Capítulo 5: Mu de Aries

-¿Maestro? ¿Te encuentras bien?

Recuerdo que al escuchar su voz preocupada, no pude evitar sobresaltarme ligeramente. Alcé el rostro, y miré a los ojos lilas de Kiki esbozando una sonrisa cansada, buscando tranquilizarlo. El chico, que no había dejado de verme con extrañeza, imitó el gesto y sonrió, más bien con nerviosismo. Instintivamente, llevé mi mano a su revuelto cabello pelirrojo y lo descoloqué un poquito más si es que eso era posible, sabiendo lo mucho que le molestaba tal acción. Por un momento, había olvidado cuánto había crecido en mi ausencia.

-Sí, tranquilo. –Dije finalmente.- Solamente estaba pensando.

-¡Pero es muy tarde! –Me respondió ahogando un bostezo y dejándose caer perezosamente a mi lado.- Y hace frio. -No pude evitar ampliar mi sonrisa ante sus palabras.

-¿Hubieras preferido quedarte en el Santuario?

Me sorprendió que no me respondiera inmediatamente, así que volteé a verlo. Ahí estaba, sentado apenas a unos centímetros de mi y de la seguridad que supongo para él; balanceando inconscientemente sus piernas, que como las mías, colgaban del ventanal de la Torre donde estábamos sentados. Su ceño fruncido, delataba la profundidad de sus pensamientos y fue entonces, que me respondió.

-Quiero estar contigo, Mu. No importa dónde.

Un nudo se formó en mi garganta al momento en que sus palabras llegaron hasta mis oídos. No me había mirado al decirlo, pero de algún modo, supe que su mirada se había teñido de una tristeza inusitada que intentaba disimular frente a mí. Suspiré, buscando la tranquilidad que en estos instantes notaba que me faltaba.

No me animé a responderle, porque sabía que nada de lo que dijera serviría de consuelo.

Kiki jamás confesaría la pena que cargó todo ese tiempo. El chico tenía, y tiene, tanta fe en lo que hacemos y por lo que luchamos, que nunca se atrevería a echarme en cara, a mi o nadie, lo mucho que le dolió mi ausencia.

Mientras un pesado silencio se instauró entre nosotros, volteé la vista al frente, dejando que se perdiera de nuevo en el estrellado cielo nocturno de Jamir.

Mis pensamientos volaron, hasta darme cuenta de que nadie mejor que yo, podía hacerse una idea de lo que Kiki había pasado durante ese tiempo. Él era el último hijo nacido de Lemuria: el único niño que lucía dos lunares en la frente. Inevitablemente, esa es una carga demasiado pesada, cuyo significado no comprenderá hasta dentro de mucho tiempo.

Al contrario de lo que siempre ocurrió con la mayor parte de los extranjeros del Santuario, nosotros no fuimos rechazados en ningún momento. Recuerdo que siempre fui observado con curiosidad, y seguramente, con cierto recelo ante lo desconocido. Pero siempre fui respetado. Sin embargo, aunque Kiki me idolatra y admira por muchos motivos, desconoce los por qués que han hecho de nosotros lo que somos entre el resto del pueblo de Grecia.

Desconoce que todo lo que somos se lo debemos a un hombre que nos precedió y que verdaderamente se ganó el lugar más alto de la Orden por meritos propios. Kiki no sabe que todo lo que somos nosotros los Lemurianos, se lo debemos al Maestro Shion. Todo lo que somos hoy día, toda la veneración que existe hacia los portadores de los lunares en la frente… es gracias a él, al mero hecho de pertenecer a su misma raza legendaria.

A la de mi Maestro. Es por eso que comprendo tan bien lo mucho que le dolió a Kiki mi ausencia…

-¿Has empezado a escribir lo que pidió la Princesa? –Me preguntó de pronto.

-Aún no. –Murmuré.- Y si te soy sincero… no sabría muy bien que decir.

-La verdad, Maestro.

En aquel instante, me pregunté qué era lo que podía saber él de la verdad; de todo lo que nos había ocurrido y cuáles eran los motivos que habían hecho de nosotros lo que somos a día de hoy. Pero antes de que pudiera responderle algo, el chico se me adelantó una vez más.

-Contar la verdad suele ser doloroso, pero uno se siente mucho mejor después… -ante aquella respuesta que me pareció sumamente infantil, no atiné más que a alzar mis lunares sorprendido. Kiki lo notó.- Además, Maestro, la gente habla mucho. –Me miró totalmente serio.- Estuviste… -se pensó bien como decirlo.- Estuvisteis fuera mucho tiempo. Y yo me quedé en el Santuario. Vi y escuché muchas cosas… que creo que no pueden ser ciertas, y mucho menos, justas. Me gustaría que fueras tú quien me las contara. –Esbozó una luminosa sonrisa al mirarme una vez más.- La Princesa Saori siente lo mismo que yo. –Como siempre que utilizaba vuestro nombre mortal, no pude evitar sentirme extraño.- No va a quereros menos, a ninguno, por nada de lo que digáis. Al contrario, seguramente sólo pueda amaros más. Solo quiere oír la verdad de vuestros labios… quiere conoceros.

Me mantuve en silencio largo rato. Todas aquellas palabras, me habían sonado a regañina. ¡De mi propio alumno de doce años! Pero después de pensar en ello con calma, me di cuenta de que Kiki tenía razón, y de que el chico era lo suficientemente listo como para darse cuenta de que era aquello que me impedía escribir una sola letra.

Tenía un pánico atroz a liberar todo lo que había mantenido oculto en mi interior durante años. No solamente por mí, por mis propias heridas, sino porque ahora mismo, creo que nuestro estado es tan delicado… que no tengo la menor idea de cómo abordar un asunto del que jamás hemos hablado entre nosotros. Hemos preferido mirarnos y callar, con expresiones inalterables y almas rotas en mil pedazos. ¿Cómo es posible que…? ¿Qué no hayamos tenido el valor suficiente para decir nada? ¿Para confesar lo mucho que unos y otros nos hemos herido y hemos sufrido? Ninguno está libre de esos sentimientos. Absolutamente ninguno. Lo sé.

-¿Qué dice la gente, Kiki? –me atreví a preguntar, temeroso de su respuesta.

-Cosas. –se encogió de hombros. Observé como entreabrió los labios, dispuesto a decir algo, pero se lo pensó mejor. Segundos después, continuó.- Creo… que de algún modo entienden que cualquier Santo podía equivocarse, pero no vosotros; ninguno de vosotros es cualquiera. No los Doce, o los Trece. –Su voz fue bajando de volumen paulatinamente, hasta no ser más que un susurro.- Creo que para todo el mundo fue tan evidente que algo había cambiado que no comprenden cómo es que nadie de las Doce Casas hizo algo por evitarlo…

Sentí como mis ojos se empañaban por las lágrimas contenidas, y me vi forzado a tragar saliva ante sus palabras. De algún modo, sabía que Kiki había callado muchas cosas por no herirme. Me permití unos segundos de silencio, para buscar la manera correcta de responderle y aliviar el pesar que sabía que él también sentía.

Decidí entonces, que Kiki tenía razón. Lo justo era decir la verdad, y sobre todo, comenzar por el principio.

-Verás Kiki…

Aquellas dos palabras, dieron inicio a una conversación interminable que nos llevó toda la noche. Kiki no dejó de escucharme con total atención, sus ojos no dejaron de observarme un solo momento. Hasta aquel instante, nunca se me había ocurrido que el chico tuviera alguna inquietud acerca de nosotros. Me parecía que habiendo crecido en uno de los Templos, simplemente comprendería como eran las cosas. Sin explicaciones incómodas o recuerdos dolorosos.

Me sorprendí enormemente de lo ingenuo que había sido. Es cierto que siempre pensé que manteniéndolo ajeno a ciertos asuntos, lo estaba protegiendo, y sigo pensando que estaba en lo correcto. Pero ahora, me doy cuenta de que antes de nuestra muerte, se había presentado el momento adecuado de explicarle las cosas… y no lo había hecho. ¿Si Kiki no comprendía nada de aquello en que él mismo se había visto inmerso inevitablemente… como iban a hacerlo aquellos a los que protegemos y no son tan cercanos a nosotros?

Respiré hondo y empecé, exactamente, por el comienzo de todo. Yo había llegado al Santuario siendo un bebé, por lo que mis recuerdos fuera de él, se reducían a las migajas vividas en Jamir más adelante. Debo agradecer a los dioses que me concedieran el regalo de mi raza, porque gracias a ello, conocí al padre que nunca tuve. Crecí de la mano de Shion, observando cada uno de sus movimientos cansados, pero siempre pacientes y escuchando sus palabras cariñosas; porque no sólo había sido agraciado con mis raíces, sino que además, había nacido bajo sus mismas estrellas convirtiéndome en su heredero legítimo por la Armadura de Aries.

Sin embargo, habiendo llegado a tan temprana edad, crecí bastante más acompañado de lo que lo hicieron los demás. Yo fui educado y criado como un príncipe, pero no había sido el único, porque antes de mí, llegaron otros que también lo habían hecho. Habían aprendido el nombre de cada una de las estrellas que adornan nuestro cielo antes de aprender siquiera a hablar sentados en el regazo del Maestro.

Aioros, Saga y Kanon se convirtieron, inevitablemente, en los hermanos mayores que casi todos los demás no tuvimos. Quisieran o no, aquel era su destino. Y siendo sinceros, creo que a ninguno le disgustaba del todo aquel papel. Jamás tuvieron hacia nosotros un mal gesto, al contrario, siempre guardaban una sonrisa al final del día; cuando nuestros juegos acababan y ellos finalmente encontraban un poquito de descanso, precisamente en nuestros ojos que los idolatraban.

Nosotros, solo atinábamos a verlos fascinados mientras Shion observaba orgulloso entre las sombras.

Y es que, no era para menos. Había conseguido que de algún modo sólo fuéramos capaces de vernos como hermanos, de no concebir una vida en la que aquello no fuera así. Como todas las familias, supongo, teníamos nuestros más y nuestros menos. Pero la nuestra no era una convencional, ninguno de nosotros lo era. Y nos costó comprenderlo.

Peleábamos, llorábamos y gritábamos desesperadamente, sabiendo en nuestra inocencia infantil que nadie iba a estar ahí para socorrernos; comprendiéndolo en algunos casos por las buenas, y en otros, tristemente por las malas. Entonces llegó el gran momento, el hallazgo de lo que éramos: niños que estaban destinados a crecer y morir solos.

Inevitablemente, una brecha imperceptible se interpuso entre nosotros. Cada cual fue asignado a su propio maestro y eso marcó, como a fuego en la piel, la gran diferencia en nuestras vidas. Nos guste o no, somos lo que somos gracias a quien nos precedió y nos educó; a aquellos que nos entrenaron a fuerza de sangre, sudor y lágrimas.

Mientras entrenábamos mirábamos, disimuladamente y de lejos, a los demás; pequeños y mayores; aldeanos, santos, aprendices y guardias, que nos observaban con mezcla de miedo y admiración. Nosotros los envidiábamos. Envidiábamos su inocencia y la ligereza del peso que cargaban sobre sus hombros en comparación a la nuestra.

Pero, sin que nadie se diera cuenta, nos vigilábamos entre nosotros, desde las sombras, con cierta desconfianza y temor.

Nunca nos habíamos dicho nada al respecto, pero sabernos extremadamente diferentes al resto, había hecho que tuviéramos una conexión diferente mucho más allá del cariño de hermanos. El coliseo podía estar repleto de gente, pero siempre sabíamos donde estaban aquellos ojos a los que debíamos mirar entre la muchedumbre. No nos costaba ningún trabajo identificar las emociones que desbordaban nuestras miradas infantiles, y así, bajo el yugo de la "distancia" que se nos había impuesto, aquellos rostros para todos extraños, eran familiares para nosotros. Éramos amigos, hermanos… y nos unía un vínculo mucho más fuerte: nuestro destino dorado. Sólo nuestra compañía era la que, de algún modo, nos hacía sentir a salvo y ahuyentaba las pesadillas que desafiaban nuestros sueños.

Nuestro presente, por aquel entonces, rebosaba expectativas y terminamos aferrándonos a ellas; a un destino de gloria y honor que nos colocaba mucho más cerca de los dioses de lo que ningún otro mortal lo estaría jamás. Soñábamos un futuro lleno de esperanzas y promesas de éxito. Se suponía que la tierra temblaría ante nuestros píes…

En realidad, todas ellas habían sido promesas mudas de una amistad eterna. Nos habían puesto metas muy altas a todos, pero aquella soledad que nos acechaba era precisamente lo que nos unía y todos nuestros logros, eran brindados -como regalo y en secreto- a los demás.

A las mismas miradas silenciosas que nos daban seguridad entre la multitud a cada paso que dábamos.

Cada una de nuestras victorias, era como reivindicarnos al resto del mundo. Era como gritar: estamos aquí. Superando cada traba, superando la adversidad. Era demostrarnos a nosotros mismos que podíamos ser mejores de lo que todos esperaban, solamente por el orgullo de lo que en realidad sentíamos que éramos.

Pero dicen que todo tiene un final. Y aquella etapa de nuestra vida terminó en el preciso momento en que se suponía debía mejorar. Se suponía que las Doce Armaduras eran nuestra gran ambición y nuestro único objetivo; nuestro premio a una infancia perdida demasiado pronto y a las cicatrices de nuestra piel. Pero también eran nuestra condena, porque si por algún motivo no llegamos a vestirla… sería considerado como el más estrepitoso de los fracasos. Así nos educaron y así era como todos lo veíamos.

Doce Armaduras. Trece chicos.

Sobran las palabras. Lo sucedido no fue algo totalmente inesperado, aunque secretamente, todos confiábamos en que las cosas no llegaran a aquellos extremos. Más bien, había sido un final muy anunciado. Yo lo viví desde una posición diferente al resto, porque lo hice junto al Maestro y aunque su rostro permanecía la mayor parte del tiempo oculto tras aquella máscara de oro, su aura vacilaba y yo podía sentirlo.

Creo que no me equivocaría al decir que el Maestro estaba totalmente seguro de quien iba a resultar el vencedor del primer combate de nuestro tiempo. Había muchos motivos que me llevaron a pensar aquello. Pero a pesar de ser sólo un niño, podía darme cuenta de que internamente, había un ligero rastro de duda. Un pequeño "y ¿si…?" que podía cambiarlo todo.

Una nueva era comenzó en el preciso instante en que Saga proclamó como suya la armadura de Géminis. Se suponía que debía comenzar una etapa gloriosa para la Orden de Athena porque precisamente, que él hubiera conseguido ya la primera, significaba que vuestra llegada estaba cerca; y era precisamente eso lo que nos hacía tan especiales: que nosotros seríamos los destinados a velar por vos. Los que nos inclinaríamos a vuestros pies y tendríamos el gran honor de ser objetivo de vuestras miradas fugaces.

Tristemente, aquello nunca sucedió.

Desde entonces, nuestra vida dio un cambio de 360º. No solamente la situación de los hermanos empeoró. Imagino que en aquel momento, ninguno de los dos alcanzaba a vislumbrar lo mucho que cada una de sus acciones impresionaban al resto. Aioros fue proclamado Santo de Sagitario poco después y amargamente, comenzaron las despedidas. Los demás fuimos separados, enviados a nuestros respectivos lugares de entrenamiento. Se suponía que saldríamos del Santuario siendo niños y volveríamos siendo Santos Dorados, un rango que escapaba a la comprensión humana común y corriente.

¿Pero qué fue lo que volvió en realidad? Un montón de chicos, mucho más callados y observadores de lo que recordábamos, con un ego muy alto. Y para los que habíamos permanecido en el Santuario, el cambio fue aún más notorio. Confieso que, en silencio, esperaba con ansia volver a ver las sonrisas burlonas en el rostro de Milo, el desafio en aquel que abandonó el Santuario siendo Angelo, y volvió siendo Máscara Mortal o la alegría desbordante de Shura.

Yo miraba al Maestro Shion con timidez, intentando buscar la fuerza para saber por qué aquel cambio, pero nunca me atreví. Solamente deseaba preguntar, gritar. ¡¿Por qué? ¡¿Por qué habíamos llegado a aquel extremo? ¿No podíamos ser Santos siendo una familia? Cuando estábamos solos, nunca usaba su máscara, y era entonces cuando el pesar de su rostro se hacía patente y la tristeza de su voz invadía mis oídos sin piedad. Entonces me resultaba imposible pronunciar palabra alguna, porque cada surco en su piel escondía la tristeza que el lento paso del tiempo iba dejando en él.

Shion nunca dejó de observarnos.

Y cuando comprobé con pesar que la realidad era tan distinta a mis sueños e ilusiones… Comprendí como eran y serían las cosas. O al menos, como yo imaginaba que serían. Bastó una sola mirada a mí alrededor, una mirada a los que no habíamos abandonado el Santuario. Rostros serios, implacables e impenetrables que ni siquiera recordaban lo que era dibujar una sonrisa de verdad, que ni siquiera pestañeaban al segar una vida con un solo movimiento de su mano. Los silencios, cargados de tensión y desconfianza, y las miradas retadoras se convirtieron en rutina. Solamente existía nuestro destino. Nada más importaba ya.

Se nos había demostrado que en la Orden de Athena no existían los hermanos o los amigos, solamente los rivales. Todo se resumía a eso, a la rivalidad. A lo que según yo creo, era la necesidad de imponerse, de demostrarnos a nosotros mismos que todo había merecido la pena y que finalmente, habíamos cumplido de largo con las expectativas.

Y entonces, todo sucedió precipitadamente. Shion pasaba, prácticamente todas sus noches, en Star Hill; escudriñando con interés y preocupación las estrellas, esperando que le advirtieran o le ayudaran a tomar la decisión de su vida. Sin embargo, a juzgar por lo difícil que le resultó decantarse por un sucesor, me temo que los augurios no fueron tan claros como esperaba o al menos como él hubiera deseado. Decantarse por uno u otro, resultaba a todas luces, injusto; ambos eran merecedores de un puesto que se habían ganado.

Pero cuando finalmente tomó la gran decisión… solamente hubo silencio. Nada más. Ni una sola protesta. Un silencio ensordecedor que al menos a mi me sirvió para pensar. Para buscar, incesantemente, un motivo o una diferencia que me ayudara a entender el motivo. Nunca lo encontré.

Sin embargo, nuestros sentidos están tan desarrollados, que podemos –incluso- llegar a percibir las variaciones en el ritmo del corazón. El ritmo de desconfianza sustituyó al ritmo alegre. El aire era tan pesado a nuestro alrededor… que estar en compañía de los demás empezó a resultar incómodo.

Recuerdo como en aquellos días me esforcé de un modo sobrehumano por mejorar mis habilidades. Quería mi armadura, y la quería ya. Aunque solamente era un niño pequeño. Pero la realidad era que sentía que debía apresurarme… porque algo grande sucedería.

Y algo grande sucedió: vuestro nacimiento. Jamás contemplé al Maestro con una expresión como aquella en su rostro. Un gesto que delataba lo completo que se sentía, que mostraba que había logrado todos y cada uno de los objetivos de su larga vida… O al menos eso pensé yo.

Después… Una desaparición, Kanon. Una muerte inesperada, Shion. La sensación agobiante de que un gran cambio se avecinaba y la tensión de no saber que esperar.

Lloré la muerte del Maestro como jamás lloré en mi vida. Sin él, sentí que algo en mi se había esfumado. Me sentí indefenso y solo, perdido sin saber que hacer o como seguir. Era como mi padre, pero también era mi maestro. Con sólo ocho años su ausencia cambio toda la perspectiva que tenía del mundo. Y aunque de algún modo su presencia continuaba sintiéndose en cada lugar del Santuario, me dolía enormemente que nadie hubiera manifestado su dolor externamente.

¿Por qué Aioros no había derramado una sola lágrima? ¿Por qué se había limitado a darme la noticia y revolver mi cabello como siempre solía hacer, con el rostro inalterable y el ceño levemente fruncido? ¿Por qué Saga había desaparecido también? ¿No era suficiente con lo que ya teníamos como para que él también…? ¿Por qué no estaban allí los dos para cuidar de nosotros como había sido hasta hacía no demasiado tiempo? ¿Acaso era porque el Maestro había muerto… y sentían, del mismo modo que yo, que finalmente lo único que nos mantenía unidos y nos hacía sentir amados y protegidos había desaparecido? ¿Ya no merecía la pena intentar recuperar lo que una vez habíamos sido?

"Llora. Ahora duele, pero dejará de hacerlo y recordaras al Maestro con una sonrisa."

Todavía puedo escuchar en mi mente cada matiz en la voz extrañamente vacía de Aioros pronunciando aquellas palabras en un intento vano por consolarme. Y a decir verdad, ahora no le envidio. Yo solamente estaba perdido en el dolor, como niño que era. Y él… sin ser mucho mayor, se había quedado totalmente solo para enfrentar una situación insostenible. Porque Saga, su eterno apoyo, tampoco estaba allí, y sorprendentemente, el arquero parecía no tener la menor idea del motivo.

Entonces se anunció el cambio de planes. Arles tomó el poder y definitivamente, el Santuario se convirtió en un lugar nuevo. Nada quedaba allí que recordara al pasado. Unos iban, y otros venían. Las armaduras encontraban nuevo dueño cada día y aparentemente, la Orden empezaba a estar más completa de lo que nosotros habíamos conocido nunca.

Nadie hacia preguntas.

Si me preguntáis por el día en que me sentí más solo de toda mi vida, os diría que fue el día en que vestí a Aries por primera vez. Hubiera deseado con todas mis fuerzas que el Maestro estuviera allí para verlo, para sentirse orgulloso y sonreír como antes hizo con otros. Para darme su bendición… Eso, desafortunadamente, nunca pasó.

Pasé largas horas sosteniendo el casco en mis manos, con la mirada perdida desde la escalinata de la Primera Casa. Preguntándome si en algún lugar del firmamento Shion me contemplaba, preguntándome qué pensaba de todo aquello. Aquel era mi hogar y debía morir protegiéndolo… Pero aquellos escalofríos que recorrían mi espalda cada vez que alzaba el rostro y contemplaba en la lejanía la silueta del Templo Papal, lograron que me comenzara a preguntar muchas cosas a las que nadie parecía haber prestado atención.

¿Por qué aquel cosmos inmenso y sobrecogedor que emanaba del Templo se sentía tan diferente y tan superior al del viejo Arles? ¿Por qué un hombre que había impuesto la ley marcial en el Santuario había sido durante toda una vida la mano derecha de la bondad personificada? ¿Por qué…?

Y de pronto, la bomba estalló en el Santuario. Aioros fue calificado de traidor, fue cazado y asesinado. Acusado de algo que jamás haría por voluntad propia, y lo más triste de todo, es que quedó demostrado lo manejable y voluble que es la voluntad del hombre. Todos creímos aquellas palabras en algún momento. Las pruebas eran claras… y Shura jamás hubiera levantado la mano contra él sino tuviera un buen motivo.

De pronto me ahogué. Me ahogué en mis propios pensamientos y dudas, en todas las preguntas que tenía que quedarían sin respuesta… Había olvidado hasta la misma voz de mi Maestro. Y me marché. Fue lo único que acerté a hacer. Irme a mi verdadero hogar, a Jamir, donde una bocanada de aire fresco te hace sentir en una dimensión paralela. Necesitaba claridad, alejarme del horizonte de Grecia y pensar.

Poco después Kiki entró en mi vida. Apenas sabía hablar. Pero rodearme de su inocencia y ganas de vivir, de sus ilusiones… me hizo recordar todo aquello que habíamos aprendido alguna vez, la voz que creía perdida para siempre, las sonrisas… Comprendí que así fuimos nosotros; que Shion nos había educado, pero que Arles había estado a su lado y jamás había demostrado ser cruel.

Entonces la realidad se presentó ante mí con absoluta claridad. No había una sola duda. Quien gobernaba no era Arles. O al menos, no el viejo Arles al que todos conocíamos. Su poder no se comparaba con el de aquel que se sentaba en el trono. No era tan oscuro o aterrador… no emanaba de él aquella sed de sangre insaciable. El verdadero Arles hubiera sido incapaz de dejar aquella duda tan sutil, o aquel temor en mi corazón, que aún en Jamir se estremecía ante los cambios en aquel cosmos lejano.

No volví en años. Me aislé en mi pequeño paraíso, concentrándome en ser tan buen Maestro y hermano mayor como otros habían sido para mí. Por un tiempo, estuve seguro de que jamás volvería a pisar Grecia. Hasta que la realidad, una vez más, me sacudió en la cara.

Llegó hasta mí un niño que desesperadamente decía luchar por vos, que había superado todas las trabas que el camino le había puesto… Tal y como nosotros hicimos en su día. Me maldije a mí mismo, porque aunque había dudado del Patriarca, jamás hubiera creído que vos no estabais en el Santuario…

Me maldije, porque de pronto me pareció algo tan evidentemente que me parecía imposible no haberme dado cuenta de ello antes. Me parecía imposible que ninguno lo hubiéramos hecho… Que todos permanecieran en Grecia, salvo el viejo Maestro, para mí fue siempre un indicativo de que ellos habían visto algo en el Santuario que merecía la pena ser protegido. Yo… lo olvidé.

Todos ellos no podían estar equivocados con respecto a vos… ¿O sí?

Después de reparar aquellas armaduras, los recuerdos comenzaron a llegar a mi mente. De alguna manera, Shiryu había hecho que recordara de golpe todo lo que había olvidado de nosotros. De cómo éramos… y cómo soñábamos ser.

Irónicamente, me vi de nuevo bajo las enormes columnas de Aries. Contemplando el horizonte, esperando a que finalmente las piezas se movieran. Vos… herida de muerte, y ellos, una vez más… sorprendiéndome con aquella capacidad de superar todo lo que se les pusiera delante. No eran más que Santos de Bronce, y sin embargo, no les intimidaba en lo absoluto la idea de enfrentarse a nueve Caballeros de Oro. No tenían miedo a morir por aquello que creían justo.

Al fin llegó el momento que yo tanto había esperado… Os vi. Tendida en el suelo, ensangrentada y pálida. Vulnerable y débil. Nada parecido a la imagen de una diosa que mi mente se había construido, pero no por ello desconfié. Solo necesité veros un segundo para reafirmar mi creencia de que erais vos. La razón de nuestra existencia y de nuestra muerte: el cenit de nuestras vidas.

Ni Kiki ni yo dejamos vuestro lado un solo momento, confiando ciegamente en aquellos niños que a mí me resultaban desconocidos, pero que para él… parecían ser hermanos. En silencio, recé porque mis propios compañeros fallaran. Desee con todas mis fuerzas que los chicos de Bronce atravesaran las Doce Casas con vida, y que al menos tuvieran la oportunidad de luchar por la vuestra. Sabía de sobra que aquellos deseos chocaban con todo lo que me habían enseñado de niño. Éramos camaradas, hermanos de armas, cada cual velaba no solo por si mismo… sino por los demás también.

O al menos, aquella era la teoría.

Doce infinitas horas cargadas de nervios y ansiedad. Me resultaba imposible dejar de mirar alternativamente de Meridia a los Doce Templos. No podía dejar de plantearme la titánica misión que los chicos habían comenzado sin que nadie los guiara. ¿Derrotar a todos los Santos de Oro? Era algo, simplemente, impensable. Pero primero llegó Tauro y supe que el buen Aldebarán había hecho lo mismo que yo, ayudarles. Sorprendentemente, Géminis cobró vida por un momento. Luego llegó Cáncer, Leo, Virgo… Cada Templo, con guardián o no, presentó batalla y al final, todos parecieron claudicar un de modo u otro.

Muchos buscando redención, otros intentando proteger a seres queridos…

¡Era tan extraño! Allí abajo, a los pies de mi Templo, me resultaba imposible de imaginar los motivos que llevaban a todos mis compañeros a luchar y morir, cuando solamente bastaba con aceptar la verdad, aceptar que nos habíamos equivocado. Pero esa, no es una tarea nada fácil para un Santo Dorado…

No hace falta decir que me sentí sobrecogido al sentir el terrible cosmos del Patriarca estallar de furia. Siempre me había parecido inmenso, pero me di cuenta de que de algún modo, había permanecido en un largo letargo de trece años, que en aquel momento había llegado a su fin.

Milagrosamente, Seiya logró lo imposible. Vos despertasteis con una enorme sonrisa y una cálida luz inundó entonces mi alma. Me sentí… completo. Sentía que hacía lo correcto tomando vuestra mano y sirviéndoos de apoyo a lo largo del tortuoso camino hasta el Templo Papal.

Pero a pesar de ello, no estaba preparado para todo lo que mis ojos vieron. Armaduras de Oro milenarias hechas añicos, sangre por todas partes, y los cuerpos sin vida de mis hermanos… Me forcé a ahogar las lágrimas y alzar el rostro. Todo aquello tenía que estar sucediendo por una razón, y siendo sincero, jamás encontré otra que no fuera nuestra propia estupidez.

Si no hubiéramos sido tan ciegos… Ninguno de nosotros hubiera tenido que pasar por aquello. No hubiéramos luchado en contra de lo que juramos proteger. Nadie hubiera muerto inútilmente… Nadie. Ni siquiera él

Ver el rostro de Saga portando su armadura por última vez, nos sobrecogió. A todos, pude sentirlo, pude notar el cambio en nuestros cosmos, nuestro pulso acelerado y las lágrimas de impotencia cuando quiso morir. Porque no había nada más que Saga deseara en aquel momento. Hacía demasiado tiempo que nadie sabía de él. Prácticamente había sido olvidado, se había convertido en una leyenda. Pero la leyenda vivía… si es que a aquellos trece años se les podía llamar así.

Tristemente, debo decir que su muerte sirvió de mucho. No solo porque con ella la amenaza de Ares se esfumara, sino porque de algún modo, aquello nos había unido finalmente en lo que siempre debimos ser.

Ya no había objetivos divididos, sólo estabais vos, y el recuerdo de los que se habían ido. Solamente nos quedaba un único propósito por cumplir: darlo todo por salvar al mundo de la última amenaza que debíamos enfrentar en nuestra era. Debíamos sobrevivir, del modo que fuera, hasta aquel momento. Incluso manteniéndonos al margen de otra gran batalla.

Poseidon.

Kanon.

A decir verdad, cuando ese episodio terminó, preferí no haber ido. Preferí no haber visto su rostro desdibujado por la ira y el odio que sentía hacia todo y todos. Solamente deseaba mantener el recuerdo de su sonrisa burlona antes de desaparecer, de su mirada desafiante. ¡Y cuando volví a verle todo en él era tan diferente! Nunca antes me había resultado tan igual a su hermano, la misma expresión tranquila y fría, segura de sí misma y en paz con el mundo. ¡Me alegré tanto!

Sin embargo, la alegría no podía durar mucho. Algo en el aire estaba cambiando, las estrellas lucían mucho más apagadas… y finalmente, la gran amenaza despertó de entre las sombras. Hades se había puesto en marcha y su plan había sido ideado para dar un golpe a lo más profundo de la Orden y romper lo poco que quedaba de ella.

Cuando los vi, a todos, embestidos con aquellas armaduras negras, desee llorar. Gritar ¡¿Por qué? ¡¿Por qué los dioses se empeñaban en hacernos tanto daño? ¿Qué habíamos hecho para merecer tal castigo? Condenados eternamente a enfrentarnos a quienes amábamos…

Todos me resultaron imponentes. A excepción de Máscara Mortal y Afrodita, los demás parecían estar tan seguros y convencidos de lo que hacían que parecía imposible que existiera poder humano capaz de detenerlos. Pero entonces, todo sucedió demasiado rápido…

Mi mente no dejaba de preguntarse el por qué. Hasta que vislumbre las lágrimas de sangre, hasta que pude distinguir aquella tristeza abrumadora mezclada con sus cosmos magníficos. Hasta que… lo escuché a él.

Saber al Maestro Shion entre los traidores hizo que los cimientos de mi mundo temblaran. Si él estaba en el otro bando… tenía que haber un gran motivo. Uno muy bueno. Su voz penetró hasta lo más hondo de mi cerebro y mi corazón, y cuando finalmente se despojó de aquella capa que lo cubría, todo se paralizó. Tanto tiempo había esperado volver a ver sus ojos rosados una vez más… Pero aquello no era lo que yo había esperado del momento.

Ya no había calidez en aquella mirada, solamente había frialdad.

Entonces, no acerté a mover un solo dedo, un solo músculo. Únicamente un intento torpe e inútil por detener a Saga, Shura y Camus.

Sólo para sentirme humillado ante su majestuosidad… sentirme tan pequeño e indefenso como un niño desamparado.

No pude hacer más que verlos marchar y seguirlos tiempo después, con la única esperanza de detener aquella locura que se había iniciado, pues sus palabras se repetían una y otra vez en mi mente provocándome escalofríos. "Venimos por la cabeza de Athena" Y verdaderamente, estaban dispuestos a todo.

Aterrado, sentí el duelo entre los hermanos gemelos. Enmudecí ante el desbordante poder de cada ataque que emanaba de Géminis hasta el Templo Papal, y después de Cáncer a Virgo. Shaka parecía tan dispuesto a todo como ellos mismos y el sentimiento de que algo malo iba a pasar que percibía desde hacía días, no hacía más que afianzarse con más fuerza en mi pecho. Sentía que debía apresurarme, que debía hacer algo más de lo que mi mente lograba discurrir.

Llegué tarde, justo cuando el cosmos de Shaka se esfumaba en la nada. Uno más había muerto y yo no pude hacer nada. La puerta se abrió. Y aunque los tres estaban más muertos que vivos, aún resultaban más imponentes que antes. Privados de sus sentidos caminaban a paso firme, sabiéndose totalmente rodeados.

Ninguno agachó la mirada, cegada o no, un solo instante. Era la clara muestra de su desafío, de su orgullo… posiblemente lo único que les quedaba. Sus rostros magullados, estaban marcados por las lágrimas que sorprendentemente se habían permitido derramar, y antes de darme cuenta, me encontré devolviendo la provocación con toda mi ira a aquellos enigmáticos ojos verdes que me miraban sin pestañear si quiera. Nunca sabré como hizo Saga para verse tan absolutamente fuerte y entero, pero en aquel momento no me importaba. En aquel momento, le odie de verdad. Desee venganza. Él lo supo. Porque apenas una descarga de nuestro cosmos alrededor de aquel rosario sirvió como muestra de ello. Él sonrió, apenas perceptiblemente, pero noté el gesto cargado de cinismo y dolor.

Pero yo no deseaba venganza sólo por la muerte de Shaka. La deseaba por todo: porque ellos no habían sido capaces de resistir ante Hades, porque yo no había sido capaz de detenerlos y porque ninguno de nosotros había podido salvar la vida de nuestros compañeros.

Yo no había podido.

No supe cuanto tiempo había pasado. Las dos Exclamaciones de Athena habían iluminado el cielo como en un día de verano y me sentía aturdido. Todo alrededor estaba destrozado e irreconocible. No había rastro de los chicos de bronce… Y entonces, vuestra voz.

Tan dulce y tranquila como un tintineo… como una risa infantil. Instantáneamente, cada musculo de mi cuerpo se relajó. Lo que pedisteis, al igual que a Milo y Aioria, me pareció una locura. Pero entonces algo encajó en mi mente. ¿Sería posible que ellos solamente estuvieran intentando… ayudar? ¿Cómo demonios habían urdido un plan tan...? ¿Suicida?

Mientras nos acercábamos a vuestro templo, cargando con ellos en silencio, y escuchando sus jadeos entrecortados mientras luchaban por conseguir solamente una brizna de aire que los mantuviera vivos un poco más… Todo empezó a encajar en mi mente. Ninguno de ellos tenía nada que perder, pero el mundo tenía mucho que ganar si su locura salía bien.

Y… salió bien. No podía ser de otro modo. No puedo evitar que mis ojos se empañen al recordar todo aquello. Porque recuerdo vuestra muerte tan claramente, que creo que jamás podré hacer a un lado esa imagen. Recuerdo los gritos y las lágrimas, los reproches que nos echamos en cara en un momento como aquel.

No me importó morir, mi señora. Como otros hicieron antes, me sentí liberado. Me sentí completo. Supe que aquel era mi momento, teníamos que brindar nuestra última ayuda a Seiya y los demás y servir de respaldo a los otros tres. Cerré los ojos por última vez, envuelto en el humo pestilente del Castillo y me sentí desbordado de paz. Creí que todo había terminado. Que todo quedaba ya en manos del destino, de los chicos de Bronce y en la redención de Kanon. Estaba seguro de que lo lograrían.

Y de pronto, cuando creí que todo había terminado, el gran Muro de los Lamentos se alzaba no solo ante mí, sino ante todos. Una vez más, me vi obligado a ahogar las lágrimas cuando las almas de todos aparecieron ante mí. Las armaduras brillaban de un modo especial, y los rostros de todos y cada uno estaban tranquilos, relajados… sonrientes. Aquel era el momento de nuestra vida. Queríamos hacer una última cosa por los chicos antes de morir.

Pero internamente, todos sabíamos que estábamos haciendo que Shion, nuestro Padre, se sintiera orgulloso allá donde su alma estuviera. Porque al final, aquello era lo que él siempre había deseado.

Todos juntos. Por nuestro destino. Sin rencores, sin odios. Los Santos Dorados de Athena.

Tardé un tiempo en comprender a que se refería Kiki cuando decía que la gente hablaba. Hubo a algunos a los que calificaron sin ningún remordimiento de traidores. Ahora me doy cuenta, que de algún modo, todos nosotros lo fuimos. Nos traicionamos a nosotros mismos, a los lazos que alguna vez nos unieron… A nuestros propios principios.

Pero al final, somos todos, en nuestros corazones, la suma de nuestros miedos. No hay diferencias entre unos y otros. Para abrazar nuestro destino debemos inevitablemente enfrentar nuestros temores. Y superarlos. Ya sea que vengan de lo familiar… o de lo desconocido. La triste verdad del hombre es que no puede escoger su triunfo. Solo puede escoger como se comportará cuando el destino llame a su puerta, con la esperanza de que tendrá el valor de abrirla.

Creo que todos nosotros hemos enfrentado ese momento. Y hemos ganado.

Siempre soñamos con la esperanza, y con el cambio, la gloria, el amor, la muerte… Hasta que al final, sucedió: el sueño se hizo realidad. Y la respuesta a esa búsqueda que fue nuestra vida, a esa necesidad de resolver los misterios de la vida, por fin se hizo visible. Como la luz deslumbrante de un nuevo amanecer.

Tanto luchar por un significado, por un propósito, y al final descubrimos que todo eso reside en nuestro interior. En nuestra experiencia compartida de lo fantástico y lo mundano. En la simple necesidad humana de buscar un alma gemela, de conectar… y de saber en el fondo de nuestro corazón que no estamos solos.

Soy afortunado, mi Señora Athena. Yo no tengo un alma gemela. Tengo doce.

La capacidad de recordar es lo que distingue al hombre de las demás especies. Somos la única especie que se preocupa y se aferra al pasado. Nuestros recuerdos nos otorgan voz y son testigos de la historia para que otros puedan aprender. Para que puedan celebrar nuestros triunfos y evitar nuestros fracasos.

Vedlo así. Gracias a nosotros, los que vengan… serán aún mejores y conseguirán cosas aún más grandes. Ya no hay nada por lo que debamos torturarnos… nada que echarnos en cara.

Somos Santos de Athena, y no hay nada, presente, pasado, futuro, dios u hombre… capaz de doblegar la voluntad de un Caballero de Oro.

Mu de Aries

-X-

NdA: Bueno, voy a ahorrarme la pregunta de cuantos meses fueron esta vez porque… LO SIENTO MUCHO! No tengo vergüenza. T.T *Damis llora amargamente en un rincón*. Debo decir que escribir este fic no es fácil, porque todos relatan la misma historia y en total son catorce puntos de vista diferentes que incluyen personajes que no me resultan en absoluto atractivos, incluido Mu… Pero… ¿Qué se le va a hacer?

Varios de vosotros me seguís en mi otro fic, La última esperanza, así imagino que os hayáis enterado que además de la dificultad que me supone este fic… pase por una crisis existencial e inspiracional, y una etapa de problemas de salud. Parece que la cosa va mejorando poco a poco… así que… logré atreverme con Mu y ¡aquí lo tenéis! Espero que haya sido de vuestro agrado.

¡Un saludito! Besos, abrazos, felicitaciones, insultos, quejas, reclamaciones y agresiones, en el botón de Review. ¡Gracias!

La Dama de las Estrellas