Summari: La gente del pueblo Moulton Bay decía que había algo sobrenatural en Edward a causa de sus características. Nunca se imaginarían cuán cerca de la verdad estaban… o que por fin había encontrado a una mujer que debía poseer… Isabella Swan a quien no asustaban las habladurías de los vecinos. Al fin y al cabo, ¿qué daño podría provocar el ser amigable con el atractivo desconocido de cautivante mirada en sus ojos del color de la medianoche?
Pareja: Edward / Isabella Swan.
Libro original: Más profundo que la noche
Autora original: Amanda Ashley
Disclamer: los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la trama a Amanda Ashley. Yo solo me he encargado de unirlos!
Alerta: Esto es un universo alternativo, las personalidades y relaciones entre los personajes están cambiadas para poder satisfacer las necesidades de la novela.
MÁS PROFUNDO QUE LA NOCHE
Capitulo 8.
Bella despertó avanzada la tarde, sintiendo como si estuviese despertando de un mal sueño. Imágenes dispersas permanecían aún en su mente: despertar en una habitación estéril, ser atada a la cama, Aro Vulturi casi vaciándola de sangre, una imagen de pesadilla de Edward con la boca manchada de carmesí.
«Sueños febriles», pensó, mirando a su alrededor. Pero esto no era un sueño. Se encontraba en una cama desconocida, en una habitación desconocida, embutida en un camisón de hospital.
Se incorporó y se sentó, comprendiendo que, en su estado drogado, había confundido sueños con realidad. Pero eso seguía sin decirle dónde estaba.
Deslizándose fuera de la cama, se puso la bata que colgaba tras la puerta, luego caminó fuera de la habitación, escaleras abajo. La casa estaba vacía, silenciosa. Se asomó al recibidor, admirando el suelo de roble y el artesonado de las paredes. El mobiliario era reducido: un sofá curvado de respaldo alto y una silla con estampado verde oscuro. Una enorme librería ocupaba una pared entera. Un centro de entretenimiento se alzaba frente al sofá, completo con una TV y un aparato de música estéreo.
Había un pequeño dormitorio amueblado con una cama y nada más, un pequeño baño decorado a la antigua con una bañera de patas en forma de garra, y una larga cocina. Había una cafetera sobre la encimera, junto con un bote de café sin abrir, una caja de filtros y un pequeño azucarero.
Su estómago rugió mientras enchufaba la cafetera y llenaba el recipiente de agua. El frigorífico, que era el más antiguo que ella hubiese visto jamás, estaba vacío excepto por un cartón de leche, un paquete de bacon, una docena de huevos, una jarrita de jalea de zarzamora y un paquete de mantequilla. Había una barra de pan sobre la encimera. Insegura de dónde se encontraba, no se decidió a prepararse algo de comer. Y entonces vio la nota, apoyada contra un jarrón que contenía una única rosa roja.
Bella, sé que tienes muchas preguntas, y lamento no poder estar ahí para responderlas. Una cita de negocios reclama mi presencia. Estaré fuera hasta bien entrada la tarde. No debes ir a tu casa bajo ninguna circunstancia, ni hacer saber a tu familia dónde estás. Por favor, siéntete como en tu propia casa y yo te lo explicaré todo cuando regrese.
Edward.
Bella la leyó dos veces, su confusión aumentando. ¿Por qué no debía ir a casa?
Nana debía estar enferma de preocupación. Miró a su alrededor, sólo entonces recordando que Edward no tenía teléfono. Bueno, podía ir caminando. No estaba tan lejos. Por supuesto, ella no estaba vestida exactamente para dar un paseo.
«Lo primero es lo primero», meditó. Estaba muerta de hambre. Sonrió al ver que Edward había puesto la mesa para ella. Había una sartén de freír sobre el hornillo, y ella preparó un desayuno rápido de bacon, huevos y tostadas y lo bajó con un vaso de leche desnatada.
Habría fregado los platos, pero no había jabón. Frunciendo el entrecejo, revisó en todas las alacenas, sorprendiéndose al encontrarlas todas vacías. Ninguna otra vajilla aparte de la que se hallaba sobre la mesa. Ningún paquete de cereales o arroz. Nada de vegetales enlatados o fruta. Ningún tentempié de ninguna clase. Ningún condimento aparte de la sal y la pimienta sobre la mesa. Nada.
Contempló el escurridor donde había puesto los utensilios a secar. Un plato, un cuchillo, un tenedor, una cuchara, una espátula, una sartén, una taza, un vaso. Ninguna de las cosas en el frigorífico, y habían sido pocas, había sido abierta. Ni la leche, ni la mantequilla, nada. Era como si toda la comida que había en la casa hubiese sido comprada exclusivamente para su uso. ¿Él nunca comía en casa?
Todavía frunciendo el ceño, fue al salón y supo inmediatamente que aquí era donde él pasaba la mayoría de su tiempo. Él le había dicho que se sintiese como en su propia casa, y, así, ella vagó por la habitación admirando una delicada escultura, una urna griega que obviamente era una antigüedad, la suave simetría de un trozo de jade, el intrincado diseño de una pieza de cerámica hindú, los apagados colores de un exquisito tapiz que también parecía ser muy antiguo.
Ojeó los libros en la librería. Había numerosos volúmenes de historia, tanto antiguos como modernos, numerosos diccionarios, un Thesaurus y una variedad de libros que trataban temas paranormales, todo desde viajes en el tiempo y reencarnación hasta hombres-lobo y vampiros. Un estante contenía las obras completas de A. Lucard.
Alejándose de la librería, se detuvo a estudiar la pintura sobre la chimenea. Era una de las cosas más hermosas que jamás había visto. El hombre, que se encontraba de espaldas a ella, parecía pequeño y triste mientras permanecía de pie en lo alto de una solitaria montaña. Era una pintura extraordinaria, el amanecer vibrante de color, tan vivo que ella casi podía sentir el calor de los rayos del sol. No le habría sorprendido ver al hombre moverse.
–Sorprendente –murmuró.
El escritorio de Edward estaba localizado junto a la chimenea. Ella dudó por un momento, su conciencia batallando contra su curiosidad, y luego tomó asiento en su silla.
No sabía qué secretos esperaba encontrar en el escritorio, pero los cajones no revelaron nada inusual, sólo los objetos que uno esperaría encontrar en el escritorio de un escritor: clips sujetapapeles, lápices, sellos, sobres, disquetes extra de ordenador, una carta de su editor informándole que "El Hambre" había sido vendido a China, Rusia, Inglaterra, Australia y Polonia… Con un suspiro, Bella se reclinó contra la silla. Los brazos parecían envolverla y, por un momento, ella imaginó que era Edward abrazándola.
Abruptamente, se inclinó hacia adelante y encendió el ordenador. Fueron necesarios solamente unos momentos para encontrar sus archivos y localizar el libro en el que él estaba actualmente trabajando.
Sintiendo como si estuviese fisgoneando, pero incapaz de apartarse, leyó rápidamente los primeros capítulos. Era una historia interesante, contada en primera persona, totalmente distinta a todo lo demás que él había escrito. Para cuando alcanzó el Capítulo IV, estaba totalmente metida en la historia.
EL DON OSCURO.
Capítulo IV
Ella me enseñó a matar esa noche. Yo había visto la muerte antes. A causa de las plagas. De la vejez. De heridas que se negaban a sanar. Pero nunca había visto a alguien quitar deliberadamente una vida hasta esa noche.
Maria cazaba con la cautela de un gato. Me llevó a la ciudad y caminamos por las calles hasta que encontró a su presa: un joven rubio de mejillas coloradas. Yo observé, estremecido hasta los huesos, mientras ella lo acechaba, siguiéndolo hasta que se quedó solo. Lo atrapó velozmente, enterrando sus colmillos en su garganta, su expresión una de éxtasis mientras bebía su sangre, su vida.
Él no estaba muerto del todo cuando ella se apartó.
–Ven –dijo ella–. Debes beber.
–No. Yo no podría. No lo haré.
–Date prisa, mon ange –dijo ella–. Estará muerto pronto, y nunca se debe beber de los muertos.
Yo meneé la cabeza, la necesidad en mi interior debatiéndose con el horror de lo que ella deseaba que yo hiciese. Con lo que yo deseaba hacer. El olor de la sangre me rodeaba por todos lados. Yo debería de haberme sentido enfermo, repelido, asqueado, y lo estaba. Todas y cada una de esas cosas. Y aún así, por sobre cada una de esas sensaciones había una horrible hambre que no alcanzaría descanso. Esa hambre me cabalgaba con fusta y espuelas, aguijoneándome, llamándome, urgiéndome a beber, hasta que, con un sollozo de desesperación, caí sobre el joven, mis manos atrayéndole hacia mí. Sentí una puñalada de dolor mientras mis dientes se transformaban en colmillos y luego, odiándome a mí mismo, bebí. Y bebí. Hasta que Maria me obligó a apartarme.
Yo me revolví contra ella, bufando de rabia.
–Es suficiente, mon ange –me reprendió ella con severidad.
Cazamos la siguiente noche, y la siguiente. Algunas veces ella acechaba a su presa, otras flirteaba con los jóvenes hombres que escogía, jugueteando con ellos, provocándoles, incitándoles, hasta que se cansaba del juego y se lanzaba a matar. Esto la excitaba, el poder que tenía. Algunas veces, les dejaba debatirse, riéndose de sus esfuerzos de debiluchos mortales para superarla cuando ella tenía la fuerza de diez hombres.
Yo ansiaba la sangre, la caza me excitaba, pero despreciaba matar. Y la odié cuando, años más tarde, me dijo que matar era innecesario.
–Uno puede escatimar sus vidas, si es su deseo –comentó una tarde–. Puede incluso alimentarse con la sangre de las bestias, si surge la necesidad.
–¿No tengo que matar? –yo la miré, pensando en las vidas que había quitado–.
¿Por qué no me lo dijiste antes?
–No lo pensé –replicó ella, encogiéndose de hombros, como si quitar una vida humana no tuviese mayor importancia de la que lo tiene aplastar un insecto.
Me sentí enfermo hasta lo profundo de mi alma. Había perdido la cuenta del número de personas que había asesinado. Había intentado en vano aliviar mi conciencia diciéndome que era necesario hacerlo, que era la única forma de apaciguar el hambre… esa horrible, insoportable hambre que no permitía ser rehusada o negada. Muchas veces deseé tener el coraje de terminar con mi vida, de poner un fin a la matanza, al hambre insaciable, a la culpabilidad. Y ahora, tan calmadamente como si me hubiese dicho que iba a salir a comprarse un sombrero nuevo, Maria me informaba de que yo podría haber escatimado todas esas vidas.
De haber sido capaz, creo que la habría matado.
En lugar de eso, resolví dejarla. Yo ya no era un novato, necesitado de su instrucción o su protección…
–¿Que piensas de ello?
Bella jadeó, una mano yendo a posarse sobre su corazón, al sonido de su voz.
–Oh, Edward, me asustaste. Es muy bueno. Uno casi pensaría que lo escribes basándote en experiencias personales.
–¿Ah sí?
–Yo… espero que no te importe. Que lo haya leído, quiero decir.
Él alzó una gruesa y negra ceja.
–Bastante tarde para pedirme permiso, ¿no crees?
–Lo siento. Por favor, no te enfades conmigo.
–No estoy enfadado, Bella. ¿Cómo te sientes?
–Mejor, gracias. ¿Cómo llegué aquí?
–¿No lo recuerdas?
Bella meneó la cabeza.
–Todo está un tanto confuso.
Edward se metió las manos en los bolsillos. La noche anterior, necesitando poner algo de espacio entre ambos, temeroso de que ella hiciese preguntas que él no podía responder, había ido a descansar al ático. Ahora, mirándola, se preguntó cuánto decirle exactamente.
–Recuerdo al doctor Vulturi...
–Él estaba manteniéndote en aislamiento. Alice dijo que no dejaba que tu abuela te viese, y estaba asustada.
Bella asintió.
–Yo decidí sacarte de allí.
Una débil sonrisa jugueteó en los labios de ella.
–Como el Séptimo de Caballería.
Edward se encogió de hombros.
–Quizás te gustaría darte un baño, lavarte el pelo –sugirió, cambiando abruptamente de tema.
–Muchísimo. Y luego tengo que ir a casa. Mi abuela debe de estar frenética a estas alturas.
–Encontrarás toallas limpias y una muda de ropa en el baño.
Poniéndose en pie, Bella cruzó la habitación y le dio un beso en la mejilla.
–Gracias.
Edward la observó ir, preguntándose qué diría ella cuando él le dijese que no podía ir a casa. No ahora; quizás nunca.
