Capítulo 3: Shaka de Virgo

La brisa del Egeo aún conserva el fresco de la noche pasada sin augurar el calor que traerá el día. Los primeros rayos de sol acarician con suavidad el agreste y orgulloso terreno de Grecia que es el Santuario. No puedo evitar suspirar ligeramente al acomodarme en la entrada de mi Templo, apoyando mi espalda en la fina y fría superficie de una columna. El aroma primaveral que despide mi renacido jardín se entremezcla con el suave y humeante te de la taza que calienta mis manos.

Abró los ojos con lentitud y casi con inseguridad, para contemplar un nuevo amanecer sobre las Doce Casas. Un pestañeo. Un gesto apenas perceptible para cualquier ser humano. Sin embargo, yo apenas me voy acostumbrando a hacerlo cada mañana. Para alguien cuyos ojos se mantuvieron cerrados toda su vida, salvo en los momentos en que eran abiertos para acabar con otra existencia; cada brizna de hierba, cada rayo de sol, cada atardecer y amanecer, se convierte en una escena maravillosa que me recuerda día a día lo equivocada que estuvo mi vida.

Puedo recordar con una escalofriante nitidez el día en que abandone la India, dejando atrás a mi familia. Apenas alcanzaba los cuatro años, y sin embargo, recuerdo como ni un solo gesto de pesar o tristeza adornó mi rostro mientras contemplaba como las altas montañas del Himalaya, coronadas de nieve, se desvanecían a mi paso. Sereno e inalterable, caminé tomado de la mano de un hombre al que más tarde reconocería como Arles; por los senderos que me alejaban de la aldea bajo las recelosas miradas de los hombres y mujeres que temían que aquel niño solitario y de extraña apariencia fuera en verdad la reencarnación de Buda.

Tiempo después, cuando los escarpados terrenos del Santuario se extendieron ante mis ojos, con los restos de viejos templos esparcidos aquí y allá, comprendí que ahí era donde empezaba todo. Sin embargo, de igual modo que cuando días antes me despedí de la India, ninguna reacción se dejó ver por mi rostro. Podía sentir sobre mi la mirada disimulada de Arles en busca de algo, de lo que fuera, pues supongo que el Caballero imaginaba que aunque encubierta, los impresionantes parajes que eran el hogar de la Diosa de la Sapiencia provocarían en mi la misma emoción que a los otros niños que llegaban hasta allí. Pero no fue así.

No tardamos en llegar a lo que más tarde conocería como la pequeña Rodorio. Los comerciantes recogían con ánimo los puestos que entorpecían su camino por las estrechas calles. Los niños corrían de aquí para allá mientras que alguna de aquellas casas de impecables fachadas blancas despedía un agradable olor a la cena recién cocinada. No me pasaron desapercibidas las miradas cargadas de respeto y admiración que cada aldeano dirigía a mi acompañante. Y por primera vez, mi rostro mostró sorpresa y una ligera molestia al comprobar como yo no era el centro de miradas recelosas.

Abandonamos la aldea con rapidez. Caía ya la noche, y a medida que nos adentrábamos por los senderos empedrados e iluminados por antorchas que colgaban de las blancas y brillantes columnas, la algarabía aumentaba. Las voces resonaban entre los árboles y los templos semiderruidos, los gritos sobrepasaban las altas paredes de las arenas de entrenamiento, y los cascos de los caballos de la guardia nocturna repicaban en su constante golpeteo contra el suelo.

Sin embargo, cuando atravesamos un imponente arco de mármol que se alzaba como tallado en la misma piedra de la montaña, la verdadera imagen del Santuario cobró vida para mí. En la India, era extraño que a aquellas horas se escucharan voces por las calles. Y allí, en el Santuario, todo era diferente. Más tarde comprendería que si el silencio invadía aquellos riscos que se alzaban imponentes frente al Egeo, no era más que la calma que precedía a la tempestad.

A medida que nos adentrábamos en las entrañas del Santuario, innumerables rostros voltearon su mirada hacia nosotros. Fue entonces que volví a sentir aquellas miradas clavadas en mi nuca, en mis ojos, y en el lunar de mi frente. No eran miradas cargadas de recelo, como en la India. Ni de alegría y amabilidad como en Rodorio. Sino que eran miradas cargadas de desconfianza, cargadas de desdén. Y aún así, poco me importó. Seguí a Arles sin darles mayor importancia, y en aquel perpetuo silencio que se había instaurado entre los dos, emprendimos el ascenso por la interminable escalera de las Doce Casas.

Pero aquellos templos permanecían envueltos por un aura diferente, mística. Aunque la algarabía aún se podía escuchar a lo lejos, la altura permitía que sus guardianes pudieran disfrutar del lejano mar que, enojado, lanzaba ola tras ola contra un acantilado imponente donde se estrellan en su avance. El mármol impoluto adornaba todo, y la majestuosidad de los templos, provocó en mí una sensación de sobrecogimiento tal, que por primera vez, me sentí impaciente. Quería llegar a lo más alto de aquella interminable escalera y poder contemplar con mis propios ojos los territorios que estaba destinado a proteger.

Cuando finalmente llegamos, la imponente estatua de Athena se alzaba brillante, envuelta en la luz del ocaso frente a nosotros. Arles aceleró el paso, impidiéndome contemplarla tanto como me hubiera gustado. Nos adentramos en los altos pasillos del Templo Papal, dejando atrás a nuestro paso, hermosos tapices que adornaban las paredes y mosaicos que dibujaban imágenes grandiosas en el suelo a nuestros pies. Nos encaminamos hasta las espumosas cortinas de seda blanca que se agitaban nerviosas debido a la brisa, separando el enorme salón de la terraza del Templo. Apenas me percaté de cómo llegamos hasta allí, pero cuando caí en la cuenta, mis ojos se posaron por primera vez en la larguísima melena verde que se agitaba a espaldas de un hombre de mirada estoica.

Me vi hechizado por su apariencia y por un momento fui incapaz de retirar mi mirada de él. Parecía como si ni siquiera hubiera reparado en nuestra presencia, cuando finalmente volteó su rostro hacia mí. Sus ojos rosados reflejaban tanta paz y sabiduría que por primera vez, sentí que aquel era mi lugar. Se agachó hasta quedar a mi altura, y entonces sonrío mientras revolvía en una caricia alegre mi corta melena rubia. "Bienvenido, Shaka." Susurró. No supe que responder, pues aquella reacción había sido completamente inesperada para mí. No comprendía porque aquel hombre me miraba con un profundo cariño que ni siquiera había visto en los ojos de mi madre, sin apenas conocerme. Pero me hizo sentir bien. Rápidamente, me vi cargado entre sus brazos, y se acercó conmigo hasta la blanca baranda de la terraza.

"Bienvenido a tu hogar." Dijo. Mis ojos azules viajaron por todo el magnifico paisaje que se extendía a nuestros pies, contemplando el resplandor blanco de los templos esparcidos aquí y allá, abrazados por la roca desnuda y adornados por el verde de los pinos y el aroma penetrante de los olivos combinado con la sal marina. Sin embargo, mi mirada se detuvo en el punto exacto que él había estado contemplando minutos atrás, cuando mi llegada interrumpió su concentración.

Allí se extendía el Coliseo, y desde nuestra privilegiada posición ningún movimiento en la arena pasaba desapercibido para nosotros. Fue la primera vez que contemplé a alguno de los Doce, y precisamente, fue a ellos dos. Aioros y Saga entrenaban, bajo las atentas miradas de otros aprendices y santos que se congregaban en las gradas ante tal interesante evento. Contemplé absorto cada uno de sus movimientos, ejecutados en perfecta sincronía evitando así que mostraran lo letal de su poder. Sus miradas despedían un orgullo que pocos o ninguno alcanzarían a comprender.

"Tú serás como ellos." La voz cargada de orgullo e ilusión de Shion llegó una vez más a mis oídos. Aún sosteniéndome entre sus brazos emprendimos el camino de vuelta al interior del Templo, no sin voltear a ver a aquellos dos una vez más. Comprobando sorprendido, como ambos se habían detenido y exhaustos, reían tumbados en el suelo.

Esa misma noche conocí al que sería mi Maestro, un hombre fuerte y paciente, pero de pocas palabras.

A partir de entonces, los días se esfumaron entre mis dedos. Conocía poco del Santuario, y la verdad, tampoco me interesaba hacerlo. Yo no era un niño como los demás, si bien debía entrenarme de igual modo, el control de mi mente y mi espíritu era aún más importante. Desde el día de mi nacimiento fui marcado con la bendición de Buda. Fui considerado su reencarnación y como tal, en la India era respetado hasta el punto de que muchos temían la cercanía del Dios, aunque sólo fuera un niño; y en el Santuario, era rechazado. No les culpaba por ello, pues, ¿quién comprendería el motivo por el que Buda se pondría al servicio de una Diosa Griega?

Ni siquiera era algo que yo alcanzaba a comprender a la perfección, y sin embargo, me entregue a él por completo. Me esforcé en conseguir la paz espiritual perfecta; abandonando las tribulaciones físicas y enfocándome solamente en la fuerza de mi espíritu. Nunca valore en exceso el mundo físico y cerré mis ojos. Siempre creí que lo verdaderamente importante, se percibía con el espíritu.

Ignoré los comentarios despectivos por mi procedencia, "extranjero" me decían; advirtiendo al final, que aquel era un lugar de leyenda donde caminar por sus callejuelas y perderse entre sus riscos, implicaba que podías toparte con héroes de la talla de Aquiles o Héctor, y yo sabía lo que aquello significaba para los griegos. Siempre lo considere una estupidez, una muestra de debilidad y desconfianza en uno mismo, pero ellos… eran descendientes en mayor o menor medida de una cultura épica y majestuosa, y no querían que nadie les arrebatara aquella gloria olvidada que descansaba en el Santuario. Sus ojos se inyectaban en rabia al contemplar como un puñado de niños extranjeros pretendían alcanzar el máximo nivel dentro de aquella Orden. Las Armaduras Doradas eran su mayor tesoro, y ser uno de los Doce te ponía a un nivel muy diferente.

Aprendí a acallar las habladurías de mi procedencia y religión. Aprendí a ignorarlos, a no hacer caso de las envidias de soldados que veían su sueño de portar una armadura truncado, y a soportar las miradas cargadas de odio de aquellos que se veían forzados a morder el polvo a nuestro paso.

Apenas compartí tiempo con alguno de los Doce. Yo había sido enviado al Santuario para llevar a cabo el sueño de Buda y de Athena y me esforzaba día a día por no desviarme de aquel camino con distracciones estúpidas. No sabía lo que era odiar con todas tus fuerzas a un hermano, no sabía lo que se sentía al sentirse herido y dejar que las lágrimas escapasen sin control. Pero tampoco sabía lo que se sentía al reír con ganas, al saber que uno no estaba solo porque al menos, había una persona que se preocupaba por él, un amigo. Nunca conocí el significado de esa palabra. No sabía que tras ella no sólo se ocultaban las risas cómplices, sino que eran precisamente esos "amigos" quienes hacían que la risa fuera deliciosamente agradable. No comprendía porque los que se suponía eran mis iguales perdían su tiempo haciendo travesuras que yo no consideraba en absoluto divertidas, ni porque idolatraban a Saga o Aioros si se suponía que nosotros seriamos exactamente iguales a ellos.

Yo simplemente, no lo entendía.

Con el tiempo, agradecí que por fin un poco de paz reinase en las Doce Casas. Ya no había gritos, no había risas, no había travesuras ni peleas entre unos y otros. Solamente había silencio y un distanciamiento que atribuí a que finalmente, todos habíamos comprendido y aceptado cual era nuestro lugar. Éramos el rango más alto de la orden y por lo tanto, no debíamos comportarnos como cualquier otro humano. Debíamos concentrarnos en nuestro trabajo, en nuestra misión. Debíamos esperar el día en que se nos pusiera a prueba y cumpliéramos con nuestro destino.

Y no me importo. No me importó en absoluto dejar de oír las risas entre Escorpio y Leo, ni sus bromas pesadas. Cuando Kanon desapareció, pensé que era lo justo. Entre nosotros, siempre había ganadores y vencidos, y a él le tocó el triste destino de ser el perdedor. Para mí, no tenía demasiado sentido que permaneciera en un lugar donde todo el mundo había visto como no era el adecuado para portar una Armadura de Oro.

Tampoco me importó que Saga se esfumara del Santuario sin dejar rastro, tras la muerte de Aioros. De igual modo, creí que ya era hora que los demás dejaran de pensar en ese par como los ídolos de su infancia. Por todo ello, ignore los pesados e incómodos silencios que seguían tras pronunciar el nombre de Saga o las miradas furiosas de todos al pronunciar el nombre del Traidor. No me importó lo que pasará con Aioria. ¿Por qué? No era mi amigo. Era un compañero. Y como Santo, tenia que saber que los lazos entre hermanos debían quedar relegados a un segundo plano frente a nuestro deber. Debía aceptar que su hermano se había equivocado y seguir adelante. No comprendí la espiral de autodestrucción que se creo a su alrededor y la súbita debilidad que mostró, comportándose de un modo tan irritantemente infantil. Él era un Santo Dorado, debía comportarse como tal.

No aprecie como en Rodorio y en el Santuario dejaron de resonar las risas, para ser sustituidas por las lágrimas y el miedo. Porque mi obligación era cuidar Virgo, y perfeccionar mi espíritu hasta el extremo.

Y de pronto, la Batalla de las Doce Casas estalló.

Hacía mucho tiempo ya que mis ojos se habían cerrado, autorrecluyéndome en mi meditación. Sin embargo, me había dado a conocer como un santo letal, y yo lo sabía. Sin darme cuenta, la fuerza de mi espíritu había crecido de tal modo que había dejado vacío por completo mi lado humano. Nunca conocí conocí nada que no fuera mi deber. Y a pesar de todo, disfrutaba del rango que me otorgaba mi armadura. Porque con ella, sentía que caminaba por encima del resto de los mortales. Me sentía invencible.

Escuché las palabras atemorizadas de Shun, hablando de cómo su cadena solamente se había detenido antes frente a un rival: Géminis. Hubiera jurado que sonreí internamente ante el pensamiento.

Así fue, que cuando acallé sus voces y los Santos de Bronce cayeron inconscientes a mis pies, me resultó casi imposible contenerme. Mi arrogancia crecía por momentos. Después de todo, era un hombre que se consideraba a si mismo un Dios entre los mortales. Olvidé, tontamente, que la arrogancia puede acabar con el más fuerte de los hombres. Me permití pensar en lo que habría más allá de la gloria. Y de pronto, sentí un escalofrío muy humano recorrer mi espalda cuando Ikki me atrapó en su intento desesperado de llevarse consigo al menos a un obstáculo más de aquella desesperada carrera que habían comenzado.

Dicen que cuanta más alta es la subida, más fuerte es la caída. Cuando me vi en otra dimensión, tratando desesperadamente de devolver a Ikki al Santuario, comprobé lo cierto que era aquello. En ese momento, todo el teatro que había sido mi vida, se desmoronó como un castillo de naipes.

Intenté comprender como alguien como yo, con Buda de su lado, podía haberse equivocado. Intenté buscar que era aquello que había pasado por alto. Y me resultó imposible acallar en mi memoria las palabras de aquellos cuatro chicos a los que había estado a punto de matar sin remordimiento alguno. Yo era Shaka de Virgo. El más prudente y justo entre los Doce, con la serenidad de Buda: fuente de toda vida, así en la Tierra como en el Cielo. Aquella era la imagen que ellos tenían de mí.

Me resultó imposible acallar mis propias palabras. "Nada es seguro, no existe la justicia perfecta, ni la perfecta maldad. He de reconocer el bien y el mal cuando a ellos me enfrento."

Y fue entonces, cuando me descubrí completamente ciego. Nada, absolutamente nada, había estado bien desde el principio. En vano, intenté luchar contra la voz interior que me decía que lo sabía desde el primer momento. Intenté engañarme a mi mismo, enmascarando la decepción que sentía de mi mismo, atribuyéndole a Saga el merito de que todos nos creyéramos aquel teatro. Porque al menos, Aioria y Shura actuaron controlados por su voluntad, pero los demás, actuamos libremente y según nuestro propio juicio.

Nunca había sido un hombre que tuviera demasiadas emociones, más bien ninguna. Pero aún ahora, me resulta imposible de explicar todo lo que sentí cuando mis compañeros supervivientes y yo, llegamos a los pies de la estatua. Me vi desbordado por la cantidad de sentimientos que parecían invadirme de pronto. Intenté mantenerme tan estoico como siempre, pero cuando todo pasó… Cuando acepté que Saga era quien se escondía tras la mascara y manejaba los hilos del Santuario como si no fuera más que un teatro de marionetas y nosotros sus títeres, me sentí pequeño. Pequeño, porque fui incapaz de no buscar los rostros de Milo y Aioria ante tal descubrimiento, y porque por primera vez, me sentí totalmente solo y vulnerable. Ni siquiera el calor de Buda en mi interior podía consolar aquel dolor que me desgarraba por dentro al comprender el alcance de todo aquello. Pude sentir como mi corazón se deshacía en pedazos al escuchar la voz rota de Milo susurrando que aquel no podía ser Saga, que él lo conocía bien, y que el Caballero de Géminis jamás seria capaz de hacer algo así. Y es que… aquel que había originado todo aquel desastre, únicamente compartía el cuerpo, pero no la mente con el geminiano. Ares nos había ganado la partida vilmente, a pesar de todo.

Me estremecí. Yo no conocía a ninguno de ellos. No me había molestado en hacerlo porque no lo consideraba necesario. Y quizá… si lo hubiera hecho, si hubiera intentado acercarme a aquellos mocosos traviesos y a aquellos héroes de once años, quizá hubiera podido contribuir a parar aquel desastre mucho antes.

Supongo que es un sentimiento que nos invadió a todos. Aprendimos la lección del modo difícil, del modo doloroso. Nuestros egos recibieron un golpe certero que nos inyecto una dosis de humildad inesperada. Entendí que nosotros éramos los destinados a velar por un mundo que dependía de la Orden aún sin saberlo. Pero la sensación de soledad y vulnerabilidad no desapareció fácilmente. Nosotros los cuidábamos desde las sombras, pero… ¿Quién cuidaría de nosotros? Había quedado claro que nosotros mismos éramos incapaces de hacerlo. Por lo que fuera, por ser demasiado buenos en lo nuestro, llevándonos eso a ser irremediablemente, demasiado orgullosos y arrogantes… o simplemente, por ingenuidad. Yo no sabía lo que era ser y sentir como un humano. Pero todos habíamos cometido el mismo error, habíamos olvidado que tras la máscara de perfección que portábamos día a día, éramos humanos y como tal, podíamos equivocarnos estrepitosamente.

Mas como humanos que éramos, nuestra obligación era levantarnos. Y lo hicimos. Nuestro orgullo herido sirvió de algo más que para presumir, y solamente por ello, conseguimos recuperarnos de una herida casi mortal. Quedábamos muy pocos, y a pesar de ello, se que todos nos hicimos la promesa muda de ser la mano a la que aferrarse cuando cualquiera de nosotros cayera.

Me sorprendió el modo en que todos me trataron, incluyéndome en ese pequeño grupo unido que quedó. Y es ahora, cuando puedo decir libremente, que nunca consideré al Santuario como algo similar a un hogar hasta aquel momento. Shion me lo dijo nada más llegar, y solamente más de quince años después, encontré mi lugar. Me permití sonreír ante la constante palabrería de Milo y Aioria, me permití disfrutar de la calma de Mu y de la alegría que desprendían Aldebarán y Kiki. Aprendí a encajar las bromas que al principio carecían de sentido para mí, hasta el punto de que extrañaba sus presencias cuando no estaban.

Pero como dije, el silencio era un mal presagio en el Santuario. Apenas comenzábamos a recuperarnos de todo lo de las Doce Casas cuando Kanon abandonó su exilio. Entonces, me pregunté como era posible que yo hubiera pensado que su lugar estaba fuera del Santuario. Kanon le había puesto las cosas muy difíciles a Saga para conseguir aquella armadura. Había sido una locura que semejante poder y ambición saliera de allí para perderse en el olvido, totalmente descontrolado.

Si algo he aprendido en este tiempo, es que el pasado siempre vuelve y nos alcanza. Imagino que Kanon se sintió terriblemente frustrado al saber que Saga había muerto antes de que el reapareciera. Aún hoy, me sorprende el modo en que esos dos son capaces de sacudir los cimientos de la Tierra y del Olimpo sin siquiera proponerselo. Y sin embargo, el odio visceral que Kanon guardaba para el Santuario y para Athena, no solamente para su hermano, me sorprendió aún más. Ingenuamente había pensado que la historia de los gemelos se resumía en rivalidad y finalmente resultó más que obvio que no era así.

Esperé ligeramente inquieto, para lo que era habitual en mí, el desenlace de la batalla de Poseidón bajo las incesantes quejas de Aioria y Milo. Y admito, que igual que ellos, me sentí levemente impaciente y hubiera deseado ayudar. Pero comprendía que aquel no era nuestro lugar. Nosotros, los Dorados, teníamos que reconstruir lo poco que quedaba de la Orden y prepararnos para lo que quedaba por venir.

Una vez más, cuando los truenos y relámpagos de las tormentas desatadas por Poseidón cesaron, y las nubes se disiparon, un silencio abrumador se expandió por todas partes, hasta el último rincón del Santuario. Y entre las sombras, la silueta de Kanon se escabullía sigilosa esperando el momento de revelarse ante el mundo al que imploraba perdón. Porque vos, joven Athena, no habíais dicho nada. Pero su presencia era imposible de ocultar. Aunque su manejo del cosmos le permitía, y permite, esfumarse en la nada, había algo que delataba su cercanía. Quizá, era precisamente todo aquel tiempo que había permanecido lejos.

Sin embargo, antes de que mis pensamientos fueran más lejos respecto a él como plantearme su renovada lealtad y los motivos que le habían conducido a ese momento, mi meditación fue interrumpida por un súbito estruendo que ensordeció mi corazón. Un nudo se formó en mi garganta y el vello de mi nuca se erizo. No hizo falta que me moviera o me pusiera en contacto con ninguno de mis compañeros. Estaba seguro de que ellos lo habían sentido igual que yo. La hora había llegado, y esta si era nuestra batalla. La única para la que habíamos nacido.

Alcé mi rostro y contemplé la silueta tallada de Buda. Sentía la paz que emanaba de él, e inundaba hasta el más ínfimo rincón de mi ser. Suspiré tranquilamente y admiré lo hermoso de mi templo una vez más antes de cerrar los ojos. Sabía que mi momento estaba cerca y sabía que no iba a ser fácil, ni para mi, ni para los demás. Y fue entonces, que me estremecí al comprobar la veracidad de mis palabras manifestadas en unos cosmos perfectamente conocidos avanzando con pies de plomo por las Doce Casas.

Aries.

Tauro.

Géminis.

Me descubrí aguantando la respiración al percibir a la perfección aquellos dos cosmos prácticamente iguales ardiendo hasta límites preocupantes, desafiándose segundo a segundo e iluminando el oscuro firmamento. El torrente de energía que atrevesó mi Templo en un derroche de majestuosidad, me sirvió para comprender que era la hora de intervenir. Y aunque no alcanzaba a comprender los motivos que se ocultaban tras aquella avasallante seguridad y fuerza, sabía que había algo mucho más profundo que la promesa de una nueva y efímera vida, que los empujaba.

Dejé escapar el aire a la vez que una tensa tranquilidad se extendía por el Santuario después de la peligrosa advertencia que supuso aquella Explosión de Galaxias. No había nada de broma en aquel asunto y después de aquel aviso, recordé que Saga no era alguien con quien cualquiera de nosotros deseara enfrentarse.

Se que no tardaron en darse cuenta de que sólo intentaba hacerles perder tiempo. Me negaba a tener que matarles, o al menos a tener que intentarlo de verdad. No quería hacerlo, ellos ya tenían su propio castigo recayendo sobre sus hombros. Pero también sabía a la perfección, que las cosas a medias no servirían en aquel caso y que ellos estaban dispuestos a llegar a las últimas consecuencias.

Cuando rompieron la ilusión, escapando de Cáncer en el proceso, admito que me sentí intrigado. Ansiaba por ver que habían planeado y debo decir, que me resultó incluso divertido. Así como el modo en que no sólo habían pasado las casas restantes, sino también, la humillación a la que sometieron a los espectros que los vigilaban, que socarrones, presumían de ser mucho mejores que nosotros y merecer una oportunidad de luchar contra mí que únicamente concedería a esos tres.

Nada más pusieron un pie en mi templo, supe que el tiempo corría en contra de todos. Dudo que cualquiera de ellos tres pensara que podrían atravesar mi escudo con un ataque frontal de aquella magnitud, que distaba mucho de su verdadero poder. Por ello, cuando sentí la sangre brotar de mi sien, no pude sino sonreír. Era otra advertencia exactamente igual a la de Kanon, sutil y directa, y sabía a la perfección quien de ellos me había rozado. De igual modo, que todos sabíamos que no habría una segunda vez. La siguiente seria mucho más certera y letal.

Y finalmente, los pude tuve frente a mi con los Sapuris. Me sentí ligeramente halagado al comprobar como valoraban mi valía a pesar del desconocimiento que creía tenían de mí. Era hora de que las cosas se pusieran serias. Me sirvió un rápido vistazo para comprobar como toda la determinación de Shura y Camus se mantenía en pie gracias a la desbordante seguridad en si mismo de Saga, que alejaba de ellos cualquier duda sobre sus propósitos. Una vez más, recordé que el de Géminis era un experto controlando la voluntad de los demás, aunque en este caso, era su presencia estoica, majestuosa y casi divina quien animaba a los otros dos en aquella locura.

Tristemente, en todos los bandos tiene que haber alguien que se muestre más fuerte cuando los demás flaqueen, alguien a cuya entereza podamos aferrarnos.

Por primera vez en mucho tiempo, mis ojos abiertos se posaron finalmente en la mirada esmeralda de Saga. Permanecimos así unos segundos, en los que por un momento me hubiera gustado sonreír. Después de todo, yo era un guerrero de élite, y como tal… me halagaba que él fuera mi rival. Comprendí, que si quería acabar con aquello, tenía que darle un único motivo convincente para que fuera él quien comenzara el macabro juego en que nos habíamos involucrado incluso antes de nacer.

Después de escuchar el incesante parloteo de los espectros poniendo a prueba la paciencia de Saga y la mía misma, llegó el momento de ejecutar el primer movimiento.

En el Jardín, podía sentir la penetrante mirada de Saga clavada en mí, mientras Shura y Camus se esforzaban por derribarme con sus ataques. Yo sabía a la perfección que no sobreviviría mucho tiempo si continuaba así. Y él… no se movió un solo centímetro de su posición y de algún modo aquello me resultó inquietante. Podía sentir el cosmos de Shura y Camus con tal fuerza que me resultaba sobrecogedor. Cada paso que daban, cada movimiento perfectamente medido. Y sin embargo, él permanecía quieto e impasible, a la espera.

Del mismo modo que percibí el dolor que emanaba de Camus y Shura, la duda y lo difícil que les resultaba hacer lo que tenían que hacer, percibí el aterrador vacío de la mirada de Saga. Porque allí no había nada, salvo una autodeterminación increíble que daba miedo. Él si estaba dispuesto a todo. Y es que, estremeciéndome caí en la cuenta de que quien ha perdido todo una vez, ya no tiene nada que perder una segunda. Pero aquello le convertía en alguien terriblemente peligroso, porque aunque fuera de un modo antinatural, había salido adelante, y algo en él me decía que no le temía a nada, ni al calificativo de traidor, ni a su propio recuerdo desdibujado en los ojos de su hermano, ni a Santo Dorado o Dios que se pusiera en su camino.

Solamente tuve que insinuarlo. El rápidamente entendió.

De algún modo, aquella batalla se había reducido a los ataques físicos de Camus y Shura, y al reto mental que manteníamos Saga y yo. El hecho de que nunca le había prestado excesiva atención, quizá me sirvió para encontrar aquello terriblemente fascinante y una batalla digna de acabar rubricada con mi muerte. Porque si debía morir, quería hacerlo bajo la mano de aquellos tres.

La mayor fortuna de un héroe es saber morir.

Sin embargo, no soy capaz de atribuirme a mi mismo ese calificativo. No fui yo quien peleo contra todo y todos. Ni fui yo quien se condenó al peor de los infiernos por jugar de tú a tú con los Dioses, sin siquiera pestañear. Los vi caer, una y otra vez, victimas del Tesoro del Cielo. Vi como sus cuerpos se convertían en sus propias cárceles, condenados a vagar para siempre. Reducidos al estado del casi muerto viviente debido a su ilimitado orgullo. Debido a su fuerza de voluntad, a la fidelidad que mantenían por lo que de verdad creían de un modo que a los demás nos costará llegar a comprender. Porque ellos vivieron y murieron por la Diosa, levantándose de entre los muertos una y otra vez por ella. Olvidándose de si mismos y del dolor de su corazón.

Y si alguno de los Dorados que habíamos sobrevivido a las Doce Casas podiamos llevarles hasta aquel extremo sin desmoronarse, aquel era yo. Sabía de sobra que los demás intentarían traerlos de vuelta a la "luz" o bien se lanzarían como perros salvajes a por sus cabezas. Y aquellas, no eran opciones posibles. Yo carecía de las emociones que a ellos les desbordaban. Yo haría el trabajo sucio por mis compañeros, con la única esperanza de que llegaran a comprender lo ocurrido y Saga y los demás hicieran exactamente lo que tenían que hacer. Porque yo estaba seguro de que su intención distaba mucho de ser la que habían mencionado infinidad de veces.

¿Qué valor tiene vencer a un adversario si con ese golpe pierde la vida uno mismo? Recuerdo pregunte a Ikki durante nuestro combate. Igualmente recuerdo su respuesta tranquila a pesar de la situación: nadie puede combatir contra un Caballero de Oro sin correr ese riesgo.

Shura y Camus temían porque todo aquello que habían sido una vez quedara reducido a cenizas, a un mal recuerdo que la Orden deseara olvidar. Pero yo les miraba, agonizante, sabiendo que aquellos eran mis últimos minutos de vida y no veía a tres traidores por ninguna parte. Estaba a punto de morir a manos de Tres Santos de Oro. Veía, por primera vez, a tres hermanos a los que admiraba con todas mis fuerzas y podía sentir los latidos de sus corazones en un desgarrador ritmo que parecía llorar con cada impulso.

Y entonces, lo supe.

Por segunda vez, había sido un completo ingenuo. Era en aquel comprometido momento, cuando sabía que finalmente mi vida llegaba a su fin y apenas me quedaban unos segundos, que comprendí cual era el objetivo. No se me ocurrió que más hacer para que su tapadera permaneciera intacta, pues sabia que aún tenían vigilancia. Recogí los pétalos en mi mano y os los envíe, con toda mi fe puesta en que lo comprenderíais.

Los mire a los ojos una vez más, a los tres. Y las lágrimas que invadían los suyos, invadieron los mios. Esa fue mi despedida del mundo de los vivos y del Santuario al que había llegado hacia tanto tiempo. Un lugar al que comenzaba a ver como un hogar. Y aunque me fui orgulloso de cómo había llegado mi final, sentí tristeza por aquellos que dejaba atrás. Por tener que separarnos, aunque sabía tristemente, que no sería por demasiado tiempo.

Finalmente, el Inframundo tomó su macabra forma ante mí. Y vos junto a mi, Athena. No entendí el motivo, pero aquella soledad y tristeza que transmitía el aire del Infierno me resultaba demasiado inquietante. Y si creía que con el desenlace de las Doce Casas había descubierto unos sentimientos que no sabía que tenía, no se comparan a nada de lo que sentí cuando fui incapaz de controlarme, de acallar mis instintos que toda una vida habían permanecido bajo control y os desobedecí. Envié vuestros gritos en Giudecca a lo más profundo de mi mente y actué. ¿Por qué? Porque sentí que debía hacerlo. Hades estaba al alcance de mi mano… y antes de que pudiera pestañear todo se desvaneció. Ni vos ni él estabais a mi vista, en vuestro lugar sólo quedaba el imponente Muro de los Lamentos y las oscuridad aterradora que despedía.

Por primera vez, me encontré sin una idea de que era lo que debía hacer o como debía actuar. De nuevo me sentía un completo desastre. De nuevo, me reprochaba internamente que no había sabido llevar una vida que me habían regalado con el único objetivo de salvaros a vos, mi señora. Me sentía defraudado de mi mismo por todo ello, y porque en mi interior estaba seguro de que Saga y los demás hubieran sabido que hacer. Y de pronto, me quede quieto. Recorde a los tres en el Jardín de los Sales Gemelos. Me concentré tanto en el recuerdo que incluso podía sentir el dulce aroma en mi nariz. Entonces lo comprendí. ¿Qué hubieran hecho ellos? Lo mismo que había hecho yo. Dar su vida aún después de muertos. Condenar su existencia con cada intento de salvar aquello en que creían y aquello que amaban.

Elevé mi cosmos todo lo que pude y la emprendí a golpes con el Muro, en un intento desesperado por derribarlo. Era consciente de que no lo conseguiría, y la desesperación que sentí en aquel instante, tan peligrosa y desconocida para mí, me forzaba a ser incapaz de dejar de golpear aquel maldito muro de piedra.

Afortunadamente, parece que el destino siguió su trazado marcado sin desviarse y por un momento un atisbo de esperanza encendió mi corazón cuando no me vi solo en aquella oscuridad. Cuando junto a mi, Milo, Mu, Aioria y Dohko se esforzaban tanto como yo en derribar aquella pared que nos separa de vos. Y segundo a segundo, intento a intento… la esperanza parecía escurrirse entre nuestros dedos.

Nada ocurre por casualidad. Todo lo que pasa tiene un porqué. Tal vez nuestro cerebro no lo sepa, puede que jamás lo imagine. Pero nuestro corazón lo sabe. Nuestro corazón siempre lo sabe. Y es que aquella extraña emoción que comenzaba a llenarme segundo a segundo, era algo que nunca antes había experimentado. Compartí una fugaz mirada con los demás, y descubrí con alivio que no era el único que se sentía así. Inconscientemente, los cinco alzamos nuestras miradas al oscuro cielo que se alzaba sobre nuestras cabezas.

Estoy seguro que hasta aquel entonces, el Inframundo no había vislumbrado algo tan hermoso como el panorama que se planteaba ante nuestros ojos. Como surgidas de la nada, bañadas en un danzar incesante de estrellas, las demás armaduras llegaron hasta nosotros. Sentí el calor emanar de la mía en su empeño por llamar a la única que faltaba por llegar. Un calor que por un momento me estremeció, sabiendo que aquello significaría la inminente muerte de Kanon, a quien jamás podré agradecerle lo suficiente su inestimable ayuda cuando los demás ya habíamos caído.

Tras unos interminables segundos de espera, la Tercera llegó ante nosotros. Con su brillo impoluto y majestuoso, haciéndose de rogar una vez más. Y cuando todas estuvieron en perfecta sincronía, el tiempo pareció pararse.

Mis ojos contemplaron incrédulos y ligeramente emocionados como ante nosotros, tomaban forma los cuerpos de aquellos de quienes ya nos habíamos despedido. Uno a uno mire sus rostros. Comprobando como lejos quedaban sus expresiones tristes, para fijarme en la sincera sonrisa que cada uno de ellos portaba. No pude evitar buscar rápidamente los ojos de Saga. Una enorme sensación de alivio me invadió cuando los encontré, y su expresión distaba mucho de ser vacía y triste como había sido lo último que vi al morir. Sino que ahora, el brillo que inundaba sus ojos y su sonrisa pícara y enigmática parecía contagiarse a los sus acompañantes, Shura y Camus. Inconscientemente, les devolví el gesto, sintimiendome infinitamente aliviado.

Hasta que otra silueta captó mi atención.

Observe con curiosidad como Saga se hacia ligeramente a un lado, sin borrar aquella expresión que había conseguido tranquilizarme y que ahora me llenaba de curiosidad. Y entonces lo vi. Aioros a su lado. Exactamente como debía haber sido. Con la misma expresión cómplice y alegre, como el mismo día en que los conocí.

Alcé el rostro. Volví a mirarlos uno a uno. Entonces supe que no era el único que se sentía de aquel modo tan extraño. Mascara Mortal y Afrodita también estaban ahí. Y al fin, suspiré. Porque en ese preciso instante, me sentí bien. Comprendí las primeras palabras que Shion me había dicho respecto al hogar. Amplíe más mi sonrisa.

Aquel era el final, un final rubricado en oro. Pero por primera vez, Shaka de Virgo se sintió parte de una familia. Extraña y problemática, pero una familia al fin y al cabo. Y de igual modo, comprobé que mi hogar no era el Santuario, sino que mi hogar… estaba allá donde mis hermanos estuvieran. Un hogar no es nada físico, sino un lugar al que volver, un lugar donde hay alguien que te espera. Yo lo sabía, ellos siempre me esperarían.

Hace rato que el té se ha enfriado y el sol se alza en toda su magnificencia en el cielo. Pero volviendo a leer mi historia, no puedo sino mostrarme satisfecho. Porque el camino del hombre es largo y tortuoso y sin embargo, un niño que tenía muy poco de humano aprendió a sentir, a reír y llorar, a querer… gracias a las caprichosas pruebas que se interpusieron en mi camino.

El entrenamiento crea buenos guerreros pero los guerreros excepcionales son creados por los dioses. Para nosotros los Santos, no hay pausa o un instante para descansar, ninguna posibilidad de recuperar el aliento, ni un segundo para descansar nuestros corazones. Con los corazones unidos en silencio… Unidos dejando atrás viejas rivalidades, uniendo fuerzas para cumplir el sueño que todos tenemos en común. Somos Guardianes del Bien, de todas las almas que pueblan la Tierra.

No es necesario que acuda a Buda en busca de consejo, no. Se que el asiente orgulloso leyendo mis palabras pues al fin yo entendí las suyas. Es hora de que dejen de considerarme un Dios, para considerarme únicamente un hombre muy cercano a uno. Todos los seres pueden encarnar la verdad y tienen la naturaleza o potencial de un Buda. Buda no es un dios, ni un ser sobrenatural, ni un mesías, ni un profeta. Todo humano que se acerque a su paz espiritual, puede ser llamado Buda.

Ya no hay nada más que podamos hacer o decir. Mas permitidme por primera vez, mi Diosa, darle un único consejo a mis hermanos, porque ahora si estoy a su altura para poder hacerlo; ahora piso el mismo suelo que ellos.

Dejar atrás vuestros miedos, pues ya no hay rencor. Buscad el camino a la esperanza, porque nosotros… somos esa esperanza.

Shaka de Virgo

-X-

NdA: Cof cof … ehm… ¿Qué decir en estos momentos? Me merezco una tremenda paliza por haber tardado una barbaridad de tiempo en escribir este capítulo. Pero cuando comencé la historia, sabía lo difícil que me resultaría llevarla hasta un final. Y esta fue la primera dificultad que tuve que sortear, porque definitivamente, Shaka y yo no nos llevamos demasiado bien, y que su capítulo fuera el tercero acabó siendo todo un reto personal.

Sinceramente, espero que todos vosotros lo hayáis disfrutado y espero que mis palabras hayan hecho justicia a un personaje que me resulta increíblemente difícil de manejar. Para todos aquellos que leyeron y escribieron review, para los que añadieron la historia a favoritos, y para los que me añadieron a mí con autora, os quiero dar un enorme GRACIAS. Porque sino hubiera sido por las muestras de apoyo recibidas meses atrás, cuando escribí el capítulo de Milo, puedo asegurar que esta historia hubiera muerto. Y sino respondo a cada review por privado es porque simplemente olvide si había contestado alguno… o no! (Soy un desastre =_=)

En fin, me voy despidiendo. No sin antes desearos a todos un muy ¡Feliz Año Nuevo! Ya sabeis, opiniones, insultos, gritos, palizas, en el botón de review. Los recibiré gustosa.

La Dama de las Estrellas