Capítulo 13: Aioros de Sagitario
Si os soy sincero, princesa, no tengo la menor idea de cómo debería comenzar esta carta, esta historia o confesión… como prefiráis llamarlo. Ahora que me encuentro aquí, frente a este montón de hojas en blanco, comprendo a la perfección los gestos de disgusto, de desgana… en cada uno de mis hermanos. Se de sobra que no es el hecho de escribir lo que nos resulta complicado. Se bien que lo que de verdad es difícil, es recordar.
De todos, probablemente soy aquel con menos historia que contar y, en realidad, lo agradezco. Pero, ¿por dónde empezar? Supongo que por el principio, ni más ni menos. Aunque el inicio de todas las cosas no es más que cuestión de perspectiva.
Athenas me vio nacer, en el seno de una familia humilde, frente al ajetreo constante del Pireo. Litsia y Yorgos me trajeron al mundo, deseosos de formar una familia feliz: de tener un niño que conociera las maravillas de este mundo. Con tristeza, debo decir, mis recuerdos de ellos parecen envueltos en una fina neblina. Puedo distinguirlos en mis memorias, pero no consigo recordar sus sonrisas, sus gestos cansados, sus ceños fruncidos ante una travesura… Sin embargo, sus voces, el sonido de sus risas, sus gritos de felicidad, las dulces palabras que acunaban en sueños a Aioria… Todo eso quedó grabado a fuego en mi, y se que nunca podré olvidarlo, aunque poco tiene que ver aquel par de niños, con lo que somos hoy día: solamente el recuerdo parece no encajar en esta vida.
La que fuera una familia feliz, unida, de ensueño… se deshizo envuelta en la tragedia. Se que lloré durante días, grité y pataleé. Pero las manos fuertes de mi escolta me forzaron a seguir adelante sin mirar atrás. Con dureza, pero sin crueldad; casi con cierta compasión. El camino me resultó interminable, y mi única preocupación en aquel entonces, era vigilar a mi hermano: mi pequeño bebé. Dormitaba, lloriqueaba y reía en los, siempre dulces y cálidos, brazos de una de las doncellas, que nunca se separó de mi lado.
Y entonces, cuando olvidé las lágrimas y la rabia… Me encontré inmerso en el corazón del Santuario. Las preguntas comenzaron a escapar de mi garganta sin control alguno, mientras que mis ojos infantiles querían verlo todo, aunque no comprendieran nada. Las expresiones severas de los santos que me acompañaban cambiaron, hasta que las sonrisas disimuladas adornaron sus rostros de piedra. Pero cuando creí que no podía haber nada más fantástico que aquella sucesión interminable de majestuosos palacios, que parecían esculpidos para los mismos dioses… El Templo Papal se dirigió ante mi, mientras vuestra magnífica estatua velaba desde lo más alto por todos nosotros. Casi podía sentir vuestros ojos que no miraban nada en especial, pero que lo veían todo.
Ralenticé el paso cuando nos adentramos en el palacio. El deslumbrante mármol blanco, rosa y dorado, brillaba bajo el esplendido sol que lograba filtrarse entre las altas columnas, y en medio de aquel espectáculo, los tapices y mosaicos que adornaban todo, parecían cobrar vida.
Al fondo, una enorme puerta de doble hoja, labrada y decorada en oro, se alzaba inmisericorde. Miré a los lados, donde un par de guardias flanqueaban la entrada apoyados en sus picas de plata, ausentes a la alegre algarabía que se escuchaba de fondo. Y sin que necesitásemos decir nada, abrieron las puertas, inclinando suavemente la cabeza.
Raissa, la doncella que cargaba a mi hermano, acarició suavemente mi espalda, animándome a entrar al gran salón. Pero ni siquiera lo noté en aquel momento. La reluciente alfombra roja se extendía ante nosotros, y la inmensidad del salón del trono hacía que todo lo que había visto hasta entonces resultara insignificante. Sin embargo, mis ojos solamente habían reparado en una cosa: la hermosa armadura alada que portaba aquel que sería mi maestro.
Entreabrí los labios, fascinado, y me acerqué con una mezcla de recelo y emoción hasta ellos. Me habían estado esperando, y la sonrisa amable y cálida que Shion me prodigó en aquel momento, hizo que por un instante… todo doliera un poco menos. Se arrodilló ante mi, quedando a mi altura y enredó sus largos dedos entre mis rizos desordenados. Buscó mis ojos, con aquella extrañísima e hipnotizante mirada, y cuando los encontró, amplió el gesto alegre que adornaba su rostro. Me dio la bienvenida, con su voz pausada y suave… Pero mis ojos solo eran capaces de contemplar aquel par de lunares rosaceos que adornaban su frente.
Supongo que Shion era demasiado viejo como para no notarlo, y lejos de ofenderse, una carcajada abandonó su garganta mientras se ponía de pie. Lo observé, envuelto en la vaporosa túnica blanca, con la larga melena que enmarcaba su rostro, y olvidé por completo al santo que estaba a su lado. Shion tenía algo que le hacía especial, diferente, y lo que más me sorprendía de todo, era aquella felicidad que desbordaba solamente con verme. Inmediatamente después buscó a Aioria entre los brazos de Raissa, y tras un par de arrumacos, volvió su atención a mi. Estaba dispuesto a decir algo… pero antes de que tuviera tiempo de hacerlo, una de las puertas laterales se abrió, y por ella aparecieron, como un torbellino, un par de niños iguales como dos gotas de agua.
"¡Saga! ¡Kanon!" Gritó alguien, Arles, mientras la risa disimulada del que sería mi maestro se escuchaba a mis espaldas. Los gemelos ignoraron el reproche que siguió, alegando un par de excusas desenfadadas, y sin miedo o reparo alguno, uno de los dos se acercó hasta mi, mientras el otro, un par de pasos más atrás… observaba todo con ojo crítico.
"¿Cómo te llamas?" preguntó, tras un intercambio de preguntas y respuestas con Shion, que consiguieron dejarlo sin palabras. Murmuré mi nombre, sorprendido por la curiosidad con la que aquel par de enormes esmeraldas me miraban con mezcla de travesura e inocencia.
"Soy Saga." Y sonrió, para después enzarzarse en duelo de palabras con el que aprendería a conocer como Kanon. No tardaría en acostumbrarme a eso, a las palabras rápidas y a los juegos aún más rápidos. Pero súbitamente, me sentí feliz. "¿Podemos ir a jugar?" Miré de Saga a Shion alternativamente. El maestro sonrió de un modo, que a día de hoy, se que fue resignación. Casi antes de que respondiera, el chiquillo había tomado mi mano y tiraba de ella con decisión, arrastrándome a plena carrera por el templo que sin querer, se convirtió en mi patio de juegos. Nuestro.
Desde aquel preciso momento, comprendí que en medio de aquel maremoto de emociones que me aprisionaba, la vida empezaba de nuevo. Y no me disgustaba, al contrario. Todo era radicalmente distinto a lo que conocí en Athenas, pero era, a la vez, sumamente especial. Shion, mi maestro, los gemelos, Aioria… Se habían convertido en mi todo, en mi único horizonte. Hombres dispuestos a cuidar de mi, a educarme con dureza pero a la vez con justicia, y a derrochar un cariño disimulado con cada palabra y acción.
Shion se erigió como todo aquello que alguna vez queríamos ser. Era tan bueno, tan sabio… tan amable y cariñoso como solamente un padre podía ser. Contaba con una paciencia de oro, sin duda necesaria para lidiar con terremotos como nosotros, y nunca, nunca… se cansaba de nosotros. Siempre había una palabra alegre, un gesto cariñoso y una mirada tierna: aunque fuera exigente como el que más.
Mi maestro, sin embargo, era diferente. Era espectacular, envuelto en la belleza imperturbable de Sagitario, con aquellas magníficas alas a sus espaldas y una mirada que parecía oro líquido. Poco más que un chiquillo, aunque en aquel entonces me pareciera demasiado mayor. Me infundía un respeto inigualable, y una admiración terrible. Era severo, en sus enseñanzas y en la vida. Su misión era hacer de mi un santo dorado, la misión de su vida… Y lo hizo. Fue duro, pero a la vez tierno, convirtiéndose en aquel hermano mayor que jamás tuve.
Los días pasaban entre entrenamientos, clases, risas y travesuras. Visitaba a Aioria todo el tiempo que podía, que era mimado cual príncipe en aquel enorme palacio de ensueño. Pero había llegado el momento de soñar, y a la vez poner los pies en la tierra. El Santuario era espectacular, nuestra leyenda increíble… pero al final, todos y cada uno de nosotros no éramos más que seres humanos: con nuestras virtudes y bajezas. Aquí uno aprendía todo eso del modo difícil.
Había mucha gente buena, pero mucha gente resentida con el mundo, dispuesto a poner las cosas aún más difíciles de lo que ya eran. Con el tiempo, me di cuenta de que la mayoría no lo comprendía. Veían a los demás, y siempre había algo que envidiar, por pequeño que fuera. Cuando nos veían a nosotros, tres niños destinados a la gloria… lo envidiaban todo. Para ellos no éramos más que príncipes mimados que vivían en palacios. Sin embargo, la realidad era bien diferente. Podía verse así… pero la vida en las Doce Casas nunca fue, ni será, fácil.
Reíamos y jugábamos, corríamos entre las rocas y los templos caídos; hacíamos travesuras propias de niños de nuestra edad… Y también llorábamos en silencio, porque aprendimos que las lágrimas eran un lujo que nosotros no podíamos permitirnos. Sangramos, luchamos, maldijimos, sufrimos lo indecible sin siquiera llegar a los diez años.
Pero a pesar de todo, ahí estábamos. Vivíamos día a día, porque el mañana era demasiado incierto y en nuestra frágil inocencia lo sabíamos. Supe que había sido un niño afortunado. Aquellos recuerdos que tanto me dolían, la risa de mi madre y la voz alegre de mi padre, eran un privilegio después de todo. Me di cuenta en el preciso instante en que los gemelos preguntaron por mi familia. Ellos nunca habían conocido una, Shion era todo lo que tenían además de así mismos. Apreté los labios, y contuve las ganas de llorar. Comprendí que todos teníamos algo que los demás deseaban… Yo tuve una familia, y ellos tenían un hermano exactamente igual, que no era demasiado pequeño para jugar o para hablar.
Sin embargo, había algo que compartíamos: nos teníamos a los otros. Desde el primer momento, estuvimos muy unidos… al menos por un tiempo. Cada segundo libre que teníamos, lo compartíamos. Pronto, los juegos fueron dejando paso a los sueños que estarían por venir. No me paso desapercibido, que con el tiempo que pasaba, los gemelos se iban diferenciando más y más. A medida que crecíamos, Kanon era más y más extrovertido, más espontáneo; Saga cada vez era más tímido, más observador. Yo me erigí como el termino medio entre ambos, extrovertido si, pero no tanto como Kanon ni tan silencioso como Saga. Éramos un buen equipo después de todo.
Entre risas y llantos ahogados, aspiraciones de gloria y tropiezos estrepitosos, los demás niños fueron llegando. Irrumpieron en nuestras vidas sin que lo esperásemos y cada uno marco nuestro camino de una forma muy distinta. Nos llevábamos varios años, si, pero para nosotros fueron hermanos desde el primer día. Jugábamos con ellos, les cuidábamos, les asustábamos cuando teníamos ocasión… y les protegíamos de aquel mundo cruel del mejor modo en que podíamos.
Poco a poco, mi familia fue disolviéndose en el recuerdo. Nunca los olvidé, no podría: pero habían terminado por quedar en el pasado. Los niños, Aioria y los gemelos eran mi nueva familia. Solo nos teníamos los unos a los otros, y siempre sería así. Compartíamos el camino, el dolor y la alegría; y con el tiempo, vínculos que irían mucho más allá.
Recuerdo que Shura llegó siendo un niño silencioso, que apenas hablaba y que solía permanecer tras el refugio imponente de su maestro. Pero éramos vecinos, y nuestros maestros buenos amigos. Era tímido, receloso, pero tenía un corazón de oro y me resultaba francamente divertido a pesar de ser tan pequeño. Pronto se convirtió en mi sombra siempre que podía, se esforzaba por seguir mi ritmo y aprender todo de mi: mi manera de actuar, mis movimientos… Sentía por mi una admiración difícil de ignorar, y siendo un niño aquello era lo más emocionante que podía pasarme.
Los gemelos, sin embargo, eran otra cosa. Ellos estaban en mi mismo nivel, sabían de sobra, quizá mejor que yo… que nuestra vida no era un juego ni un camino de rosas. Terminé por encontrar en Saga lo que me faltaba a mi. Se esforzaba tanto por ser mejor, el mejor… que su obstinación me arrastró con él. Comprendí que compartíamos exactamente los mismos sueños, las mismas aspiraciones; que aunque éramos distintos anhelábamos las mismas cosas. No importaba lo turbulenta o difícil que fuera nuestra situación, su voz siempre sonaba tranquila y segura, a pesar de no hablar demasiado. Sus ojos transmitían una paz inusitada cuando escuchaba atentamente lo que yo tenía que decir, sin importar lo exaltado o relajado que me encontrara en aquel momento.
Me pareció que él había crecido mucho antes que nosotros, que de alguna manera, nos había dejado un paso atrás. No porque fuera mejor o peor aprendiz, era brillante: lo éramos. Sino porque transmitía una madurez impropia de su edad que lo hacía admirable a mis ojos. Siempre tuvo los pies en la tierra, crudamente realista con lo que estaba por venir y reflexivo antes de hablar.
Todo eso… era lo que me faltaba a mi. Encontré que era mucho más afín a mi que Kanon, y tuve la suerte de que Saga encontró lo mismo en mi. Nunca dijo nada, ni una sola palabra, pero supe desde el primer momento que nuestra cercanía quebró su propio vínculo. Kanon siempre había sido muy celoso de lo poco que tenía, y eso poco… era su hermano. Nunca pretendí alejarlo de él, pero para Kanon las cosas siempre habían sido blancas o negras. A medida que descubría lo complementarios que éramos Saga y yo, me daba cuenta de lo opuesto que era él.
Nunca peleamos, no abiertamente. Quizá proferimos palabras hirientes en algún momento y gestos de reproche, pero nos limitamos a observarnos desde la distancia, y porque no decirlo… a maldecirnos internamente. El problema de todo eso, era que Saga terminó en medio de los dos, de esa rara y tensa situación. Nunca mencionó nada acerca de ello, procuraba tener tiempo para todos: como hacia yo. Tiempo para Aioria, para mi pequeño Shura, y tiempo para Saga. Él buscaba tiempo para Kanon, para Milo y los demás, para mi.
No odié a Kanon, nunca lo hice… no podría. Había recorrido el mismo camino que yo, y lo habíamos hecho prácticamente tomados de la mano. Sabía lo muchísimo que significaba para Saga, y lo que se preocupaba por él. Pero no por ello la situación mejoró. Ahora, muchos años después, comprendo bien que cada cual lidiaba con la inevitable soledad del único modo que podía. Me aferré a Saga, y me gustaría decir que él se aferró a mi cuando lo necesitó… pero Kanon quedó a la deriva, perdido en medio de un mar de soledad y frustración. Y no había nada que ya pudiéramos hacer por él.
Quizá me di por vencido demasiado pronto… quizá Saga nunca lo hizo, y probablemente Kanon nunca quiso ser salvado. ¿Qué pasaría si las cosas volvieran a repetirse? Me gustaría decir que lo haría de diferente forma, que no tenía porque suceder así, que de verdad no querría que sucediera. Pero pasó.
La situación no mejoró con la cercanía de los combates por nuestras armaduras. Cada vez teníamos menos tiempo y más heridas. El destino llamaba a nuestra puerta, y susurraba en nuestro oído. Pero precisamente en esos momentos en que la voluntad parecía flaquear, Aioria y Shura me miraban con esos ojos tan distintos pero que transmitían sentimientos tan iguales. Siempre estaban ahí, mirando entre las sombras, alentándome en silencio, empujándome con su propia convicción y admiración… Puedo decir firmemente, sin un ápice de duda, que no lo hubiera conseguido sin ellos; de ninguna manera. Yo era su pequeño héroe particular, y los dos, a pesar de ser unos niños pequeños, eran mi motor.
Saga vistió a Géminis poco antes que yo a Sagitario. Viví aquellos días con los nervios a flor de piel y con el miedo tatuado en el rostro. Toda mi fe y esperanzas estaban puestas en que Saga ganara. Kanon había perdido el rumbo hacía mucho tiempo, y la sola posibilidad de que pudiera envestirse como santo por encima de él… era injusta: por muy parecido que fuera su poder. Aquel día no es algo que me guste recordar, porque si fue doloroso para mi, no puedo imaginar lo que supuso para ellos.
Apenas tuve tiempo de verle desde ese día hasta que yo vestí a Sagitario, pero noté varias cosas. En primer lugar, el orgullo desbordante de Shion ante sus logros me alentaba a cumplir con mi parte y a recibir el mismo reconocimiento. Mas, por otro lado… La mirada luminosa de Saga, se había oscurecido: la paz que otorgaba con cada pestañeo, desapareció dejando un profundo vacío. Descubrir lo que pasaba por su mente, se tornó un imposible.
Cuando llegó mi día, comprendí el por qué del radical cambio. Caminé por la arena del coliseo titubeante. Alcé la mirada y contemplé a mi maestro, sintiendo como mi alma se resquebrajaba en mil pedazos. Sabía bien que era el único obstáculo entre Sagitario y yo, y lo que eso significaba. Él debía morir, y yo debía dar el golpe de gracia: aquel era el día en que me convertía en Santo y en asesino. La herida que aquel combate dejó fue demasiado profunda: un peso que a día de hoy no ha desaparecido de mis hombros. Comprendí a la perfección que era lo que había sentido mi amigo, entendí porque era incapaz de reflejar la felicidad más embriagadora acerca de su éxito: porque yo tampoco podía.
Al fin y al cabo, era un éxito manchado con sangre. Por muy maduro que sea un adolescente, por muy duro que se haya tornado por la vida que le tocó vivir… es imposible lidiar con eso como si nada sucediera. Podíamos amar u odiar a nuestros maestros: pero no dejaban de ser santos admirables, y al menos en mi caso, alguien a quien quería con todo mi corazón.
Lloré durante días, a escondidas, y no precisamente por las heridas infligidas.
Después de aquello, salí de Sagitario y contemplé el mundo envestido en mi magnifica armadura. Era bella, deslumbrante, y parecía arrullarme continuamente, buscando aliviar mi corazón. Sabía bien que no todas las armaduras eran iguales, que cada una tenía su propia personalidad; pero estaba seguro de que todas buscaban erradicar las pesadillas y arrojar luz sobre los fantasmas que parecían perseguirnos.
Los enanos, que hasta entonces habían sido un remolino de energía casi peor que nosotros, empezaban a crecer. Muchos de ellos comenzaban a mostrar en sus ojos la inquietud previa a lo que se venía: el entrenamiento de verdad, el que los sacaría de Grecia y del que tardarían años en volver. Eran pequeños, y a la vez, mayores; pero no por ello menos traviesos. Lo cual era de agradecer, era un soplo de aire fresco en mitad del desierto. Sus risas, sus caras pícaras, y sus expresiones de adoración cuando nos veían. No había absolutamente nada mejor que aquello… Porque si, desde que nos envestimos como Santos Dorados, la vida había cambiado. Teníamos infinidad de responsabilidades que nos consumían, pero la gente nos trataba de otra manera. Nos miraban con admiración y respeto infinito, inclinaban la cabeza suavemente al vernos pasar; poco quedaba ya del recelo que nos habían mostrado cuando éramos unos chiquillos revoltosos.
Pero ni siquiera eso era mejor que las miradas de los niños, y mucho menos de las de Shion.
Por eso, verlos marchar uno a uno fue tan doloroso. Sabíamos de sobra lo que se les venía por el horizonte, lo mucho que iban a sufrir y los años que tardarían en volver. Se marchaban niños que tropezaban con las palabras al hablar, y volverían soberbios santos dorados. Era un paso adelante en nuestro destino, si. Poco a poco, toda aquella gloria que nos habían prometido y con la que habíamos soñado, se acercaba: casi podíamos tocarla con los dedos.
Sin avisar si quiera, Shura regresó portando a Capricornio. ¡Sentí tanta alegría al verlo! ¡Tanto orgullo! Era demasiado pequeño para portar el ropaje, y las circunstancias que lo habían llevado hasta aquel momento había sido delicadas, pero no me importaba. Me sentía inmensamente feliz de haber recuperado a mi pequeño amigo en mucho menos tiempo del que había pensado. ¡Lo había extrañado más de lo que imaginé! Y allí estaba, serio, luciendo increíblemente mayor… y convirtiéndose en el tercer santo de nuestra generación.
Entonces… Muchos se preguntaron por que nunca mostré emoción alguna cuando Saga y yo fuimos anunciados como los herederos de Shion. Ninguno lo llegó a entender del todo, ni siquiera Shura y Aioria. Probablemente, ellos menos que nadie. Pero la situación era extraña. Aquello, era probablemente lo más halagador, la mejor recompensa que podíamos recibir después de haber vendido nuestra infancia sin rechistar. Era algo que seguramente nos merecíamos… pero que yo nunca había querido.
Me gustaba entrenar, quemar energía dando unos cuantos golpes y probar mis reflejos con mi arco. Y aunque siempre me había imaginado como el maestro de Aioria, cosa que conseguí… sabía de sobra que el Templo Papal no era mi lugar.
Claro, que había otro factor importante. Saga era distinto, él quería otras cosas y perseguía otras ambiciones. Él servía para eso… para la política, para ocupar aquel lugar, y de verdad lo anhelaba. Su cerebro y el mío funcionaban de manera muy distinta, yo era más enérgico e impaciente, aunque no tanto como Aioria, y él mucho más templado. Siempre pensé que esa cualidad suya era perfecta, porque nunca paraba de pensar, de buscar un por qué y una solución a las cosas. Era la estrategia personalizada y había nacido con un don envidiable: el liderazgo. Yo también lo tenía, si, pero era diferente, yo lo sentía diferente: quizá porque lo hubiera seguido a donde fuera sin dudar, porque yo necesitaba de aquella seguridad y templanza que él derrochaba.
No penséis que me hice de menos frente a él, siempre me consideré un igual; pero en aquella ocasión, me di cuenta de que yo no necesitaba llegar tan alto, que no lo quería. Quizá, si hubiera sido un peso que ambos pudiéramos compartir por igual, hubiera estado verdaderamente feliz, porque Saga era perfecto para mi: él pensaba y yo actuaba.
Pero aquella nunca fue una opción que pudiéramos considerar. La sola idea de competir contra él por algo que ni siquiera quería, me resultaba devastadora.
Para mi, mientras los dos estuviéramos ahí… las cosas estarían bien.
Sin embargo, sus aspiraciones eran demasiado altas, y las mías demasiado bajas. Para mi bastaba con voltear la mirada, y verlo a lo lejos en el horizonte. Me recordaba que a pesar de todo, seguía ahí… pensé que mientras no escapara de mi vista, todo estaría bien. ¡Cuánto me equivoqué! Dejé de preguntar por Kanon, hice la vista gorda a lo que sucedía en Géminis porque siempre creí que Saga sería capaz de pedir ayuda si la necesitaba. Confié en que nada podría escapar de su control y que él siempre sabría que hacer.
Me limité a observar de lejos, y a creer lo poco que me contaba. Sabía de sobra que era un buen actor, siempre había sido así: sabía que debía decir, como debía decirlo, y cuando debía hacerlo. Le habían enseñado bien y había aprendido aún mejor a no dejar ver nada que no quisiera mostrar. Era imposible hacer que perdiera la compostura, que peleara cuando no debía hacerlo… Para todos, salvo para Kanon, al parecer. De todos modos, yo le creí: todas y cada una de las veces en las que dijo que estaba magníficamente bien, esbozando una sonrisa. No tenía motivos para mentirme, ¿verdad? Supongo que le aterraba sentirse vulnerable, como nos pasaba a todos. Era muy celoso de su intimidad, y yo, como su amigo del alma que era… lo sabía y tenía que respetarlo.
Su actitud hacia mi no cambió, aunque en ese tiempo nos veíamos menos, y el semblante cansado era una constante. Seguíamos igual que siempre, o eso creí. Obviamente, ahora las cosas toman mucho más sentido y comprendo detalles que antes ni siquiera percibía. Y en medio de aquel caos, llegó la hora.
Cuando Shion pronunció mi nombre, fue como si el mundo se detuviera. Instintivamente miré a mi derecha, a Saga: pero ni un solo gesto delató decepción o cualquier otra emoción. Busqué a Shion, con los ojos abiertos de par en par, sin creerme lo que había escuchado. Quise preguntar por qué. ¡No quería! Pero me topé con aquella máscara dorada que solamente reservaba para las grandes ocasiones, y supe que debía callar. Sabía de sobra que desde que habíamos nacido, cada gesto, cada comportamiento y cada palabra nuestra, habían sido analizados hasta el extremo. Más aún en aquellas últimas fechas.
Shion empezó a hablar, y sinceramente, no recuerdo nada de lo que dijo: ni siquiera le escuché. No podía dejar de ver de soslayo a Saga, que prestaba atención, tranquilamente, a la conversación. ¿Cómo era posible que le hubiera ganado en aquello? Supuse que Shion tendría un buen motivo, aunque yo no lograra verlo, después de todo no era más que un crío.
El maestro siempre nos quiso a todos, con locura y devoción: pero Saga había sido el niño de sus ojos, había nacido allí, lo había criado... Nunca le había tratado de un modo diferente al resto, nunca le había beneficiado sobre los demás, al contrario: le había exigido como al que más. Así que, con el tiempo, me convencí de que mi nombramiento no había sido más que una rara casualidad que tenía que afrontar.
Saga me felicitó, esbozando una sonrisa en medio de su semblante agotado, que yo le devolví titubeante. ¿Lo decía de verdad? No lo dudaba, aunque también sabía el golpe duro y certero que había sido para él. Cuando salimos de allí, me apresuré a seguirlo. Necesitaba verlo a los ojos sin que no hubiera nadie más allí, y saber que estaría conmigo en lo que estaba por venir. Grité su nombre y se detuvo a esperarme, y al alcanzarlo… Escupí atropelladamente, casi sin respirar, todo lo que pasaba por mi mente. Ladeó el rostro y escuchó mi retahíla de palabras sin pestañear si quiera.
"¿Estas bien con esto? Lo siento. Ni siquiera lo quiero. Tú lo harías mejor."
En un principio no dijo nada, solamente rió con suavidad, pillándome totalmente por sorpresa. "Esta bien, te lo mereces." Dijo. Su voz sonaba perfectamente correcta, pero hacía mucho tiempo que no veía durante tanto rato su sonrisa plasmada en el rostro. No supe como interpretarlo, pero acerté a formular la única pregunta que de verdad me importaba. "Lo harás conmigo, ¿verdad? Me ayudarás." No desvió la mirada un solo segundo, y asintió. "Lo prometo" murmuró. Después de aquello se dio la vuelta y siguió bajando las escaleras, dejándome atrás sin saber bien que hacer. "Lo harás bien." Dijo mientras se alejaba.
Me encontré sonriendo tontamente, devolviendo el gesto que había lucido él todo el tiempo, y convenciéndome de que no se sentía tan frustrado como yo pensaba que lo haría. Decidí que lo mejor sería darle su tiempo, su espacio, y esperar a que todos nos acostumbráramos a la nueva situación.
Aioria estalló en júbilo, y Shura, aún con su comportamiento siempre comedido… hizo lo mismo. Desde el primer momento, los dos habían depositado en mi toda su fe, habían demostrado estar seguros de que yo sería el vencedor, y estaban más que felices de ver aquel "sueño" hecho realidad. ¡Deseaban aquello infinitamente más que yo!
A partir de entonces, todo se volvió una locura. Si antes tenía poco tiempo, entonces, no tenía nada. Me esforcé por Aioria todo lo que pude, siendo consciente de que nunca le había podido prestar la atención que se merecía. Quería verlo llegar a ser un santo como nosotros, y quería ser yo quien le llevara hasta ese punto tomado de la mano. Pero pasaba la mitad de mi día en el templo papal, con Shion, aprendiendo un montón de cosas a las que ni siquiera le encontraba utilidad. ¡Saga hubiera estado feliz allí! ¡Siempre había sido un pequeño ratoncillo sabelotodo! Y sin embargo, era yo quien tenía que lidiar con todo aquello.
Me preguntaba cada día que sería de él. Apenas lo veía. Sabía que estaba prácticamente recluido en Cabo Sunion, vigilando la inmensidad de las olas, buscando una amenaza que detener. Lo extrañaba, lo extrañaba mucho. No hacía más que recordar la infinidad de horas que habíamos compartido entrenando, los sueños que nos habíamos prometido alcanzar… y su promesa de estar a mi lado sin importar qué.
Todo aquello parecía infinitamente lejano cuando vos llegasteis, porque lo hicisteis en medio del caos. Debimos imaginar, que vuestra llegada no solamente era motivo de júbilo, sino que como siempre se nos había recordado… era el aviso del peligro que estaba por llegar.
Vuestros ojos grises, vuestra risita adorable, y aquellas manitas diminutas, regordetas y suaves, que se aferraban a nosotros como si fuéramos su única salvación… nos hizo olvidar.
Recuerdo que Shion nos hizo llamar con urgencia, primero a nosotros tres. Fue extraño volver a encontrarnos bajo el mismo techo, especialmente por la presencia recelosa de Kanon allí, pero entonces nos lo dijo. Nos condujo hasta vuestro dormitorio, y nos dejó contemplaros por primera vez. Aquel fue el momento más especial de toda mi vida, ningún otro lo iguala. Erais tan pequeñita, tan bonita y delicada… que casi olvidamos que erais una diosa. Quizá era porque no estábamos acostumbrados a la presencia de niñas, pero fuisteis un rayo de luz en medio de la tormenta.
Abandonamos la habitación, sin querer hacerlo en realidad. Por primera vez, teníamos ante nosotros al verdadero motivo por el que habíamos entregado nuestras vidas y llorado sangre.
Kanon desapareció en apenas un suspiro, pero no me pasó desapercibido el modo en que Saga lo siguió con la mirada hasta que se esfumó. No tenía la menor idea de que pasaba con aquellos dos… aunque estaba seguro de que no debía preguntar. Saga y yo bajamos juntos hasta Sagitario. Intenté entablar conversación, recuperar algo del tiempo que habíamos pasado alejados, pero no tuve demasiado éxito. Apenas contestaba con monosílabos, o con un par de palabras casi inaudibles. Lucía tan pálido y tan cansado como nunca antes le había visto. Era como si su inmensa luz se estuviera apagando.
"¿Estas bien?" pregunté. "Sólo estoy cansado." Respondió, viéndome fugazmente. Los destellos esmeralda de sus ojos, se veían opacados por las sombras que se dibujaban bajo ellos. Supe que me estaba mintiendo, pero cuando lo vi alejarse rumbo a Géminis, no fui capaz de detenerlo. ¿Qué iba a decirle? Simplemente, nada sonaba adecuado. Me convencí de que todo iba a estar bien, de que nada cambiaría entre nosotros… pero me estaba dando cuenta de que Saga se estaba escapando entre mis dedos, y no tenía modo alguno de impedirlo. Estaba demasiado lejos.
Aquel fue el último día que vi a Kanon.
Su cosmos desapareció en la nada y no quedó rastro de él en el Santuario. No es que tuviera mucho tiempo o ganas, porque no decirlo, de buscarle. Kanon se había convertido en un gran problema para todos. Siempre había sido un chiquillo travieso, pero su difuso estatus estaba haciendo de él un continuo quebradero de cabeza. Ingenuamente, os prometo, que pensé que se había ido. Creí que finalmente había llegado a la conclusión de que era hora de acabar con los problemas y hacer lo más conveniente para todos: irse.
Soy consciente de lo sumamente egoísta que suena todo esto. ¡Pero el ambiente estaba tan enrarecido! Kanon nunca lo mejoró, más bien al contrario. Solamente necesitaba una palabra, un gesto… para sembrar la discordia allá donde fuera. Ahora se que él no se merecía muchas de las cosas que le sucedieron, pero tampoco nosotros éramos merecedores de su actitud y desprecio. Porque al final, era lo único que obteníamos de él: desprecio y burlas a nuestra dedicación y sacrificio. ¡A todo aquello por lo que habíamos sufrido tanto! Era tan injusto…
Creí que, aunque al principio fuera doloroso, sería bueno para Saga. A como yo lo veía, Kanon había llegado a ser un lastre para él. Saga se preocupaba más por su hermano que por si mismo, siempre lo había hecho, sin importar que nunca obtuviera un solo reconocimiento por ello: más bien al contrario. Sin importar lo mucho que Kanon se esforzó por tumbarlo.
Supongo que no podía estar más equivocado. En aquel momento, todas esas cosas surcaban la mente de un chiquillo que aún no había cumplido los quince años. Y aunque el egoísmo estaba en al final de nuestra lista de defectos… seguía estando ahí. Me alegré de que Kanon se esfumara y no le di más vueltas a lo misterioso de su desaparición. Nunca me paré a pensar cómo me hubiera sentido yo, si Aioria…
Si hasta entonces lo veía poco, desde entonces lo vi prácticamente nada. Un buen día Shion le dio la noche libre para volver a Géminis y descansar, pero Saga cada vez parecía más un fantasma que otra cosa. Quise acompañarlo a casa, pasar la noche sin hacer nada más que charlar de cosas inútiles y gastar un poco de mi tiempo con él. La realidad era que lo necesitaba y extrañaba, mucho. Pero no quiso. Estaba cansado, siempre lo estaba. Sentí rabia, porque no podía imaginar que hacía en Cabo Sunion para terminar siempre tan agotado como en realidad parecía estar. Me sentí ofendido y molesto, relegado a un último plano que poco le interesaba y me marché.
¿Por qué me fui y no me quedé? ¿Por qué no le obligué a decirme la verdad cuando sabía de sobra que me estaba mintiendo? ¿Por qué le dejé desaparecer en el olvido? Porque tenía una fe ciega en que todo lo que él hiciera estaría bien: en que jamás podría equivocarse.
Nunca volví a ver al Saga que yo recordaba, al que había querido y el que había sido mi mejor amigo. Me sentí desilusionado al principio, pero angustiado después. Creí que había sido un arrebato de inesperada rebeldía el que lo había llevado a desaparecer. Sin embargo, el tiempo me hizo ver cuan lejos de la verdad estaba. El tiempo pasaba, Géminis brillaba en solitario en el tercer templo, y no había rastro alguno de él. Si había sido capaz de abandonarla a ella…. Me temí lo peor. Lo busqué, relegué la infinidad de obligaciones que tenía, y lo busqué con todas mis fuerzas por todas partes.
Su ausencia me hizo sentir inesperadamente solo, aunque no lo estuviera en realidad. Tenía a mi hermano, que era un pequeño genio travieso y mi orgullo. Tenía a Shura, que siempre estaba ahí para mi sin importar qué… Pero Saga se había esfumado, y él era diferente. Habíamos crecido juntos y pasado por el mismo infierno prácticamente tomados de la mano. Había sido mi apoyo del mismo modo en que yo había sido el suyo, al menos eso quería decirme a mi mismo. Tenía mi edad, mi responsabilidad, era mi otra mitad.
Fracasé estrepitosamente en mi afán por encontrarlo, no pude cumplir mi promesa a Shion de que se lo traería de vuelta, que nos lo traería de vuelta. Murió.
Soledad. Vacío. Dolor.
Nunca antes sentí su mano férrea como en aquel momento, ni siquiera cuando siendo un niño perdí a mis padres. Shion había dado motivos de sobra para quererlo y extrañarlo: para admirarlo. No podía hacerme a la idea de que de pronto aquellos ojos rosados tan extraños y luminosos, no volverían a mirarme con la sabiduría que solo el tiempo otorga; de que ya no volvería a sonreírme y a tranquilizarme con un par de palabras.
¡Fue una sensación tan impresionante! Estábamos preparados para la muerte, para la nuestra y para la de los demás: para enfrentarla en cualquier momento con entereza. Sin embargo, uno no se da cuenta de todo lo que ese sacrificio significa hasta que es demasiado tarde y solo atinamos a secarnos las lágrimas con rabia. Me sentí completamente a la deriva. Quería gritar, llorar, y negarme desesperadamente a ocupar su lugar. Pero no podía…
Tras de mi, había mucha gente, demasiada. Aunque sin duda, solamente era capaz de pensar en esos nueve pares de ojos que deberían aceptar la noticia siendo tan pequeños… Yo, nosotros, al fin y al cabo teníamos quince años. Ellos crecerían sin Shion ahí para guiar su camino, para reprocharles sus errores con una paciencia infinita y para exigir cada día lo mejor de si mismos.
Solamente estaba yo.
¿Cómo iba a dirigir el Santuario? ¿Cómo iba a educar a un bebé tan especial como vos? ¿Cómo iba a lograr hacer de los niños, santos admirables? De ningún modo posible: daba igual desde que perspectiva lo mirase, sentía que yo no podría llevar a cabo esas empresas con éxito.
Siempre fui un tipo tal cual se me veía: sincero, despreocupado, cariñoso, probablemente demasiado transparente. Aquello me acobardaba enormemente. Nunca creí ser capaz de guardar las apariencias con algo tan doloroso como eso, pero sabía que los chicos lo necesitarían. Extrañaban a Saga tanto como yo, aunque ni siquiera estuvieran en el Santuario. El vacío que había dejado su cosmos, era tan inmenso que era difícil de manejar... y además, se añadía el de Shion.
Arles me dijo que no habría ningún funeral, que Shion era muy querido si, pero que lo que menos deseaba el antiguo patriarca era que se derramasen lágrimas en su nombre. No supe que responder. Asentí, lentamente, porque quizá tenía razón… quizá era mejor llorarle en la intimidad. Luego, mencionó que sería mejor darme un tiempo: para recuperarme, para vigilar que los chicos estuvieran bien, y para terminar de prepararme. Él se encargaría de todo.
Miré su máscara, gritando de alivio en mi interior pero disimulándolo lo mejor posible. Había algo extraño en aquel hombre, al que conocía de toda la vida. Ni siquiera era capaz de decir que era, pero había cambiado. Cada palabra que escapaba de sus labios era imposible de negar, sonaba convincente y lógico hasta el extremo: con una autoridad y sensatez que nunca antes había vislumbrado en él.
Lo agradecí infinitamente.
Cuando la noticia salió a la luz, Shura y Aioria se convirtieron en dos pequeñas fieras. Estaban disgustados y enfadados, terriblemente decepcionados. Yo sabía de sobra que me tenían prácticamente en un altar: que cumplir con sus expectativas era aún más difícil que hacerlo con las de Shion. Suelen decir, que quien más te quiere más te hará llorar… más te exigirá. Y es cierto: su rabia me hería en lo más profundo, no soportaba decepcionarles. No tenía una sola explicación que pudiera convencerles, pero yo sentía que había hecho lo correcto: que tenía unos buenos motivos para haber renunciado, al menos momentáneamente como creía, al trono. ¡Me sentía tan aliviado!
Sin embargo, no lo comprendieron. Llegaron a aceptarlo, porque no había más remedio, pero nada más. Se dieron cuenta de que nunca íbamos a llegar a nada con aquellas interminables discusiones en que me veía atrapado, porque no había nada que pudieran cambiar. Para ellos las cosas eran muchísimo más fáciles. Veían en la figura del trono lo más alto de la Orden: el mayor éxito que un santo podía cosechar… pero no vislumbraban todo lo que aquello conllevaba.
Me bastaba con besar vuestra frente cada noche, con llevar a rastras a Aioria hasta la cama después de cada entrenamiento. No era mucho pedir, ¿verdad?
Aquel era el pensamiento con el que me levantaba cada día. Me autoconvencía de que había hecho lo correcto, yo no era más que un crío después de todo. Si aquel trono había de ser mío, lo sería en su debido momento. Todas las noches iba a vuestro dormitorio, a mecer vuestra cuna durante un par de minutos y a veros cerrar los ojos. Hasta que un buen día llegué tarde.
Cuando vi el resplandor de la daga en sus manos, me enfurecí. Fue como si alguien sacudiera mi cabeza y de pronto me gritase: ¡te equivocaste y la pusiste en peligro! Actúe por reflejo, maldiciendo para mis adentros aquel oro que me cortaba hasta los huesos, mientras mis ojos eran incapaces de despegarse de aquella máscara oscura. Era una imagen lúgubre bajo la luz de las llamas… Pero él no cedía, ni tenía intención de hacerlo. Lo golpeé con todas mis ganas, hasta que noté el metal frío quebrarse bajo mi puño.
Cuando se irguió de nuevo y vi su rostro… Sentí tanto dolor como nunca en mi vida: fue como si aquella daga que aún sostenía en su mano temblorosa, se hubiera clavado en mi pecho. Él no dijo nada, solamente me miró con unos ojos que no eran suyos. Donde antes luciera la más hermosa esmeralda, no quedaba más que un mar de, brillante y espesa, sangre escarlata. Entreabrí los labios, quise decir tantas cosas… y cuando finalmente lo conseguí…
"Eres tú."
No lo era. Aquella sonrisa escalofriante, su mirada: nada tenían que ver con los gestos casi tímidos, pero sinceros, de Saga. ¿Pero qué importaba? Todos le habíamos dado por muerto, y siempre había estado allí, sentado en el trono que tanto había deseado. Comprender hasta que punto llegaba la realidad me dejó sin aliento. Encajé las piezas del puzzle sin apenas pensar. Comprendí que había pasado con el verdadero Arles, con Shion… Aunque nunca pregunté quién era él en verdad. Algo dentro de mi, ya lo sabía.
Deseé obligarlo a hablar, a confesar. Quise que pagara por lo que había hecho… Era imposible que fuera Saga, aunque su rostro me recordaba dolorosamente que así era: me negaba a creer que mi amigo… mi hermano, nos había traicionado de aquella manera.
Os tomé entre mis brazos en el preciso instante en que vi como su cosmos, que no se sentía, en absoluto, tan agradable como yo recordaba, se revolvía en su mano. Huí tan rápido como pude, sabiendo que cualquiera de sus técnicas sería mortal en mi cuerpo desprotegido. ¡Vaya si lo sabía! No me alcanzó de pleno, pero si lo suficiente.
Llamé a Sagitario en el preciso momento en que lo oí gritar a mis espaldas. Su voz me heló la sangre en las venas. ¡Había sido tan estúpido! Había caído en su juego igual que un ratoncito hambriento ante un poco de queso. Quizá no lo había planeado así, pero mi presencia le vino de perlas para eliminar al último gran estorbo que le quedaba con vida.
Corrí todo lo que pude, sin dejar de pensar en cuánto se habría reído de toda la Orden tras aquella máscara. Cada conversación, cada propuesta suya que yo había aceptado… Debió disfrutarlo porque, si quedaba algo de Saga allí, sin duda no había esperado que le resultara tan dócil. Aunque todas mis cavilaciones terminaron abruptamente cuando Shura se interpuso en mi camino.
Tragué saliva y volví a maldecirme. Debí haber sabido que solamente mandarían a un santo dorado tras de mi si de verdad me quería muerto… y el único que quedaba era él: Shura. Me horrorizaba la idea de estar en una situación tan comprometida como aquella, pero lo cierto era que confiaba plenamente en que él me escucharía. Casi respiré aliviado al darme cuenta de aquel detalle.
Las palabras surgieron de mis labios atropelladamente, pero sin una pizca de duda o indecisión. ¡Teníamos que detenerle cuanto antes! Pero ¿a quién? No fui capaz de poner la palabra traidor junto al nombre de Saga. No podía arriesgarme a hacerlo sin averiguar la verdad… y no podía meter aquella idea en la cabeza de nadie.
Shura me escuchó, estoico, sin que uno solo de los músculos de su cara delatara alguna emoción. Armó el brazo, y su cosmos brilló. Me callé inmediatamente, comprendiendo de golpe, igual que hiciera antes. ¡Fui un verdadero estúpido! Estaba haciendo y diciendo todas las palabras que se esperaba dijera un traidor. No había pensado, ni por lo más remoto, que mi renuncia al trono, mi actitud dócil y sosegada, llevaran a Shura a dudar de mi de aquella manera.
Yo tan idiota y Arles tan listo.
Os dejé escondida, apartándoos de la refriega e intentando por todos los medios que el chico comprendiera. Esquivé sus golpes, que aunque llevaban mi misma velocidad, carecían de mi potencia o experiencia: esperaba que aquella fuera mi ventaja, pero nunca la tuve. A mis ojos, Shura seguía siendo un niño. Sin embargo, de España había vuelto un hombre, un Santo Dorado de verdad, y no me di cuenta hasta aquel momento. Se mostraba duro, implacable, seguro de si mismo y de su verdad: convencido de que estaba haciendo lo correcto por la Orden y por todos. Encajé el primer golpe, luego el segundo, y otro más.
El cosmos de Saga había dejado una herida en mis costillas, y aunque quemaba como mil demonios, no era grave: solo lo suficientemente molesta como para entorpecer mi agilidad. Mientras, cada roce de Shura me abría la piel en grietas tan finas como uno de vuestros cabellos.
Entonces, vuestra risita infantil, aquel gorgoteo tan peculiar… resonó entre las rocas arenosas. Abrí los ojos desmesuradamente al veros gatear en medio de la trayectoria de Shura. Cuando escuché el nombre de Excalibur, todo se paralizó. En apenas una fracción de segundo, creeréis que no se puede pensar en nada, pero no es así. Pensé inmediatamente en Aioria, en lo mucho que me iba a doler no verlo más y en el sufrimiento con el que el Santuario lo recompensaría cada día de su vida. Recordé que Shura no había perfeccionado Excalibur, no importaba. Sabía que iba a morir, aunque me dolía que se viera condenado a mancharse las manos con mi sangre: solamente era un niño.
Os abracé con todas mis fuerzas y me esforcé por no caer. Sangraba demasiado, y apenas podía moverme con aquella herida. La cabrita lo había conseguido, en el momento más oportuno: la espada legendaria alcanzó la perfección en su primera y más importante misión. Entre jadeos, miré una sola vez atrás. Su silueta empezaba a tornarse difusa, pero se veía magnifico. Me sentí tan orgulloso de él… que solamente alcance a lamentar no haber sido capaz de ver a Aioria portando a Leo, luchando con esa fe por lo que creía. Huí tan lejos como pude… hasta que caí. Os acuné una vez más, mientras vuestros ojitos grises buscaban los míos, y vuestras manitas intentaban sacar de mi una caricia.
Lloré, lloré tanto como nunca antes. Ningún dolor, ni siquiera aquel… se igualaba al que sentía mi corazón. Les vi a todos ellos frente a mis ojos, como si estuviera pasando las páginas de un álbum de fotos, mientras sus risas y voces inundaban mi convulso cerebro. Les había fallado, pero ¿cuándo? ¿En qué momento había dejado que el Santuario se envenenase? ¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta de nada? No me importaba que nadie más lo hubiera hecho… yo era el máximo responsable: todos dependían de mi de alguna manera y no había sido capaz de protegerles. Shura y Aioria tenían razón… si tan solo hubiera tomado lo que era mío, no le hubiera allanado el camino a él.
Intrigas. Discordia. Sangre. Ares.
Me pareció tan claro en aquel momento, que me resultó imposible de creer que no me hubiera percatado antes. Comprendí que aunque todos habíamos considerado que alguien más a nuestro lado era invencible, no era cierto. Saga estaba tan muerto como yo. Recordé todas las veces que aseguró estar bien, todas las ocasiones en que mintió y en que mi fe en él fue más grande que la evidencia.
Cerré los ojos con toda la fuerza que pude. Lamentaba con todo mi corazón dejarlos atrás, hacerlo de aquella manera… en aquellas circunstancias. No podía siquiera imaginar todo lo que tendrían que vivir y sufrir sin que yo pudiera hacer nada. Me pregunté que había sentido Shion, e inmediatamente supe que nada distinto a lo que yo sentía. Ningún miedo a morir, pero si un dolor insoportable por lo que dejaba atrás: por la oportunidad perdida de abrazarles a todos una última vez.
Al que mucho después conocería como Mitsumasa Kido, apareció ante mi como un fantasma. Apenas podía verlo, mis ojos estaban tan nublados que solamente distinguía su silueta. Arrastre las palabras, en un último intento porque alguien supiera la verdad, porque alguien supiera quién erais en verdad y os quisiera como lo hacía yo. Me sorprende lo indecible que creyera a un delirante moribundo… Pero lo hizo.
Os besé torpemente y os dejé ir. "Perdonadme".
Vos, Aioria, Shura, Saga, Shion… Todos. Perdonadme. Con aquel doloroso sentimiento de culpabilidad, me disolví en la nada. Era curioso, porque el gran momento había llegado, muchísimo antes de lo que esperaba… pero había llegado. ¿Qué se suponía debía sentir? ¿Miedo? ¿Angustia? ¿Dolor? ¿Paz? ¿Tranquilidad? Sin duda, una mezcla de todas ellas: nadie quiere morir, al fin y al cabo, por muy preparado que se esté. Siempre hay algo que queda por hacer, algo a lo que aferrarnos…
Estuve muerto más de trece largos años, aunque mi cosmos nunca abandonó el Santuario. No tengo un solo recuerdo del lugar en el que estuve todo ese tiempo, solamente se que la paz que me acunaba cada día se rompió súbitamente cuando volvimos a la vida: exactamente igual que un niño al nacer, cuando la primera bocanada de aire es desgarradora.
Sin embargo, aquel lugar al que había vuelto era oscuro, frío, y con una atmosfera tan triste y nostálgica que rompía el corazón. Me miré las manos, envueltas en oro, mi oro, y casi por reflejó agité mis alas como solía hacer tantos años atrás. Tragué saliva, sabiendo que mis ojos iban a contemplar un milagro como solo podía ser aquel: la vida tras la muerte; y, despacio… me di la vuelta.
Los vi a todos, uno a uno. Envestidos con sus respectivas armaduras, luciendo miradas confundidas y avergonzadas, y aunque había muchos rostros que deseaba contemplar, solamente podía pensar en Aioria. Y ahí estaba: convertido en un hombre. Portaba Leo de un modo aún más gallardo y orgulloso que Shura tiempo atrás. Mantenía sus ojos verdeazulados bien altos, y su expresión transmitía fiereza y seguridad. Mas, tras aquel aspecto irreconocible para mi, había algo que delataba la vergüenza y el pesar que en verdad sentía. No tenía ninguna certeza de lo que había sucedido tras mi muerte, pero podía hacerme una pequeña idea. No me importaba, en absoluto. Tenía a mi hermano pequeño frente a mi después de trece años y solamente alcanzaba a pensar lo mucho que lo había extrañado. Se acercó lentamente hasta mi, como si el resto del mundo no existiera, y sonrió. Sus ojos, y los míos, se bañaron en lágrimas cuando apreté su mano entre la mía y lo atraje hacia mi con todas mis fuerzas para abrazarlo.
Dejé que un par de lágrimas escaparan, y revolví sus rizos rubios sin dejar que se fuera, mientras reíamos igual que dos niños pequeños. Buscó mi mirada rápidamente con la intención de disculparse, pero no era necesario. No había nada por lo que me tuviera que pedir perdón. Es mi hermano. Todo lo que tuvo que pasar, fue culpa mía. No me importa lo que dijera, lo que hiciera, que renegara de mi… solo me importa lo mucho que sufrió sin que nadie estuviera allí para consolarlo.
Después de aquello, quedaban otros dos rostros. Sin tener la certeza de lo que había ocurrido, era tan difícil juzgarles, como tan difícil tener una idea acertada de lo que iba a encontrar en sus miradas. Fueron inesperadamente parecidos: igual de cabizbajos, avergonzados, pesarosos, y a la vez absolutamente deslumbrantes. Precisamente era aquello lo que me dolió tanto al morir: saber que algún día, la verdad se volvería en contra de Shura. Aquella primera misión que terminó con éxito, que seguro fue seguida de un montón de felicitaciones y admiración… Acabó así. Con un santo dorado envidiable, incapaz de mantenerme la mirada; preguntándose una y otra vez, sin ninguna duda, por qué no me escuchó.
No tenía ningún motivo para mentirle, pero aquello, solamente lo sabía yo. Jamás podría culparle por hacer su trabajo asombrosamente bien, por tener la convicción suficiente para hacer lo correcto sin importa cuan duro fuera. Solamente podía felicitarle por haber llegado hasta aquel punto, por haber llegado a ser uno de los más grandes superando la misma muerte.
Y por último, quedaba Saga. Admito que aunque tenía la sonrisa plasmada en el rostro, estaba aterrado por lo que podía encontrar. Con él nunca sirvieron las miradas rápidas: tenías que conocerlo, tenías que llegar a sentir ganas de golpearlo y a la vez, de abrazarlo. Había que mirar aquellos ojos de un modo muy distinto a como todos lo hacíamos. Tuve que morir para saberlo.
Cuando le miré, tan serio como siempre, y su mirada se tornó brillante y acuosa por un segundo… Supe que todo se había terminado. Todo estaría bien, porque aquellos eran sus ojos, su sonrisa tímida… Saga había vuelto de donde quiera que estuviera metido durante aquellos trece años. Estaba allí, frente a mi, esperando mi reacción o mi primer paso. ¡Casi podía sentir sus nervios desde donde estaba! Me pregunté si los demás lo percibían del mismo modo que yo, pero estaba seguro de que no era así. Alguien que no lo conociera como yo, no podía notarlo: solo podía ver la fachada magnifica y poderosa, aquella mano que les había empujado o llevado a rastras a través de las Doce Casas vistiendo un Sapuri.
Me reí. Dejé escapar una carcajada de verdad, que después de tantísimo tiempo, me supo a gloria. Al principio Saga me miró espantado, pero apenas un segundo después sonrió. Ya no había nervios, ya no había pesar. Las lágrimas contenidas desaparecieron de sus ojos, y entonces me di cuenta. Había algo en él, a parte de lo evidente, que me recordaba infinitamente a la única persona en la que no había pensado hasta aquel momento: Kanon. Asentí y estiré el brazo hasta que su puño chocó suavemente con el mío.
"Has tardado." Dije.
"Tú también." Murmuró de vuelta.
Amplié la sonrisa y asentí. Ambos habíamos vuelto a la vez, era mi amigo quien estaba ante mi, ningún dios que lo manejara a su antojo. Y estaba allí, rodeado por su pequeño ejercito: los niños habían crecido. Lucían soberbios, impresionantes, pero a pesar de ello, algo en sus rostros me recordaba a la travesura que siempre les había caracterizado. Habían crecido bajo una mano de hierro y ahora estábamos allí, como un solo. Nuestro ejército. Saga a mi derecha, pero un paso por detrás... un gesto inapreciable pero que significaba muchas cosas.
Lo demás, fue fácil. Quemamos nuestros cosmos como nunca antes, sabiendo que ahí acababa todo, que era el mejor punto y final que cualquiera hubiera soñado después de conocer nuestra amarga historia… Era un final feliz después de tantísimo sufrimiento inmerecido.
Despertar después de aquello, fue una sensación tan extraña… Abrí los ojos, como si hubiera estado dormido en un largo y profundo sueño; con las extremidades entumecidas. Miré a mi alrededor, confuso como nunca y, sin que nadie mencionara nada, supe que estaba en casa. El aire tenía el mismo olor, la piedra de las paredes brillaba bajo la luz de las antorchas del mismo modo. La única diferencia era, que vos me esperabais pacientemente, mirándome con aquellos mismos ojos que me habían despedido mucho tiempo atrás, y convertida en una preciosa mujer. Entreabrí los labios, con la intención de decir algo, pero todo se me olvidó cuando me sonreísteis y abrazasteis con un cariño desmedido. Tímidamente, sin saber si era correcto o no, os rodeé con mis brazos de igual manera, y finalmente suspiré.
Era agradable estar en casa.
Aunque lo cierto era que no esperaba que fuera a ser así. Siempre me dijeron que en ocasiones, mi ingenuidad podía llegar a ser sorprendente. Supongo que ese fue uno de los momentos en que quedó en evidencia. Pensé que, después de lo sucedido en el Muro de los Lamentos, las cosas serían mucho más sencillas. ¡No podía haber estado más equivocado! Con el tiempo, los retazos de historia que me faltaban para comprender la verdad, iban acomodándose, dolorosamente, en su lugar. Y yo, me iba dando cuenta del esfuerzo sobrehumano que era necesario para no recordar cada uno de los días de aquellos trece años.
Todos tienen algo que desean olvidar, algo que reprochar, algo por lo que pelear o discutir. Yo intento, del mejor modo posible, comprenderlos del primero al último. Procuro manejar la decepción, el dolor y la rabia, tanto como puedo: olvidar el estigma de la traición. Aunque a veces, esos sentimientos sean más fuertes que la propia voluntad. La verdad es algo con lo que nadie esta preparado para lidiar, al menos no sin mucho trabajo y perseverancia. Hay que estar dispuesto a ofrecerla, y dispuesto a perdonar y pedir disculpas. Sino, nunca funcionara.
Me hubiera gustado ser el punto de equilibrio entre todos ellos: quien les uniera en esta marea de emociones y reproches, quien les calmara… Porque de alguna retorcida manera, soy parte del punto de partida. Incluso yo tengo mis propios asuntos que solucionar y sentimientos encontrados que mantener bajo control. Afrontar nuestras acciones y nuestros errores, aprender de ellos para no volver a cometerlos…
Aún así, solamente puedo decir que me siento feliz. He leído las cartas de los demás, todas salvo una, el último que falta: la que más me asusta. Puedo decir que gracias a ellas, gracias al dolor que contienen… comprendo las cosas un poco mejor y empiezo a conocerles a ellos de verdad. Me hubiera gustado que las cosas no hubieran sido así, que hubiéramos sido una generación normal. Pero entonces, ¿qué hubiéramos tenido de especial?
Esto es lo que somos: con nuestra infinidad de virtudes y nuestros pocos, pero enormes, defectos. Si tuviera que pedir algo, pediría que fuéramos capaces de dejar las cosas donde están: en el pasado, pero sin olvidar quienes somos. Del primero al último de nosotros, es especial. Incluso Kanon, que se que cuando lea esto fruncirá el ceño y escupirá alguna frase ingeniosa. Pero lo digo en serio…
Deseo con todas mis fuerzas empezar de cero. Volver a mirar a los ojos de los demás como si fuera la primera vez, y hacer las cosas bien desde él principio: sin equivocaciones y tropiezos. Quiero que no haya mentiras, que no haya secretos… y que si necesitamos ayuda, sin importar cuan grave sea el asunto, gritemos por ella. Ojalá hubiera podido ser la mano que les sostuviera antes de caer al abismo… ojalá pueda volver a serlo.
Aioros de Sagitario
-Continuará…-
NdA: Y… aquí esta! Una de las grandísimas incógnitas de toda la historia de Saint Seiya. Debo decir que mi idea, era dejarle para el último lugar, que fuera precisamente eso que él menciona, el punto de unión entre unos y otros y cerrara la historia. Pero después de leeros a todos, ver opiniones y demás, reflexioné mucho hasta cambiar de opinión.
Aioros es uno de mis personajes favoritos, podría decir que es el segundo. ¿Por qué? Porque Aioros es quien uno quiere que sea. Quienes leéis "Donde todo empieza" habréis encontrado pequeños detalles de ese fic a lo largo de todo "Nuestro Camino", pero sobre todo de este capítulo en concreto. Esa es la visión que yo tengo del arquero: puro, noble, leal, absolutamente adorable y cariñoso, divertido y gracioso de un modo totalmente natural y espontáneo. Puede ser tanto el héroe más brillante, como una calamidad rebosante de ternura, y a la vez con un montón de errores que acepta como son. Es bonito, le mires como le mires.
Espero que os haya gustado, como siempre. Mil gracias por vuestro tiempo y por vuestros reviews. Replies anónimos al profile.
Y… ¡Feliz cumpleaños, Aioros!
La Dama de las Estrellas
