás, ocultándose en la oscuridad. Su sangre la había salvado. Lo sabía con tanta certeza como que el sol saldría por el este.
Ante sus palabras, ella se sintió abrumada por un repentino cansancio.
–Espere, quiero saber su nombre...
Se le cerraron los párpados mientras el sueño la reclamaba.
Bella volvió la cabeza mientras el Dr. Cullen examinaba los puntos en su pierna.
–¿Dónde está el otro doctor?
–¿El otro doctor?
–El que vino a verme anoche.
–¿Cuál era su nombre?
–No lo sé. Era alto, de hombros anchos, con largo cabello negro. Él... tenía una voz profunda.
–No hay nadie del personal que responda a esa descripción –el Dr. Cullen sonrió indulgente–. Sin duda estabas soñando.
–¡Pero no fue un sueño! –Bella miró a Nana y a Alice–. Lo vi. Le hablé.
–Ya, ya –dijo el doctor Cullen, dándole palmaditas en la mano–. No hay necesidad de alterarse.
–No estoy alterada. Yo sólo...
Bella se volvió a recostar contra las almohadas. Tal vez ella lo había soñado todo.
–Me pasaré a verte mañana –comentó el doctor. Se detuvo en la puerta y miró por encima de su hombro–. No sé quede mucho tiempo, Sra. Swan. Ella necesita descansar.
–Entiendo –replicó Nana.
–No lo imaginé –insistió Bella una vez el doctor dejó la habitación.
–Vamos, Bella, si el doctor dijo que no hay nadie del personal con esa descripción, estoy segura que está en lo correcto–. Nana miró alrededor, sus perspicaces ojos azules reparando en cada detalle–. Es una bonita habitación –decidió.
–Debe serlo, con lo que esta costando –se quejó Bella–. ¿Dijeron cuando puedo irme a casa?
–No por un buen número de días.
–Pero el Dr. Cullen dijo que estaba haciendo un extraordinario progreso.
De hecho, cada doctor en el hospital había encontrado una excusa para pasar a ver al paciente milagroso cuyas heridas internas habían sanado de la noche a la mañana.
–Eso es cierto –se mostró de acuerdo Nana–. Pero tenías un buen chichón en la cabeza. El Dr. Cullen quiere vigilarte por uno o dos días más –Nana tomó la mano de Bella entre las suyas y la apretó fuerte–. Casi te perdemos, criatura.
–Lo sé –era aterrador pensar cuan cerca había estado de la muerte. Era algo sobre lo que no le gustaba pensar, y rápidamente cambió de tema–. Alice, ¿como te está yendo en la escuela? ¿Aprobaste tu examen de historia?
–Notable alto –replicó Alice presumidamente–. Rosalie sacó un suficiente bajo y Kate un insuficiente.
–No te regodees –la reprendió Bella.
–Deberíamos irnos –dijo Nana, poniéndose en pie–. No queremos cansarte.
–Pero me siento bien.
–El doctor dijo que deberías descansar, así que descansa–. Nana besó la mejilla de Bella–. Es un milagro –murmuró, reprimiendo una lágrima–. Un milagro –le dio unas palmadas al hombro de Bella–. ¿Puedo traerte algo mañana? ¿Un libro, tal vez?
Bella asintió.
–Algo para leer estaría bien. ¿Y tal vez una malteada de fresa de la tienda?
Nana sonrió.
–Ahora sé que te estás sintiendo mejor. Vamos Alice.
–Voy en un minuto –dijo Alice–. Necesito decirle algo a Bella.
–Está bien, pero apúrate.
–¿Qué pasa, Alice? –preguntó Bella con una sonrisa–. ¿Tienes un secreto que contarme?
Alice asintió mientras cerraba la puerta.
–Ese hombre que vino a verte anoche. Suena como el hombre que fui a ver.
–¿Qué hombre? –Bella miró a su hermana alarmada.
–Te vas a reír.
–Dímelo de todas maneras.
–Fui a la vieja casa Kendall.
–¡La casa Kendall! ¿Alice, has perdido la cabeza? ¿Qué te hizo ir allí?
Alice cogió una esquina del cubrecama de algodón y comenzó doblarla y desdoblarla.
–Bueno, todo el mundo dice que un vampiro vive allí y...
–¡Un vampiro! Oh Alice.
–Pensé que si un vampiro realmente vivía allí y te mordía, te pondrías mejor y vivirías para siempre.
Bella meneó la cabeza.
–Alice, no existen tales cosas como vampiros. U hombres lobos. O monstruos marinos, extraterrestres o sirenas.
Alice se cruzó de brazos con expresión rebelde.
–Sí que los hay.
Bella suspiró. Habían tenido la misma discusión muchas veces en los últimos dos años y medio.
–¿Estas diciendo que el hombre de cabello negro era un vampiro y que vino aquí a morderme?
Alice asintió.
–Bueno, debe haber cambiado de opinión. No tengo ansia de sangre, y no tengo ningún mordisco en el cuello. Y es de día, y estoy bien despierta –Bella tomó la mano de su hermana en la suya–. Fueron tus plegarias las que me salvaron, Alice. Las tuyas y las de Nana. Mejor vete ya, Nana te está esperando. Te veré mañana, ¿de acuerdo?
–De acuerdo.
Bella no pudo evitar sonreír mientras observaba a su hermana dejar la habitación. Vampiros, ¡sí, claro! El mundo de Alice estaba poblado con toda clase de monstruos: Pie Grande y Nessie, extraterrestres, Drácula y el Hombre Lobo. Alice los adoraba a todos.
Con un suspiro, Bella cerró los ojos. Quizá ella lo había soñado, había soñado con aquel alto, moreno y misterioso extraño que había venido a ella en la quietud de la noche.
Pero no lo creía así.
Edward se detuvo, sus dedos descansando ligeramente sobre el teclado de la computadora. Ella estaba pensando en él. Podía oír sus pensamientos en su mente, tan alto y claro como si ella estuviera hablándole directamente.
Estaba confusa, preguntándose si él había sido real o meramente una figura fantasmal conjurada desde las profundidades de su subconsciente.
Mientras avanzaba la noche, él sintió su soledad, y escuchó la silenciosa llamada de sus lágrimas.
Incapaz de resistirse, salió de la casa para convertirse en uno con la noche. Sus negras vestiduras se fundían con la oscuridad mientras él se movía rápida y silenciosamente por el camino que conducía a la ciudad.
El hospital apareció frente a él, el gran edificio blanco destellando contra el telón de fondo de la noche. Por una vez, la enfermera de noche no se encontraba en su escritorio. Sigilosamente, echó a andar por el corredor que llevaba a la habitación de Bella. Un momento después, estaba parado al lado de su cama.
Se la veía mucho mejor esa noche. La mayoría de los tubos habían sido retirados, su color era mejor, su respiración menos trabajosa. Su cabello, recientemente lavado, estaba desparramado sobre la almohada como una salpicadura de seda roja.
Pensó que ella era una parte de él ahora, y que él era parte de ella de una manera que ningún otro hombre podría jamás serlo. Al mezclar su sangre con la de ella, él había recreado un antiguo y sagrado lazo, un vínculo viviente entre ellos que no podría ser roto. Sus pensamientos eran tan claros para él como los suyos propios, su necesidad de confianza y confort imposibles de ignorar.
Se puso tenso al comprender que ella ya no estaba dormida, sino despierta y mirándolo a través de aquellos vívidos ojos azules.
–¿Quién es usted? –su voz sonaba estremecida de miedo… miedo a lo desconocido, miedo de su respuesta.
–Un donante de sangre –replicó él–. Escuché que te estabas recuperando, y quería verlo por mi mismo.
–Pero… yo pensé… anoche usted dijo…
–¿Anoche?
–¿No estuvo usted aquí anoche?
Edward negó con la cabeza, incapaz de decir la mentira en voz alta.
Ella frunció el ceño.
–Tal vez fue sólo un sueño, entonces.
–Seguramente. Buenas noches, Srta. Swan. Que duerma bien.
–Su nombre. Dígame su nombre.
–Edward Masen –saludó inclinando la cabeza–. Y ahora debo irme.
–Quédese, por favor. Yo… tengo miedo.
–¿Miedo? –preguntó él–. ¿De qué?
Habían pasado siglos desde que él le había temido a algo excepto por el descubrimiento de lo que él era.
–De estar sola –ella sonrió cohibida–. De la oscuridad.
Había temido a la oscuridad desde que tenía memoria, aunque no había una explicación lógica para ello.
–La oscuridad no puede hacerle daño, Srta. Swan –dijo él tranquilamente.
–Lo sé –racionalmente, ella lo sabía, pero la temía igualmente–. Por favor quédese, no tengo tanto miedo estando usted aquí.
«Ah, muchacha tonta –pensó él–, tenerle miedo a la oscuridad, pero no al desconocido escondiéndose en sus sombras».
–¿Quiere que encienda la luz?
–No. La oscuridad no parece tan tenebrosa estando usted aquí.
Había una cierta emoción en compartir la oscuridad con este hombre que era un extraño, una intimidad que no sería posible con las luces encendidas.
–¿No esta cansada?
–No. Parece como si lo único que he hecho estos dos últimos días sea dormir.
–Muy bien –consintió él con una ligera sonrisa–. ¿Querría hablarme acerca de usted misma?
–No hay mucho que contar.
–Por favor.
Él se sentó en la silla al lado de su cama, con cuidado de mantenerse en las sombras.
–¿Qué quiere saber?
–Todo
Bella rió.
–Bueno, nací en Denver. Mi hermana, Alice, nació cuando yo tenía once años. Pocos meses después, mis padres se divorciaron –ella se encogió de hombros. Incluso después de todos esos años, todavía le dolía. Siempre se había preguntado si el divorcio había sido de algún modo culpa suya–. Supongo que pensaron que otro bebé salvaría el matrimonio –continuó–, pero no funcionó. Mi mamá nos trajo a vivir con Nana… mi abuela. Cuando yo tenía catorce años, mamá se fugó con un conductor de camiones y nunca volvimos a saber de ella. No habíamos sabido nada de mi papá desde el divorcio, así que Nana decidió que Alice y yo debíamos quedarnos con ella. Mi hermano Jacob, acababa de empezar en la universidad cuando nuestros padres se separaron. Nana ha sido madre y padre para nosotros desde que mi madre se fue. Fui a la universidad por un par de años, y ahora soy asesora en Arias –se encogió de hombros–. Eso es todo.
–¿Quién o qué es Arias?
–Arias Interiors. Es una firma de diseño de interiores.
–Comprendo.
–¿Qué hace usted?
–¿Hacer? Ah, ¿mi trabajo, quiere decir? Escribo.
–¿Se refiere a escribir libros?
Edward asintió.
–¿Qué escribe?
–Historias de terror, mayormente.
–¿Como Stephen King?
–Más o menos.
Bella frunció el ceño.
–¿Tiene algo publicado?
–Unas cuantas cosas. Escribo bajo el seudónimo de A. Lucard.
¡A. Lucard! Él era el más exitoso y más prolífico escritor en el mercado. Sus libros estaban sistemáticamente en la lista de Best Seller del New York Times. Personalmente, a Bella no le atraía leer terror. Por curiosidad, para ver a qué venía tanto jaleo, había leído uno de sus libros. La mantuvo despierta toda la noche.
–Leí uno de tus libros –comentó ella francamente–. Me provocó las peores pesadillas de toda mi vida.
–Mis disculpas.
–¿En que esta trabajando ahora?
–Más de lo mismo, me temo.
–A mi hermanita le encantaría leer uno de tus libros. Pero Nana no la dejaría.
–¿Ah, sí? No pensé que su hermana estuviese interesada en mi trabajo.
–¿Esta bromeando? Alice adora los monstruos.
–¿Y usted? ¿Qué piensa de...los monstruos?
–No creo en ellos.
–Entonces espero que nunca conozca a uno –miro hacía la ventana. Podía sentir el cercano amanecer, sentir el prometido calor del sol–. Debo irme.
–Gracias por quedarse, Sr. Masen.
–Edward.
–Edward –ella podía verle un poco más claramente ahora, una alta figura de anchos hombros en contraste con el verde pálido de la pared. Él vestía un suéter negro y unos jeans también negros. Deseó poder ver su rostro, el color de sus ojos, la forma de su boca. Él tenía un acento de lo más inusual, uno que ella no podía terminar de ubicar–. ¿Vendrás mañana?
–No lo sé.
–Me gustaría que lo hicieras –apretó los labios, reacia a pedir un favor, pero incapaz de resistirse a hacerlo–. ¿Me traerías uno de tus libros?
–Por supuesto. Pero pensé que no te interesaban las historias de monstruos.
–Bueno, no me interesaban pero ahora que te he conocido... bueno, me gustaría darles a tus libros otra oportunidad.
–Entonces me encargaré de que recibas uno. Buenas noches, Bella.
–Buenas noches.
Observó la puerta cerrarse tras él, deseando, inexplicablemente, que le hubiera dado un beso de despedida.
Edward merodeó por las calles oscuras, consciente, siempre consciente, de la cercanía del amanecer, de la necesidad de volver a casa antes de que fuese demasiado tarde. Y, aún así, necesitaba estar fuera, sentir la oscuridad que se había vuelto tan parte de él como de sus brazos y piernas.
Se movió a través de la ciudad, impulsado por una horrible sensación de soledad, de separación. Añoraba una mujer con la que compartir su vida, pero no se atrevería a correr el riesgo de divulgar la verdad de lo que él era. Sólo podía imaginar el pánico que causaría.
Sintió el calor del sol en su espalda. Pronto, las calles estarían llenas de gente, gente que vivía y trabajaba, amaba y reía, que daba por sentado su mundo y todo lo que en él había.
Con un grito angustiado, corrió velozmente a casa, buscando la seguridad de habitaciones aisladas.
Echó el cerrojo a la puerta detrás de él. La casa estaba fría y tenuemente iluminada, un refugio de los abrasadores rayos del sol.
Protegido por la oscuridad, subió las escaleras hasta su habitación y cerró la puerta.
Su primer pensamiento, al levantarse, fue para Bella. Lo alejó, determinado a olvidar a la joven mujer de cabello rojizo y azules ojos de ensueño. Ella era una niña comparada con él, una niña con toda una vida por delante. Una criatura de la luz que no necesitaba un hombre que vestía la oscuridad como un manto, un hombre que no era como los otros hombres.
Vagó incesantemente a través de las habitaciones vacías de su casa, incapaz de concentrarse en una tarea, sus pensamientos constantemente regresando a Bella.
Dejando la casa, se mezcló con las sombras de la noche. Murmurando un juramento, comenzó a correr, incansablemente, sin esfuerzo. Milla tras milla él corrió, sus pies apenas tocando el suelo. Pero no importaba cuan lejos corriera, no podía librarse de los deseos de su corazón. Regresó a casa con el tiempo suficiente para cambiarse la ropa y envolver uno de sus libros. Seguro de que estaba cometiendo un error, pero incapaz de resistir la tentación de volver a verla, salió de su casa.
En el exterior, cerró sus ojos y envió sus pensamientos a Bella. Su hermana y su abuela habían estado allí temprano, pero ahora se habían ido, y ella estaba sola. Y solitaria.
Y pensando en él.
«Ya voy, Bella».
Instó a sus pensamientos a quedarse en la mente de ella. Poco tiempo después, él estaba en el hospital, en su habitación.
Su sonrisa de bienvenida, calida y genuina, le llenó el corazón… , el alma misma… de luz de sol.
–Buenas tardes, Bella.
–Hola.
–Se te ve mucho mejor.
–Me siento mucho mejor.
Metiendo la mano dentro de su abrigo, él sacó un paquete envuelto en papel blanco.
–Espero que éste no te de pesadillas.
–¡Te acordaste! Gracias –ella arrancó el papel y miró la portada. Ésta representaba a un hombre con el cabello del color de ala de cuervo inclinado sobre el delgado cuello de una mujer; la luz de una luna llena destellaba en sus colmillos–. "El Hambre" –dijo ella, leyendo el titulo en voz alta–. Suena un poco horrible.
–No tan mal como otros que he escrito.
–¿Lo autografiarías para mí?
–Por supuesto.
Ella le tendió el libro y un bolígrafo, luego observó mientras él lo abría por la página del título.
Él escribió durante un momento, luego cerró el libro y se lo devolvió.
–Tal vez no deberías leerlo por la noche.
–Así de aterrador, ¿eh?
–Me han dicho que mi estilo es siniestro y difícil de manejar.
Bella frunció el ceño, recordando el otro libro que había leído.
–Bueno, tu estilo es definitivamente siniestro –estuvo de acuerdo–, pero no pensé que fuera difícil de manejar. En realidad, pensé que el libro que había leído era muy bueno. Me refiero a que supuestamente tiene que asustar, y a mí ciertamente me asustó.
–¿Cuál de ellos leíste?
–"La Doncella y el Loco".
–Uno de mis primeros libros. Creo que encontrarás "El Hambre" muchísimo menos grotesco.
–Esta portada es un poco diferente a las otras.
Edward asintió.
–En realidad, es más una historia de amor que otra cosa.
–¿En serio?
Él se encogió de hombros.
–Una aberración, te aseguro. El argumento de mi próximo libro está tan lleno de asesinato y caos como para satisfacer a los más sanguinarios de mis lectores.
–¿Te importaría si no lo compro?
–No, para nada.
Bella lo miró a los ojos y olvidó todo lo demás. Había escuchado del amor a primera vista… ¿quién no? Pero nunca había creído en semejante cosa. Había conocido a otros hombres apuestos y sentido diferentes grados de atracción, pero nada igual a lo que sentía ahora, una atracción que era casi espiritual, como si su alma estuviese estirándose para alcanzar a la de él. ¿Lo sentiría él también? Nunca antes había entendido cómo una mujer podía dejarlo todo por el amor de un hombre, pero tenía el repentino e inquebrantable presentimiento de que si Edward le pidiera que lo siguiera al otro confín del mundo, ella diría que sí sin pensarlo dos veces. Eso era algo muy desconcertante y atemorizante.
Con un esfuerzo, apartó la mirada de la de él.
–¿Cuánto tiempo te lleva escribir un libro?
–No mucho, tres meses, a veces cuatro.
–¿Cuánto hace que escribes?
–Cerca de doce años –él le sonrió como si supiera que ella estaba haciendo esas preguntas porque temía otro persistente silencio entre ellos–. Basta de hablar de mí, ¿te marcharás a casa pronto?
–No por unos cuántos días más. Y luego no podré volver trabajar enseguida.
–¿Cómo te sientes?
–Bien.
–Me alegro. Debería irme ya. Necesitas descansar.
–Eso es lo que todo el mundo dice.
–Entonces debe ser verdad.
Él se puso en pie, sabiendo que debía irse, pero reacio a dejarla. Ella era como un faro de luz, resplandeciente y brillante, no tocada por la oscuridad o la maldad. Él sabía que la oscuridad que lo rodeaba parecería más negra todavía cuando la dejase.
Pero dejarla era lo que debía hacer.
–Buenas noches, Bella.
–Buenas noches, Edward. Gracias por el libro.
Él le sonrió, y luego salió del cuarto. No debía y no podía verla de nuevo.
Bella le observó ir durante un momento, luego abrió el libro por la página que él había autografiado.
«A Bella… que tu fé te mantenga a salvo de los monstruos del mundo».
Y a continuación su firma, escrita en un garabato en negrita: Edward J. Masen.
Y debajo: A. Lucard.
Ella no supo qué la hizo leer el seudónimo al revés, pero cuando lo hizo, un escalofrío corrió por su espina.
D…R…A…C…U…L…A.
–Drácula.
Bella dijo la palabra en voz alta, y luego se río. Un nombre que encajaba, ciertamente, con un hombre que escribía la clase de libros escritos por Edward Masen.
