Capítulo 9: Dohko de Libra

De alguna manera, la incesante lluvia que azota estos días el Santuario, me recuerda enormemente a Rozan. Pasé allí más años de los que cualquier mortal pueda vivir y con el tiempo, los latidos de mi corazón se acompasaron al ritmo de las imperturbables aguas de la cascada. Ambos éramos iguales, maravillas de la naturaleza destinadas a compartir una parte de sus extrañas vidas.

Yo, sin embargo, a diferencia de aquella salvaje demostración de belleza… cambié.

Cuando éramos chicos, vivimos una época muy diferente a esta; pero al final, las personas no varían… conservan su esencia independientemente del tiempo en que se viva. Fui un chiquillo nervioso, apasionado, y a la vez despreocupado. Sin tener la menor idea de cómo sucedió, pasamos nuestra adolescencia jugando en el tablero de los dioses. Hicimos grandes amigos, peleamos entre nosotros, nos enfadamos y nos extrañamos. Llegamos a odiar… pero también a olvidar.

Nada cambio respecto a esta generación, ¿verdad?

Sin embargo, cuando nuestra época llegó a su fin, la realidad cayó sobre Shion y sobre mí como un balde de agua fría. Siempre habíamos tenido grandes sueños, grandes expectativas de lo que nuestro futuro depararía. Habíamos jurado con sangre proteger a todos los que amábamos.

No pudimos hacerlo.

Y al final del camino, nos vimos solos. Él y yo, en medio de un paraje destruido, bañados en sangre que ni siquiera era nuestra. Rodeados de cadáveres de viejos amigos mientras la risa psicótica de un viejo dios aún resonaba en nuestros oídos. Pero en medio de aquel desastre, vos aún resplandecíais. No erais Saori, usabais otro nombre, otro rostro… Pero vos estabais ahí, herida, y aún inmensamente fuerte. Sonreísteis, dándonos una paz y sosiego que jamás creímos alcanzar en una situación así.

Nosotros nos sentíamos decepcionados, dolidos. No solamente por las perdidas… sino porque nos íbamos con aquel sentimiento amargo de que hubiéramos podido hacer más. De que debíamos haber hecho más. Pero de pronto… escuchamos vuestra voz con nitidez, a medida que os alejabais con vuestros hermanos, disolviéndoos ante nuestros ojos. Boquiabiertos, y sin atinar a decir nada, aceptamos la que sería la misión de nuestra vida. No podíamos negarnos y tampoco queríamos.

Éramos niños con el corazón roto y el orgullo destruido. Ambos nos tomamos aquella misión como nuestra redención personal… como nuestra única y verdadera meta en la vida.

Cambiamos mucho a partir de entonces. Los que fuimos chiquillos inquietos y con aquella irresponsabilidad típica de la juventud… crecimos de golpe. Nos separamos, viéndonos con una mirada triste y murmuramos un hasta pronto. El Santuario, vacio y lúgubre, casi destruido, esperaba a uno. El horizonte desconocido de Rozan, me esperaba a mi cuando comenzaba a sentir, irremediablemente, el efecto del misopetamenos.

Apenas sabíamos que era aquello que debíamos hacer para cumplir nuestro cometido, pero nunca perdimos nuestra recién hallada paciencia. Observamos el horizonte, y escrutamos las estrellas en busca de un guiño amable, un recuerdo cariñoso y el aliento que habíamos perdido. Y con el tiempo, dejamos de ser dos chiquillos inquietos.

Había mucho tiempo para hacer las cosas bien, no tenía sentido apresurarlas. Aprendimos a reflexionar y pensar, olvidando el carácter casi irreflexivo que, al menos a mí, me había caracterizado. No había echado a un lado la decisión de la que siempre hice gala siendo apenas un niño, pero ya no era necesaria. No me miré en el espejo más que un par de veces a lo largo de doscientos años. Mentiría si dijese que mi propia imagen no me impresionaba… Sin embargo, mis ojos ya no chisporroteaban con la travesura de los dieciocho años, sino que, de algún modo, se habían inundado de un sentimiento extraño.

Paciencia, quizá la sabiduría que uno alcanza por viejo, comprensión, melancolía…

Escuchaba a lo lejos la voz de Shion, tan alegre y suave como había sonado desde que era un niño y, a pesar de ello, desprendía una autoridad hasta entonces desconocida. No daba miedo, pero si infundía un profundo respeto que lo hacía merecedor del lugar que ocupaba.

Más de dos siglos pasaron entre conversaciones lejanas. Muchas generaciones distintas crecieron y murieron ante nuestros ojos, enseñándonos infinidad de cosas que en nuestra época de santos no habíamos llegado a averiguar, y haciéndonos redescubrir otras. Siempre estuvimos rodeados por el ímpetu inquebrantable de la juventud, de aquel sentimiento que te empujaba al límite de todo, haciéndote sentir invencible.

Pero ya no era nuestro sentimiento: era el de todos aquellos que nos sucedieron. Les vimos tropezar, llorar y levantarse; les despedimos con el corazón acongojado cuando sus cuerpos desfallecían y sus almas buscaban el abrigo de los Elíseos. Nos convertimos en maestros, mejorando cada vez un poco más; encontrando la manera de que todo niño que pasara por nuestras manos compartiera nuestros sueños y creciera sin miedo a ser lo que era.

Sin embargo, doscientos años son muy largos. Contamos cada día faltante para que vuestra reencarnación llegara a nosotros nuevamente. Nos preparamos de todos los modos posibles y nos emocionamos ante la inminente llegada de vuestros santos. El nacimiento de un guerrero siempre nos llenaba de una emoción especial, pero ambos sabíamos que aquella vez sería diferente.

Escuchaba a Shion hablar con un nerviosismo que no había mostrado en más tiempo del que lograba recordar, y de algún modo, aquel sentimiento se me contagiaba y me provocaba cierta envidia. Sería él quien educaría a vuestros ángeles de la guarda, quien los vería crecer y alzarse sobre los hombres como los Santos impresionantes que debían ser. Yo estaba condenado a vivir todo aquello desde la distancia, a verles fugazmente en una que otra ocasión, y a meditar solo acerca de sus rostros infantiles y las sensaciones que me habían provocado.

¡No sabéis cuanto tiempo lamenté no haber podido estar allí! Pero antes de que pudiera si quiera manifestar mi desencanto, todo se precipitó.

Los primeros niños llegaron. La cosmoenergía de Shion enmudeció de pronto para desbordar después una emoción insostenible. Muchas veces habíamos imaginado cómo serían, cómo lucirían y cómo sería el resplandor de sus ojos. No me equivoco cuando digo que todas las expectativas que teníamos marcadas, se vieron superadas en apenas un par de minutos.

Sorprendentemente, los gemelos trajeron consigo una alegría al Templo Papal que ninguno había esperado. Doscientos años haciendo planes, imaginando todos los posibles escenarios y preparándonos para ser maestros implacables… porque todos ellos debían ser magníficos, y sucedió aquello. Shion se había convertido en un padre: uno maravilloso del que nadie había podido gozar en el Santuario hasta aquel entonces. Día a día escuchaba las anécdotas de sus travesuras y me maravillaba no solo con ellas, sino con la ilusión que desprendía la voz de mi hermano.

Sabíamos que aquella generación sería distinta a todas las demás, éramos conscientes de que tendrían algo especial que les haría destacar porque ellos velarían vuestros sueños. Pero por un tiempo, todo aquello pareció quedar en un segundo plano. Efectivamente, eran diferentes a todos los chiquillos que los habían precedido, y cuando Aioros llegó al Santuario… comprendimos, impresionados, lo mucho que se parecerían a nuestra propia generación.

Tragamos saliva con emoción y miedo, por todo lo que sabíamos podía pasar. No estábamos dispuestos a cometer los mismos errores una y otra vez. Se les educó con dureza, como a los príncipes de las leyendas que escuchaban antes de dormir. Y crecieron fuertes, ¡vaya si lo hicieron!

Había escuchado tanto de ellos, que la primera y única vez que les vi, siendo apenas unos chiquillos que atisbaban la adolescencia a lo lejos, enmudecí. Eran tan parecidos a mis compañeros caídos… Por un momento, no supe que decir ni que hacer, salvo mirarlos con interés. Me hechizaron con aquel aura fuerte y llena de sueños que los rodeaba y pensé que a partir de entonces todo sería mucho más fácil. Los tres primeros habían cumplido con todas las expectativas y las habían superado, los siguientes no harían más que ir a mejor.

Pero me equivoqué, y no fui el único. Desde los Cinco Picos pude sentir el pesar que ensombrecía el buen ánimo de Shion a medida que pasaba el tiempo. "Los augurios no son buenos", decía, aunque jamás me dijo que era aquello que veía.

Con el tiempo, comprendí que las palabras eran innecesarias. El primer combate llegó pronto y el desenlace no nos sorprendió a ninguno de los dos. Todo había ido según lo esperado y el primer Santo Dorado de la generación podía lucir con orgullo su armadura; el segundo lo siguió poco después.

Sin embargo, el fantasma de épocas pasadas no dejaba de rondarnos a todos, murmurándonos en el oído lo mucho que podían torcerse las cosas en un pestañeo. Y no se equivocó.

Probablemente, Shion y yo volvimos a equivocarnos después de todo, porque confiamos en que todos ellos serían lo suficientemente fuertes como para levantarse después de cada caída sin que nadie les tendiera una mano. Se de sobra que él creyó ciegamente cada palabra pronunciada y jamás cuestionó a ninguno de los chicos. Confió en ellos hasta el final… y yo hice lo mismo. Después de doscientos años dedicándonos a aquello, no podíamos equivocarnos de un modo tan fácil. Y lo hicimos.

La sucesión al trono siempre había sido un asunto complicado, más aún con la cantidad de recuerdos desagradables que nos embargaban, y el cambio que surgió en el último momento no lo mejoró. Solamente ahora se lo mal que estaban las cosas mucho antes de que nosotros diéramos cuenta.

Pero el ahora ya no sirve.

Sentí como el Santuario se había convertido en un campo de batalla, como los cosmos hermanos peleaban entre si hasta que uno silenciaba al otro… y sentí como sus auras lloraban.

No hubo una despedida, ni palabras que nos animaran a un reencuentro lejano. El hasta pronto que nos había separado dos siglos atrás cayó en el olvido, y en el silencio de la noche, en que el cosmos de Shion fue erradicado. Recuerdo de sobra que aquella fue la primera vez que lloré tan amargamente en mucho tiempo, y la impotencia de no haberlo visto venir… o de no poder ayudarlo fue demasiado grande.

Mi voz se acalló, como la de muchos otros. Cerré los ojos y volteé hacia otro lado, concentrándome en aquella cascada que escondía a nuestro peor enemigo, y dejé que el destino transcurriera como debía. No por ello fue menos difícil, o doloroso. Habíamos cambiado mucho a lo largo del tiempo, pero Shion era lo único que conservaba como un tesoro de mi verdadera vida y se había esfumado de un plumazo. Sin embargo, el dolor no es excusa. Somos santos, no niños enrabietados, y yo me comporté como uno.

La vida siempre fue caprichosa e irónica.

Le di la espalda al Santuario sintiendo un terrible dolor. No solamente Shion había caído… sino que Kanon se había esfumado de la faz de la tierra y Aioros había muerto bajo el imborrable peso de la palabra traición. ¿Y Saga? No me costó demasiado trabajo saber quien había sido la mano que había segado la vida del maestro con semejante contundencia y me sentí furioso. No solamente con él, sino por todo lo que el chico representaba precisamente para Shion. Todas las expectativas, los sueños y esperanzas que él había atesorado con el tiempo… se rompieron.

Cuando el enfado se disolvió, la realidad se manifestó ante mí con una crudeza inquietante. Comprendí todo lo que había sucedido en apenas un pestañeo y me maldije por haberme cegado tanto en mi dolor.

Día tras día un nuevo Santo de Oro ocupaba uno de los templos sagrados y vestía una nueva armadura. Yo, casi al otro lado del mundo sonreía con tristeza. Esos niños, que se habían dejado la vida en el largo camino hasta las armaduras de oro, ni siquiera sabían a quien servían. Los lazos que les unían siendo niños, se habían roto o debilitado al extremo. Ya no eran más una familia, ni siquiera un equipo. Eran chicos orgullosos que se sabían solos en el mundo que les había tocado vivir y que sabían de sobra que nadie les tendería una mano si lo necesitaban.

Soy incapaz de culparles. Debimos ser nosotros, Shion y yo quienes viéramos esto venir. Éramos sus guías, sus protectores… por eso nos concedisteis esta larga vida. ¿Y qué hicimos nosotros? Nada. Yo debí estar ahí cuando Shion faltó…

Sorprendentemente, un buen día, Shiryu llegó a mi vida. Era la primera vez en mucho tiempo que recibía a un futuro aprendiz, y aunque me sentía receloso de las órdenes que llegaban del Templo Papal… accedí. No comprendo demasiado bien por qué lo hice, ya que aquella fue la única petición suya que cumplí. Pero cuando vi aquellos ojos azules, casi cristalinos, mirándome presa de la fascinación, el miedo y la emoción… recordé que era lo que nos había llevado hasta aquel punto.

Quizá nunca llegara a ser más que un Santo de Bronce, pero dadas las circunstancias aquella era la única manera que tenía de infundir un poco de cordura en la Orden. Me di cuenta, viéndolo crecer, esforzarse, sufrir y llorar… por todo lo que había pasado Shion tiempo atrás cuando se había encargado de los chicos de oro. Hasta aquel momento no había comprendido lo mucho que significaban aquellos niños para él… ni tampoco aquel sentimiento paternalista del que hablaba alguna vez.

Me sentí padre, no solamente de Shiryu, sino de Shunrei también y por un tiempo fui inmensamente feliz a pesar de todo lo que había sucedido. Hinché el pecho orgulloso cuando lo vi marchar de Rozan embestido con la armadura del Dragón, y entonces, la soledad me obligó a reflexionar una vez más.

¿Qué pasaría entonces? ¿A dónde iría y qué haría con aquel ropaje? ¿Volvería alguna vez?

Afortunadamente, vos no tardasteis en manifestaros. Sentí vuestro cosmos inundando hasta la última fibra de mi viejo ser y un par de lágrimas rodaron por mis arrugadas mejillas. Con vos de vuelta ya no había nada que temer. Todo estaría bien…

Vivisteis un calvario, pero eso os convirtió a vos y a los santos de bronce en lo que siempre debió ser la Orden de Athena. Un equipo unido, dispuesto a morir sin pensarlo dos veces si aquello servía para mantener a todos a salvo. Y vuestros pasos indecisos finalmente os llevaron de vuelta a casa: el Santuario se elevó imponente ante vos y descubristeis no solamente la belleza de vuestro hogar… sino la fuerza imponente de los que debían haber estado a vuestro lado como lo estaban Shiryu y los demás.

El trágico desenlace es de sobra conocido. Desde Rozan sentí como vuestro corazón se rompió en mil pedazos y vuestras propias lágrimas quemaron mis mejillas. Siempre había sido así después de todo, nunca habíais soportado que uno solo de vuestros Santos sufriera daño alguno y en aquella ocasión… la herida era demasiado profunda y había demasiada sangre en todas partes.

Agaché la cabeza apesadumbrado cuando sentí el cosmos de Saga desvanecerse: un cosmos que hacía trece años que no brillaba. Sin embargo, a pesar de todo lo que significaba aquel momento… me sentí aliviado, porque la pesadilla había terminado. Ares se había ido, y aunque las consecuencias eran demasiado graves, al final podríamos empezar de cero.

Les sentí tan perdidos como los niños que habían dejado de ser mucho tiempo atrás. No tenían la menor idea de qué era lo que debían decir, ni cómo debían reaccionar o comportarse a partir de entonces. La realidad se había manifestado ante ellos del modo más doloroso posible y se sentían… fracasados.

Lo sé porque yo me sentí exactamente igual. Los por qués, los posibles "y si…", los quizás… todo resonaba una y otra vez en nuestras mentes y rompía nuestros corazones. Habíamos podido hacer las cosas de un modo totalmente diferente y nunca lo intentamos, nunca lo intenté. Ese será un peso que jamás podremos quitarnos de encima aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas.

Sentí su desconfianza cada vez que me escuchaban. Sabía de sobra que se preguntaban por qué mi consejo llegaba tan tarde… con Poseidon azotando nuestras puertas. Yo no tenía una respuesta. Había hecho casi todo mal a lo largo de mi vida, y tal y como solía hacer cuando no era más que un chiquillo como ellos… me dejé llevar por mi instinto.

Sabía que tras el dios de los mares había una amenaza que era aún más grande que el propio Poseidón. ¿Por qué? Porque de pronto, todo parecía un rompecabezas que se había encajado a la perfección en mi mente. Miré pensativo aquel sello, cada vez más débil, que mantenía a los espectros a raya y llevé mi vista, instantes después, en dirección a Athenas.

No había tiempo. No podía arriesgarles de aquella manera.

Todas sus quejas, sus palabras airadas y sus discusiones… tenían razón de ser. Recién estaban empezando a reconocerse, a descubrir su sitio en el nuevo mundo que vivían y yo, que no les había tendido la mano cuando más lo necesitaron, les decía que hacer. Por un instante, me vi reflejado en la mirada furiosa de Aioria y Milo cuando tenía dieciocho años.

Pero sorprendentemente, me tuvieron en cuenta y accedieron a mi petición. No creo que nadie pueda comprender lo agradecido que estoy por ello, porque de alguna manera siento que finalmente si hice algo por ellos. Les evité el mal trago de encontrar a Kanon envestido con la escama del Dragón de los Mares, completamente enloquecido y dominado por el odio.

No era que no confiara en ellos, porque lo hacía, sino que nuestro cometido era otro distinto: teníamos una guerra aún peor que pelear con la Orden Dorada diezmada a la mitad. Sé que les dolió ver como los chicos de Bronce se ocupaban de algo que consideraban era suyo. Al fin y al cabo, sería la primera batalla que librasen defendiéndoos a vos verdaderamente. Pero a mí también me resultó difícil enviar a mi hijo a un infierno marino como sabía sería Atlantis. Ya había perdido amigos allí… y no quería repetirlo. Sin embargo, era lo adecuado, confiaba en que salieran victoriosos de allí una vez más y que vos volvierais a salvo.

Lo hicisteis… y trajisteis con vos al hijo prodigo. Me contasteis el modo en que curasteis sus heridas, infligidas por el tridente que iba dirigido a vos, y me pedisteis que guardara silencio. Kanon no quería que nadie supiera que había vuelto.

Apenas hubo tiempo para que él y vos os acomodarais en el que siempre debió ser vuestro hogar. Las pesadillas os azotaron en el preciso instante en que el sello se disolvió y las almas encarceladas de los espectros inundaron el cielo nocturno de cientos de estrellas fugaces. Un sentimiento indescriptible de emoción, ganas de pelear y cierto rencor hacia Hades inundaron mi pecho, y me dispuse a volver a casa por primera vez en más de doscientos cuarenta años.

No tuve tiempo.

Nuestras peores pesadillas se hicieron realidad. Aquellos a quienes amamos y extrañamos volvieron de entre los muertos y… su decisión era sobrecogedora. Supe que nada ni nadie les haría cambiar de opinión, menos aún si después de todo eran respaldados por Shion.

Llegué con la respiración entrecortada y el pulso desbocado, y cuando Meridia se iluminó en su lúgubre luz, mis ojos contemplaron por primera vez al antiguo Santo de Aries. Allí estaba, luciendo exactamente igual que cuando éramos unos chicos, pero envuelto en una macabra armadura negra que relucía igual que la misma noche que había caído sobre nosotros.

Apenas pude ver fugazmente la espalda de los tres que lo seguían fielmente.

Shion me miró con lo que creí, dolorosa e ingenuamente, que era desdén. Mostró una arrogancia que no recordaba que tuviera y me sentí vilmente traicionado. Podía soportar muchas cosas en la vida, muchos golpes y decepciones… pero no una suya. Él era diferente… siempre lo había sido.

Al desdén siguió el asombro. Rompí el efecto del misopetamenos a la vez que un dolor indescriptible desgarraba cada célula de mi cuerpo, mi corazón se aceleró inexplicablemente, volviendo a su ritmo normal y el aire entró dolorosamente en mis pulmones, como si fuese un recién nacido. Mientras, a lo lejos, los cosmos soberbios de Saga, Camus y Shura explotaban en toda su magnificencia, dejando en claro que no habían venido a jugar. Shion sonrió orgulloso, una vez más, al sentirles.

Siempre pensé que volveríamos a encontrarnos antes del verdadero final, pero no había imaginado que sería de aquel modo. Libra me vistió después de más de dos siglos y se sentía tan viva, cálida y fuerte como nunca. Su cosmos resonaba a la vez que el mío y recordé lo mucho que había extrañado su compañía y su calor en los momentos más oscuros.

Me importó poco el daño que pudiera hacerme la Revolución Estelar después de tanto tiempo sin pelear. Imprimí toda la fuerza que pude a los Cien Dragones de Rozan. No me importaron las suplicas de Shiryu, que inexplicablemente había aparecido allí poniendo en peligro su vida, ni la cara de enfermiza fascinación de Shion. Solamente deseaba desquitarme porque todo había salido mal. Deseaba llorar y gritar con todas mis fuerzas, porque no solamente mi cuerpo había rejuvenecido, sino que parecía haber recuperado mi viejo carácter… aquel al que tanto había extrañado sin saberlo.

Nuestros cosmos explotaron, uno contra el otro, igual que cuando no éramos más que un par de aprendices que deseaban presumir sus avances… Todos habíamos hecho aquello alguna vez de chicos: medir nuestra fuerza contra el rival más fuerte. Sin embargo, en aquella ocasión había asumido que sería la última: nuestro poder había aumentado considerablemente. Creí que ya no presenciaría ninguna desgracia más, y lo acepté sin vacilación. No concebía un modo mejor de morir que a manos de mi único amigo y hermano, y tampoco tenía intención alguna de dejarle vivir como un espectro. Aquello traicionaba todo lo que Shion representaba para mi, y no quería, que de ningún modo posible… la admiración que sentía por él se esfumara.

Sin embargo, solo pasaron unos interminables segundos, cuando nuestros rostros magullados y heridos… giraron en la misma dirección.

Virgo.

Entreabrí los labios sin atinar a pronunciar una sola palabra e, inmediatamente, busqué a Shion con la mirada. Él no me veía. Sostenía entre sus manos uno de los pétalos de los Salas Gemelos, mientras un torrente de lágrimas se entremezclaba con la lluvia que nos castigaba. Pronunció uno a uno los nombres de todos ellos y desde donde estaba, pude sentir como su corazón se rompía en mil pedazos.

Su cosmos estaba tan agitado como no lo había estado en el momento de su muerte, y le comprendí. Estaba preparado para morir antes que ellos… pero no para verlos caer y menos aún de aquel modo. Pese a todo, tras aquellas lágrimas y aquella expresión compungida, brillaba una pizca de orgullo. Se sentía infinitamente orgulloso de sus chicos, sus niños… de su capacidad para levantarse y la fuerza de voluntad que poseían. Y sufría por ellos, no solamente por los golpes que sus cuerpos recibían… sino por las profundas heridas que se iban abriendo segundo a segundo en su alma y que ellos no dejaban les ganaran la batalla.

No era la primera vez que veíamos la Exclamación de Athena, y a pesar de todo, se sintió más sobrecogedora aún que la primera, mucho tiempo atrás, o la segunda hacía apenas unos minutos.

Shion echó a correr, susurrando vuestro nombre y en ese momento comprendí. Saga, Shura y Camus estaban dispuestos a lo que fuera, y Shion les respaldaría hasta el final, sin importar qué. Confiaba ciegamente en ellos… y ellos confiaban ciegamente en él. Como siempre había debido ser. Cuando vi su melena empapada alejarse, me di cuenta de que más allá de los lazos de cariño que pudieran unirles y su tormentoso pasado… Solamente erais vos quien los mantenía en pie.

Maldije con todas mis fuerzas la ceguera que me había acosado hasta aquel momento y corrí tras él a toda velocidad, hasta que pude alcanzarlo. No lo detuve, seguí a su lado… como en los viejos tiempos. Ya no éramos enemigos, éramos dos viejos amigos que se habían reencontrado en medio de la tempestad, con la luna a nuestras espaldas llorando la misma sangre que vuestros santos.

Desgraciadamente, llegamos tarde. Decidisteis poner fin a vuestra vida con el único objetivo de preservar la de ellos, la nuestra; y no os disteis cuenta que con vos os llevasteis un pedacito de nuestra alma. Nosotros no pudimos hacer más que recomponer lo poco que quedaban de nuestras fuerzas y empujar a los más jóvenes hasta el final.

Esperamos al amanecer pacientemente, en silencio. El horizonte del Santuario estaba destruido y vuestros cosmos danzaban por todas partes. Shion no pronunció palabra alguna después de enviar a los chicos de bronce tras Saga y los otros. Solamente se dejó arrullar por la brisa que tanto había extrañado de nuestro hogar. La suerte ya estaba echada, y sabía de sobra que ya podía irse en paz: habían luchado con todo lo que tenían… y un nuevo santo de oro tomaba su lugar tras nosotros.

Lloré cuando sentí como se deshacía en una cálida nube de cosmos, igual que de si un sueño se tratase. Pero sabía que no era el único que contemplaba aquella escena. Pronuncie su nombre por primera vez sin reparos, sin reproches: feliz.

Kanon me siguió sin pestañear si quiera, alzándose por primera vez como lo que debió ser desde un inicio: un santo. Apenas miré sus ojos una vez, y lo que encontré… me maravilló. Ya no había rencor alguno, ni recelo o dobles intenciones. Había decisión, confianza y el firme propósito de hacer que nos sintiéramos orgullosos de él. Pero por sobre todas las cosas, había un brillo especial en aquella mirada esmeralda: necesitaba la redención, necesitaba que donde quiera que estuviera… su hermano se sintiera orgulloso de él después de todo.

Y puedo asegurar que no fue solamente Saga quien se sintió de tal modo respecto a él: todos lo hicimos.

El camino por el Inframundo nos separó. Le di un último vistazo antes de irme y sonreí. Era la viva imagen de un Géminis: exactamente igual a como mi memoria los recordaba.

Hubiera querido ser de más utilidad, pero por primera vez en mucho tiempo, me sentí perdido frente al Muro de los Lamentos. Pensé que podíamos hacerlo, que Libra podía, ingenuamente, reemplazar la fuerza de nuestros compañeros, y no fue así. Todo pareció ponerse cuesta arriba en el último momento, y la presencia de Shiryu, Seiya y los demás, no ayudaba en absoluto.

Sin embargo, esta generación no estaba destinada a fracasar. Estaba destinada a brillar en lo más alto del firmamento, convirtiendo en posible lo imposible. Pestañeé confuso un par de veces, hasta que comprendí que aquellas siluetas que me sonreían de vuelta eran reales: que todos estaban allí dispuestos a dar el golpe de gracia. Asentí sonriente mientras los miraba uno a uno, y cuando el intercambio de palabras y despedidas terminó… No se me escapó la mirada cómplice intercambiada entre dos de ellos, que decía tantas cosas en un silencio atronador.

Amplié mi sonrisa, y me hice a un lado. Aioros pasó a mi lado con un gesto de felicidad deslumbrante y apenas a un paso de él, Saga lucía majestuoso. Finalmente, era el momento del cambio, del relevo: era el momento en que los chicos debían volar solos… aunque fuera en el mar de estrellas que nos esperaría tras aquel momento.

Tiempo después, nos encontramos de vuelta en casa. El Santuario florece de nuevo, lenta pero inexorablemente, y vos os hacéis cada vez más fuerte. Pisé Libra con miedo, después de tanto tiempo, sintiéndome casi un extraño. Tuve tiempo para reflexionar, para acostumbrarme de nuevo a mi hogar y olvidar el susurro incesante de la cascada. Pero pensar no siempre es bueno, ¿verdad?

No puedo evitar rememorar cada uno de los momentos vividos en la lejanía cuando mi mirada se pasea por las Doce Casas, o cuando me topo con alguno de los trece. No hay algarabía ni felicidad desbordante. Hay un pesado silencio que intenta curar las heridas sin provocar otras nuevas. Miradas furtivas, que no dicen nada… pero que esconden demasiados sentimientos. Nadie me reprochó nada, y aún así, se que internamente una parte de ellos me mira con dolor. Les duele que no tuviera el valor de tenderles una mano cuando más lo necesitaron, se preguntan en silencio por qué no lo… ¿Por qué les dejé caer por el abismo?

Yo siempre creí que hacía lo correcto, que ellos, aún siendo niños, serían capaces de superar todas las trabas de la vida hasta que llegara el momento de la verdad. Olvidé que hasta el más fuerte entre los hombres se siente solo y con miedo alguna vez, confundido. Olvidé que todos necesitamos una mano amiga en algún momento, aunque guardemos silencio y finjamos que todo está bien.

Ellos no la tuvieron y, tras la muerte de Shion, debí ser yo quien velara por sus sueños y ahuyentara sus temores. Aquello era lo que Shion hubiera querido. Debí detener toda aquella locura antes de que se convirtiera en una catástrofe…

Pero los "debí" no sirven de nada. Lo hecho, hecho está. Me equivoqué profundamente, y no fui el Maestro que debí ser. Me incomoda cuando me miran con ese infinito respeto que abandona sus ojos y ven en mí una figura admirable, cuando no fui más que un anciano asustado.

Yo puedo ver a través de ellos, princesa. El tiempo me ha dado ese privilegio. Sus rostros serios e inalterables, no son más que máscaras que pretenden decir "estoy bien" cuando necesitan llorar desconsoladamente. Ahora puedo ver al niño que queda en ellos, llorando tras esas armaduras de oro que los coronan como dioses entre los hombres. Siento sus gritos silenciosos que suplican por ayuda… y por amor.

Yo tuve una vida plena después de todo. Viví más tiempo del que me tocaba, y a pesar de todo estoy aquí de nuevo, gocé de la dicha de ser un maestro y un padre y disfruté de la compañía de buenos amigos.

Ellos merecen lo mismo, merecen disfrutar de la misma oportunidad que nosotros tuvimos… Es injusto que sus vidas se apaguen entre las sombras de las palabras silenciadas y el remordimiento, sin haber gozado de la felicidad que unos jóvenes como ellos deberían tener.

No os esforcéis por mí, ni siquiera por el viejo Shion…

Esforzaos por ellos.

Esforzaos porque nos han hecho sentir un orgullo desbordante.

Esforcémonos, porque se lo merecen.

Dohko de Libra

-X-

NdA: ¡Y aquí estoy de nuevo! Se que hubo quien pensó que lo adecuado sería que Dohko terminara con el último capítulo del fic, pero creo que lo mejor era hacerlo de este modo. No tengo mucho que decir de él… salvo que espero haber plasmado correctamente la diferencia entre el Dohko joven/rejuvenecido, y el Dohko viejito/Yoda.

Solamente me queda agradecer infinitamente el excelente recibimiento que tuvo el capítulo de Afrodita. Y aclarar algo respecto a su nombre, porque veo que es un dato que llamó muchísimo la atención y os gusto. Matti es, según estadística, el nombre de hombre más utilizado en Finlandia. Es la traducción en finés de Mateo, o Matthew, y significa: regalo de dios. Ya se que Afrodita es sueco, pero es muy común que en Escandinavia utilicen nombres provenientes de los países vecinos.

Otros Mattis célebres: Jari Matti Latvala, piloto Ford de Rallies. Y Eicca Matti Toppinen, componente de Apocalyptica.

Con esto, me despido. Espero que nos veamos pronto, muchas gracias por vuestro tiempo y vuestros reviews. Los replys a los anónimos los encontrareis en mi profile.

La Dama de las Estrellas