Capítulo 8: Afrodita
Pocas cosas existen que sean más hermosas que un amanecer de primavera sobre el Santuario. Es ahora, en estos días, cuando la verdadera magia parece envolver este lugar escondido de la antigua Grecia, aún humedecido por las lágrimas que dejó la noche en forma de rocío.
Los primeros pajarillos revolotean y cantan inquietos. Y yo me quedo absorto, embelesado, contemplando semejante maravilla.
Los rayos del sol, aún débiles, van dejando atrás la mortecina luz del invierno, calentando suavemente cada rincón de este lugar sumido en el letargo. Y entonces, contemplo la inmensidad de nuestro jardín. Un paraíso de pétalos escarlata salpicados por el deslumbrante tono blanco de las rosas más delicadas; regado con la sangre de todos y cada uno de mis ancestros. Podría pasar largas horas aquí, sentado y en silencio, hipnotizado por una belleza frágil y perecedera, y jamás me cansaría.
Sin embargo, las cosas han cambiado.
Este ya no es un jardín rebosante de veneno y sediento de sangre. Ahora solamente pretende ser un pequeño paraíso en el que perder la vista y embriagar nuestros sentidos con el aroma de las rosas, un pequeño remanso de paz en el caos reinante en el mundo. Mas no por ello inútil, pues bien sabéis que una palabra vuestra servirá para que cada una de estas flores se convierta en vuestro más fiel escudo: hermoso y letal.
Recuerdo como si fuera ayer el día en que llegué al Santuario. La lejana e inhóspita Groenlandia se había hecho fuerte en mis memorias y, solamente Suecia se hacía un hueco difuso entre ellas. Por eso cuando el sol, extrañamente cálido y brillante, me obligo a entrecerrar los ojos… me fasciné. Todo aquí brillaba con otra luz y vivía a otro ritmo. No sabía si era yo quién se había visto atrapado en el inamovible horizonte blanco del norte… o si era Grecia quién se había rendido al sueño siglos atrás y allí continuaba, perdida en mitad de un mundo de fantasía.
Había visto cosas increíbles en mi entrenamiento previo. Me había enfrentado a situaciones difíciles, pero de ningún modo esperaba encontrar semejante panorama. El hielo se había derretido, y mis ojos solamente contemplaban fascinados el ir y venir de la arena y sus continuas caricias al reluciente mármol blanco. El silbido helado del viento había sido sustituido por el graznido de las gaviotas y el rugir de las olas de aquel mar celeste, donde las aguas del Egeo y del Mediterráneo se mezclaban en su templado ir y venir.
Y entonces, los gritos llegaron a mis oídos. La algarabía del coliseo y el barullo de las estrechas callejuelas empedradas. La multitud de cosmos que iban y venían, que estallaban rompiendo en formas de mil colores… como si de fuegos artificiales se tratasen. El brillo de las armaduras de bronce y plata, y la magnificencia de los ropajes dorados.
Nunca antes había visto una de aquellas armaduras. Mi maestro, aunque fuera el portador de Piscis, nunca la había vestido frente a mi. Quizá prefirió hacerme esperar en medio del desierto helado, para que luego el mundo me resultase más hermoso y espectacular. O quizá, simplemente le dio igual, como todo, y eran mis ojos infantiles los que se dejaron engatusar por el aire de leyenda que rodeaba a Grecia.
Pasé por los templos, uno a uno, sin dar crédito a lo que veía. Ignoré a los chicos que corrían por aquellas escaleras y rompían con sus gritos la paz que envolvía a las Doce Casas. Y al fin, Piscis esperaba. Lo había observado en la lejanía, cuando apenas Aries se levantaba como un punto blanco en el horizonte, y la emoción ya había sido difícil de contener en aquel entonces.
El último templo sería el mío. La última puerta, vuestro último escudo. Sin embargo, cuando los pilares del Templo se alzaron sobre mi, abrazándome con su sombra refrescante, me quedé sin habla. Lo atravesé en silencio, escuchando únicamente el caminar ágil de mi maestro, hasta que finalmente se detuvo al otro lado.
Al final de las escaleras que se extendían frente a mi, se alzaba vuestra estatua: majestuosa y brillante con sus adornos de oro. Sin embargo, aquella colina yerma, empedrada y polvorienta, se removió. Volteé, buscando interrogante a mi maestro, pero lo encontré sonriente, envuelto en su cosmos dorado que lentamente se diluía con la misma tierra, como si fuera agua. La pendiente reverdeció y, como si se tratase de las rápidas pinceladas de un pintor, los delicados capullos de colores comenzaron a colorearlo todo.
Entreabrí los labios, pero ningún sonido salió de ellos. Estaba demasiado fascinado como para atinar a pronunciar palabra alguna. Fui testigo de lo que solamente había escuchado en mis entrenamientos, de lo que me parecían cuentos de un viejo guerrero que había perdido la cabeza… Y entonces, Piscis me conquistó. No había un solo día en que no pasara horas allí sentado, practicando mis habilidades e intentando crear mi propio vergel.
Apenas abandonaba la protección del doceavo templo, aquel pequeño paraíso me había enamorado y tampoco había nada que el Santuario pudiera ofrecerme. Nunca fui un niño muy abierto, quizá eso fue fruto de mi ascendencia nórdica, y ese insignificante detalle contrastaba enormemente con la forma de ser mediterránea. Aunque, obviamente, no fue solo eso. Mi frialdad y desconfianza, pero sobre todo mi aspecto… marcaron el poco tiempo que pasé en Athenas como me había sucedido antes en mi corta vida.
Mi futuro se prometía más que esperanzador. Había puestas en mi, como en los otros doce, muchas expectativas que finalmente fueron cumplidas. Pero tal situación siempre nos puso en el ojo del huracán. Como Santos de Oro podemos ser amados y odiados, admirados y envidiados, sin embargo, como aprendices… No éramos nada. Estábamos permanentemente puestos a prueba, y las pocas debilidades que pudiéramos tener resaltaban entre todo el brillo que despedíamos.
Desgraciadamente, yo no tuve la suerte de disfrutar de una familia antes de mi llegada al Santuario. El único hogar que recuerdo era una vieja casa de acogida regentada por el párroco de la iglesia y un par de monjas, a las afueras de Uppsala; envuelta siempre en el penetrante olor que desprendía la madera humedecida y donde el mismo vapor de mi respiración parecía congelarse al contacto con el aire. Aún puedo notar el sabor del pan rancio en mis labios y el tacto áspero de la manta con la que dormía por las noches, mientras alguno de los otros niños lloraba desconsolado.
Por eso, cuando mi maestro me sacó de allí, pensé que el infierno había terminado. Que el frio, el hambre, los abusos de todo tipo a los que ningún niño debería verse sometido jamás… Pensé que todo aquello no sería más que una mala pesadilla que esfumaría con el tiempo.
No fue así.
En el Santuario, me tocó ser el aprendiz que lucía como una niña, de piel demasiado blanca y de aspecto frágil. Apenas hablaba y rehuía el contacto físico con la gente, cosa que aún hoy sigo haciendo. Fui burlado, y a menudo subestimado por mi apariencia delicada. En su día resultó doloroso, pero con el tiempo, aquel defecto se convirtió en mi mejor arma.
Crecí, creando una burbuja a mi alrededor donde nadie tendría permitido entrar jamás. Pero el destino es caprichoso y nunca nos puso las cosas fáciles a ninguno. Las pocas veces que salía del resguardo de mi Templo, me metía en problemas. No tenía demasiada relación con los demás chicos de las Doce Casas, pero de alguna manera, sabía que a ellos les sucedía lo mismo y que aunque nunca lo mencionáramos… sin querer vigilaban desde las sombras lo que sucedía con los demás.
O al menos, así era en la mayoría de los casos.
En otros, como el mío, me las ingenie para que las burlas llegaran desde dentro, y ni siquiera se como hice tal cosa. Hubiera jurado que ni siquiera había intercambiado una mirada con Máscara Mortal como para convertirme en su pasatiempo favorito. No tenía la menor idea de cómo lo hacía… pero cada vez que abandonaba mi templo allí estaba él, dispuesto a molestar hasta la saciedad, a ser insufrible y a resultar doloroso. No importaba que nunca saliera a la misma hora, o que jamás siguiera el mismo camino.
Accidentalmente siempre terminábamos cruzándonos e intercambiando un montón de insultos en sueco e italiano que ni siquiera comprendíamos.
Me esforcé por evitarlo todo lo posible, pero Ángelo era uno de esos niños difíciles de ignorar. Siempre encontraba el modo de pinchar donde dolía… y sino era con palabras, lo más habitual era que terminásemos rodando escaleras abajo, entre golpes. Éramos, y somos, absolutamente diferentes. Él siempre se metía en líos, y yo los evitaba, tratando por todos los medios de pasar desapercibido. Él coleccionaba sus heridas y cicatrices como un trofeo de guerra y yo procuraba, de todas las maneras posibles, que ni un solo golpe quedara marcado en mi piel.
Siempre me pregunte que era lo que tenía yo que le resultara tan divertido o fascinante. Pensé que, quizá, el aura de debilidad que me rodeaba, completamente distinta a la de los demás chicos dorados, era como un imán para él. Ángelo siempre disfrutó de sus peleas, saboreó cada segundo en que la sangre manchó sus labios y sus manos, sin importar de quien fuera. Daba igual… lo único que le importaba en aquel entonces era imponerse sobre el resto y demostrar que era mejor. ¿Por qué?
Quizá por la misma razón por la que mi mirada pasó de ser la de un crío asustado a la de un adolescente arrogante que nunca agachaba la cabeza y no permitía que nadie lo tocara bajo ningún concepto.
Estábamos solos.
Nosotros no éramos como el resto. Saga y Aioros sobresalían en todo lo que hacían. Eran la perfección convertida en adolescentes, a los que todo el mundo quería y admiraba. Los más pequeños veían por sus ojos, los seguían a todos lados cada vez que había ocasión y, probablemente, ya eran la mayor fuente de orgullo del Maestro. ¿Qué teníamos nosotros?
Un chico problemático con una perspectiva de la vida ciertamente torcida por las cuestionables enseñanzas de un maestro psicópata. Y yo, que rehuía cada pelea porque no encontraba a alguien digno de medirse contra mi. O quizá si lo encontré… pero el problema era, que mis miras estaban puestas muy arriba. Anhelaba pelear con ellos, con los gemelos o Aioros. Me daba igual. Ellos eran los mejores y solo con ellos merecía la pena perder el tiempo. Los demás no eran más que niños o santos que estaban por debajo, nada más que un tonto pasatiempo que podía meternos en un gran lío.
Sin embargo, ellos jamás nos vieron como un desafío.
Sin darnos cuenta, Saga y Aioros portaban una armadura dorada que nosotros soñábamos. Paseaban fugazmente por el Santuario, envueltos en aquella reluciente capa blanca y atareados con las pesadas responsabilidades que cada día recaían en ellos. Cada día se dejaban ver menos… convirtiéndose en apenas fantasmas que pasaban unos pocos minutos diarios con los demás, si es que se daba el caso.
Hasta que finalmente sucedió.
El Maestro murió. No hubo funerales, no hubo palabras en su honor. No hubo nada, solamente un silencio atronador. Todas las miradas se volvieron entonces hacia el Noveno Templo, en busca de la esperada respuesta, mientras de soslayo veían a Géminis, vacío entre las sombras. Nadie cuestionó a Arles… quizá porque todos pensaban que era lo mejor, que el viejo tenía la experiencia y madurez suficiente para llevar el Santuario al menos hasta que Aioros creciera un poco más.
Otros, probablemente, por miedo.
En aquel entonces, yo tenía apenas diez u once años. Desgraciadamente para nosotros dos, Shura había conseguido ya su armadura en aquel momento. Lo que le situaba un escalón por encima nuestro y aquello… resultó francamente doloroso. Pero del modo que fuera, nosotros tres éramos los mayores tras Aioros y Saga y, puedo asegurar, que las cosas se veían de un modo completamente distinto a como lo hicieron los niños.
Un aura fuerte y desmedida, cayó pesadamente sobre el Santuario. El mismo aire que respirábamos había cambiado, era como si estuviera envuelto en una divinidad permanentemente. Las protecciones cósmicas del Santuario se levantaron y resultaron ser infranqueables o irrompibles para cualquiera de nosotros. Todas las miradas estaban puestas en el templo papal y en el silencio del único sucesor que quedaba con vida. O al menos eso pensábamos.
Los ojos azules de Aioros se oscurecieron. Su ceño se frunció y su sonrisa se esfumó casi permanentemente de su rostro aún aniñado. Probablemente se hacía infinidad de preguntas que no tenían respuesta, y los continuos susurros de Shura cargados de sospecha no hacían que la cosa fuera más sencilla. Todo el mundo, aparentemente, dependía de él. Y al final… sucedió lo inevitable.
Si algo aprendí en los trece años que siguieron a aquel trágico acontecimiento, era que uno no podía desafiar a Arles.
Ángelo y yo nos envestimos con Cáncer y Piscis prácticamente a la vez. Viéndolo después de pasado tanto tiempo, comprendo que sucedió en aquel momento únicamente porque Arles necesitaba que la Orden se completara cuanto antes. Aioros había sido asesinado y declarado traidor. Shura se sumió en las penumbras de Capricornio y no salió de allí hasta mucho tiempo después.
¿Y nosotros?
Parece ser que el destino había enlazado mi camino y el de Máscara Mortal. Me recuerdo caminando por la alfombra por el Templo Papal, con la mirada altiva y disfrutando del respeto y miedo que despedía cada uno de los guardias. No tenía audiencia con el Maestro aquel día, ni siquiera se bien porque estaba allí… pero en aquel momento, mi mirada se topó con la de Ángelo, que abandonaba los recintos personales del Patriarca.
Sus labios estaban entreabiertos y ligeramente temblorosos. Me animaría a decir que se debatía entre la seriedad y la sonrisa, mientras sus ojos, ciertamente desorbitados, traicionaban su habitualmente imperturbable presencia. Ladeé el rostro y lo contemplé, con los ojos entrecerrados, preguntándome que era aquello tan sospechoso en él. Pero no dije nada. Lo dejé pasar.
Abandoné el Templo del mismo modo en que había llegado, olvidando aquel fugaz encuentro y encerrándome en mi jardín. Mi pequeño paraíso había reverdecido aún con más fuerza y en nada se parecía al que era el orgullo de mi viejo Maestro. El mío era tan hermoso como letal… y a medida que su belleza aumentaba, su poder mortífero crecía con ella. El mismo Patriarca me felicitó por ello…
Sin embargo, los accidentes existen. No se hasta que punto el que voy a relatar fue uno, o fue simple voluntad. Pero la cuestión… es que sucedió. Su Santidad me mandó llamar y, sorprendentemente, el viejo Gigas me condujo a sus mismas habitaciones. Llamé a la puerta con cuidado, y segundos después una de las doncellas del Templo abrió, invitándome a entrar y abandonando ella a toda prisa la estancia. Cerré la puerta a mis espaldas, y justo en el momento que iba a pronunciar palabra… mis ojos lo contemplaron por primera vez.
Me daba la espalda, pero aquella melena tenía un familiar tono azulado que nunca hasta aquel momento había visto en el Maestro. La silueta, más alta que yo, permanecía cabizbaja frente al espejo de la habitación. Sujetaba suavemente la máscara oscura en su mano, observándola embelesado, y de pronto… alzó el rostro.
Entreabrí los labios, sin que ningún sonido saliera de ellos, cuando mis ojos se vieron atrapados por aquella mirada escarlata, que se reflejaba en el cristal y me miraba a través de él. Es imposible olvidarla porque era intensa, brillante y ardiente, igual que la sangre recién derramada. Era arrebatadoramente hermosa y desprendía una fuerza y poder insoportables, tanto… que era difícil aguantar su mirada más que unos pocos segundos.
Su melena volvió a cambiar, recuperando el familiar tono grisáceo. Sonrió de lado, de un modo totalmente distinto a como lo solía hacer aquel rostro tiempo atrás, y se colocó la máscara de metal. Apenas pronunció un par de palabras… pero aquella voz ya no sonaba como la de Saga. Era diferente, igual que todo en él. El Santo de Géminis ya no estaba más que físicamente… Ares gobernaba el Santuario y, entonces, comprendí.
Abandoné el Templo minutos después y bajé a toda velocidad rumbo a Piscis. Todo daba vueltas en mi cabeza, como un engranaje que iba encajando poco a poco. Las desapariciones, las muertes, los silencios… Y de pronto, me detuve. Frente a mi, apoyado en una de mis columnas, con aquel aire mortecino que rodeaba siempre a Cáncer, Ángelo me miraba con una sonrisa retorcida.
-Lo sabías. –Recuerdo que murmuré.
Él no dijo nada, solamente se rió. Me miró fugazmente y pronunció un par de palabras que permanecieron grabadas en mi memoria por siempre y con las que estuve de acuerdo desde el primer instante. Aquel era nuestro momento. ¿Qué más daba lo demás? No teníamos a nadie, más que a nosotros mismos y nuestro propio poder. Vos no erais más que una leyenda que nadie, salvo Saga y Shura, había visto y podía recordar.
Lo que había empezado con un accidente, había terminado siendo un pacto con el demonio. Ares era cada vez más fuerte y Saga cada vez estaba más lejos. Sin embargo, en un par de ocasiones lo escuché, vi sus ojos verdes tristes y apagados, casi suplicantes… Y no sentí nada. Me di la vuelta, a la espera de que Ares volviera, y aquello se convirtió en una costumbre.
De algún modo, el Dios confiaba en nosotros, solamente en nosotros. Éramos sus armas más letales y fieles, mientras el resto del Santuario no era más que un montón de marionetas. Quizá fue eso precisamente, el sabernos importantes y ser conocedores de algo que todos ignoraban, aunado al hecho de que nos habíamos convertido en letales mercenarios. ¿Pero que diferencia había? ¿Matar por un Dios u otro? La cuestión era que el fuerte debía prevalecer y el débil estaba destinado a perecer, como muchos que cayeron en el camino.
¿Saga era uno de ellos? No. Ahora me doy cuenta de que desarrollé una admiración casi enfermiza de todo lo que él falsamente representaba. En su día, había anhelado probarme contra él, y después de un tiempo, había terminado cediendo ante lo evidente. Él era la encarnación de un dios. Quisiera o no. Lucía como un verdadero ángel, cuando internamente guardaba un demonio capaz de arrasar todo con un chasquido de sus dedos. Lo tenía todo. Era la mezcla perfecta entre hermosura, poder y muerte. Y las cosas funcionaban.
¿Me pregunté alguna vez lo que pasaba de verdad? Si. ¿Me importó? No. No sentía especial cariño por él como podían haberlo hecho Milo o los demás. Para mi Saga solo era un Santo, igual que Aioros: un soldado entrenado para matar. La única diferencia era que uno se había impuesto al otro. Yo no admiraba la figura, admiraba de lo que era capaz. ¿Lloraba? ¿Sufría? Nunca me preocupó y nunca lo vi. Aunque con el tiempo… uno termina por comprender de verdad como son las cosas.
Al final de esos trece años, su conducta se tornó más errática, quizá más nerviosa. No confiaba en nadie, "amigos" o enemigos. Uno tras otro de los que se opusieron, cayeron bajo nuestras manos, aunque él jamás necesitara mover un dedo. Vigilamos a nuestros propios compañeros y estuvimos dispuestos a aniquilar a quien fuera necesario sin siquiera cuestionarlo. Albiore, Dohko… ¿Qué fue de nuestra cabeza? ¿Qué fue lo que dejó de funcionar?
No lo se.
Pero la batalla de las Doce Casas se desencadenó, y era inevitable. Siempre estuve seguro de que ganaríamos, de que no había nada que pudiera hacer frente a semejante fuerza y frialdad. Y me equivoqué. Los mocosos nos pasaron por encima, uno a uno, porque si que hubo algo capaz de destruir la fortaleza de Ares: vos y su propia voluntad, que resquebrajó la fortaleza del dios y os dejó entrar. Y a vos os siguieron ellos…
Esperé, con paciencia, a ver lo que sucedía. Pero templo a templo, los guardianes iban cayendo: unos se apartaban por su propia voluntad, otros verdaderamente morían avasallados por la luz que vuestros chicos desprendían… Mas la muerte de Ángelo me tomó por sorpresa. No le creía invencible ni mucho menos, al contrario. Aquel afán suyo de pelear con quien fuera iba a costarle la vida tarde o temprano… pero nunca imagine que fuera con un Santo de Bronce. Su ego… o nuestro ego, no nos permitía pensar si quiera en tal cosa.
Y así, antes de darme cuenta… Shun estaba en mi propio Templo, sermoneándome con un montón de palabras que sonaban a cuento de hadas mientras Seiya intentaba atravesar mi Jardín. Estaba confiado, sabía lo mucho que el Maestro confiaba en mi y en mis habilidades para que nadie atravesara Piscis si ese no era mi deseo. Nada en aquel discurso me sorprendió. Un niño demasiado ingenuo que pretendía iluminar mi camino. ¿Pero por qué? Yo había tomado una elección, cuestionable o no, sabía de sobra lo que estaba haciendo y ninguno de mis movimientos estaba sujeto al azar. Sabía quien se escondía tras aquella máscara, era obvio que los chicos de bronce aún lo ignoraban. Podían saber que era el Santo de Géminis, pero no quién era.
Y yo fallé. Caí derrotado pensando que había cumplido mi parte… eliminando al menos al molesto Andrómeda, pero no fue así. Ellos contaban con la protección que ninguno de nosotros tuvo alguna vez. Nunca tuvimos la oportunidad de sentiros a nuestro lado… de sentir vuestro calor y vuestro aliento. Habíamos estado solos desde el primer día, todos. Ni siquiera aquellos que te habían sostenido entre sus brazos cuando erais un bebé, habían contado con vuestra protección… Ni una brizna de vuestro cosmos nos hizo compañía hasta que ya era demasiado tarde.
Me fui pensando en lo que a esos ingenuos chiquillos les quedaba por enfrentar. Hubiera deseado que no fuera así, porque aquello significaría que yo había cumplido con mi parte, y supongo… que no haciéndolo decepcioné a la única "persona" que me había dado su confianza.
¿Por qué? Os preguntareis todos… ¿Por qué seguías admirando tan ciegamente a esa figura? Y la respuesta es sencilla. Nunca supe lo que era la palabra amistad, no la amistad de verdad. Nunca disfruté de un buen momento en compañía, ni conocí el cariño o disfruté un abrazo. Aprendí a que se estaba mejor en soledad que soportando los abusos a los que te sometía la vida… Aprendí a quererme a mi mismo, porque no habría nadie en el mundo que lograra quererme y valorarme más de lo que yo lo hacía.
Solamente hubo una persona que nunca tuvo en cuenta todas rarezas que me desbordaban. Una sola persona que obvió los defectos que me sobraban y me encontró especial como guerrero. Por muy retorcido que fuera el motivo. Pero al menos, ya no me sentía tan solo…
No era real, diréis. Lo se de sobra. Ángelo y yo nos aferramos a una vida robada y la idolatramos porque en algún punto… nuestra vida se había torcido. No teníamos un propósito más allá del poder, y no teníamos sueños. Nos construimos una existencia a costa de la desaparición de otra. ¿Pensé alguna vez en lo que pasaba por la mente de Saga cuando nos miraba tras aquellos ojos escarlata?
¿Sinceramente? No.
Al menos no hasta que volví a tenerlo enfrente y ya no había rastro de aquella mirada que clamaba por sangre. Desperté descolocado, sin saber que era lo que estaba sucediendo. Cuando me topé con Máscara Mortal no supe si voltear los ojos con fastidio y ocultar un bufido, o alegrarme, porque después de todo… él había terminado siendo lo más cercano que tuve nunca. Pero todo se me olvidó de pronto. El aire que había inundado mis pulmones sin misericordia alguna parecía haberse congelado en ellos, mandando dolorosos pinchazos hasta el último rincón de mi cuerpo.
Y ahí estaban. Todos los que habían muerto. Shura, Camus… Saga y Shion.
La imponente presencia rejuvenecida de Shion, me trajo de vuelta a la realidad. Fue como si hubiera vuelto a tener ocho años, y aquellos ojos rosados siguieran regañándome en silencio por no darle una sola oportunidad al mundo. Sin embargo, cuando me tope con el rostro de Saga… Trece años de mi vida pasaron rápidamente por mi mente. Trece largos años de gritos de ayuda silenciados y de miradas suplicantes que había ignorado deliberadamente. Su expresión, seria y fría, no decía absolutamente nada. Ni bueno ni malo. Simplemente me miró como si nada de aquello permaneciera en su memoria, igual que Shura y Camus.
Ninguno de ellos tuvo tiempo para pensar en la traición que todos habíamos cometido en mayor o menor medida. Era como si aquellos trece años nunca hubieran tenido lugar. ¿Cómo? Me pregunté. Y era sencillo. Ellos habían tenido sueños alguna vez… habían soñado con convertirse en héroes de leyenda. Pero la vida había terminado rompiendo aquellas ilusiones, trayéndolos de vuelta a la realidad, al mundo que nos había tocado proteger. Supe que era en aquello en lo único que pensaban. Quizá, más adelante si es que había oportunidad, tendrían tiempo para los reproches y las explicaciones.
Los seguí, sin pensármelo dos veces, pero sintiéndome como un autómata. Por primera vez en mi vida, mi conciencia no me dejaba si quiera respirar. No podía alzar la mirada y verlos a los ojos. A ninguno. Porque mi traición no solamente había sido a vos, sino a todos ellos. ¿Cómo podía curar yo semejante herida? Nunca me había molestado en conocerlos, nunca me había preocupado por nada que tuviera que ver con alguien que no fuera yo...
¿Entonces por qué dolía tanto tenerles delante? Porque les admiraba profundamente y no me había dado cuenta del momento en que aquel sentimiento había nacido en mi pecho. Ellos tenían todo lo que yo nunca podré soñar. Eran fuertes, magníficos… pero tenían una fuerza de voluntad y una resistencia avasalladoras que envidiaba sobre todas las cosas. Tenían unos principios envidiables y estaban dispuestos a todo por vos.
Tenían un corazón de oro con una herida demasiado profunda…
Prácticamente a la vez, Máscara Mortal y yo dimos un paso al frente. Nos miramos de soslayo y sorprendentemente… sonreímos. Ya habíamos muerto. Quizá era nuestra oportunidad de hacer algo bien… o al menos intentarlo, aunque nunca habíamos caminado por el lado de la luz. Éramos conscientes de que íbamos a volver al mundo de los muertos más pronto que tarde, aunque nadie lo hubiera mencionado. Vernos en medio de aquel grupo, nos hacía sentir como hormigas rodeadas de gigantes.
Y así fue. Quizá nunca pusimos verdadero empeño en hacer que nuestra pelea con Mu no terminara de un modo tan ridículo… Probablemente aquella era nuestra verdadera redención, volver al infierno frente a los ojos de los que más habíamos herido con nuestra retorcida perspectiva de la vida. Pensándolo ahora, fue un movimiento egoísta. Era cierto que ya no estábamos a su nivel como guerreros, pero podíamos haber sido de más ayuda si solamente hubiéramos sido igual de fuertes de espíritu que ellos. Si tan solo hubiéramos sido capaces de aplacar a nuestra recién hallada conciencia… No hubiéramos huido despavoridos ante la presencia imponente de Radamanthys.
El juez no era un extraño para nosotros y aunque nuestra anterior visita al Inframundo no había sido en absoluto divertida… la sola idea de volver sin haber hecho nada de provecho en aquel pequeño lapso de tiempo que se nos había dado fue… imposible de soportar.
Un guerrero no puede pelear y salir victorioso sino pone su corazón en ello. Pero nosotros no teníamos un corazón que poner. Éramos un cascaron completamente vacío por dentro y rebosante de remordimientos que atenazaban nuestros músculos.
Pensé que todo había terminado. Me resultó irónico que también allí, al final de todas las cosas, mi inseparable compañero siguiera a mi lado. Quizá estaba escrito, que todas nuestras penurias, nuestros errores y nuestras pocas alegrías fueran compartidos; porque, efectivamente, así fue.
Abrí los ojos frente al Muro de los Lamentos. Mi cosmos ardía con una intensidad desconocida para mi, y supe que aquella era la delgada línea que separaba a los mortales de los dioses: el octavo sentido. Me sentí orgulloso, pero más que por aquel nuevo hallazgo, por la compañía de la que gozaba. Todos y cada uno de ellos estaban allí. No había miradas duras, no había una determinación ciega que ahogara a los demás sentimientos. Había un sentimiento de unión… que nos hizo sentir en una familia por primera vez. Había sonrisas, miradas brillantes… y gestos cómplices.
Habíamos llegado al final del camino. Aquella era nuestra necesitada redención, e hicimos que sirviera para algo. Todos nuestros problemas, nuestros celos y peleas se esfumaron en la nada, para dar lugar a algo mucho más grande: la puerta al futuro de aquellos que nos seguían.
Fue tan hermoso… Nunca antes había sentido nada igual, y supe de inmediato que mi manera de ver las cosas hasta aquel momento estaba más que equivocada. ¿Qué valor tenía cualquier belleza física si estaba vacía por dentro? Aquello era lo que de verdad importaba: los segundos más bellos de toda mi vida y, quizá, de la de todos.
Por unos segundos, fuimos felices.
¿Por qué entonces ahora es tan difícil alzar al rostro? Supongo que no es intención de los dioses que nuestro camino sea sencillo. Quizá es una más de las pruebas que debemos enfrentar en esta vida que se niega a dejarnos ir y sumirnos en el sueño eterno. O quizá es la última oportunidad que tenemos de hacer las cosas bien.
De todos nuestros poderes, es la libre voluntad lo que nos hace realmente únicos. Gracias a ella tenemos una pequeña pero poderosa oportunidad de desafiar a nuestra suerte. Y solo a través de ella podemos encontrar el camino para volver a sentirnos seres humanos. Yo quiero poner a prueba mi voluntad…
Sabíamos que esto no sería fácil, aunque ingenuamente pensáramos que si, que la pureza de unos haría más sencillo el camino de otros. Sin embargo, la realidad nos ha devuelto los pies a la tierra, gritándonos en silencio que aún hay mucho por arreglar, que aún hay muchas disculpas que ofrecer y muchas heridas que curar.
No tengo la menor idea de cómo hacer semejante cosa, pero será mejor empezar por el principio. Si algo quise decir con esta carta desde un principio, fue que lo siento. Siento haberos traicionado, siento haberos herido y haberos negado mi ayuda. Siento de veras no haber tenido la oportunidad de conoceros…
Solamente dejadme encontrar a Matti, la persona que existe en algún lugar bajo el sobrenombre de Afrodita y que nadie conoce. Dejadme averiguar cómo puedo cuidar de vosotros… cómo puedo consolar lo mucho que os duele el recuerdo, cómo puedo hacer que podáis verme a la cara.
Un niño nace en la inocencia, un niño siente atracción hacia el bien. ¿Por qué entonces tantos de nosotros nos volvemos malvados? ¿Qué hace que algunos emprendan el camino de la oscuridad mientras que otros escogen la luz? Para luchar contra el mal, hay que conocer el mal; hay que viajar al pasado hasta encontrar esa bifurcación en el camino: Donde los héroes cogen un camino, y los villanos, otro.
Dejadme poner la primera tirita en vuestras heridas y yo, gustoso, caminaré bajo la intensa luz que desprendéis mientras os guió en silencio, tomados de la mano… alejándoos de la oscuridad en la que me consumí.
Afrodita de Piscis
-X-
NdA: Wow. Afrodita de Piscis está aquí. No tengo mucho que decir… salvo que es un personaje bien extraño para escribir de él! Aunque al menos él tiene un par de personas "cercanas" de las que hablar. Como aclaración… Afrodita es sueco, me tomé la libertad de situarlo en Uppsala, la cuarta ciudad más grande de Suecia a unos 80km al norte de Estocolmo. Y ahí hace frío. Si alguien ha leído los libros de la saga "Millenium" de Stieg Larsson, gran parte de ellos transcurre en las cercanías de esta ciudad. ¡Ah! Y el bueno de Afro entrenó en Groenlandia, efectivamente.
Matti es el nombre ficticio que le he dado, vamos, no creo que nadie lo bautizase como Afrodita!
Dicho esto, permanezco a la espera de comentarios, tomatazos y de más… Gracias a todos por leer y más gracias aún a los que comentan. Nos vemos en la próxima… ¡Ahora empieza lo bueno!
La Dama de las Estrellas
