Capítulo 6: Camus de Acuario
Querida princesa:
Debéis saber, ante todo, lo difícil que es para mí este cometido que se nos ha otorgado. No soy un hombre de muchas palabras, nunca lo fui y me temo que nunca lo seré. Puede que muchos lo tomen como simple antipatía o como una muestra más de arrogancia y frialdad. Seguramente, todo el mundo tenga su parte de razón. Soy de esos que piensan que con un par de palabras en el momento adecuado… es suficiente, aunque en muchas ocasiones posiblemente esté equivocado.
¿Por qué empezar de esta manera una carta…? ¿Una confesión acerca de mi existencia?
En realidad, supongo que siento lo mismo que todos los demás. Confusión, inseguridad… miedo ante todo lo que hemos sido capaces de vivir y superar pero que nos resulta imposible de describir con palabras. Y es que, sinceramente, no hay modo posible de poder expresar todas las emociones, todos los acontecimientos y todo el dolor que ha marcado nuestras vidas desde que tenemos memoria.
Soy consciente de que, hace mucho tiempo, no fui más que un niño que se levantaba demasiado temprano por las mañanas, sin saber hablar muy bien y con un caminar aún ligeramente torpe. Solía aferrarme al marco de una ventana de madera, observando embelesado la inalterable y esplendorosa figura de la Torre Eiffel en el horizonte lejano de París. Repetía aquel ritual todas las mañanas, pues aunque adoraba el modo en que el perezoso sol del amanecer se reflejaba en la escultura de hierro, era el único momento del día en que podía contemplar sonrisas sinceras en unos padres a los que adoraba. Siempre esperaba allí, anhelante, por aquel beso en mi frente que indicaba que un nuevo y agotador día comenzaba.
Ha pasado mucho tiempo desde aquello. Tanto, que ni siquiera soy capaz de ponerle un rostro a aquellas sonrisas. Ni siquiera sé donde se encuentra aquella ventana que se presentaba ante mí, cada día, como la puerta que conducía a mi personal mundo de fantasía. Solamente sé que un día todo aquello acabo. Ya no había más sonrisas, ni besos de buenos días. La Torre Eiffel dejó de presidir mi horizonte y el bullicio de las calles de París se esfumó antes de que me pudiera dar cuenta siquiera. Nunca más volví. Aferrado a la mano de un desconocido, me vi forzado a partir entre lágrimas. Lloré, grité y pataleé, pero nada de aquello sirvió. La imagen de mis padres se fue disolviendo en la lejanía mientras miraban inmóviles como me alejaba para nunca más volver.
Un panorama bien diferente se dibujó ante mí horas después. Había dejado atrás la gran ciudad, y al frente, no había más que ruinas y escombros de lo que alguna vez habían sido los hermosos palacios de valerosos héroes.
Durante mucho tiempo, me pregunté en silencio qué era aquello que había hecho mal para que mis padres me hubieran dejado marchar. Culpe a aquella rara habilidad que tenía para enfriar las cosas que tocaba y por un tiempo lo maldije. A como yo lo veía, el Santuario no era para mí más que una cárcel, un castigo por no haber sido el hijo que una familia normal y humilde había deseado. Era cierto que vivía en un lugar mucho más grande, más bonito y más lujoso. Pero en mi horizonte, ya no estaba más aquella Torre y por la mañana ya nadie me despedía con un beso. Aquellas muestras de cariño se esfumaron hasta que, con el tiempo, dejé de extrañarlas.
La multitud de gente que iba y venía a mí alrededor me miraba con cierta desconfianza plasmada en el rostro, como si fuera un bicho raro ligeramente peligroso. Me hablaban y hablaban, pero yo ni siquiera hacía el esfuerzo por contestarles. Muchos pensaban que, tristemente, aún no había aprendido a hablar griego y que aquel era el motivo de mi eterno silencio. Sin embargo, estaban equivocados. Mi maestro sabía de sobra que dominaba aquel idioma, no sin alguna que otra dificultad; del mismo modo que sabía que si no hablaba… era porque no quería.
Aunque nunca se lo dije, aquellas breves conversaciones en francés que manteníamos por las noches, significaron mucho para mí. Era como volver a sentirme en casa por unos minutos. Era un buen hombre que se esmeró mucho por enseñarme todo lo que sabía. No solamente sobre la vida que me había tocado vivir, si no sobre todos aquellos pensamientos que jamás me había atrevido a pronunciar pero que él sabía estaban ahí. De alguna manera, consiguió que el recuerdo de la Torre Eiffel se viera opacado por el resplandor inmaculado de la gran estatua que os representa en lo más alto de las Doce Casas.
Uno de los muchos días en que sus ocupaciones le impidieron seguir con nuestro entrenamiento habitual, terminé sentado a los pies de la estatua. Recuerdo que el sol brillaba tanto, que tenía que concentrarme en mantener los ojos semiabiertos para no perderme detalle de aquella figura blanca que, de pronto, me había fascinado.
No me pasaron desapercibidos los pasos apresurados acompañados de una risa traviesa –que rápidamente aprendí a identificar entre la multitud- que se acercaban en mi dirección. Aunque no les presté demasiada atención, noté el preciso instante en que se detuvieron a un par de metros de mí. Sentí como la mirada curiosa del extraño viajaba alternativamente de mí a la estatua, y finalmente lo miré de soslayo sin pronunciar palabra alguna. Imagino que lo notó, porque casi inmediatamente y sin que nadie le hubiera invitado a hacer tal cosa, se sentó a mi lado. Estiró las piernas y se apoyó sobre las palmas de sus manos, dejando caer la cabeza hacia atrás y, probablemente, buscando aquello que yo miraba con tal fascinación y curiosidad.
No dije una sola palabra e intenté hacer como si no estuviera. Fallé miserablemente en el intento porque, una y otra vez, mis ojos lo miraban de reojo en contra de mi voluntad, intentando averiguar qué era lo que podía encontrar de divertido aquel niño desconocido en hacer compañía a alguien como yo. Sin embargo, antes de que mis pensamientos llegaran más lejos, su voz me cogió desprevenido y, finalmente, volteé a verlo directamente.
-¿Por qué hablas tan raro?
Arqueé las cejas sorprendido ante tal pregunta y, sobre todo, por el hecho de que el extraño supiera cómo era mi voz. Yo ni siquiera tenía la certeza de haber pronunciado palabra alguna antes cerca de él. Lo miré a los ojos, y parpadeé un par de veces.
-No hablo raro. –murmuré, sorprendiéndome a mí mismo. El mocoso sonrió de oreja a oreja, e inflando el pecho orgulloso, continuó.
-¡Jah! ¡Sabía que no eras mudo! –Se puso de pie de un salto y siguió mirándome.- Pero si, hablas raro. –Fruncí el ceño, molesto.
-No hablo raro. –Él asintió. Yo negué. Y así nos embarcamos en la primera de las muchas discusiones estúpidas que tendríamos a lo largo de nuestra vida.
-Pronuncias raro. –Probablemente mascullé un par de palabras en francés debido a su insistencia y a que en el fondo, sabía de sobra lo extraña que se oía mi voz en otro idioma que no fuera el mío.- ¡Pero no pasa nada! Cuando era pequeño, yo también lo hacía.
Me quedé callado una vez más, observándolo completamente serio. Era, con toda seguridad, más bajito que yo en aquella época. Su cabello azulado y desordenado no ayudaba en nada a disimular la expresión pícara y traviesa que se dibujaba en su rostro. No tenía la menor idea de por qué aquel mocoso molesto había terminado con mi voluntad de guardar silencio en Grecia, pero debía admitir que era un niño de lo más curioso.
-¿Cuándo eras pequeño? –Asintió enérgicamente ante mi expresión incrédula. Era pequeño. Lo mirases del modo en que lo mirases, lo era.- ¿Ahora ya no lo eres?
-¡Por supuesto que no! –Se cruzó de brazos y su semblante adquirió la expresión de molestia más graciosa que vi en toda mi vida.- Ya casi tengo cuatro años.
-Eres pequeño. –Dije encogiéndome de hombros y sonriendo internamente, después de unos segundos de reflexión. No supe por qué, pero tenía la impresión que con aquel par de palabras, podría molestarlo eternamente.
-¡No lo soy!
-Yo ya tengo cuatro. –Contesté orgulloso, él entreabrió los labios dispuesto a decir algo, pero me adelante.- Además, no hablo raro. Es solo que soy francés. –Me miró en silencio por unos segundos, probablemente, preguntándose qué significaba aquello de todos modos. Finalmente, se encogió de hombros como si le quitara importancia a los detalles.
-Yo soy Milo. ¿Cómo te llamas? –preguntó de pronto.
Con aquella conversación, descubrí que no todo en Grecia era tan malo, ni tan extraño. Me di cuenta de que no todo tenía por qué ser difícil o doloroso. Y lo mejor era que, de alguna manera, había hecho un amigo sin siquiera proponérmelo. La casualidad hizo que yo me cruzase en su camino, y que él, siendo como es; encontrase imposible dejar pasar la oportunidad de conocer al nuevo chico raro. El resto del mundo se había mantenido lejos, a una distancia prudencial de un chiquillo que siempre estaba serio y que rara vez abandonaba la seguridad de su templo o pronunciaba palabra alguna.
Milo, con su manera de ser tan especial, había logrado llamar mi atención. Nunca antes había conocido a alguien tan alborotador, tan inquieto y a quien resultara tan complicado guardar silencio incluso en los momentos más inoportunos. Desde aquel primer encuentro, el irritante escorpión se había propuesto eliminar el acento de mi voz, o al menos, eso decía él.
La cuestión era que, desde entonces, siempre encontraba un pretexto para correr hasta Acuario cuando tenía oportunidad. Al principio me resultaba de lo más molesto, pues yo no había mostrado siquiera una señal de que me gustara su presencia allí. Su continuó alboroto rompía mi tranquilidad en mil pedazos. Pero en aquellos tiempos difíciles, su compañía había llegado a ser un bálsamo que no alcancé a valorar en su justa medida hasta que pasaron los años.
Precisamente con el tiempo, descubrí que echaba en falta su constante parloteo cuando no estaba. No tengo la menor idea de cómo pero, de algún modo, aquellos ojos celestes siempre encontraban la manera de hacer que me sintiera un poco más en casa. Era como el hermano revoltoso que nunca tuve.
Al principio, venía solo, como si supiera de mis inquietudes respecto al Santuario y todo el que vivía en él: respetando, en la medida en que le era posible, mi timidez. Después, cuando cogió más confianza, se atrevió a traer consigo a Aioria y no tardé en darme cuenta de que aquellos dos juntos eran sinónimos de desastre, pero sorprendentemente su compañía me resultaba agradable y divertida.
¡No había modo posible en que pudiera dejar que el bicho, que ya casi tenía cuatro años, andará solo por ahí poniendo patas arriba el Santuario!
Como veis, la pregunta que todos se han hecho alguna vez, sigue sin respuesta. ¿Cómo es posible que alguien como él y alguien como yo termináramos siendo tan cercanos? Ni yo mismo lo sé, porque podía haber sido cualquier otro, pero fue Milo quién de alguna manera me enseñó, sin proponérselo, que el mundo siempre tiene algo bonito que contemplar incluso en el día más oscuro… Siempre hay algo por lo que merece la pena reír. Entre mis largos silencios y su incesante palabrería aprendimos a descifrar el significado de cada pestañeo o gesto en el rostro del otro, por insignificante que fuera. Nunca había silencios incómodos cuando una mirada era suficiente y la presencia cercana del otro, se había convertido en el único sostén que necesitábamos para seguir adelante.
Después de aquello, el tiempo pasó rápido. Descubrí que era mucho más divertido vivir el día a día teniendo alguien con quien compartir las aventuras después, aunque la mayor parte de ellas no fueran mías y casi siempre, me viera metido en problemas.
No importaba. Ya no pensaba en París. Ya no pensaba en aquella familia que me dejó ir, y que probablemente hiciese lo correcto después de todo. Pensaba en la nueva familia que me había acogido, en lo diferentes que éramos todos y en lo bien que se sentía no tener que fingir con ninguno de ellos. Porque a pesar de que todos éramos muy distintos, me di cuenta de que cada uno tenía su propio "Milo" escondido tras el rostro de alguno de los Doce, aunque no lo demostrásemos. Todos teníamos nuestros malos ratos y siempre había alguien que parecía aliviarlos.
Poco a poco, comencé a darme cuenta de lo especial que era aquella complicidad que unos y otros dejaban ver con pequeños detalles, con sonrisas disimuladas y guiños que solo unos pocos sabían descifrar. Era curioso entender que, a pesar de que el mayor de nosotros nos sacara siete años, y el menor fuera un completo desastre… estábamos unidos, a nuestra manera.
Pero supongo que el momento en que la mayoría abandonamos el Santuario, fue trágico para todos. La mayor parte de los que se quedaban deseaban irse, y los que se iban… deseaban quedarse. Aquellos años nos cambiaron. El hueco que habían dejado los demás hacía que los entrenamientos fueran mucho más efectivos, pero también había logrado que la poca inocencia que habíamos conseguido conservar en el Santuario, entre travesura y travesura, se esfumara poco a poco.
¿Ocho? ¿Diez? ¿Doce años?
No tengo la menor idea de cuando sucedió, pero de pronto, un día comprendí que ya no éramos más los niños que alborotaban el Santuario bajo miradas recelosas. Éramos Santos Dorados, o casi. Habíamos comprobado en nuestra propia piel lo cruel que era la vida que nos había tocado vivir, pero también sabíamos que aquello nunca mejoraría. Creceríamos, nos haríamos más fuertes y respetables, pero no sufriríamos menos: viviríamos a la espera de nuestro glorioso final.
Aquello no hubiera sido tan fácil de aceptar de no ser por la manera en que nos habían enseñado a apreciar nuestro orgullo: lo único que podía mantenernos en pie en nuestra soledad. Mi carácter se acentuó, e imagino que también el de los demás. Volví de Siberia sabiendo mi lugar en el mundo: más allá de los mortales, a solo un paso de los dioses. Era mucho más reservado, amargo; y quizá mantuve una distancia con los demás que antes no había.
¿Pero existía otra opción?
Nosotros fuimos espectadores mudos de la mayor parte del entrenamiento de Aioros y los gemelos, o al menos de la parte más decisiva. Observamos con ojos desorbitados como nunca se habían rendido, a pesar de la rabia y del dolor; llegando a derribar muros que nosotros ya no tendríamos que sortear. Probablemente, al ser los primeros, las cosas les habían resultado mucho más complicadas y dolorosas. Pero lo que ellos vivieron fue, simplemente, diferente: peleaban por una armadura con la que soñaban y por el reconocimiento de aquel al que todos admiraban. Porque, quizá, Shion les exigía demasiado, pero al final, siempre había una sonrisa que mostraba lo orgulloso que estaba de ellos.
Nosotros nunca tuvimos eso. Alcanzamos nuestro destino porque era lo que se esperaba, pero nunca hubo felicitaciones ni gritos de júbilo. De pronto, aquel Santuario dejó de ser el mismo que abandoné hacia años. Había cambiado y parecía que todos lo habíamos aceptado sin protestar ni darle mayor importancia. Nos adaptamos al nuevo entorno sin preocuparnos, sin sospechar… centrándonos en nuestras nuevas vidas que nos trataban, a la mayoría, tan bien.
Afortunadamente, a pesar de todo aquel tiempo que había pasado y de todos los cambios, me sentí aliviado al descubrir que Milo había sido el único que no había cambiado un ápice. Un poco más fanfarrón y fantasma, pero tan auténtico como yo le recordaba. Quizá era una manera de consolarme porque sabía que yo había terminando siendo poco más que un tempano de hielo. No lo sé.
Y luego, llegó Siberia una vez más. Admito que me sentí halagado porque me otorgaran, precisamente a mí de entre todos mis compañeros, la responsabilidad que suponía tener dos aprendices tan pequeños.
Con Hyoga e Isaak llegó el verdadero cambio a mi vida. Supongo que saberme como lo único que tenían aquellos dos niños indefensos me hizo madurar un poco más. Me olvidé por un tiempo de mis compañeros, de mis amigos… de todas las intrigas que parecían desarrollarse en el Santuario y de todas aquellas cosas que antes servían de distracción, para enfocarme únicamente en ellos: en cuidarles y educarles del mejor modo posible… hacer de los dos santos respetables. Eran chicos formidables, pero completamente distintos. De alguna manera, me recordaban a Milo y a mí cuando teníamos su edad. Uno siempre alborotando, y el otro, con su eterna expresión tímida y casi triste.
Al principio me sentí sobrepasado. No tenía la menor idea de cómo enfrentarme a aquel reto y, más que nunca, extrañé la facilidad que tenía Milo entablar conversación con quien fuera: niño o adulto, sin importar su rango o condición. La cuestión era que aquellos dos pares de ojos me miraban con infinita devoción y en la mayor parte de las ocasiones yo no tenía la menor idea de que debía decirles. Sorprendentemente, aquello no les hizo desistir. Seguían esforzándose al máximo con cada tarea que les era encomendada, por pequeña que fuera, y me observaban en silencio, esperando mi reacción ante sus logros.
Las palabras generalmente suenan demasiado frías e impersonales si salen de mis labios, ellos lo sabían. Pero a pesar de eso, valoraban cada una de ellas y las guardaban como un tesoro. Aprendí que me resultaba más sencillo recompensar sus éxitos con minúsculas sonrisas y comprendí a su vez lo mucho que extrañaba aquel gesto cálido entre los míos. Aunque yo no nunca hubiera sido muy dado a mostrarlo en público.
Parecía que había sido ayer el día en que llegué, totalmente asustado, a aquella cabaña que sería nuestro hogar en medio de la estepa siberiana. Sin embargo, el tiempo había pasado. Isaak y Hyoga crecieron tan rápido que ni siquiera me di cuenta. Estaba orgulloso de la amistad que había surgido entre ellos y de aquella competencia que tenían por conseguir la armadura del Cisne. Quizá por eso no vi venir lo inevitable.
Debí haber estado más atento y comprender que era aquello que pasaba por la mente de Hyoga, que era lo que lo atenazaba… Nadie mejor que yo podía haberlo comprendido porque fui, de alguna manera, como él. Su vida había sido muy dura, como la de todos; jamás lo puse en duda. Pero debí darme cuenta de lo diferentes que eran las necesidades de uno y otro mucho antes. Cuando entendí el lastre que resultaba para él el recuerdo de su madre… habíamos perdido a Isaak.
Probablemente aquella fuera la perdida más dolorosa que sufrí en toda mi vida, que aún hoy, conociendo el destino que le esperaba lejos de vuestra protección, duele enormemente. Debí haber estado ahí para evitar aquel desastre y debí haber sido la mano que sujetara a Isaak antes de perderse en aquellas aguas heladas.
No lo fui.
Hyoga consiguió tiempo después su armadura, tal y como esperaba. Pero ya no hubo sonrisas orgullosas ante su éxito, y aunque me arrepiento de ello… simplemente no podía ser de otra manera. Sentí que, en parte, había fallado estrepitosamente. Aquellos niños eran la misión de mi vida, los había cuidado y querido como si fueran mis hermanos pequeños. Me prometí que siempre velaría por ellos, aunque nunca se lo dije.
Pero Isaak ya no estaba.
Dejé que Hyoga siguiera su propio camino y yo volví a casa, confiando en que estuviera bien y que tomara la dirección correcta. Deseando con todas mis fuerzas que fuera así, pues sabía de sobra que su peor enemigo era él mismo.
Taciturno, frio, callado, insensible. Me dieron tantos adjetivos que ya no recuerdo si quiera cuales eran ciertos y cuáles no. Probablemente, todos lo fueron en algún momento. Solo sé que cuando volví a casa… Ya nada era igual. Descubrí que me había aislado de todo lo que significaba el Santuario y de lo que pasaba en él.
Seguía disfrutando de la compañía de Milo, pero era como si sus palabras ya no fueran tan divertidas entre la oscuridad que rodeaba el Santuario. Mu se había ido. El carácter risueño de Aldebarán no brillaba tanto y resultaba casi desesperado y fingido en medio de aquel caos. Géminis y Sagitario estaban tan vacios que solo atravesar los Templos provocaba escalofríos. Cáncer se había convertido en la misma puerta del infierno y todos en el Santuario evitaban en mayor o menor medida encontrarse con Máscara Mortal. Aioria hacía años que no sonreía. La expresión furiosa de su rostro parecía tan arraigada en él, que resultaba casi imposible imaginar que alguna vez había sido muy parecido a Milo. El Antiguo Maestro siempre se mantuvo al margen, como un espectador más. Shaka permanecía tan ajeno a todo, que ni siquiera nos brindaba una mirada de sus ojos. La trágica muerte de Aioros irremediablemente marcó a Shura para siempre, y Afrodita… estaba permanentemente rodeado de misterio.
Entre todas aquellas intrigas y aires enrarecidos, me encontré a mi mismo en la atmósfera perfecta para reflexionar sobre el cambio que había dado mi vida. Sin duda, la mía había sido mucho menos dramática que la de otros. Probablemente porque había permanecido lejos demasiado tiempo.
Nunca hice mucho caso de los chismes, aunque no venía mal escucharlos de vez en cuando. La gente hablaba mucho acerca de nosotros y de los motivos que nos empujaban a actuar de aquel modo tan distante con todo el mundo. Había teorías tan inverosímiles como sorprendentes.
Pero lo verdaderamente importante, eran los silencios. Aquellas cosas que todos callaban y las miradas de soslayo al Templo Papal hablaban por si solas: miedo, desconfianza… Me pregunté muchas veces acerca de aquella figura que nos gobernaba, y sinceramente, nunca le di la mayor importancia. Fuera quien fuera, aunque sus métodos resultaran cuestionables, nosotros seguíamos peleando por la justicia y parecía funcionar. Punto.
Fue a aquel pensamiento al que me aferre cuando ayudé a Hyoga a volver de la Otra Dimensión. Quizá porque aquella técnica era lo suficientemente esclarecedora como para darme cuenta de la magnitud del problema. Poco me importó entonces lo que pasara con el resto o conmigo. Mi único objetivo era mantenerlo a él a salvo, evitar que cayera en las manos equivocadas y que su inexperiencia e inocencia le llevaran a una muerte segura.
No deseaba verlo morir en las Doce Casas. No a manos de los que alguna vez habían sido mis amigos y mis hermanos. Él se convirtió en mi única preocupación, y solamente necesite un vistazo a sus ojos para comprender que, efectivamente, eran ellos quienes luchaban por lo correcto.
Sentí muchas cosas: frustración, tristeza… Pero nada se igualó a la angustia que él me provocaba. Se había metido en la boca del lobo y estaba dispuesto a morir sin pensarlo dos veces. Aquello simplemente me aterraba, por muy digno y honorable que fuera; no importaba que hubiera sido yo mismo quien le enseño a pensar de esa manera. Todo estaba mal. Alguien tan puro como Hyoga, como imaginaba que debían ser sus amigos, chicos que aún conservaban una pizca de ingenuidad… no merecían aquello.
Lo puse a prueba en Libra y, en cierta manera, me decepcioné. Me hubiera gustado pensar que de verdad estaba listo para aquella batalla, sin importar lo que sucediera con nosotros, los que peleábamos en el bando equivocado. Pero no lo estaba. Lo vi llorar cuando en lo más hondo de su corazón supo que jamás volvería a visitar el cadáver congelado de su madre. Lo vi desmoronarse y me dolió profundamente.
Cuando abandoné el séptimo templo, lo hice con la cabeza gacha y recuerdo que en aquel momento desee llorar con todas mis fuerzas. Volví a Acuario, a esperar mi momento como un espectador mudo de la estrepitosa caída de la gloriosa Orden Dorada. Porque no me cabía la menor duda de que tal cosa sucedería y de que el desenlace sería mucho más dramático de lo que alguna vez imaginamos.
Vigilé los cosmos de los chicos de bronce con interés, y debo admitir, que me sorprendió enormemente que consiguieran liberarlo del Ataúd de Hielo, más aún, que usaran la armadura de Libra.
Aquello me hizo reflexionar un poco más. Si alguna vez pensamos que Saga seguía vivo, la Otra Dimensión de la que había ayudado a salir a Hyoga, era suficiente para corroborarlo. Sin embargo, aquel hecho traía consigo una verdad alarmante: el cosmos de aquella técnica distaba mucho de ser puro, dorado y deslumbrante, y su procedencia era clara: el Templo Papal. Luego estaba Libra: la armadura misma y el Antiguo Maestro habían consentido que fuera usada en nuestra contra. Aquello era todo lo que necesitaba saber para convencerme de que no saldríamos de esa, que definitivamente… estábamos destinados a perder.
Sinceramente, no le di demasiadas vueltas. No pensé demasiado los motivos que pudo haber tenido un Santo Dorado de su categoría para organizar una rebelión tan sangrienta como aquella. Me di cuenta de que mi fidelidad, en ese momento extremo, no estaba ni con Saga ni con vos: estaba con Hyoga y espero que me perdonéis por ello.
Seguí con inquietud todo lo que sucedía en Escorpio, pero el cosmos nervioso de Milo me dejó en claro que no tenía la menor idea de que era lo que debía hacer con el Cisne. Él sabía de sobra lo que hice en Libra y aquello le había dejado fuera de juego. Nadie mejor que Milo conocía lo mucho que significaba aquel mocoso para mí y nunca podré agradecerle lo suficiente que lo dejara pasar: que me lo dejara a mí.
Dejé pasar a Seiya y Shun sin inmutarme, ya no me importaba. Solo esperaba ansioso que Hyoga apareciera en mi templo y zanjar aquel asunto de una vez por todas: deseaba redimir todos los errores que había cometido. Porque debí entrenarle mejor para que fuera capaz de controlar todos aquellos sentimientos que lo desbordaban… y debí ser yo quien lo enseñara a quemar su cosmos mucho más allá de lo que se espera de un Santo de Bronce. Debí proteger al chico con el que creció…
Sabía que aquel sería el último combate que libraría y anhelaba por sobre todas las cosas que fuera así. Ya no quedaba nada del Santuario que nosotros habíamos conocido, ya no había nada por lo que luchar. Me fui de este mundo sintiéndome completo y orgulloso. Sintiendo que mi deber había finalizado y que todas las piezas del rompecabezas que era mi vida estaban, finalmente, en su sitio.
Solamente me arrepentí de no haberme despedido de Milo, de no haberle dicho –como siempre me pasaba- lo mucho que había significado su amistad para mí y lo orgulloso que me sentía también de él. Quizá él no lo necesitaba, pero cuando pisé el Santuario tiempo después, envestido con un Sapuri… supe que yo sí.
La situación era tan extraña que ni siquiera fui capaz de articular palabra alguna que cuestionase la actitud de mis compañeros. Solamente tuve que mirarles a los ojos, a cualquiera de ellos… para olvidar y comprender la traición de la que todos habíamos sido artífices en mayor o menor medida. Entonces hice aquello que hacía tanto había olvidado: les sonreí y, sorprendentemente, me devolvieron el gesto; dejándome en claro lo mucho que significaba para ellos.
Verlos a todos tras los pasos de Shion y con la cabeza bien alta fue suficiente para mí. Quizá en otra vida hubiera tiempo para explicar los motivos que nos llevaron a esos extremos; pero aquel no era el momento.
Finalmente peleaba por lo que debí luchar desde el principio, por vos, por mis hermanos, por la justicia. Me esforcé en hacer que Hyoga olvidara sus sentimientos, sin darme cuenta de que yo mismo relegue mi deber a un segundo plano precisamente por el cariño que me ataba a él.
Aquellas doce horas probablemente fueron las más difíciles e intensas de toda mí vida, y dudo que vuelva a repetirse algo así. Al principio, la sensación de miedo resultó sobrecogedora, no solamente porque la batalla sería más dura de lo que cualquiera imaginaba, sino porque me horrorizaba saberme obligado a pasar por encima de mis hermanos.
Sabéis de sobra lo que sucedió durante aquellas horas, y después de tanto tiempo, aún sigue sintiéndose demasiado reciente. Si cierro los ojos y me concentro, aún puedo sentir el tacto frio del Sapuri y aquel aire que se revolvía a nuestro paso entre la frialdad de mi cosmos y la calidez eléctrica del de Saga. Aún puedo sentir con una claridad abrumadora la respiración entrecortada de los tres, no solamente por el cansancio y el dolor físico acumulado; sino por las lágrimas contenidas y el pánico que atenazó cada uno de nuestros músculos en Virgo. Comprendí que a pesar de que no fuimos los tres quienes manifestamos lo doloroso que resultaba vernos obligados a usar la Exclamación de Athena… Saga estaba igual de asustado, aunque nunca borrara de su rostro aquella -siempre agradable- expresión segura y decidida que nos hacía sentir capaces de todo.
Me sentí tan miserable después de aquello, que por un momento olvide que aún me quedaba lo peor. Tras la puerta del jardín no solo estaba Hyoga, con aquella venda que tapaba su ojo herido y probablemente con el corazón roto; sino que sabía que tarde o temprano tendría que hacerle frente a Milo. Tragué saliva, pues aunque mis ojos no podían verles, mi cosmos captaba a la perfección cada detalle de aquella escena. ¡Los sentimientos estaban tan a flor de piel que resultaba imposible no darse cuenta!
De Aioria lo esperaba. Pero sentir a Mu tan furioso, me estremeció. Era el claro indicativo de que algo terrible estaba a punto de suceder. Entonces, llegó él. Con su porte altivo y, adivino, el ceño fruncido de un modo imposible. Desde donde estaba, podía sentirlo temblar de furia y decepción. Y aunque me sentía feliz de verlo con aquella actitud imponente… resultaba terriblemente duro que fuéramos rivales.
Se suponía que las cosas no debían ser así. Éramos fuertes, más de lo que ninguno llegó a soñar siendo niños, pero no habíamos sido entrenados para demostrarlo enfrentándonos entre nosotros. Resultaba doloroso que a pesar de que todos luchábamos contra un enemigo común, ninguno parecía haberse dado cuenta.
Saber que en verdad creían que les habíamos traicionado, resultó devastador.
Ya no nos quedaba absolutamente nada que perder.
La segunda Exclamación fue aún peor que la primera. Ninguno de nosotros dijo nada, pero los tres sabíamos que si aquello no funcionaba… todo habría sido en vano. Estábamos más muertos que vivos, y el simple hecho de luchar en busca de un poco de aire para nuestros maltrechos pulmones suponía una tortura. A pesar de ello, me sorprendió el modo en que resistimos. No solamente estábamos frente a tres Santos de Oro totalmente ilesos, sino que los chicos de Bronce se habían entrometido en una pelea que podía aniquilarlos en un suspiro.
Lo lógico hubiera sido que nos hicieran retroceder. Lo justo… hubiera sido que ellos fueran quienes nos infligieran su castigo. Pero no fue así. Todo explotó y los siguientes minutos fueron como empezar de cero. Un silencio abrumador cubrió todo, mis oídos sangraban y un molesto pitido amenazaba con arrancarme la poca cordura que me quedaba. Pero de pronto, en medio de aquel caos de humo y sangre, la voz furiosa de Milo se dejó escuchar cuando encontró a Saga.
Durante toda aquella aventura, no había dejado de parecerme impresionante e invencible. Sin embargo, en aquel preciso instante, me di cuenta de lo vulnerable que era: solo un golpe más y estaría muerto.
Sentí como mi corazón se desbocaba solo con pensarlo. Habíamos llegado tan lejos, que fuera cual fuera el final, los tres merecíamos llegar juntos. Debía ser así. Después de todo aquel infierno y de todas aquellas lágrimas contenidas, era lo único que yo anhelaba.
En aquellos pocos segundos me dio tiempo a pensar en tantas cosas, que se me hizo eterno. Comprendí que tampoco quería que Milo cargara con la muerte de uno de nosotros en su conciencia, porque sabía que detrás de toda su fanfarronería había un corazón que de verdad nos quería y que se sentía terriblemente dolido y traicionado.
Y el sentimiento era mutuo.
Afortunadamente vos intercedisteis. Nunca pude contemplaros con mis propios ojos, pero debíais ser absolutamente perfecta para que él se silenciara de aquella manera al oíros, para que accediera a todas vuestras peticiones aunque no quisiera. Debíais ser, exactamente, lo que él esperaba de vos y os aseguro que sus expectativas siempre fueron muy altas. Aquello me basto para sentirme aliviado.
Después de unos minutos que me parecieron una tortura, caí a los pies de vuestra estatua. Pensé en la ironía de todo aquello, pues allí, hacía mucho tiempo había conocido al mismo Santo que me había dejado caer al suelo con tanto desprecio aquella noche.
Esperaba muchas cosas de aquel encuentro, tantas… que no sabía a qué atenerme. Desde luego que no os imaginaba luciendo una sonrisa incluso en un momento como aquel y, menos aún, siendo custodiada por Kanon. Sé que no fui el único que se estremeció con vuestra presencia candorosa, del mismo modo que se lo doloroso que fue vuestra perdida para todos. Pero lo que Shura, Saga y yo vivimos… esta más allá de lo que cualquiera pueda llegar a imaginar siquiera. Peleamos contra todo y todos, hermanos y amigos; vivimos un autentico infierno por vos... solo para ver como al final vuestra vida se escapaba entre nuestros dedos, por nuestra propia mano… porque no habíamos sido lo suficientemente buenos.
Fue vuestra voluntad y no dudo que habíais reflexionado mucho acerca de ello. Pero… ¿merecíamos aquello? Dijisteis que lo hacíais por nosotros, por liberarnos del yugo de los demás dioses, para que pudiéramos ir en paz… pero creo que nunca pensaste lo mucho que nos hirió verte morir. Era imposible sentirnos aliviados cuando era tu sangre la que manchaba nuestras manos.
Apenas me di cuenta cuando Milo envolvió mi maltrecho cuello, y a decir verdad, no me importaba. Nosotros ya no podíamos hacer nada más, quizá ellos sí. No importaba que muriéramos de nuevo… y si aquel era el modo, era bienvenido. Prefería que fuera bajo sus manos. Pero aquello nunca llegó a pasar. Sentí las lagrimas y sollozos de cada uno como si fueran mías y casi dolían más de aquella manera. Las reviví una y otra vez de camino al castillo, y sabía que Shura y Saga se sentían igual. No hacía falta molestarse en ocultarlo.
Las cosas de ahí en adelante, sucedieron como esperábamos. Éramos conscientes de que Pandora jamás nos creería, y aunque tuvimos una oportunidad de oro de acabar con ella… el tiempo nos traicionó.
Y allí estábamos los tres, al final de todo el tortuoso camino. Destrozados, pero unidos. Sintiendo los golpes que encajé como si fueran ellos mismos quienes los recibían, envolviéndome con lo que quedaba de sus cosmos en un intento por arrullarme… por hacer de aquel momento uno menos doloroso y humillante.
Después de todo lo que habíamos vivido, el pasado se había esfumado y a partir de entonces, un vinculo más fuerte y especial de lo que nadie alcanza a imaginar… nos unió incluso más allá de la muerte.
En aquella ocasión, si me despedí. No solamente de ellos, sino de Hyoga también. Parecía que el chico estaba destinado a terminar el trabajo que nos era encomendado a nosotros. No alcance a murmurar más que un gracias, que estoy seguro Shura y Saga escucharon. No necesitaba decirles nada más… no después de aquella noche y de lo mucho que había significado su presencia a mi lado esas doce horas.
Allí no había ningún traidor, no había ningún asesino. Escuchar tales acusaciones a día de hoy, probablemente me hace tanto daño a mí como a ellos.
Pero… ¿Cómo hubiéramos llegado hasta el Muro de los Lamentos si hubieran resultado ser tal cosa? ¿Cómo hubiéramos lucido la sonrisa más hermosa y sincera de nuestras vidas en un momento como aquel? ¿Cómo podíamos pensar en eso al ver la expresión de felicidad en el añorado rostro de Aioros?
Simplemente, todo estaba bien. Había llegado el momento de abrazar la eternidad.
Pero aquí estamos de nuevo, en el mismo lugar donde todo empezó. Disfrutando del regalo de la vida que nos diste, y sobre todo… disfrutando de vos. Se bien que las heridas del pasado tardaran mucho en curar, pero también sé que las apariencias engañan. A menudo son los rostros más fríos e impasibles los que internamente lloran por un poco de compasión y cariño; aunque nunca lo admitamos.
No hay nada en el mundo capaz de empañar el sentimiento de orgullo que me provoca haber participado en todo esto. No somos invencibles, ni inmortales. Solamente somos hermanos… Santos de Athena.
Camus de Acuario
-Continuará…-
NdA: Esta vez no voy a molestarme ni en pedir disculpas por el retraso. No me las merezco xD Pero en fin, aquí tenemos a nuestro tempanito de hielo, destapándose y dejándonos ver que hay bajo esa fachada suya. No sé muy bien que pensar respecto a este cap… simplemente salió así. Espero que nadie saque ideas retorcidas de lo que para mí es una amistad pura y preciosa. Cof. Cof.
Espero, también, ser capaz de actualizar antes (se que siempre digo lo mismo T_T), pero me consuela el hecho de saber que solo me quedan un par de personajes q me resultaran difíciles… y el resto serán los platos fuertes. ¡Paciencia!
Gracias a todos por leer y por escribir.
La Dama de las Estrellas
