Capítulo 12: Kanon
"No hay camino fácil desde la tierra a las estrellas…"
Casi no recuerdo cuando fue la primera vez que aquella frase resonó en mis oídos, pues de alguna manera se siente como si fuera lo primero que escuché incluso antes de tener uso de razón. Pero si puedo recordar a Shion, pronunciando esas palabras con gesto cansado, mientras intentaba apaciguar las ilusiones infantiles de un par de niños… poco más que bebes, con más imaginación que ganas de dormir.
Así era cada día en el Templo Papal: una aventura. Nacimos aquí. Crecimos bajo los cuidados expertos de las nodrizas y fuimos educados como si fuéramos príncipes. Sin embargo, todos esos privilegios carecen de importancia cuando eres pequeño, cuando pareces el protagonista del libro de aventura que te leían por las noches y todo, desde tus ojos infantiles, parece al alcance de tu mano.
Mi hermano y yo correteábamos bajo esas columnas como si fuera un patio de juegos: solamente con los gritos de Arles y las doncellas a nuestras espaldas. Pero no pasaba nada, bastaba una fingida cara de inocencia compartida, que ocultara nuestra travesura e inquietud, mientras escuchábamos pacientemente los regaños. No era necesario nada más para que nos dejaran ir… solamente una sonrisita adorable, y antes de que nadie se diera cuenta, ya nos habíamos ido y nuestros pequeños cerebritos estaban organizando una nueva aventura de catastróficas consecuencias para, seguramente, alguna de las estatuas milenarias.
¡Visto así, éramos un par de manipuladores y adorables bebés!
Era divertido, y no importaba lo mucho que hubiéramos trastocado la paz del templo durante el día… Al final, Shion siempre llegaba cada noche, quitándose con cuidado aquella máscara que lucía frente a todos y sonreía, cargándonos en brazos. En aquel entonces, nuestra vida transcurría entre travesura y travesura, entre lección y lección de lo que seríamos algún día.
Lo que seríamos…
Con el tiempo, la realidad cayó sobre nosotros con un peso sobrecogedor. Cuando llegamos a Géminis, comprendimos que todo aquello no había sido más que un pequeño cuento de hadas: que en realidad, lo que nos deparaba el futuro se escribiría con sangre y lágrimas en la tercera casa, sin que nadie hiciera intercediera. Descubrimos de golpe que no todos los santos eran tan honorables y majestuosos como lucía Shion, ni tan agradables.
A partir de entonces, las cosas iban a ser muy diferentes, y aunque con cinco años no podíamos comprenderlo, simplemente lo sabíamos. De pronto, el silencio que tanto nos esmerábamos por romper en el Templo Papal, se convirtió en un buen presagio cuando estábamos en Géminis. Mientras hubiera calma las cosas estarían bien… aunque en nuestro pecho se hubiera arraigado aquel sentimiento tan extraño que nos obligaba a estar siempre en guardia: el miedo.
Sin embargo, ¿qué importaba el miedo cuando te girabas y veías unos ojos que te miraban como si fueran tu propio reflejo? No era necesario hablar, ni llorar o gritar: en aquella época éramos un solo alma, un solo cerebro, funcionando en dos cuerpos exactamente iguales. Valía con una mirada o un gesto, nada más, para saber que el otro siempre cuidaría nuestras espaldas sin importar qué pasara.
Entrenábamos cada día hasta caer extenuados, llorábamos de frustración… hasta que aprendimos a no hacerlo, a no transmitir un solo sentimiento innecesario. Pasábamos todo nuestro tiempo juntos, sin que nadie más interfiriera en aquel camino que se extendía ante nosotros y, en cuyo final, podíamos vislumbrar levemente el brillo dorado de la armadura. Aunque todo parecía muy lejano en aquel entonces…
Lidiábamos cada día con un maestro que no sentía ningún apego hacia nosotros, más bien al contrario. Aprendimos a ponernos a prueba el uno contra el otro, siempre controlando hasta donde podíamos llegar, procurando no herirnos más de lo estrictamente necesario…
Hasta que finalmente, alguien más apareció en nuestras vidas como si fuera un huracán. Aioros llegó con una expresión tan lastimera en el rostro, que casi comprendo a la perfección porque Saga corrió hacía él, sin pensarlo si quiera, como si con solo tocarlo pudiera hacer que olvidara todo el dolor que había vivido hasta aquel momento. Yo no podía hacer mucho más que mirar de uno a otro y luego, fugazmente, al pequeñajo rubio que lloriqueaba en brazos de una doncella. Saga agarró su mano sin siquiera molestarse en preguntar. Tiró de él y lo arrastró tras de mi por los corredores del Templo, bajo la –imagino- estupefacta mirada de Shion, Arles y el Santo de Sagitario.
A partir de entonces, ya nunca más se separaron. Dejamos de ser dos, para hacerme a la idea de que había un tercero en mi pequeño mundo fantástico. Y el hecho era, que no era un tercero cualquiera: era Aioros. Al principio estuvo bien, fuimos amigos, era divertido. Pero terminó resultándome un mocosito insufrible que inesperadamente había captado en un segundo toda la atención de mi hermano. Solo con el tiempo, empecé a darme cuenta de que eran asombrosamente parecidos.
Saga dejó de jugar, dejó de reír; como si de la noche a la mañana hubiera crecido todo lo que se esperaba creciera en años, olvidándome por el camino. Ya no había travesuras… y si las había, eran accidentales. Solo estaba Aioros, vos, y los sueños que comenzaban a adueñarse de su horizonte.
Athena.
Géminis.
Hasta que, inexplicablemente, el vinculo que nos unía se agrietó y terminó rompiéndose sin remedio.
Sin saber como, todo su tiempo se enfocó en vos. No había absolutamente nada que importara más que eso… Se esforzaba más de lo que yo creía posible a pesar de que aún quedaba mucho tiempo. E, inevitablemente, se adelantó. Al principio solo fue una milésima de segundo más rápido que yo. Después, un golpe ligeramente más fuerte de lo que yo había imaginado. Y con el tiempo, su rostro impasible… aquella expresión tan difícil de soportar que daba la impresión de menospreciarme con cada pestañeo. Sentía como si, de alguna manera, él estuviera perdiendo el tiempo conmigo.
Me sentía enfadado. Por muchas cosas: porque era mejor que yo por poco que fuera, porque había crecido y ya no tenía tiempo para mis juegos y nuestra complicidad, porque me había sustituido frente a mis propios ojos.
Aioros se erigió ante mi como un estorbo, un obstáculo al que no podía ni ver… ¿Cómo podía gustarme? Había llegado de la nada, y en apenas unos meses, me había robado a mi hermano. Mi hermano gemelo. Y Saga, se había dejado, lo cual era infinitamente más doloroso: había encontrado una compañía mejor en él, que en mi. ¿Dónde quedaba yo en todo aquello? Había cambiado la complicidad, el extraño vínculo que nos unía de un modo que nadie podía imaginar, por alguien que compartía los mismos sueños que él. Alguien que era infinitamente más tranquilo que yo… y diametralmente opuesto a mi.
Apreté los dientes y observé. Tomé la ofensa como algo personal y me dediqué a hacer lo que no debía hacer… Había muchas maneras de meterse en problemas y causarlos en el Santuario. Santos más mayores, otros aprendices, peleas estúpidas… Creí que de aquella manera, me reivindicaba como lo que creía que era: un aprendiz si, pero un aprendiz dorado que era más fuerte que los mismos santos de plata en si. Creí que de aquel modo podría darle alcance, llamar su atención….
Pero fue en vano. Todo hombre es el fabricante de su propia suerte.
Cada día que pasaba, el silencio entre nosotros era más ensordecedor. Mis intentos por atraerlo, tenían más bien el efecto contrario. Y no solo eso, sino que además, no había perdido el tiempo un solo segundo de los que pasaba con Aioros. Dejamos de entrenar juntos… la situación en si, y las oportunas palabras de nuestro maestro, fueron suficientes. La sana competencia que nos había hecho sobresalir, terminó convirtiéndose en rabia y odio.
Poder. Gloria. Veneración. Aquella era la única meta de toda nuestra vida, nada más.
Y sinceramente, nunca me importó como conseguirlo. Solamente sabía que lo deseaba, que deseaba proclamarme como el más fuerte porque de esa manera aquella espiral de rabia en que me había sumergido, tendría algún sentido. Sería la manera perfecta de gritarles a todos: aquí estoy, este soy yo, Kanon.
Eso nunca sucedió. A medida que los niños nuevos iban llegando, veía asombrado como se iban forjando vínculos asombrosamente fuertes entre ellos. Eran bastante más pequeños que nosotros, y aún así… yo, que renegaba de cualquiera, terminé tomándoles cariño. Igual que habían hecho Saga y Aioros, convirtiéndose por excelencia en los dos hermanos mayores que todo el mundo deseaba tener. Y yo, que "gozaba" de aquel privilegio, lo detestaba.
Siempre lucían una sonrisa, nunca respondían con un mal gesto, y mucho menos se metían en problemas. Eran la perfección personificada en un par de aprendices, y el brillo que desprendían era demasiado para mi. Me comparaba con ellos y no terminaba de comprender como podían ser de aquella manera con todo el mundo… o al menos, me lo preguntaba con Saga. Aioros podía conocerle inmensamente bien, porque lo hacía, pero nunca se atrevió a indagar más allá de lo que veía. Conmigo las cosas eran diferentes, había detalles que podía percibir que los demás ni siquiera imaginaban.
Apenas hablábamos, apenas pasábamos tiempo juntos. Pero cuando no había nadie que lo atestiguara, aquella sonrisa amable desaparecía. Solamente quedaba tras de si una expresión vacía y ligeramente triste que nadie parecía capaz de advertir, o si fueron capaces de hacerlo, lo ignoraron deliberadamente. La cuestión es que las charlas divertidas fueron sustituidas por palabras hirientes, por gritos y por comentarios mordaces, y el tiempo que pasábamos sin hacer nada… terminó llenándose de peleas donde el límite comenzaba a mostrarse difuso.
Todo se había convertido en una permanente carrera en la que yo siempre iba un paso por detrás, sin importar cuanto lo intentara ni la forma en que lo hiciera. Era como si las cosas estuvieran establecidas así desde un principio y yo no tuviera más remedio que aceptarlo. Pero hacerlo, hubiera sido renunciar a quien yo era, a quien yo soy.
Terminé odiándolo. Todo la luz que derrochaba, para mi era despreciable. Todo el mundo estaba fascinado con sus virtudes y nadie podía ver los defectos que para mi eran obvios y enormes. Su vida simplemente me parecía un engaño, porque siempre fue un magnifico actor que nunca se permitió actuar sin pensar primero o dar una contestación espontánea que sintiera de verdad. Era odioso para mi que su corazón escondiera una cosa y sus labios dijeran otra. Cada gesto, cada palabra y cada pestañeo estaban perfectamente calculados, porque era infinitamente listo y a diferencia de mi, sabía lo que quería.
¿Qué era lo que yo anhelaba? ¿Géminis? ¿La gloria de ser un santo dorado y morir por la más justa entre las diosas? ¿Entregar mi vida antes incluso de que vos hubierais nacido? ¿Sacrificio a cambio de nada?
Probablemente eso era lo que diría cualquiera que soñara con ocupar una de las Doce Casas, lo que diría cualquiera de los demás chicos si les preguntabas porque así les instruyeron y nunca existió para ellos otro horizonte. Querían ser héroes y que sus nombres se escribieran junto a las leyendas del pasado…
Yo quería algo muy distinto, y no lo supe hasta que me vi inmerso en un combate que, ingenuamente, creí poder ganar. Géminis lucía esplendorosa en su pedestal en el centro del pulpito reservado al Patriarca y las autoridades. Mi maestro miraba de uno a otro de soslayo sin pestañear siquiera, algo que aprendimos sorprendentemente bien de él. Y al frente, estaba Saga. Extrañamente cabizbajo, dubitativo. Recuerdo que sonreí al verlo, porque desde donde yo estaba, se veía igual que un corderito asustado que resultó ser un lobo feroz. Se defendió de mis ataques sin atreverse a responder, porque aquel combate no solo iba a terminar con un nuevo Santo de Géminis, sino que sería la primera vez que nos mancharíamos las manos de verdad.
Muerte. Asesinos.
¿Pero cómo te lo tomas cuando es tu gemelo al que debes matar? Supongo, que no como lo hice yo. No dudé. Tuve claro desde un principio que él era lo único que me separaba de aquella armadura, y si no superaba aquel obstáculo… moriría en el intento. Estaba dispuesto a todo, para mi, aquel chico ya no era mi hermano por muy igual que luciera a mi: hacia mucho que había dejado de serlo. Era un rival, uno que sabía era asombrosamente fuerte y que estaba acobardado por la situación.
Se defendió, esquivo todos los golpes que pudo y encajó otros sin dejar escapar un solo quejido. Siempre mantuvo su mirada fija en la mía, como si de alguna manera quisiera descubrir que era lo que pasaba por mi mente… como hacíamos años atrás: como si quisiera hacerme recapacitar. Y aunque ya no podía adivinarlo, él sabía igual que yo, que estaba dispuesto a lo que fuera. Aquel fue el golpe más peligroso que pude asestarle.
Y estuvo a punto de funcionar.
Pero no lo hizo, porque sus sueños eran tan fuertes como mi odio, y él soñaba con vestir aquella armadura y ser todo lo que vos podíais imaginar e incluso más. Yo solamente deseaba arrebatarle sus esperanzas, del mismo modo en que a mi me habían arrebatado algo que quería hacía mucho tiempo de un modo injusto. Sin embargo, yo nunca quise ser un santo…
Solamente deseaba ser libre. Ser el capitán y guía de mi destino sin que nadie tuviera nada que decir al respecto. Ganar aquella armadura suponía alcanzar el escalón más alto solo por debajo de los dioses, situándome tan cerca de ellos que con solo estirar la mano podría rozarlos. Géminis era sinónimo de fuerza, y la fuerza es poder.
Sobreviví a aquel combate y ni siquiera se cómo. Porque le había presionado tanto… que al final, Saga dejó de esquivarme para mostrarme a mi y al mundo lo que había aprendido a lo largo de aquellos insufribles años de entrenamiento y soledad. Yo quería reivindicarme sobre él, y lo único que conseguí fue precisamente lo contrario… Una demostración impresionante de fuerza que dejaba en claro cual era mi lugar: tras él, sin llegar nunca a alcanzarle.
Me sentí humillado, avergonzado y furioso. Pero con el tiempo, comprendí que de toda situación se puede sacar algo bueno.
Mi maestro ya no estaba. Saga lo había matado… Declarándose, de ese modo y a mi modo de ver, superior a los santos regentes que quedaban, aquellos que gritaban a los cuatro vientos que desatarían una batalla de mil días si peleaban entre si. Bien, pues un aprendiz había matado a uno de ellos en unos pocos minutos: la primera vida que quitaba, y precisamente una dorada.
Supe que me había librado por muy poco de ser yo quien viajara al Hades, y poco a poco, la rabia y el odio fueron cambiando, hasta mezclarse con un raro orgullo que no sabía explicar. Había perdido si, por poco o por mucho ¿qué mas daba?, pero lo había hecho. Y aún así, ¿qué importaba? Compartía su mismo techo, lo observaba cada día desde las sombras… pues tristemente aquel se había convertido en mi hogar, y me había percatado de todo lo que alguien como él podía hacer.
Tenía todo lo que un santo podía anhelar… y a pesar de ello, nunca era suficiente. En eso éramos exactamente iguales: insaciables, y quizá lo seguimos siendo. Se esforzó por mantenerse siempre por encima de lo que el mundo esperaba de él sin importar lo que sacrificara por el camino. Pero eso no implicaba que sus logros le hicieran feliz.
Géminis, las dos caras. El peso de nuestro signo era tan evidente en él, que me parecía increíble que nadie pudiera notarlo. Podía ser tan amable y dulce como, a la vez, podría derrochar un carácter digno de temer. Mas siempre se cuidó mucho de mostrarlo, y yo me esforcé tanto o más por hacerlo fallar y desbaratar sus esfuerzos, en un intento por hacerlo ver más humano. Me descubrí como la única persona sobre la tierra capaz de sacarlo de sus casillas: podía hacerlo gritar y podía hacerlo llorar solamente con un par de palabras pronunciadas en el momento correcto.
También averigüé que a ambos nos seguía uniendo una única cosa: la soledad. Nunca lo dijimos, ni siquiera lo mencionamos entre nosotros… pero habíamos pasado un autentico infierno para llegar hasta allí. Quizá, aunque suene sorprendente para la mayoría, hubiéramos necesitado una mano que nos sostuviera. Alguien que nos hiciese olvidar por un momento cual era nuestro destino y nuestro papel en el mundo. Alguien que solamente viera a Saga y Kanon: no a un santo y su sombra. Alguien que nos tratara como seres humanos.
No lo soportó. Él era infinitamente más frágil que yo, más sensible y quizá más empático. Siempre alegaba que yo era demasiado egoísta, y estaba en lo cierto… pero el egoísmo me mantuvo vivo muchísimo tiempo. Me quedó bien claro que nadie iba a estar ahí si alguna vez necesitaba llorar… Ni Saga, ni nadie. Y él estaba en la misma situación, con la única diferencia de que comprenderlo fue demasiado duro.
Nunca lo mencionó, pero su mirada triste y las huellas del insomnio comenzaban a dejar constancia muda de ello. Yo, internamente, reía. Después de todo, conservaba un poquito de inocencia, un rastro de aquella fe en el lado bueno de todo el mundo que sin duda le había contagiado Aioros. Aunque yo lo encontrara inexplicable, Saga seguía cubriendo mis errores del mejor modo que podía: seguía aferrándose a mi, aún sabiendo que ya me había ido para siempre. Y esa faceta suya tan vulnerable, le convertía en alguien asombrosamente manejable. No fue difícil para mi.
Poco tiempo después, la gran noticia llegó a mis oídos, supongo que era uno de los beneficios de no ser más que una sombra para el mundo. Saga o Aioros iban a heredar el trono, y para mi, la elección era sencillísima. Quizá había perdido todo vínculo que me uniera a él, todo el cariño… pero no era idiota. Los dos tenían en su mano la oportunidad de hacer que el mundo girase solamente con uno de sus pestañeos, y se lo habían ganado a pulso. La única diferencia, radicaba en que uno lo deseaba por sobre todas las cosas y el otro ni siquiera se lo había planteado una sola vez antes.
La gente comenzó a hablar, a lanzar sus propias hipótesis y a esmerarse en sus esfuerzos por ganarse al posible vencedor de aquel duelo tan particular. Yo solamente jugué mis cartas. ¡Aún recuerdo su cara de asombro cuando le dije que pensaba que él sería el ganador!
Sus esfuerzos por alcanzar la perfección se intensificaron, y lo que para el mundo no era más que cansancio y presión desmedidas, para él fue algo más. Comenzó a vagar como alma en pena el poco tiempo que pasaba en el templo, sin despegarse de unas aspirinas que eran incapaces de aliviar un dolor que iba mucho más allá de una jaqueca. Cada vez se mostraba más y más irascible… más fácil de provocar y más nervioso.
Por aquel entonces, mis aspiraciones habían cambiado. No sabría explicar cuándo fue… pero todas aquellas horas que pasaba en silencio, observándolo, quizá sirvieron para aclarar mis pensamientos y conseguir que por primera vez en la vida tuviera una aspiración: algo por lo que luchar de verdad.
Es una lástima que fueran los deseos equivocados.
Recapacité acerca de mi, de mis habilidades. Había perdido, cierto, y por desgracia no tenía una armadura de la que valerme… Había estado a un paso de alcanzar el rango más alto de la orden, para quedarme sin nada en el último segundo. Ni armadura, ni hogar. Pero era fuerte, ¡lo sabía! Sino lo hubiera sido, el combate por Géminis no hubiera estado tan reñido. Además tenía una cualidad que me resultaba muy práctica: podía engatusar prácticamente a quien quisiera con las palabras adecuadas.
Saga, era mi hermano. El Santo más fuerte de toda la orden a mi modo de ver… no había nada que él no pudiera conseguir, porque además de su asombroso poder, contaba con una armadura de las doce. Era poco menos que invencible… Tenía fuerza, poder, y era adorado por todo el mundo. ¡Iba a ser el próximo Patriarca! El trono terminaría colocando al mundo en la palma de su mano, y por tanto… en la mía.
Pero estaba equivocado. Pensé, erróneamente, que la soledad en que la gloria lo había sumido… aquel espantoso silencio que lo ahogaba cada segundo, le había quitado la venda de los ojos. Creí que había comprendido que en el Santuario estaba destinado a inclinar la cabeza y obedecer, sin importar cuan fuerte fuera. Para mi, aquello era lo más humillante que alguien como nosotros podía enfrentar. ¡Estaba desperdiciando su don!
Sin embargo, no lo consiguió. No comprendí como pudo ser, ya que todo se mostraba favorable. Pero la cuestión es que, por primera vez en su vida, Saga había perdido. Él era un ganador, no sabía lo que era la derrota, ni agachar la cabeza sabiendo que había alguien mejor. ¡Él debía reinar! Yo había perdido contra él… Saga debía, merecía, tenía…
No era más que una marioneta para mi.
Hasta que lo escuché hablando en sueños, hablando en medio de lo que supongo eran pesadillas. Descubrí, boquiabierto, que todo lo que él representaba se caería como un castillo de naipes en cuanto su cansancio superase a su fuerza de voluntad. E, inexplicablemente, lo vi como una oportunidad. No sabía a quién escuchaba, no sabía quién envenenaba sus oídos, pero si sabía que me estaba haciendo un enorme favor y que tarde o temprano, Saga terminaría viendo el mundo a través del mismo cristal que yo. Aunque fuera solamente por desilusión.
Y entonces, nacisteis vos. Recuerdo aquel día como si fuera ayer, pues por primera vez en mucho tiempo, Saga, Aioros y yo fuimos llamados a la vez, compartiendo la misma habitación sin pelear ni discutir. Shion nos dio la noticia y lo seguimos en un silencio tan tenso que casi podía tocarse. Abrió con cuidado la puerta de vuestro dormitorio, y en medio de aquella cuna, estabais vos. Adormilada, inundando con vuestro balbuceo de recién nacida el inmenso palacio.
Contemplé sus caras de soslayo, sus reacciones. Descubrí amargamente que vuestra diminuta carita y vuestros ojos grises, habían renovado casi instantáneamente las fuerzas de los otros dos, y os maldije. Teniéndoos allí, Saga tenía algo por lo que luchar… finalmente os tenía, frente a él, mientras os aferrabais a sus dedos en medio de un montón de risitas. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió. La complicidad con Aioros, que parecía haberse enfriado, resurgió por un instante: los dos igual de ilusionados. Y Shion sonrió, aliviado: yo había sido su estrepitoso fracaso, se dio por vencido conmigo y, sinceramente, no quería nada que viniera de él. Pero jamás se rindió con ellos.
Cuando volví a casa, supe que si quería ser alguien en aquella vida que me había tocado vivir, debía hacer algo y hacerlo pronto. La fuerza era poder, y el poder lo era todo. Me lo repetía una y otra vez.
¿Qué más dabais vos? ¿Qué más daba el resto del maldito Olimpo en el que no tenía ninguna fe? Yo veía con una claridad pasmosa que no éramos más que pequeñas e insignificantes hormiguitas al servicio de gigantes. Ni siquiera era el camino que habíamos elegido… pues nunca tuvimos la opción. Se nos había impuesto una única dirección, y salirse de ella suponía ser tachado de traidor. ¿Pero traidor a quién? ¿A la Orden? ¿Qué me importaba eso a mi?
Una cosa estaba clara: y era que ningún dios iba a mover un solo dedo por hacer de nuestra vida una menos miserable. Íbamos a morir por ellos, justa o injustamente… ¡No podía y no quería resignarme a tal cosa sin hacer algo importante! Estaba convencido de que podía rebelarme, que podíamos empezar a escribir nuestra propia historia sin que nadie más nos dictara las palabras. Y para ello, solamente necesitaba a una persona en todo el inmenso mundo: Saga.
El resto me daban igual, yo estaba plenamente convencido de que él podía alcanzar las estrellas si se lo proponía, si se atrevía a salirse del camino y a actuar según sus propias ideas. Le necesitaba conmigo en aquel viaje, y me negaba a dejarle atrás. Me convencí de que era la salida mas cómoda porque él estaba en la posición más fuerte: a un paso del Maestro, su mano derecha, a un paso de vos, siendo admirado, envidiado y venerado por todo aquel que ponía sus ojos sobre él.
Me convencí de que únicamente lo necesitaba por su fuerza y su estatus. Nunca me di cuenta de que solamente lo necesitaba a él, no al santo en que se convertía de cara al mundo. Con él cerca, mi mundo se sentía menos vacío y miserable. Quizá porque su situación no era mucho mejor a pesar de todo, y compartido… el dolor es menor. O al menos eso dicen. Pero lo necesitaba.
Y se negó.
Aquel día sus ojos lucían asombrosamente claros. Lo recuerdo porque al escucharme hablar los abrió desmesuradamente. No hubo entonces máscara que valiera… sus emociones hablaron por él, y su rostro dejó de ser inexpresivo por unos segundos. Entreabrió los labios, dispuesto a decir algo, pero ningún sonido salió de ellos. Aproveché para seguir hablando, para proseguir con mi intento desesperado de convencerle.
Hasta que finalmente me detuvo. Su voz sonó seca, dura. No admitía opción a réplica e inmediatamente guardé silencio. Continuamos mirándonos a los ojos por un momento más: sin saber si aquello era un desafío o si solamente quería saber si había entendido bien todo lo que le había dicho.
"No hablas en serio." Murmuró. Y lo dijo suavemente, despacio.
Yo retomé mi discurso, esmerándome por convencerlo del modo que fuera y contemplando como el espanto se iba haciendo un hueco cada vez más grande en él.
Espanto. Disgusto. Decepción. Miedo, incluso.
Era como si todas las emociones que había mantenido a raya durante años, se hubieran desbocado en un solo segundo. Yo hablaba demasiado, él callaba más aún; siempre había sido así. Pero hasta aquel momento no me di cuenta de lo mucho que creía en vos. Era ambicioso, perfeccionista y orgulloso. Pero sobre todas las cosas era leal. No solamente a vos como diosa, sino a Shion, y al propio Aioros que lo había derrotado sin siquiera esperarlo.
Lo supe en el preciso momento en que le escupí la decisión de Shion. No tenía la certeza de que el viejo ya se lo hubiera dicho… pero el Santuario era el nido de los chismes y a menudo las noticias llegaban antes a mis oídos que a nadie más. Quizá era mi tiempo libre… pero aproveché la ocasión.
Insistí en que aquel lugar le correspondía por derecho y meritos propios. Le di mil y una razones por las que alguien como él debía imponerse del modo que fuera, y no dijo nada. ¡Nada! Se había resignado, por mucho que la decisión le hubiera dolido o la sintiera como una falta de confianza en él… Descubrirlo como un conformista me asqueó.
"Puedes hacerlo. Mátalos. Mátala a ella."
Casi pude oír el clic en su cerebro al escuchar la sugerencia, y apenas un segundo después me encontraba escupiendo sangre en el suelo. Imaginé que no iba a ser tan sencillo llevarlo a mi camino, estaba preparado para algo como aquello. Pero no para escucharlo hablar, o verlo actuar con semejante decisión.
Creí que estaba de broma, que solamente pretendía darme un susto que me mantuviera tranquilo por un tipo. Lo seguí a trompicones, mientras me arrastraba sin mirar atrás, y finalmente, la silueta oscura del Cabo se dibujó ante nosotros. Continué hablando sin parar, en un intento desesperado por hacer que se detuviera y que al menos me diera la oportunidad de discutir y ganarle por mis propios métodos.
Pero hizo gala de todo aquello que nos inculcaron desde pequeños: se piadoso cuando debas serlo e implacable cuando sea necesario. No dudes, no lamentes, no llores. Haz tu trabajo del modo correcto porque es lo que la diosa espera de ti. No dejes que una amenaza se escabulla entre la Orden si puedes evitarlo… Impón tu autoridad. Se perfecto.
Supongo que nada de aquello estaba mal, en otra ocasión me hubiera burlado por que se tomara las cosas siempre tan en serio. Él estaba haciendo lo que se suponía que debía hacer. Pero cuando el agua me salpicó… me olvidé hasta de mi propio nombre.
El sol se esfumó de mi horizonte cuando los barrotes de la celda golpearon mi espalda de un empujón. Busqué sus ojos una vez más, y la hermosa claridad que los iluminaba minutos atrás, se había esfumado. Solamente persistía un creciente brillo rojizo que provocaba escalofríos.
Comprendí que estaba dispuesto a todo con tal de mantener a salvo todo aquello en lo que creía. Y tomé el camino desesperado. Creí que mis palabras podían ser lo suficientemente dolorosas como para que se detuviera. Creí que podía convencerlo, que podía manejarlo como si de un títere se tratara. Fue así por un tiempo, pero no en aquella ocasión.
Me maldijo, le maldije.
La puerta se cerró y me quedé sin respiración viéndolo del otro lado.
"¡Te odio!" grité, aunque estaba apenas a dos pasos de mi. "¡Te odio!"
Y lo hacía, pero no dijo nada. No respondió. La inexpresión se adueño de su rostro nuevamente, mientras le gritaba todo lo que pasaba por mi cabeza. Acababa de condenarme a muerte sin siquiera pestañear y yo solamente deseaba que mi voz fuera lo último que escuchara cada noche de lo que le quedaba le vida.
Entonces entrecerró los ojos y, rápidamente, identifiqué el gesto como una muestra de dolor ante aquellas jaquecas tan raras que habían llegado a quitarle el conocimiento en un par de ocasiones. Pero lejos de mejorar, pareció que el dolor se agravó. Mantuvo los ojos cerrados, apretados, por un momento, llevándose la mano a la sien titubeante. Y yo, aferrado a los barrotes, sonreí.
"No eres mejor que yo." murmuré con un gesto deslumbrante de felicidad. En aquel instante, me daba igual caer. No le tenía miedo a morir, o eso pensaba. Pero si yo caía, me aseguraría de hacer su vida un infierno. Luego, me topé con una mirada escarlata que me veía de vuelta… y reí. "¡No eres mejor que yo, Saga!".
Me dio igual que me diera la espalda. Algo en él se había roto, y desde donde yo estaba, podía escuchar los pedazos deshaciéndose en la nada. Reí a carcajadas mientras gritaba su nombre, enloquecido. Aquel que se alejaba envuelto en oro, ya no era el ingenuo Saga que todos conocían. Aquel… era alguien mucho más peligroso y yo le había despertado.
Quizá mi vida había sido un fracaso… pero me quedaba la tranquilidad de que la suya sería un completo infierno. Él, tan soñador y con tantas convicciones, no podría soportar algo así. Hasta que desapareció en el horizonte, mientras su capa ondeaba furiosa, enredándose con la melena azul que perdía poco a poco aquel brillo tan vivo.
Le había ganado.
Aquella fue la última vez que lo vi, nunca volvió. Cuando lo perdí de vista, sin embargo, la cruda realidad se manifestó ante mi. Las olas golpeaban mis pies y el interior de la roca sin piedad alguna. Tomé una bocanada de aire y traté de guardar la calma por todos los medios. Intenté quemar mi cosmos con todas mis fuerzas, comprobando lo inútil que era: no importaba cuanto me esforzara, era como una cerilla mojada. No fui capaz de quemar una sola brizna de él. Era como si aquella cueva absorbiera todo de mi, dejándome igual que un muñeco a la deriva. Aunque era exactamente eso.
La marea subió, comencé a temblar de frío y de miedo, confiando únicamente en que el agua no cubriera por completo la cavidad. No quería morir, viéndome allí dentro… descubrí que toda la valentía que había sentido poco tiempo atrás, era inexistente. No quería morir sin besar la gloria.
No se cuantos días pase allí. Temblando, helado, muerto de hambre y sed, esperando tristemente a que la marea subiera y terminara el trabajo… Viendo como poco a poco la piel de mis dedos y mis labios iba deshaciéndose en jirones mientras mi vida pasaba de largo. Pero era como si los dioses no me quisieran dar un final rápido, porque a pesar de no tener éxito en mi locura, debí hacer que se enfadaran de verdad, y logré también que Saga me odiara tanto como para condenarme a semejante castigo.
Tardé mucho tiempo en percatarme de que era vuestro cosmos el que me mantenía a flote cuando creí que ya no podría aguantar por más tiempo. Pero en aquel instante, lo agradecí enormemente. Después, como por arte de magia y sin esperarlo, el muro a mis espaldas cedió. Pestañeé confundido, en medio del cansancio que atenazaba cada uno de mis músculos, hasta que un brillo dorado iluminó toda la celda.
Me levanté, trastabillé, y cuando finalmente salí de aquel infierno húmedo, otra cavidad asombrosamente seca se abrió ante mi. Entreabrí los labios, completamente sorprendido, y pase mis dedos sobre brillo hipnotizante del legendario tridente. Ni siquiera pensé en que podía suceder si hacia tal cosa, pero pareció que mi atrevimiento le importó poco al emperador. El sello se deshizo apenas mi cosmos volvió a brillar por primera vez en días, y antes de que me diera cuenta, aquel arma que encajaba perfectamente en mi mano, pareció cobrar vida. Toda la gruta comenzó a temblar, y finalmente el suelo se hundió bajo mis pies.
Perdí la conciencia, y cuando finalmente abrí los ojos… me sentí sobrecogido. El reino marino, que hasta aquel entonces era poco más que una leyenda en boca de viejos marineros, se alzaba en ruinas ante mi. El mar se extendía sobre mi cabeza, y a mis oídos llegaba el sonido amortiguado de las olas y los lamentos chirriantes de las ballenas. Peces de mil colores nadaban en un incesante baile metros más arriba, y allí, bajo la trémula luz del sol que se filtraba, contemplaba el espectáculo más hermoso sobre el que jamás había puesto los ojos.
Caminé entre los templos derruidos, hasta que el pilar principal se irguió ante mi. Entreabrí los labios, presa de la fascinación, y mis pies parecían incapaces de detenerse a pesar de lo exhausto que me sentía. Allá adentro, sintiendo la suave caricia de la arena bajo mis pies… La armadura divina de Poseidón parecía mirarme con sus ojos de piedra.
Llevé la mirada por la estancia, descubriendo una a una las siete Escamas, mientras una sonrisa indescifrable se dibujaba en mi rostro. Recorté los metros que me separaban del pedestal, y cuando estuve lo suficientemente cerca, pasé mis dedos sobre la polvorienta porcelana del ánfora sellada. Igual que la vez anterior, el sello se disolvió. Me maravilló la debilidad mostrada por lo que era una del as grandes defensas de Athena, y dejé que mis carcajadas resonaran en la habitación.
Hasta que la voz ronca y adormecida de Poseidón, rugió como un trueno en medio de la noche. Escuché sus quejas, sus recuerdos… y mi mente trabajó más rápido de lo que lo había hecho nunca. A los enemigos no hay que vencerlos ni con la violencia, ni con el recurso de la fuerza, sino con el engaño. Eso dijo el viejo Esquilo una vez. El resplandor cálido del Dragón Marino llamó mi atención, y desde aquel preciso momento… Mi destino y el suyo se hicieron uno.
Dragón de los Mares.
Sonaba bien, sonaba majestuoso pronunciado por los labios de un dios. Intenté sonar convincente, ganarme su confianza en la medida que me fuera posible, y sobre todo encaminar la conversación a mis propios objetivos sin que ello me costara la vida. Acababa de sobrevivir a una muerte segura y no pensaba desperdiciar aquella segunda oportunidad.
Desde entonces, encontré un verdadero objetivo en mi vida. Dejé en un segundo plano mi afán por controlar y dominar al mundo por la fuerza, y me centré en emplear mi tiempo en desarrollar un plan mucho más útil. Me convencí de que solamente había sido mi odio hacia vos y hacia Saga el que me había mantenido vivo, y aquello se convirtió en mi obsesión. A partir de entonces viviría solamente para ver caer el imperio de Athena, sin importarme los medios o las perdidas.
Clamaba por venganza y Poseidón era el medio idóneo para conseguirla. Nadie podría detenerme si conseguía controlar el poder de un dios. Mis aspiraciones eran altas para tratarse de uno de esos inmortales a los que odiaba tanto… Sin embargo, había una cosa que tenía muy clara: los dioses no pueden triunfar sin la ayuda de un mortal. Poseidón me necesitaba tanto como yo a él.
El Santuario Marino comenzó a retomar la vida después de que Poseidón buscara refugio en el cuerpo del pequeño Solo. Lo que otrora había sido una ciudad magnifica en aquel entonces en ruinas… recobró su esplendor poco a poco, cuando marinas de todos los lugares del mundo acudieron a su llamado y llenaron sus callejuelas. Era, simplemente, un espectáculo digno de ver.
Me convertí, casi por casualidad, en el líder de un ejercito que crecía sin que nadie lo supiera. Inesperadamente para mi, la Escama del Dragón Marino respondió asombrosamente bien a mis deseos, como si en verdad mi destino hubiera sido vestirla y no un fruto de la casualidad. Aprendí a ser uno con ella, a armonizar mi cosmos como sabía habían hecho otros en Athenas… hasta que finalmente, me convertí en el General.
Kanon, Dragón de los Mares. General del Atlántico Norte.
Me volví loco de placer, observando como todo transcurría de acuerdo a mis planes y mis deseos, viendo como todo el mundo me respetaba infinitamente y me prodigaba los honores que nunca antes me habían ofrecido. Me sentí como un rey recién coronado, donde mi palabra era la ley y nadie se atrevía siquiera a cuestionarme.
No era que me hubiera olvidado de Saga, más bien al contrario. Cada día de mi vida le tuve presente en mi cabeza, marcándole como mi objetivo a batir. Pero… ¿Qué había sucedido en el Santuario? Seguía vivo, podía sentirlo; pero, nuestro impredecible destino, había convertido nuestras vidas en un duelo a muerte. Al menos para mi.
Era una lástima que nadie fuera testigo de mi éxito.
Me enfundé mi Escama y a pasos decididos, me encaminé al portal que desembocaba en Cabo Sunion. Tenía muy claro lo que quería hacer, y sin pensarlo dos veces, caminé hasta que la lúgubre luz de la luna llena iluminó mi rostro. El Cabo estaba sumido en la más tenebrosa de las penumbras, pero no me sorprendió. Elevé mi cosmos apenas perceptiblemente, lo suficiente para que nadie más que mi gemelo notara la vibración de mi fuerza. Entonces, me senté a esperar despreocupadamente, sin reparo alguno, en uno de los miles de pedazos de columnas que había por allí esparcidos.
Apenas unos minutos después, igual que si me hubieran dado un pequeño calambre… sentí su cosmos llamando al mío. Sonreí y sin vergüenza alguna, dibujé el gesto más orgulloso y burlón que pude, mientras me daba la vuelta. Allí estaba. Oculté la sorpresa que sentí al verlo envestido con la túnica del Maestro lo mejor que pude, y esperé pacientemente a que se quitara la máscara. Sin dejar de preguntarme que sentía al verme allí, vivo y enfundado en una Escama.
Su melena ya no tenía el tono del cielo… sino el gris de las cenizas del mismo infierno. Miré sus ojos, que extrañamente no lucían aquel tono escarlata que recordaba, y comprobé como su gesto no había cambiado desde la última vez que le vi. Me tenía allí, resurgido de la misma muerte al a que me había condenado, y ni siquiera había pestañeado. No dijo nada, y por un momento yo tampoco, hasta que dejé que mi risa resonara entre el romper de las olas.
Verlo de aquella manera era como saborear el mejor de los triunfos. Casi me relamía pensando en todo lo que estaba pasando por su mente y en lo mucho que el antiguo Saga habría llorado a escondidas. Me preguntaba que sentiría el nuevo, si es que sentía algo.
"Los has matado. A ambos."
Mis palabras resonaron en medio del silencio, pero tampoco esperaba una respuesta. La repentina ausencia de Shion y de Aioros era mucho más notoria allí, y la manera en que mi hermano se veía hablaban por si solas. Su conciencia debía ser demasiado con lo que lidiar. Si tan solo alguien lo hubiera visto como era en realidad, se hubieran dado cuenta del engaño en menos de un segundo. Pero no lo hicieron…
"Y tú estas vivo." A decir verdad, me estremecí al escucharlo, porque no pensé que fuera a hablar. Me encogí de hombros quitándole importancia.
"Me pregunto que hiciste con ella." Pero guardó silencio nuevamente. Supe que no diría más, y la verdad, tampoco era necesario. "Cuida tu Santuario, Maestro. Uno nunca sabe cuando los dioses pueden atacar…"
Incliné la cabeza a modo de saludo, y me zambullí en el remolino que me llevaría de vuelta al hogar con sus ojos fijos en mi espalda.
En el Reino Marino, los cosmos de la superficie llegaban tan amortiguados que apenas eran perceptibles. Por eso me habían pasado por alto las ausencias de las tres grandes figuras de la Orden. Me pregunté como era posible que aquella farsa estuviera funcionando, y me prometí que sería yo mismo quien le arrebataría la máscara frente a todos antes de matarlo. Volví a mi pilar, pensando acerca de todos aquellos importantes descubrimientos que me había aportado la fugaz visita, y me sentí como el más grande de los ganadores. Sentía el sabor del triunfo futuro en mis labios, y era una sensación de emoción casi incontenible.
Todo iba mejor de lo planeado.
Con el tiempo, los chicos llegaron. Eran apenas unos niñitos… igual que lo habían sido Milo y los demás en su día. Igual de asustados, igual de traviesos. Pero no fue hasta que posé mis ojos en el rostro herido de Isaak, cuando reparé en todo lo que estaba sucediendo y en la velocidad a la que lo hacía. El crío me contó su historia, entre sollozos que luchaba por controlar, igual que habían hecho los otros seis. Confiaban en mi ciegamente… y sin que me hubiera percatado de ello, los años habían pasado.
¿Cuántos? No lo sabía, pero lo suficiente como para que Camus se hubiera convertido en el Santo de Acuario y para que le fueran otorgados un par de alumnos tan pequeños. Mi mente volvió entonces al Santuario. A los aprendices dorados que correteaban tras nosotros tiempo atrás. Si Camus había alcanzado el estatus de maestro… ¡había pasado mucho tiempo! Por un instante, sentí curiosidad y desee verles, ver como les trataba la vida.
Intensifiqué la vigilancia sobre el Santuario a partir de entonces, porque había sido descuidado. Nada sucedía allí arriba que no llegara a mis oídos. Julian, mientras tanto, ni siquiera se por qué, pero llegó a sentir un aprecio por mi que me tomó desprevenido. Me miraba con fascinación, asistiendo a todas las historias que le contaba por inverosímiles que fueran. Y de alguna manera, las siete marinas de Poseidon, se convirtieron contra todo pronóstico en una pequeña familia. Siempre me mantuve distante, intentando no desarrollar ningún vinculo afectivo que pusiera en jaque mis planes de futuro, pero preocupándome porque estuvieran bien y progresaran día a día: porque eran mis armas al fin y al cabo.
Nuestra sirena llegó la última, siendo apenas una dulce niñita, y se convirtió en el ángel de nuestro pequeño ejército, con aquellos enormes ojos azules que parecían traspasar los muros más infranqueables y aquel pelo rizado que brillaba igual que el mismo sol que no llegaba a nuestros dominios. No tengo una explicación para ello, pero su presencia otorgaba una paz a todos que nadie más lograba conseguir. Y se hizo un hueco entre la élite del ejército marino, porque no solamente era bonita… sino que era fuerte.
Cuando la batalla estalló en Athenas, no perdimos detalle. Tethys se convirtió en mis ojos cuando yo no podía ver. Ninguno alcanzaba a comprender porque tenía tanto interés en lo que ocurriera en una guerra que no era mía, no sabían porque me importaba tanto que alguien minara al ejército más fuerte sobre la tierra. Recuerdo la mirada llena de reproche de Isaak, cuando estallé en carcajadas al descubrir los logros del Cisne y los demás…
Pero entonces, sucedió algo que no esperaba. Los mocosos de bronce se abrieron camino a través de las Doce Casas de un modo inexplicable. ¡Y no solo eso! Sino que habían ganado y eliminado a muchos de sus Santos Dorados. Para mi, era tan incomprensible como interesante, porque mi propia guerra se acercaba en el horizonte y no pensaba tener consideración alguna por muy minada que estuviera la orden. Pero… ¡Eran Santos de Bronce!
Quizá nunca sentí aprecio por ningún santo, quizá nunca alcance a comprender su convicción… pero si respetaba a los santos dorados. Sabía que eran fuertes, los que más. Aquella inesperada caída me dejó a la expectativa por unas horas.
Me acerqué al Cabo, lo suficiente como para que mi cosmos pudiera percibir cada detalle a la perfección. Les sentí llegar al templo papal, sentí la peligrosa oscilación del cosmos de Saga… y noté el ataque de los cinco chicos como si estuviera allí. Estaba seguro de que no tenían opción alguna con mi hermano. Simplemente no era posible, y el devenir del combate me estaba dando la razón.
No me esperaba lo que sucedió de ningún modo. De pronto, ¡ya no estaba! Se había esfumado en la nada, su brillante cosmoenergía no era mas que un recuerdo… y su existencia un vacío en mi pecho. Apreté los puños con la mirada fija en el templo papal. ¿Cómo era posible? ¿Cómo había podido…?
Me enfurecí. Había pasado trece largos años planeando mi venganza. Había imaginado los mil y un escenarios en que podría tener lugar nuestro último encuentro, y en ninguno me plantee esa posibilidad. Se había suicidado. Había sido cobarde al hacerlo, y me había privado de mi gran premio.
Toda una vida persiguiendo mi venganza para que el muy… se quitara del camino antes de que pudiera alcanzarlo. Me di la vuelta y me esfumé, encerrándome en mi pilar en cuanto pise el reino marino. Él siempre un paso más allá, siempre un paso por delante. Y entonces, descubrí que no solamente lo odiaba sino que además me sentía decepcionado. Terriblemente decepcionado.
Cuando murió, por un segundo perdí la respiración, y ese extraño lazo del que todos hablaban, pareció deshacerse como papel mojado hasta que no quedo nada. No echaba de menos su presencia, porque hacía mucho tiempo que no estaba. Pero si quedó un vacío que no sabía como tratar. Vacío y decepción.
Puse mis planes de conquista en marcha, ahogué a medio mundo en medio de mi rabia y frustración y deshice otro imperio prácticamente con el chasquido de mis dedos. Hasta que la justicia llamó a mi puerta. Los mismos chicos que pusieron en jaque al Santuario amenazaban hacer lo mismo con nosotros. Pero estaba tan furioso… Vos, princesa, terminasteis encerrada en el pilar central mientras yo miraba esa enorme silueta de piedra de reojo. ¡Preguntándome demasiadas cosas y sin ninguna respuesta!
Teníamos ventaja, vos lo erais. Erais un rehén perfecto para chicos como ellos. Entonces recordé y fue como viajar de golpe a mi infancia, cuando me preguntaba porque mi hermano y Aioros tenían una admiración sobrehumana por vos, alguien que ni siquiera sabíamos que existía. Descubrí, del modo difícil, que los chicos de bronce luchaban por motivos bien distintos a los que nos habían impuesto a nosotros, y me parecía respetable. Mucho, de hecho. Ellos luchaban por alguien a quien amaban, por alguien a quien deseaban estrechar entre sus brazos aunque se contuvieran de hacerlo y por alguien con el que habían crecido. Luchaban por el amor que le tenían a Saori Kido, una amiga…
Observé perplejo como uno a uno mis Marinas iban cayendo, doliéndome más de lo que me hubiera gustado, porque aunque nunca lo admití, les había terminado cogiendo aprecio y me había llegado a sentir orgulloso de lo que habíamos conseguido. Incluso nuestra dulce sirena sufrió… Pero yo era un tipo frío, calculador, que no hacía nada que no fuera necesario para mis propios objetivos: un oportunista. Me puse el casco y abandoné mi pilar, esperando a que el Fénix llegara ante mi. Mis marinas habían muerto, me dije, porque no eran lo suficiente buenos. Y con esa idea, esperé pacientemente.
Sabía que a aquellas alturas, me había ganado la desconfianza de Sorrento, si es que la había tenido alguna vez. Fue el único que se atrevió a levantarme la voz y a acusarme de un montón de cosas que en realidad eran ciertas. Y la verdad, es que me dio igual, aún a sabiendas de que su fidelidad pendía de un hilo. No había podido hacerle frente a Saga, pero iba a hacerlo con Athena. Fuera como fuera.
Poseidón despertó en el preciso instante en que Ikki puso sus ojos en mi. Su expresión de pánico ante lo que tenía frente a él, no hizo más que causarme un placer insostenible. Me confundió con Saga, como nos había pasado tantas veces a lo largo de la vida… pero en aquellos trece años, había perdido la costumbre. Distinguí la decepción que lo embargó ante la posibilidad de que fuera él, y fruncí el ceño ofendido.
No me pensé mucho más las cosas, y comencé el inevitable combate con el único consuelo de que al menos me había tocado él, el que me parecía el mejor. Nunca hubiera imaginado que volvería mi propia historia, mis propias técnicas, en mi contra…
Me vi allí, en el Cabo, trece años atrás. Reviviendo cada segundo y cada palabra, cada soplido del viento, como si en efecto estuviera allí, al borde del precipicio. Caí en su trampa y fui incapaz de controlar mis pensamientos. Yo, que era el rey de los juegos mentales. Ikki contempló desde primera fila la verdad de la historia como, probablemente, nadie más a parte de Saga y de mi pueda hacer nunca. Sentí que había violado mis secretos, los más oscuros… aquellos que en mi nueva vida nadie sabía y no tenía derecho a conocer. A los que nadie tenía derecho.
Y lo cierto es, que no se sorprendió de lo que vio.
Perdí ante un niño desde antes de empezar, igual que había perdido cada una de las veces que me había propuesto lograr algo, y lo seguí a toda prisa hasta el pilar principal. Me importaba poco que Poseidón hubiera despertado, porque sabía que el muy loco no se tentaría en acabar con vos si podía… pero mi odio y mi obsesión eran tan grandes, que no hubiera soportado perder también esa ocasión de cumplir con mis objetivos.
Para cuando llegué, no solamente vuestro cosmos infinito llenó mis sentidos y me refrescó la memoria solo con vuestro dulce canto, sino que además, igual que un fantasma, la dichosa armadura de Sagitario apuntaba con su flecha a la cabeza del Emperador. Me sumí en un estado de confusión tal que no sabía que hacer, no podía siquiera moverme. Comprendí que habías sido vos, aún siendo un bebé quien me había mantenido vivo, quien internamente, sabía mi historia casi antes que yo.
Todo sucedió demasiado rápido.
Siempre pensé que el más cambiante de los dos era Saga. Ahora, me doy cuenta que dentro de todo lo que yo presumía, no era distinto. El odio dominó toda mi vida, la sed de sangre y venganza. Bastó un segundo para que todo cambiara, para que me interpusiera entre vos y un tridente destinado a matar a quien fuera, sin pensar si quiera en que estaba salvando la vida a mi peor enemiga.
La mujer y la diosa que nos había robado la existencia.
Supongo que Saga se sintió igual que yo cuando me sostuvisteis entre vuestros brazos. Dicen que los gemelos están destinados a seguir el mismo camino, sin importar lo separados que estén… Y es verdad. Pero ver vuestros ojos, las lágrimas que bañaban vuestro rostro casi infantil, y sentir el cosmos que me arrullaba igual que si fuera un bebé… fue suficiente.
¿Cómo se cambia toda una vida? ¿Cómo le encuentras un nuevo sentido y entiendes que nada de lo que has hecho es lo que debías hacer? ¿Cómo aceptas que no eres más que un fracaso, un monstruo, que cada día de tu vida te has esforzado y solo has terminado por hundirte más y más? ¿Cómo puedes comprender que te perdonen, así como a así?
Es imposible, al menos para mi. Puedo ser muchas cosas, y la mayoría de ellas malas. Pero sobre todo, soy sincero y realista. Nunca oiréis de mi excusas o palabras que pretendan maquillar la situación. Las cosas han sido así porque debieron serlo, crea en el destino o no. Por eso no me quedó más remedio que aprender.
Volví tras vos al Santuario, comprendiendo que por un tiempo debía volver a ser una sombra, igual que mucho tiempo atrás, y me pareció una idea fantástica. Tuve la oportunidad de reconciliarme con los fantasmas que vagaban por Athenas, aunque nunca entré en Géminis. Disfruté de vuestra compañía, y de vuestra risa sorprendentemente tranquila. No me teníais miedo, y eso fue lo mejor que podía pasarme: ver vuestros ojos cada mañana, llenos de esperanza y confianza. Vacíos de rencor. Os conocí y aprendí a quereros como ningún otro Santo Dorado había tenido la oportunidad: no estan educados para mantener esa cercanía.
Y por primera vez en veintiocho años, me sentía afortunado.
Olvidé la anhelada libertad que había sentido al reinar en Atlantis en completo anonimato: allí no era el hermano de… Era simplemente Kanon. Pero no eché al olvido nada de lo que había hecho, ni una sola de mis acciones. Me atreví a hablar con vos de alguna de ellas, y respetasteis mi silencio cuando no quise mencionar otras. Pero fuisteis tan dulce, que simplemente me sentí sobrecogido.
Os habíais esforzado por mentalizarnos a todos de que lo que vendría sería difícil. De que sería el final. Y en medio de aquella marea de sentimientos que suponía para mi estar a medio camino entre un santo dorado y un marina… Hades despertó de entre los muertos.
Sentí una ansiedad que pocas veces antes, sino ninguna, había sentido. Nervios por la guerra que se avecinaba, porque finalmente mi escondite sería revelado y aquello me asustaba. Necesidad, a la vez, de que todo empezara, porque al final… yo era eso: un guerrero. Y no se me da nada bien esperar.
Cuando sus cosmos se mostraron tan poderosos y seguros en Aries, volteé a veros. Vuestra mirada estaba fija en el horizonte, con un gesto tan triste, que por un segundo se me encogió el corazón. Luego volví la vista al frente, y me llevé la mano al pecho. El hueco volvía a estar lleno, y por mucho que hubieras intentado prepararme para lo peor, no se me había pasado por la cabeza tener que enfrentarme a ellos, a él en semejante escenario.
¡Toda la vida queriendo hacerlo y al final renegando!
Avanzaron de un modo arrollador, hasta que Géminis se alzó en su horizonte. Tragué saliva, y me quedé solo en el salón del trono. Me concentré todo lo que me fue posible, y después de respirar hondo, el laberinto de luz y sombra se adueño del templo. ¡Ni siquiera sabía si podía hacer bien aquella técnica! Los tres se toparon con la armadura apenas entraron, y desde el mismo templo papal, pude sentir las miradas de Shura y Camus fijas en mi hermano.
Apenas se acordaban de mi, pero cualquiera en su sano juicio hubiera identificado la tensión que se creo en el templo. Saga les dejó marchar, y accedieron a regañadientes. Ahí lo tenía, el gran duelo. Yo no estaba físicamente en el tercer templo, y aún así, mi cosmos me permitía ver y sentir lo que sucedía. Me resultó imponente, muy lejos de la última imagen que tenía de él, y no pude si no preguntarme cómo era posible.
Os habíais encargado de hablarme de Ares, aunque nunca mencione palabra alguna que tuviera que ver con mi hermano. Intenté hilar rápidamente una explicación en mi cabeza, una que explicara como alguien como él, alguien con aquella vida tan prometedora había terminado siendo el artífice de todo lo malo que podía sucedernos.
Escuché su voz, que retumbó en mis oídos como un trueno, e identifique la rabia que lo carcomía. Lo doloroso que le resultaba, a pesar de estar vistiendo un Sapuri, que yo estuviera portando la armadura de sus sueños. Volvimos a recriminarnos las cosas, como cuando éramos críos, hasta que le resultó imposible contenerse. Hubiera jurado que sonreí en aquel momento: seguía teniendo el mismo efecto sobre él después de todo. Despedazó la ilusión con apenas un movimiento de su dedo, y se quedo estupefacto al comprobar que conocía cada una de las artimañas que él mismo había utilizado para proteger Géminis en su día.
A partir de entonces, fue como coser y cantar.
Adivinó inmediatamente donde estaba situado, sin importar lo mucho que estaba escondiendo mi ubicación, y dejó escapar toda la rabia que había acumulado a lo largo de los años. Aguanté la respiración cuando sentí arder su cosmos, y supe de inmediato, que si quería matarme… podía hacerlo sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.
A mis pies. Su cosmos explotó a mis pies. Sabía de sobra que no había fallado, era solamente una sutil advertencia.
Pero antes de que pudiera recuperarme del susto, me topé con la magnifica silueta de Milo frente a mi. Me puse en pie, sin dejar de verlo. No era la primera vez que lo veía desde mi vuelta, pero si la primera en que tenía oportunidad de hacerlo tan de cerca y tan en serio.
Busqué sus ojos, como siempre me gusta hacer, y esperé. No pude dejar de preguntarme si había notado mi presencia antes de aquel momento… Pero la magnificencia que derrochaba solo con su mirada, hizo que se me olvidara. No había cambiado mucho físicamente desde niño. Había crecido, y su melena era más larga, pero seguía luciendo la misma expresión pícara y orgullosa, solo que envuelta en un aire de divinidad difícil de contener.
¿Dónde había quedado el pequeño y travieso escorpión? ¿El niñito insolente y divertido que correteaba tras nosotros todo el tiempo?
Solamente podía ver a un Santo Dorado imponente dispuesto a matarme sin pestañear siquiera. Encajé las agujas escarlatas pensando que quizá las cosas debían ser así. Quise destruir a mi hermano mayor con todas mis fuerzas y no pude, quizá mi final estaba destinado a acontecer bajo la mano del único al que llegué a considerar mi hermano menor. Y no me importó.
Me merecía todo lo que tuviera que decir, todo lo que quisiera hacer. Dolía, dolía como un demonio. Pero dolía más su gesto desconsolado. Viéndolo, casi podía sentir cada segundo de dolor que había afrontado a lo largo de su vida. Cada segundo dolor que yo había desencadenado de un modo u otro.
Sin embargo, mi terquedad es aún superior a la suya. Podía sentirme infinitamente orgulloso viéndolo con aquella armadura, -por mucho que hubiera renegado de todos ellos- y podía sentir que era merecedor de aquel castigo. Pero no por ello iba a rendirme.
"No hay ningún enemigo aquí. Solamente un hermano de armas. Kanon de Géminis."
Tendré sus palabras grabadas en mi memoria por siempre. Por lo que significaron, y porque fue la primera vez que alguien me llamó de aquella manera. Lloré, lloré como no lo había hecho en quince años, y recordé que no era tan malo hacerlo. Por fin sentía que encontraba mi lugar, por difícil que fuera y por mucho que quedara por hacer… pero Milo me concedió la esperanza de la que vos tanto hablabais.
De lo demás, no fuimos más que testigos mudos. Observé boquiabierto y aterrado el modo en que el cielo del Santuario se encendió como si fuera día, sentí morir a Shaka y me mantuve a la expectativa. Por un momento me puse furioso, por otro… comprendía que había muchas cosas sin explicación aquella noche. Conocía a mi hermano, o creía hacerlo. Sinceramente, me importaba poco lo que hubiera pasado con él aquellos trece años… Yo vivo la vida día a día, pero la mirada que Saga lucía en Géminis horas atrás era la misma que recordaba de él. La de un Santo magnífico. Debía haber una buena explicación…
Tarde, llegamos tarde. Nadie lo vio venir… igual que en el pasado. Y antes de que pudiésemos pestañear, el Santuario entero estuvo a punto de ser destruido. Me atreví a hablarle, a recriminarle lo que estaba haciendo… con derecho o no. Pero nunca contestó.
Tomé la daga, tal y como pedisteis, con un nudo en la garganta y el pulso tembloroso. Una cosa era enfrentarse a cinco chicos capaces de obrar milagros, y otra muy distinta enfrentarse a un ejercito dorado con semejante historia a sus espaldas. Esperé a vuestro lado, hasta que sus siluetas se dejaron ver en el camino.
Eran poco más que muertos vivientes envueltos en sangre y con la mirada desenfocada. Cayeron a vuestros pies como aquel que deja caer a un despreciable prisionero, y vos corristeis a su encuentro bajo las desconfiadas miradas de los demás. Sostuvisteis las manos de Saga, como una vez hicisteis con las mías y os perdisteis por un segundo en su mirada.
Sonreísteis, la sonrisa más hermosa de la tierra; comprendiendo lo que debíais hacer mucho antes que nosotros y haciendo gala del vínculo que os había unido a mi hermano hacía mucho tiempo. Me acerqué, mirando al infinito, tratando por todos los medios de no cruzar mi mirada con la suya… tanto, que cuando susurró mi nombre por primera vez en siglos sin ningún reproche, desvié aún más el rostro.
No me sentía capaz de soportar lo que estaba viendo: porque no lo entendía del todo, porque eran demasiadas emociones fuertes a la vez, y porque presentía que tendría un desenlace que no iba a gustar a nadie.
No me equivoqué, pero cuando contemplé las lágrimas de Saga, terminé de comprender. Negó lentamente con el rostro, olvidando toda la soberbia que lo caracterizaba y convirtiéndose más bien en un niño asustado al borde del ataque de nervios. Su mano apenas era capaz de sostener la daga, y cuando vos lo hicisteis por él…
¡Por los dioses! Aún puedo escucharlo gritar…
Fuimos lo suficientemente inútiles como para llegar a aquel extremo sin un entendimiento. Vuestra sangre manchaba todo, y nuestras lágrimas parecían imposibles de detener. Entonces, me di cuenta de que ser un Santo de Athena era una labor mucho más compleja de lo que nunca imaginé. Me había quedado con la idea de todo el respeto que generaban, de lo mucho que eran envidiados… De aquel lado fascinante que todos veíamos. Y nunca me había planteado lo difícil que era aguantar el teatro.
Eran la élite, estaban preparados para soportar lo peor, y aún así, eran los últimos en combatir. Estaban obligados a ver caer uno a uno a todos los demás, hasta que ya no hubiera nadie a quien proteger… Estaban obligados a mancharse las manos con la sangre de inocentes y seres queridos sin importar qué.
Descubrí, que me había reído de todo lo que Saga era desde que éramos críos, sin darme cuenta de que tal y como había escuchado muchas veces, era el ejemplo. Para bien o para mal. Tenía más batallas –de todo tipo- a sus espaldas de las que podía imaginar… y él, siempre estaba dispuesto a todo. Sin importar qué hubiera que sacrificar. Creía tanto en lo que defendía que nada más importaba…
Y se lo contagió a los demás. Shura y Camus eran igual que él. Son iguales a él. Supongo que era algo que solamente perdiendo todo, incluida la vida, podías llegar a comprender. Un gigante conservará su tamaño aunque este hundido en un pozo, después de todo.
Los vi marchar, aún con los ojos enrojecidos, y sabiendo que sería la última ocasión en que los vería. Por primera vez, me sentí desconsolado, desprotegido. Me quedé solo, a la deriva y sin saber muy bien que debía hacer para continuar con mi camino. Shion llegó a toda prisa, con la respiración desbocada, y yo lo observé desde las sombras. Escuché a tus chicos llorar y gritar desesperados, tan perdidos como habíamos estado nosotros. Pero cuando el viejo despegó los labios…
Solamente hubo silencio. Ellos quedaron impresionados de la magia que transmitía, y yo quedé perplejo al recordar como sonaba su voz. Era como viajar tiempo atrás a la velocidad de la luz. Mi corazón se aceleró y no salí de mi escondite hasta que lo perdí de vista.
Sin embargo, en aquel instante solamente otra voz a mis espaldas me hizo reaccionar. Dohko me impresionó tanto como acababa de hacerlo Shion. De pronto ambos lucían como un par de adolescentes, y la certeza de saber cuantos siglos cargaban a sus espaldas… Era difícil, pero no importó. Dohko sonrió, apesadumbrado después de todo lo acontecido, y me invitó a seguirlo.
Sabía que aquello implicaba muchas cosas: volver a Géminis, vestir finalmente aquella armadura… Pero sus ojos transmitían paz, comprensión. Teníamos prisa, pero me dio mi tiempo para asegurarme de que era capaz de hacerlo. Supongo que para él era más sencillo de comprender, no era primer geminiano con el que convivía.
Bajé las escaleras a toda prisa, con el nudo en mi garganta que no había desaparecido, y con la mirada de Shion a mis espaldas. No habíamos compartido palabra, ambos nos habíamos mirado desde las sombras intentando no molestarnos… sin saber como debíamos actuar. Pero lo sentí allí, viéndome. Se sentía tranquilo después de todo el drama, como si reparar en mi figura haciendo las cosas bien, por una sola vez, aliviara todo el peso de su corazón. No sabría decir que fue, quizá no orgullo… pero para mi fue suficiente.
Llegué al tercer templo y contuve la respiración. Continuaba siendo soberbio a pesar del suelo calcinado. Castor y Polux me observaban fijamente, como si quisieran recriminarme todo lo que había hecho: los hermanos gemelos estaban destinados a ser el opuesto, pero nunca a soltarse las manos… Tragué saliva y me encaminé al interior, al gran salón de batallas donde podía sentir llorar a Géminis. Se había ensamblado ella sola, y lucía reluciente en medio de la oscuridad. Sin embargo, el aura triste de la armadura era difícil de soportar. Me acerqué despacio, rozando con la yema de mis dedos la polvorienta pared a mi paso, hasta que ella estuvo a mi alcance.
La miré hipnotizado. Era el gran momento. Estiré la mano y la toqué, apenas un roce. Comenzó a brillar con una fuerza increíble y a latir al mismo ritmo de mi propio corazón. Antes de que pudiera pestañear, me había vestido. Alcé mi mano una vez más, colocándola frente a mis ojos y moví los dedos envueltos en cálido oro. Era difícil de creer que finalmente… Era yo.
Vestía a Géminis, y ella no me había rechazado. Se sentía contenta, emocionada igual que yo.
Y entonces, sonreí.
No había burla, no había segundas intenciones en mi gesto. Era simplemente una sonrisa de verdad, tranquila. Me di la vuelta y corrí a toda prisa por las escaleras en ruinas. Procuré no prestarle atención a los rastros de sangre ni a los escombros calcinados que adornaban todo. Solamente deseaba alcanzar a Dohko cuanto antes.
Cuando llegué, los primeros rayos de sol me forzaron a entrecerrar los ojos. Shion y él estaban allí, conteniendo a duras penas las lágrimas, mientras el viejo comenzaba a disolverse en la nada. Pero antes de hacerlo… me miró y sonrió. Solo un segundo, quizá menos, suficiente.
Escuché a Dohko suspirar, en el mismo instante en que sentí el cosmos de mi hermano desaparecer. Intercambiamos una mirada triste, y casi a la vez asentimos.
"¿Me acompañas?" dijo. Por supuesto, quise decir, aunque solamente atiné a asentir y a caminar tras él.
Era extraño sentirse por primera vez parte de ellos: difícil, porque allá donde mirases parecía haber algo suyo, aunque solo fuera una brizna de su cosmos agonizante. Di todo lo que pude dar de mi como nunca antes lo había hecho. Me esforcé al máximo, y sin querer… comencé a sentir aquel orgullo dorado del que todos hacían gala. Aquel insoportable sentido del honor desconocido para mi.
Cuide las espaldas a vuestros chicos, del mejor modo que pude. Les grité, me enfurecí. Mi cabeza no era más que un revoltijo de emociones extrañas que no sabía manejar y lo que menos necesitaba era soportar sus lágrimas y lamentos. Acababa de perder a toda una familia, que recién había encontrado, y ellos lloraban por lo que para mi eran estupideces.
No quería, bajo ningún concepto, que todas las lágrimas, la sangre y el sacrificio que habían hecho los demás, fuera en vano. Y si para ello tenía que patear un par de culos de bronce, no iba a tentarme en hacerlo.
Me topé con Ikki en el momento más inesperado. No supe que decir cuando me salvo de una muerte segura, la cuestión era que mi ego dolía casi más que mi cuerpo, y aún así sentía alivio de tenerlo conmigo. Sin embargo, la verdad de lo que ocurría con Shun… Toda la grandeza del Fénix se esfumó al escucharlo. Quizá fue culpa mia, porque nunca fui muy sutil dando noticias, pero contemplar su reacción me rompió el corazón.
No solamente por lo que Shun debía estar pasando, siendo como era… Sino porque la mirada de Ikki me dijo muchas cosas solo con un pestañeo. Shun no iba a soportarlo, no podía hacerlo. Ikki sabía de que hablaba, ya había contemplado con sus propios ojos el poderío de un dios en un cuerpo mortal… No pude decir nada más. Sentí envidia de lo mucho que se querían, de lo lejos que estaba dispuesto a llegar por su hermano, y supe que fuera del modo que fuera, merecían una oportunidad.
Después de aquello, Radamanthys apareció en mi horizonte. Géminis empezó a llorar al sentir el llamado de las demás armaduras y finalmente comprendí que mi tiempo había acabado. Podía vestirla, ella me aceptaba. Pero su legitimo dueño era otro… Me despojé de ella sin pensarlo, sabiendo que aquella era mi sentencia de muerte, y la vi alejarse por el horizonte. No sabía que sucedería a partir de entones, solamente deseaba que fuera bien.
Me deshice en mil estrellas, y ni siquiera sentí dolor o miedo alguno. Mi misión estaba cumplida. Era la primera vez en toda mi vida que sentía que había hecho lo correcto. El sacrificio merecía la pena… Luego, todo se tornó difuso. Apenas recuerdo nada, pero se que estuve en el Muro de los Lamentos viendo a través de los ojos de mi hermano, siendo finalmente uno. Empañando sus ojos con mis propias lágrimas ante lo emocionante que me resultó todo aquello.
Hoy, las cosas son diferentes. No hay guerra que valga, y resulta que la paz es para nosotros mucho más complicada de manejar. Somos pésimos controlando emociones y comprendiendo las de los demás. A menudo nos equivocamos, y sin siquiera hablar somos capaces de romper más corazones de los que podemos imaginar.
Yo no tengo mucho que decir. De todos, me consideró el último en la lista. No porque sea menos fuerte, que no lo soy. Sino porque tengo muchísimo que aprender de todos ellos, del primero al último. Yo, con plena conciencia, desaté el desastre de la orden sin sentir remordimiento alguno. Les condené a todos y lo disfruté en la distancia. Sentía tal desencanto con el mundo que creía que todos debían sentir y sufrir lo mismo, que era lo justo. No puedo implorar perdón, solamente confiar en que algún día llegara, por si solo. Ellos son así, magníficos: capaces de perdonar a otros antes que a si mismos.
Respecto a Saga… Ni un solo capítulo de mi vida ha transcurrido sin que su presencia estuviera en mi horizonte. Quizá esperabais que todo tuviera una explicación mucho más convincente… Sin embargo, el desencanto y la tristeza de un niño por perder a lo que más quiere puede llevar muy lejos. Perdí la perspectiva de la vida ahogado en mi dolor infantil. No me molesté siquiera en intentar comprender o en intentar crecer… Solamente lo rechacé, y al mismo tiempo, me encadené a él, arrastrándonos a ambos al desastre.
Fallé a mucha gente, le di la razón a todos los que me despreciaron alguna vez, tomando el camino equivocado. Pero por sobre todas las cosas, le fallé a él, y me fallé a mi mismo.
No puedo decir mucho más, todas las palabras salidas de mi boca suenan… vacías. Ni el agua que pasó volverá a remontar el cauce ni volverán las horas pasadas. Solo se que ojala nosotros hubiéramos tenido algo como tus chicos de bronce. Ojala hubiéramos luchado por el amor, por la amistad… Ojala lo hubiéramos conocido.
No hay titulo ni rango que se compare a ello, ni siquiera para alguien que solamente anhelaba ser libre. Aunque ya me lo dijeron una vez… No hay camino fácil de la tierra a las estrellas.
Kanon, simplemente, Kanon.
-Continuará…-
NdA: Buah! ¡Kanon se ha llevado el premio a capítulo más largo hasta el momento! ¡12.333 palabras! Espero que nadie se haya sentido decepcionado después de leerlo. Analicé mucho su historia, hasta comprender que él es el único cerebro de toda la trama de Saint Seiya. Siempre me pareció un personaje de esos que es tal y como se ve, sin más. Y al final, aunque tenía miedo de no saber como explicar esos trece años en el reino marino… las cosas salieron bien. Soy partidaria de que Saga tenía que saber de él, de lo que pasó después de Cabo Sunion, y ahí habéis tenido la muestra (sino se hubiera muerto de un infarto nada más entrar a Géminis).
Creo que dentro de toda su locura, de su "maldad", se escondía un motivo de lo más tierno e infantil: los lazos entre hermanos y la soledad del soldado.
Espero que haya sido de vuestro agrado, y que lo hayáis disfrutado porque… ¡Solamente quedan dos! ¿Quién será el siguiente?
Un besito a todos, y respuestas a los replies anónimos en mi perfil.
La Dama de las Estrellas
PD: ¿Llegaremos a las 100 reviews al fin del fic?
