Capítulo 11: Aioria de Leo
Nunca hasta ahora me imagine que los recuerdos, antaño felices, pudieran resultar dolorosos.
Esta es la primera misión que nos habéis encomendado tras nuestra vuelta a la vida, y aunque a primera vista parece sencilla… En realidad dista mucho de serlo.
A pesar del tiempo que ha pasado y de lo mucho que han cambiado las cosas, jamás he olvidado un solo acontecimiento de mi vida. Recuerdo cada segundo vivido con una precisión pasmosa… pero el camino sigue, el mundo nunca se detiene por muy cruel que haya sido el destino con nosotros. No tiene caso lamentarse, no tiene caso llorar. Las cosas han sucedido del modo en que lo han hecho por alguna razón…
Y parece ser que, precisamente ahora, es el momento de echar la vista atrás y recapacitar.
Recuerdo los primeros años de mi vida como si, en realidad, estuviera contemplando los hermosos dibujos de un cuento infantil. Casi siento el impulso incontrolable de alzar mi mano y acariciar suavemente, con la yema de mis dedos, las imágenes que transcurren ante mis ojos igual que un sueño. Puedo escuchar las voces amortiguadas por las risas infantiles de los que hoy son, con toda seguridad, los guerreros más fuertes que pisan la tierra.
Y sonrió. Fueron buenos tiempos.
Fui de los primeros en llegar, acurrucado en brazos de Aioros cuando ni siquiera sabía andar. Aprendí a caminar de la mano de hermosas doncellas envestidas en peplos de reluciente lino, y jugaba a escondidas entre las más maravillosas estatuas de mármol que uno pueda imaginar.
Poco a poco, los demás… los más pequeños, fueron llegando. Encontramos amigos inseparables a través de miradas traviesas y ocurrencias sorprendentes. Los días pasaban entre travesura y travesura, y antes de que nos hubiéramos dado cuenta… Estábamos todos.
Los pequeños siempre fuimos especialmente unidos, supongo que por cosas de la edad. Encontré en Milo un alma gemela, una mente capaz de maquinar las ideas más alocadas que uno pudiera imaginar, y una mano que siempre me arrastraba a la emocionante vida que nos esperaba fuera del templo. Yo simplemente me dejaba arrastrar, gustoso, bajo la atenta mirada de Camus, que nunca perdía detalle de nuestras aventuras.
No había grandes diferencias entre unos y otros: nadie tenía una familia a la que extrañar, ninguno conservaba las dulces memorias de tiempos felices… tiempos lejanos en que éramos acunados con mimo por una madre. Nuestra única familia, estaba en el Santuario. Algunos teníamos la inmensa fortuna de tener un hermano que compartiera nuestra sangre. Otros, simplemente, forjaron lazos aún más fuertes que ese.
Pero siempre, siempre… me sentí envidiado. Siempre sentí que, de algún modo, yo tenía algo distinto. Y era verdad. Yo tenía un hermano. Un chiquillo magnifico, que apenas siendo unos años mayor que nosotros, lograba maravillarnos con cada logro conseguido. Mi hermano era Aioros de Sagitario. Un héroe, un ídolo, un ejemplo... Solo un niño que vivía en un mundo de gigantes, recién envestido en oro pero que siempre lucía una luminosa sonrisa.
Yo siempre presumí de él. Mientras entrenaba duramente por conseguir su armadura, me conformaba con pasar un ratito a su lado. No importaba lo breve que fuera… el hecho de que alguien como Aioros me prestara atención, me hacía sentir en las nubes: me hacía especial. Casi tan especial como imaginábamos que eran él y Saga.
Sin embargo, yo contaba con la fortuna de ser su hermanito menor. Siempre correteando tras él, tras ellos… Siempre robando un poquito de atención y presumiendo, como buen león orgulloso que soy, de caminar tomado de su mano. Inflaba el pecho orgulloso, y levantaba la mirada, mirándolo de soslayo en mis perseverantes intentos por parecerme más y más a él.
Me sentaba durante horas a ver como Saga y él entrenaban juntos, con Milo a mi lado completamente silencioso. Probablemente, aquellos eran los únicos momentos en que él era capaz de permanecer callado. Pero ambos lucíamos la misma expresión de fascinación en la cara; mientras, inútilmente, intentábamos aprender todo lo que nos fuera posible de ellos.
Les mirábamos del mismo modo en que hoy los niños nos miran a nosotros, cada uno fijándonos en nuestro propio héroe y soñando despiertos con vernos tan majestuosos como ellos algún día.
Después, inmersos en nuestra ingenuidad, jugábamos a imitarles cuando estábamos solos. Guardábamos en nuestra memoria todos los detalles de ellos que nos eran posibles y, torpemente, los poníamos en práctica. Atesorábamos cada sonrisa que nos dedicaban y considerábamos el mayor de los triunfos ser quienes ocasionaran tal gesto.
Quizá solamente era porque Milo y yo fuimos los últimos en tener un maestro… Pero fue especial.
Sin embargo, con él tiempo todos crecimos. Ellos consiguieron su armadura, colocándose tan lejos, y a la vez tan cerca… que cada vez que los veíamos embestidos en oro, no atinábamos a pronunciar palabra alguna: solo lográbamos verlos con fascinación. Aioros se veía majestuoso, con las preciosas alas agitándose a sus espaldas con la misma gracia nerviosa con la que él gesticulaba, moviéndose al ritmo de su propio corazón y desprendiendo polvo de estrellas con cada gesto.
Sagitario estaba hecha para él. La armadura de un ángel solamente podía vestir a uno.
Y entonces… de la noche a la mañana, se convirtió en mi maestro. Era como si, de algún modo, Aioros quisiera compensarme por aquellos años en que no había podido prestarme toda la atención que yo ansiaba. Cumplía con cada uno de sus deberes, me entrenaba, me dormía por las noches… y aún así, tenía tiempo para todo él mundo. Siempre con un gesto amable, tranquilo; siempre dispuesto a escuchar y a ser el paño de lágrimas de quien lo necesitase.
Yo, por lo pronto, empecé a parecerme más y más a él. Todos decían que era su vivo reflejo, no solo físicamente, sino en mi manera de pelear también. Sin embargo, decir que alguna vez estuve a su altura, sería una estupidez.
Hay un momento en la vida de un aprendiz a Santo, en que todo cambia: cuando se empieza a entrenar en serio. De pronto encontrábamos menos tiempo para los juegos, todo en lo que podíamos pensar era en ser mejores, en probarnos los unos contra los otros. Empezaban los primeros retos, los primeros desafíos, y las primeras heridas de verdad.
Supongo que fue por eso que no me di cuenta de cómo eran las cosas en realidad. ¿Cuándo fue que la risa de Aioros se fue apagando hasta casi ser inexistente? ¿Cómo? Hubo un tiempo en que pensé que fue culpa mía, por esa parte de mi que siempre me empujaba, y empuja, a golpear antes de pensar y a meterme en líos. Yo era demasiado impetuoso e irreflexivo para él, que siempre guardaba la compostura y sabía cual era su lugar.
Yo era todo lo contrario. Podíamos lucir muy parecidos, pero a mi me resultaba imposible morderme la lengua cuando era necesario, me resultaba una tarea titánica ignorar las provocaciones… si es que lo conseguía. Por mucho que lo intentara, nunca alcanzaría a ser él. Y Aioros lo sabía.
"Tienes que hacerte con tu lugar en el mundo.", decía.
Pero el estado agonizante de su perpetua alegría, era más difícil de ignorar de lo que pensaba. Me esforzaba por hacerle sentir orgulloso, por devolverle yo aquel gesto que se había ido borrando desde que Kanon despareciera de la faz de la tierra. Nunca funcionó. Su expresión cada vez era más grave, más severa y adulta. Aunque su carácter no hubiera cambiado del todo, era como si la ilusión que tenía por el futuro, se hubiera ido desvaneciendo con el tiempo.
Cada vez pasaba menos tiempo con Saga, y supuse que a costa de la decisión de Shion, habían peleado. Pensé que era normal, y no le di mayor importancia al asunto. ¡Mi hermano sería el futuro patriarca! Aquello era suficiente para olvidar todo lo demás. Pero cada vez que lo mencionaba, la mirada de Aioros se ensombrecía un poco más si era posible.
Hasta que el ceño fruncido comenzó a ser un gesto normal en él.
Aparentemente, no estaba nada contento con su nombramiento. No dijo mucho al respecto, solo mascullaba un par de palabras prácticamente ininteligibles y cambiaba de tema con rapidez. Decidí que lo mejor era ignorarlo, y esperar pacientemente por el día en que finalmente él gobernara el Santuario. ¡Estaba ansioso por la celebración!
Ni siquiera me había parado a pensar que su nombramiento implicaría la muerte del Maestro Shion. Solamente era un niño ansioso por disfrutar de un honor y una gloria que nunca llegó.
No me atreví a preguntarle nunca, quizá porque me asustaba que tampoco Aioros tuviera una respuesta, pero la desaparición de Saga, hizo que todo el mundo se tambaleara por un momento. ¿Por qué? Eran las únicas palabras que todos parecían pensar cuando miraban a mi hermano, como si él fuera la única persona capaz de descifrar los secretos que albergaba Géminis. Como si él hubiera sido el único capaz de detener lo que fuera que estaba pasando… Le cargaron el peso de su ausencia sin ningún reparo.
Entonces, su sonrisa no fue más que un recuerdo. Se esforzó por mantener la calma entre todos, por responder las preguntas del mejor modo posible, y por intentar que se notara lo menos posible la ausencia del otro. Se convirtió en la sombra de Shion, y en el ángel guardián de la bebé Athena, a la que apenas habíamos visto en un par de ocasiones.
Tristemente, Shion murió. Todos sabíamos que era mucho más anciano de lo que nos había contado entre risas e historias magnificas del pasado, y aún así… nos pilló de sorpresa. Un súbito aire de austeridad invadió todo. No hubo funeral, no hubo nada. Pero en medio de la tristeza del momento, el inminente nombramiento de Aioros era una luz en aquel oscuro camino en que nos habíamos metido.
Sería un gran día. Haría que todos olvidaran los acontecimientos tristes y alzaran la cabeza dispuestos a afrontar el futuro dando lo mejor de si mismos…
Sin embargo, eso jamás sucedió.
Cuando el trono debió ser para él, Arles se autoproclamó Patriarca. Ni siquiera me molesté en escuchar los motivos que primero él, y luego mi hermano, trataron de explicarme. Simplemente, me daba igual. Del mismo modo en que solamente Aioros podía vestir la armadura de Sagitario, aquel trono era solo suyo. No había nada más que decir.
Fue la primera y única vez que peleamos. Yo, empeñado por convencerle de que se rebelara y tomara lo suyo, y él convencido de lo contrario. Encontré un inesperado apoyo en Shura, que lo adoraba tantísimo como yo. Fueron unos largos días de reproches de ambos, que lo único que hicieron… fue minar su resistencia.
No nos dimos cuenta de que Aioros estaba repentinamente solo. No solamente había perdido a su amigo de la infancia, sino también a un padre. Shion fue para ellos mucho más especial de lo que cualquiera de los demás puede alcanzar a imaginar. Y aunque nunca lo vi derrumbarse por ello, termine por comprender lo mucho que le pesaba su ausencia.
No volví a insistir con el asunto del trono. Con que él me contestara mal una sola vez, bastaba para callarme durante años. Porque tenía razón, solamente éramos unos críos que no sabían de que iban las cosas en realidad.
Me hubiera gustado decir que rápidamente se le pasó, que no tardó más que unos minutos en olvidar nuestra insistencia y volver a ser el de siempre… Pero eso tampoco sucedió.
Una tarde se marchó, con la única intención de darle la buenas noches a la princesita de sus ojos, y prometió que volvería para cenar conmigo, seguramente trayendo algún exquisito manjar de las cocinas del Templo Papal. Y yo esperé pacientemente. Recogí el templo lo mejor que pude, preparé la mesa, y serví el agua, para que él no tuviera que hacer nada. Me senté en la silla, apoyado sobre mis codos y me perdí en mis pensamientos, hasta que finalmente mis parpados cedieron y me dejé llevar por el sueño.
Aioros nunca más volvió.
Me desperté sobresaltado por las campanas que anunciaban el estado de alarma en el Santuario. Me sobé los ojos y miré por la ventana, sorprendiéndome de lo tarde que parecía ser. Bajé las escaleras, después de asegurarme de que Aioros no había llegado… y observé el horizonte desde la entrada a Sagitario. Faltaba poco para el amanecer, y la algarabía que se oía a lo lejos me erizó la piel. No tenía la menor idea de lo que sucedía, y de algún modo… no quería saberlo.
Permanecí allí sin moverme, mordisqueándome las uñas, un buen rato; hasta que una silueta que se acercaba llamó mi atención. Corrí hacia Shura, esperando una respuesta, anhelando que me dijera donde estaba Aioros. Él se detuvo. Apenas me miró como aquel que ve un espejismo. Sus ojos enrojecidos se negaban a encontrar los míos, y revolvió mi pelo rubio sin decir palabra. Apretó mi hombro suavemente, y cuando me dio la espalda, me pareció escuchar un sollozo.
Lo vi irse, impasible, mientras gritaba su nombre. No entendía por qué no decía nada, no entendía porque me veía así… como si fuera un desahuciado: con lástima. Me dejé caer en las escaleras, bajo las columnas, y de pronto me sentí más pequeño que nunca. Acaba de conocer, de tú a tú, el instinto de un Caballero. Aquel que te dice las verdades que todos los demás callan y te advierte del peligro… el que te prepara para lo inevitable.
Perdí la noción del tiempo, no se cuanto pasé en aquellas escaleras. Solamente reparé en que ya no estaba allí, cuando el inmenso salón del trono se dibujó ante mi. Caminé acompañado de dos guardias a los que no conocía, hasta los pies de la silla dorada, y alcé la mirada… casi con miedo, hasta toparme con los ojos rojos de la máscara que gobernaría nuestras vidas.
No recuerdo su voz siquiera. Pero aún puedo sentir la fuerza escalofriante que manaba de aquella mirada metálica.
Traidor.
Muerto.
Shura.
Le grité. Con todas mis fuerzas. Se que lo hice, aunque no tengo la menor idea de que escapó de mis labios. Arles permaneció impasible, como si en algún lugar de su fría presencia, comprendiera mi dolor. Apenas unos segundos después, la fuerza de dos brazos desconocidos me empujó contra el suelo, enseñándome a guardar silencio. Mostrándome mi nuevo lugar en el mundo.
Entré en aquel salón siendo el hermano del héroe, para salir siendo el hermano del traidor. Admiración por desprecio.
Cuando me vi libre, corrí todo lo que dieron mis piernas. Me escabullí en la habitación que había pertenecido a mi hermano, y me acurruqué en su cama de rey, que aún olía a él. Lloré durante horas, grité, pataleé, aunque nadie me escuchara… Sagitario no se sentía vacío todavía.
Aquella noche, la leyenda del maravilloso Santo de Sagitario se rompió en mil pedazos, condenada al desprecio y enterrada en el olvido, bajo la pesada losa de la palabra traidor.
Días después, me sacaron de la casa. Aquel no era mi templo, y yo ni siquiera era un santo. No tuve tiempo más que de recoger algunas de mis pocas pertenencias y salir de allí volando, bajo la atenta mirada de los guardias que a partir de entonces empezarían a vigilarme día y noche.
Me adentré en la penumbra de Leo, con mi mochila entre las manos. Miré de lado a lado, ignorando el frío que manaba de aquel templo que llevaba tanto tiempo deshabitado y tomé una bocanada de aire. Les grité, con la insolencia que a partir de entonces iba a caracterizarme, que se largaran. Sin embargo, a medida que caminaba, en busca del pasaje a la vivienda… más y más ruidos parecían surgir de las paredes. Recordé súbitamente la primera vez que vi aquel templo, tomado de la mano de mi hermano… y rememoré el rugido con el que Leo me saludó. Aquello no podía ser muy distinto después de todo.
Ahogué el miedo en lo más profundo de mi mismo, esforzándome por mantenerme entero y digno, como Aioros hubiera querido, y poco a poco, fui acostumbrándome a mi nueva vida. Continué aferrándome a la idea de que ninguna de las acusaciones que pesaban sobre él, eran ciertas. Sin haber hecho nada por merecerlo, fui condenado a la más cruel soledad, y a partir de entonces entrené solo.
Peleé a contracorriente, con uñas y dientes por defender su honor y mi orgullo herido. Pero únicamente lo pagué con sangre y desprecio. No había nadie allí que creyera en él. Nadie. Ni uno solo de aquellos cientos que lo habían admirado e idolatrado. Todos se habían esfumado.
Ya no me quedaban amigos con quien jugar, con quien hablar… ni siquiera me quedaba alguien que intercediera por mi. No había nadie con quien pudiera probar mis avances… solamente había enemigos que surgían de todas partes, muchos más de los que mi mente infantil podía resistir.
Peleé y entrené hasta la extenuación, olvidé como llorar. No iba a darle aquel placer a uno solo de los habitantes del Santuario. No me importaba cuantas veces me tiraran, yo siempre iba a levantarme, sin importar lo costoso que fuera.
Me convertí en el pasatiempo favorito de muchos. Y me supe vigilado desde las sombras por dos pares de ojos en concreto. Shura jamás había dejado de verme a una distancia prudencial. Yo no lo quería cerca, no quería siquiera verlo. Lo había querido como a un hermano, y pensaba que él sentía lo mismo por mi y Aioros. Había pensado que si algo llegaba a suceder, él siempre cuidaría de mi.
¿Cómo era posible entonces que él hubiera sido el asesino?
Lo desprecié y lo odié del mismo modo que otros me despreciaban a mi, durante el resto de mi vida. Me dio igual que alguna vez hiciera el amago de acercarse, me importó menos que nada su cara de circunstancias. En lo que a mi respectaba, no había una sola razón por la que debía respetarlo siquiera. Estaba tan muerto para mi, como tristemente lo estaba Aioros.
Y Arles… Nunca me gustó, nunca fui dócil, ni le mostré respeto alguno. A pesar de ello, sus ojos jamás dejaron de vigilarme de cerca, bien atento a todo lo que sucedía conmigo, a mis progresos y mis tropiezos… pero jamás intercedió por mi. Los guardias, los demás niños, los santos… fui su pasatiempo favorito y él nunca movió un dedo. Era como si sentado cómodamente en su trono de oro esperase el desenlace de mi historia.
Hasta que un día me habló.
No tenía la menor idea de cuantas veces me había peleado con alguien, sin importar su edad, tamaño o condición, por salvaguardar el recuerdo de Aioros. Aquel era un día como otros tantos, una pelea como cualquier otra, con alguien a quien ni siquiera recuerdo… Sin embargo, el Patriarca nos sorprendió en medio de la discusión. Nos quedamos helados en nuestro lugar, sin movernos, magullados y furiosos. Era poco habitual verlo fuera de su Templo y, francamente, su sola presencia resultaba imponente. Esperó pacientemente a que el otro chiquillo se fuera, siguiéndolo con su mirada rubí, y cuando lo perdió de vista, se giró sobre sus talones, dándome la espalda.
"Encuentra tu propio camino, Aioria."
Guardé silencio, observándolo mientras se alejaba. Apreté los puños mientras sus palabras, extrañamente similares a las que mi hermano me había dicho una vez, resonaban en mis oídos. Quizá era aquella sensación asfixiante que invadía a uno cuando Arles estaba cerca, cuando uno terminaba siendo el centro de su atención… Pero, curiosamente, le encontré sentido a lo que había dicho.
Recapacité. En mi interior, había algo que anhelaba con todas sus fuerzas irrumpir en su lujoso salón y obligarle a que me hablara, a que me explicara que era lo que yo había hecho mal… Necesitaba que alguien me dijera que yo no era Aioros, que no era culpa mía, que las personas son crueles e injustas.
La siguiente vez que me peleé con alguien… Quedé tendido en el suelo, con la respiración desbocada y con todos los músculos de mi cuerpo clamando por descanso. Apreté los ojos, intentando ahogar las lágrimas de impotencia que amenazaban por brotar de ellos, y me incorporé.
Ya no había nadie allí contemplando mi miseria.
Nadie, salvo una máscara de plata enmarcada por una linda melena de fuego, que me miraba a unos pocos pasos. Clavé mis ojos en ella, con el ceño fruncido, furioso. Pero la niña no se amedrentó. Recortó los pocos pasos que nos separaban, y se dejó caer a mi lado, sentándose en el suelo con las piernas cruzadas. La miré con los ojos desorbitados, la grité y quise obligarla a que se fuera. Mas la chiquilla, silenciosa y tranquila, volvió a mirarme y no supe que más decir.
"Yo también estoy sola", dijo. "Pero no es nuestra culpa. No es tu culpa."
Enmudecí. Ladeé el rostro, intentando imaginar que se ocultaba tras aquel trozo de metal: ¿cómo serían aquellos ojos solitarios? ¿Aquellos labios que hablaban con un acento tan simpático? ¿Cómo…? ¿Quién…?
"¿Querrías entrenar conmigo?"
Nunca fui un gran genio con las palabras. Creo que la pobrecilla se dio cuenta en aquel preciso instante en que no supe que responder. Era incapaz de quitarle la mirada de encima, observándola como si fuera un bicho raro, pero me encontré asintiendo casi sin darme cuenta. Inmediatamente, la pelirroja tomó mi mano y tiró de ella con fuerza, ayudándome a levantarme.
Rió al ver mi gesto. La risa más bonita y agradable que había oído en siglos, y murmuró su nombre.
"Soy Marin".
Torpemente pronuncié el mío, aunque era innecesario: ella ya lo sabía. Rió de nuevo, y yo sonreí por primera vez en mucho tiempo.
Desde entonces, Marin siempre estuvo ahí. Fue la única mano amiga que siempre tenía una palabra amable para mi, que siempre esbozaba una sonrisa para mi, imaginaria… Una niña, una koree japonesa que estaba tan sola como yo y que no estaba dispuesta a dejarme caer una sola vez más. Encontré en ella un alma gemela, una compañera de juegos y entrenamientos a escondidas, unas manos suaves y tibias que a veces curaban con mimo mis heridas, y una voz que siempre me alentaba a continuar sin importar lo difícil que fuera el camino.
Sin ella jamás hubiera llegado a ser quien soy hoy.
Sin embargo, aunque su presencia entre las sombras era como un bálsamo para mi, todo lo demás seguía siendo igual de complicado. Hasta que un día, dejé de creer.
Me rendí.
Ya no merecía la pena luchar.
El mundo entero no podía estar equivocado.
Quizá tenían razón. Quizá Aioros…
Le dí la espalda a mis recuerdos. Intenté olvidar su gesto cariñoso, enterrar su nombre en lo más profundo del olvido. Comprendí que, efectivamente, era hora de que Aioria de Leo se forjara su propio camino y saliera de alargada sombra de su hermano… Era el momento de desprenderme de la palabra traidor, que siempre me rondaba. Debía crecer, aceptar que las cosas nunca serían fáciles para mi, pero demostrarle al mundo que nadie iba a doblegarme. Conseguiría aquella armadura a como diera lugar…
Y del mismo modo en que años atrás me había esforzado por parecerme a él hasta en la manera de pestañear… me esforcé entonces por hacer lo contrario. Comencé a caminar con la mirada en alto, orgulloso; adopté una expresión serena que nadie conocía en mi, y afronté el camino con valentía, a pesar de mi pelo teñido de rojo.
No me importaba cuantas pruebas me pusiera Arles, ni los comentarios de la gente que poco a poco dejé de escuchar. Simplemente las superaría todas, una tras otra, hasta que terminaran por rendirse a mis pies. Los amigos que hice siendo niño comenzaron a resurgir de la nada, casi tímidamente y de puntillas, observándome con interés a una distancia prudencial.
Esperé pacientemente hasta que se atrevieron a acercarse lo suficiente, hasta que borraron de sus ojos aquella mirada curiosa, y empezaron a verme como un igual. De pronto, volvía a tener compañeros de entrenamientos, de bromas. El camino pareció allanarse, cuando me rendí a la opinión de todos. Era como si, finalmente, hubiera crecido.
Aprendí a lidiar con Máscara Mortal, hasta que terminó por ser un mosquito molesto que vivía en el templo de al lado. Comprobé, como a diferencia de mi, Milo no había cambiado en absoluto. Y valoré en su justa medida, que jamás mencionara una sola palabra acerca de mi hermano, aunque continuara teniendo sus reparos.
Y finalmente, Leo fue mía. Recuerdo tan bien lo que sentí al vestirla por primera vez, que es como si apenas hubiera pasado un día desde entonces. Solamente deseaba lucirla, decirles a todos: Aquí estoy, soy Aioria de Leo y ninguno de vosotros dio nada por mi. Esperé pacientemente a que una de las doncellas colocara la inmaculada capa de seda en mis hombreras y abandoné el quinto templo.
Mentiría si dijese que no disfruté cada mirada de admiración y envidia que me prodigaron. De pronto me sentía en la cima del mundo que eran las Doce Casas, y nada podría detenerme.
Nada, salvo mi propia estupidez.
Me había convertido en uno de los Doce, si. Pero seguía siendo un niño insolente e inmaduro. Me empeñé en llevarle la contraria al Maestro por el simple hecho de que nunca me había simpatizado. Si él ordenaba que debíamos portar la armadura siempre que estuviéramos fuera de nuestro templo, yo me esforzaría por no vestirla nunca, como si aquellas infantiles muestras de rebeldía fueran a cambiar algo de lo que me había tocado vivir.
Comprendí, por las malas, que mi terquedad solía llevarme por el camino equivocado. Estaba bien ser yo mismo, rebelarme ante lo que creía injusto… pero después de todo, no todo estaba mal en el Santuario, aún había esperanza de que las cosas fueran a mejor. Terminé siendo un soñador, admitiendo a regañadientes que en eso era igual que Aioros, que confiaba en el honor y el orgullo de la Orden Sagrada. Esperaba que todos actuaran de aquella manera que me parecía la correcta, y me esforcé por mostrarme como un ejemplo. Después de todo, uno no necesitaba de una razón para hacer las cosas bien… para ayudar.
Marin me enseñó todo eso. Aunque ella ni siquiera se diera cuenta… yo la observaba entre las sombras cada día, mientras entrenaba a Seiya. ¡Había tanto que aprender de ella! Por incomprensible que le resultara a mis compañeros Dorados, estábamos muy lejos de la perfección. Y ella, una amazona de plata, tenía mucho más que enseñarle al mundo que nosotros.
Hacia mucho tiempo que el brillo de las Doce Casas se había apagado. Ya no había hermandad alguna que nos uniera, solo la permanente competencia. Las cosas habían cambiado mucho desde el resplandeciente inicio de nuestra generación, hasta aquel momento.
¿Pero cuándo había sucedido?
Antes de que me diera cuenta, Pegaso tenía nuevo dueño. Me resultó obvio que las cosas iban realmente mal cuando se vio obligado a huir entre las sombras de la noche del Santuario. Pero no había nada que pudiera hacer. Había ayudado al chico todo lo que había podido, había intentado ser su apoyo por el simple hecho de que Seiya era la vida de Marin.
Todas las alarmas estallaron en el Santuario. Arles había encontrado a la armadura de Sagitario. Los Santos Dorados empezamos a ser enviados fuera, Mu había huido, y el viejo Maestro seguía siendo una leyenda desconocida. Sin embargo, con la búsqueda de la armadura los viejos fantasmas volvieron a resurgir. Empecé a preguntarme tantas cosas que no comprendía acerca de lo sucedido aquella fatídica noche… que empezaba a complicarme la vida sin darme cuenta. Procuré esforzarme por mantener contento al Maestro, me ofrecí voluntario para capturar a los recién aparecidos Santos de Bronce.
Aunque principalmente lo hacía por proteger a Marin del desastre que se acercaba a pasos agigantados por el horizonte.
Los Santos de Plata que habían sido enviados, habían resultado un fracaso absoluto, y el buen humor de Arles, si es que lo había tenido alguna vez, se había esfumado. Sagitario yacía despedazada por media Asia, y los errores se pagaban inevitablemente con la vida. No terminaba de entender porque la novena armadura resultaba tan importante para el Maestro, ni cuales eran sus miedos al respecto; pero era un hecho que el Patriarca había comenzado a ver fantasmas en cada esquina, hasta el punto de temer a cinco chicos de bronce.
Partí hacia Japón, sabiendo que Marin había sido herida por Misty y que la situación para ella era por demás delicada. Estaba en el punto de mira de Arles, y en ese momento, debíamos esforzarnos más que nunca por ocultar aquel inesperado vínculo que nos había unido. Pero también sabía cual era mi misión: Seiya, su pequeño Seiya, debía morir.
Y entonces, observé su rostro lleno de pánico al verme convertido en el verdugo. Ignoré el nudo que se atoró en mi garganta y me convencí de que las cosas debían ser así. Si por algún motivo, existía una amenaza para la Orden, debía ser eliminada, sin importar el aprecio que sintiera por él. Igual que había sucedido con Aioros trece años atrás…
Sin embargo, lo que no esperaba encontrar era a la mismísima Diosa Athena, viva, y frente a mis ojos. Solamente necesité contemplaros un solo segundo para saber que erais vos. Y aún así, me empeñé en negarlo, aunque el mismo instinto que me advirtiera de la muerte de mi hermano, me estuviera gritando en aquel momento que todo estaba mal.
Insistí en poneros a prueba, a vos, a Seiya, incluso a Shaina… por el simple hecho de que aceptar vuestra existencia suponía que mi vida entera se cayera en pedazos. No quería escuchar una sola palabra de lo que tuvierais que decir, no quería escuchar la triste verdad que me dijera que me había equivocado… no quería darme cuenta de mi estrepitoso fallo.
Levanté mi mano contra vos, se que hubierais podido pararlo… Pero en el instante que Sagitario protegió a Seiya y se interpuso, protegiéndoos… Entré en un letargo difícil de describir. Verlo a él, ver aquellas maravillosas alas, trajo recuerdos que me helaron el corazón. Por un momento me pareció ver a mi hermano envestido en su armadura, me pareció ver su cara llena de determinación, e incluso creí escucharlo gritándome lo estúpido que era.
Aioros era inocente.
Quise llorar, gritar… tomé a Shaina en brazos, y tras veros por última vez y prometeros fidelidad, me marché.
Alguien iba a hablar, por las buenas o por las malas. Arles me debía una explicación.
Me encargué de que la Cobra tuviera los cuidados que necesitara, y volé hasta el templo papal. Ignoré las advertencias que me decían que me detuviera, que el Maestro no deseaba ser interrumpido. Abrí la maravillosa puerta de roble y oro, y entré.
Volví a mirarlo a los ojos metálicos, intentando descifrar alguna emoción que manara de él. Pero no hubo reacción alguna, en todo lo que respectaba a mi, era como si Arles ni siquiera me hubiera notado allí frente a él.
Le grité de nuevo, le llamé mentiroso, le espeté cuanto le odiaba. Exactamente igual que trece años atrás. Él solamente me miró, impasible, como si no fuera más que un insecto molesto, y continuó en silencio. Desee arrancarle aquella máscara y contemplar su rostro al menos una vez antes de matarlo. Quise mirar sus ojos y disfrutar por una vez de quitarle la vida a alguien.
Pero antes de que pudiera si quiera invocar mi cosmos, Shaka apareció de la nada, revelándose como su defensor a ultranza, y complicándome terriblemente las cosas. No reparé en lo que estaba sucediendo hasta que fue demasiado tarde. Peleábamos, con nuestro cosmos peligrosamente elevado frente al Maestro, en su salón del trono. Por menos que eso muchos habían muerto trágicamente, y yo tenía todas las de perder.
Reaccioné demasiado tarde. Ni siquiera me di cuenta de cómo sucedió, pero el punzante dolor que me atravesó el cerebro de lado a lado, me dejó claro mi lugar en el mundo. Él mandaba, yo obedecía: era el más fuerte quien se imponía. Caí sobre mis rodillas, jadeando, y sujetándome la cabeza con las manos: nunca antes había sentido un dolor semejante. Alcé la mirada apenas unos centímetros, lo suficiente como para verlo directamente con los ojos nublados. No se había movido, pero ahora sabía que no era necesario.
Escuché su voz en mi cabeza. Por primera vez en siglos, aquella voz me resultó familiar, como si la hubiera escuchado mucho tiempo atrás, no sonaba como cuando hablaba en voz alta. Me estremecí con cada silaba pronunciada. Y yo, que me consideraba un león indomable, me vi forzado a hincar las rodillas y a terminar siendo un gatito domesticado.
No dije nada, no me quejé. Era incapaz de mover un solo músculo de mi garganta, así que asentí torpemente a todo lo que dijo, como quien escucha el embrujo de un mago. Me movía como un autómata y comprendí que era él quien agitaba hábilmente los hilos que me manejaban.
Volví a Leo, silencioso, y esperé a que los enemigos llamaran a mi puerta. Fuera como fuera, no debían pasar por allí. No había otra cosa en mi mente… había olvidado incluso el reciente descubrimiento que había vuelto a tambalear mi vida. Solamente me manejaba una sed de sangre incontrolable. Apenas puedo recordar nada de lo que sucedió con Seiya, pero si puedo rememorar el sentimiento que me embargaba: una rabia y odio infinitos que no dejaban lugar a nada más.
Cassios podía haber sido cualquiera, podía haber sido Marin… ¡Y yo ni siquiera me hubiera enterado! Volví en si, y el corazón se me rompió en mil pedazos al comprender lo que había hecho, o lo que me habían forzado a hacer. Alcé la mirada hasta el templo papal y apreté los puños hasta que estos me temblaron. No podía hacer nada más que esperar y confiar en Seiya y los demás. Cuando ellos atravesaran los Doce Templos… llegaría mi momento.
Y lo hicieron. Admito que aunque deseaba con todas mis fuerzas que lo consiguieran, y un poquito de mi les empujaba en cada paso del camino, me parecía una misión imposible. Cuando Afrodita murió, y los sentí llegar al templo, me quedé boquiabierto. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral cuando el cosmos de Arles ardió repentinamente como nunca antes lo había hecho. Comprendí que todo lo que había mostrado hasta entonces, eran pequeños zarpazos de advertencia. Ahora las cosas eran muy distintas, estaba acorralado y no pretendía perder.
Pero perdió. Lo hizo en el preciso instante en que se desprendió de la seguridad de la máscara que lo había acompañado durante tanto tiempo, y nos dejó ver su rostro angelical.
Describir lo que sentí al verlo es demasiado difícil. Sus ojos, al menos los que yo recordaba, ya no estaban ahí. Lucía una mirada tan sanguinaria que era difícil de soportar. Aguanté la respiración sin darme cuenta, esperando el desenlace mientras mi mente trabajaba más rápido de lo que podáis imaginar. Intentaba encontrarle una explicación a por qué el rostro de Saga era el culpable a todas las desgracias que nos habían sucedido… ¿Cómo era posible que alguien como él hubiera sido capaz de tejer semejante… barbarie? Él había sido el artífice de la muerte de mi hermano, el asesino de Shion… y de muchos otros.
Me sentí furioso. Desee intervenir. Desquitarme por todo lo que había sucedido, sobre todo en aquel momento en que se debatía entre la fragilidad y el poder más aterrador. Pero nadie me dejó, y el final se precipitó mucho antes de lo que imaginamos.
Niké.
Sangre.
Lágrimas.
Paz.
Una inmensa paz en su rostro, en mi alma.
Admito que sentí rabia cuando me di cuenta de lo que había sucedido. Nadie había sido capaz de detenerle… ¿Lo habíamos intentado siquiera? Terminó suicidándose. Sinceramente, sus motivos me dieron igual, Saga me dio igual. Solo podía pensar en lo injusta que era la vida. Él, que probablemente se merecía el peor de los infiernos, había estado vivo durante trece años, manejando el mundo a su antojo con una habilidad excepcional y le había arrebatado la vida a mi hermano: la persona más maravillosa que jamás había pisado el Santuario. Saga había muerto en el momento en que había querido, como había querido. Sin afrontar ni uno solo de sus pecados. Ni uno.
O al menos, así lo sentí en aquel momento.
Me di la vuelta, y me marché a Leo. Ya no había nada que hacer allí. Solamente podía prepararme para enterrar a viejos amigos, y otros que no lo habían sido tanto. Me senté en las escaleras con un vaso de vino en la mano, sin saber si debía brindar por el desenlace o si solamente quería aplacar mi furia de alguna manera que no implicara golpear algo.
Reflexioné a cerca de lo sucedido, pensé en el significado de las palabras de Roshi, y tras los funerales, me calmé inexplicablemente. No había podido tener mi vendetta, pero la pesadilla había terminado al fin. O al menos lo hizo por unas horas, hasta que vi la mirada de Milo perdida entre las llamas.
A lo largo de la vida había intentado concentrarme en mantenerme a flote yo mismo, y había terminado por olvidar a los demás. En aquel instante, cuando vi sus ojos vidriosos, fue como recibir una bofetada en la cara. ¿A quién pretendía engañar? Podía pretender que me daba igual todo ahora que el mundo me había dado la razón, pero no era así. El rostro, normalmente altivo, de Milo se veía ahora igual que hacía años, cuando se vio obligado a ir a las Cícladas y lloró desesperadamente al irse, al dejar atrás una vida y una familia: destruido. El motivo de mi alegría, era la razón de su tristeza. La pesadilla había terminado, pero se había llevado a muchos por delante, empezando por Camus… y acabando por el mismo Saga.
Me decidí a ir a Escorpio, aunque no tenía la menor idea de que debía decirle para aligerar un momento como aquel, y lo encontré en las escaleras. Me senté a su lado, en silencio, y permanecimos un rato así… solamente viendo el horizonte: completamente callados. Lo vi de soslayo un par de veces, mientras buscaba las palabras necesarias con las que romper el hielo, pero no hizo falta.
Cuando lo escuché hablar, sentí que ya no era necesario decirle nada. Podía tener la cabeza llena de pájaros la mitad del tiempo, pero al final, el bicho siempre sabía lo que hacía y sabía volver sobre sus pasos por mucho que le doliera. Y entonces, fue que comprendí la situación de verdad. Había tardado días, pero podía haber sido peor.
La sola idea de que un dios enemigo nos había manejado como había querido, me resultaba repugnante. En primer lugar, porque la flamante Orden Dorada quedaba a la altura del polvo. No lo habíamos visto venir, y quien lo había visto… se había aprovechado del asunto todo lo que había querido. Solamente imaginarme así a Máscara Mortal y Afrodita me hizo hervir la sangre, porque al final Dohko tenía razón: Saga merecía más lástima que otra cosa, y aunque nunca fuera capaz de perdonarle del todo… si era capaz de comprenderle. Al menos un poco.
Yo, que había sido controlado por el Satán Imperial y me había sentido una marioneta en sus manos por unas horas… me podía hacer una mínima idea de lo que había sido vivir algo así por tanto tiempo. El problema es que cuanto más alto subes… más alta es la caída. Y su caída nos arrastró a todos de un modo u otro.
Los que habíamos sobrevivido tendríamos que aprender a lidiar con ello, a sobrellevar el duro peso del fracaso y los errores que habíamos cometido… pero también a gozar de la paz y la calma que nunca habíamos conocido. Pasé de ser el despreciado, a ser prácticamente un héroe. Pero, ¿por qué? No había hecho nada por merecerlo. Sin embargo, la verdad desvelada había hecho que todos cambiaran de parecer.
Mi vida había terminado siendo una montaña rusa de emociones, que a duras penas controlaba. Aunque al menos, los supervivientes habíamos terminado siendo mucho más unidos de lo que nunca imaginamos. No íbamos a rellenar de ningún modo los huecos que habían dejado otros, pero al fin podíamos honrar su memoria sin ningún peso sobre nosotros. Las experiencias vividas nos habían hecho fuertes, habíamos crecido bajo una mano de hierro y ahora, éramos santos brillantes que aún tenían muchas cosas por afrontar.
Poseidón se encargó de recordárnoslo.
Probablemente, ninguno de los demás estaba preparado para soportar mi rebeldía multiplicada por dos, pero de algún modo, Milo y yo habíamos terminado compartiendo muchas cosas sin siquiera proponérnoslo. Éramos tercos, irreflexivos, espontáneos, e inconformistas. Compartíamos ingenuidad, frescura… robando en el proceso sonrisas disimuladas a nuestros compañeros. Para tener un orgullo dorado, no teníamos problema alguno en demostrar que no entendíamos las cosas.
Como fue aquel caso.
Dohko insistió en que no nos moviéramos de las Doce Casas. ¿Por qué? ¿Qué autoridad tenía él entonces? Había permanecido en silencio durante toda nuestra vida, no era más que un fantasma, nos había dejado caer al abismo sin mover un solo dedo… y en aquel preciso momento, llegaba para decir que debíamos y que no debíamos hacer. Si tan solo hubiera hecho gala de toda su sabiduría un poquito antes, cuando todos, o casi todos estaban vivos… Las cosas hubieran sido diferentes.
Pero no lo fueron. De algún modo, Milo y yo obedecimos a regañadientes. Era injusto que los chicos de bronce enfrentaran una nueva guerra que podía terminar con sus vidas definitivamente… ¿Para qué estábamos nosotros? ¿Para pelear cuando todos los demás ya hubieran sido sacrificados? ¿Para eso? Se suponía que salvábamos vidas, que las protegíamos… no que las enviabamos al matadero.
Y para rematar el asunto: Kanon. General del Atlántico Norte. El marionetista de los dioses. No dejaba de ser curioso, que donde uno había sucumbido ante la voluntad de un Olímpico, otro se había erigido como el vencedor de otro. Su poder, resultaba francamente amenazante, más aún el aura de odio que a pesar de las barreras marinas, podíamos sentir en el Santuario.
Contra todo pronostico, los chicos vencieron una vez más; lograron de nuevo lo imposible: que otro más se redimiera, y casi sin saberlo, nos concedieron un nuevo aliado. Todos notamos su presencia en el Santuario, pero nadie dijo nada. Preferimos hacernos los locos, porque de todos modos… ¿Qué íbamos a decirle? ¿Cómo íbamos a confiar en él así de pronto? ¿Sin más?
Es irónico. Pero Kanon y yo guardamos cierto parecido. Somos los hermanos menores de las dos insignias de la Orden, inevitablemente marcados a fuego por sus actos y su destino. Despreciados, para después ser admirados, y finalmente ser simplemente Kanon y Aioria. Construyendo nuestro propio camino… tal y como ellos mismos habían dicho una vez. Ahora lo se.
Nos preparamos a fondo para lo que quedaba por venir, que no era poco. No teníamos la menor idea de cómo íbamos a soportar las embestidas de Hades con la Orden minada hasta el extremo, pero tendríamos que hacerlo sin importar cómo. De todas las posibles hipótesis, de todos los "y si", jamás valoramos el que realmente aconteció.
Atacados con nuestras propias armas cuando las heridas ni siquiera habían sanado del todo. Heridos en los más profundo del corazón, porque no importaba la sangre, ni el dolor… pero si los pocos recuerdos que aún queríamos conservar. Hades supo como golpear, y su plan nos tumbó como un mazo a un castillo de naipes.
Ninguno estábamos preparados para verlos envestidos en un Sapuri, pero menos aún para ver a Shion. El viejito Shion que ya no aparentaba serlo. Comprendimos que a pesar de todo lo que habíamos luchado, el corazón seguía mandando. Nos resultó difícil levantar la mano contra ellos, algunos les dejamos pasar, haciéndonos los locos e ignorando su presencia del mejor modo posible. Confiando en que quizá había una explicación, y que en cualquier momento, se darían la vuelta, con una sonrisa misteriosa y se pondrían de nuestro lado.
Pero no fue así. Pasaron por las Doce Casas como un torbellino. No dejaron ni una sola columna en pie a su paso, y no se detuvieron por nada. Cuando la fuerza dejó de serles útil, utilizaron el ingenio. Hasta que finalmente se toparon con el muro infranqueable que era Virgo, más que por poder, por desgaste.
Toda la calma que me había esforzado por mantener se fue al demonio cuando sentí el ataque de los tres contra él: cuando observé aterrado la Exclamación de Athena convirtiendo el día en noche. Corrí hacia Virgo a toda prisa, seguido de los chicos de bronce hasta que los alcancé.
Estaban vivos, los tres. Por primera vez, en lo que habían parecido siglos, los contemplaba pestañear, respirar… Y mi único deseo era segar sus vidas para siempre. Lucían terrible, pero sus miradas veladas deslumbraban de desafío. Aparentaban estar excesivamente seguros de sus posibilidades aún a pesar de su precario estado. No lo resistí más. Ataqué, seguro de que con aquella potencia no iba a matarlos, pero si a hacerles daño.
No fue casualidad que Saga fuera el objetivo, lo necesitaba desde hacia mucho tiempo. Pero en aquel instante mi mente no recordaba todos esos años que habían pasado, ni nada que tuviera que ver con el pasado. Solo lo veía allí, con las manos manchadas de la sangre que Shaka había derramado y con una expresión estúpidamente altiva.
Claro que tampoco había imaginado que fuera capaz de detener mi ataque con tanta facilidad, ni que su determinación permaneciera intacta después de aquello.
Milo llegó apenas un segundo después, como si de la caballería se tratase. Entreabrí los labios, sin saber muy bien que esperar de él en aquel momento, y mis ojos se posaron fugazmente en Camus. No tuve tiempo de pestañear, porque antes de que pudiera hacerlo, encajaron la Aguja Escarlata sin poder hacer nada por evitarlo. Busqué la mirada del Escorpión, esperando encontrar al menos un deje de dolor porque enfrentar aquello… pero no había rastro. Solamente había una determinación igualita a la de ellos y una furia incontenible.
Milo había crecido, igual que yo.
Y aunque sus ataques dieron en el blanco, la Explosión de Galaxias le tumbó como si de un muñeco se tratara. Daba igual que hubieran perdido cuatro de sus sentidos, daba igual que estuvieran a punto de morir desangrados y por agotamiento… seguían teniendo la fuerza suficiente para dejarnos bien claro que ellos iban un paso por delante… como siempre.
Luego, el espanto sucedió a la furia. La postura de la trinidad me encogió el corazón, y contemplar la irrompible unidad que aquellos tres habían formado después de todo… Fue demasiado. Ellos lo habían perdido todo, no les quedaba nada por lo que pelear o vivir… nada a lo que aferrarse, y les daba igual mandar al demonio lo poco que quedara de su recuerdo.
Nunca imaginaron que nosotros estaríamos dispuestos a hacer lo propio aún a riesgo de que teníamos mucho que perder. La situación nos era favorable, estábamos en mejores condiciones, y vestíamos armaduras doradas después de todo. Me sorprendió que Mu tomara la decisión por si mismo, sin oponer resistencia y sin verse arrastrado por el ímpetu que mostrábamos Milo y yo. Pero aquella era la primera vez que hacíamos algo como un equipo… éramos los únicos que quedaban entre ellos y vos… y no pretendíamos dejarles pasar sin oponer resistencia.
Lo malo de tratar con santos dorados, es que es difícil que nos acobardemos. Llegado un punto somos capaces de arrasar con todo a nuestro paso antes que dar un paso atrás, y eso fue lo que sucedió. La noche se convirtió en el más luminoso de los días mientras la maravillosa potencia de nuestros cosmos chocaba y se entremezclaba como si fuera una solo. Seiya y los demás pusieron su granito de arena, se empeñaron en que no nos destruyéramos… intentaron hacernos entrar en razón convenciéndonos de que estábamos en el mismo bando.
Pero era tarde. Todo explotó. La onda expansiva arrancó sin piedad el aire de nuestros pulmones y medio santuario se derrumbó ante la potencia de la explosión. Cuando despertamos, no había más que polvo, escombros, polvo de estrellas y sangre por todos lados. Ni rastro de vuestros chicos, pero si de ellos. ¡Seguían vivos! ¿Cómo era posible? ¿Se habían vuelto a llevar las vidas de inocentes con ellos?
Milo estuvo a punto de perder el control si vuestra voz no hubiera interrumpido, y a decir verdad… creo que ni Mu ni yo le hubiéramos detenido. Ya no creíamos en ellos, ni en su posible inocencia. Eran traidores, sucios traidores, y no podrían hacer nada por enmendarlo.
Los arrastramos hasta vuestros pies, sin hacer caso a sus quejidos y al gotear continuo de su sangre. Incluso Shura… El muy cabezota intentó explicarse por lo de Aioros. ¡En un momento como aquel! ¡¿Cómo iba a perdonarle entonces, si no solo había matado a mi hermano, sino que también intentaba acabar con vos?
¿Por qué les mirabais con ese gesto tan dulce, tan adorable y compasivo? ¿Por qué acariciabais sus rostros cuando estaban dispuestos a todo por conseguir su objetivo? ¿Qué era lo que no alcanzábamos a ver? ¿De dónde habíais sacado aquella inesperada complicidad que vuestra mirada encontró en la de Saga?
Cuando quisimos saberlo, su gritó desgarró el silencio y vuestra sangre lo manchaba todo. Me quedé estático, en silencio, sin saber que hacer o decir, con cada uno de mis músculos atenazados por el miedo, mientras Milo se desquitaba con Camus y los hermanos se ignoraban como si ni siquiera pudieran verse. Sentí la mirada de Shura, bañada en lágrimas, sobre mi. No podía verme, pero su cosmos podía sentir hasta el más ínfimo de mis movimientos.
Tarde, era tarde para comprender. Ellos habían ganado, aunque no del modo en que planeaban, y nosotros… Nosotros seguíamos perdidos. Escuchamos sus planes, y asentimos aún aturdidos. Volamos al Castillo sin decir gran cosa, más que compartiendo una mirada que gritaba perdón a los cuatro vientos.
Y allí terminó todo.
La superioridad aplastante de Radamanthys, protegido por su barrera energética, termino con nosotros. Nunca nos habían humillado de un modo como aquel, pero ¿qué importaba? Nuestra única esperanza era que los chicos encontraran el camino que pudiéramos abrirles, nada más. Sabíamos que de allí no pasaríamos… y lo último que pensé cuando me ahogué en la profundidad oscura del Kocytos, fue en Aioros.
En que quizá, volvería a verle. Mi misión estaba cumplida.
Al parecer no fue así. Inexplicablemente, despertamos en medio de aquel mar de hielo, congelados hasta los huesos y con un suspiro de vida. Nos quedaba una última cosa que hacer.
Sorprendidos, sin entender gran cosa, corrimos en busca de aquel cosmos tan conocido que ardía frente al Muro de los Lamentos. Shaka estaba allí, perdiendo su mística paciencia con aquella pared infranqueable. Dohko llegó, rejuvenecido, y con un toque de impulsividad que se me antojó de lo más gracioso y agradable. Nos esforzamos por derribar el Muro, pero nada funcionó.
Al menos no, hasta que las armaduras tomaron la iniciativa que a nosotros nos faltaba. Su memoria milenaria supo de inmediato que debíamos hacer, y como por arte de magia, una a una fueron llegando al lugar más recóndito del Infierno. Kanon se despidió de nosotros como un hermoso haz de estrellas, arrollando con su fuerza al que había sido nuestro verdugo y permitiendo que Géminis se uniera a la fiesta, siendo la última.
Las contemplamos maravillados, jamás las habíamos visto a todas juntas. Y de pronto, se desarmaron en sus miles de diminutas piezas. No dijimos una sola palabra, permanecimos hipnotizados, observando como las siluetas tomaban forma. Hasta que finalmente, pudimos reconocerles.
Todos estaban ahí. Todos.
Quise decir algo cuando distinguí a mi hermano. Cuando vi su sonrisa una vez más y lo descubrí caminando hacia a mi. Pero yo solamente atiné a temblar, mientras mis piernas amenazaban con dejarme caer. Tomó mi mano, amplió su sonrisa deslumbrante, y me atrajo hacia si estrechándome en un abrazo.
Eso fue todo. Lo fue todo.
El fin del camino había llegado, y solamente por aquel breve instante… mi vida mereció la pena.
Las piezas parecían haber encajado de nuevo, a la perfección, en aquel extraño puzzle que éramos los Doce, o los trece, y me sentía orgulloso, me sentía pleno. Finalmente, nuestra misión se había cumplido. El Muró cayó.
Se que todo esto es difícil de digerir, supongo que casi imposible leyendo las historias que todos tengamos que contar. Pero esta es la mía, quizá complicada y llena de altibajos… pero sincera. Eso puedo prometéroslo.
Alguien dijo una vez "perdona, pero no olvides". Y no lo hago. Sin embargo, no es una cuestión de rencor. Cada momento de mi vida, bueno y malo, esta marcado a fuego en mi piel, porque esos son los acontecimientos que han forjado la persona que soy hoy… el santo que veis. Tengo muchos defectos, y alguna que otra virtud… pero al final del camino aprendí muchas cosas.
Como santos somos reemplazables, pero no como figuras, no como personas. El hueco que dejamos con nuestra ausencia es demasiado profundo y difícil de ignorar, porque después de todo, siempre hay alguien que nos quiere, alguien que nos extraña y nos llora. Alguien que perdonara nuestros errores sin importar lo grandes que sean.
No soy el mejor perdonando… pero nunca dejaré de intentarlo. Todos nos merecemos una segunda oportunidad, ya no tiene sentido seguir con los reproches. Estamos vivos, estamos aquí… y estamos juntos. Como siempre debió de ser.
Al final, todos encontraremos nuestra propia redención.
Aioria de Leo
-Continuara…-
NdA: OMG! ¡Aioria esta aquí! ¡El gato esta aquí! Bueno, en lo personal, ha sido un capítulo que me ha gustado mucho escribir. La historia del gatito es dura y triste, pero a la vez, su carácter le da un toque de lo más simpático a lo que le sucede. Intenté que siguiera una sintonía con el capítulo de Milo, porque este par se me hace de lo más genial y complementario.
Sin más, espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo… porque ha sido el capítulo más largo hasta ahora. ¡Ya solo quedan tres! ¡Ui, ui ui! ¡Encontrareis los replies anónimos en el profile!
¡Ah! Lamento informar de que no podré hacerle frente a las facturas de pañuelos de todas vosotras, una anda sin trabajo, comprendedlo xD (aún acarreo facturas por "Los Tres del Lamento" T_T). Y por último, mis humildes disculpas a aquellas lindas chicas que se emocionan leyendo y temen por la opinión que puedan dejar en su trabajo, porque ya sois varias. Gracias. ;)
La Dama de las Estrellas
