Summari: La gente del pueblo Moulton Bay decía que había algo sobrenatural en Edward a causa de sus características. Nunca se imaginarían cuán cerca de la verdad estaban… o que por fin había encontrado a una mujer que debía poseer… Isabella Swan a quien no asustaban las habladurías de los vecinos. Al fin y al cabo, ¿qué daño podría provocar el ser amigable con el atractivo desconocido de cautivante mirada en sus ojos del color de la medianoche?

Pareja: Edward / Isabella Swan.

Libro original: Más profundo que la noche

Autora original: Amanda Ashley

Disclamer: los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la trama a Amanda Ashley. Yo solo me he encargado de unirlos!

Alerta: Esto es un universo alternativo, las personalidades y relaciones entre los personajes están cambiadas para poder satisfacer las necesidades de la novela.

MÁS PROFUNDO QUE LA NOCHE

Capitulo 3.

No iba a verla de nuevo. Esa fue una promesa que se hizo a sí mismo al despertar la tarde siguiente.

Repitió las palabras en su mente mientras se sentaba ante su ordenador.

Las tecleó en la pantalla.

Las dijo en voz alta.

No iba a verla de nuevo.

Pasó una hora. Dos.

Incapaz de resistir la tentación de verla una vez más, se dio una ducha rápida, se puso un par de pantalones negros y un suéter gris oscuro, y dejó la casa.

Pasó por la floristería y compró un enorme ramo de rosas amarillas, porque ella le recordaba a la luz del sol, rosas porque casaban con el color de sus labios, blancas para que hicieran juego con la inocencia en sus ojos. Y una única y perfecta rosa roja.

Era justo pasadas las siete cuando entró en el hospital. Apretó la mandíbula mientras caminaba por el pasillo que llevaba a la habitación de ella, sobrecogido por el olor a muerte y enfermedad. Sabía que era sólo su imaginación, y todavía, mientras pasaba junto a la unidad de cuidados intensivos, parecía como si pudiese ver los espíritus de aquellos al borde de la muerte flotando sobre los cuerpos en las camas, sus espectrales brazos estirándose hacia él, implorándole silenciosamente por aquello que solamente él podía dar.

Maldiciendo suavemente, se alejó, caminando ciegamente pasillo adelante.

Pensó que debería marcharse en ese mismo momento. Nunca debería haber ido ahí en primer lugar.

Y entonces se encontró fuera de su habitación, abriendo la puerta. Y ella le estaba sonriendo, sus ojos azules claros y brillantes, sus mejillas coloradas.

–Tenía la esperanza de que se pasase por aquí –dijo ella, el placer evidente en su tono de voz.

Edward le devolvió la sonrisa mientras le tendía el ramo.

–Son hermosas –murmuró Bella–. Gracias.

–No te hacen justicia.

Bella se sintió ruborizar.

–Usted me halaga, señor.

–En absoluto.

–Hay un jarrón en esa alacena –dijo Bella–. ¿Le importaría ponerlas en agua por mí?

Con un asentimiento, él abrió la puerta de la alacena, encontró el jarrón y lo llenó. Cogiendo las flores, las colocó en el jarrón y luego puso éste en la mesa junto a la cama.

–Así que –dijo, tomando asiento en la silla verde de plástico–, ¿cómo te sientes esta tarde?

–Mucho mejor. El doctor Cullen está bastante impresionado con mi recuperación –sonrió–. Dice que puedo irme a casa mañana.

–Esas son buenas noticias.

Bella asintió.

–Mi hermano telefoneó hoy. Está en Sudamérica.

–¿Haciendo qué?

–Construyendo puentes.

–¿Lleva allí mucho tiempo?

–Casi un año. Le gusta de veras, aunque no estoy segura de si es por el país o por la hermosa chica boliviana con quien se está citando. ¿Usted tiene hermanos o hermanas?

–No.

–Yo tengo una hermana, también. Aunque claro, usted ya la conoció, ¿no? –rió Bella suavemente–. Ella me dijo que le hizo una visita.

–Sí –replicó él sonriendo–. Vino en busca de un vampiro.

–Apuesto a que quedó decepcionada cuando no encontró uno.

Edward asintió.

–Es una niña muy valiente, yendo a cazar vampiros en mitad de la noche.

–Está obsesionada con todo lo paranormal –observó Bella, meneando la cabeza–. Cuando crezca, quiere ser caza-vampiros.

–Una ocupación inusual en esta época.

–En cualquier época, pensaría yo, dado que los vampiros no existen.

Edward se encogió de hombros.

–Los habitantes de algunos países estarían en fuerte desacuerdo contigo.

–No lo dirá en serio.

–Y tanto que sí. Hace tan solo un siglo o así desde que Inglaterra declaró ilegal la práctica de clavar estacas en los corazones de los suicidas para asegurarse de que no se convirtiesen en vampiros.

–Habla como si hubiese llevado a cabo todo un estudio. Aunque claro, supongo que es natural, dado que usted escribe sobre ellos.

–Sí. En tiempos antiguos, la gente enseguida se daba cuenta de que cuando un hombre herido, o una bestia, perdía gran cantidad de sangre, su fuerza vital se debilitaba. Creían que la sangre era la fuente de la vitalidad, y, así, empapaban sus cuerpos con sangre, y, algunas veces, la bebían –hizo una pausa, imaginando el cálido y metálico sabor en su lengua–. El vampirismo ha sido documentado en Babilonia, Roma, Grecia, Egipto, China y Hungría. En la antigua Grecia, la gente creía en la Lamia, quien, según los relatos, era una mujer-demonio que atraía a jóvenes hombres a la muerte para beber su sangre.

Bella se estremeció. Ella nunca había creído en semejantes tonterías, pero Edward hablaba con convicción, como si realmente creyese que tales criaturas existían. Pero él tendría que creer al menos un poco, pensaba ella, para escribir libros tan convincentes.

Miró la novela que él le había dado la noche anterior.

Edward siguió la dirección de su mirada.

–¿Me atrevo a preguntar si has leído algo de ella?

–He leído la mitad –replicó.

Se había pasado la mayor parte del día leyendo. Una vez hubo empezado, fue incapaz de cerrar el libro. Era un libro oscuro, y aún así ella había sido conmovida por el amor del vampiro hacia una mujer mortal.

–¿Y?

–Puedo ver por qué entró en la lista de bestsellers. No creí que me fuese a gustar. No después del otro. Pero este… –frunció el ceño–. El vampiro parece tan real, tan trágico. No puedo evitar sentir pena por él.

Edward asintió, complacido de que ella hubiese visto la humanidad de su héroe.

–Es bastante diferente de lo que usted escribe usualmente, ¿no?

–Bastante, sí.

–¿Tiene un final feliz?

–¿De veras quieres que te lo cuente?

Bella meneó la cabeza.

–No, aunque debo confesar que estuve tentada de leer el final para ver cómo resolvió usted el conflicto.

–¿Cómo crees que debería acabar?

–Felizmente. Ya hay suficiente miseria en el mundo.

Edward asintió. Más de la que puedes imaginar. Por un momento, sus pensamientos se tornaron introspectivos, y luego él se puso de pie mientras sentía a la hermana de Bella y a su abuela aproximándose.

Se giro hacia la puerta al mismo tiempo que Alice y su abuela entraban en la habitación. Ambas se detuvieron bruscamente al verle.

Edward sonrió secamente mientras Alice lo miraba fijamente. No necesitaba ser clarividente para leer sus pensamientos. Ella se estaba preguntando qué estaba haciendo él allí, lo que su abuela diría si averiguaba que había ido a verle sola, ya avanzada la noche.

Edward le guiñó un ojo a la niña, esperando tranquilizarla, y luego comprendió que Bella estaba haciendo las presentaciones. Estrechó la mano de la abuela de ambas y sonrió a Alice, quien pareció aliviada cuando ni su hermana ni Edward divulgaron su secreto.

Él se quedó unos cuantos minutos más, consciente de la curiosidad de la mujer mayor. La abuela de Bella, Lena, era demasiado educada para mirar con fijeza o hacer preguntas impertinentes, pero él sintió sus miradas furtivas, supo que ella se estaba preguntando dónde le había conocido su nieta y por qué él estaba visitándola.

Tan rápido como fue posible, Edward deseó a Bella buenas noches y se marchó.

Él no se quedaba atrapado a menudo en tan pequeño espacio con mortales.

Estando así de cerca, había sido demasiado consciente de ellos, agudamente consciente de las diferencias entre sí mismo y la humanidad, de sus debilidades y fragilidades.

Una vez en el exterior, tomó una profunda inspiración, las aletas de su nariz expandiéndose con la miríada de olores de la noche.

Pensó en Bella, y maldijo la oscura soledad que habitaba su alma.

Tan pronto como él se hubo ido, Nana fijó su atención en Bella.

–¿Quien era ese hombre?

–¿Te refieres al señor Masen?

–Naturalmente que me refiero al señor Masen –replicó Nana–. ¿Qué es lo que hace? ¿Dónde le conociste? ¿Cuánto tiempo hace que le conoces?

–Por Dios, Nana, pareces el Sargento Joe Friday1 –exclamó Bella, sonriendo–. Sólo los hechos, señora –dijo, en una decente imitación de Jack Webb2.

–No seas insolente, Isabella Marie Swan.

Bella suspiró. Cuando Nana empleaba ese tono, Bella se sentía como una niña de nuevo en vez de una mujer adulta.

–Le conocí hace tan sólo un par de días. Donó algo de sangre y pasó por aquí para ver cómo estaba yo –señaló con un gesto de su mano el libro sobre su mesilla de noche–. Es escritor.

Alice cogió el libro y leyó el título.

–¡A. Lucard! ¿Él es A. Lucard?

Bella asintió. Alice meneó la cabeza.

–No me lo creo.

–Bueno, pues es verdad.

–¿Dan sus libros tanto miedo como todo el mundo dice? ¿Puedo leerme éste cuando te lo acabes?

–Sí, sus libros dan miedo, y no, no puedes leértelo.

–¿Por qué no?

–Porque eres demasiado joven.

–No lo soy.

–Sí lo eres.

–Niñas, ya basta. Alice, ¿por qué no vas a traerme una taza de café?

Alice alzó las cejas.

–¿Realmente quieres una taza de café o solo estás intentando librarte de mí?

–Limítate a hacer lo que te digo, señorita.

–¡Oh, de acuerdo! –rezongó Alice.

Bella tomó una profunda y fortificante inspiración mientras observaba a su hermana salir de la habitación.

–Ahora, señorita –dijo Nana–, cuéntame lo que está pasando entre tú y el señor Masen.

–Oh, por el amor de Dios, Nana, ¿qué te piensas que está pasando?

–Si lo supiese no te lo estaría preguntando.

–No está pasando nada. ¡Acabo de conocer a ese hombre! –Bella meneó la cabeza, molesta. Quería a su abuela, pero algunas veces las ideas chapadas a la antigua de Nana sobre lo que era correcto y lo que no la hacían desear gritar–. Estoy en el hospital, por el amor del cielo. Difícilmente sería un lugar apropiado para un affair, si yo decidiese tener uno.

–¡Bella!

–Lo siento.

–Es sólo que parece raro, eso de él viniendo aquí.

–¿El qué es raro? – preguntó Alice.

La niña tendió una taza de papel llena de negro café a su abuela.

–Nada.

Nana se reclinó en su silla y sorbió su café, escuchando mientras Alice le contaba a Bella acerca de su día en la escuela. Unos cuantos minutos más tarde, la campana que señalaba el fin de las horas de visitas sonó a través de todo el hospital.

–¿Aún vas a venir a casa mañana? –preguntó Alice.

–Sí.

Alice se volvió hacia su abuela.

–¿Puedo venir contigo a recoger a Bella?

–No, tienes escuela.

–Podría faltar un día.

–No. Da a Bella las buenas noches. Tenemos que irnos.

Alice abrazó a Bella.

–Nunca puedo hacer nada –se quejó.

–Cuando me sienta mejor, iremos de compras.

–¿Lo prometes?

–Lo prometo.

–Buenas noches, Bella –dijo Nana–. Estaré aquí mañana a eso de las diez.

–Buenas noches, Nana.

Bella se recostó sobre las almohadas. Ahora que lo pensaba, era extraño que Edward Masen hubiese venido a verla. Después de todo, ella había donado sangre a la Cruz Roja en numerosas ocasiones pero nunca había sabido a dónde iba a parar esa sangre. E incluso aunque a menudo se preguntaba quien la había recibido, y si quizás había servido para salvar una vida, nunca había ido en busca de los recipientes de la misma.

¿Y? Quizá él simplemente era más curioso de lo que lo era ella. O quizás tenía algún motivo siniestro… Bella meneó la cabeza. No era propio de ella ser suspicaz. Nana a menudo decía que era demasiado confiada, demasiado ingenua, para su propio bien, y quizá lo era.

Pero ella prefería pensar lo mejor de las personas en lugar de lo peor. Sabía que había maldad en el mundo, pero no veía razón para escarbar en ello sólo porque las noticias de las seis no eran capaces de hablar de nada más. Después de todo, había bondad en el mundo también. Y Edward Masen era la prueba viviente. Él había donado sangre a una completa extraña y luego se había pasado a ver cómo ésta estaba evolucionando.

Frunció el ceño mientras contemplaba las flores que él le había traído. ¿Cómo había averiguado quién había recibido su sangre, ya que estábamos? ¿Esa información no era confidencial?

Cogió la rosa roja del jarrón y olisqueó su fragancia. Fuese como fuese, él era el hombre más generoso que ella había conocido nunca. Las flores deben haberle costado una pequeña fortuna –pensó. Las rosas de floristería nunca eran baratas, y había al menos tres docenas de capullos, todos perfectamente formados.

«Son hermosas» –meditó. Luego sonrió. Él había dicho que no le hacían justicia a ella. Era uno de los cumplidos más bonitos que había recibido jamás.

Sonriendo, devolvió la rosa al jarrón y alargó la mano hacia el libro, ansiosa por descubrir cómo acababa el romance entre el vampiro y la mujer mortal.

1 N. de la T: protagonista de una popular serie policíaca norteamericana de los años cincuenta.

2 N. de la T: nombre del actor, ya fallecido, que interpretó al sargento Friday.