Summari: La gente del pueblo Moulton Bay decía que había algo sobrenatural en Edward a causa de sus características. Nunca se imaginarían cuán cerca de la verdad estaban… o que por fin había encontrado a una mujer que debía poseer… Isabella Swan a quien no asustaban las habladurías de los vecinos. Al fin y al cabo, ¿qué daño podría provocar el ser amigable con el atractivo desconocido de cautivante mirada en sus ojos del color de la medianoche?
Pareja: Edward / Isabella Swan.
Libro original: Más profundo que la noche
Autora original: Amanda Ashley
Disclamer: los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la trama a Amanda Ashley. Yo solo me he encargado de unirlos!
Alerta: Esto es un universo alternativo, las personalidades y relaciones entre los personajes están cambiadas para poder satisfacer las necesidades de la novela.
MÁS PROFUNDO QUE LA NOCHE
Capitulo 4.
Bella rápidamente se aburrió de tener que quedarse en casa. Ella estaba acostumbrada a estar en movimiento. Como asesora, viajaba a menudo a ciudades cercanas para aconsejar a grandes compañías en la redecoración de sus oficinas.
Justamente había estado regresando de uno de esos trabajos cuando sucedió el accidente. Un minuto ella estaba conduciendo por la autopista escuchando a Billy Ray Cyrus y luego, lo siguiente que recordaba era estar en el hospital envuelta en vendajes sin memoria de cómo había llegado allí. Tenía suerte de estar viva.
Pasó los canales de la TV. Telenovelas y programas de entrevistas, programas de entrevistas y telenovelas. Con una mueca, apagó la televisión y cogió el último libro de Edward. Le había pedido a Nana que se lo comprase. Al contrario que "El Hambre", el cual había tenido un fuerte romance y, para su mayor deleite, un final feliz, este libro, titulado "Señor de la Oscuridad", era estrictamente de horror. Era una historia terrorífica, y, aún así, cuando ella intentaba analizarla, no podía establecer exactamente qué era lo que la hacía tan terrorífica. El horror no era espeluznante. El derramamiento de sangre no era tan sangriento que fuese asqueroso. Quizás fuese el hecho de que todo parecía tan plausible, tan real.
Edward había estado en lo cierto en una cosa, no obstante. Ella no leía sus libros por la noche.
Puso el libro a un lado cuando Alice llegó a casa de la escuela.
–Hola, Calabacita. ¿Tuviste un buen día?
–Estuvo bien. Saqué un Notable en un examen de matemáticas.
–Eso es genial. Nana horneó galletas esta mañana. ¿Qué tal si me traes unas pocas y un vaso de leche?
–Okay –Alice arrojó su suéter y sus libros sobre una silla y fue a la cocina. Volvió momentos más tarde con dos vasos altos de leche y un plato de galletas de avena–. ¿Dónde está Nana?
–Fue a casa de la señora Zimmermann para jugar a la canasta.
–Oh –Alice se sentó al borde del sofá–. ¿Qué tal está el libro?
–Es bueno. Él es un escritor con mucho talento.
–¿Por qué crees que la gente dice que un vampiro vive en su casa?
–Debería resultar obvio, incluso para una niña como tú –dijo Bella con una sonrisa–. El hombre escribe sobre vampiros y hombres-lobo.
–Supongo. Su casa estaba realmente oscura por dentro cuando yo fui allí.
–¿No entraste, verdad?
–No. Pero pude ver un poco del interior –Alice mordisqueó una galleta con expresión pensativa–. No había ninguna luz encendida.
–Quizá él se había retirado a dormir.
–No era tan tarde.
–Alguna gente se va a la cama temprano, ¿sabes?
–Tal vez. Pero es raro.
–¿El qué es raro?
–Bueno, yo, Kate y Rosalie hemos ido hasta allí montones de veces durante el día y nunca hemos visto a nadie por ahí.
–¿Y? Quizá él duerme hasta tarde y escribe por la noche.
–Los vampiros duermen durante el día.
–Oh, por el amor de Dios, Alice, ¿quieres por favor dejar de pensar que cada desconocido que te encuentras es un vampiro o un hombre–lobo?
–De acuerdo, de acuerdo. ¿Vas a comerte esa última galleta?
–No, toda tuya.
Alice se comió hasta la última de las galletas, se terminó su leche y se puso en pie.
–Voy a ir a casa de Irina. ¿Quieres algo antes de que me vaya?
–No, estoy bien. No vuelvas tarde.
–No lo haré. Hasta luego.
–Adiós.
Bella miró por la ventana, deseando poder salir fuera. Era una hermosa tarde, brillante y clara, un día perfecto para dar un largo paseo por el parque. No podía esperar hasta que su pierna estuviese mejor. Ella odiaba que tuviesen que atenderla, odiaba estar confinada en la casa, odiaba tenderse en el sofá con la pierna apoyada sobre una almohada. Y, tanto como quería a su abuela, no podía esperar para volver a su propio apartamento. Nana había montado un alboroto cuando Bella decidió mudarse, pero Bella había necesitado ser independiente, vivir sola, incluso si su apartamento estaba situado a menos de un kilómetro y medio de su hogar.
Se preguntó lo que Edward Masen estaría haciendo, y si ella alguna vez le vería nuevamente, y si él pensaba en ella tan a menudo como ella pensaba en él.
Edward merodeó por los bosques detrás de su casa, batallando contra su deseo de ver a Bella de nuevo.
Habían transcurrido seis semanas desde la última vez que la había visto. Seis interminables semanas.
Su escritura había florecido. Atormentado por su deseo por Bella, había pasado largas horas ante su ordenador, volcando su frustración en su escritura. Las palabras venían fácilmente ahora. Oscuras y airadas palabras que brotaban como lava, endureciendo las páginas. La ira y la soledad de doscientos años fluían de él, liberadas por su anhelo por una mujer mortal con el cabello como una llama y ojos tan azules como un cielo de mediados de verano. Pensó con pesar que ahora podía realmente simpatizar con su vampiro.
Pero él no estaba pensando en su trabajo en progreso esa noche. Él era uno con la oscuridad mientras se movía a través de los bosques, sus pisadas apenas haciendo un sólo sonido. Captó el débil olor de un zorrillo, el olor de follaje marchito, el hedor de un animal muerto, el acre olor del humo elevándose desde una distante chimenea. Oyó el frenético escurrirse de las criaturas nocturnas que cazaban en la noche, el golpeteo de pequeñas alas, el grito de muerte de una bestia de presa que no había sido lo suficientemente rápida para escapar al cazador.
Hizo una pausa cuando alcanzó la cima de la colina, su mirada barriendo la oscuridad, buscando a Bella. Oh, sí, él sabía dónde vivía su abuela. Había pasado junto a la pequeña residencia de ladrillo rojo cada noche durante las pasadas seis semanas, atormentándose a sí mismo con su cercanía. Oculto en las sombras fuera de la residencia de Lena Swan, había escuchado la voz de Bella, inhalado su esencia, leído sus pensamientos.
Sería tan fácil tomarla, hacerla suya. Ellos estaban unidos ahora, eternamente conectados por la sangre que compartían. Él cerró los ojos, imaginando la simplicidad de todo ello. Esperaría hasta tenerla sola, la seduciría con una mirada y se la llevaría a su casa. Podría pasar horas haciéndole el amor y luego borrarlo todo de su mente… Un vil juramento escapó de sus labios y luego él estaba corriendo a través de la oscuridad, huyendo de su suave piel bañada por el sol y ojos azul cielo, de labios del color de rosas de verano. Escapando de la antigua maldición que corrompía su mera alma.
Pero no podía dejar atrás el recuerdo de su sonrisa, o el suave y cálido sonido de su voz.
De vuelta en su propia casa, se hundió en la silla frente a su ordenador, preguntándose por qué repentinamente se sentía impulsado a escribir la historia de su propia vida en lugar de la ficción que venía tan fácilmente a él.
En todos los siglos de su existencia, él había rehusado profundizar en el pasado.
Una vez se hubo resignado a su destino, lo abrazó. Hacer algo distinto a eso habría sido impensable. Era la única manera de preservar su salud mental. No había vuelta atrás, de nada servía revolcarse en la autocompasión. Era del todo inútil lamentarse por lo que estaba para siempre perdido para él.
Había habido un corto período de tiempo durante el cual él había llorado la muerte de su esposa e hija, llorado por su antigua vida, y luego había colocado los recuerdos tras él y rehusado reconocer el dolor y la pena.
¿Así que porqué, se preguntaba, porqué ahora?
La respuesta era ridículamente simple, y sorprendentemente compleja.
Era a causa de Bella. Algo en ella le recordaba a Tanya, le hacía suspirar por la vida que había perdido, le hacía dolorosamente consciente del hecho de que no era un hombre mortal en el verdadero sentido de la palabra.
Como siempre que estaba perturbado, buscó escape en cualquier libro en el que estuviese trabajando en ese momento.
Inclinándose hacia delante, encendió el ordenador. Por un momento, observó la vacía pantalla azul, y luego abrió el documento que deseaba y comenzó a leer, comenzando en la página uno.
EL DON OSCURO.
Capítulo 1
Nací en una pequeña villa en Rumanía, siendo el menor de siete hijos. Había una vieja leyenda que decretaba que el séptimo hijo de un séptimo hijo estaba destinado a convertirse en un vampiro. De niño, la idea me aterrorizaba. Los vampiros vivían en la oscuridad y bebían la sangre de los vivos. El pensamiento de beber sangre me ponía enfermo, pero era el pensamiento de habitar para siempre en la oscuridad el que me dejaba aturdido de miedo, porque yo tenía un profundo y constante miedo de la noche.
Tan lejos como podía recordar, mis sueños habían sido acosados por terrores sin nombre. Numerosas veces había implorado a mi madre que me dijese que no era verdad, que yo no crecería para ser un vampiro. Numerosas veces, ella me había sostenido en sus brazos y asegurado que era sólo un cuento de viejas. ¿Por qué nunca vi la verdad en sus ojos?
Conforme me hacía mayor, mis sueños se tornaron más intensos. El terror que me acosaba ya no carecía de nombre, o de rostro. Era una mujer quien daba cuerpo al terror que acosaba mis noches, una mujer de piel olivácea y cabello tan negro como el carbón. Una mujer cuyos ojos ámbar quemaban con los fuegos de los condenados.
Cuando cumplí veintidós, me enamoré de la hija del herrero. Un año más tarde, nos casábamos, y, durante los siguientes cinco años, sólo conocí la felicidad. Nuestra tristeza era que Tanya no lograba concebir, pero a mí, siendo un tanto egoísta, no me importó. Sólo deseaba a Tanya. Mis pesadillas habían cesado hacía mucho. Mi miedo a la oscuridad había sido ahogado en el dulce abrazo de Tanya. Y entonces, tarde, una noche mientras yacíamos entrelazados el uno en los brazos del otro, ella me dijo que estaba embarazada de mi hijo. Sólo entonces comprendí lo que la verdadera alegría era. Ah, esos benditos días y noches cuando la vida era plena y perfecta, cuando el vientre de mi amor se hinchaba con la presencia de un hijo, y cada día veía nuestro amor crecer y volverse más fuerte, más profundo.
Nuestra hija nació una soleada mañana de comienzos de primavera. Murió al alba siguiente, y su madre con ella. Desafortunado, dijo la comadrona. La niña había llegado demasiado pronto; Tanya murió de fiebre de parto. Las enterré en la cima de una ventosa colina, mi esposa, mi hija y mi corazón.
Las pesadillas regresaron esa noche...
Edward se reclinó en su silla y estiró las piernas. Le había puesto el nombre a su heroína por su consorte. Tanya, con cabello como seda amarilla y ojos tan marrones como la misma tierra. Él no había pensado en ella voluntariamente en siglos, aún así, ahora, tan sólo ver su nombre lo traía todo de vuelta… el amor que ellos habían compartido, la felicidad que una vez habían conocido. Ella había llamado a su hija Jane. Jane, el único hijo que él había engendrado. El único hijo que jamás nacería de él.
Observó la pantalla del ordenador, las palabras tornándose borrosas ante sus ojos. No había amado a una mujer desde Tanya. Había habido otras mujeres en su vida, profesionales pagadas que habían aliviado su lujuria, pero ninguna mujer especial, ninguna a quien él se atreviese a confiar la realidad de lo que era.
Únicamente ahora, después de más de doscientos años, había encontrado una mujer cuyo corazón deseaba ganar, una mujer en quien anhelaba confiar. Pero a quien no se atrevía a amar.
Por el bien de ella, él no se atrevía a amarla.
Bella estaba sentada en el columpio del patio de atrás, contemplando las colinas que se alzaban hacia el este más allá de Moulton Bay. Como siempre en los últimos tiempos, sus pensamientos se centraban en Edward. ¿Dónde estaba él esa noche? ¿Qué estaba haciendo? ¿Pasaba cada momento que estaba despierto pensando en ella? ¿Se sorprendía a sí mismo repentinamente observando en la distancia, preguntándose lo que ella estaría haciendo, pensando, vistiendo?
Siete semanas. Siete semanas desde la última vez que le había visto. Había pensado que había algo entre ellos, una mutua atracción, pero aparentemente había estado equivocada. Seguramente, si él hubiese sentido siquiera la mitad de lo que ella todavía sentía, la habría telefoneado. Después de cuatro semanas, ella había hecho a un lado su orgullo y su buen juicio e intentado llamarle, pero la operadora le había informado que no había constancia de un Edward Masen, o de A. Lucrad en el listín.
Había leído todos sus libros. Dos veces. La primera vez, la habían espantado. La segunda, había detectado un nexo común a cada historia. No importa quien fuese el héroe, éste siempre portaba una pesada carga o albergaba un oscuro secreto, y siempre se trataba de un hombre solitario, temeroso de amar, temeroso de confiar. ¿Una coincidencia? ¿Una silenciosa plegaria de ayuda? ¿O estaba ella simplemente siendo imaginativa? ¿Dónde estaba? ¿Por qué no llamaba? ¿Por qué no había venido a verla? ¿Por qué no podía ella dejar de pensar en él?
–Bella.
Su voz, tan suave que no estaba segura de si la había oído realmente o si se trataba de su mente jugándole una mala pasada de tanto que deseaba volver a verle.
–Bella.
Lentamente, apenas atreviéndose a albergar esperanzas, se giró hacia el sonido de su voz. Y ahí estaba él, una alta y oscura figura recortada contra la negrura de la noche.
–Edward.
Él se movió hacia ella con lentitud. Un rayo de luna lo bañó en plata. Y luego él estaba ahí: parado frente a ella, tan alto y ancho de hombros como ella lo recordaba. Su cabello, largo, negro y revuelto por el viento, enmarcaba una cara fuerte y angulosa.
–¿Cómo has estado? –preguntó él.
Su voz fue tan suave como una oración, tan íntima como la caricia de un amante.
–Bien –replicó ella–. ¿Y tú?
–Bien –dijo él–. Como siempre.
–¿Cómo va tu nuevo libro?
–Lento.
–¿Oh? ¿Por qué?
La mirada de él encontró la suya, sus oscuros ojos intensos.
–He tenido otras cosas en la mente.
–Oh –sintió como si de repente le faltase de aliento, como si alguien hubiese succionado todo el oxígeno del aire–. ¿Qué cosas?
–Bella…
Ella se inclinó hacia adelante, esperando sus próximas palabras, con la esperanza de que él le dijese que la había echado de menos, que había pasado cada minuto despierto pensando únicamente en ella.
Él estaba observándola desde muy cerca, la mirada fija en su rostro. Ella podía sentir el calor de la misma, su poder. En ese momento, ella le habría dicho cualquier cosa que él quisiese oír, hecho cualquier cosa que él pidiese. Aunque no estaban tocándose, era casi como si él estuviese acariciando su cabello, su mejilla.
Y entonces él dio un paso atrás, liberándola de su mirada.
–Edward –su voz era temblorosa, incierta.
–¿Qué quieres de mí, Bella?
–¿Querer?
–He estado mucho en tu mente estas pasadas semanas.
Bella lo miró. ¿Cómo había sabido eso?
–Oigo tu pensamientos. Siento tu soledad, tu desazón –apretó los puños para evitar alargar las manos hacia ella–. ¿Qué deseas de mí?
–Yo… nada.
–No puedes mentirme, Bella. Sé que tus noches son largas y que el sueño no te trae descanso. Te has preguntado por qué no te he llamado, qué he estado haciendo que me mantuvo alejado.
–¿Cómo sabes esas cosas? No puedes leer mi mente. Es imposible.
–Si hay una cosa que he aprendido, Bella, es que pocas cosas en la vida son imposibles.
Ella desvió la mirada, avergonzada al saber que él había adivinado sus más íntimos pensamientos.
–No apartes la mirada, Bella. No tengo que leer tu mente para conocer tus pensamientos, porque tus pensamientos han sido míos. También mis noches son largas y solitarias. Tu imagen acosa mis días. El recuerdo de tu sonrisa permanece en mis sueños. Deseo…
–¿Qué? –preguntó ella, la voz enronquecida. Nunca ningún hombre le había dicho cosas tan románticas, o la había hecho sentir tan deseable–. ¿Qué es lo que deseas?
–Esto –dijo él, y, arrodillándose ante ella, tomó su cara en sus manos y la besó.
Ella había sido besada antes, y a menudo, pero nunca así. Su toque la atravesó como fuego satinado, caliente y seductor. Sus dedos se deslizaron hacia sus hombros, sosteniéndola con firmeza, y ella sintió la fuerza latente en sus manos, percibió el poder que irradiaba de él como el calor irradiaba del sol.
Bella oyó un gemido bajo. ¿Había salido de ella o de él? Su lengua se deslizó sobre su labio inferior, internándose dentro para acariciar la suave carne interna, y ella se sintió derretir, por el calor de su toque, la gentil presión de sus dedos masajeando sus hombros, resbalando por sus brazos. Las manos de él estaban frescas contra su piel desnuda.
–Bella –su voz sonó alterada mientras él se retiraba.
Ahogándose en sensaciones, ella le miró a través de ojos medio cerrados. Él le acarició la mejilla y ella giró la cara contra su palma, deseando más.
Él no debería de haber venido aquí. Comenzó a incorporarse, queriendo decirle que había sido un error, pero ella le agarró la mano y se la retuvo con fuerza.
–No te vayas.
–Bella, escúchame…
–No. No creo que desee oír lo que tienes que decir.
–Es por tu propio bien.
–Ahora sé que no quiero oírlo.
Como un lobo que hubiese captado un rastro de olor, Edward se volvió hacia la casa. Lena Swan se estaba despertando.
–Tengo que irme –dijo.
–No hasta que me prometas que regresarás mañana.
Él podía oír a Lena Swan llamando a Bella. No quería que la mujer le encontrase allí, no deseaba tener que explicar algo que era, por el momento, inexplicable.
–¿Edward?
–Muy bien. Mañana por la noche.
–¿A qué hora?
–¿Las diez es demasiado tarde?
–No.
–Aquí, entonces, a las diez –dió un paso hacia adelante, se llevó la mano de ella a los labios y la besó–. Hasta mañana –susurró, y, adentrándose en la oscuridad, desapareció en las sombras.
–Hasta mañana –repitió Bella, y se preguntó cómo sería capaz de sobrevivir las horas que faltaban hasta que volviese a verle.
Él se sentó enfrente de su ordenador, la vista fija en la pantalla, retomándolo donde lo había dejado.
Las pesadillas volvieron esa noche, más reales, más terroríficas que antes. Sin Tanya, no había nada que me ligase a mi antigua vida a mi antiguo hogar. Me despedí de mis padres y dejé la villa sin mirar atrás. Estaba huyendo. Escapando del recuerdo de mi esposa e hija. Escapando de las imágenes que nuevamente acosaban mis sueños. ¡Qué tonto fui, al pensar que podía correr más que mi destino! Estaba en Francia, intentando ahogar mi pena en una jarra de cerveza, la noche en que ella me encontró.
Ignoro cuánto tiempo permaneció de pie a mi lado antes de tocarme. Sólo recuerdo alzar la mirada hacia el más exquisito par de ojos color ámbar que jamás había visto. Supe en ese momento que estaba perdido, irremediablemente y para siempre, y que haría cualquier cosa que ella me pidiese.
Ella dijo mi nombre, y yo no pregunté cómo lo conocía.
Tomó mi mano, y yo la seguí fuera de la taberna, a través de una oscura calle, al interior de una oscura casa.
Fui su prisionero desde aquella noche. Ella no me aprisionó con cadenas, ni me mantuvo encerrado en una mazmorra. Fue el poder de sus ojos, la fuerza de su voluntad, lo que me esclavizó.
Yo dormía durante el día y despertaba al caer la noche. Ella me dijo que su nombre era Maria, y que había estado esperándome desde el día de mi nacimiento. Yo consideré que esa era una extraña declaración, dado que ella era una mujer joven. Una mujer hermosa, la más hermosa que yo había visto jamás. Su cabello, tan negro como la noche, caía hasta sobrepasar sus caderas como un río de oscuridad. Su piel era como porcelana, sus labios del rosa más pálido imaginable.
Era una mujer rica. Su casa era enorme y estaba bien equipada, llena de pinturas, tapices y exóticas cerámicas y figurillas. Ella me llevó a la ópera y al teatro, me vistió con finas ropas, me enseñó a leer y escribir.
Yo nunca la veía durante el día. Nunca la ví comer. Cuando me atreví a cuestionarla acerca de eso, ella dijo que prefería quedarse levantada hasta tarde y dormir hasta tarde, y que prefería cenar sola.
Y yo la creí. Sólo más tarde me di cuenta de que ella había nublado mi mente para que esos hechos no pareciesen inusuales o importantes.
Pasaron los meses. Yo ni era feliz ni desgraciado. Hacía lo que me decían y no pensaba en el mañana.
Hasta la noche en que desperté y Maria no estaba ahí...
Edward se recostó en su silla, sus pensamientos viajando de Maria a Bella. Ella estaría esperándole mañana por la noche.
La idea le llenó de anticipación. Y temor.
