~ Los personajes de APH no me pertenecen, sino a la mano de Hidekaz Himaruya. Este fanfic está hecho sin fines de lucro alguno, sino por simple entretenimiento.
Uh~ Bueno. Sin mucho que decir, aquí les dejo a su disposición el capítulo cinco ^^.Gracias por leer y dejarme robar algo de su tiempo~ No odien a Alfred, él solo necesita de un buen hombre como México… 3.
~ Progress
Por Berseker.
QUINTO CAPÍTULO
Iván olía a manzanilla, no lo podía evitar. Olía de una forma muy deliciosa y placentera, podía aspirar su cuerpo contra el suyo, frotándose en ese abrazo que parecía no tener fin. Llorando como un niño, lágrimas mezcladas entre la alegría y la tristeza, mientras su voz era apaciguada por su fuerte pecho. No supo cuando se detuvo, pero lo hizo. Sin despegarse de su lado, evitó darle la cara, pero las finas manos rusas, ocultas tras los guantes de piel oscura, lo tomaron con delicadeza del rostro. Lo pudo contemplar con detalle. Sus mejillas enrojecieron más de lo debido, apelándose más por las últimas gotas que caían al pasar.
No se dijeron nada. Los dedos de Iván se dedicaron a limpiar los restos que quedaban en sus ojos. Fernando los cerró, tomando ambas manos del otro. Se acercó a una, acariciándose a sí mismo contra ella. Le dedicó una sonrisa, una pequeñita, pero plena de agradecimiento. El ruso le devolvió el gesto y se separaron al fin. El moreno se agachó al suelo, para recoger las flores que había dejado caer antes de abrazarse contra el otro.
Las revisó de reojo con rapidez. Por suerte no se habían maltratado, así que extendió ambos brazos, entregándole el pequeño gesto que compró. Los ojos del ruso parecieron brillar con dulzura, recibiéndolas casi de inmediato. Eran flores muy bonitas, las que a él más le gustaban y que el mismo Fernando le había dado a conocer. Sonrió de oreja a oreja, más que feliz, por el obsequio.
- ¿Estás cansado? –preguntó el moreno, comenzando a andar para tomar las cosas de Rusia y partir de ahí. Se limpió los ojos con la manga de su traje, para eliminar de una vez la huella de que alguna vez había llorado- ¿Tienes hambre? Podemos pasar a la casa para que dejes tus cosas…
- Da –le dijo, con el mismo ánimo- Sólo serán un pequeño tiempo. Debo de regresar pasado mañana a primera hora –le informó, acariciando los pétalos amarillos de una de las flores- Esta vez, Rusia se escapó de su casa para poder visitar a Fernando.
- Jajaja, genial –palmeó su espalda, volteándose a ver entre ambos, cómo si fueran dos amigos que se reunían para hacer travesuras, como cuando se era pequeño- ¿Y… no te van a regañar?
- No importa, no importa –repitió, muy emocionado- ¿Podríamos desayunar en tu casa?
- Seguro~
Cuando llegaron a su casa, Fernando le dejó pasar primero. Acomodó la maleta a un lado de la puerta, para que después la acomodaran donde sería su habitación. Los dos caminaron hasta el comedor, donde el mexicano le invitó a tomar asiento. Iván aceptó con gusto, sintiéndose bien recibido. Ese lugar era uno de los pocos donde de verdad le trataban como en casa. Antes de sentarse, se quitó su saco, entregándoselo al moreno, quien de paso le preguntó si quería algo en especial para comer.
- Lo que Fernando quiera, da –dijo, acomodándose su bufanda con gusto y tomando asiento después- Oh, ¿Fernando también va a desayunar? –preguntó, volteando a verle
- Claro –le respondió con una sonrisa, cantándole con gusto que pagaría todo el tiempo perdido de la vez pasada- Entonces prepararé algo especial para los dos, ¿está bien? –le guiñó un ojo, mostrándole su puño en señal de victoria- ¡Regreso rápido!
- ¡Da!
Mathew entró con los hombros en alto, escondiéndose detrás del oso blanco que cargaba entre brazos. Saludó con cortesía a los que lo notaban. Hace unas horas que había llegado del aeropuerto, y siendo lo más puntual, abrió las puertas de la sala, donde sería la reunión entre ellos. Aun no se explicaba del todo por qué la insistencia de tan abrupto viaje, pero era Estados Unidos, no podía hacer mucho por remediarlo. Caminó entre un par de periodistas, abriéndose paso hasta la silla que había sido reservada solo para él. Cargó a Kumajiro con una mano, mientras la otra la ocupaba para releer el mensaje que le había llegado, minutos antes de partir a su casa.
- Ahh… –miró el remitente con detenimiento, sin saber qué pensar. Se extrañó como nunca, se suponía que aquel que le mandó el mensaje debía de estar sentado a su lado, pero parecía todo lo contrario- Fernandou…
"Disculpa, Mati, no me esperes despierto… Jajaja, no es cierto. Creo que no voy a poder verte esta vez, será la próxima. Cuídate mucho."
- Avez-vous des pròblemes?
"Por cierto, dile a Alfred que se pudra."
El canadiense no podía explicarse mucho acerca de tal mensaje, pero cada vez que lo veía, una sonrisita se le escapaba al terminar de leerlo. Guardó su celular en el bolsillo, escuchando, de pronto, un par de pasos acercarse. Volteó a ver de quien se trataba, llevándose una gran sorpresa. A mitad de la sala, el jefe del mexicano se acercaba para sentarse a su lado. Le saludó con una sonrisa, pero de verdad, Fernando no faltaba porque sí a una reunión.
En una habitación contigua a la sala de conferencias, Alfred seguía sentado en si sillón, sin moverse siquiera. Su cabeza descansaba sobre el respaldo, mientras su mente vislumbraba la silueta de Fernando regresar a él. Por dentro se sentía ansioso por verle, desesperado, con ganas de darle un fuerte abrazo y que esa imagen quedara perpetua en la primera plana de todos los diarios que saldrían a la venta a primera hora del día de mañana. Pero significaba más que solo eso, todo el mundo tendría en claro que México siempre estaría con Estados Unidos, incondicionalmente.
- Mister Jones…
Una voz interrumpió sus pensamientos. Abrió los ojos y giró con la silla a verlo, se trataba de uno de sus hombres de confianza. Pero hoy no le traía una buena noticia, al contrario, llegaba para informarle la ausencia de cierto jovenzuelo que deseaba ver con ansias. Fernando no había llegado, tuvo que repetírselo dos veces para que su cabeza lograra recibir la información. Alfred se levantó de golpe, tomando su chaqueta para salir con rapidez del lugar y encontrarse con su fatídica ausencia.
- Geez…
Se quedó mudo de la impresión, sin borrarse la sonrisa arrogante que le adornaba. El presidente de México y su hermano se levantaron al verle, pero hizo caso omiso al acto, estaba más interesado en ver a su vecino del sur presente y a su lado. Apretó los dientes y dio un paso, para llegar donde debía de estar. Le hizo una seña a su acompañante, quien terminó por retirarse sin ser notado por nadie. Tomó asiento en medio de los otros dos, quienes hicieron lo mismo,
- And Fernando? –se atrevió a preguntar, sin mirar al otro, lleno de urgencia y desesperación, pero fingiendo como sólo él sabía hacerlo- ¿Tardará mucho? No tenemos mucho tiempo para…
- Tuvo que atender otros asuntos –dijo de golpe, sin verle tampoco. No dijo mucho, se limito a llevar las manos a la mesa, para estar más cómodo durante la conferencia.- Cuando guste, podemos dar inicio.
Oh, Fernando, pensó el rubio por su cabeza, mirando al suelo. Su cabeza recobró compostura, sonriendo de oreja a oreja, para la cámara que comenzaba a grabar. ¿Cómo se había atrevido a hacerle tal cosa? Más a él, al héroe de todo el mundo. A su único héroe.
- Well… -subió sus lentes, de forma seria- Let's star this…
Fernando regresó el celular a su bolsillo. Había mirado con insistencia la hora que marcaba, una y otra vez. Cuando se dio cuenta que la hora marcada para la reunión era señalada en su pantalla, terminó por ceder y solo volteó a ver el oscuro cielo que les cubría. Ya era tarde y las estrellas les iluminaban y les hacían compañía. El ruso andaba a su lado, sin decir nada. Simplemente caminaba a su lado, pero no con él, o eso sentía aquél, que tanto lo estuvo ignorando durante toda la tarde.
- ¿Fernando se encuentra bien? –preguntó Iván de pronto, un tanto hastiado por el silencioso ambiente que les rodeaba. El aludido se detuvo y volteó a verlo, escuchando su preocupada voz de este. Desvió la mirada, sintiéndose un poco mal por haberle preocupado. El ruso tenía razón, hacía horas que se había perdido en sí mismo y le había ignorado.
- A-Ah, no… Solo que… -dudó si era correcto contarle de sus planes. Su voz tartamudeó como un idiota, llenándose de nervios. Ni siquiera había tocado el tema de su ausencia la última vez que el otro había venido de visita y no lo encontró. Se sintió un poco en deuda, porque Rusia no lo incomodó en ningún momento, pero ahora parecía ser él quien trataba de arruinarle la noche con tan infantiles actitudes- Bueno…
- Entiendo si Fernando no quiere decir nada. No es necesario que lo haga. –su labio le tembló al oír esas palabras salir de sus labios. No deseaba tener problemas con él, era lo último que quería en el mundo.
- ¡I…Iván! –gritó su nombre, acercándose un poco. El ruso volteó a verlo, pero sus ojos solo mostraron indiferencia cuando lo vieron- ¿Podrías…? ¿Podrías acompañarme a un lado?
Ambos llegaron a donde Fernando había dejado estacionado el coche. Abrió la puerta para que el ruso abordara y la cerró cuando estuvo dentro. Subió con rapidez y arrancó el motor, sin darle explicación de a dónde irían tan entrada la noche. Iván dejó recargar su cabeza en el asiento, cerrando los ojos. Probablemente estaría cansado todavía del viaje desde su casa hasta acá, así que no le dijo nada, permitiéndole dormir, aunque sea un poco, en lo que llegaban a donde quería llevarlo.
Por momentos volteaba a verlo a través del retrovisor, dejándole un leve deja vu, cuando Alfred lo llevó sin permiso a quien sabe donde. Frunció el ceño, se había molestado a sí mismo de sobremanera. Claro que no le iba a hacer lo mismo que a Alfred, estaba siglos lejos de ser como él, y si que lo estaba… No era tan ingenioso como él, no tenía la influencia como el otro y, ahora que lo pensaba de esa manera, era por Alfred que algunos le dirigían la palabra. Soltó un suspiro, sintiéndose como un perdedor ahora.
Manejó sin saber cuanto se había tardado, pero poco le importó. Detuvo el coche y se quedó en silencio, apagando las luces. Maldita sea, soltó por lo bajo, apretando con coraje el volante. Eso era mentira, una gran mentira. Pegó su frente contra el volante, ocultándose de sí mismo, al menos por un instante. Siguió soltando maldiciones a diestra y siniestra. Él era un encanto y hasta tenía cosas que el mismo estadounidense carecía. Ya hubiera deseado Alfred haber crecido en su lugar.
Unas lágrimas se le escaparon de los ojos, pero nadie las vio. Sólo él las podía sentir corriendo por sus mejillas, huyendo de la tristeza que comenzaba a generársele por dentro. Un fuerte brazo rodeó su espalda, atrayéndolo hacia el cuerpo del otro. Era cálido, muy cálido, era la gentileza de Iván, que ahora le cubría, solamente a él. Fernando se recostó en su pecho y lo abrazó, limpiando sus lágrimas en su ropa. No le dio la cara, hasta estar seguro que sus grandes ojos habían vuelto a la normalidad. Si algo que quería, era todo, menos causarle problemas de nuevo.
- ¿Te sientes mejor? –le preguntó el ruso directo al oído en un susurro. Fernando asintió de arriba abajo, separándose al fin. Le volvió a dar la cara, esbozándole una gran sonrisa, que podía animar a cualquiera. Si algo que le caracterizaba, era que de cada caída se volvía a levantar- Da, ¿dónde estamos?
- Oh, si es cierto.
El moreno se movió para reincorporarse, pero solo terminó por encontrarse con el delineado rostro de Iván. Le miró fijo, demasiado fijo. Estaba entonándose con aquellos ojos violáceos, que solo le miraban expectantes. Escuchó el latir de su corazón, tan despacio y tan sonoro. Se avergonzó un poco y sus mejillas se tiñeron de un suave color rojo. Desvió los ojos a cualquiera lado, quitándose de una buena vez para salir del coche. Agradeció al viento por darle a la cara cuando abrió la puerta, se bajó y corrió a asistir al ruso, quien miraba el pasto que pisaba.
- No te vayas a caer –le dijo, dándole la mano. Iván la aceptó, dedicándole una pequeña sonrisa, que se guardó esta vez para sí mismo, sintiéndose más que complacido por el gesto- Con cuidado, que todavía está medio oscuro.
- Da.
Iván alzó la cabeza, contemplando su alrededor. Árboles, pasto, caminos de tierra y sonidos de insectos nocturnos. Se trataba del campo, pero no dejaba de admirarlos, porque eran muy diferentes a todos los que se pudieran contemplar en su casa. Cerró un momento los ojos, percibiendo con gusto y curiosidad la variedad de sensaciones que el panorama le brindaba. Aspiró profundamente y luego dejó salir el aire en un refrescante suspiro. Era muy cómo aquello, en verdad estar en ese lugar, y más con él, complacía a su alma desde lo más profundo.
- Te quiero enseñar algo, Iván. –le llamó por su nombre, de forma tranquila. Le dio unas palmaditas en la espalda, para que comenzara a andar junto con él. El albino asintió, comenzando a caminar a su lado. El moreno se llevó las manos a las bolsas, tratando de nivelar su temperatura corporal sin ningún problema.- ¿No tienes frío? –le preguntó, volteando a verlo, con una ceja arriba, pero el ruso negó con la cabeza, sin dejar de sonreír.
- La casa de Fernando es muy cálida -le contestó, mirando al cielo, que seguía conservando un gran número de estrellas, a diferencia de la ciudad. Fernando supuso que en poco tiempo estaría por amanecer.- Gracias por invitarme, Fernando.
- Por favor –habló sin interrumpirle- Esta es tu casa, Iván.
Los dos se dedicaron una dulce mirada y siguieron caminando. Anduvieron por un par de minutos más y entonces Fernando se detuvo. El sol ya se estaba asomando y con eso un deje de nostalgia se coló en su mirada. Rusia se acercó y acarició su cabeza con suavidad, tocándola detenidamente. Revolvió sus no tan peinados cabellos, a lo que el joven mexicano comenzó a reír. Mira, dijo con voz bajita, sonriendo al momento en que sus ojos comenzaban a brillar, gracias a los primeros rayos que nacían desde el horizonte.
Iván volteó y bajo sus pies, los campos iban tornándose de los cálidos colores que el sol adornaba. Sus ojos resplandecieron igual como los de Fernando y se posaron sobre los campos de cosecha, donde los fuertes brotes crecían a paso lento, pero que seguro estarían para recogerlos en un par de meses, antes de que se acercara el invierno. El panorama era muy hermoso, kilómetros y kilómetros de cosecha a su alrededor, el viento con aroma a madera, y los dos juntos acompañándose.
- Quería que vieras esto… -empezó Fernando, con una gran sonrisa adornándole el rostro. Extendió ambos brazos, magnificando más lo que los dos tenían enfrente- Pretendo… -se detuvo un poco, pensando las palabras correctas- Bueno, quiero que… ¡quiero poder comerciar con más gente! –le reveló, volteando a verle con encanto- Aun no he hablado con nadie acerca de esto, pero… -agachó la mirada, pensando si su plan era lo suficientemente asertivo para darle cara al mundo por él mismo- …sería grandioso eso, ¿no crees?
- Fernando… ¿Quisieras darme un beso?
El moreno solo se le quedó mirando, sin poder creer lo que le había dicho. Sus ojos se abrieron como platos y a penas si pudo parpadear. Aquello había sido algo directo, pero supo que no era de mala intención. Quería un beso y lo quería de él. Su cabeza trató de recordar cuando había sido la última vez que besaba a alguien, y sin poder evitarlo, la imagen de Alfred se aparecía a mitad de todo. Se detuvo a recorrer su última desagradable escena con él… No hubo ningún beso entre ellos, aunque bueno, la situación tampoco estaba como para darse cariñitos. Se llevó una mano a la cabeza, rascándose si pensarlo. Regresaron sus ojos al suelo y el labio le tembló, sin saber qué cosa contestar.
- E-Eh…
- Rusia está algo cansado… ¿Podríamos regresar a tu casa? –preguntó como si nada
- S-Sí… –le había cambiado la plática. ¿Acaso era tan obvio? Era un estúpido, Fernando se maldecía a sí mismo por dentro. El albino dio media vuelta, no sin antes acariciar su cabeza de nuevo
- Está bien, da… -asintió despacio, sin voltear a verle. Fernando supuso que al menos se había molestado, que ni una excusa le hubiera podido dar.
- ¡N-No! ¡A-Alto! ¡A-Ah…!
Iván le había interrumpido. Lo había tomado de la nuca y sus labios terminaron por juntarse. Fernando abrió los ojos de par en par, tardándose en reaccionar. El ruso le había besado sin permiso, le había robado un beso, aunque eso le importó en lo más mínimo. Uno, dos, tres segundos pasaron y sintió que el aire estaba por terminársele. Soltó una especie de gemido, que lo llevó a interponer las manos entre ambos cuerpos. A penas si sus labios se habían juntado, no más.
- Izvinite…
Rusia dio media vuelta, para caminar de regreso al auto. El moreno se quedó de pie, aun con la mano levantada y sin mostrar muchas señales de vida. Había podido tocar los labios del ruso, sus fríos y finos labios. No supo si sentirse afortunado, invadido o perturbado, pero… aquello no se había sentido mal, o eso pensó cuando le tocó. Se soltó así mismo un golpe en la cara, para poder reaccionar y seguirle el paso. No se trataba de un beso cualquiera, era un beso frío pero cálido a la vez, una sensación que le hacía sentir espasmos en cada rincón de su cuerpo.
Cuando regresaron a la casa, el trabajo de Fernando los había separado lo que restaba del día. Iván había aprovechado ese tiempo para descansar un poco, pero cuando volvió a despertar, el mexicanos seguía sumido entre unos papeles, que no quiso molestarlo. El moreno, más que trabajando, se encontraba pensando en el otro. Era un beso, sí. Lo era, pero había sido de él. No era cualquier beso. Se trataba de un beso de Iván. Cuando estuvo por terminar, casi siendo hora de la cena, se quedó dormido sobre el escritorio de su despacho. Aun cuando Iván se acercó para avisarle personalmente que la comida estaba servida, prefirió dejarlo descansar esta vez. Sin mucho esfuerzo, lo llevo entre sus brazos hasta su cuarto y ahí lo dejó, sobre la cama, cubriéndole con las cobijas y deseándole buenas noches con un beso en la frente.
Al otro día, los primero rayos de sol que se lograron colar por su ventana, lo pudieron despertar. Con esfuerzo se levantó, rascándose la cabeza y luego haciendo un lado las cobijas de encima. Aun traía el traje, por Dios, no sabía ni cuanto tiempo había dormido. Era de mañana, eso era seguro. Oh, Iván, pensó de pronto. Se puso los zapatos y salió de su habitación, corriendo. ¿Que hora era? No supo hasta cuando se había metido al coche y arrancaba, después de cerciorarse que nadie seguía instalado en la habitación de huéspedes. Si sucedía un milagro, probablemente lo alcanzaría antes de que abordase. Era un idiota, el idiota más grande del mundo. ¿Qué clase de anfitrión dejaba botado a sus invitados como si nada? Encima, quedarse dormido mientras trabajaba, o fingía que lo hacía, porque se la pasó más pensando acerca de su contacto con él, que hasta de sus propios problemas se había olvidado. Incluso alguien amablemente le había ido a dejar a su cama. Por Dios, que malo era.
Estuvo por violar varias reglas de tránsito, pero le importó más llegar lo pronto posible al aeropuerto. Burlando a su misma gente, se bajó del coche y entró corriendo, mientras buscaba con desespero entre todos. Jadeando, se detuvo un momento, echándose el flequillo para atrás para poder secarse el sudor de la frente. No lo veía. No encontraba a Iván, no lo veía por ningún lado, y eso que él era muy alto como para andarlo perdiendo así, como si nada. Seguramente había regresado a su país y ni siquiera pudo despedirse esta vez de él. Eso lo convertía en un perfecto idiota. Decidió dar una última vuelta, y entonces, su ojos castaños pudieron verlo sentado, en el mismo lugar donde le había encontrado, leyendo un libro. Quiso gritar su nombre, pero la falta de aire no le dejó hacer mucho. Prefirió acercarse rápidamente hasta él, tomando asiento a su lado con cautela.
- I… -trató de llamarlo, pero de pronto, se escuchó a la voz que anunciaba el vuelo donde Iván partiría. Fernando se quedó con la palabra en la boca y miró como el albino cerraba su libro, un recuerdo que había comprado cuando salieron a pasear- A-Ah…
- ¿Fernando?
No lo había notado, seguro que así se sentía Mathew cada vez que se acercaba a alguien y era ignorado. Era eso o de verdad podía pasar desapercibido. El ruso se quedó un momento sentado, sorprendido por ver al joven, igual a como le había recibido hace un par de días atrás. Sonrió con suma alegría, soltando unas risitas, pero no dijo nada. Entonces Fernando se dio cuenta de algo, no quería despedirse de Iván solo con un abrazo.
Levantó su mano y esta tocó la nuca del ruso, acariciándola con detenimiento. Le miró firme y se acercó a él, dejando a Iván en blanco por un momento. Con su otra mano tomó su rostro, la voz de la señorita que pedía a todos los pasajeros de aquel vuelo, dirigirse rápido a su destino, les terminó importando muy poco. Iván suavizó sus facciones y dejó un momento sus cosas, para dedicarle por completo su atención y sus labios, que recibió con un poquito de pena. Se acercaron, pudieron sentir el aliento de ambos chocar el uno con el otro, no fue solo un beso esta vez, era el beso que Fernando quiso depositar en los recuerdos de Iván y marcarlo en los suyos, hasta que se volviera a encontrar.
- Do svidaniya, Fernando, da.
Bueno :'D Me tardé esta vez mucho más, pero andar dibujando me entretuvo esta vez. Muchas gracias a Youko Saiyo por los consejos nuevamente ^^. A Smile I Exist, por seguir leyendo. A Akeifa, a Juan Nikté [que por cierto, el México que yo uso es este =u= h t t p : / / h a k u z u . d e v i a n t a r t . c o m / a r t / A P H – J u s t – 2 1 7 6 3 7 2 6 9 -disculpa la desilusión xD-], a Usagui Asakura, que bueno, mujer, está por demás agradecer que sigas a mi Fer desde hace buen tiempo xD, a Lily Yavetil, a Loreley Kirkland y a 3. Un abrazo y gracias a todos los que leen por la espera. ¡Saludos! ;D
