Summari: La gente del pueblo Moulton Bay decía que había algo sobrenatural en Edward a causa de sus características. Nunca se imaginarían cuán cerca de la verdad estaban… o que por fin había encontrado a una mujer que debía poseer… Isabella Swan a quien no asustaban las habladurías de los vecinos. Al fin y al cabo, ¿qué daño podría provocar el ser amigable con el atractivo desconocido de cautivante mirada en sus ojos del color de la medianoche?

Pareja: Edward / Isabella Swan.

Libro original: Más profundo que la noche

Autora original: Amanda Ashley

Disclamer: los personajes pertenecen a Stephanie Meyer y la trama a Amanda Ashley. Yo solo me he encargado de unirlos!

Alerta: Esto es un universo alternativo, las personalidades y relaciones entre los personajes están cambiadas para poder satisfacer las necesidades de la novela.

MÁS PROFUNDO QUE LA NOCHE

Capitulo 11.

Él la observó marchar mientras esquirlas de dolor le atravesaban. El sonido de su voz pareció reverberar contra las paredes: «¡No me toques! No me toques… No…»

Una ruda blasfemia escapó de sus labios. No se había permitido a sí mismo sentir afecto por nadie en doscientos años. No es que hubiese vivido como un monje. Aunque no era humano, seguía siendo, después de todo, un hombre, con los apetitos de un hombre, las necesidades de un hombre. Necesidades que desde su llegada a la tierra, habían sido satisfechas sólo después de una transacción en efectivo. Las mujeres que habían satisfecho su lujuria habían estado dispuestas a hacer lo que él pidiese. Unas pocas habían encontrado rara su insistencia de que la habitación en la cual fuesen a mantener su encuentro estuviese completamente oscura, y la mayoría habían encontrado extraño que él rehusase dejarlas verle desnudo, pero a él no le había importado. Nunca había pasado más de quince minutos con ninguna de ellas. Había satisfecho su lujuria y abandonado sus camas, avergonzado de la necesidad que le había conducido a buscarlas en primer lugar. Nunca, en doscientos años, había confiado a otra alma viviente el conocimiento de quien y qué era él. Había vivido en los límites de la humanidad, solo pero nunca realmente solitario, hasta que miró a los soñadores ojos azules de Bella Swan.

Ahora, por primera vez, había encontrado una mujer cuyo toque ansiaba. Se había arriesgado a dejarle saber quien era, le había mostrado lo que era, y ella le había mirado con horror y repulsión. No debería haber dolido. Era exactamente la reacción que él había esperado, pero eso no disminuía el dolor.

Sus pasos eran pesados mientras dejaba la caverna. Se quedó de pie en el patio, apenas consciente de la lluvia mientras ponderaba qué hacer a continuación. No podía llevarla a casa. Y ella no querría quedarse allí, no con él, no ahora.

¿Cómo podía dejarla ir?

¿Cómo podía hacer que se quedase?

No podía. Mañana, le daría las llaves de su coche. Si era lista, encontraría un lugar donde ocultarse, algún sitio donde nadie supiese quien era.

Sin duda ella se sentiría más segura con Vulturi que con él.

Exhausto hasta lo más hondo de su alma, alzó la mirada hacia el cielo nocturno.

Su mundo estaba ahí fuera, a millones de kilómetros de distancia en otra galaxia, y todos aquellos a los que había conocido alguna vez, todos a los que había amado, estaban muertos hacía mucho. Como debería de haberlo estado también él.

Se sintió repentinamente cansado… cansado de estar solo, cansado de vivir en las sombras. Cansado de vivir, y punto.

Cruzando el patio, activó la apertura en la pared rocosa y luego salió al estrecho reborde.

Observó desapasionadamente la negrura que se abría como un bostezo abajo, y, por primera vez desde que llegó a la Tierra, contempló la posibilidad de acabar con su vida. Sería tan fácil. Un paso sobre el borde hacia la nada y todos sus problemas se acabarían…

–¿Edward? Edward, ¿dónde estás?

Él se giro abruptamente al sonido de su voz.

–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó Bella, mirando en derredor.

–Nada.

Ella miró más allá de él, sus ojos abriéndose como platos ante la comprensión de lo que él pretendía hacer.

Agarrándolo por el brazo, le dio un ligero tirón.

–Ven dentro –le urgió–. Necesitamos hablar.

Él se sacudió la mano de ella de encima; luego, como si no tuviese mente o voluntad propias, la siguió a través de la apertura, tocó la palanca para cerrar el portal y a continuación la siguió al interior de la caverna.

Bella tomó asiento en el sofá. Edward permaneció de pie en el extremo opuesto de la habitación, sus manos metidas bien dentro de los bolsillos de sus Levi's.

–¿Sobre qué quieres hablar? –su voz era baja de tono, sin emoción.

Bella enarcó las cejas.

–¿Tú qué crees?

–Pensé que estarías ansiosa por alejarte de aquí –él sacó su mano derecha del bolsillo y le arrojó las llaves–. Puedes marcharte cuando desees.

–¿Así de simple?

–Así de simple.

Bella miró las llaves en su mano, luego las dejó caer sobre la mesita baja junto al sofá.

–Pensaba que ibas a protegerme.

–¿Ah sí? ¿Y quién va a protegerte de mí?

–¿Necesito protección contra tí?

–¿Qué piensas tú?

–Edward, lamento lo que sucedió antes. Pero tienes que comprender. Quiero decir… –sostuvo sus manos hacia afuera, palmas arriba–. No puedes culparme por estar un poco conmocionada.

–¿Y ya no estás conmocionada?

–No lo sé. Esto es… es tan duro de creer. Incluso después… después de lo que me mostraste.

Él no dijo nada, sólo la miró, su mirada cerrada y fría. Ella podía sentir la tensión irradiando de él, podía verla en la rígida pose de sus hombros.

–Esta noche… el fuego en la chimenea. No estaba ya encendido, ¿verdad? Tú lo hiciste.

–Sí.

–¿Cómo?

–No sé cómo explicártelo, Bella. Lo pienso y sucede.

–¿Es así como esculpiste ventanas en la montaña?

–No. Tengo algunas… algunas herramientas de casa.

–¿Fabricaste tú mismo el cristal de las ventanas?

–Sí.

–¿Qué otros trucos puedes hacer?

–Más de los que quieras saber.

–Nunca te vi de día. ¿Por qué?

–El sol de la Tierra es mucho más fuerte que el de ErAdona. Incluso un poco es como veneno para mí.

–Así que duermes durante el día y sales por la noche.

–Sí –el sonrió enigmáticamente–. Igualito que Drácula.

–Dijiste que viniste aquí hace unos doscientos años.

–Sí.

Él no aparentaba ni un día más de treinta y cinco. Quizás doscientos años era considerado mediana edad de donde él venía.

–¿Toda tu…? ¿Es normal para tu... tu gente vivir tanto tiempo?

–No.

–Háblame, Edward, por favor. Quiero comprender.

Ella parecía tan seria al respecto que Edward se sintió enternecer a pesar de su determinación de mantenerla a distancia.

–No sé por qué he vivido tanto tiempo. En casa, la duración normal de la vida es de ciento veinticinco años.

–¿Eres inmortal, entonces?

Edward meneó la cabeza.

–No lo creo, pero debo de haber sufrido algún tipo de mutación. No lo sé. Sólo sé que el proceso de envejecimiento de mi cuerpo se ha retardado. Hasta donde puedo decir, sólo he envejecido unos diez años desde que vine aquí.

«Diez años en dos siglos» meditó Bella. Era increíble. Más allá de la comprensión.

Imagina vivir durante siglos en lugar de décadas. Nunca estar enfermo. Era la fábula de la Fuente de la Juventud, sólo que no había aguas mágicas. La magia estaba en la sangre de Edward. Y todavía, para Edward, esto no había sido un milagro, sino una maldición.

Doscientos años de soledad, de evitar el sol, de vivir en las sombras, en los límites de la humanidad. ¡No era de extrañar que escribiese acerca de vampiros!

–¿Edward? ¿Por qué viniste aquí?

Su mirada evitó la de ella. Él estaba remiso a decirle la verdad, seguro de que eso sólo la haría estar más asustada de él de lo que ya estaba. Y todavía, ella tenía derecho a saber.

–¿Edward?

–No hay guerra en el lugar de donde vengo –dijo él, hablando lentamente–. Ni crimen tal como vosotros lo conocéis. No tenemos necesidad de cerrojos o celdas. Nuestra sociedad es una de total paz y tranquilidad. Antes de que yo fuese… antes de que me marchase, no había habido crimen durante más de trescientos años.

–¡Eso es sorprendente!

–No realmente. El castigo en ErAdona es rápido y decisivo. No hay segundas oportunidades –su mirada encontró la de ella–. Mis distantes ancestros eran una gente incivilizada y belicosa. Tras siglos de derramamientos de sangre y violencia, las mujeres de mi planeta decidieron que era tiempo para la paz. Reunieron a sus hijos y se encerraron con ellos detrás de barricadas en las catedrales, rehusando salir hasta que los hombres destruyesen sus armas de combate mano a mano y jurasen vivir en paz. Con el tiempo, inventamos armas de guerra sofisticadas para repeler invasores, pero no hay confrontación entre nuestra propia gente. No es tolerado –Edward inhaló profundamente, luego soltó el aire en una larga y lenta exhalación–. Pero incluso en la más plácida de las sociedades, hay ocasionalmente quienes rehúsan conformarse…

Él hizo una pausa y Bella vió sus manos formar puños. ¿Estaba él hablando de sí mismo?

–Sigue.

–Su nombre era Rell, y era el hijo de una de las familias gobernantes de ErAdona. Él… él deseaba a una mujer que pertenecía a otro, y cuando ella le rechazó, la tomó por la fuerza. Luego, cuando comprendió lo que había hecho, él la… la mató. Enterró su cuerpo en un lago seco donde esperaba que nunca fuese encontrado.

La voz de Edward se apagó. Él estaba mirándose las manos, apretándolas y aflojándolas, y Bella supo que estaba atrapado en el pasado, que había olvidado que ella estaba allí.

–¿Edward?

Él parpadeó numerosas veces.

–La encontré tres semanas más tarde –nunca olvidaría aquel horror, la sangre negro oscuro incrustada en su cabello y coagulada sobre el horrendo corte en su garganta, el horrible olor de su cuerpo en descomposición–. Tanya... –su nombre escapó de sus labios en un susurro espontáneo.

–Edward, está bien. No tienes que contarme nada más.

–Encontré al hombre que la mató y lo estrangulé con mis propias manos. Y luego…

Miró a Bella, a la compasión brillando en sus ojos, y supo que no podía contarle el resto, que no podía decirle que había descuartizado el cuerpo de Rell.

Paseó de un lado a otro, repentinamente inquieto.

–Cuando el concejo se enteró de lo que había sucedido, fui arrestado y confinado a mi domicilio. Algunos de los miembros del concejo discutieron que yo debería ser ejecutado, dado que, como Rell, también yo había quitado una vida. Pero mi padre intervino en mi favor, recordando al concejo que, antiguamente, habría sido mi derecho vengar el honor de mi esposa. Y así el concejo decidió ser indulgente –escupió la última palabra como si tuviese mal sabor–. En lugar de hacer que me ejecutasen, me exiliaron. Mis padres fueron asignados para cuidar de mi hija y yo fui desterrado de nuestra galaxia a este pequeño y belicoso planeta.

–Lo siento, Edward, de veras que lo siento.

Él dejó de pasear por la estancia y se quedó contemplando la chimenea.

–Ellos rehusaron dejarme ver a mi hija antes de enviarme lejos –dijo, su voz empañada de pesar–. Y ahora ella está muerta.

Bella se mordió el labio inferior, deseando poder borrar el dolor de su pasado.

Deseando consolarle, fue a detenerse detrás de él, esperando que su presencia aliviase su dolor. Observó su espalda rígida, sintiendo el impulso de alargar la mano, de ofrecer el solaz de su toque.

–No –dijo él–. No me toques. Hay sangre en mis manos, en mi alma.

–Edward, por favor, déjame ayudarte.

–Nada puede ayudarme. Vete, Bella. Ahora, mientras aún puedas.

Ella contempló su espalda durante un prolongado momento, luego se dio la vuelta y dejó la habitación.

En la cama, acurrucada bajo las mantas, Bella miraba al techo, su corazón rompiéndose por el dolor que Edward había sufrido. Había vengado la muerte de su esposa y lo había perdido todo. No era justo. Intentó imaginar un mundo sin guerra, sin crimen, sin pobreza. Sin Edward.

Volviéndose de lado, cerró los ojos, sus propios problemas pareciendo mucho menores en comparación a los del hombre en la otra habitación.

Había una terrible incomodidad entre ellos al día siguiente. Bella había preparado un desayuno tardío, siempre consciente del hombre en la habitación de al lado. Edward no había comido nada, sólo ingerido una taza de café negro bien caliente.

Había permanecido de pie en la sala de estar, mirando a través de la pequeña y redonda ventana, sus manos en los bolsillos de sus pantalones, mientras ella comía su solitaria comida y luego fregaba los platos con agua calentada por un calentador solar.

Y todo el rato, ella había intentado pensar en alguna forma de aliviar el forzado silencio entre los dos.

Había anhelado ir a él, deslizar sus dedos a través de su cabello, presionar su mejilla contra su ancha espalda y decirle que lo sentía, pero estaba asustada… asustada de lo que él era, asustada de ser rechazada, e incluso más asustada de lo que podría suceder entre ambos si se quedaba. Y así, había comido su solitario desayuno y luego lavado y secado los cacharros.

Y ahora ella estaba de pie en la apertura entre la sala de estar y la cocina, observando su espalda y preguntándose qué hacer.

–Ha dejado de llover –su voz fue baja y suave, pero ella no tuvo problema oyéndole–. Deberías irte ahora.

–¿Irme?

Él asintió.

–Llévate mi coche y cualquier otra cosa que necesites.

Por un momento, la idea tuvo cierto atractivo. Podría dejar este lugar, a este extraño y atribulado hombre, e irse a casa. Sólo que no podía ir a casa. Vulturi podría estar esperándola.

Bella se estremeció, recordando la mirada de desvarío en los ojos del doctor cuando éste habló de hacerle pruebas a su sangre. Ella sabía ahora lo que él buscaba. Él había descubierto el agente sanador en la sangre de Edward... Se le cortó la respiración al comprender que la libertad yacía al alcance de su mano. Todo lo que tenía que hacer era llegar hasta un teléfono, llamar a Vulturi, y decirle que era la sangre de Edward la que contenía el anticuerpo extraño.

La idea había apenas cruzado su mente cuando Edward se giró desde su posición frente a la ventana, su mirada profunda y oscura cerrándose sobre la suya.

–Adelante –dijo, su voz amarga–. Házlo.

–¿Hacer qué?

Él movió bruscamente su cabeza en dirección a la mesita.

–Mis llaves están ahí. Puedes encontrar un teléfono de camino a casa.

Ella le miró fijamente.

–Puedes leer mi mente, ¿no?

–Cuando deseo hacerlo.

–Te pregunté acerca de eso anteriormente, y me mentiste –él no lo negó–. ¿Por qué me mentiste?

–¿Cómo habría podido explicarlo?

–No lo sé. Debe de ser muy socorrido, ser capaz de leer mentes.

–Sólo puedo leer la tuya.

–¿De veras?

–Es un enlace, forjado por la sangre que te di. Durante la ceremonia de emparejamiento ErAdoniana, es costumbre que el hombre y la mujer intercambien una pequeña cantidad de sangre. Esta no sólo forja un fuerte nexo entre ambos, sino que los capacita para compartir sus más íntimos pensamientos y comunicarse telepáticamente a grandes distancias –meneó la cabeza, deseando poder pensar en una forma de hacer que ella comprendiese el peligro en que se encontraba–. Puedes decirle a Vulturi lo que te apetezca, pero él no te creerá.

–Yo creo que sí lo hará. Podría tomarle unos cuantos minutos aceptarlo, pero una vez piense sobre ello, comprenderá que es la única explicación que tiene sentido.

–¿Y esperas que yo me siente aquí y aguarde a que él venga a por mí?

–Por supuesto que no. Yo sólo quiero que me deje en paz. Sólo deseo ser capaz de ir a casa de nuevo.

Él apenas podía culparla por eso. Cerró los ojos por un momento, recordando la absoluta belleza de ErAdona y todo lo que él había perdido.

–Haz lo que tengas que hacer, Bella.

Él la miró durante un prolongado momento, luego dejó la caverna.

Durante un tiempo, Bella le observó ir, su mente girando como loca mientras ella intentaba sortear sus sentimientos, mientras intentaba decidir qué hacer, en quien confiar, a dónde volverse en busca de ayuda.

Repentinamente, sintió que tenía que escapar, tenía que estar sola para tratar de aclarar el embrollo de sus emociones. Con un grito sin palabras, recogió las llaves de él, corrió al dormitorio, arrojó sus ropas y útiles de baño en un par de bolsas de la compra y salió corriendo de la caverna.

Un viento frío la abofeteó mientras tiraba sus bolsas sobre el asiento y luego se deslizaba detrás del volante del Volvo.

De pie entre las sombras, Edward la observó alejarse conduciendo. Él podría haberla hecho quedarse. Podría haberla mantenido prisionera en la caverna. Podría haber subyugado su libre voluntad y haberla forzado a hacer lo que él desease. Pero no quería un robot sin mente. Él quería su amor, y su confianza, libremente entregados.

Parado sobre el borde, observó los faros penetrar la oscuridad mientras ella conducía montaña abajo.

Ella se iba. Era para mejor.

Mientras la distancia entre ambos crecía, el vacío dentro de él se expandía, y con éste una rabia consúmelo todo que no sería ignorada.

Sus manos se transformaron en apretados puños mientras la amargura se elevaba en su interior. Ella se había marchado.

Se sentía hueco por dentro, sin vida, y completamente solo.

Maldijo por lo bajo, una fría furia construyéndose dentro de él mientras su mirada barría la habitación. Ella había caminado por el suelo, se había sentado en el sofá, se había calentado ante su fuego.

Desde que había venido aquí hacía doscientos años no había cedido a la terrible urgencia de destruir, pero se rindió a ella ahora.

Como un salvaje, recorrió la caverna a zancadas. Destrozó la lámpara, agarró los libros de la estantería y los lanzó al fuego, volcó la librería e hizo trizas el sofá.

Yendo a la cocina, arrojó la vajilla contra las paredes, hizo pedazos la mesa y destrozó las sillas como si estuviesen hechas de virutas más que de sólida madera.

Respirando con fuerza, se movió por el pasillo en dirección al dormitorio y abrió violentamente la puerta de éste. Destruiría la cama y todo lo demás que ella había tocado, y a su recuerdo con ello.

Un prolongado gemido de dolor se elevó por su garganta cuando su esencia alcanzó su nariz. Arrojándose sobre la cama, cerró los ojos, y la fragancia que era Bella se elevó en el aire y lo rodeó, femenina, limpia, provocativa.

Ella se había ido, y él nunca más la volvería a ver.

Con un estrangulado sollozo, se envolvió a sí mismo en le cobertor que ella había usado, su rabia ahogada por un sobrecogedor sentido de pesar y pérdida.

–Bella –murmuró con voz rota–. Que estés bien.