Bueno, supongo que esto es una sorpresa. Este fic comenzó siendo un One-Shot, pero el tiempo ha pasado y han surgido otras ideas. Asi que parece que continuará poco a poco... un capítulo por Caballero de Oro. (O esa es la intención al menos xD) Sin más, ahi lo teneis!
Capítulo 2: Milo de Escorpión
El amanecer se veía completamente hermoso ese día. No había pegado ojo en toda la noche, a pesar de que me sentía totalmente exhausto. Sin embargo, mi mente permanecía perdida… adormilada; como si nada de lo que había pasado horas antes hubiera sido real.
Recuerdo que permanecí sentado en las escaleras de Escorpio toda la noche hasta que el sol anuncio la llegada del día acompañado del graznido de las gaviotas en un lugar no demasiado lejano. Era una sensación relajante después de todo.
Me descubrí suspirando. A esas alturas, las Doce Casas no eran mas un montón de escombros, que atestiguaban que menos de 24 horas antes se había librado la batalla más terrible de nuestra era allí mismo. Mis ojos viajaron desde Aries hasta Piscis, deteniéndose por último en el Templo Papal, a la sombra de la Estatua de Athena.
Me sentía extraño. Siempre he sido considerado un tipo arrogante y se que lo soy. La verdad que no me preocupa mucho, porque creo que esa es la única cualidad que tenemos en común los Doce. Bueno, o los que quedábamos de los Doce… Negué lentamente con la cabeza mientras me apartaba el cabello del rostro con un manotazo. Me sentía frustrado. Mi ego había sido reducido a la nada en menos de un día.
No me sentía avergonzado porque Hyoga me hubiera vencido. El chico había hecho lo que nosotros debimos hacer… Realmente me sentía vacío. No había articulado más que un par de palabras cargadas de incredulidad al descubrir el verdadero rostro tras la máscara del Maestro, y después… nada.
Intenté pensar, intenté buscar un motivo que me convenciera de que todo aquello tenía algún sentido, pero no podía. Mi mente se perdía continuamente en esos intentos por mantenerse ocupada, hasta que a ella llegaban imágenes sueltas de personas a las que jamás volvería a ver.
Había perdido a mi mejor amigo, mi alma gemela. Camus era tan diferente al resto del mundo…
Se que yo soy alguien difícil. Conozco de sobra el efecto que causo sobre los demás pues de todos nosotros, creo que soy el más sociable. La gente se siente cómoda a mi lado, porque nunca hay silencios incómodos. Siempre tengo algo que decir, sin importar el momento. Sin embargo, soy tan posesivo como dominante y eso no es fácil de sobrellevar.
Ganarse mi lealtad, supone gozar de ella eternamente. O eso creía hasta entonces. Soy demasiado pasional y radical algunas veces, pues hay ocasiones en que al sentirme herido tomo medidas demasiado drásticas. Si me hieren… no les daré jamás una nueva oportunidad para que vuelvan a hacerlo. Y eso fue exactamente lo que hizo Camus.
Se atrevió a morir antes que yo, dejándome solo y sumido en una profunda nada. Porque así me sentía… rodeado de un montón de gente que me miraba con cierta lástima mal disimulada, porque de todos nosotros, fui el único que no se molestó en disimular que tenía un amigo por el que daría la vida. Después de todo, somos Caballeros de Oro. La Élite de una Orden de Caballeros legendaria. No había lugar para mostrar afecto por alguien que no fuera uno mismo. Nos enseñaron a valorar a nuestros iguales, pero a ensalzar nuestra propia valía por encima de todo. Derrochábamos grandeza y poder siendo apenas unos mocosos que no sabían nada de la vida.
Recuerdo a los ancianos de la aldea, susurrando a nuestro paso que nos faltaba mucho por aprender, que la vida nos enseñaría las lecciones verdaderamente importantes. Nunca me molesté en replicarles. Únicamente dibujaba mi sonrisa cargada de orgullo y me autoconvencía de que ellos no tenían nada que enseñarme, después de todo… ¿qué podía saber un aldeano sobre la vida de un Santo Dorado?
Y realmente, no me enseñaron nada. Fue Camus quien mantuvo mis pies sobre la tierra. Un hombre tan opuesto a mí, que en ocasiones yo mismo me sorprendía de que nos compenetráramos tan bien. Pero así era… Únicamente él sabía hacerme callar con un par de palabras. Él era el único que conseguía hacerme entrar en razón cuando mi terquedad me nublaba el juicio. Acercaba mis sueños a la realidad cada noche de charlas y silencios que compartíamos en esas mismas escaleras.
Él había aprendido a controlarme y a manejar mi carácter mejor que nadie. Para mi… era suficiente saber que estaba cerca. Cada vez que marchaba a Siberia, me volvía ligeramente insoportable. Mi orgullo podía más que yo y cuando me metía en problemas… solamente era capaz de entender las cosas por las malas. Luego él volvía silencioso, sin previo aviso, y se colaba en mi Templo. Se cruzaba de brazos apoyado en el quicio de la puerta, y clavaba sus ojos azules en los míos. Nunca supe como lo hacía, pero únicamente con su mirada era capaz de hacerme confesar hasta el crimen más insignificante. Era la única persona con la que me sentía yo mismo y que mostraba que de veras le importaba lo que pasaba conmigo.
Muchos lo consideraban un tipo frío sin sentimiento alguno. ¡No saben lo equivocados que estaban! Camus guardaba más sentimientos dentro de si que muchos de nosotros, pero a diferencia de otros, había aprendido a ocultarlos para preservar su propia seguridad. Porque todo lo que me repitió todos esos años de amistad… era cierto. Los sentimientos nos hacen vulnerables y son los que nos matan. Él es el mejor ejemplo… ¡que ironía!
Así es como yo me sentía en aquel momento. Había perdido a Camus y saber que jamás volvería a verlo, o que jamás volvería a escucharlo regañarme… me partía el corazón. Él era… la persona con sentimientos más puros que jamás tuve el honor de conocer. Solamente había que darle la oportunidad de mostrarlos y observar con atención, pues una sonrisa suya, significaba para mi tanto como un abrazo lleno de amor para otros.
Fui incapaz de dejar caer una lágrima aquel día. Y sin darme apenas cuenta, me envestí con mi armadura nuevamente, y caminé despacio hasta el cementerio forzándome a pensar en él. Había descubierto que recordarle no era tan malo. El recuerdo de su sonrisa era tan nítido en mi mente, que me relajaba y me evitaba el pensar en nada más.
Pronto alcancé mi destino. No me sorprendió saberme el primero, aunque los demás no tardaron en llegar. Evité las miradas, aunque no por ello me pasó inadvertida la expresión llena de paz de Aioria. Aparté los ojos rápidamente de él. No soportaba esa mirada, no ahora. Escuché las suaves palabras de Mu, cargadas de timidez y confusión. Ninguno sabía que decir y yo me mantuve apartado, dándoles la espalda. No deseaba escucharles. No deseaba mirarles. Sólo quería despertar y descubrir que aquello no era cierto. No podía haber pasado.
Pero lo había hecho. Vuestras palabras me devolvieron a la realidad instantes después. Os seguimos hasta las piras donde reposaban los cuerpos de todos ellos. Observé como con delicadeza colocabais las dos monedas de oro sobre los ojos cerrados y sin vida de cada uno. Sentí mis ojos arder a causa de unas lágrimas que me negaba a derramar.
Miré a Camus por última vez. Sino fuera por su inusual palidez, hubiera dicho que estaba apaciblemente dormido. Su rostro reflejaba una paz inigualable, y eso, me tranquilizó levemente. Aunque fue una tranquilidad que apenas duró unos segundos.
Me había forzado a centrar mis pensamientos en el Santo de Acuario desde el primer momento y podía decir que lo había conseguido. Hasta ese instante en que mis ojos se clavaron en el rostro sin vida de Saga y entonces… mi falsa tranquilidad desapareció. Apreté los dientes y los puños inconscientemente. Sentí como las lágrimas cayeron sin permiso y no me moví.
Solamente sentía rabia e ira.
Una ira contenida contra todo. No le odiaba. Nunca lo hice. Me importaba bastante poco lo que pensaran los demás de la situación. Mi realidad era que no comprendía que había pasado. Ese día descubrí que los últimos trece años habían sido un mal sueño que jamás debió suceder… pero ya no había marcha atrás.
No tardé en sentir el calor de las llamas que rápidamente devoraron sus cuerpos. Ni siquiera recuerdo vuestras palabras de aliento, mi señora. Sólo se que Aioria posó su mano en mi hombro en un intento vago por hacerme sentir mejor. Me zafé de él de un manotazo. Era mi amigo… y sabía que para él este desenlace había sido un alivio. Se había quitado un enorme peso de encima y me alegraba por ello, de verdad que lo hacía. Pero como ya dije antes… no soportaba su mirada cargada de tranquilidad. No cuando acababa de perder a mi mejor amigo… y al que consideré mi hermano mayor.
Ellos habían perdido a sus compañeros en esa funesta batalla pero yo… no había perdido únicamente a Camus. Había perdido a Saga también y aquello me enfurecía. Para los demás, Saga había sido el héroe de la infancia. Realmente no era más que un niño algo mayor que nosotros, y verle con esa armadura que parecía únicamente hecha para él… era el claro ejemplo de lo que nosotros deseábamos ser. Todos recordaban su sonrisa tímida, pero que si te fijabas bien, siempre estaba ahí.
Para mis compañeros, Saga sólo había sido eso, el ejemplo a seguir. Pero para mi fue mucho más…
¿Y entonces que? Suponía que se sentían igual de confundidos que yo al respecto de la historia de Saga. Todos le habíamos dado por desaparecido hace mucho tiempo y no le dimos demasiada importancia. Si alguien podía sobrevivir a lo que fuera… era él. O al menos eso creían nuestras mentes infantiles.
Eché un último vistazo a su pira funeraria y negué lentamente con mi rostro. No. Definitivamente, Saga para mi no significaba lo mismo que para el resto. Lo recuerdo como un chico tranquilo y extrañamente dulce, aunque cuando dejaba ver su carácter verdaderamente intimidaba. Siempre tenía una sonrisa para nosotros, sin importar el momento o sin importar los problemas que él mismo atravesaba; esos que no eran un secreto para nadie y que nadie… absolutamente nadie, intentó evitar.
Yo siempre fui tremendamente inquieto y travieso. Se que era un quebradero de cabeza para mi maestro y cualquiera que tuviera que cuidar de mi. Saga era el mayor… y le tocó hacerlo más de un par de veces, pues Aioros tenía suficiente con su hermano. Me metía en demasiados problemas. Algunos de los cuales solucionaba por mi mismo. Otras veces arrastraba a Camus conmigo, que me fue siempre leal y aunque supiera que se ganaría un castigo por ayudarme jamás me dejó solo. Pero al final… Saga siempre llegaba y salvaba la situación, la mía y la de Camus. Era el hermano mayor que siempre estaba vigilante, cuidando de que nadie me hiciera nada, pero manteniéndose totalmente al margen hasta que era el momento oportuno. No era que yo no supiera solucionar los problemas por mi mismo… pues entre esos dos, lograron enseñarme a hacerlo. La cuestión era que él únicamente aparecía cuando el asunto se me había ido de las manos.
Siempre llegaba caminando tranquilamente. Parecía que para él no ocurría absolutamente nada y sin embargo, yo me sabía en un tremendo problema del que no estaba seguro que podría salir si él no me ayudaba. Solamente un par de palabras suyas… y todo volvía a la normalidad. Me protegió tantas veces… ¡Cuido más de mi que mi maestro!
¡Maldita sea! Su mirada cómplice valía para mí más que nada en el mundo. Porque era adorable con todos, pero a mi me trataba de un modo diferente... y me hacía sentir especial.
Pensándolo después de un tiempo, es como si yo hubiera sido su hermano pequeño, a pesar de que él tenía a Kanon. Claro que la relación de esos dos, y la que yo tenía con Saga no se parecía en lo más mínimo. Les vi pelear infinidad de veces… y tras cada pelea que pasaba, la dulzura que Saga derrochaba se extinguía un poco más. Se convertía en alguien diferente cuando Kanon y él se enfrentaban, sus facciones se endurecían y su miraba se ensombrecía. Creo que llegó un momento que la relación de ambos se redujo a imponerse al otro: quien era más fuerte, quién se metía en más problemas, quién era capaz de hacer más daño… Podía fingir que nada de eso le afectaba, pero para que mentir… lo hacía fatal. Tras esas peleas, Saga estaba literalmente destruido y sin embargo… eso no le impidió brindarme su sonrisa, aunque fuera fingida. No sabéis la de veces que secó mis lágrimas después de mis rabietas infantiles… Fue la única persona en este Santuario que me dio un abrazo alguna vez, una muestra de afecto, ni siquiera Camus. Quizá mi inocencia era su única vía de escape.
Cuando le ordenaron marcharse a Cabo Sunion, me sentí tremendamente decepcionado. Fue curioso, porque a mi apenas me quedaban unos días de entrenamiento en el Santuario; mi Maestro y yo marcharíamos a las Cícladas y los demás también habían comenzado a marcharse. Pese a ello… saber que Saga se alejaría de mí, sumado a la partida de Camus, me dolió en el alma. No grité, no protesté; hice exactamente lo mismo que él. No tenía más que 6 ó 7 años. Me mantuve en silencio y me marché a la playa. Permanecí allí sentado tanto tiempo que me pareció una eternidad. Y de pronto… allí apareció.
Se sentó a mi lado, sin decir nada. No llevaba su armadura, así que su aspecto no distaba demasiado del de un niño de su edad. Sin embargo, si miraba su rostro agotado, si miraba sus ojos… podía encontrar tal experiencia y cantidad de sentimientos desordenados que por un momento, su presencia me sobrecogía. Podía encontrar todo eso, pero no inocencia…
- No me voy al fin del mundo, ¿sabes? –me dijo con una ligera sonrisa.
- Pero te vas de todos modos. –respondí enfurruñado.
- Tú también te irás en unos días. –replicó tranquilamente.
- ¿Y qué voy a hacer ahora? Camus se ha marchado a Siberia. ¡Ni siquiera se donde esta eso! –refunfuñe cruzándome de brazos, deseando gritarle que le echaría de menos todo ese tiempo.- ¡Y todavía no acabé de enseñarle a hablar griego! –Amplió su sonrisa divertido, y no dijo nada.- ¿Por qué nadie se da cuenta de que os voy a extrañar? –Al fin lo dije, gritando. Su sonrisa se disipó, volvió sus ojos al mar y al cabo de unos minutos habló suavemente.
- Aunque no este contigo… siempre te quedará mi recuerdo.
Lo miré, completamente mudo. Me sentí avergonzado por haberle gritado, triste… por haber borrado su sonrisa, y aliviado, porque sabía que esas palabras significaban lo mismo que las mías. Supongo que lo notó, porque en ese instante desordenó mi cabello con su mano en un gesto divertido, como siempre hacia cuando me veía y volvió su rostro al horizonte una vez más.
Su recuerdo. Al principio, fue a visitarme alguna vez a las Cícladas. Después… esas visitas disminuyeron hasta desaparecer por completo. Me sentí decepcionado, pero me convencí a mi mismo de que alguien como él tenía asuntos más importantes que atender, que no se había olvidado de mi.
Y así fue como pasó él tiempo. Yo volví al Santuario, igual que los demás. Me reencontré con Camus, que a esas alturas hablaba un perfecto griego para mi total sorpresa, sin rastro del estúpido acento francés que yo tanto odiaba y ambos retomamos nuestra amistad donde la habíamos dejado. Parecía que no había pasado el tiempo. Pero si lo había hecho.
Me apresuré a visitar el Tercer Templo cargado de impaciencia y emoción. Todo eso desapareció cuando comprobé que estaba vacío, abandonado. No había rastro alguno de los gemelos, era como si su presencia se hubiera evaporado dejando lugar a una espesa penumbra y un frío helador que me atemorizaba ligeramente.
No pregunté por ellos, aún no se el motivo por el que no lo hice. Nunca volví a hablar con nadie de Saga, pues tras la muerte de Aioros su paradero era un tabú en el Santuario. Unos lo acusaban de haber abandonado la Orden cuando más se le necesitaba, otros decían que tras ver en que se había convertido nuestro hogar se había marchado. Hubo quien sugirió que estaba muerto. Nada más lejos de la realidad… El lugar se convirtió en una escuela militar donde el caos y el pánico reinaban a sus anchas. ¿Pero sabéis que? Nunca nos importó. Éramos ocho Caballeros de Oro los que residíamos en las Doce Casas y ninguno de nosotros movió un solo dedo por buscar una explicación a lo que ocurría y poner solución.
Quizá era mucho más fácil darle la espalda al terror que se vivía allí, y escondernos en nuestros propios palacios donde nos sentíamos reyes, a tener que plantearse siquiera que había problemas. Éramos los mejores y no debíamos inmiscuirnos en esos asuntos… ¿no?
Alguien debió darnos una lección mucho antes. Eso es lo que supuso para mí la Batalla de las Doce Casas. Una lección que golpeó directamente a nuestro engrandecido ego y abrió nuestra propia Caja de Pandora. Los fantasmas del pasado y todos los por ques y culpables habían salido a la luz y la realidad nos superó. A mi me superó.
No podía ser que Saga… el Saga que yo recordaba hubiera sido el artífice de toda esa locura. Sin embargo, la realidad decía que si, los hechos le acusaban directamente. Y yo… no podía perdonarle eso.
Había desatado una guerra que se había llevado la vida de mi mejor amigo y muchos otros compañeros. ¡Camus había muerto por su culpa! Y no contento con ello… había tenido el valor de suicidarse delante mío, sin pararse a pensar en lo que eso podía provocar.
En aquel momento… me quede petrificado, sin respiración. De verdad esperaba que su locura se disipara y él mismo se excusara. Debía haber un buen motivo para aquello. Pero no se dio la oportunidad si quiera de intentarlo, de limpiar su nombre… Había preferido morir como un traidor. ¿Acaso se había dado por vencido? ¿Se había rendido?
Juro que pensé que él os mataría, mi Señora. No se como pasó esa idea por mi cabeza, pero pensé que Saga lo haría. Me maldigo por haber pensado eso, pero nunca supe que esperar de él, del misterio que siempre lo rodeaba. En el momento en que lo vi en el suelo, arrodillado frente a vos tras recibir el golpe de Niké, con su respiración entrecortada… me pareció que los años cayeron sobre él de golpe. Apenas tenía siete años más que yo, y aparentaba estar tan agotado de vivir, tan derrotado y tan triste… que me contagió su tristeza con solamente contemplarlo. Sentí una enorme decepción t retiré la mirada. Si cualquiera me hubiera preguntado que quería ser a lo largo de mis veintiún años de vida… hasta aquel preciso momento hubiera dicho que deseaba ser como él. Sin importar que hiciera trece años que había desaparecido de la faz de la tierra.
En aquel instante… toda una vida cargada de sueños de gloria y oro se tambaleó y amenazó con derrumbarse de un plumazo. Me sentí solo, traicionado, vacío, furioso. Me forcé a no pensar más en él, a enterrar su maldito recuerdo… hasta que mis ojos reposaron en su cuerpo inerte. Todo se fue al traste en aquel momento. Su rostro se veía tranquilo… como aquel día en la playa, sólo que sin su reconfortante sonrisa.
Tras apartar a Aioria de mí, me marché del cementerio rápidamente. No había nada que hacer allí. Vos no les conocíais, mi Señora. Si lo hubierais hecho, estaríais tan destrozada como yo. Todos eran especiales. Pero para mi… nunca existió otra familia aparte de ellos. Y los dos se marcharon el mismo día. ¡Se atrevieron a dejarme atrás! ¡Se atrevieron a dejarme solo! No les importó…
"Siempre tendrás mi recuerdo." Maldije las palabras de Saga, porque me sentía incapaz de contradecirlas. El desgraciado tenía razón; como siempre.
Después de aquello, me encerré en la soledad de mi Templo unos días. No deseaba saber nada de nadie. Imagino que fue Mu quien dejo aquel diario en mi Templo. Solamente él tenía el valor para adentrarse en mi Casa con aquello entre sus manos. El siempre confiaba en el lado bueno de las personas. Sin embargo, si le hubiera visto dejar allí el diario de Ares no se hubiera encontrado con un recibimiento demasiado amistoso. Solamente escuchaba los consejos de Camus… y aquello fue como una intromisión en mi tristeza… como si quisiera tomar su lugar aunque fuera solamente un par de minutos. Doy gracias al cielo por no haberlo encontrado, no se merecía sufrir mi ira cuando sólo intentaba hacer lo mejor para mi.
Pero pasaron los días y no me acerqué más de lo necesario al condenado cuaderno. Solamente había alcanzado a abrir una página para ver de quien era y aquella letra me lo dijo de un único vistazo. Apreté los dientes, descubrirlo se había sentido como una bofetada en el rostro. Fue un duelo duro: el diario y yo, un Santo de Oro sin el valor necesario para leer una verdad que en el fondo deseaba conocer. O quizá fue mi orgullo, pues temía descubrir que Saga de veras tuvo un buen motivo para todo aquello. Era mucho más sencillo odiarle, no quería saber nada más de él. Enterraría su recuerdo en lo más hondo de mí y todo resultaría mucho más fácil de llevar. Estaba muerto, porque no había tenido el valor de afrontar sus problemas. Era un maldito traidor… y yo le había considerado mi hermano.
Y sin saber como, un buen día el diario me ganó la partida. Me acurruqué en mi sofá, sin saber que hacer. Mis ojos se toparon con él y finalmente me armé de valor para leerlo. Pase horas con esa tarea. Descubrí que era el último de otros muchos diarios que había en el Templo Papal. Cada palabra que leí me provocó escalofríos. Pero lo que contenía… era demasiada información que asimilar de un golpe. Lo cerré y lo mantuve entre mis manos mientras perdía mi vista en algún lugar de la habitación, sin moverme de mi sitio en el sofá. Supongo que necesitaba aclarar mis ideas y mis sentimientos. Después de todo, ¿a quien le resultaría fácil de entender que un compañero… un hermano, era la reencarnación de un Dios? Se que apareció una ligera sonrisa de orgullo en mi rostro, pues a pesar de que la moralidad de Ares es más que cuestionable… Saga había resultado ser mucho más de lo que todos pudimos percibir alguna vez. Es decir… mi hermano, mi héroe de la infancia, un niño que no tenía a nadie más que a si mismo en el mundo… había resultado ser un Dios.
Claro, que todo eso… tenía más cosas en contra que a favor. No pude ni puedo imaginar lo que supuso para él vivir de ese modo: como una marioneta, un Caballero de Oro preso de su propio cuerpo y consciente de los macabros actos del Dios de la Guerra. Alguien con más ganas de morir que de vivir. Entonces, me sentí vulnerable.
Para mi él representó la perfección hecha caballero. Era fuerte, con una técnica perfecta, depurada y elegante; hábil, con un porte majestuoso y extremadamente inteligente… Cada vez que hablaba, era capaz de engatusar a cualquiera. Y de pronto, todo aquello se derrumbó tras leer esas líneas; se redujo a una inmensa nada. Pensé que Saga no había sido lo suficientemente fuerte para aguantar aquello. Y si él no lo había sido… los demás no éramos mas que niños en un juego de gigantes. Creí que todos estábamos equivocados y que lo habíamos sobrevalorado.
Pasaron horas, y no me moví de allí. No hacia más que darle vueltas a todo el asunto. Me sorprendí a mi mismo de lo rápido que cambiaron mis ideas cuando normalmente, mi orgullo lo impide. No les odiaba, a ninguno; sentía indiferencia. Me sentía mal conmigo mismo por no haber hecho más a lo largo de mi vida por la gente a la que amé… especialmente por ellos dos. Pero Saga y Camus me habían herido tan profundamente, que jamás podría perdonarles su muerte. Nunca entendí porque Camus quiso morir así, pues podía haber ganado aquella pelea. Pero así era él, sus ideales y sentimientos eran únicos.
Finalmente me levanté del sofá y me acerqué hasta la urna de porcelana que reposaba en la mesilla. Parte de las cenizas de Camus se encontraban ahí… Sabía que le hubiera gustado descansar en Siberia, después de todo el francés se había enamorado de aquel inhóspito lugar., así que me prometí a mi mismo que cumpliría su deseo. Dibujé una sonrisa triste, al recordar que aquello sería lo último que haría por él. Y finalmente, me encaminé hacia la escalinata que daba acceso al Templo.
Por primera vez en días, el sol acarició mi piel tímidamente. Mi carácter usualmente alegre, se había tornado serio y taciturno. Como había hecho tan solo unos días atrás, mis ojos viajaron por el contorno de las Doce Casas. Mi cosmos extrañaba la presencia de sus guardianes pues a pesar de todo, todos nosotros, los Doce; habíamos sido más que compañeros. Habíamos compartido una vida dura y llena de sufrimiento, creando unos lazos que jamás se romperían… aunque nos esforzásemos por enterrarlos en lo más profundo de nosotros mismos. Extrañaba la sonrisa de Aldebarán cada mañana, sus carcajadas que eran música para mis oídos cuando deseaba enviar todo al demonio, pues a pesar de ser un Santo de Oro… en muchas ocasiones ese título era más fuerte que mi fortaleza. Para mi sorpresa, echaba en falta la permanente desconfianza que emanaba de Máscara Mortal y su marcado acento italiano. Fruncí el ceño al recordar su participación en el transcurso de esos trece aciagos años. Reparé en que extrañaría a Shura más de lo que creí cuando me descubrí observando su Templo en la lejanía… y mis ojos se llenaron de lágrimas. Era tan reconfortante escucharle hablar… ¡Maldita sea! ¡Incluso extrañaba aquel permanente olor a rosas que inundaba las Doce Casas y que durante años había odiado!
Tan perdido estaba en esos pensamientos, que sin darme cuenta, una presencia que había surgido de la nada se había sentado a mi lado. Aioria podía ser sigiloso cuando se lo proponía, igual que un león cuando acecha a su presa. Permaneció allí completamente mudo, contemplando el mismo horizonte que yo y seguramente pensando algo muy similar. Estaba únicamente ahí, sentado a mi lado, como hacía Camus. Al contrario que hace días, ya no sentía que intentaban sustituirle como me ocurrió con las buenas intenciones de Mu. Sonreí ligeramente, agradeciéndole con ese apenas perceptible gesto su atención.
- ¿Crees que se merecían esto? –dije de pronto. Sentí sus ojos verdes llenos de duda clavados en mi, entonces le señalé el cuaderno que descansaba a mi lado.
Como esperaba, el León no contestó, aunque sabía a quien me refería. Su situación era complicada. Se había pasado la vida siendo el paria del Santuario, el hermano del traidor. Había luchado con uñas y dientes por demostrar que Aioros no lo era, y cuando su fortaleza se derrumbó, se propuso diferenciarse por completo de su hermano mayor. Pero el destino había sido caprichoso; por lo visto no fue suficiente con que Shura, el mejor amigo de Aioros, hubiera acabado con su vida; sino que además, la mente pensante de todo había sido Saga, que era tan importante para el Arquero como el Capricorniano. Suponía que ahora Aioria se sentía mucho mejor, sabiendo que todo el infierno que había sido su vida hasta aquel día se había acabado y que finalmente había alguien a quien culpar por todo.
- No te preocupes, yo también le odio. –dije tranquilamente, con una frialdad que me sorprendió incluso a mi mismo.- El muy estúpido tuvo el valor de suicidarse delante de nosotros. –dije. Y es que era cierto, odiaba tanto al geminiano como estima le tenía.- Pero fue un hermano para mi...
- Sabes de sobra que el sentimiento era mutuo. –me sorprendió escucharle decir eso. Lo observé y comprobé que lo decía completamente en serio.- Cuidó más de ti desde las sombras que tu propio maestro. Aioros y Saga eran completamente iguales. Mi hermano hacía lo mismo conmigo.
- Me hubiera gustado agradecerle cada segundo de su vida que me dedicó. –susurré con una sonrisa, seguida de un pequeño silencio al recordar cada momento vivido: desde los juegos, hasta las sonrisas cómplices y los regaños.
- No era igual cuando Aioros o Saga nos regañaban, ¿verdad? –dijo él sonriendo del mismo modo.
- ¿Sabes? –proseguí.- Se paso trece años tras esa máscara. No me explico como fuimos lo bastante estúpidos como para no notarlo… Pero esa es la realidad. Trece años en que no le extrañé, ninguno lo hicimos; porque sabiamos que estaba en algún lugar. Lo sentía, sabía que volvería a verle. Pero ahora… No podré agradecerle ni recriminarle nada. Se ha ido y no volverá jamás.
Pero jamás es demasiado tiempo. No se cuanto permanecimos ahí en silencio. Cada uno perdido en su propio mundo y sus propios recuerdos. Sin darme cuenta, esos minutos habían servido para perdonarlo. Había olvidado toda la rabia que sentí esos días. Sentí lastima por todo lo ocurrido. Ninguno de los implicados lo merecía: Aioros no merecía morir, ni Shura cargar con esa culpa. El Maestro Shion no merecía ver su amado hogar, por el que había luchado tanto, derrumbarse. No merecía contemplar la caída en picado de sus hijos. Al menos, Saga le ahorro eso… pero de nuevo, el tampoco merecía ese Infierno que le tocó vivir. Sin embargo, a pesar de perdonarlo… la indiferencia que había comenzado a sentir hacía días, no había hecho más que aumentar.
- ¿Y Camus? –preguntó de pronto Aioria en apenas un hilo de voz. Lo miré endureciendo mi rostro.
- El muy idiota se dejo ganar. –me miró alzando una ceja sorprendido.- Le extraño, y no lo dejaré de hacer nunca. Nadie ocupará su sitio jamás. Pero… ambos sabíamos que uno de los dos podía morir en esta batalla inútil. Prefiero que haya sido de este modo, a manos de Hyoga. Se que él estuvo orgulloso del chico, murió tranquilo y feliz.
- Ninguno es reemplazable. –añadió él en un murmullo.
Tenía razón. Ninguno lo era. Si había alguien en ese momento más orgulloso que yo en el Santuario… ese era Aioria. No quise ahondar en el asunto de Saga con él. Me bastaba ver esa expresión de alivio en su rostro para sentirme bien. Si lo hubiera hecho… lo hubiera estropeado.
Pero para nosotros, el tiempo pasa demasiado rápido. A partir de entonces luchamos con todas nuestras fuerzas por lograr que el Santuario volviera a ser nuestro hogar, que se acercase ligeramente a lo que recordábamos.
Los Santos de Bronce libraron las batallas que nos correspondían a nosotros. Parece ser que el Anciano Maestro siempre supo lo que nosotros desconocíamos. Supo lo que ocurría con Ares y espero hasta que el engaño se descubrió por si solo. Del mismo modo que supo lo que ocurriría con Hades y nos obligó a esperar.
Admito que estuve tentado de mandar todo al demonio y marcharme con Aioria al Reino Marino. No me gusta que me obliguen a acatar órdenes cuando no las comprendo. No entendía tantos discursos sobre paz, amor y una misión que ni siquiera sentía como nuestra. ¿Era posible que los Santos de Oro estuvieran destinados a esperar sentados en sus Templos a que el enemigo llamará a su puerta? No. Yo simplemente sabía que me habían entrenado para luchar por vos, y el mundo; no para esperar. Y hasta entonces, solamente había luchado sin saberlo por el Dios más sanguinario del Olimpo. Era… odioso.
Supongo que Aioria y yo compartimos más cosas de las que nunca pensamos, pues a pesar de ser buenos amigos desde niños, fue en ese entonces cuando descubrí que él estaría ahí para mi siempre, del mismo modo en que lo estaría yo. Ambos nos sentíamos igual. Comprendió mi dolor, y me tendió su mano. Nunca se lo podré agradecer como se merece. Siempre me tendrá ahí para cuidar de sus espaldas.
Pensándolo bien, creo que fue una buena idea la de no dejarnos abandonar el Santuario bajo ninguna circunstancia. Se que si hubiera llegado hasta el Templo Marino para toparme nada más y nada menos que con Kanon, como General del Atlántico Norte… le hubiera matado, os lo aseguro. O al menos lo hubiera intentado, porque por un motivo incomprensible los gemelos resultaron ser más parecidos en algunas cosas de lo que ambos admitirán jamás. Verle con aquella armadura hubiera supuesto un golpe atroz a mi maltrecha fortaleza.
Supe de su presencia desde el primer momento en que pisó el Santuario tras aquella batalla. Su cosmos estaba ligeramente cambiado y no lo ocultaba del todo. Supongo que para él aquella derrota supuso una vuelta a la realidad bastante dura. Ahí estaba él, siempre se mantuvo inaccesible para todos, pero de sobra sabíamos que compartía la misma arrogancia de su hermano. Sus ansias de gloria habían sido destruidas, y volver al Santuario aceptando que se había equivocado no tuvo que ser fácil.
Lo observé entre las sombras alguna vez, cuando a hurtadillas se había acercado al cementerio a contemplar con una enervante frialdad la tumba de Saga. Pude haber hecho algo por él, por ayudarle; porque se que odiará admitirlo… pero sabiendo que su hermano ya no estaba se sentía perdido. Elegí que era mejor mantenerme completamente alejado de él. El daño me lo había hecho la verdad y la muerte de Saga, pero sabía que si lo tenía cerca Kanon lo pagaría por él y eso era injusto. No lo quería a mi lado, no cuando era exactamente igual y cargaba con tanta culpa como Saga. Dejarle acercarse era como permitir que lo hiciera su hermano, para después marcharse sin pensar el daño que su ausencia podía ocasionar. No le daría la segunda oportunidad de Saga. No.
Al menos eso pensé. Pero somos una generación de Santos diferente y absolutamente nada, salio como debería haber salido. Nos reímos del destino que nos habían marcado y escribimos nuestro propio guión.
Por ello, cuando sentí esos tres cosmos tan reconocibles en Aries, sentí como mi sangre hervía. No era posible… Había aceptado que como dijo Saga siempre me quedaría su recuerdo… que ninguno de ellos volvería jamás. Prefería que fuera así, es más; quería que fuera así. De ese modo, podía permitirme recordar lo bueno que ellos me habían brindado alguna vez.
Pero volvieron. ¡Se atrevieron a hacerlo! No se plantearon que su presencia podía ser devastadora para muchos. Me sentí sobrecogido cuando el potente cosmos de Saga impacto con esa fuerza en el Templo. Creo que mantuve la respiración por un momento, hasta descubrir que mi intuición no me fallaba. Saga era demasiado calculador como para haber lanzado un ataque que errara su blanco, no. Aquello sin duda, era un aviso; uno que decía que no estaba bromeando y que estaba dispuesto a todo, igual que sus acompañantes. A toda prisa avance por el salón del trono que continuaba sumido en la penumbra, su cosmos se revolvía completamente inquieto y entre esa nube de energía, descubrí a Kanon.
No se que demonios hizo Kanon para ser el objeto de esa advertencia, pero fue suficiente. Lo que ocurrió después bien lo sabéis, pues sois testigo. Me sentía confundido y frustrado. Estaba asustado. Me llevo mucho tiempo aceptar y superar lo ocurrido en las Doce Casas como para enfrentarme a aquello. Finalmente, tenía a Kanon frente a mí. Tan igual y tan diferente. Quería ponerle a prueba, ¡necesitaba hacerlo! Quería desahogarme… Quería creer que nada era real.
Escuche vuestros gritos y los ignoré. Perdonadme, pero necesitaba aquello, a pesar de que se que no son los sentimientos más adecuados para un Caballero de mi rango. Kanon aguanto la tormenta como un titán. No hizo amago siquiera de defenderse. Sus ojos, por primera vez en tantos años, se clavaron en los míos. Toda la frialdad que transmitían la última vez que lo vi, había desaparecido. Se mostraba más humano de lo que jamás imagine y entonces, comprendí. No mentía, de verdad quería pelear de nuestro lado. Quería demostrarle al mundo que de veras era digno de la armadura de Géminis, la de la discordia; la que durante toda mi vida pensé que estaba hecha a medida de su hermano. Aquella fue mi manera de aceptar que él era un digno guardián.
Salí de allí sin mirar atrás. Me encerré en mi Templo, dando tantas vueltas como un león enjaulado. Minuto a minuto mi furia e impaciencia crecían más y más. Mi temor también. Ya no era únicamente el cosmos de Saga el que resultaba sobrecogedor, sino que Shura y Camus, quien creí que jamás seria capaz de hacer lo incorrecto; estaban a su altura. No sabía que era lo que les empujaba a pelear con esa fiereza. No me importaba.
Por momentos el odio reemplazo a la furia nuevamente. Sentí la Exclamación de Athena tan bien… que les desee la peor de las muertes. Shaka y yo no éramos demasiado cercanos, pero me dolió terriblemente su perdida. Bajé tan rápido como pude a lo que quedaba de Virgo. Hice mi entrada triunfal, tan arrogante e impaciente como mi amigo el León que aguardaba allí exactamente con la misma expresión que yo. Diría que incluso sonrió al verme llegar.
Pero de pronto, mis ojos se clavaron en los de ellos, ya nada más captó mi atención. Su imagen de muertos vivientes distaba ligeramente de lo que recordaba y me encontraba completamente hipnotizado por ella. No me explicaba como eran capaces de mantenerse en pie, pero lo hacían. Sentí como el cosmos de Camus se estremeció ligeramente al verme, al contrario que Saga, quien se mantenía completamente inalterable. Es más, diría que al verme su determinación únicamente creció un poco más si es que era posible. Su mirada se clavó finalmente en la mía. No distinguí nada… nada excepto decisión y desafió. Saga mataría a quien se interpusiera en su camino sin pensarlo si quiera, no le importaría quien fuera. Me estremecí… y reaccioné del mismo modo que con Kanon, desaté mi furia descontrolada: le quitaría esa soberbia a golpes si era necesario.
La Aguja Escarlata castigó aún más sus cuerpos. Quería que sufrieran lo mismo que sufría yo… Quería destrozar su estúpido ego que se mantenía intacto y su expresión altanera. No son los sentimientos que me enseñaron a mostrar en mi aprendizaje para Santo, pero ese soy yo; me guió por mis instintos. Tras recibir el ataque cayeron al suelo pesadamente; se levantaron una y otra vez. Recibieron los golpes sin apenas dejar escapar un gemido de dolor. Miré sorprendido como Camus le tendió su mano a un exhausto Espectro de Géminis y esa escena me dejó sin aliento. Era como si el destino se riese de mi, enfrentándome a dos personas a las que quería… enfrentándolos como traidores, que además de eso se respaldaban el uno en el otro. Era imposible de creer. ¿De veras ambos nos habían traicionado de ese modo? ¿De veras… se habían olvidado de todo? ¿De mi?
La ira me cegó por completo, ya no había marcha atrás. Armé mi brazo, dispuesto a matarlos de una vez por todas con Antares pero… estaba tan concentrado en hacerles sufrir, que no vi venir su contraataque. Saga jamás me había atacado, mucho menos con su Explosión de Galaxias. Verme envuelto en la belleza devastadora y mortal de su técnica, me destrozó el orgullo un poquito más si es que eso era posible. ¡Maldita sea! ¡Estaba casi muerto, y fue capaz lanzarme un ataque así! Me sentí… aterrado, no por el ataque en si… sino por su expresión completamente vacía.
Por ello, cuando se prepararon para su segunda Exclamación de Athena, busqué la mirada de Aioria, secundada por la de Mu, que finalmente había comprendido que sus discursos de paz y amor no funcionaban con nosotros dos y se preparaba para la acción. Aquel… sería un duelo de titanes. Dos Exclamaciones Prohibidas. Seis Caballeros Dorados desatando todo su poder. Tres estaban exhaustos y los otros tres, estábamos prácticamente ilesos. ¿Cómo es posible que no fuéramos capaces de vencerlos, de hacerlos retroceder? Ni siquiera la participación de los chicos de Bronce lo explica. Solo fueron ellos y su determinación los que les permitieron sobrevivir.
Después todo quedo reducido a escombros. Me sentía herido, física y emocionalmente; con el orgullo pisoteado y furioso porque de verdad pensé que Hyoga y los demás habían muerto. ¡Hyoga! Camus había muerto por él… ¡y el chiquillo podía estar muerto por su culpa! Me hizo sentir que su muerte no había servido para nada. Por ello, cuando encontré a Saga de nuevo, tuve toda la intención de acabar con él. Pero vos me suplicasteis por su vida y no me pasó desapercibido su suspiro de alivio pues me conocía; sabía mi intención.
Lo que ocurrió después, es historia. No consigo comprender como la mente de esos tres, su plan retorcido, Shaka y vos; estuvisteis de acuerdo en un plan que ni siquiera habíais compartido antes. Pero vuestros actos parecían una melodía macabramente ensayada. Creo que es la mejor manera de demostrar que a pesar de haber crecido juntos… entre cada una de las Doce Casas existía un profundo vacío que nos separaba de los demás… Realmente no nos conocíamos. Uno tras otro estabais dispuestos a morir. Jamás supisteis el panorama que quedó bajo la Estatua una vez que vuestra mano guío a la de Saga para acabar con vuestra vida.
Todos mis sentimientos de venganza desaparecieron. Volteé a Camus y furioso estuve a punto de estrangularlo con mis manos, mientras podía observar como frente a mi, Aioria ni siquiera pestañeaba, con su mirada fija en Shura y en la espalda de Saga que ni siquiera se había puesto en pie, solamente lloraba; una imagen para mi escalofriante. Mu contemplaba el suelo sin saber que decir. Y Kanon… contenía su furia a duras penas: contra el mundo, contra si mismo, contra su hermano... Tantos sentimientos entremezclados, mi Princesa… Después de eso, solamente alcancé a llorar amargamente, jurando y perjurando que jamás los perdonaría, nuevamente.
Pero miradnos. Todos estamos de vuelta. Apenas somos capaces de mantener nuestras miradas, de compartir más de un par de palabras con los demás, porque la Batalla de Hades produjo tantas heridas y tantas lágrimas… que no hay nada que se pueda decir por arreglarlo. El abismo entre cada Templo… es aún mayor.
Ahora, vuelvo a contemplar el perfil de los Doce Templos. Percibo a cada uno de sus Trece Guardianes. Sus estados de ánimo están tan alterados que son perfectamente reconocibles.
Deseáis saber que ocurrirá ahora, como solucionaremos esto… No es a mi quien debéis preguntar. Los extraño, si. Pero me prometí no darles la oportunidad de herirme nuevamente. Con Hades lo hicieron. No lo volverán a hacer. No les odio, al contrario. Aún los quiero y los admiro, pues hizo falta mucho valor para hacer lo que hicieron.
Alguien dijo que la historia no es más que una simpleza, es tradición. Sin embargo, la tradición no nos sirve a los Caballeros. Nosotros vivimos en el presente porque no tenemos un mañana y la única historia que tiene algún valor es la que nosotros escribimos.
Esta es la mía… Mi intención no era agradar más o menos a nadie con ella. Sin embargo, creo que es un buen modo de decir que a pesar de todo, ellos son mis hermanos. Unos más cercanos que otros, como en todas las familias. Pero mis hermanos al fin y al cabo, todos admirables. De mi sólo puedo decir que daría mi vida por vosotros sin dudarlo, nada más.
Atentamente,
Milo de Escorpión
Ahhhhh!!!!! Insultos, opiniones, golpes... todo en las reviews gracias!!!! xDDDDD De verdad espero que este nuevo capítulo no os haya decepcionado. Seguramente muchos se sorprendan por la relación descrita entre Saga y Milo. Pero la cosa es así: en el maravilloso mundo de Internet hay un monton de fan arts cargados de ternura que de veras me inspiraron muchisimo para esto. Eso, y que yo misma soy partidaria de esa idea, ya lo deje entrever en "Los Tres del Lamento" y se verá ligeramente en proyectos futuros!
En fin! Espero que os haya gustado; pues la descripción de Milo... esta basada en nada mas y nada menos, que en un par de buenos amigos Escorpiones que tengo por ahí!
Gracias a mis chicas Sunrise Spirit y Silentforce por vuestro apoyo!!! (especialmente dedicado a ti, Silent =P espero que el bicho fuera de tu gusto)
La Dama de las Estrellas
