Summari: La gente del pueblo Moulton Bay decía que había algo sobrenatural en Edward a causa de sus características. Nunca se imaginarían cuán cerca de la verdad estaban… o que por fin había encontrado a una mujer que debía poseer… Isabella Swan a quien no asustaban las habladurías de los vecinos. Al fin y al cabo, ¿qué daño podría provocar el ser amigable con el atractivo desconocido de cautivante mirada en sus ojos del color de la medianoche?
Pareja: Edward / Isabella Swan.
Libro original: Más profundo que la noche
Autora original: Amanda Ashley
Disclamer: los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la trama a Amanda Ashley. Yo solo me he encargado de unirlos!
Alerta: Esto es un universo alternativo, las personalidades y relaciones entre los personajes están cambiadas para poder satisfacer las necesidades de la novela.
MÁS PROFUNDO QUE LA NOCHE
Capitulo 5.
Bella pensó que las horas nunca pasarían. Estuvo inquieta durante toda la cena, escuchó impacientemente mientras Alice recitaba su tarea y miró la TV sin ver nada.
A las ocho y media, arropó a Alice en la cama y le dio las buenas noches a Nana.
A las nueve en punto, se dio un largo y placentero baño de burbujas, se vistió con un par de sedosos pantalones negros y un suéter rosa pálido, se cepilló el cabello, luego los dientes, y se pintó los labios con cuidado.
A las diez en punto, salió al patio de atrás y se sentó en el columpio.
Y esperó.
Y esperó.
A las once, se dijo a sí misma que él no iba a venir. Y, aún así, esperó, preguntándose qué había en Edward Masen que la conmovía tan profundamente.
Quizás fuese el aire de suprema soledad que él rezumaba. O quizás la sensación de que él la necesitaba, aunque admitía que eso era probablemente una mera ilusión por su parte.
–Bella.
Su voz. ¿Era real, o estaba todavía soñando?
–¿Edward?
–Estoy aquí.
Ella se sentó, frotándose los ojos.
–Debo de haberme quedado dormida.
–No deberías estar aquí fuera. Hace frío.
Él estaba vistiendo un largo abrigo negro que le recordó a los guardapolvos de antaño que solían llevar los cowboys. Quitándoselo, él se lo puso a ella sobre los hombros.
–Dijiste que estarías aquí a las diez.
–Lo sé.
Ella le miró, aguardando una explicación, una disculpa, algo. Pero él simplemente se quedó ahí de pie, mirándola sus oscuros ojos llenos de tristeza.
–¿Qué es? –preguntó–. ¿Qué ocurre?
–No debería de haber venido.
–¿Por qué? Oh, no –ella meneó la cabeza, segura de que él estaba a punto de decirle que tenía una esposa y los requeridos 2 o 3 niños–. ¿Estás casado, no?
Edward rió suavemente, deseando que fuese algo tan corriente como una esposa lo que les separaba.
–No, Bella, no estoy casado.
–¿Qué es entonces?
–Me temo que has hecho la única pregunta que no puedo responder.
–Entonces no volveré a preguntar.
La simplicidad de su respuesta, la confianza brillando en sus ojos, fue su perdición. Arrodillándose ante ella, le cogió la mano.
–Bella, yo no soy como otros hombres. No debes amarme nunca. O confiar en mí.
–No entiendo.
–Rezo para que nunca lo hagas.
–Pero... –ella se mordió el labio inferior, recordando que había prometido no preguntar por qué–. ¿No vamos a vernos nunca más?
–Sería lo mejor.
–¿Para quien?
–Para tí.
–¿No tengo yo nada que decir al respecto?
–No.
–Si no deseas verme más, ¿por qué viniste aquí esta noche?
–Porque no podía mantenerme alejado.
Ella sonrió triunfalmente.
–¡Así que quieres seguir viéndome!
–Es mi mayor deseo.
–El mío también –ella le tapó la boca con la mano cuando él comenzó a hablar–. No. No digas una palabra más. Yo deseo estar contigo. Tú deseas estar conmigo. No veo cuál sea el problema.
Gentilmente, él retiró la mano de su boca y luego besó la palma de la misma. Una calidez ascendió por su brazo para acabar concentrándose en torno a su corazón.
–Espero que nunca lo hagas –dijo Edward en voz baja. Poniéndose en pie, la llevó con él–. Tu pierna, ¿está mejor?
Bella asintió.
–El doctor dijo que podía regresar al trabajo la semana que viene.
–¿Te encontrarás conmigo aquí otra vez mañana por la noche?
Ella volvió a asentir, la felicidad creciendo en su interior.
–¿Me das un beso de buenas noches?
–¿Sale el sol por las mañanas? –murmuró él, y luego inclinó su boca sobre la de ella, sus labios reclamando los suyos en un largo y prolongado beso que la dejó estremecida hasta la planta de los pies.
Cuando él separó su boca de la suya, Bella se balanceó contra él, segura de que se habría caído de no ser por los brazos rodeándola.
–Espero que no vayas a lamentar esto algún día, Bella.
–No lo haré –susurró ella–. No lo haré.
–Buenas noches entonces –replicó él, y esperó, por su bien, que ella se cansase de él antes de que fuera demasiado tarde.
En las últimas horas antes del alba, Edward se sentó frente a su computadora, leyendo lo que había escrito antes.
EL DON OSCURO.
Capítulo II.
Recorrí la casa buscando a Maria. Por primera vez, me percaté de las pesadas cortinas que cubrían cada ventana, y cuando abrí una, vi que había contraventanas en el exterior. Vagué por el piso inferior, pero no había rastro de ella por allí. Me detuve al pie de la escalera de caracol, alzando la vista hacia la oscuridad más allá de la misma.
Ella me había prohibido ir alguna vez escaleras arriba, pero esta noche algo me atrajo.
Algo más fuerte que el miedo del descubrimiento, más fuerte que la mera curiosidad.
Sabía, con cada paso que daba, que me estaba embarcando en un viaje del cual no habría retorno, pero, aún así, algo me impulsaba a seguir adelante.
Creo, incluso ahora, que sabía lo que encontraría al abrir su puerta. Quizás siempre lo había sabido. Quizás no era el poder de su mente lo que había nublado la mía todo ese tiempo, sino mi propio miedo.
Con la boca seca y el corazón martilleándome en el pecho, abrí la puerta de la habitación de Maria, y me encontré cara a cara con una escena sacada de las pesadillas de mi infancia: Maria, toda vestida de negro, inclinándose sobre el cuerpo de un chiquillo.
Aunque yo no había hecho ni un sonido, ella levantó la cabeza, sus ojos color ámbar destellando con una luz sobrenatural. Un collage de horrendas imágenes se grabaron en mi mente: la cara del niño, completamente desprovista de color, las manchas carmesí sobre la colcha blanca que encajaban con la sangre goteando de los labios de Maria.
Ella me siseó, sus ojos ardiendo. Y luego, muy gentilmente, bajó el cuerpo del niño sobre la cama y se puso de pie. A paso lento, ella caminó hacia mí. Cada instinto que yo poseía me gritaba que saliese corriendo, pero no podía moverme. Sólo podía quedarme allí, horrorizado, sabiendo que cada pesadilla que había tenido estaba a punto de hacerse realidad.
–No deberías de haber venido aquí –su voz era baja y llena de rabia.
Yo intenté hablar, decirle que lo sentía, pero las palabras no acudían a mi garganta. Lo único que podía hacer era contemplar su rostro, la sangre manchando sus labios.
Ella puso una mano sobre mi hombro y luego la dejó deslizarse hacia abajo por mi brazo.
–Eres un hombre hermoso, Jasper –comentó, con voz suave, seductora–. Había albergado la esperanza de poder esperar otro año o dos para traerte, pero ahora… –elevó un esbelto hombro–. El Don Oscuro no debería ser conferido sobre aquellos que son demasiado jóvenes.
Yo estaba temblando para entonces, más asustado de lo que había estado en toda mi vida. Ella lo sabía, y eso la complacía.
–Por favor –obligué a las palabras a pasar mis secos labios–. Por favor.
–Por favor ¿qué? –preguntó ella, su voz pura seda, sus ojos ardiendo con más y más intensidad.
–No lo hagas.
–¿Hacer qué?
Yo mire al niño tendido en su cama.
–No quiero ser como tú.
Lentamente, ella miró sobre su hombro, luego devolvió su atención a mí.
–Ya veo. ¿Preferirías ser como él?
Yo la contemplé, repugnado por ambas elecciones.
Maria me acarició la mejilla. Su mano, habitualmente fría, estaba cálida. Sus mejillas estaban ruborosas. Yo me encogí cuando sus uñas se clavaron en mi mejilla, rompiendo la piel. Había sangre en su mano cuando la retiró, y yo observe con horror mientras ella lamía mi sangre de sus dedos.
–Dulce –ronroneó–. Sabía que tú serías dulce.
–No.
Yo dí un paso atrás y me giré para echar a correr, sólo para sentir su mano sobre mi brazo. Yo era alto y musculoso. Ella pequeña y esbelta, y, aún así, me retuvo sin problemas en su agarre, y yo estaba impotente contra ella.
Ella sonrió, exponiendo sus colmillos. Yo supe entonces lo que era el autentico miedo. Presa del pánico, solté un golpe, mi puño hundiéndose en su rostro. Yo había derribado a hombres adultos con ese golpe. Maria ni siquiera se inmutó. Sus manos se trocaron en garras, sus dedos hundiéndose en mi brazo, destrozando ropa y carne. Con un gemido, yo caí de rodillas.
Maria se arrodilló a mi lado, con los ojos ardiendo.
–No puedo soportar la idea de matarte –me dijo–. Pero me temo que no puedo dejarte marchar. Has visto demasiado, y sabes donde descanso. Y así...
Ella me atrajo a sus brazos, sosteniéndome contra su cuerpo. Olía a sangre y apestaba a muerte.
–Por favor –dije yo, odiando la debilidad en mi voz y el temblor que no podía controlar.
–Se habrá acabado antes de que te des cuenta, mon ange –canturreó ella, y se inclinó sobre mí, bloqueando de mi vista todo lo demás para que no viese nada más que su rostro, y los fuegos de los condenados que ardían en las despiadadas profundidades de sus ojos.
Sentí sus dientes en mi garganta. Un miedo como nunca había conocido ascendió por mi interior, y luego ese miedo desapareció, eclipsado por un éxtasis que era casi sensual. Las fuerzas me abandonaron. Se volvió duro respirar, pensar.
Y luego yo estaba flotando a la deriva, más ligero que el aire. La oscuridad se cerró en torno a mí, más oscura que nada que jamás hubiese conocido. Grité mientras la oscuridad me rodeaba, pero ningún sonido brotó de mi garganta.
Me estaba muriendo. Solo. En la oscuridad que había temido toda mi vida. Lo sabía, pero estaba demasiado débil como para que me importase. Seguramente habrá luz en el cielo, pensé, y recé para morir rápidamente, para encontrar mi camino de salida de la oscuridad y hacia la luz.
Y entonces lo sentí. Una gota de fuego líquido en mi lengua. Me quemó por dentro, seguido de otra gota, y luego otra, hasta que las gotas se convirtieron en un río.
Abrí los ojos y supe que nunca volvería a ver el mundo de la misma forma. Que yo nunca volvería a ser el mismo...
Edward se reclinó contra el respaldo de su silla, complacido con lo que había escrito, pensando que, como Jasper, él nunca volvería a ser el mismo tampoco.
