Summari: La gente del pueblo Moulton Bay decía que había algo sobrenatural en Edward a causa de sus características. Nunca se imaginarían cuán cerca de la verdad estaban… o que por fin había encontrado a una mujer que debía poseer… Isabella Swan a quien no asustaban las habladurías de los vecinos. Al fin y al cabo, ¿qué daño podría provocar el ser amigable con el atractivo desconocido de cautivante mirada en sus ojos del color de la medianoche?
Pareja: Edward / Isabella Swan.
Libro original: Más profundo que la noche
Autora original: Amanda Ashley
Disclamer: los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la trama a Amanda Ashley. Yo solo me he encargado de unirlos!
Alerta: Esto es un universo alternativo, las personalidades y relaciones entre los personajes están cambiadas para poder satisfacer las necesidades de la novela.
MÁS PROFUNDO QUE LA NOCHE
Capitulo 6.
Ella estaba esperándolo, sentada en el columpio como lo había estado la noche antes. Edward sintió su presencia incluso antes de saltar sobre la valla, aterrizando suavemente sobre sus pies. Él podía verla a través de la oscuridad, una esbelta figura ataviada en pantalones verdes y una blusa blanca que dejaba los hombros al descubierto.
Mientras cubría la distancia entre ambos, Bella se puso de pie y comenzó a caminar hacia él. Se encontraron junto a un melocotonero en flor. Por un momento, sus miradas se encontraron, y luego ella estaba en sus brazos y él estaba besándola, abrazándola como si nunca jamás fuese a dejarla ir.
–Bella –él la retuvo cerca, deseando atraer su bondad dentro de sí.
Ella olía a luz del sol y flores. Su piel era suave y cálida. Cerrando los ojos, se permitió empaparse de su cercanía, su calidez.
«Doscientos años», pensó.
Habían pasado doscientos años desde la última vez que él había abrazado a una mujer que le importase; doscientos años desde que había dejado que una mujer se preocupase por él. Había olvidado lo maravilloso que era abrazar y ser abrazado de vuelta.
–Te he echado de menos –dijo Bella.
Levantó la vista hacia él, sorprendiéndose ante la intensidad de su mirada.
–¿Lo has hecho? –su voz era profunda, ronca y vacilante.
–Sí. Pensé en tí todo el día –ella desvió la mirada, y luego volvió a encontrar la de él–. ¿Tú pensaste en mí?
–Cada momento que estuve despierto –él deslizó un brazo en torno a su cintura y los dos caminaron hasta el columpio y se sentaron.
–Recibí una llamada telefónica del hospital hoy –dijo Bella–. Quieren que vaya al hospital de Grenvale mañana para hacerme unas pruebas.
–¿Qué clase de pruebas?
–No estoy segura. Análisis sanguíneos de algún tipo.
–¿Pasa algo malo?
–No lo sé. Cuando estuve en el hospital, lo único de lo que hablaban los médicos era la notable recuperación que yo había tenido, pero ahora quieren hacer más pruebas. ¿No crees que la sangre que me dieron estuviese contaminada, no? –ella no podía obligarse a dar voz a sus peores miedos, pero la amenaza del SIDA pesaba con fuerza sobre su mente.
–Estoy seguro de que no lo estaba.
Edward contempló el horizonte. Él sabía lo que ellos habían encontrado… un rastro de su sangre, sangre extraterrestre.
–¿Por qué no tienes teléfono?
–Encuentro que esos aparatos son una invasión de mi vida, de mi privacidad.
–¿Pero cómo te mantienes en contacto con tu editor?
–Por correo. Escribo durante el día, y prefiero no ser molestado por un teléfono sonando. Me he dado cuenta de que rompe mi concentración –él tomó sus manos en las suyas–. ¿Intentaste llamarme?
Bella asintió.
–Hace un par de semanas –admitió ella–. Y luego hoy, después de que recibí las noticias del hospital, deseé poder telefonearte.
–Quizás debería conseguirme un teléfono, entonces.
Ella le sonrió como si acabase de ganar la lotería.
–Probablemente, pasaré la noche en Grenvale. Nana va a ir conmigo. Tiene una vieja amiga que vive allí. Ellas van a pasar el día juntas mientras yo estoy en el hospital –bajó la vista hasta las manos de él, que cubrían las suyas–. ¿Tal vez podrías llamarme mañana por la noche?
–Ciertamente.
–Ten, puedes usar mi teléfono móvil. Me quedaré en el Motel Grenvale.
Edward contempló el compacto objeto durante un momento, luego asintió.
–Te llamaré ahí –dijo, guardándose el teléfono en el bolsillo–. Y te veré aquí el miércoles por la noche.
–Estaré esperándolo –se mordisqueó el labio inferior por un instante–. ¿Crees que tal vez podrías venir antes el miércoles por la noche para que podamos pasar más tiempo juntos?
–Si tú quieres –observó mientras el dedo de ella trazaba ociosas pautas sobre el dorso de su mano.
«Mi vida ha sido de ese modo –pensó–. Círculos sin sentido que no comenzaban en ninguna parte y no iban a ninguna parte. Hasta ahora»
–¿Qué dirá tu abuela?
–No importa. Recogí mi coche del taller hoy, y me mudaré de vuelta a mi apartamento el jueves. Te daré mi dirección cuando regrese.
Edward asintió, aunque él ya sabía dónde vivía ella.
–Tú no naciste en este país, ¿no?
–No. ¿Por qué lo preguntas?
–Es la manera en que hablas. Quiero decir, no hay nada malo en ella. Oh, no sé cómo explicarlo. Es simplemente la forma en que le das un giro a las frases algunas veces.
Edward le sonrió. Qué perceptiva era. El inglés no era su primera lengua, ni siquiera la segunda.
–¿Quieres salir el jueves por la noche? –preguntó.
–Claro. ¿Adónde vamos a ir?
–A donde tú quieras, Bella. ¿A ver una película, quizás?
–Me gustaría eso. Me he estado muriendo por ver la nueva de Mel Gibson.
–¿A qué hora te recojo?
–¿A las siete?
–A las siete –repitió él solemnemente–. Ahora debo irme. Es tarde.
–¿Tan pronto?
–Eso me temo.
Apretó los puños, temeroso de quedarse por más tiempo, temeroso de que el anhelo que sentía por ella superase a su capacidad de autocontrol. El nexo que ambos compartían le llamaba, urgiéndole a completar el ritual, a unir su cuerpo al de ella.
Inclinándose hacia adelante, sus labios rozaron los suyos en un rápido beso de despedida.
–Te telefonearé al hotel mañana. Y no te preocupes. Todo va a estar bien.
–Deseo...
–¿Qué, Bella? ¿Qué es lo que deseas?
–Desearía que tú pudieras llevarme.
Excepto por recoger su coche esa mañana, ella no había conducido desde el accidente. Era tonto estar asustada, pero no podía evitar sentirse aprensiva.
–Yo también desearía poder hacerlo. Desafortunadamente, tengo una cita mañana por la mañana a la que no puedo faltar.
–Comprendo.
«Es como caerse de un caballo», meditó ella, y, dado que Nana no conducía, no había nada que hacer excepto volver a montar, sólo que, en su caso, no era un caballo sino un Camry verde oscuro.
–Buenas noches, Bella.
–Buenas noches.
Él la miró a los ojos y se preguntó cómo había logrado ella conservar tal inocencia, tal confianza, hoy en día.
Ella era una mujer moderna. Vivía sola, tenía un trabajo… y, aún así, el sentía una vulnerabilidad en ella que la hacía destacar. Tal vez fuese esa misma característica lo que le recordaba a Tanya.
Bella contempló al doctor. Su nombre era Aro Vulturi. Era un hombre alto, de mediana edad, con lacio cabello castaño y ojos azul pálido que no le inspiraban confianza.
–No comprendo.
–Me temo que nosotros tampoco, señorita Swan. Hay un anticuerpo inusual que no hemos visto nunca antes. Deseamos hacer algunas pruebas exhaustivas.
–¿Más pruebas? –Bella meneó la cabeza–. No.
–Señorita Swan, seguramente puede usted ver cuán importante es que determinemos el origen de este anticuerpo. En este momento, no sabemos cuáles podrían ser sus efectos. Debemos determinar si es contagioso. No quiero alarmarla, pero existe la posibilidad de que pueda resultar fatal.
–¡Fatal! Pero, ¿cómo puede ser eso? Yo me siento bien.
–Entiendo su preocupación, señorita Swan.
–¿Lo hace?
–Por supuesto, ya he hecho todos los arreglos. Su habitación está lista.
Bella se apartó de un salto de la mesa.
–Oiga, espere un minuto. Yo no he accedido a ésto.
–Me temo que debo insistir.
–¿El Dr. Cullen sabe de ésto? ¿Por qué no está él aquí?
–Él vendrá a verla tan pronto como esté usted instalada –le sonrió Vulturi tranquilizadoramente–. El Dr. Cullen es un excelente doctor, pero se ocupa simplemente de la medicina general. Él deseaba asegurarse de que obtenía usted el mejor de los cuidados, y es por eso qué él solicitó mi ayuda como asesor. Mi especialidad es la Hematología.
El pánico brotó dentro de Bella mientras dos hombres vistiendo batas blancas de laboratorio y máscaras entraban en la sala de reconocimiento.
–Quiero hablar con mi abuela.
–Todo a su debido tiempo –el Dr. Vulturi sacó una jeringuilla del bolsillo de su chaqueta.
Bella dió un paso atrás.
–¿Para qué es eso?
–No hay motivo para alarmarse.
–¿Qué contiene?
–Sólo algo que la ayudará a relajarse.
–No lo quiero.
–Me temo que está usted al borde de la histeria, señorita Swan. Esto la calmará –Vulturi asintió a los dos hombres de blanco.
–¡No! –ella gritó la palabra mientras los hombres la agarraban, estremeciéndose al sentir el pinchazo de la aguja en su brazo–. No, por favor…
Contempló al doctor mientras su visión se tornaba borrosa. Eso no podía estar sucediendo.
«¡Edward!»
Su mente gritó su nombre mientras ella caía en el olvido.
Lena Swan meneó la cabeza.
–No comprendo. ¿Qué está usted diciendo?
–Me temo que hemos encontrado una anomalía en la sangre de su nieta, señora Swan. Necesitamos mantenerla aquí para futura observación hasta que determinemos la causa de esa anomalía y si es o no contagiosa. O tóxica.
–¿Cómo sucedió semejante cosa?
–No lo sabemos.
–¿Había algo malo en la sangre que ella recibió?
El doctor meneó la cabeza.
–Investigamos a todos nuestros donantes de sangre muy cuidadosamente. Eso es por lo que estamos tan confusos. Tenemos los nombres de las personas cuya sangre se usó. Todos han sido revisados de nuevo.
Lena Swan contempló el papel frente a ella. Ellos querían que ella ingresase a Bella en el hospital para algunas pruebas exhaustivas. El doctor, cuyo nombre era Vulturi, le había informado que Bella se había desmayado durante un examen médico y que estaba todavía inconsciente. Temían que eso tuviese algo que ver con las células rojas anormales en su sangre. Era urgente, decía el doctor, que encontrasen la causa de su problema tan pronto como fuese posible. Hasta entonces, era imperativo que ella fuese mantenida en aislamiento.
–Piense en su otra nieta, señora Swan. ¿No querrá arriesgarse a infectarla, no?
–No, no, por supuesto que no, pero...
–Lo comprendo, pero no debe usted preocuparse –dijo Vulturi tranquilizadoramente–. Le prometo que haremos todo lo que podamos por Bella –le tendió una pluma–. Simplemente firme aquí, en la primera página, y otra vez en la cuarta. Yo me ocuparé de todo lo demás.
Lena meneó la cabeza mientras aguzaba la vista para leer las pequeñas letras.
–Hay tantas palabras rimbombantes que no comprendo…
–Naturalmente. Todo ese galimatías legal. Todo lo que dice es que tenemos su permiso para mantener a Bella aquí esta noche y prescribir un tratamiento para ella.
–No sé...
–Señora Swan, el tiempo es esencial en casos como este. ¿Realmente desea poner la vida de Bella en peligro por esperar?
Con un suspiro de resignación, Lena firmó los papeles.
Edward telefoneó al Motel Grenvale a las seis en punto esa tarde, pero el recepcionista le informó que Bella no se había registrado allí todavía. Experimentó un momento de preocupación, y luego lo apartó con un encogimiento de hombros. Ella era una mujer adulta. Tal vez había salido a cenar o de compras. Grenvale era una gran ciudad, mucho mas grande que Moulton Bay, y aún era temprano. Escribiría un capítulo y luego volvería a llamar.
EL DON OSCURO.
Capítulo III
Contemplé el rostro de Maria.
–¿Qué me has hecho?
–Te he hecho inmortal.
Yo la miré, sabiendo lo que ella era, pero rehusando reconocerlo; sabiendo, en lo más profundo de mi ser, que mi alma estaba condenada.
–¿Qué eres tú?
La diversión cobró vida en sus ojos.
–¿Qué crees tú que soy?
–No lo sé.
–Lo sabes.
Yo negué con la cabeza.
–No es posible.
Se nos conoce con muchos nombres: Vrykalakes, blutsauger, upiry. Vampyr, Vampiro –ella sonrió–. Vampiro, Jasper, eso es lo que soy. Eso es lo que tú eres.
–No… –yo la miré, viendo la encarnación de cada pesadilla que yo había conocido alguna vez, de cada miedo que me había atormentado. Vampiro. El nomuerto.
–Sal fuera –dijo ella con tono cortante–. Vacíate de tus fluidos corporales. Luego vuelve a mí.
Yo hice lo que se me decía. Insensible a todo lo que me rodeaba, hice lo que se me decía. Sabía que era invierno, que el aire era frío, pero no sentía nada en absoluto.
Ella estaba sentada al filo de la cama cuando regresé.
–Cuando despiertes mañana, la transformación se habrá completado –poniéndose en pie, ella miró por la ventana–. Es casi el alba.
Yo seguí la dirección de su mirada. La ventana estaba cubierta con una pesada cortina verde de damasco que habría mantenido fuera la luz del día más brillante.
«¿Cómo –me pregunté– sabe ella que el amanecer estaba acercándose?»
–Puedes pasar el día aquí, conmigo –dijo ella–. Mañana deberás encontrar tu propio lugar de descanso –hizo un sonido de disgusto cuando yo no dije nada, sino que continué ahí de pie, mirándola–. Ven conmigo –dijo, y me cogió de la mano, conduciéndome a través de una estrecha puerta, hacia arriba por una breve escalera y finalmente a una pequeña habitación sin ventanas que estaba vacía, salvo por un ornamentado féretro dispuesto sobre una plataforma elevada.
Soltando mi mano, ella ascendió los escalones de la plataforma y levantó la tapa, revelando un forro de satén de un profundo color verde.
Y entonces me tendió la mano.
–Ven, Jasper. El alba se acerca.
Yo contemplé su mano con horror.
–No.
–¿Qué sucede? –preguntó ella desdeñosamente–. Seguramente no tienes miedo de esta caja.
Yo meneé la cabeza, demasiado avergonzado de decirle que no era el féretro lo que yo temía, aunque debo confesar que detestaba meterme en su interior. Lo que yo temía era la oscuridad interior.
–Haz lo que desees –dijo ella, su voz teñida de disgusto.
Volviéndome la espalda, se introdujo en el féretro, sus movimientos tan elegantes como un junco inclinándose al viento.
Yo permanecí parado ahí durante mucho rato, y luego, sin saber cómo ni por qué, supe que el sol había salido. Comencé a sentirme pesado, aletargado. El sentimiento, tan poco familiar, me asustó, y yo corrí escaleras arriba y me lancé dentro del féretro. Maria estaba tendida de lado para hacerme sitio. Sonrió con aire presumido, y luego bajó la tapa del féretro, encerrándonos en la oscuridad.
Un grito ronco de primitivo miedo se elevó en mi garganta, y luego me ví arrastrado a un profundo vacío negro, y todo pensamiento consciente fue barrido.
Cuando desperté a la noche siguiente, ella se había ido. Me quedé tendido ahí por un momento, mi cuerpo atravesado por un dolor como nunca había sentido antes. Y luego, comprendiendo dónde me encontraba, salí disparado del féretro y corrí escaleras abajo hacia su dormitorio.
Ella estaba sentada en un banco cubierto de terciopelo, cepillándose el cabello.
Comprendí entonces que no había espejos en ninguna parte de la casa.
–¿Despierto al fin? –preguntó ella–. Yo habría pensado que serías madrugador, siendo un granjero y todo eso.
–Maria, ayúdame.
–¿Qué ocurre?
–Me duele –yo me rodeé el estómago con los brazos, seguro de que me estaba muriendo, sólo para recordar que no podía morir.
–No es nada por lo que preocuparse –comentó ella–. Se te pasará una vez que te alimentes.
Mi mirada saltó hacia la cama mientras yo recordaba al chico que ella había matado la noche antes. Ella le había succionado la vida. Así era como se alimentaba. La idea me llenó de repugnancia, y luego, para mi horror, sentí mis dientes alargarse ante la idea de la sangre del chico en mi lengua.
–No –yo retrocedí, alejándome de ella–. No puedo. No quiero.
–Puedes –dijo ella fríamente–. Y lo harás.
–No, nunca.
–Puedes venir conmigo ahora, esta noche, y aprender a cazar, o puedes dejar mi casa y aprender a sobrevivir por tí mismo.
–¿Y si no deseo sobrevivir?
–Entonces simplemente tienes que esperar al amanecer. Un novato como tú estallará en llamas al primer toque del sol.
Yo me estremecí ante la idea, ante las horrendas imágenes que las palabras de ella conjuraron en su mente.
–Hay tanto que necesitas aprender, Jasper. Yo puedo enseñarte, o puedo destruirte. La elección es tuya.
Yo nunca me había tenido por un cobarde hasta que encaré la muy real posibilidad de morir de nuevo...
