~ Los personajes de APH no me pertenecen, sino a la mano de Hidekaz Himaruya. Este fanfic está hecho sin fines de lucro alguno, sino por simple entretenimiento.

Siento algo pesado el capitulo, pero necesario. Disculpas de antemano, haha~~ Contiene divagues mentales.

EDIT: Lo siento, no era Tezcatlipoca ni Quetzalcoatl, era Huitzilopochtli –se muere-. De antemano, muchas gracias Youko Saiyo. El mito refiere a la batalla que libraba el sol y la luna, cuando cambiaban de turnos sobre la bóveda celeste. Los mexicas temían porque el sol no saliera de nuevo, pero al otro día, el Sol, Huitzilopochtli, salía victorioso, cubierto de sangre -de ahí que el sol amaneciera rojizo-. ¡Muchas gracias! ^^

~ Progress

Por Berseker.

SEGUNDO CAPÍTULO

Caminaba. Caminaba sin detenerse, porque ¿qué mas podía hacer? Al final había optado por cubrirse la cabeza con su misma camisa, porque la gorra se le había caído en el carro de Alfred, cuando se le había ido encima en el asiento. Si lo hubiera botado al menos cerca de la carretera le habría ahorrado el dolor de piernas, pero no, ni siquiera se había inmutado a hacerle eso.

¿Desde cuando era todo así? ¿Desde cuando dejaba hacerle lo que se viniera en gana? Había cogido una planta en su trayecto sin rumbo, un pequeño cactus que había cortado con su navaja. Mascaba despacio, sintiendo el dulce sabor de la nula conciencia mental y poco a poco fue dejando de sentir el dolor. Cuando lo dejó de sentir, escupió parte de la planta, mientras que la demás la arrojaba lejos de su vista. Si quería más, solo debía de cogerla de la fauna.

El sol comenzaba a meterse y el cielo a colorearse con rojos y azules. Sonrió para sí mismo y en un abrir de ojos, la figura de su abuelo andaba junto con él. Se detuvo un momento, para girar y verle. Ahí estaba, con su esbelta y cubierta figura, el cabello oscuro y los ojos del mismo tono, tal y como le recordaba. Se preguntó entonces qué demonios hacía ahí. Aun faltaba un par de meses para que fueran las fiestas de los difuntos y él se estaba adelantando.

- Creo que me pasé con esa madre… -exclamó tosiendo, escupiendo el sabor del peyote que seguía en sus papilas, pero a pesar de eso, siguió caminando y su abuelo hizo lo mismo, a su lado.

- No debes comer eso, a menos que vayas a hacer el ritual debido –dijo a penas, sin darle la cara, siempre en alto- ¿No te avergüenza verte así?

- No me digas eso –pateó una pequeña piedra que vio frente a él- No ahorita…

Se quedó en silencio y continuaron caminando. Una fría brisa corrió por su cuerpo y le hizo estremecer. Cuando el sol comenzaba a desaparecer, la luna se dibujaba en el firmamento, al lado de la primera estrella de la noche, aunque a decir verdad, ese astro, pequeño a la vista de todos, siempre estaba ahí. En ese lugar, en ese lugar exactamente, su abuelo le resguardaba, mirándolo desde lo más alto.

- Uhm… -su abuelo infló las mejillas, molesto al ver partir al sol directo a la batalla-

- No te preocupes, abuelo, mañana va a salir a primera hora.

- Ese no es el problema aquí.

Fernando agachó la cabeza y sus pensamientos volvieron a inundarse del recuerdo de escasas horas atrás. La expresión infantil de Alfred, esos ojos azules que penetraban a cualquiera y su boca curvándose con arrogancia. Apretó los dientes y soltó de nueva cuenta una serie de maldiciones contra ese estúpido. En su vida lo había hecho sentir tan mal.

- ¿Ya terminaste de jugar con esos hombres disfrazados de dioses? –le cuestionó. Unas lágrimas cayeron desde esos grandes ojos de su nieto, contra la arena bajo sus pies- ¿Pequeño?

- Abuelito… -soltó entre gimoteos y deseó con todo su ser, poder abrazarlo, pero sabía mejor que nadie que eso era imposible ya- Es la última vez que me la hace… Te lo aseguro.

Pudo sentir una sonrisa sobre él. Siguieron caminando, y después de un rato, sus pasos comenzaron a sentirse torpes. Al fin la noche había caído encima de ellos y a penas podía ver lo que se cruzaba debajo de sus pies, pero aun así, a mitad de la oscuridad, no sintió miedo, mucho menos cuando el otro el acompañaba.

- Mira… Llegamos al camino de piedra…

Sus pies comenzaron a sentir el asfalto bajo él. Se abrazó a sí mismo un poco, sobándose los brazos para disminuir el frío y tratar de pasar la noche. Miró al cielo y la luna le cubría, seguramente ya era de media noche.

- Sigamos entonces.

- ¿No pretendes dormir?

- Por ahora no.

Le dedicó una sonrisa y continuaron caminando. Fernando lamía algunas veces el pedazo sobrante de la planta, que sacó de su bolsillo. El otro comenzaba a darle un largo sermón, y si pudiera, un buen bastonazo. México también cogió una vara del suelo, para tratar de parecerse como él y contraatacar si era necesario, pero solo terminaban riéndose de aquello.

- Cuando esté muerto, lo primero que voy a hacer será correr a abrazarte –le dijo, mirando al cielo- Y luego darte unos varazos también. -El azteca comenzó a reírse como no lo había hecho en buen rato. Cuando recuperó la compostura, carraspeó y siguió sin mirarle.

- Aun no es tu tiempo, hijo –esbozó una pequeña sonrisa- Aun podemos dar la cara por nuestra cuenta.

Fernando ladeó la cabeza de un lado a otro y se metió el último pedazo y lo mascó un poco. Sabía que su abuelo era una alucinación suya, pero no quería que se fuera, al menos quería que lo acompañase toda la noche caminando y eso pasó. Volvió a dejar de sentir las piernas y sus ojos parecieron cerrarse un instante, pensando en lo próximo que iba a hacer.

No quería ver a Alfred, eso lo tenía bien claro. Pero eso no era tarea fácil, sólo tenía en la cabeza los diversos negocios que tenía con él, que le daban trabajo a su gente y lo que significaría de verdad apartarse de su lado. No podía darse el lujo de hacerlo, no podía. Al menos no de esa forma. Buscaba y buscaba dentro de su cabeza la manera más precisa para hacerlo, pero al final solo podía concluir que Alfred era un tonto.

Sintió una calidez en su hombro, su abuelo había puesto la mano en él. Sonrió como gesto de agradecimiento y continuó con su labor. Ahora solo podía recordar los días cuando era un pequeño, vagamente lo hacía. Se vio cosechando y agradeciendo a los dioses por el nuevo día. Se vio corriendo, cazando y vendiendo entre su misma gente, que pagaba con cosas de mismo valor. Nunca daba más y tampoco daba menos. Daba lo justo.

Su cabeza chocó contra un duro poste de madera, donde colgaba una vieja lámpara. La luz se prendía y apagaba con frenesí y varias polillas volaban a su alrededor. Cayó al suelo de bruces, pero no quiso levantarse. Se había caído del sueño y sería hasta los primeros rayos del rojizo sol, cuando viera a Huitzilopochtli ganar la batalla, para poder continuar su camino.

Soñó una y otra vez lo mismo. Cosechando, agradeciendo, cazando y comerciando. A veces se encontraba entre una celebración, una fiesta alegre y merecida por el arduo esfuerzo de la gente. También oraba por que todo fuera igual y fuera como debía de ser. Todo entre ellos, cuando ni siquiera sabía de la existencia de Antonio, y mucho menos la de Alfred. Cuando el mundo era suyo y todo marchaba bien.

- ¡Arriba!

Una fría brisa le caló los huesos y sus ojos, rojizos, se abrieron de golpe. Ambas pupilas castañas contemplaron con deleite al astro rey salir desde el horizonte, tan imponente y poderoso. Las estrellas comenzaban a ocultarse, ya había hecho su trabajo por esa noche.

Fernando se reincorporó, temblando de frío, pero aun así lo hizo. Estiró los brazos y comenzó a caminar, hasta donde sus pies volvieran a detenerse. Su estomago hacía ruidos molestos y la cabeza le daba vueltas con levedad. Se sentía mareado e inclusive juraba querer vomitar, pero se contuvo como pudo. Podía ver la blanca y limpia túnica de su abuelo frente a él, ondear con el viento. Podía ver su aliento por momentos, pero tampoco estaba seguro. Hacía mucho que no caminaba por ahí, mucho menos en las situaciones en que se encontraba.

De nueva cuenta el sol se posaba sobre a él. Habrá sido su dios antes, pero ahora tenía ganas de asesinarlo. Seguía sintiendo hambre, el calor le estaba comenzando a jugar malas bromas. Por un momento lograba ver tiendas de paso y corría todo lo que podía, pero solo seguía viendo arena y más arena. No pudo soportarlo más, comenzó a imaginarse que se comía una tortilla con sal, pero de nuevo las náuseas le regresaron y esta vez si no pudo evitar el devolver.

Se limpió la boca y se sintió a desfallecer. Buscó a lo lejos más peyote para continuar caminando, pero no lograba divisar alguno. Maldijo, maldijo de nuevo y entonces escuchó unas palabras de despedida. Sus ojos voltearon a ver a su abuelo, pero éste se había ido ya, como las hojas que se llevaba el viento. Se dejó caer contra el pavimento y este le quemó mitad del rostro, pero no le importó. Se quedó ahí, anhelando con fuerza un vaso con agua y un poco de comida, maldiciendo a Alfred y odiando su vida por un momento. Las lágrimas volvieron a inundarle los ojos, que solo podía reflejar coraje.

- Wh-What are ya doin' here?

Ni siquiera se había percatado que, desde lo lejos, un auto se acercaba a gran velocidad. Se había detenido de golpe a un lado de él, pero no tenía ni cabeza para escucharlo y mucho menos para ver quien era. Cerró los ojos y sus últimas lágrimas se perdieron en el pavimento. Lo que a continuación sintió fue una mano girarle el rostro, pero por acto reflejo, la aparto de golpe.

- ¡¿Qué te pasa?

- A-Ah… ¿Te-Texas?

Sus ojos se abrieron de par en par, chocando con el chiquillo que seguía conservando su misma mirada. Por un momento pensó que era la virgen, que ya bajaba a por él. Quiso tocarlo, pero aun conservaba esa sensación de sentirse sucio, que prefirió abstenerse. Sólo le dedicó una sonrisa y ahora sí estuvo dispuesto a morirse.

- ¡M-México, párate! –habló- ¡¿Estás loco o te quieres morir?

Yo lo hago, respondió, cuando el otro le tendió la mano. Fernando se reincorporó, tambaleándose un poco, secándose el sudor de la frente. El otro le miraba fijo, pero no le quiso dar la cara. Por dentro, algo lo hacía sentir un tanto miserable, que sintió vergüenza de él. Sonrió otra vez con dificultad, temblándole el labio, pero se dio cuenta que le fue imposible hacerlo. Por un momento pensó que Alfred lo había mandado a por él.

- ¿Cómo fue que terminaste aquí, idiota? –volvió a preguntar, tan natural y con la frente en alto, que terminó rechazando sus propios juicios, bajando la cabeza, para evitarlo- …Uhm, sólo sube.

El joven volvió a subirse a su camioneta. Estiró la mano para quitarle el seguro a la puerta de al lado y así pudo transbordar al fin. Fernando se sentó a su lado y el auto arrancó. Recostó la cabeza en el respaldo. Sentía que en cualquier momento le iba a estallar. El texano le arrojó su botella con agua y la recibió, sin pensarlo dos veces para tomarla.

- ¿De verdad te encuentras bien?

Fernando la abrió con desespero y tomó casi todo de golpe. Era tanta la necesidad que sentía, que no le importó que su antiguo niño le mirara con repulsión. Sacó la cabeza por la ventana y vació lo que sobraba sobre ella. Se sintió en el paraíso, mas la brisa que le tocó, le hicieron descansar más que dormirse.

- Gracias… -atinó a decir-

- ¿Quieres comida también? –le preguntó después de ofrecerle un par de galletas que guardaba en su bolsillo-

- N-No, no las quiero vomitar, gracias… -negó con la cabeza y se llevó una mano a la boca, cerrando los ojos un momento- Gracias…

Repitió nuevamente. El joven a su lado lo miró de pies a cabeza, sin ser notado. Esto no era normal para los ojos del otro. Encontrarte a una nación, varada a mitad de la carretera, siendo rostizada por el sol y más aun, como si le hubiesen propinado una golpiza para recordar. No hizo más preguntas y le dejó descansar un momento.

- Al menos me hubieras avisado que te vendrías caminando –bromeó un poco, después de verlo abrir los ojos, a través del retrovisor- Alfred no me comentó que vendrías… Mucho menos que andarías jugueteando al valiente por mi casa… -infló los cachetes y sacó el aire después, aun seguía sin creerse que se lo había encontrado de esa forma a mitad del camino- Por lo general Alfred hace escándalos cuando vienes a visitarlo… Bueno, siempre.

Volteó a verlo y el chico se quedó callado. Nunca lo había visto tan serio. Sacó un brazo y se recargó sobre él, sin poder contestarle nada. Texas frunció el ceño y esta vez sí que se preocupó, así que optó por quedarse callado y manejar directo a su casa, sin escalas.

Cuando llegaron, el joven texano bajó primero del auto y corrió a abrirle la puerta. Este agradeció con otra sonrisa, pero a penas tocó el suelo y fue a dar de bruces contra él. Escuchó las risas de su chico, quien esperaba un contraataque, pero no lo hizo. Se levantó de nuevo sin aceptar su ayuda, el chico solo lo miró sin saber qué pensar.

Pasaron los dos dentro de la casa y México le pidió usar el baño para asearse un poco. El otro, sin oponerse, accedió y hasta fue a buscarle ropa limpia y a su medida. Fernando solo caminó hasta la ducha y se despojó de las vestimentas, recargándose sobre el azulejo. Se quedó un momento sin hacer nada, antes de girar las llaves y sentir el agua caerle sobre la espalda.

Cuando la sintió, no evitó arquearse y se preguntó por qué seguía sintiendo tanto asco. Trató de contenerse y solo dejó al agua caerle encima, llevándose aparentemente toda la suciedad en su cuerpo. Se llevó una mano hasta su cuello y su piel punzó repentinamente. Le ardía y le dolía, más que por los rayos del sol, seguía sintiendo los labios de Alfred presionarse contra él. Cogió el estropajo y trató de tallarse con las pocas energías que tenía, pero solo logró lastimarse más.

- Tch… ¡MALDITA SEA!

Y dio un fuerte golpe contra la pared y terminó de llorar lo que le quedaba por dentro. Escuchó la voz del otro llamarle, pero no respondió. Temió que lo hubieran escuchado, sólo quería largarse ya.

- T-Te dejo una muda de ropa aquí… -dijo por último- Cuando termines, baja al comedor. Debes de estar hambriento aunque me lo niegues.

Esperó a que se fuera del baño y cerró las llaves del agua. Se quedó un momento en pausa, tomando aire. Ya no estaba Alfred, ya no lo estaba. Repitió eso varias veces y así se tranquilizó. Estiró una mano para coger una de las toallas y se secó con suavidad. La aspiró un par de veces, relajándose más. Se acercó al espejo para ver su reflejo. El cabello húmedo se pegaba contra su quemada piel, que ya comenzaba a desprenderse en algunas partes. Un par de bolsas caían por debajo de sus ojos, reflejando las pocas horas que había dormido y el cansancio de haber caminado quien sabe cuanto. Más a parte de eso, sentía las piernas hinchadas y le dolía horrible la planta de los pies.

- Ya cállate, México. Ya estuvo bueno.

Se habló así mismo y optó por dejar de quejarse. Tomó la ropa que el otro le había hecho favor de conseguir, así que se dispuso a vestir. La tripa le volvió a sonar, pero el agradable olor que desprendían los shampoos del baño y menos mugre encima, le recompusieron en parte. Volvieron a tocar la puerta y este giró para abrir.

- ¿Y-Ya…? ¿Ya terminaste? –de nueva cuenta era el joven, quien asomaba mitad de su persona por el cuerpo.- Ya está servido…

- Ah, sí, ya voy –contestó, mirándole con dulzura- Sólo me pongo los zapatos y bajo, ¿está bien?

- OK.

Tomó su misma camisa, hecha andrajos, y limpió sus zapatos. Cuando estuvieron listos, arrojó la camisa al bote de basura. Volvió a colocárselos y abrió la puerta, arreglándose el cabello con la mano. El joven terminó cayéndose encima de él, seguramente no se había despegado de la puerta desde que él había entrado al baño. Logró sujetarlo y se controló, pero esta vez no lo recibió con un abrazo y el chico lo notó.

- T-Ten cuidado –dijo Fernando, apresurándose a incorporarlo- ¿Qué hacías ahí?

- ¡N-No me lo tienes que decir, tonto! –atacó, como le era costumbre- ¡A-Apresúrate!

Los dos bajaron y se sentaron, frente a frente. Una de las sirvientas de la casa llegó con los platos para cada uno, Fernando agradeció y comenzó a comer, de verdad hambriento. Esta vez midió sus acciones, pero a penas el otro daba el tercer bocado a sus alimentos, que fue pidiendo un poco más.

- ¿Ahora sí me podrías decir qué demonios te pasó?

Fernando siguió comiendo y solo sonreía quedamente.

- ¿Ya? –el otro, molesto, alzó una ceja- ¿O es que tratabas de venir a raptarme lejos de Alfred? –le cuestionó, desviando la mirada y con las mejillas bien rojas- ¡Hahaha! ¡Lo supuse! Pero como eres un imbécil, ¡no regresaré contigo! –canturreó, victorioso- Aunque muchos no lo crean, Alfred es un buen tipo~

- ¿Ah, sí?

Exclamó, cogiendo un pedazo de pan de la mesa. Lo partió a la mitad, no podía evitar ver la imagen del Alfred todavía en su cabeza. Se perdió un momento dentro de sí, de nueva cuenta apareció esa sensación de repulsión.

- ¿México? –este volvió en sí- ¿Te peleaste con… Alfred?

El pan se le cayó de las manos y sus ojos voltearon a verlo, abiertos de par en par. Sintió sus mejillas arder, sonrojándose por la impotencia de decirle algo. Abrió un poco los labios, buscando las mejores palabras para evadir el tema.

- N… No, Texas, te equivocas… -comenzó a decir- Esta vez… Yo solo… Ah –soltó un suspiro y se quedó callado, negando con la cabeza para sí mismo-

- Supera que ya no estoy contigo. Alfred es mejor padre que tú. –dijo de golpe. Fernando lo sintió como una mordida de víbora en los píes- Él no me desatiende.

-…

- ¿Así que pelearon otra vez por mí, eh? –sonrió orgulloso- No tienes que hacerlo, bien que lo…

- Lo sé. No me lo tienes que decir…

A Texas se le cayó el pan de la boca y no le despegó la mirada de encima. Tragó su bocado y dejó el plato de lado, mirando a Fernando de frente.

- Si hay cosas de las que me arrepiento, fue no haberte puesto la atención que merecías… Y cederle a tus demás hermanos a ese… -se ahorró las palabras- Pero ya que puedo hacer, ¿no crees? A pesar de eso, le agradezco a Estados Unidos que te haya cuidado mejor que yo.

Texas se quedó sin palabras y desvió la mirada. Se sintió mal, de cierta manera, y no pudo decirle otra cosa. Fernando siguió comiendo lo que restaba en su plato, tomando lentamente el jugo de naranja que le habían servido. Alzo el cuello y el chico volteó a verle, mirándole perplejo. Unas marcas recién hechas se dibujaban todavía, aun el moretón reflejado, y más marcado por él mismo, le robaron la atención. Fernando se dio cuenta y dejó el jugo sobre la mesa.

- ¿De verdad… Te peleaste con Alfred?

- No le digas que estuve contigo –pidió de pronto con pena en las palabras, levantándose de la mesa- Por favor…

- Pero, papá… -soltó sin pensarlo, poco le importó- ¡¿A-A donde vas?

Texas lo siguió hasta la puerta principal de su casa, correteándolo como un niño pequeño. Un nudo se le había formado en la garganta y no pudo continuar más.

- ¡D-Déjame llevarte a tu casa! –le pidió esta vez él- ¡Fernando, no te puedes ir así!

- De aquí sigo yo, mi'jo –volteó con una sonrisa- Gracias por la comida.

- ¡FERNANDO! –gritó con desesperación, jalándolo de la camisa blanca que le había prestado- Estúpido… -pero terminó por soltarlo

- Está bien, tomaré un autobús de regreso, ¿si? –le avisó-

- Habla a tu casa entonces…

- Quiero regresar por mi cuenta –dijo, tocando su cabeza con suavidad- Por un momento… Quiero olvidarme que soy un país.

-…

- Y pensar muchas cosas –terminó por contarle- Voy a estar bien, te lo aseguro…

- Gh…

- Hemos salido de peores antes…

CONTINÚA.

Muchas gracias a todos por sus comentarios y a los que se han suscrito a la historia. Prometo que ya va a salir Rusia ^^~ Y también presencia latina.