~ Los personajes de APH no me pertenecen, sino a la mano de Hidekaz Himaruya. Este fanfic está hecho sin fines de lucro alguno, sino por simple entretenimiento.
Phew… Creo que he escrito bastante en muy poco tiempo . . [nunca había hecho algo así]. Vale, gracias por leer~~
~ Progress
Por Berseker.
CUARTO CAPÍTULO
Después de varios días, volvía a sentir el agua caerle sobre la espalda. Gota por gota caían por su cuerpo, creyendo jurar, por un momento, que era capaz de contarlas. Dejó que toda la suciedad se la llevase el agua, inmutándose a ver como el agua descendía por sus cansadas piernas hasta perderse por la coladera. Después de unos segundos, cogió el estropajo con jabón, empezando a tallarse poco a poco. Cerró los ojos un momento, sonriéndose con tranquilidad, después de mucho tiempo.
Terminó por salir y al fin podía oler a flores, en vez de a animal muerto. Se enrolló con la toalla, caminando hasta su cama, donde se dejó caer. Aspiró el olor de sus sábanas, sintiendo que le ganaba el sueño. Hizo un esfuerzo para levantarse, aun tenía cosas por hacer. Se secó el cabello y se puso el pijama. Se agachó debajo de la cama para buscar sus sandalias, ahí seguían. Se las colocó y fue a verse al espejo de su tocador.
- Vaya… -exclamó, bajando un poco el cuello de su camisa para ver lo que buscaba. Esperó que no estuviera más ahí, pero ese maldito chupetón que Alfred le había hecho ya parecía tatuaje permanente. Supuso que sería por la fuerza en que se lo había hecho a su cuerpo, no que de verdad significara algo más- Por ahora, ya qué…
Estaba devolviéndose a su cama, cuando su jefe interceptó la puerta. Fernando no evitó quejarse, al contrario, trató de esconder la marca en su cuello. Estaba seguro que le quería decir que planeaba dejar a Alfred a un lado, pero le daba vergüenza si llegase a preguntar dónde se hizo esa marca (más aparte, creería que solo en esa semana se habría ido de parranda, con quien sabe quien). Se sentó en la orilla del colchón, mirando los papeles que luego recibió, después de batallar.
– ¿Esto qué? –alzó una ceja, pasándole los ojos rápidamente. Pendientes, pendientes, juntas, juntas. Nada del otro mundo, solo que no había atendido ninguno de esos asuntos. No respingó, al menos no mucho- Uhm… ¡Ay, si es cierto!
Dentro de todos esos pendientes, la conferencia de Rusia se encontraba resaltada con marca textos. Fernando no supo ni que decir, más que sentir una inmensa culpa. Seguramente Iván debió de haberle esperado todos esos días, en los cuales nunca se apareció. Ni siquiera una llamada. Un telefonazo rápido para avisarle que no se preocupara, o al menos, para decirle que luego le explicaba lo que pasaba, aunque… la idea de decirle al ruso lo que le pasó, lo llenaba de pena.
– Está por demás decir que tienes que pedir disculpas, ¿verdad? –habló su jefe, de forma seria- Y unas explicaciones a todos, ¿no crees?
– Lo sé… -exclamó, sin darle la cara- Yo… bueno, ahorita le llamó a Iván. Ya mañana veo lo demás… ¿Te parece?
- Pues ya qué…
- Entonces, buenas noches. –concluyó, esperando ansioso a que se marchara. El otro dio media vuelta, pero antes de salir, recordó algo, así que se lo dijo.
– El jefe de Estados Unidos mandó una invitación para tratar asuntos del TLC –habló serio- Bueno, ya sabes que no es una invitación. Te veo mañana. Buenas noches.
El moreno se quedó con la boca abierta y sin decir nada. El labio pareció temblarle, al menos estaba seguro que a Alfred no quería volver a verlo, en lo que le restaba de vida o al menos en la mayor parte de esta. Se llevó una mano a la frente, sintiéndose algo agobiado y más que fastidiado con la noticia. Debía de tranquilizarse, si no lo hacía, podría actuar estúpidamente, si no tenía una buena estrategia para confrontar la situación.
Se dejó caer sobre su cama, con los brazos abiertos y pensando en lo que iba a hacer con eso. Se cubrió la cara con ambas manos, negando con la cabeza un poco. Sabía que no era fácil, sabía que no nada más por desearlo, las cosas iban a suceder. Frunció el ceño y salió de su habitación, directo a la oficina de su jefe. Avanzó a paso lento, pero seguro. Llegó a la puerta y la abrió, pasando a aquel cuarto que había visto a tanto sentados en aquella silla. Soltó un suspiró, antes de ir a sentarse. Cuando lo hizo, tomó la bocina del teléfono, aun dudando de marcar. Quería hacerlo, pero después de que le contestaran, no sabía ni qué mas decir, mas a parte de un simple saludo, que ahora le resultaba difícil.
Se quedó unos momentos en silencio, tratando de razonar lo que diría. Dios, la cabeza le estaba empezando a doler. Se despeinó de la desesperación, tirando al suelo unas carpetas que estaban sobre el escritorio. Maldijo entre dientes, sin otra opción más que recogerlas. Se agachó, y allí mismo, en el suelo, se quedó contemplando los números en las hojas. Parecían ser una de las entregas de cuentas del dinero que se usaba para los servicios del país. Se quedó mudo, llevándose una mano para rascarse la cabeza.
– Ahora, ese dinero lo podríamos usar para otras cosas… -pensó en voz alta, mientras sus labios se curvaban poco a poco- Jaja, muy bien~
Recogió todo para acomodarlo en su lugar. Sacó la hoja, viéndola detenidamente para idealizar cosas mejores. Su mano libre volvió a coger la bocina del teléfono y marcó, sin dejar de ver las cifras de dinero mal utilizado que tenía enfrente. Se llevó el auricular al oído, pero en ese momento, varias ideas se cruzaban en su cabeza, como para poner atención en que no tardaron mucho en contestar.
– ¿Privet? –la voz de Rusia se coló por el otro lado de la línea, haciéndole estremecer hasta caer de la silla. Tan tierna, tan amable, tan educada. Sus mejillas se colorearon al instante, sin saber si había sido por el golpe o por la impresión de escucharlo- ¿Eh?
– ¿I… Iván? –pronunció su nombre, mientras terminaba por sentarse en el suelo, recargándose sobre el mismo escritorio- ¿E-Eres tú? Habla Fernando…
– ¿Fernando?
Fernando soltó un jadeo al escuchar su nombre. Trató de quitarse el cabello de la cara, pero la pena comenzaba a invadirlo. Cerró los ojos, tomando aire. Pensó que Iván estaría molesto, enojado con él. Eso ni siquiera el mismo ruso le había hecho, así que el rostro se le resbalaba hasta el suelo.
– ¿Fernando se encuentra bien?
El corazón le dio un vuelco imprescindible, que la mano se llevó al pecho, como si tratara de asegurarse que aquél órgano vital no se le saliera de su sitio. Qué demonios. Rusia ahora le preguntaba que si se encontraba bien, con un tono sumamente preocupado, que le hizo enrojecerse aun más de lo que ya estaba. Tragó saliva, tratando de mantenerse firme, aunque tenía más ganas de írsele encima, abrazarlo y pedirle disculpas.
– ¿Fernando? ¿Estás ahí? No te vayas, por favor… -le dijo, en un tono de suplica. Se llevó una mano a la boca, sin saber si sentirse culpable o afortunado de que alguien como él, fuera su amigo, a pesar de las cosas que le había hecho-
– N-No, Iván… aquí sigo, disculpa… -se quedó un momento en pausa, algo nervioso- Rusia, yo… bueno, no sé cómo empezar, pero… lamento que… y lo estoy diciendo de verdad… perdóname por, bueno… enserio, desde lo más profundo de mi corazón, que me… pues… -unas risitas le interrumpieron- ¡N-No te burles!
– ¿Fernando se encuentra bien? –volvió a preguntar, esta vez más suave
– S-Sí… -siseó, apretando el puño. Cada palabra que le decía Rusia, la sentía como una dulce caricia, algo de lo que verdad no había sentido en todo este tiempo- Perdóname por hacerte esperar ese día… y por no llamarte. Lamento haberte arruinado estos últimos días. Sé que no tengo perdón de Dios, pero… si hay algo que yo pueda hacer para remediarlo, no dudes en decírmelo, por favor. Perdóname, Iván. Lo siento mucho, de verdad… no era ni mi intención… hacerte preocupar.
– Saber que Fernando se encuentra bien… es más que suficiente para mí.
– … -el mexicano sonrió calidamente, después de mucho tiempo- Muchas gracias… ¡Oh! ¡Y Rusia! –le llamó, tomando con fuerza la bocina, mezclando los nervios con las ansias. Sus mejillas se colorearon, pero esta vez más suavemente- ¿Regresarías a tu casa… después?
– …-se escuchó soltar un suspiró, a lo que Fernando decayó el animo levemente- Sólo si México quiere.
– ¡Sí! –contestó rápidamente con alegría- ¡Cuando gustes!
– Entonces, te veré pronto, ¿da?
– ¡Seguro! –miró la hora a través del reloj de la pared. Era algo tarde, y seguramente había despertado al ruso- Bueno, Iván. Que tengas un buen día~
– Que tengas una buena noche, Fernando…
El ruso terminó por cerrar la llamada, dejándole aun pasmado por cómo pronunció su nombre al final. No era una simple despedida, cada palabra que salía de sus fríos labios se sentía más que cálida al oírla. Te hacía estremecer cada poro de la piel, dejándola con una sensación muy difícil de olvidar. Por un momento pensó que Iván estaría en la casa, esperándolo en su habitación, para verse de nuevo, pero… Se volvía a llevar la mano al cuello, y ahí había algo que no lo dejaba en paz. Una marca, una marca que parecía el sello personal del señor Jones.
– Maldito seas, Alfred…
El día volvía a colorearse gris. No se había levantado con mucho ánimo y la espalda le dolía un poco. Sentado en el comedor, esperando el desayuno mientras leía el periódico, su jefe se acercó, no para saludarlo exactamente. Era demasiado temprano, según él, para comenzar a pedirle cuentas. Dejó el diario de lado, tocándose las sienes. Descansado no se encontraba. Después de terminar su emotiva plática con Iván, había marcado otras treinta dos, incluyendo a Texas, para disculparse por el largo martirio que les había provocado. Había recibido todo tipo de quejas e insultos, que aun los tenía resonando por los oídos.
– Bien, Fernandito –comenzó su jefe, pidiendo una taza de café, después de que una de las muchachas le trajera unos buenos chilaquiles al moreno.
– No me eches a perder la comida, ¿quieres? Te lo tengo que decir, a ti, aunque no quiera… –dijo, torciendo la boca. Estaba por demás decir que cuando decían de esa forma su nombre, lo molestaban de sobremanera y le daban a entender que no se la iba a acabar.- Ya no quiero ver nada con Alfred.
Su jefe le miró con la boca abierta, sin siquiera parpadear. Sus ojos, abiertos como dos platos redondos, le miraban sin quitarle la vista un segundo y no le daban crédito a ninguna de las palabras que le había dicho. Seguía comiendo, mientras partía un bolillo a la mitad y comenzaba a comerse el migajón de adentro, cuando, aun mascando, se abrió los primeros botones de la camisa, mostrándole el moretón que todavía seguía impregnado al costado izquierdo de su cuello.
– ¿Ves esto? –le preguntó, alzando ambas cejas, mostrándose incrédulo de manera sarcástica- Ese hijo de puta me lo hizo. –terminó por decir aquellas palabras, que seguramente ni su jefe quería oír- Sí, tu adorado Alfredo F. Jones –dijo cantándole el apellido tan como sonaba en su idioma, diciendo primero el Jo y después el nes, tal cual hubiera dicho un niño que no sabía hablar inglés.
– ¿Pero qué hiciste? –Fernando enrojeció, dejando caer el tenedor a un lado, mientras maldecía sin preocuparse por las madres ajenas de culpa. Se agachó para recogerlo, pidiendo a gritos otro tenedor, como nunca lo había hecho.
– ¿Qué hice, preguntas? ¿Eh? ¿Quieres saber qué mierda hice para que ese puto cabrón hijo de zorra me llevara a mitad del desierto y me dejara tirado como basura? ¿De verdad quieres saber que hice para que me calles diciendo que trate de entender al descerebrado de Alfred? ¿Qué sus razones ha de tener por haber querido casi vio…? –calló, no iba a dar explicaciones de lo que le había hecho, más bien, de lo que le había obligado a hacer. Se levantó de la silla, golpeando la mesa, asustando a la muchachita que le había llevado un tenedor nuevo y ganándose la seriedad de su patrón- ¡Tratar de defender a mi gente, carajo, eso fue lo único que hice!
El ambiente se quedó en silencio por un minuto entero, el más largo tiempo en el que no se pudo escuchar nada más. Fernando soltó otro par de maldiciones y tomó asiento de nuevo, recibiendo de las temblorosas manos el tenedor nuevo. No le quitó su castaña vista al hombre que tenía enfrente, al contrario, era él quien ahora parecía clavársela como dos filosos cuchillos.
– Sé que no es fácil y sé que no se puede hacer eso de la noche a la mañana… -le comentó, sumergiendo un pedazo del mismo bolillo dentro de su oscuro café- Pero tampoco es algo imposible de realizar… -terminó de hablar, llevándose el pan remojado a la boca- Sólo que esta vez, todo lo que vayas a hacer, me preguntas a mí primero, antes que esa bola de huevones. ¿Estamos, sí o no?
–… No puedes tomar una decisión así, Fernando… lo sabes mejor que nadie.
– ¿Y que chingados no me expliqué? –se dejó caer en el respaldo de la silla- Lo primero que vas a ir hacer ahorita, para que me entiendas, es ir reducir a una quinta parte el dinero que se invertía en seguridad.
– ¡¿Estás loco? –se levantó esta vez su jefe ante él, apoyándose sobre la mesa- ¡¿Cómo crees que voy a hacer eso?
– No vamos a seguir una guerra entre nosotros –apretó el puño y golpeó la mesa con fuerza, obligándolo a sentarse. Su jefe le miró estupefacto, negando la cabeza, mientras él empezaba a asentir, afirmándole lo que ya presentía- Seguridad a cambio de seguridad. Luego, nos preocupamos por comer, porque a nadie le gusta que le estén fregando cuando comen. –ladeó la cabeza, indicándole la salida con esta- ¡Como vas!
Su jefe salió disparado de ahí, sin decir lo molesto que se encontraba. Esperó a que se fuera de ahí, para dibujarse una sonrisa, satisfecho por lo que había dicho y hecho, aunque luego las manos le empezaron a temblar. Era la primera vez que lo hacía, pero pensó que lo había hecho bien, o al menos, había dejado claro lo que quería. Siguió desayunando, era lo menos que podía hacer por ahora.
Los días pasaron como el viento y el cielo se tornaba de azules ligeros. Sobre tierra, un par de manifestaciones, pero solo eso, por una vez en su vida, la gente no tenía por qué reprochar. Cada quien cumplía su parte, como parte de un acuerdo. Y eso sería, un acuerdo donde el uno y el otro cumplieran su parte. Podía sentarse por momentos a contemplar la ciudad, tomar un café en la tarde, revisar los pendientes internos y cumplirlos con calma. No negaba que se tornaba algunas veces tedioso, pero ya no se trataba que si quería o no, tenía que hacer las cosas. Y por él mismo.
Una mañana, Fernando tuvo que levantarse más temprano de lo que debía. Se alisto con uno de sus mejores trajes y se miró al espejo, mientras terminaba de abotonarse la camisa bien planchada. Antes de cerrarla del cuello, se miró la marca. Aun no desaparecía. ¿En cuántos días se quitaría al fin? No lograba vislumbrar un avance es aquello, eso lo preocupaba, más que nada, porque no podía quitarse de la cabeza los recuerdos que incluían al rubio norteamericano. Soltó un largo suspiro y mejor optó por ponerse la corbata. Se dirigiría al aeropuerto, a tomar el vuelo que lo llevaría a Los Ángeles, para la reunión.
Había puesto muchas trabas para no ir. Pero tampoco era justo andarle exigiendo a su jefe y no poner mucho de su parte. Eso ya era algo personal. No deseaba ver a Alfred. Y la había pasado muy bien sin verlo, o al menos, relajado se encontraba. Pero el estrés le llegaba, cuando se imaginaba cruzando la puerta, para dar inicio a una conferencia, la cual, por cierto, ignoraba el motivo. Terminó de alistarse y salió de casa, abordando el coche, que lo llevaría a su destino.
Su celular comenzó a sonar de pronto en su bolsillo, causándole cosquillas. Lo sacó rápidamente, mirando de quien se trataba. Era de un teléfono público, pero aun así contestó sin mucho preámbulo.
– ¿Bueno? –habló primero, su jefe, sentado a su lado, le miró expectante. Fernando le sacó la lengua y se giró, volteándose a la ventana- ¿Quién habla?
– ¿Fernando? Habla Rusia~ -Al mexicano se le resbaló el celular de las manos, pero aun así logró sujetarlo, brillando por tan diversos malabares.
– ¡A-Ah! –exclamó divertido, pero su jefe, ya con el humor muerto, le frunció el ceño. Seguramente pensaba que se iba a escapar otra vez- ¡Rusia! ¡Iván! ¡Eres tú! –con esas palabras evitó otra miradota del otro, sorprendido por escuchar ese nombre- ¿Cómo estás?
– Da, Rusia se encuentra bien. –exclamó, riéndose un poco con alegría y júbilo
– ¿Entonces por qué me llamas desde un teléfono público? –preguntó de golpe, con una ceja arriba, llamando más la atención del otro-
– El celular deja de tener cobertura cuando salgo de casa –Fernando se miró sorprendido
– ¿Entonces no estás en tu casa?
– Net. Estoy en la tuya.
– ¿En la mía? Ah… ¡¿En la mía?
El carro se frenó de golpe, si creer lo que había escuchado. Su jefe casi da el grito de histeria pero se controló, tomando aire con calma. Fernando volteó a verlo, preguntándole con señas faciales si Rusia había dado aviso a su llegada al país, de nueva cuenta. El otro negó con rapidez, así que el moreno tuvo que pensar en algo rápido.
– ¿E-En donde estás? –le preguntó, luego asintió un par de veces y miró su reloj de mano, tratando de calcular el tiempo- Llego como en media hora, no te muevas de ahí, ¿si? –y colgó, abriendo la puerta de su lado
– ¡Fernando, ¿a dónde piensas ir? –su jefe lo tomó del hombro, pero México, por inercia, le apartó la mano de golpe. Hubo un silencio entre ellos, que se quedaron viendo por un largo segundo. Siempre gritándose, siempre peleando, pero era la primera vez que Fernando le hacía tal grosería- ¿Fernando…?
– Perdona… n-no era mi intención hacer eso… -se disculpó sin verle a la cara, con un poco de pena, ¿pero cómo le iba a decir que sentía asco a sí mismo cuando lo tocaban? Peor aun, que lo hicieran donde Alfred le había dejado aquel vergonzoso recuerdo-
– Estados Unidos no solo te dejó tirado en el desierto, ¿verdad? –México apretó los dientes, dando media vuelta- ¿A dónde piensas ir?
– Con Rusia… no lo voy a dejar plantado otra vez…
– Está bien… -el moreno volteó a verle rápidamente, esperando un grito o una buena excusa para convencerle que tenía que asistir a donde él. Había dicho aquellas palabras con suavidad y comprensión, no con enojo e irracionalismo. Por un momento lo sintió comprensivo y protectivo, algo que hacía décadas no lograba sentir- Ya me haré cargo yo entonces. Al menos barre la casa –y cerró la puerta tras del otro, quien escuchó el motor encenderse de nuevo. Fernando se acercó y pegó su cara en el vidrio, mirando directo a los ojos del hombre
– Dile a Alfred que se meta su puta conferencia por donde le quepa…
Su presidente soltó una carcajada y el carro arrancó. Fernando se despidió con una mano, mientras los ojos se le humedecieron un poco. Negó con la cabeza y corrió a la banqueta, dispuesto a buscar un taxi. Avanzó con rapidez, topándose con un charco, donde pudo mirar su reflejo. En mucho tiempo se había arreglado tan bien, muy conveniente para la ocasión, pensó, se veía tan atractivo, que solo le faltaba un ramo de flores para ir a pedir la mano de la novia. Soltó unas risitas, saltó el charco y fue a un puesto, pidiendo una docena de los mejores girasoles que tuviera.
– Tome, gracias –le entregó el dueño con una sonrisa, recibiendo el dinero- Suerte, joven.
– Gracias… -Fernando no evitó echarse a reír, coloreándose de las mejillas y partiendo a su destino de una vez.
Abordó un taxi, y después de atravesar su mala vialidad, la cual pensó en corregir también, llegó al aeropuerto, con una elegante hora de retraso. Cerró la puerta del coche y agradeció, dando media vuelta para echarse a correr dentro del lugar. Buscó con ánimos al ruso, y allí lo vio, sentado en la sala de espera, platicando con un par de niños. Su corazón se agitó de sobremanera y una gran sonrisa se le formó en sus delgados labios. Se acercó a paso apresurado, sujetando con fuerza las flores que resaltaban entre sus manos.
– ¡Iván!
El ruso volteó sin demorarse un segundo. Sus ojos violetas se cruzaron con los suyos, iluminándose como por arte de magia. Iván se levantó de su asiento, dejó su maleta y a aquellos niños, quienes se despidieron con alegría de él. A penas lo vio dar un paso, cuando se suponía que él debía de hacerlo primero, pero su cuerpo tibio logró sentir al otro sujetándole con fuerza, en un tierno y fuerte abrazo, que necesitaba desde hace semanas atrás.
- Iván…
- Fernando, no sabes cuanto te extrañé…
Después de varios días, sus manos cobraron vida por voluntado propia y se aferraron a la espalda del ruso. Aquellas flores que le había comprado terminaron en el suelo e Iván solo podía sentir pequeñas gotitas humedecer su pecho. Fernando se soltó a llorar sin pensarlo, gritando y gimiendo a su lado todo lo que le faltaba. Había reunido todos esos sentimientos sucios que le llenaban por dentro y en ese mismo instante los había dejado salir, tal vez por accidente, o simplemente porque su corazón lo necesitaba.
CONTINÚA
Gracias a Akeifa por sus comentarios, a Youko Saiyo por los buenos consejos, a Loreley Kirkland por leer mis fanfics [que por cierto, nos conocemos desde el deviantart xD], a doña Usagui, que fervientemente sigue esta secta (¿?)~ ¡Ah! Y a Lily Yavetil y a Smile I Exist, que me acompañaron desde el primer capitulo [pero por taruga no hago las cosas]. Vale, nos estamos leyendo. Dudas, quejas, tomatazos~ No se inmuten, por favor.
