Capítulo 10: Shura de Capricornio

Hace mucho tiempo creía que era imposible que en este diminuto rincón de Grecia pudiera llover. Hoy, las miles de gotas de agua que humedecen el ambiente propagan ese olor tan especial de tierra mojada. El Santuario apenas comienza a recobrar el aspecto imponente que siempre conocí. Todos, desde el primero hasta el último de los aldeanos y guardias, se esmeran y afanan por limpiar el rostro ensangrentado y herido de nuestro pequeño reino.

Extrañamente, no hace calor. Observo el horizonte ennegrecido, solamente iluminado por los espectaculares rayos que lo rasgan, y me estremezco. No puedo evitar darme la vuelta, acurrucarme bajo la inmaculada seda de mi capa y agachar la cabeza, mientras me adentro como un lobo herido en mi guarida. Capricornio apenas luce cicatrices de guerra… Y sin embargo, el Templo entero parece sumido en un lamento triste.

Se siente hueco, vacío. Sin sentido.

Como siempre que tomo ese camino, me topo con vuestra estatua y no puedo evitar observarla con detalle. Un rostro de suave porcelana coronado con dos orbes de cuarzo que parecen atravesar a quien ose cruzar su mirada con ellos. Vuestro peplo de mármol cae con gracia sobre vuestras formas y vuestra mano se extiende ante el que, algún día lejano, fue el primero de la Casa de Capricornio. Lucís hermosa, tranquila y orgullosa, a la vez que vuestras finas manos le tienden la espada sagrada.

Mis ojos viajan hacia el soldado arrodillado. Su rostro luce sereno, pero emocionado, como todo hombre reaccionaría al recibir semejante regalo de vos.

Sonrió tristemente y me acurrucó a los pies de la efigie, como hacía siendo niño. Tomo una bocanada de ese aire húmedo y dejo que el suave olor a incienso del salón embriague mis sentidos. Entre mis manos sostengo estas hojas, que han paseado conmigo largo tiempo desde que nos otorgaras tal cometido. Hasta ahora no me había decidido a tomar la pluma entre mis dedos, y no por falta de valor… Aunque a veces flaquea, sino porque a lo largo de mi vida ocurrieron demasiados acontecimientos sobre los que aún hoy debo reflexionar y encontrar un por qué.

Crecimos envueltos en un mar de leyendas. Historias increíbles que hacían volar la imaginación de todos los chiquillos del Santuario. Los dioses, héroes y bestias fantásticas se adueñaban de nuestros sueños, convirtiéndose poco a poco en nuestra única ambición.

Era difícil comprender lo que implicaba ser un santo, sin importar el rango. Después de todo, solamente éramos niños: queríamos jugar y divertirnos. Unos obtuvieron mejores explicaciones que otros, pero al final, el resultado fue el mismo. Casi sin darnos cuenta, ya creíamos ciegamente en vos: una diosa a la que no habíamos contemplado jamás, y a la que muchos morirían sin ver. Nunca se nos pasó por la cabeza la posibilidad de que vuestra presencia no fuera más que una farsa. Vivíamos en un mundo fantástico, oculto al mundo y cada día que continuábamos con vida escribíamos un renglón más en aquel cuento. Los viejos héroes confiaron en vos, os defendieron y gritaron vuestro nombre en el campo de batalla.

Solamente éramos niños, y nosotros queríamos el mismo destino. Habíamos aceptado sin poner un solo pero que nuestra solitaria existencia se debía únicamente a vos. No más preguntas, no más explicaciones… Los recuerdos de toda vida ajena al Santuario que pudiéramos tener fueron echados al más profundo de los olvidos: seguramente así sería menos doloroso.

Pero entonces, en medio de aquel mar de irrealidad y confusión, nuestra propia historia comenzaba a tomar forma. Conocimos a otros niños, hicimos amigos. Nos peleamos y lloramos. Nos pusimos a prueba, mientras Excalibur, forjada para ser empuñada por el más noble de corazón, como el lejano Rey Arturo… se perfilaba como el objetivo más cercano de mi infantil horizonte.

Gocé de la compañía de un buen maestro, que más que eso terminó siendo un padre en medio de todo el caos. Siempre renegaba cuando veía en mis ojos una pizca de cariño hacia él, y acto seguido comenzaba la retahíla sobre su misión y mi lugar en el mundo. Debía crear un guerrero, un arma de guerra perfecta y letal, capaz de sobrevivir e imponerse al resto. Debía inculcar en mi cabeza dura un montón de convicciones y principios que jamás deberían ser quebrados. Y a la vez, se esforzaba porque descubriera el mundo que se extendía más allá de Capricornio, aquel universo que debía proteger con mi propia sangre.

Siempre fui un niño tímido al que le costaba ligeramente entablar conversación, quizá era porque aún me sentía como un extraño en medio de aquella locura. Apenas me alejaba más de lo necesario de mi Templo, fue así que conocí al que probablemente fue mi primer y único amigo. Llamadlo casualidad, o simplemente destino… pero aquel día en que caminaba enfurruñado a escasos pasos de mi maestro, con las rodillas y las manos magulladas después de un entrenamiento que no había ido todo lo bien que me hubiera gustado, me topé con él.

Casi escondido tras la espectacular silueta de mi maestro, lo descubrí en Sagitario, con los dos hermanos de Géminis. No tenía la menor idea de que era lo que estaban haciendo, apenas los había visto un par de veces antes. Pero algo en mi mente infantil identificó el rastro de la travesura, en aquel repentino silencio acompañado por sus caras de inocencia. Los miré fijamente, hasta que me vi sorprendido por la esplendida sonrisa de Aioros.

No hubo un por qué, ni nada especial sucedió. Pero aquel insignificante gesto cobró para mi más importancia de la que nunca podría describir. Me convertía en su sombra siempre que tenía ocasión, adoraba su compañía y sus logros me maravillaban. Pero más me emocionaba aún el hecho de que siempre tenía un momento para brindarme: a pesar de que se ocupaba de Aioria, de sus obligaciones y de que tenía sus propios amigos. Siempre tenía una sonrisa en el rostro, sin importar lo cansado que se encontrara. Empecé a admirarlo, hasta que se convirtió en un verdadero ídolo para mi. Era todo lo que yo imaginaba debía ser un héroe. Era todo lo que yo quería ser. Era mi propio ejemplo a seguir: fuerte, luchador, incansable, con un corazón de oro… Parecía que no había obstáculo que él no pudiera sortear.

Lo encumbré tanto, que se me olvidó que era un mortal como cualquier otro: un crío. El también se equivocaba, también lloraba y se enfadaba. Todos ellos eran humanos, los dos tenían un corazón bajo la coraza de oro en que se habían enfundado. Pero nunca lo tuve en cuenta, no reparé en las heridas del alma que sangraban continuamente bajo la fachada impresionante que lucían.

Me marché de Grecia con la única promesa de volver envestido con mi propia armadura, mientras miraba atrás sobre el hombro y veía su gesto sonriente, pero a la vez triste. En aquel momento no reparé en ello, pero supongo que hoy día todo se ve mucho más claro. Aioros se quedaba en casa, había alcanzado su precioso destino y saboreaba el éxito. Yo me iba… con la incertidumbre de si alguna vez volvería. Sabía que tenía su confianza puesta en mi, pero en aquel momento… algo en su mirada delataba que también él me extrañaría, y que seguiría preocupado hasta verme de vuelta: conocía de sobra el tortuoso camino que me quedaba por recorrer.

Ahogué las lágrimas lo mejor que pude, y las guardé para cuando nadie más que yo pudiera verlas.

Volví a España, y alcancé los altos Pirineos, el que alguna vez fuese mi hogar; pero ya no se sentía así. El aire, increíblemente puro, no olía a gloria y sangre. La algarabía del Santuario a la que me había acostumbrado no era más que un recuerdo acallado por el suave murmullo del viento y el atrevido canto de los pájaros.

Entrené cada día de aquellos años hasta la extenuación. Me esforcé al máximo por ser cada vez mejor y conseguir mi objetivo. Quería que todos se sintieran orgullosos de mi y ser el tercero en vestir una armadura dorada, aunque sabía que en algún lugar del mundo Máscara Mortal y Afrodita recorrían exactamente el mismo camino que yo.

Y lo conseguí. Fui el tercero… pero hubiera preferido que no fuera así. Mi maestro murió, siempre tuvo una salud extrañamente delicada y la armadura me tomó como legitimo dueño sin mayor dilación. Lloré amargamente. Siempre supe que mi destino se decidiría en un combate a muerte… y aunque no deseaba matarlo, si anhelaba medirme contra él. Nunca tuve el honor de poder hacerlo y lo despedí del mejor modo que pude.

Me encerré en la soledad de aquellas montañas un tiempo más, lo suficiente para haber superado mi pena, y decidí volver. Era cierto que aún no dominaba Excalibur, en aquel entonces no era más que una explosión cortante de cosmos que me resultaba imposible de manejar. Pero no había nada más que los Pirineos pudieran ofrecerme. Visité su improvisada tumba por última vez, y me di la vuelta para nunca volver.

Alcancé el Santuario poco después. Me quedé quieto en el sitio, observando como las ruinas y los templos se recortaban en el horizonte soleado del atardecer, y tomé una bocanada de aquel aire salado mientras cerraba los ojos. Estaba en casa.

Avancé con la mirada en alto, embestido en mi armadura, sintiendo todas las miradas clavadas en mi. Por primera vez en mi vida, sentí lo que era el orgullo y comprendí como se sentía ser Aioros o Saga. Inflé el pecho, a medida que mi ego daba pequeños pasos hacia las nubes y me encaminé con decisión hasta el templo papal.

Atravesé las Doce Casas, encontrándolas escalofriantemente vacías. Cuando llegué a mi destino, fui recibido con inclinaciones de cabeza y gestos de respeto que se me hicieron casi excesivos. Después de todo era demasiado niño aún para ocupar el lugar que tenía, y yo lo sabía. Y finalmente entré.

El repiqueteo metálico de mi armadura se amortiguó al pisar la mullida alfombra roja que conducía al trono, y cuando contemplé la sonrisa sorprendida y orgullosa de Aioros junto al Maestro, devolví el gesto apenas fugazmente. Por primera vez en mi vida, hinque la rodilla ante el trono: ya no era un aprendiz, era un Santo y como tal debía comportarme.

¿Cuántos años tenía? ¿Diez? ¿Quizá acababa de cumplir once? No importaba. Todo rastro de inocencia y de aquella infancia que había vivido a trompicones debían quedar atrás. A partir de entonces era uno más de ellos, de la élite. No se esperaba de mi más que lo mejor: los errores no estaban permitidos y siempre debía saber cual era mi lugar y como guardar la compostura. Debía acallar y controlar mi carácter, olvidar las contestaciones cortantes que alguna vez escapaban de mis labios. Debía ver, oír y obedecer. Quizá era un Santo de Oro como ellos, pero en aquella época no estaba a su altura.

Ni siquiera podía compararme.

Su poder, y el control que tenían sobre su cosmos, distaba aún demasiado de mis habilidades, cada día continuaba siendo una larga jornada de entrenamiento con una única meta: alcanzar a Aioros. Desde que llegué supe que me observaba desde lejos en aquellos interminables días. Seguía esforzándose por tener un poco de tiempo para todos… y parecía conseguirlo. A menudo se acercaba, después de un largo rato en silencio, y comenzaba a hablar como si el tiempo no hubiera pasado: como si aún siguiéramos siendo niños de verdad.

Pero no lo éramos.

Su rostro comenzó a lucir más cansado de lo que a él le gustaría. Su sonrisa comenzaba a dejarse ver cada vez menos, siendo sustituida por el ceño permanentemente fruncido en evidente muestra de preocupación. Nunca pregunté que ocurría… habitualmente, en el Santuario las noticias volaban. Supe que uno de los dos, Saga o él, sería el heredero al trono, pero nunca lo escuché de sus labios. A decir verdad, ninguno mencionó nada al respecto. Siguieron a lo suyo… cada vez más silenciosos, cada vez más fríos y distantes.

Aioros siempre contó con mi apoyo, me sentía tan orgulloso de él que desde el primer momento estuve seguro que el trono sería suyo. Para mi nadie, ni siquiera Saga, lo superaba. Probablemente no solo mi cerebro pensaba así, sino que mi corazón creía en ello con todas mis fuerzas. Ingenuo de mí, corrí en su busca cuando supe la decisión final. Llegué con una gran sonrisa y me abalance sobre él con alegría. Pero su respuesta distó mucho de ser como yo esperaba.

Apenas esbozó una sonrisa, tan leve que casi ni la vi, e inmediatamente mi expresión se ensombreció. No entendía aquella reacción, aunque no tardé en comprender por donde iba encaminada. Aioros nunca quiso aquel trono, supongo que veía a Saga de una manera muy parecida a la que yo lo veía a él; y el sentimiento era mutuo: la diferencia era que uno anhelaba aquel destino con todas sus fuerzas y el otro renegaba de él.

No hablamos mucho aquellos días. De pronto parecía más ocupado que en los últimos años juntos. Hasta que sucedió.

Cuando volví de España me sorprendió el cambio que se había originado en Saga. Noté la ausencia de Kanon y algo dentro de mi evitó que preguntara al respecto. Aunque nunca fui tan cercano a él como lo fui con Aioros, lo conocía y lo apreciaba. Él era diferente, más callado, más tímido… más yo. Brillaba, pero a la vez había algo en sus ojos que se iba oscureciendo y su sonrisa se iba apagando. Apenas se dejaba ver de vez en cuando, con aspecto cansado y casi fantasmal; hasta que finalmente… desapareció.

Desolación. Esa es la mejor definición para describir el sentimiento que embargaba todo. Aioros lo buscó día y noche, sin resultado alguno. Parecía que los años habían caído sobre Shion de pronto, y aunque vuestro llanto inundaba con cierta alegría los rincones del templo… nada volvió a ser igual.

El Patriarca murió. Recuerdo el momento en que se nos anunció la noticia como si hubiera sido ayer. Fue a Aioros, con el rostro mortalmente pálido y ojeroso, al que le tocó cargar con las preguntas, con las explicaciones y con el incierto futuro que se nos echaba encima. Posiblemente a los más pequeños les costó más digerir la ausencia de unos que de otros, pero desde entonces, el silencio ahondó en cada rincón del Santuario. Poco a poco todo fue apagándose…

Se suponía que era el momento idóneo para que Aioros tomara el cargo que le correspondía por derecho, o al menos aquello era lo que yo pensaba. Lo cierto es que nunca me planteé lo doloroso que debió resultarle la situación. Para nosotros, con la figura de Shion, se había ido un excelente hombre y Maestro; para él se había ido un padre cuando acababa de perder a un hermano.

Nunca paramos de exigirle, nunca paré. Él siempre debía estar ahí, fuerte y magnífico, y hacer lo correcto. Esperaba que tomara el cargo sin pensárselo siquiera, porque debía hacerlo y lo merecía. Pero entonces Arles lo asumió por él.

Observé horrorizado como lo aceptó agachando la cabeza. Ni siquiera dudó. Cedió aquello que se había ganado por meritos propios sin poner resistencia. Su brillante figura, que había alcanzado lo más alto con solo quince años… se fue desvaneciendo como antes lo habían hecho otros. Aceptaba y cumplía ordenes como un autómata, mirando de vez en cuando, con expresión nostálgica y el corazón quebrado la lúgubre silueta del Templo Papal y el vacío que reinaba en Géminis. Aioros estaba allí, no como ellos, pero hacía tiempo que su espíritu se había marchado en busca de la sombra de Saga y el recuerdo de Shion.

Me sentí frustrado. Decepcionado.

Él debía… Él era… Él tenía. Era lo único en lo que podía pensar. De pronto el Santuario y la Orden entera parecía haberse encaminado a un agujero sin fondo. Las cosas iban cambiando tan poco a poco, pero de un modo tan radical… que cuando quisimos darnos cuenta, ya en nada se parecía a lo que habíamos conocido. Un silencio ensordecedor se instauró entre templo y templo.

Aioros escuchó mis reproches, mis quejas airadas y mis exigencias sin inmutarse. "No hay nada que yo pueda hacer", respondía en un murmullo. Yo lo miraba incrédulo. Aquel chico, que había sido mi héroe… comenzaba a deshacerse en miles de pedazos, igual que un papel mojado.

¿Qué no podía hacer nada? No hacía falta para ser un genio para darse cuenta de que Arles no era lo que aparentaba. Era evidente que su poder era desbordante y oscuro, pero a su vez había algo en él, que aunque no se apreciaba a simple vista, brillaba como una llama diminuta y débil en medio de aquella oscuridad. Si alguien podía hacer algo por evitar que termináramos por despeñarnos al abismo era él: Aioros.

Y nunca lo intentó. Eso fue lo peor de todo. Podía haber luchado y perdido, nunca se lo hubiera tenido en cuenta… pero el hecho de ver como se rendía y dejaba que las cosas siguieran su curso sin revelarse, lo sumió en la más profunda oscuridad y a mi en la más absoluta decepción y molestia. Vi, día a día como se marchitaba.

¿Por qué? Me pregunté, y mi mente retorcida solamente encontró una explicación. Comencé a dudar de él, lo suficiente como para que la desconfianza y el recelo comenzaran a crecer, como en su día me había ocurrido con la mirada huidiza de Saga.

Las alarmas saltaron, el caos quebró la tranquilidad de la noche del Santuario y un llanto desgarrador inundó todo.

"Aioros es un traidor, intentó asesinar a la bebé Athena."

Aquellas palabras han permanecido grabadas en mi memoria hasta el día de hoy. Recuerdo la voz tras la máscara, el ligero temblor de las manos de Arles que delataban la furia que lo carcomía y el peligroso cosmos que emanaba de él amenazando con descontrolarse. No hacía falta que me dijera lo que debía hacer, sabía de sobra cual era la suerte de los traidores en el Santuario, Santos de Oro o no.

Tragué saliva, y asentí. Me dí la vuelta a toda prisa, siguiendo el rastro de su cosmos y negué fuertemente con el rostro, intentando que las lágrimas que se agolpaban en mis ojos desaparecieran lo antes posible. Apreté los dientes hasta que la mandíbula comenzó a dolerme, pero aquella palabra resonaba una y otra vez en mi cabeza, amenazando con volverme loco.

Traidor.

Traidor.

Traidor.

Y entonces, mi corazón comenzó a latir tan rápido que amenazó con explotar en mi pecho. Lo alcancé. Aioros estaba allí, sin su armadura, esperándome y mirándome a los ojos. Aquella mirada me dijo muchas cosas que no me molesté en escuchar, así sería menos doloroso, estaba furioso. Pero él sabía de algún modo que yo sería el enviado.

"Cállate", murmuré. "¡Cállate!".

Aioros continuó, ignorando mi petición. Ni siquiera recuerdo una palabra de todo lo que dijo, me esforcé por no escucharlo mientras él intentaba con todas sus fuerzas hacerme comprender. Sin embargo, hay algo que recuerdo a la perfección: jamás mencionó el nombre de quien se escondía tras la máscara.

Invoqué mi cosmos, y por primera vez… nos medimos. Nunca antes habíamos peleado de igual a igual, sin contenernos; si es que aquella pelea podía considerarse de esa manera. Ni siquiera intentó vestir su armadura. No me sentía orgulloso, aunque la furia me carcomía en aquel momento. Aquella no era la manera en que lo había imaginado. Pero golpe tras golpe, me fui percatando de muchas cosas.

Sus ojos enrojecidos me decían que había derramado lágrimas en aquel tortuoso camino que lo había traído hasta aquel punto tan lejano del Santuario. La herida sangrante de su costado delataba que Arles si lo había tocado, que lo había atacado y que inexplicablemente no lo había matado con sus propias manos. Y la forma de pelear de Aioros… solamente indicaba que, de algún modo, el Santo de Sagitario que conocíamos ya había muerto sin importar el desenlace del combate.

Una pelea de mil días y mil noches. Fuerzas iguales. Sufrimiento interminable… Se suponía que aquellas palabras definían una pelea entre lo mejor de lo mejor. Y yo sabía de sobra que no estaba aún a su altura, con armadura o sin ella. Aioros estaba decidido a morir, y a mi ya no me importaban los motivos.

Aquella era mi primera misión de verdad, escalofriante. Sabia que no podía fallar. Pero no era consciente de que esos interminables minutos marcarían el devenir de toda la Orden.

Armé el brazo e invoqué mi cosmos.

Sin embargo, en medio de aquel revoltijo de energía dorada y gritos, la risita de un bebé se dejó escuchar. Observamos, ambos, con la expresión desencajada como gateaba en medio de la trayectoria de mi ataque. Aioros corrió tan rápido que mis ojos apenas lo pudieron ver convertido en una estela dorada. Alzó al bebé en volandas y encajó toda la potencia de mi ataque de lleno, cayendo al abismo que se abrió a nuestros pies.

Irónicamente, aquella fue la primera vez que logré ejecutar Excalibur.

Solté el aire que había retenido en mis pulmones y pestañee un par de veces. Me asomé al precipicio, receloso, y oteé el fondo. Se veía tan lejano que ni siquiera distinguía la silueta de Aioros. Era imposible que habiendo recibido mi ataque de lleno hubiera sobrevivido… menos aún el bebé y las heridas que ya sufría.

Era la primera vez que segaba la vida de alguien y fue precisamente la suya.

Me di la vuelta y volví tan rápido como me fue posible al templo papal. Anuncié que mi misión había sido cumplida con éxito y recibí la felicitación del Patriarca. Apenas me retrase allí un par de minutos, suficientes para sentir la satisfacción que invadió a la figura de Arles; y me encaminé a Capricornio, procurando por todos los medios mantener mi mente en blanco.

Hasta que a lo lejos, vislumbre el contorno de Leo y el peligrosamente cercano Sagitario.

Entonces, la realidad cayó de golpe sobre mi. Imaginé a Aioria, solo en el templo de su hermano esperando a que volviera para prepararle la cena y acostarle. Sin embargo, Aioros nunca volvería.

Busqué la seguridad de mi cama, de mi dormitorio. Me acurruqué y no salí de allí en días. Cada lágrima derramada me quemaba y dolía como la peor de las heridas. De pronto, todos aquellos ideales que me habían inculcado a lo largo de mi vida, se ponían de manifiesto… y a pesar de ello, era incapaz de aceptar el hecho de que había sido yo quien había terminado con la vida de mi mejor amigo, de mi héroe y hermano.

Abandoné el templo tiempo después, sorprendido de la inesperada reacción de todos. En aquel tiempo de aislamiento pensé tantas posibles situaciones… pero aquella no estaba en ninguna. De pronto me vi encumbrado como el héroe que había acabado con la vida del traidor, el héroe que había traído la seguridad y la paz al Santuario y había eliminado a la lacra.

Escuché cada palabra de admiración y devoción, cada felicitación, rechacé generosos regalos e hice oídos sordos a las palabras de desprecio que eran escupidas cuando se escuchaba siquiera su nombre. Pero procuré que ninguna reacción o gesto delataran mi autentico sentir. Por primera vez en mi vida, llegaba a comprender el cambio que tiempo atrás se había producido en Aioros y Saga. Comprendía porque habían dejado de ser niños, para convertirse en hombres esculpidos en piedra, y entendía el dolor con el que habían lidiado cuando les había tocado segar una vida y mancharse las manos con sangre.

Aquel fue él momento en que mi di cuenta del vertiginoso cambio que había dado mi vida. Antaño los héroes fueron ellos y yo, sin quererlo así, había llegado para ocupar su lugar.

Ver, oír, callar. Siempre era así.

Había cumplido los sueños de mi maestro, había demostrado ser un Santo a la altura, con un poder que no paraba de crecer y superando todas las barreras por mi diosa. Me ensalcé como el Santo más fiel a vos, me enorgullecí de ello y lo presumí, sin saber que tiempo atrás había estado a punto de acabar con vuestra frágil e inocente existencia. ¡Ni siquiera me había dado cuenta de que aquel bebé erais vos! Pero yo veía en aquella estatua que presidía mi templo mi viva imagen…

Hasta que mis ojos se topaban una y otra vez con Aioria.

¿Por qué, si había hecho lo correcto… sentía aquel dolor insoportable en el pecho cada vez que se cruzaba en mi camino? ¿Por qué sus lágrimas dolían tanto como las que yo mismo había derramado? ¿Por qué deseaba gritarles a todos que lo dejaran en paz… qué él no era el culpable de nada? ¿Por qué sus miradas de odio hacia mi quebraban más y más mi corazón?

Solamente era un niño. Un mocoso testarudo al que el mundo había vuelto la espalda y que soportaba un infierno en vida. Sin darme cuenta, vigilé desde las sombras, entre misión y misión. Lo vi crecer, lo vi pelear hasta la extenuación con cualquiera que se metiera con él o con el recuerdo de su hermano… Lo vi desmayarse de cansancio hasta que ya no era capaz de gritar más y lo cargué hasta Leo… su nuevo y solitario hogar. Velé sus sueños desde las sombras, quizá buscando de manera egoísta aliviar mi propia pena…

Pero Aioria también creció. Su mente infantil, moldeable al extremo como la de cualquier chiquillo, cambió. Terminó por aceptar que de verdad Aioros nos había traicionado. Despreció su nombre como el que más, e intentó inútilmente que su propio parecido físico se desvaneciera…

Probablemente aquello fue lo más doloroso: ver como la única persona que quedaba que lo amaba de verdad, se rendía a la evidencia y aceptaba la creencia común. Aioria era lo único que me mantenía cuerdo después de todo, que me mantenía con los pies en la tierra y me recordaba que incluso yo… un santo dorado podía haberse equivocado.

¿Pero hasta dónde podía haber llegado mi equivocación? Esa pregunta sin respuesta jamás abandonó mi mente, siempre estaba ahí acosándome entre sueños aún cuando estaba despierto.

Sin embargo, el tiempo pasó mucho más rápido de lo que me pareció. Antes de que pudiera olvidarme si quiera de la idea de Aioria con su pelo teñido de rojo… el chico se había coronado como el fiero Santo de Leo. Incluso Milo, siendo el menor de todos, había vuelto a casa y lucía su armadura orgulloso. La Orden estaba completa, olvidando a aquellos que ya no estaban entre nosotros y haciendo caso omiso de la sorpresiva huida de Mu o la ausencia del viejo Maestro.

Me limité a ejecutar ordenes sin cuestionarlas. De cuando en cuando, observaba el templo papal, o visitaba al maestro. Era entonces cuando pensaba acerca de los por qués de mi vida. Había terminado comprendiendo que la realidad era distinta a lo que la mayoría pensaba. No terminaba de comprender demasiado bien como era que nadie se percataba de ello, o si al igual que yo, lo hacían y callaban. La cuestión era que no era la Diosa Athena quien gobernaba, sino su mano derecha o alguien que se hacia pasar como tal con suma destreza.

¿Quién era ese alguien? No lo sabía. Ni quería saberlo.

Pero una cosa era clara, no era el viejo Arles. Él era un Santo de Plata, un hombre leal y poderoso para su rango, pero con una fuerza que no se igualaba ni de lejos a la nuestra. Aquel hombre que se escondía tras la máscara contaba con un poder sobrecogedor. Aún cuando su cosmos no ardía, era capaz de hacer temblar los cimientos del Santuario. Bastaba una mirada de aquellas, metálica y fría, para acallar cualquier palabra y hacer cambiar el parecer del más rebelde. Era autoritario y, con toda seguridad, demasiado duro y sanguinario. Sin embargo, la realidad era que el Santuario funcionaba. Muchos murieron, los métodos eran cuestionables… pero los Santos que surgieron en aquella época eran lo mejor que había visto Grecia en siglos.

Arles era inmensamente fuerte, y como tal, suyo era el derecho a gobernar.

A pesar de ello, su figura no dejaba de ser un misterio. Resultaba casi salvaje e indómita, su porte enmascarado y su caminar altivo lo hacían parecer sacado del mismo Olimpo. Y aún así… había algo en él mortalmente humano. La suavidad que raras veces adoptaba su voz, su manera de gesticular, y la extraordinaria calma que lograba transmitir durante algunos segundos. Una calidez inusitada que se desprendía accidentalmente de su cosmos, que por momentos parecía llorar.

Él era un prodigio de la naturaleza que caminaba por encima de los hombres y rozaba el camino místico de los dioses.

¿Por qué permanecí de su lado si mis dudas eran tantas y mis observaciones tan claras? Sin duda no era vos, pero sabía como mantener un ejercito a raya. Prácticamente desde el principio supe que así eran las cosas. Sin embargo, ¿qué podía hacer? Era un Santo.

¿Qué podía hacer un Santo sin nadie a quien servir? Ni el bien, ni el mal: simplemente declararse en rebeldía suponía darse por vencido y navegar sin rumbo. Servir a Arles y no servir a nadie, era igual de inútil a fin de cuentas: ninguno os servimos a vos. Decidí quedarme, ser al menos útil en aquella causa en la que me había embarcado al nacer y esperar el momento final. Podía haberme equivocado o no… ¿Pero qué importaba? Probablemente había cometido el mayor error de mi vida mucho tiempo atrás, ya no había nada que perder.

Súbitamente, el cosmos del Patriarca se revolvió, sin que ninguno terminara de comprender que sucedía. Desde entonces, las misiones fuera del Santuario comenzaron a acumularse y nuestra rutina se convirtió en un ir y venir bañado en sangre. Erais vos, vuestros cosmos había interrumpido su tranquilo reinado y desencadenado nuestro destino final.

Tras muchas idas y venidas llegasteis a nuestras puertas. Os topasteis con el muro infranqueable de nuestras armaduras doradas, nuestro soberbio manejo del cosmos y nuestro orgullo casi divino. Nos sentíamos invencibles, y cinco niños hicieron añicos todo aquello en cuanto creíamos y de lo que presumíamos. ¿Entonces qué?

Uno a uno, todos fueron cayendo. Por propia voluntad o sucumbiendo ante lo evidente, hasta que llegó mi turno. Esperé pacientemente, recordando todo aquello que me había conducido hasta aquel momento y que me había convertido en lo que era: un santo dorado formidable que no tenía nada que temer.

Y lo cierto, es que no eran fantasías de un ego descontrolado. Era verdad. No tenía nada que temer de aquellos chiquillos… pero si al hecho de que arrojaran luz sobre mi propia conciencia: eso era lo que me atormentaba.

Recibí a Shiryu, presumiendo de lo bueno que me creía, de mi inmaculado historial como Santo de Oro. Peleamos y probablemente aquel fue el mejor combate de toda mi vida, aunque una vez más, no estábamos en igualdad de condiciones. La armadura del Dragón poco pudo hacer por defenderse de Excalibur, y lo despojé de ella en poco más que segundos. Pero el chico continuó, con su perseverancia y tesón, dignamente heredadas de su maestro. Y finalmente, cuando lo tuve contra las cuerdas y su voz amenazaba con hacer temblar mi universo, vos irrumpisteis como un torrente de agua en el cauce seco de un río: arrasando con todo.

Nada de lo que yo era quedó en pie: mi vida se derrumbó como un castillo de naipes. Finalmente tenía ante mi la certeza de que Athena no reinaba en el Santuario, y aunque lo sabía… siempre había guardado la esperanza de que continuarais allí, con nosotros, sin dejaros ver. Había confiado ciegamente en que la diosa jamás nos dejaría solos en manos de un dios enemigo… creí que la voluntad de alguien tan grandioso como la magnifica Athena era más poderosa y grande que el desconocimiento y la lejanía impuesta a una niña. Inútilmente pensé que todo el sufrimiento que habíamos pasado, y causado también, tendría una explicación y que en algún momento, vos nos acunarais y nos darías la calma y el amor que jamás habíamos tenido.

Me equivoqué.

Athena ni siquiera nos conocía, el apego que sentía hacia nosotros apenas existía en vuestra conciencia recién recuperada. Como diosa, no erais más que un bebé y nosotros perfectos desconocidos. ¿Por qué habíamos matado entonces? ¿Por qué habíamos tragado infinidad de lágrimas y nos habíamos esforzado por estar a la altura de un dios?

¿Por qué había matado al único que intentó salvaros cuando yo perdí mi esperanza en él? Creí que se había limitado únicamente a mirar… y Aioros murió por vos. Lo asesiné, cruelmente. No lo escuché, aunque intentó explicarme y hacerme comprender.

Fiel, fiel fiel. Anhelaba serlo, tan fiel y tan obediente que perdí mi norte. ¿Qué sentido tenía seguir adelante? ¿Por qué resistirse ante el destino imparable que se acercaba a mi? Abrazaría la muerte, al fin aliviado por terminar con ese suplicio y sacarme todo aquello del pecho… Jamás encontraría a Aioros en mi camino, porque sin duda yo ardería en el infierno como un traidor.

Pero Shiryu no tenía porque correr mi suerte. No era más que un niño que peleaba por los motivos correctos, y por encima de eso, peleaba por amor y amistad. Yo nunca fui capaz de hacerlo, yo suprimí aquellos sentimientos y los olvidé: nunca nos enseñaron a pelear por ellos. Me despojé tan rápido como pude de Capricornio, despidiéndome de ella mientras mi corazón y mis propios ojos lloraban… y quise que el legado de un hombre bueno viviera en otro hombre bueno: le regalé a Excalibur. Shiryu sabría como usarla.

Apenas pude verlo alejandose envuelto en aquel haz de luz dorado, pero tuve tiempo de embriagarme con vuestro cosmos, que llegó hasta a mi, como si alargara sus finos dedos en un intento por evitar que me precipitara a la muerte y al infinito del firmamento. Cerré los ojos. Era una hermosa sensación.

Y entonces, solamente el recuerdo de Aioros y el dolor que me provocaba no haberos visto una sola vez antes de morir… me acompañó cuando cerré los ojos y me convertí en un mar de estrellas.

No tuve después consciencia alguna de lo que sucedió a partir de entonces. No supe como terminó la historia hasta que abrí los ojos y me topé de frente con el rostro rejuvenecido de Shion. El ambiente lúgubre que nos rodeaba me dio una idea muy clara de que estaba sucediendo, y aunque de pronto me vi rodeado por rostros que seguramente tenían tanto que callar como yo… Solamente pude reparar en uno.

Ahí estaba. El gran desaparecido. El gran artífice. Supe que había sido de él en cuanto volví a escucharlo hablar con aquella tibia suavidad que recordaba haber identificado siempre en Arles. Saga emprendió el camino sin un ápice de duda en el rostro, pero con la misma expresión de príncipe triste que recordaba en él antes de desaparecer. Sus manos estaban manchadas de sangre, pero… ¿acaso no lo estaban las de todos los que estábamos allí? Tan culpable había resultado ser él como nosotros, pero aquella manera de caminar que antaño me había transmitido tanta calma, no había hecho sino aumentar.

Supe de lo ocurrido a lo largo del camino, y aunque el pesar que sentí me resultó sobrecogedor, más lo era no haber encontrado entre los muertos que Hades había escogido el rostro de Aioros. De alguna forma, cuando supe y vi a todos los que habíamos participado en aquella macabra historia, cuando vi a Saga… no fue necesario decir nada. Las cosas habían sucedido así, por motivos que se habían escapado a nuestro control y por errores propios. Pero hubiera dado lo que fuera por contemplar a Aioros y sentir al menos un poquito de la paz que sentí al ver a Saga.

Todo aquello es imposible de describir. Pero de pronto pareció surgir entre nosotros un vinculo más fuerte que cualquier otra cosa en el mundo, que nos hermanó mucho más de lo que imaginamos en vida. Compartíamos el sufrimiento, cargábamos el peso hombro con hombro y ¡maldita sea! Todo parecía posible en aquel instante.

No imaginé como sería volver a casa. Ni siquiera había pensado como sería levantar la mano una vez mas contra uno de los míos hasta que tuvimos a Mu enfrente.

Un Santo Dorado, de moral inquebrantable y respetable hasta el extremo… un soldado enseñado a no mostrar debilidades y ocultar sus miedos, temblando como una hoja ante la impresión. Más que nosotros, era el impresionante hecho de tener a Shion ante si como traidor.

Traidor.

Esa palabra que me perseguirá toda mi vida, y que siento que merezco cada segundo que me queda de ella.

Quebrantamos todas las normas, todas las leyes, todos los limites de la moral. Levantamos la mano contra amigos, hermanos de sangre… Utilizamos hasta la última brizna de cosmos y dimos todo de nosotros. Lloramos sangre, nos consolamos mutuamente con miradas que transmitían una comprensión difícil de imaginar para cualquier otro. Y nos mantuvimos en pie, sosteniéndonos del modo en que fuera posible.

Porque éramos tres quienes habíamos empezado aquella odisea. Íbamos a ser tres quienes la acabáramos. No importaba como, no importaba cuanto doliera, no importaba cuantas veces se rompiera nuestro corazón, ni que se deshiciera lo poco que quedaba de nuestra alma. Cada herida infligida a uno de los tres dolía como propia, y cada momentáneo éxito se saboreaba como el mejor de toda nuestra vida.

Jamás lo hubiéramos conseguido sino hubiéramos funcionado como uno solo, sino hubiéramos sido un equipo. Un equipo realmente curioso, con tres componentes que de ningún modo hubieran imaginado compartir semejante viaje. Nunca hubiéramos podido cruzar la barrera que aún mantenía en pie lo que era moralmente correcto.

Pero lo hicimos. Todo aquel infierno era quizá peor que nuestra propia estancia en el Inframundo, y no importó. Al final del camino solamente os alzabais vos, y estaba en nuestras manos abriros la puerta a la victoria. Quizá erais una niña, más inexperta de lo que alguno había imaginado o esperado… Pero nosotros también fuimos así en su día. Era nuestro deber velar por vos, guiaros en el tortuoso camino aunque fuéramos tachados de traidores y escupieran al pronunciar siquiera nuestro nombre.

Todo aquello valía la pena. La Exclamación de Athena, las expresiones de odio en sus rostros… el derroche de sangre, la extenuación.

Eso es lo que sentí cuando en medio de aquel mar de confusión en el que me había sumido Shaka eliminando mis sentidos, mi cosmos os dio forma y vislumbre vuestro rostro perfecto iluminado con aquella expresión repleta de dulzura. Solamente por aquel instante, todo había valido la pena.

Pero las cosas nunca salen como uno las planea. Os alcanzamos y al final os escapasteis entre las yemas de nuestros dedos como una figura de arena.

Recuerdo las lágrimas derramadas por otros, que dolían más que las mías propias. Recuerdo haber pedido perdón a Aioria y haber sentido una admiración por él difícil de superar cuando lo vi en las puertas de Leo. Recuerdo el olor de la sangre en cada rincón y el dolor lacerante e insufrible de las heridas y los huesos rotos.

Sin embargo, por encima de todo eso queda el sentimiento de redención. La paz que me embargó cuando nos encaminamos de nuevo a nuestra muerte. La despedida envuelta en lágrimas y el descubrimiento del amor que nos unía y que habíamos olvidado.

Todo, todo, todo… valía la pena. Incluso la humillación de morir sin poder si quiera defendernos como si no fuéramos más que despojos…

Al menos tuvimos la oportunidad de despedirnos de los chiquillos a los que inesperadamente consideramos nuestro propio legado. Vimos la esperanza en sus rostros, las admiración desmesurada que nos tenían y el noble corazón del que eran dueños. No había rencores, no hubo un solo reproche. Solamente un "no os vayais" que probablemente haya sido lo más bonito que me dijeran en mi vida.

Lo siguiente que recuerdo es… ¿Cómo describirlo? ¿Cómo podría hacerlo con palabras incapaces de transmitir las emociones que afloraron en semejante reencuentro?

Todos. Uno a uno. Todos.

Aioros.

Fue su rostro lo primero que vi. Cargado de determinación, de ilusión, como antes. Mirando orgulloso a Aioria, a todos los demás… respirando aliviado al cruzar sus ojos con cierto Santo de Géminis y ver que al final del camino estaban juntos en esta cruzada.

Me quedé sin habla cuando su mirada azul se clavó en la mía, con aquel toque ciertamente pícaro que solía brindarme cuando deseaba apurarme con algo cuando era niño. Y es que debíamos apurarnos. El final del camino estaba ahí, y solamente una flecha nos separaba de él.

Asentí. Todo estaba bien.

Al fin todo había terminado y estábamos en paz.

Cerré los ojos. Se acabó.

Ahora los abro de nuevo. Lo que veo sigue siendo triste, desolador. Cada uno de nosotros carga con su propia cruz, su propia maldición y su propio dolor de corazón. Lidiamos con nuestra incansable conciencia y, aún así, intentamos hacerlo lo mejor posible. Hay quienes perdieron mucho más que yo y quienes de verdad se coronaron como verdaderos héroes demostrando una fidelidad infinita.

Muchos de los antiguos lazos se han deteriorado, otros se han roto. Hay algunos que continúan intactos… pero no nos hemos cansado de luchar, aunque nuestros rostros sean incapaces de ocultar por mas tiempo el pesar.

Las cosas son como son. No hay santo ejemplar que valga, no hay fidelidad absoluta que nos perdone los errores, ni conductas que borren el pasado. Lo ocurrido, quedará escrito para la historia… Pero esta en nuestra mano curar las heridas, levantarnos cuando nos tumban y tirar de quien no pueda con el camino.

Al menos así lo siente un tipo solitario. Alguien que terminó con la única persona a la que quería… y que encontró hermanos valiosos en quien menos lo esperaba en un momento de desesperación.

Se lo que ellos sintieron, lo que sienten. Lo comparto. No pienso cerrar los ojos y aislarme en las maravillas de mi templo y la leyenda que me sigue. Son mi familia, son mi vida. Del primero al último.

Mi mano es suya y mi vida es vuestra. Es todo lo que puedo ofrecer.

Shura de Capricornio.

-Continuará…-

NdA: Este capítulo debió llamarse: "De cómo la historia de Shura de Capricornio tiene más agujeros que un colador…" Ejem… Cosas que decir. Resulta que las versiones existentes de Shura son radicalmente diferentes entre manga, anime, y EPG. Basicamente se divide entre Santo frío y desalmado, consciente de todos sus actos, apasionado y leal, o vilmente controlado por el Patriarca malvado. He intentado hacer una visión de él más o menos lógica y la verdad no se si lo conseguí. Hay detalles por ahí imposibles de justificar, como el altercado con el bebé Athena.

Por otro lado, la admiracion que Shura siente por Aioros, la que se da a entender que Aioros siente por Saga, y lo que se vera en sus respectivos caps... Creo que es bien sencillo de explicar: incluso el mas valiente de los soldados necesita un heroe en quien creer, alguien a quien aferrarse. Eso son cada uno de ellos. Por último, solamente mencionar que soy de las que apoya la explicacion de que esos trece años de mandato de Saga/Arles, fueron ocasionados por el control de Ares. Lo he mencionado en algún cap, pero por si acaso queda algún despistado... ;) de ahí las menciones divinas.

Pero en fín… esta es mi Cabrita, a la que quiero mucho y que espero haya sido de vuestro gusto. ¡Espero vuestros reviews ansiosa! Replys anónimos al profile.

Y… Just 4 to go! Uhhh…

La Dama de las Estrellas