Capítulo 7: Aldebarán
Cuando uno piensa en las Doce Casas y sus guardianes, la visión que se forma en su cabeza es poco menos que la de unos dioses invencibles y, probablemente demasiado jóvenes, con un caminar soberbio mientras a sus espaldas ondea una capa de seda blanca, tan inmaculada como sus propias armaduras. No puedo culparles de vernos de esa manera, porque incluso yo miro a mis compañeros y les veo así: magníficos y brillando con luz propia.
De todos, probablemente sea yo el que pasa más desapercibido. En realidad, si hago memoria, siempre fue así. Nunca me llevé mal con nadie, no solía meterme en líos y a pesar de las hirientes burlas infantiles que todos recibimos en algún momento, puedo decir que tuve una infancia agradable.
Pasé poco tiempo en el Santuario antes de ganarme a Tauro, apenas un par de años, y aún a día de hoy, no sabría decir si eso fue una fortuna o una desgracia. De alguna manera, siempre creí que este pequeño rincón olvidado de Grecia, forjaba a los santos de verdad. Quizá pensaba de aquella forma porque, inevitablemente, todos fuimos cautivados por las historias de grandes héroes del pasado.
Y es que, era simplemente imposible no hacerlo.
Cuando uno paseaba su mirada por este lugar, descubría el peculiar modo en que la arena y el polvo brillaban bajo el castigo del sol. Uno podía cegarse con el brillo deslumbrante de las armaduras que portaba hasta el último hombre o mujer del Santuario: bronce, plata, oro. Y al final, el siempre refrescante blanco de sus Templos parecía arrullarte, dispuesto a llevarte al mismo Olimpo si dejabas que el sueño se hiciera contigo y cerrabas los ojos. El mar, no demasiado lejos, rugía con fuerza al golpear nuestros acantilados, recordándonos día a día que Poseidón permanecía ahí… agazapado pero vigilante.
Los días daban paso a la noche entre sangre, sudor y lágrimas. Los entrenamientos parecían interminables y no había en este lugar una sola persona que no diera todo de si en ellos. Soldados, Santos y aprendices caían extenuados por alcanzar la gloria que solamente un lugar como este les podía brindar. Podías mirar a donde quisieras… porque siempre encontrarías una nueva maravilla envuelta en cosmos alterando con su potencia la calma de las cosas. Y sin embargo, una rosa era capaz de crecer en medio de tal derroche de fuerza y los niños eran capaces de reír y jugar entre tanto dolor.
Quedé prendado de este lugar nada más llegar a él, y cuando llegó el momento de irme, resultó doloroso. Había conocido a los que serían mis futuros compañeros de armas, a los que habían terminado siendo mis amigos y los causantes de la mayor parte de las travesuras de casi todo el Santuario. Había encontrado el ejemplo a seguir, había descubierto que era aquello que yo quería ser de mayor… Sabía todo aquello que anhelaba en la vida que me había tocado vivir.
Todos eran diferentes: unos alborotadores sin remedio, otros más reflexivos, había quien prefería mantenerse siempre al margen y también quien transmitía más candor y cariño con una mirada de lo que hubiera podido si quiera imaginar. Yo siempre fui el último, el que siempre reía sin preocupación de las ocurrencias de los otros pero que se mantenía al margen de los problemas.
Solamente deseaba poder quedarme allí y que mi combate por la armadura de Tauro fuera un espectáculo como lo habían sido otros. Soñaba con poder pelear en aquel coliseo, tan antiguo como los mismos dioses, repleto de gente emocionada. Ansiaba que el Santo Patriarca posara su mano en mi cabeza y sonriera, que mostrara su orgullo públicamente y me otorgara vuestra bendición a la vez que me colocaba el casco de mi armadura. Necesitaba saber que los aldeanos de Rodorio y el resto de Santos y aprendices me admiraba como hacían con otros.
Eso era a lo que todos aspirábamos de niños. Nada más, nada menos.
Desgraciadamente, aquello nunca sucedió. Aquel sueño, quizá en exceso infantil y soñador, se desvaneció en el tiempo y se declaró como imposible cuando volví a Brasil.
Eché una última mirada atrás, al contorno de las Doce Casas, mientras mi maestro me apremiaba para emprender el camino. De lejos vislumbré la despedida tímida de unos, apenas con un movimiento de la mano, y las miradas nostálgicas de los que se quedaban atrás. Seguramente todos pensábamos lo mismo en aquel instante: ¿Volveríamos a vernos? ¿Conseguiríamos nuestras respectivas armaduras? ¿Sobreviviríamos siquiera? ¿Por qué no podíamos quedarnos allí como habían hecho otros? ¿Por qué los que se quedaban no podían irse?
Tardé años en comprender que la manera en que yo veía el Santuario, era un tanto peculiar. Donde yo veía gloria y admiración, otros habían encontrado una cárcel de barrotes invisibles. Quizá era aquel el motivo por el que Arles puso tanto empeño en que prácticamente todos los aprendices dorados creciéramos fuera del Santuario… quizá era lo único que aquel rostro que se escondía tras la máscara podía hacer por nosotros.
Cuando volví años después, las cosas eran diferentes. El lugar seguía pareciéndome igual de mágico, igual de bonito y adorablemente diferente a Brasil. Pero el aire mismo había cambiado. Pensé que se debía al hecho de que todos habíamos crecido y madurado, que los que aún no habían vuelto, seguro lo hacían luciendo aquella expresión orgullosa en el rostro.
Pero no era así…
Todos volvimos orgullosos y felices de lo que habíamos conseguido, si. Sin embargo, volver a casa nos convirtió en Santos de verdad, lo que hoy somos. Sin darnos cuenta casi, nuestros rostros adoptaron un gesto ligeramente soberbio. Parecía que todos habían olvidado los juegos al atardecer cuando estábamos exhaustos y apenas teníamos seis años.
Entonces solo quedaba el desprecio, la palabra traición resonando en casa rincón del Santuario y la rabia contenida en cada uno de nosotros, aunque fuera por motivos diferentes. Pero había algo que todos teníamos en común: de alguna manera, añorábamos el pasado y a las personas que ya no estaban: el Patriarca, Aioros, Saga…
Sin embargo nadie admitiría tal cosa en voz alta. Para todos, el arquero fue el gran traidor. El hombre, aunque solo fuera un chiquillo, al que culpar de la catástrofe que sin darnos cuenta habíamos provocado. Para otros, Saga fue el gran cobarde por haberse ido en el peor momento.
No teníamos ni la más remota idea de lo equivocados que estábamos.
Yo, que siempre había sido buen observador, guardé silencio pero procuré no perder ningún detalle de lo que sucedía con mis compañeros. Lamenté la marcha de Mu, pues había sido desde siempre mi amigo más cercano y sin él allí, todo el panorama se tornaba aún más enrarecido y desolador.
Me pregunté cuales serían sus motivos. Se lo pregunté a él. Pero únicamente recibí una sonrisa llena de tristeza como respuesta, y entonces supe que para bien o para mal, el destino de la Orden estaba escrito. Mu estaba dispuesto a ser calificado de desertor.
Fui testigo de injusticias que no evité. Y aunque no sirva de mucho, al menos de mis labios jamás salió una palabra hiriente al blanco más fácil entre todos nosotros. Procuré tener siempre una sonrisa en la cara para cada uno de los Santos Dorados, por difícil que resultara, pero en especial para Aioria. Quizá el sentido común dictara que debía hacer otra cosa… mas mi corazón no lo creía así. En todo caso, el culpable había sido su hermano, no él. Y ni siquiera eso era verdad.
Con el tiempo mejoré mis habilidades, como todos. Crecí, y mi físico cambio para darme una presencia imponente. Procuré mantenerme al margen de las disputas, pasando desapercibido para la mayoría. Probablemente, de todos, yo era el que menos brillaba… y el que menos se esforzaba por hacerlo. Había aprendido que ser el centro de atención en el Santuario terminaba costándote algo más que la misma vida y ciertamente, ya no necesitaba aquel reconocimiento.
Comencé a pasar la mayor parte de mi tiempo entrenando a solas o en Rodorio. La pequeña aldea, que parecía anclada unos cuantos siglos atrás, se veía solitaria y desvencijada. Hacía no demasiado que los jóvenes Santos Dorados paseaban por allí en compañía del Maestro. Yo nunca había tenido oportunidad de hacerlo, porque en aquel entonces… o era muy niño, o había estado en Brasil. Tampoco era Saga o Aioros, mucho menos Shion.
Pero aquellas miradas de agradecimiento en los aldeanos cuando les tendía mi mano para lo que fuera, por nimio que fuera, no tenían precio para mi. Me gustaba, y me gusta, poder arrancarles una carcajada sincera en medio de sus largas jornadas de trabajo. Adoraba mirar a aquellos rostros viejos y cansados, marcados por las arrugas del tiempo y ver el agradecimiento e ilusión en ellos mientras jugaba con los niños sin importarme lo mucho que mi capa de seda podía estropearse en el proceso.
Yo era simplemente feliz, y mientras no hubiera una guerra en la que pelear, seguiría siéndolo; velando de cualquier modo posible por aquellas personas que jamás me trataron como un extraño, sino al contrario.
Me abrieron las puertas de sus hogares humildes y de sus vidas, sin miedo a lo que alguien como yo… que vivía en un palacio, pudiera pensar. Conversaban conmigo, contaban historias de antaño, de cuando nuestros maestros eran demasiado jóvenes como para portar su armadura, o de cuando los gemelos y Aioros miraban con ojos golosos y suplicantes los helados al otro lado del cristal con la esperanza de que alguien les regalara lo que nadie iba a comprarles.
Pero entonces, mi pequeño remanso de paz en aquel rincón oscuro se trastocó. Inesperadamente, Mu volvió. Lo recibí con un gran abrazo y me sorprendí de lo mucho que había crecido nuestro pequeño Kiki. Pero si Mu se había marchado luciendo extrañamente alicaído, había vuelto aún peor. Aquel aura oscura en su mirada no auguraba nada bueno. Apenas mencionó un par de cosas de aquellos años en que estuvo ausente, puesto que aunque lo invité a mi casa dispuesto a pasar un rato agradable con él… no me dio tiempo a hacerlo.
No atravesó siquiera el umbral de Tauro. Me miró fijamente, y acto seguido volteó de manera fugaz al Templo Papal. Me preocupé, pues sin duda su huida tendría consecuencias. Pero entonces, Mu habló. Casi atropelladamente me contó lo que había sucedido en las últimas fechas: los caballeros negros, los caballeros de bronce, las armaduras de Pegaso y Dragón, Seiya…
Jamás os mencionó, pero supe que interiormente, su fidelidad ya no estaba de nuestro lado. Admito que me sentí desolado, y después de aquella apresurada conversación, pasé horas meditando en las escaleras.
¿Qué debía hacer si se presentaba la batalla? ¿No se suponía que nosotros, los Santos de Athena, peleábamos contra otros dioses que amenazaran la paz de la Tierra? ¿Era posible que tuviéramos que luchar contra hermanos de armas?
Al parecer si.
El inquietante y sobrecogedor modo en que el cosmos del Patriarca se extendió por el Santuario, dominándolo todo y vigilando hasta el último rincón de él, me advirtió de que algo grande estaba a punto de ocurrir. Me levante de las escaleras y oteé el horizonte, en la dirección en que vuestro cosmos se manifestaba extrañamente débil, y apenas unos minutos después, comprendí que Mu había dejado pasar a vuestros chicos.
Apreté los dientes y los puños, furioso y contrariado, pero dispuesto a no dejarme llevar por tales sentimientos. Ante todo, era un Santo, y los Santos siempre tenían un por qué para actuar del modo en que lo hacían. No me quedaba más que esperar y ver que sucedía.
Yo era fiel a mi Patriarca. Nada había sucedido que me dijera que debía hacer lo contrario. Y aquellos chiquillos… eran fieles a vos con una convicción que nunca antes había visto. No me quedaría más remedio que sopesar quien de nosotros estaba en lo correcto. Ningún enemigo atravesaría Tauro, eso lo tenía más que claro. Ahora bien… ¿En realidad ellos eran enemigos? No pensaba acabar con sus vidas sino estaba plenamente seguro de ello.
Y dejadme que os diga algo, alguien que peleaba de esa manera… sin apenas conocer lo que significaba ser un Caballero, moviéndose únicamente por la amistad y el amor que habían desarrollado entre si y hacia vos, merecía mi tiempo.
No me resultó difícil averiguar cuan equivocados habíamos estado aquellos años, así como tampoco me resultó fácil digerir el dolor que me provocaba pensar en todo lo que habíamos hecho mal. Ellos no estaban solos, había alguien que los respaldaba y empujaba… Ese alguien, erais vos, mi Princesa.
Pero no podía dejarles pasar simplemente. Quizá Mu y yo nos habíamos parado a ver que era aquello que les movía y habíamos estado dispuestos a aceptar nuestros propios errores. Sin embargo, eso no significaba que vivirían más allá de Tauro, aún habiendo sido capaces de alcanzar momentáneamente el Séptimo Sentido. Lo que les esperaba tras las puertas de mi Templo era un futuro tan incierto y seguramente doloroso… que no podía aventurarme a predecir como terminaría todo aquello.
Seiya me maravilló. Probablemente, haya dejado una huella imborrable en mi memoria, y así pretendo que se vea en mi armadura. Su tenacidad, su valor, su capacidad de superación y de levantarse una y otra vez… Pero los demás no se quedaron atrás.
Pensé en todo ello mientras daba alcance a Mu, nervioso y ciertamente emocionado. Sabiendo que vos estabais allí, herida de muerte, no podía quedarme por más tiempo en Tauro. Al fin y al cabo, ningún enemigo había atravesado mi templo y si aquello no terminaba bien, ya llegaría la hora de rendir cuentas al Maestro. No había por qué darle más vueltas, lo hecho, hecho estaba y no me arrepentía.
Os vi tendida en el suelo, ensangrentada y pálida, delicada como un bebé. Y supe que erais vos. Quizá no más que una niña, pero había algo en vuestro rostro, en vuestras facciones marcadas por el dolor y en el aura que os rodeaba que era imposible de ignorar.
Intercambié una mirada rápida con Mu cuando el poder desbordante de Géminis se dejó sentir hasta en el último rincón del Santuario. Un escalofrío recorrió mi espalda y las lágrimas empañaron mis ojos por un instante cuando fui consciente de lo que eso significaba; a la vez que alzaba la mirada rumbo a Cáncer y me preguntaba que sería de ellos.
Lo que nunca imaginé es que de un modo u otro, todos caeríamos ante la terquedad de unos chiquillos. Nosotros, los majestuosos Santos Dorados.
El desenlace de la batalla fue mucho más amargo de lo que a ninguno de nosotros nos hubiera gustado. No es necesario que nadie me lo confiese para saberlo, pero se de sobra que los supervivientes lloramos amargamente aquella noche y las que siguieron, todos. La perdida era demasiado grande, no solo hablando de nuestro ejercito… sino de nuestra propia familia. Habíamos visto a la muerte antes de aquello, y ya no nos impresionaba, pero contemplar los cuerpos fríos e inertes de los chicos con los que habíamos crecido, convirtiéndose en ceniza… fue demasiado duro.
A pesar de ello, el único consuelo que me quedaba era que vos habíais sobrevivido y estabais bien. No solo eso, sino que mi amigo, mi hermano… Aioria: lucía relajado. Y a pesar de que tenía mi misma edad, en aquel momento pareció rejuvenecer un montón de años de golpe. Su pesadilla se había acabado… la nuestra también. Era hora de que empezáramos a vivir y de que lo hiciéramos bien.
Pero como sabéis, nada en las filas de Athena es tan sencillo. Apenas nos recuperamos de aquel golpe, y llegó el segundo. El ataque de los gemelos de Mizar me dolió. No hablando a nivel físico, sino a un nivel que iba mucho más allá. Me sentí débil, me sentí inútil. Aquel par, aún sin saberlo, había pasado sobre mi como si de un simple aprendiz se tratase.
Tardé en recuperarme, en remendar mi orgullo y aceptar que así eran las cosas, que una vez se perdía y otras se ganaba. Otros habían sufrido antes que yo… Pero no fue nada sencillo el aceptar que Seiya y los demás hicieran todo el trabajo.
Aunque a decir verdad, después de todo lo sucedido, no me sorprendió en lo más mínimo que todo el enfrentamiento de Asgard no fuera más que el fruto de una brillante, pero macabra, manipulación. Aparentemente, todo había sido así en nuestra Orden: secretos, maquinaciones…
Acepté las ordenes del viejo Maestro sin rechistar. Admito que tal cosa era ciertamente cuestionable, pero a mi mente no dejaban de venir las imágenes del montón de chiquillos con los que solía jugar en la aldea, de los aldeanos, de los santos de bronce… Comprendimos, no sin cierta dificultad, que la batalla con Poseidón, a pesar de lo peligrosa que era… no era nuestra pelea.
Les dejamos ir sabiendo que podían caer en el intento y con ellos toda la humanidad. Pero decidimos confiar en ellos, en lo que habían aprendido con la muerte de los nuestros y no nos quedó más remedio que velar por ellos en la distancia. Buscando todas las maneras posibles en que pudiéramos ayudarles desde casa…
Pero nunca hubiéramos imaginado la verdad que se escondía detrás de todo. El hecho de que Kanon estuviera vivo nos tomó aún más de sorpresa que cuando descubrimos quien se escondía tras la máscara del Maestro. Y no era solamente aquello… era todo lo que implicaba. No os hacéis una idea de lo mucho que me dolió el corazón al descubrir que uno de los nuestros había llegado a odiarnos de tal manera. Me pregunté como era aquello posible, pero nunca llegué a una sola conclusión que me sirviera de verdad. Y cuando vos confiasteis en él, y permitisteis que velara por vos como si fuera vuestra sombra, supe que no había nada más en que pensar.
Vos queríais a Kanon ahí, a nadie más. Y nadie mejor que la propia diosa Athena para saber quien es un digno guardián. Yo en su día confié en vuestros jóvenes amigos viendo su peculiar manera de comportarse… ¿Cómo rechazar a Kanon si estaba claro que se había ganado vuestro favor?
No podía.
Hice como él quiso que hiciera. Se convirtió en una sombra invisible que deambulaba de acá para allá, sin alejarse demasiado tiempo de vos… y creí que lo mejor era respetar aquella "intimidad". Me maravillé por su extraordinaria capacidad de ocultar su presencia y su cosmos, pero no me pasaron desapercibidas las veces que había llegado hasta la escalinata de Géminis y allí, se había detenido. Era como si algo en aquel templo lo acechara, o más bien… como si nos recordara lo retorcido que es el destino.
Porque así fue como se presentó la batalla de nuestra era, con el guardián de aquella Casa a la que Kanon observaba con tanto recelo envestido en un Sapuri de Hades, bajo el mando de Shion.
Afortunadamente nunca les vi. No quería hacerlo, no deseaba recordarles como muertos vivientes y luciendo como traidores al servicio del enemigo. No quería enfrentarme a ellos… Y así fue que, sin que nadie se diera cuenta siquiera, el Santuario entero se infestó de espectros que vagaban sin control aquí y allá.
Niobe llegó a Tauro antes de que Shura y los demás salieran de Aries… Y allí estaba yo, triste y pesaroso, sintiendo cada golpe que recibía Mu como propio, y estrechando aquella diminuta flor entre mis manos. Es curioso el modo en que las pequeñas cosas pueden hacer feliz a alguien… Pero no tardé en salir de mi ensoñación, cuando aquellos hermosos y suaves pétalos se marchitaron entre mis manos.
Fruncí el ceño, disgustado y sabiendo que había llegado el tan ansiado momento. Me levante con cierta parsimonia y alcé el rostro. Deseaba contemplar la cara de aquel que me quitaría la vida, porque de alguna manera, yo lo sabía. Del mismo modo en que era consciente de que mi muerte sería vengada con una victoria sobre el ejercito enemigo.
No me equivoqué.
El espectro no dijo nada, solamente dejo que su risa estridente y desagradable resonara por mi templo a la vez que la flor se deshacía en pedazos. Segundos después, abrió los labios, diciendo unas palabras que nunca llegué a escuchar. Había ejecutado el Gran Cuerno a la vez que su veneno me arrancaba la vida.
Me fui, lenta y dolorosamente. Pero parte de mi continuó en Tauro, escuchando las carcajadas burlonas de Niobe y, para mi sorpresa, sintiendo el dolor insoportable que cargaban aquellos tres corazones que pasaron fugazmente a mi lado…
Cuando Mu llegó hasta Tauro, la última brizna de mi cosmos se posó delicadamente en su mano. Era una despedida, la que nunca hubiera sido capaz de hacer en persona. Deseaba que recordara mi cosmos con aquel toque de alegría que siempre me había caracterizado… y creo que conseguí mucho más que eso. Comprendió de sobra la técnica que había usado y aliviado, contemplo la manera en que el espectro caía ante sus pies.
Apenas pude sentir las lágrimas de Mu, porque en aquel instante, un suave letargo cayó sobre mi y perdí la conciencia de todo. Me desvanecí. No fue doloroso, ni difícil… fue especial. Me fui sabiendo que aunque ellos nunca dijeran nada, fui querido e importante para todos. Morí sintiéndome realizado, porque aunque mi actuación no fuera tan espectacular como la del resto, yo les abrí una más de las miles de puertas que tuvieron que atravesar esa noche.
Nunca hubiera imaginado volver a despertar, pero lo hice, y no estaba solo. Aquel momento, frente al muro… recuerdo el modo en que mi alma se estremeció ante la creciente emoción del que sabe que va a conseguir algo grande… Y es que aquello era grande, mi señora. Era lo más grande que un ser humano podía contemplar.
Éramos trece almas luchando como una sola.
Contemplé orgulloso a Seiya por última vez, y pensé lo mucho que me hubiera gustado tener un niño al que enseñar. Sería en otra vida quizá, en esa… simplemente terminé sabiendo que vale la pena luchar por alcanzar los sueños, aunque esa lucha nos llevé por caminos diametralmente diferentes. Al final, llegaremos al mismo punto, a la misma conclusión.
Gracias a nosotros, a vosotros… mi pequeña Europa vive, ríe y sueña. Y como ella, muchos más.
Y hemos sido nosotros, los Santos de Athena, los que han traído la felicidad y ganas de vivir al mundo. Es hora de que nosotros hagamos lo mismo.
Aldebarán de Tauro
-Continuará…-
NdA: Wop! Bueno, creo que esta vez ha pasado menos tiempo que la anterior… aunque en realidad eso no sea una disculpa. Tengo varias cosas que decir. En primer lugar, Aldebarán es todo un desafio para mi, creo que su histporia esta tan llena de agujeros que en realidad no sabemos nada de él. Quise que fuera un personaje entrañable y bueno, que luciera tierno tras esa fachada dura, y espero haberlo conseguido. Segundo: mencioné a los gemelos de Mizar, tal y como sucedió en el anime. Mis recuerdos del encuentro con Sorrento según el manga son difusos, y preferí hacerlo así. Y tercero: según la Guía Saint Seiya, la niña que le regala a Alde aquella pequeña flor, se llama Europa, igual que en el mito de la constelación de Tauro. De echo, se rumorea que la flor que le entrega, es una Clematis Niobe, o Deep Fragance. Igual que el ataque que mata a nuestro torito.
Con esto, me despido. Gracias por leer y comentar.
La Dama de las Estrellas
