Capítulo 4: Máscara Mortal

Apuro el último trago de whisky antes de dejar el vaso sin demasiado cuidado sobre la mesa. Hace tiempo ya que la noche ha caído sobre los territorios del Santuario, dotándolo de una inusual calma para todo el alboroto de los últimos tiempos. El silencio apenas se ve interrumpido por el lejano romper de las olas contra nuestras costas.

¿Nuestras?

Dejo escapar una carcajada pesarosa mientras medito en esas palabras y contemplo el cielo estrellado desde el salón de mi Templo. Desvió la mirada de esa hermosa imagen. Le doy una calada a uno más de los tantos cigarrillos que caerán a lo largo de la noche, mientras dejo caer mi cabeza hacia atrás, encontrando reposo en el respaldo del sofá.

Cierro los ojos y suspiro. No soy digno de llamar a este lugar mi hogar.

Un par de minutos después los abro, pesaroso, e inevitablemente me fijo en el montón de papeles en blanco que reposan en la mesilla. A su lado una pluma, deseosa de que alguien la sostenga entre sus dedos y comience con la primera misión que se nos ha encomendado en esta nueva vida.

Ni siquiera se cual es el motivo que me empuja a decidirme a comenzar con esta tarea que en un principio me parecía tan estúpida e inútil, pero lo hago y medito bien mis palabras. ¿Cómo empezar? Es difícil. Nunca fui un tipo de muchas palabras, o uno al que se le diera bien socializar con los demás. Tampoco se que es lo que esperáis leer en estas líneas que me han sido reservadas. ¿Es acaso una disculpa? ¿Una excusa? ¿Una historia que explique el porque de mi existencia?

No lo se.

Soy, fui, el Caballero de Cáncer; Máscara Mortal. Muchos se preguntan cual es el verdadero nombre que se esconde tras el pseudónimo, tras la aterradora leyenda que represento. Fue un niño de apenas tres años llamado Angelo quien llegó a este Santuario desde Sicilia. Un niño callado, revoltoso quizá, pero que no llamaba la atención especialmente entre sus compañeros. Un mocoso asustadizo, que como muchos otros, murió cuando vistió su armadura por primera vez. ¿O quizá fue antes? Es posible, pero no tengo la menor idea. Solamente me queda la certeza de que ese al que miráis cada día, no es el chiquillo al que podéis recordar en imágenes lejanas y difusas de nuestra infancia.

Ahora, sólo es Mascara Mortal al que podéis ver y oír. Al que podéis aborrecer y despreciar.

Hacedlo, no me importa. Estáis en vuestro justo derecho de juzgarme y aplicar la sentencia que creáis más oportuna. ¿Por qué? ¿Es necesario que sea yo quien lo explique? Me he ganado a pulso mi destino.

Pero empecemos por el principio.

Apenas puedo recordar los primeros años de mi vida. Y lo hago con dificultad. Sin embargo, todas esas memorias, esos jirones desgarrados de mi vida, me resultan ajenos. Me pierdo en mis recuerdos y ninguna de esas imágenes, de esas voces y esas risas las siento como propias. No soy más que un espectador mudo de mi propia vida, porque todo aquello me parece tan lejano e irreal, que simplemente no puede pertenecer a un tipo como yo. Me miro en el espejo y siento que es imposible que toda aquella luz que nos rodeaba en una infancia llena de esperanzas y sueños, desapareciera para dejar paso a la insondable oscuridad de mi alma.

Dicen que el Santuario cambia a la gente de maneras impensables. Es cierto, pero muchos no alcanzan si quiera a imaginar la magnitud de esos cambios.

Llegue siendo un crío tímido y asustadizo, para desgracia de mi Maestro. Poco era lo que comprendía del nuevo mundo que se abría ante mí, y a decir verdad, tampoco tenía especial interés en entender. Solamente sabía que había algo en mí que me hacía especial y diferente al resto del mundo, a excepción de unos pocos compañeros. No comprendía bien el orgullo que mostraba la fría mirada de mi maestro cuando caminaba por el Santuario con la cabeza bien alta; cuando me hablaba del cosmos, de lo que significaba servir a la Diosa de la Sabiduría. Únicamente comprendí, del modo más difícil y doloroso, que en este inhóspito lugar dejado de la mano de los dioses y olvidado por el mundo, sobrevivía el más fuerte.

No importaba lo firmes que fueran tus convicciones, no importaban los sueños de grandeza, las ilusiones por hacer del mundo un paraíso exento de injusticias. Todos esos ideales no ganaban batallas. Mi maestro se encargo de demostrármelo. No te mantenían vivo cuando peleabas intentando mejorar, y tu contrincante estaba más que dispuesto a matarte para quitarse un estorbo, una dificultad, más del camino. Todos vimos morir a muchos chiquillos como nosotros ante nuestros ojos desorbitados. Perdimos el aliento en más de una ocasión al contemplar el espectáculo cruel en que podía llegar a convertirse una mañana de entrenamientos en el Coliseo.

Todos asesinamos.

Contrario a lo que muchos piensen al mirarme, acabar con una vida no siempre me resultó algo sencillo. No, al menos, cuando era un mocoso que apenas alcanzaba a comprender y controlar su propio poder.

Sin embargo, pronto el sonido de los huesos quebrándose bajo nuestras manos se convirtió en algo tan normal como resultaba escuchar el trino de los pájaros por las mañanas. El sabor de la sangre en nuestra boca, su textura húmeda y cálida salpicando nuestros rostros y manchando nuestras manos; dejó de ser algo impresionante y aterrador, para convertirse en rutina, para convertirse en el símbolo de una victoria. Nuestra victoria, pues la muerte de un adversario implicaba que día a día subíamos uno más de esos interminables escalones que conducían a nuestro retorcido destino.

Pronto las expresiones asustadas desaparecieron de nuestros rostros. Unos las sustituyeron por miradas orgullosas y altivas, otros por gestos más burlescos, y otros más simplemente se escondían tras una perfecta máscara de indiferencia. Matar se convirtió en poco más que un juego. Para todos. Podíamos acabar con la vida de una persona sin apenas movernos un centímetro de nuestro sitio, sin que nuestra respiración se alterara lo más mínimo; de un único golpe certero. Nosotros éramos una raza diferente entre todos los Santos de la Orden. Sabernos vencedores de cada una de las pruebas que enfrentábamos diariamente, no servía sino para alimentar esa característica tan común en las Doce Casas: nuestro ego desmedido. Todos nos enorgullecimos en alguna ocasión, cuando eran nuestras manos quienes daban muerte a algún pobre desgraciado que tuvo la mala suerte de cruzarse en nuestro camino.

Todos.

Y quien diga que no… simplemente miente. Esa es nuestra naturaleza después de todo.

A pesar de lo despreciable que me resultaba, mi Maestro dijo algo muy sabio en una ocasión. Los Santos Dorados no somos considerados personas, solamente somos maquinas de guerra entrenadas para matar sin sentir remordimiento alguno. ¿Por qué? Porque somos la élite de una Orden mítica que defiende al bando de los buenos e indefensos. Porque somos vistos como dioses entre los hombres. Todo hombre o mujer de rango inferior nos admiraba y envidiaba, a muchos nos temían y en algunos casos nos aborrecían. Pero confiaban en que fuéramos nosotros quienes velaran por su seguridad, porque había alguien más fuerte al que habían impuesto una vida de sacrificio y sangre. Porque nosotros mataríamos por ellos y los mantendríamos seguros. Porque con nosotros cuidando sus espaldas, ellos no tenían que preocuparse de sus propias vidas.

Porque moriríamos por ellos.

La diferencia entre el bien y el mal se reduce a una simple elección: Sobrevivir o perecer. Hizo llamar al escudero que ayudaba en el Cuarto Templo. Le pidió que se acercase a él. El pobre incauto lo hizo, con una mirada cargada de un respeto, fe y devoción infinitos. En un abrir y cerrar de ojos, mi maestro le rompió el cuello sin mostrar un ápice de remordimiento en su rostro.

Según el, solamente los fuertes y dignos tenían derecho a estar bajo nuestra protección. Sólo ellos eran merecedores del alto precio que nosotros pagaríamos por protegerlos. Nosotros seríamos los más fuertes y velaríamos por la humanidad, si; pero únicamente por aquellos que de veras mostraran ser aptos.

No hay mejor ejemplo del egoísmo humano que el saberse indefenso y confiar su suerte en otros que morirán en su lugar. Sin hacer nada por merecer tal sacrificio.

Todavía recuerdo el cuerpo inerte de aquel chico que apenas llegaría a los veinte años en el suelo. No supe que decir. Lo miré intentando ocultar el miedo que me había atenazado por unos segundos y la sorpresa. Pero sentí algo que describiría como una emoción incontenible recorriendo hasta la última célula de mi ser. Aquel hombre que se perdía por los corredores del Templo embestido en la que sería mi armadura había sido enviado a mí para ser mi guía, para educarme, para convertirme en el hombre que defendería a los aptos. Era mi ejemplo a seguir. El Santo Patriarca le había confiado mi cuidado, el era un Santo Dorado.

La verdad, es que el muy idiota estaba completamente loco, y yo no soy muy diferente a él. Así que posiblemente no sea el más adecuado para juzgar sobre sus acciones.

Abandonamos el Santuario poco tiempo después, dejando atrás aquellos entrenamientos de principiante bajo el inmisericorde sol de Grecia; abandonando la emoción que sentía al pelear con los que serían mis futuros compañeros demostrándome a mi mismo que podía ganarles en más de una ocasión. Me marché, olvidando la luz que otros irradiaban y la alegría que se dibujaba en los rostros de los aldeanos más desgraciados de la villa cuando contemplaban las sonrisas llenas de esperanza que regalaban a todo el mundo.

Ni siquiera miré atrás.

Se que muchos de nosotros dejaron amigos, compañeros que habían llegado a ser hermanos. Se que aquella separación fue tremendamente dura para muchos. Imagino que hubo lágrimas de pesar, de rabia. Promesas de un futuro reencuentro en circunstancias muy diferentes, envestidos con una armadura de oro. Sin embargo, yo no dejé nada más que rivales en mi camino a la gloria, antiguos cómplices de juegos macabros con los que nos entreteníamos los niños de Oro.

No los extrañe, a ninguno. No tiene sentido mentir y decir lo contrario.

Cuando abandoné Grecia, el único objetivo que tenía en mente era volver como el Santo Dorado de Cáncer y reclamar mi lugar en la historia de la Orden. Deseaba que la gente enmudeciera a mi paso y mostraran un infinito respeto como había visto ocurría con otros.

Sin embargo, el camino de vuelta a Sicilia se hizo tortuoso y oscuro. Mi percepción de lo que deseaba cambio radicalmente a medida que el tiempo avanzaba y mis recuerdos se borraban a base de golpes y sangre. Aprendí a manejarme entre los muertos, a vivir en las tinieblas de la puerta al otro mundo. Me acostumbre a los gritos desgarradores, los lamentos y los llantos de las almas torturadas que al principio me hacían temblar de miedo. Pase más tiempo entre los muertos que entre los vivos, y me llegó a resultar imposible vivir sin sus lamentos. Se habían convertido para mí en la droga que me mantenía vivo y lucido dentro de mi propia locura. Abandoné la luz de la Elíptica que me concedía mi poder y abracé la oscuridad del Yomotsu. Allí, yo era el rey: era dueño y señor de todo, el único con poder para jugar con los condenados a su antojo y prolongar su sufrimiento si era mi deseo.

Fui utilizado durante mucho tiempo como el arma más perfecta que mi Maestro podía haber esculpido con sus propias manos. Una versión hecha a imagen y semejanza, pero terriblemente mejorada. El tipo mataba sin escrúpulo alguno, pero… ¿por qué mancharse las manos de sangre si había otro que podía hacer su trabajo igual de bien, sino mejor? Ese fui yo. No me importaba, al contrario, me halagaba estar a su altura. Por eso el día en que él se convirtió en otra más de aquellas almas que vagaban en mi reino de oscuridad… Sonreí. La armadura me vistió, sentí su poder y el de su constelación correr por mis venas. Me sentí el rey del mundo una vez más. Mi Maestro era el único obstáculo en mi trepidante carrera a lo más alto y finalmente, lo había eliminado. No sentí ningún pesar, ninguna lástima. Jamás lo extrañé. Era un honor haber sido capaz de aniquilar a un Santo Dorado.

Llegué a Sicilia habiendo demostrado ser un alumno aventajado en el arte de matar sin remordimientos, sin sentir absolutamente nada.

Regresé a Grecia años después son una macabra y retorcida sonrisa en el rostro, porque sabía lo aterrador que resultaba mi poder. Maté a mucha gente, infinidad de hombres, mujeres y niños. Inocentes y culpables. Mi juicio establecía quien debía vivir y quien debía morir. Me había coronado a mi mismo como juez y verdugo de toda alma que estuviera a mi alcance. Asqueado de que al final, la gran mayoría suplicara por su miserable vida.

¿Qué dignidad quedaba en eso? Siempre pensé que si no eras lo suficientemente fuerte como para mantenerte vivo y evitar que otro más fuerte te matara, debías aceptar la muerte como una liberación a esa miserable existencia. Pero no era así. Gritaban, lloraban, suplicaban, se rebajaban a la altura de pequeños niños asustadizos y cobardes porque temían morir. Me resultaba tan repugnante…

Con una mirada altiva, cargada de arrogancia y seguridad, volví al Santuario. Conseguí todo lo que ansiaba. Custodiaba el Cuarto Templo, la gente agachaba su rostro a mi paso y enmudecían. Nadie osaba mirarme a los ojos. Temían contemplar mi rostro, el del verdugo. Y yo no podía hacer más que ampliar mi sádica sonrisa, mientras oleadas de placer inundaban hasta el último rincón de mi cuerpo al comprobarlo.

Nunca quise ser admirado o idolatrado. Para eso estaban otros.

¿Por qué pelear hasta la extenuación para mantener intactas las expectativas que todos habían puesto en ti? ¿Qué importaba decepcionar a unos pocos si podíamos considerarnos reyes en aquel mundo decrépito? ¿Por qué engañar a aquellos pobres incautos dándoles esperanza cuando no había ninguna para ellos?

Yo quería ser temido. Ansiaba serlo.

Quería que mi poder provocara escalofríos. Quería que me vieran como era, un letal asesino. Deseaba revelarme a todo lo que esperaba encontrar al volver. No quería alabanzas, pues de algún modo me hacían sentir como si hubiera sido una sorpresa que un tipo como yo lograra la armadura de Cáncer. No quería reverencias ni halagos. No me interesaba tener amigos en aquel lugar.

Éramos asesinos, y en aquella época no existía la palabra amistad. Al menos no para mí.

Solamente me interesaba crecer. Ser aún mejor de lo que era en aquello que me gustaba tanto hacer: matar, aniquilar. No estaba dispuesto a darle mi confianza a nadie. No dudaría en acabar con cualquiera de mis compañeros de Orden si se convertían en un obstáculo. Cada uno debía vivir para si mismo y cuidarse las espaldas. Finalmente quedábamos los mejores y era cuando verdaderamente interesante comenzaba.

Debo admitir que esperaba muchas cosas al volver, pero desde luego, ni por lo más remoto había imaginado que en mi retorno encontraría vacíos dos templos que no debían estarlo. Precisamente esos dos templos.

No necesité escuchar de los labios de nadie que algo desastroso había ocurrido, al menos, desastroso para el resto del Santuario. Atravesé las Doce Casas en mi camino hasta el Templo Papal, y la ausencia total de cosmos tanto en la Tercera Casa como en la Novena resultaba de lo más notoria.

Siempre imaginé que a mi vuelta, cuando finalmente los Doce nos hubiéramos reunido en nuestros lujosos palacios de Oro, lo verdaderamente divertido debía comenzar. ¿Por qué? Porque todos somos ambiciosos. Todos crecimos teniendo a alguien que nos superaba y al que tomábamos como ejemplo o como objetivo: ser igual, o superarlo.

Nos criaron entre leones y todos eliminamos a nuestros propios obstáculos, tuvieran el nombre o rango que fuera. Nada se interpuso en nuestro camino, en el de ninguno. No importaron los lazos de sangre ni importó la amistad. Y en aquel momento, nosotros mismos nos habíamos convertido en los leones cuya sombra se alargaba amenazante sobre el resto de gatitos indefensos que era el resto del mundo. Era cuestión de tiempo que sacáramos las garras y mostráramos los colmillos, con nuestras gargantas sedientas de sangre; dispuestos a demostrar que éramos mejores, por insignificante que fuera la diferencia, que nuestros once compañeros.

No tarde en llegar al Templo Papal. Los innumerables cambios que había sufrido el Santuario no me habían pasado desapercibidos porque de algún modo, veía plasmado hasta en el último rincón del Santuario, aquella extraña "utopia", si es que se le puede llamar así, que mi Maestro se había esforzado en meter a presión en mi cabeza.

Finalmente, frente a mis ojos cobró nitidez la silueta del Maestro. Estoy seguro que fruncí ligeramente el ceño al contemplarlo, porque definitivamente había algo diferente. No sólo era aquella aura sobrecogedora y desbordante de poder que era capaz de atenazar hasta el ultimo músculo de quien estuviera en su presencia; sino que hasta su misma manera de caminar, su rostro oculto tras aquella mascara siempre en alto era diferente. La extrañada divinidad que emanaba de aquel hombre no aparecía en ninguno de mis recuerdos cuando evocaba la imagen de Arles.

Simplemente, era distinto. Nada que pudiera apreciarse a simple vista. No había un único detalle, aparentemente, que delatara la realidad. Salvo aquel cosmos atemorizante que hacía sentir minúsculo al más grande entre los Doce.

En aquel momento, sonreí. De algún modo supe, que el rostro que se escondía tras la mascara brillante y oscura, sonreía también. Agaché el rostro después de escuchar su bienvenida, le dediqué una apenas perceptible reverencia y me di la vuelta, dispuesto a regresar a mi añorado templo. Sin embargo, estaba manteniendo una enorme lucha interna por mantenerme callado y no preguntar finalmente aquello que tanto ansiaba por conocer.

¿Qué había pasado con Géminis y Sagitario?

Por fin abandoné el Templo y comencé mi descenso rápidamente, sin reparar en nadie ni dedicar una sola mirada fugaz a mi entorno. Mi mente no podía dejar de divagar acerca de aquel asunto y de lo extraño que había sido mi encuentro con el Maestro.

Pasaron los días, y poco a poco comenzaba a acostumbrarme a mi nuevo hogar. Todas las mañanas visitaba el coliseo para entrenar, y aquello termino por convertirse en uno de mis pasatiempos favoritos. Era asombroso el modo en que la moral de los pobres aspirantes a santos se esfumaba cuando comprobaban de lo que era capaz. Pero confieso que no estaba allí solamente por aquel motivo. Desde que tengo memoria, la velocidad con que los chismes volaban en el Santuario había sido más que sorprendente y el Coliseo era el mejor sitio para ampliar conocimientos. Lo único que tenía que hacer para enterarme de que había pasado por allí en los últimos años era sentarme y escuchar. Observar las miradas recelosas.

Resultó que la muerte de Aioros había tenido lugar hacía poco más de un mes. Me había perdido lo que creí era el gran espectáculo de nuestra generación por apenas unas semanas. Y sin embargo, no podía dejar de preguntarme si de veras era posible que Sagitario fuera un traidor. ¿Realmente había sido capaz de atentar contra la diosa? Quizá si me hubieran dicho otro nombre, lo hubiera podido creer sin siquiera pensarlo.

Obviamente el asunto no quedaba ahí. El desconsuelo y el miedo que atenazaba los sentidos de todos los habitantes del Santuario, especialmente de los aldeanos, no había sido provocado únicamente por Aioros y su supuesta rebelión. Era cierto que aquel chico era adorado hasta niveles insospechados, si. Todos lo sabíamos. Pero también sabíamos que no era el único. Había alguien más que rivalizaba con él en todos los sentidos, y lo curioso de todo, es que a pesar de eso siempre fueron grandes amigos. Al menos así es como yo lo recuerdo.

Poco antes de la muerte del arquero, Saga se había esfumado de la noche a la mañana, sin dejar rastro. Había dejado todo atrás y sorprendentemente, todos lo daban por muerto.

¿Cómo era posible? Es decir, cualquiera de esos dos era la mano derecha del Maestro, indistintamente. Por algún extraño motivo, creo que todos estábamos de acuerdo en que el viejo Shion hubiera dejado el mundo en sus manos sin dudarlo, sin pestañear. No existía una sola persona en este Santuario que no se quedara embelesado ante la presencia de aquellos dos. Porque de un modo u otro, para bien o para mal, siempre estaban en la mente de todos. Provocaban respeto y admiración infinitos. Pero ninguno de esos sentimientos viaja sin sus eternos hermanos: el odio y la envidia.

Hay pocas cosas que me preocupara por conservar en mi memoria de mis tiempos en el Santuario antes de viajar a Sicilia. Pero hay una conversación en especial, escuchada a hurtadillas, que fui incapaz de sacar de mi cabeza, y que a día de hoy recuerdo con una nitidez asombrosa. Una conversación entre dos hermanos, entre Aioros y Aioria, una conversación entre maestro y alumno. Recuerdo a Sagitario hablando con aquella pasión que lo caracterizaba y que aplicaba a todo lo que hacía. Dijo que un hermano mayor siempre estaría ahí, de un modo u otro, podías quererlo o podías odiarlo; pero sobre todo, se convertía en ese muro que todos nos marcamos como objetivo para derribar y superar.

Ser el mejor te convierte en un ejemplo… y en un objetivo.

Precisamente por eso, imaginármelo a él o al Santo de Géminis muerto en algún lugar, sin un motivo aparente, sin que nadie se hubiera cruzado en su camino, era una idea de lo más rocambolesca y ciertamente, estúpida. Pero… ¿Y si había aparecido alguien capaz y finalmente, Saga también había sido derribado? Imaginar a un personaje anónimo capaz de algo así, era inquietante. Aunque también estaba claro que no era algo tan imposible como muchos querían.

Nadie es invencible. Ni siquiera los héroes que un montón de mentes infantiles se molestaron en crear.

El final de Aioros lo había dejado más que claro, y precisamente aquello era lo que atemorizaba tanto a la gente. Si aquellos a quienes habían idolatrado, hasta el punto de considerarlos inalcanzables e invencibles, habían caído… ¿Qué posibilidades tenían ellos de sobrevivir? Ciertamente era un panorama desalentador para la mayoría.

Yo solamente era capaz de imaginar la posible reacción del Maestro al conocer las noticias de sus dos Santos favoritos. Aunque por fortuna, no tuvo que ser testigo de la caída de Aioros.

Al menos, sólo imaginaba aquello hasta que mis pasos errantes me hicieron tropezar con Aioria. No hizo falta que divagara demasiado sobre cual había podido ser su reacción, pues resultaba de lo más notoria para cualquiera que posara sus ojos en el chiquillo. Despedía tanta rabia, tanto dolor… Se veía tan sumamente frágil y fácil de quebrar… Que sin proponérmelo si quiera, lo convertí en el objeto de mis propias burlas y juegos. Porque aquella sensibilidad y dolor, me resultaba despreciable. Aquello no era nada nuevo para él, porque de la noche a la mañana había pasado de ser el hermano menor de un héroe a ser el hermano de un traidor. De ser envidiado, a ser despreciado y maltratado.

Pero de algún modo, el chico consiguió sobreponerse y marcarse objetivos mucho más altos. Se levantó de aquel profundo abismo en el que había caído e hizo frente a todos y cada uno de los que tenían algo que decir sobre él. ¡Llegó a despreciar a su propio hermano! A odiarlo… De algún modo retorcido, con aquello se ganó mi respeto. El chiquillo crecía y había dejado de ser un gatito indefenso para convertirse en todo un león perfectamente capaz de defenderse y superar las pruebas que todo el mundo le imponía.

Jugar con él ya no era tan divertido.

Así que me dedique a hacer mi trabajo y a observar con más atención todo lo que me rodeaba. Me percaté del modo en que el Maestro tampoco le facilitaba nada las cosas al León, pero como se mantenía expectante entre las sombras, ansioso por ver como acabaría la historia de la Quinta Casa.

Fue entonces, con esas miradas disimuladas del Patriarca, cuando comencé a atar cabos. El rompecabezas casi cobró sentido en mi cabeza. Digo casi, porque en el fondo, era algo tan inverosímil que era prácticamente imposible de comprender en su totalidad. Primero había sido la más que sospechosa desaparición de Kanon y después le había seguido Saga, ambos se habían esfumado de la faz de la tierra sin dejar rastro alguno que explicara que había pasado; y finalmente, Aioros.

A medida que me acostumbraba a la rutina del Santuario, comprobaba el modo en que habían cambiado las cosas. Definitivamente, mi maestro hubiera sido un hombre feliz en aquel lugar. Los mocosos ya no se dedicaban a jugar y perder el tiempo en aquellas pocas horas que tenían libres. El lugar era gobernado por una autentica ley marcial, dura, sangrienta e inflexible.

Selección natural lo llaman en algunos libros.

Las muertes se multiplicaron, las faltas de disciplina se pagaban con castigos que se endurecieron al máximo. Los entrenamientos elevaron su dureza a niveles insospechados. La población capacitada para pelear por una armadura se vio visiblemente reducida. Pero algo era claro, quienes llegaban a ese punto, eran solamente los mas fuertes de su categoría. Habían sorteado pruebas, que a día de hoy, estoy seguro muchos de los que entrenaban durante mi infancia en el Santuario, no hubieran superado.

La ley del más fuerte. La ley de la selva.

¿Cuestionable? Desde luego. ¿Efectiva? Mucho. Toda esa generación no eran más que supervivientes; y eso los convertía en un ejército más que apto. Habían superado momentos muy duros siendo solamente Santos de Plata o de Bronce; momentos que hasta entonces, solo alguno de los Doce habíamos enfrentado por aquel entonces. Conocían bien su capacidad de dolor, su capacidad de sacrificio. Se sabían los mejores en su rango de las últimas generaciones precisamente por ello. Milo, Aioria, Camus, Shaka, Mu, Aldebarán… Todos ellos se hicieron un camino en aquella época, gobernados por una mano de hierro y en parte, gracias a eso, son lo que son hoy día.

Pase un buen tiempo observando y analizando todo aquello. Observando los resultados. Descubriendo lo mucho que me gustaba lo que veía. Comprobando que quien fuera se escondía tras la mascara del Maestro, era poderoso, terriblemente poderoso; y no tenía reparo alguno en utilizar su tremenda fuerza para conseguir sus objetivos.

Porque una cosa estaba muy clara: aquel hombre no era Arles. Ni él, ni ningún seguidor fiel de las enseñanzas de Shion. El modo en que uno y otro manejaban el Santuario era diametralmente diferente y a mi parecer… el cambio había sido a mejor. Aunque me sorprendía terriblemente que nadie diera señal alguna de haber notado el cambio. Éramos maquinas de guerra, instrumentos para cumplir unos objetivos. No había lugar para la amistad, para los sentimientos, para los ideales de viejos héroes y leyendas… Nuestra realidad era diferente.

De algún modo me gane la confianza del Patriarca. Siempre pensé que fue porque nunca me preocupe en ocultar mi manera de pensar, yo era tal cual me veía; y le complacía saber que había alguien más que compartía sus ideales de cómo gobernar el Santuario. Hoy se que fue por un motivo bastante diferente, aunque supongo que eso también influyó. Ares sabía de sobra quien era yo, quien era mi maestro y como se hacían las cosas en Cáncer.

Me convertí, sin darme apenas cuenta, en lo más cercano a la mano derecha que alguien como él podía o consentía tener. Me sentía orgulloso de mis logros ascendiendo en la escala de poder. Pero nada, absolutamente nada, ocurría si él no quería. Lo observaba solamente si Ares deseaba ser observado. Llegué a ser una de sus dos armas más eficientes, uno de sus ejecutores. En todos los ejércitos hay al menos uno, me dije; y me sentí terriblemente orgulloso de ser yo uno de los elegidos.

El margen de error era minúsculo y la línea entre la vida y la muerte cuando jugabas con Ares era demasiado fina. Muchos pudieron comprobarlo al desaparecer sin dejar rastro. Nadie hacía preguntas, quien las hacía corría un riesgo demasiado grande.

¿Sospeché de la verdadera identidad escondida tras aquella mascara? Mentiría si dijese que nunca divague al respecto. Tenía mis propias teorías, si. Pero desde luego, que cuando me atreví a adentrarme en sus estancias privadas y pude contemplar frente a frente a aquellos ojos escarlata, me quedé helado.

Podía esperar muchas cosas, no aquella.

Si en un inicio pensaba que su presencia resultaba atemorizante tras una máscara, nada tenía que hacer frente a la sensación que provocaba mirarlo a los ojos. Reconocía aquel rostro, ahora identificaba aquella manera de caminar elegante y orgullosa, altiva. Y sin embargo, no reconocía aquella extraña mueca que era su sonrisa, ni la expresión fiera de su mirada. El santo al que yo conocía intimidaba, si; pero no de aquel modo.

Casi al instante supe que no era con él con quien hablaba.

Era simplemente, imposible. Y entonces, encontré la solución al rompecabezas. Comprendí que era lo que había pasado con Aioros. Lo único que no encajaba era la desaparición de Kanon, alguien a quien a simple vista, consideraba mucho más afín al mandato de Ares que Saga.

Puedo decir que el tiempo pasó bastante rápido desde entonces, al igual que el ajetreo que atacaba nuestras vidas cada día. Sabía de sobra que si estaba vivo, era porque Ares había dejado que así fuera y no tenía intención alguna de defraudarlo. Sin embargo, también sabía la encrucijada en que se había convertido la doble vida de Saga. En algún momento, aunque fuera por un par de segundos, había sido capaz de contemplar unos ojos verdes, tan apagados y tristes que no se diferenciaban mucho de los de un muerto.

Había aprendido a identificar como funcionaba aquella dualidad y finalmente conocía la identidad del inquilino en el Templo Papal. Parecía que Ares había decidido tomar las riendas de un Santuario que yo consideraba en decadencia. El Dios de la Guerra había decidido invadir el patio de juegos de la Diosa de la Guerra Justa con una de sus mejores armas, y nadie, absolutamente nadie, a parte de mí y de Afrodita sabíamos de ello con certeza.

Ahora, todos os preguntareis porque motivo le tendí la mano a un dios sanguinario y manipulador, para el que nadie era imprescindible. Se que hay alguien que se pregunta el motivo por el que miré directamente a sus ojos y al descubrir la verdad de lo que sentía, le di la espalda sin pensármelo siquiera. Aunque se mantenga en silencio sin intención de preguntarlo y su rostro no delate ninguna emoción al respecto.

He vivido demasiado tiempo en las sombras como para no darme cuenta.

¿Por qué? Porque yo había sido educado por un Santo que más merecía ser un Berserker que vestir la armadura de Cáncer. Me había convertido en una réplica suya muy mejorada y afinada por el mismo dios. Vivía en la penumbra de un lúgubre templo que en su día fue hermoso y lo convertí en la puerta misma al infierno, porque aquella era precisamente la antesala a los dominios de aquel dios que nos gobernaba.

Mi hacer en el Santuario, y fuera de él, era más que cuestionable; pero… ¿Qué demonios? Idolatre a aquel dios porque hacía lo que yo pensaba que había que hacer. Eliminar a los débiles, a las molestias y enterrar a las amenazas.

En muchas ocasiones conversé con Ares compartiendo una buena copa de vino francés. En otras, menos, mis palabras eran dirigidas no al dios, sino al Santo. Me preguntaba porque extraño motivo no estaba de acuerdo con aquel asunto. Porque no quería aceptar el lugar que se había ganado a pulso a mi manera de ver. La respuesta era muy simple: en el fondo, él era tan idealista como Aioros o Shion. No quería que las cosas fueran así.

Y yo me sentí decepcionado.

A mis ojos, él era un privilegiado. Había sido elegido por un dios para ser su portador. ¡Un dios! Aquello era algo que el resto de mortales no podíamos más que soñar. En sus manos concentraba un poder único, que si bien por si mismo era inmenso, aunado al de un dios… era simplemente incontrolable. Por nadie, ni siquiera por él. Despreciaba aquel poder, despreciaba a aquel Dios y se despreciaba a si mismo sobre todas las cosas. A mi me daba exactamente igual. Yo solamente me preocupaba porque temía que en un arranque de lucidez acabara con aquello que Ares había conseguido con nuestra ayuda.

Aquella era mi particular utopía.

Hice todo lo que estaba en mi poder por mantenerla, hasta el final. Estuve dispuesto a enfrentarme al Antiguo Maestro en los Cinco Picos porque eliminarlo era primordial para mantener nuestra gran farsa intacta. A día de hoy, se que si hubiera librado aquella pelea, lo más probable es que el muerto hubiera sido yo. Fui allí sin saber a que me enfrentaba pero terriblemente confiado. Nada podía ser peor que el reto que suponía mantenerme con vida durante todos esos años junto a Ares.

Pero había cosas peores. No me di cuenta exactamente de cuando perdí el control por completo, pero lo hice en algún momento. Y quizá aquella era una señal inequívoca de ello.

Luego esperé con ansias en mi Templo a que la verdadera batalla llamará a mi puerta. A decir verdad, nunca esperé que los mocosos de bronce llegaran hasta el Cuarto Templo. Sabía que Mu no estaba de nuestro lado, por lo que no me sorprendió que después de un rato de juegos les dejará paso. Me mostré un poco más alerta cuando Aldebarán hizo lo propio, pero sobretodo cuando el desdoblamiento del Templo de Géminis desapareció.

No sabía a ciencia cierta que estaba pasando. Pero era preocupante. De ningún modo Ares dejaría que el Tercer Templo cayera, así que las cosas se estaban poniendo más que interesantes. Me recuerdo vagando de acá para allá, relajando mi mente mientras escuchaba los lamentos de mis máscaras, fieles recordatorios de quien era yo; sintiendo la adrenalina acumulada obnubilar mis sentidos a la espera de ser descargada de un momento a otro.

Y por fin, el espectáculo comenzó. Shiryu llegó ante mí, aún ciego y con la valentía digna de un loco o de un superhombre. No sabría decirlo.

¿Recordáis que os hable de una conversación entre el arquero y el León? Todas aquellas palabras sobre la superación no fue lo único que atiné a escuchar. El problema, es que sólo fueron esas a las que presté atención. A día de hoy, puedo comprender que le dijo entre líneas algo mucho más útil que todo aquello y que yo relegué al olvido.

Aioros pensaba que éramos especiales, porque éramos los mejores. Pero yo me creía mucho mejor que el resto y más especial por el hecho de que tenía la frágil confianza de Ares respaldándome. El problema de eso, es que cuando te crees superior, terminas aislándote de todos y la arrogancia te gana la partida.

Sin darme cuenta, el arquero le había advertido a Aioria de aquel asunto. Yo lo ignoré, y precisamente mi arrogancia sumada a mi locura, me sentenciaron. El mocoso me ganó el combate más importante de mi vida. En cierto modo, me sentí aliviado al saber que moriría y que no tendría que enfrentar la furia Ares después de aquello. Pero mi armadura me abandonó. Y eso me resultó inesperadamente doloroso. Ella era la razón de mi existencia después de todo. Me había convertido en Máscara Mortal por ella, por su brillo. Y finalmente, me había dejado.

Entonces comprendí que me había equivocado. Que toda mi vida era una equivocación, una estupidez.

Así que cuando Hades nos ofreció una segunda oportunidad… Fue imposible rechazarla. No por que de veras quisiera una nueva vida, que aunque era cierto, no me sentía merecedor de ella. Sino porque aquella era mi oportunidad para intentar redimirme. Quizá no con todos mis compañeros, pero al menos con aquellos que pelearían en mi mismo bando.

A decir verdad, no sabía que esperar realmente. Tal vez fui bastante ingenuo, pensando que con eso todo caería en el olvido. Contemplé a mis compañeros en aquellos momentos. No encontré en sus miradas nada que indicara que estaban pensando en todo aquel asunto, en toda aquella traición; salvo en una. Cuando mis ojos se clavaron en los suyos, apenas con el valor necesario para mantenerlos abiertos frente todo aquel derroche de dignidad de nuestros compañeros, supe que Afrodita sentía exactamente lo mismo que yo.

Escuché todas y cada una de las palabras pronunciadas por unos y por otros, seguro de que callaban mucho más de lo que decían. Contemplé su majestuosidad, uno a uno. Me costó un esfuerzo sobrehumano buscar la mirada de Saga en aquellos momentos, y cuando lo hice, suspiré aliviado. No pude más que esbozar una sonrisa de tranquilidad al saber que no había ningún dios manejando la situación a parte de Hades; me complació saber que esta vez era el momento que todos y cada uno de los allí presentes esperábamos para enmendar nuestro camino.

El problema de todo aquello, es que descubrí repentinamente lo fuera de lugar que estaba en aquel grupo. Lo diferente que había terminado siendo de ellos, habiendo empezado en el mismo punto, en el mismo lugar. Por un breve instante, quise ser como ellos. Aunque fuera únicamente para saber que se sentía al ser tan… bueno.

Fallé miserablemente.

Mis dotes de actor definitivamente no son tan buenas como las suyas. ¡Qué demonios! Ni siquiera tenía que actuar, solamente debía hacer de mi mismo. Debía llevar a cabo una representación más de aquella macabra función en que se había convertido mi vida.

El resultado de aquella aventura en el Templo de Aries no fue inesperado. Sin embargo, creo que pocas veces me había sentido tan presionado como en aquella ocasión, sintiendo sobre mi nuca las miradas analíticas de lo que podía considerarse la artillería pesada de nuestro pequeño ejercito. Hubiera querido hacer algo mucho más digno, no solamente por mi mismo, sino por ellos también.

No fui capaz.

El terror que sentí al verme en la puerta del Castillo, es algo que nunca podré olvidar y que nunca hasta aquel momento había sentido en carne propia. Ya había muerto una vez, y en aquella ocasión no había sentido ningún tipo de temor. El problema, era hacerlo una segunda; sabiendo lo que esperaba más allá de aquel lugar que había sido mi reino durante toda una vida. Recordé la cantidad de veces que había despreciado las súplicas y los lamentos de mis victimas. Todas las ocasiones en que me había reído en su cara y había prolongado un poco más su agonía.

Me odié a mi mismo como nadie podrá hacerlo jamás.

Había perdido todo: mi dignidad, mi honor de Santo –si es que alguna vez lo había tenido-, mi armadura, mi vida… Esa pérdida de tiempo que había supuesto mi existencia para mi mismo, y la tortura que había supuesto para otros. Solamente quedaba esperar y confiar. Esperar a que los demás volvieran, dispuestos a morir, y confiar en que aquel descabellado plan tejido por las mentes más brillantes de nuestra Orden hubiera salido bien.

No podía si quiera imaginar por lo que habían tenido que pasar en el Santuario.

No quería.

Porque si lo hacía, la losa de culpabilidad que cargaba sobre mis hombros habría terminado por sepultarme de un modo demasiado preocupante como para poder ayudarlos por última vez. Y es curioso, porque aún pensando que todo había acabado con nuestra vuelta al Infierno, al sentir sus cosmos arder llamándose unos a otros en una melodía silenciosa pero endemoniadamente dulce que solamente nosotros podíamos escuchar; supe que entre ellos estaba mi lugar.

No sabía como ni por que. No sabía que pensarían ellos. O quizá si lo hacía pero prefería ignorarlo. Sólo supe que tenía que ir. Que si alguna vez iba a hacer algo verdaderamente merecedor de hacerme llamar Santo de Athena, tenía que ir sin importar el precio.

No tengo palabras para describir aquella magnifica sensación que me recorrió de pies a cabeza al saberme parte de algo importante. Era la primera vez que me ocurría, y lo más interesante es que me sentí increíblemente feliz, porque me sentía parte de aquella rara hermandad que todos ellos formaban y de la que yo había renegado toda mi vida. Descubrí, al hacer brillar nuestros cosmos, que añoraba la luz, que añoraba la calidez del día y el sonido de las risas que había ahogado en mis recuerdos.

El sonido de sus risas.

Los contemplé uno a uno, de nuevo, con una estúpida sonrisa en el rostro. Estábamos los doce, o mejor dicho; los trece, porque no me pasó desapercibida aquella aura que rodeaba a Géminis y que identifiqué como Kanon. Y por último, me detuve en la leyenda: Aioros había regresado. A pesar de lo irreal de la situación, pude contemplar su mirada tranquila y orgullosa. La ternura y el orgullo que emanaba de sus ojos al contemplar a Aioria frente a él. La sonrisa cómplice que compartió con Saga y Shura, aliviando automáticamente su pesar. Lo envidié terriblemente, pero mi admiración en aquel momento era aún mayor. Ahí estaba, habiendo perdido quince años de su vida sin tener una idea exacta de lo que sucedía; pero exactamente igual que cuando se había ido.

Sólo pude pensar una cosa más antes de que todo terminara: ojala aquellos aldeanos que en su día habían puesto su fe en nosotros, pudieran ver esa escena.

Ese es el verdadero motivo por el que terminé escribiendo estas líneas, mi señora. Porque de algún modo, consiguieron que alguien como yo formara parte de algo importante de verdad y encontrara sentido a una vida hasta entonces perdida, aunque fuera en mis últimos momentos.

La realidad es que somos asesinos entrenados por una buena causa. Sin embargo, no puedo evitar reírme ante esas palabras. Nuestra buena causa se resume a luchar por vos, porque vos sois quien vela por la humanidad y sin la Diosa de la Sabiduría, ninguno de los Olímpicos hubiera resistido la tentación de convertir a la Tierra en su patio de juegos. Y aún con vos, lo intentaron de todos modos. El problema de eso, es que la línea entre la buena causa y la mala… es insignificante.

La vida de muchas vueltas. Antes no peleaba por ninguna causa que no fuera la mía. Nada me importaba. Ahora todo es diferente. Ya no deseo aquella vida. Deseo poder parecerme algún día a lo que son mis compañeros; poder tener algo parecido a la grandeza que desprenden, a su nobleza. Sentir por una vez, que estoy haciendo lo correcto por alguien más que no sea yo.

No hay nada que desee más en este momento que aprender a ser un Santo de verdad, de hacer honor al Templo que protejo. Pero por sobre todas las cosas, no desearía más que poder aligerar el peso que todos mis compañeros llevan sobre sus hombros.

No estoy seguro que sirva de mucho viniendo de un completo loco como yo, pero si tuviera que decirles algo a cada uno de los doce, es que ninguno debería sentirse avergonzado. Ninguno debería agachar el rostro. Al contrario. Debéis mantener la mirada bien alta, porque habéis conseguido cosas inimaginables no solo para el mundo, sino para mi mismo, un caso perdido, un tipo que comparte rango con vosotros. Habéis sido capaces de enfrentar al mundo, enfrentar a vuestros propios fantasmas… y habéis salido victoriosos. Habéis matado y a pesar de ello, habéis sido capaces de derramar lágrimas de sal y sangre por vuestras victimas. Habéis odiado a amigos, hermanos… Os habéis enfrentado.

Y lo que me resulta más admirable… es que a pesar de todo seguís queriéndoos.

Seguís luchando día a día, sin perdonaros una sola de vuestras faltas. Lucháis por recuperar el honor que creéis perdido, y no habéis reparado en que con vuestra eterna lucha, os habéis ganado un puesto más allá de los Eliseos, del Olimpo y de las estrellas... Os convertisteis en la esperanza y la salvación de un mundo que suplicaba a gritos por ayuda.

No tenéis nada de que avergonzaros. No hay nada que explicar. Solamente debéis mirar atrás con orgullo por todo lo que habéis conseguido. A otros, únicamente nos queda mirar al futuro, con la esperanza e ilusión de poder hacernos un hueco en la historia que vosotros habéis escrito en la estrellas.

Mantened la mirada bien alta, todos y cada uno de vosotros. Porque vosotros, sois verdaderos dioses entre los hombre y no hay nadie en el Olimpo capaz de haceros sombra.

Gracias por haberme hecho creer, por haber hecho que un caso perdido como yo quiera enmendar su camino.

Por haberme hecho sentir orgulloso.

Gracias.

Angelo

-X-

NdA: Bueno… ¿Cuántos meses fueron esta vez? =_= Espero que me disculpéis por tardar en actualizar este fic… pero la cuestión es que meterme en la cabeza de cada santo me resulta de lo más compleja. Esta vez fue el turno de Máscara. Espero haber plasmado una idea más o menos acertada de él, porque a decir verdad, no tenía nada pensado cuando empecé a escribir. Simplemente surgió.

¡Ah! Para los que leen La Última Esperanza, me temo que el próximo cap tardara un poquito, porque no se si podré actualizar esta misma semana, se me esta complicando; y la que viene me voy de vacaciones.

Por último, gracias a todos por los comentarios, los alerts y los favs.

La Dama de las Estrellas