No tengo palabras de excusa ;_; Solo les deseo a todos un año nuevo lleno de energías y buena vibra para todos siempre. Ya regreso al vicio, solo eso.

Youko Saiyo, mujer, gracias por alentarme C: Y por esperarme TUT.

~ Los personajes de APH no me pertenecen, sino a la mano de Hidekaz Himaruya. Este fanfic está hecho sin fines de lucro alguno, sino por simple entretenimiento.

Hetamerica le pertenece a Nennisita1234.

Argentina/Eduardo le pertenece a Tifamex.

~ Progress

Por Berseker.

SEXTO CAPÍTULO

Un paso, dos pasos. Un suspiro. Su tacto. Sus labios. Una caricia. Tocando un cuerpo que no era suyo. Una vez, dos veces, tres veces. Las suficientes como para levantarse, tomar su arma e ir a meterle un plomazo en la frente. Alfred arrojó el sobre, lleno de fotos, lejos de su vista, girando la silla un poco, mientras se cruzaba de piernas, recargando el rostro sobre la palma de la mano. Hubo un momento, hace tiempo, que México dejó de hablarle, solo por un tiempo, porque no bastaron los años para que regresara a sus brazos. Se quitó los lentes, tocando el puente de su nariz, mientras daba pequeños masajes cerca de su ceño, pensando un momento, solo un momento, cuan idiota era Fernando tratando de ignorarle. Él era el héroe que siempre le salvaría, no había motivos para odiarle.

Se recargó en su sillón de cuero oscuro, pensando en los problemas y errores que su buen vecino sureño siempre cometía. Solo que hoy era diferente. Hoy el asunto era especialmente importante para su cabeza. Apretó el puño, cubierto por un guante de oscura piel, y sonrió, pensando en lo valiente, o muy idiota, que era Fernando Díaz como para cambiarlo por ese cerdo ex soviético. Peor aun, lo había dejado plantado en una conferencia que había sido vista por todo el mundo. Le hizo quedar mal, aun más mal de lo que el mismo México le hizo al ruso, aquella vez que no se apareció por esos días, de los cuales tampoco tenía la mínima idea de lo que había hecho.

- How you dare, little bastard? –se preguntó con una sonrisa burlona, que rayaba entre el orgullo de no poder aceptar falta tan grave hacia su persona y mucho menos haber sido cambiado por aquel hombre. Sus pupilas celestes regresaron donde esas imágenes, sin despegarles la vista. Primero las llamadas sin contestar, ahora se llevaba a otro a lugares donde nunca antes le había invitado personalmente. ¿Cómo podía? Le tomaba de la mano, lo besaba y eso sería lo ultimo que harían, porque otra cosa implicaba problemas- Oh, México… -dijo antes de tomar la bocina de su teléfono, recargando de nueva cuenta su espalda en la silla. Esos lugares eran bellos, esos paisajes suyos eran hermosos, ese cuerpo tan detallado… pero sin él, no tendrían sentido por ahora- Hu…

Fernando salió de bañarse, pisando el suelo con las sandalias, mientras gotitas traviesas dejaban un caminito tras él, indicando que por ahí había pasado. Se abrazaba con la toalla, dejando ver a penas sus suaves hombros y el delineado cuello por donde caía el agua. En medio de esa piel estaba tatuada la presencia de Alfred F. Jones, a quien hace semanas, y bien disfrutadas, no veía. Nunca se lo perdonaría. Esta vez si que no lo haría. Por la misma virgencita que eso era lo ultimo que le haría. Sería otra persona, una mucho más fuerte. Una nación de la cual España, el mundo y su abuelo, desde el cielo, se enorgullecerían.

Tan rápido como terminó de alistarse, bajó al comedor para desayunar. A pesar de que era lunes, esta vez no se molestó, ni siquiera una queja, porque eso formaba parte de su nuevo cambio. Pidió entonces que le sirvieran un poco de café y una de sus muchachas llegó apresurada con la cafetera y el periódico en mano. Le agradeció con una dulce sonrisa, mandando a que le hicieran un plato de chilaquiles verdes, bien picosos, para empezar con el pie derecho el día. La chica se retiró entonces, dejándole nuevamente solo con sus pensamientos.

Abrió el periódico, y en una de las primeras páginas, había una de tantas notas que resaltaba con una gran fotografía. En ella, de izquierda a derecha: Alfred, Kiku, Yao… Arthur, Francis, que se controlaba solo porque era una foto que iría para todo el mundo. Los hermanos italianos y a un lado, al otro extremo, bien lejos del norteamericano, ese hombre alto, albino, de ojos amatistas y sonrisa infantil. Fernando sorbió un poco de café, sin despegarle la vista. Sus mejillas se coloreaban de color rosado, que le hacía hervir tanto como lo que bebía. Iván. Iván. Repitió su nombre un par de veces, las mismas que aquella noche habían juntado sus labios. Se sonreía con júbilo, no lo podía ocultar. El ruso le había hecho sentir tan bien, como nunca antes.

Soltó un suspiro y un deje de tonta tristeza le invadió. Volvió a darle un trago profundo, esta vez llevando sus ojos hacia el vacío, a un punto en el cual se había cerrado y no se veía mas seguro que ahí. Era algo miserable, así se sentía, pero es que no veía la forma de poder borrar lo ocurrido y regresar a como todo era antes. Anheló haber estado ahí, aunque si recordaba todo el correo que le llegaba, no había ninguna invitación para él. No se le hacía raro, él mismo rechazaba a todos, sin siquiera ver de quien se trataba. Esa no era ninguna solución, bien que lo sabía, pero es que las mentiras se le estaban terminando, que ya no sabía que hacer.

Recorrió con las yemas de sus dedos el rostro de Iván. Hubiera sido lindo haberse encontrado con él en aquella conferencia, más aun después de lo que les había pasado. Quiso, de pronto, buscar un cuchillo y quitarse esa maldita marca de su cuello. Maldijo a Alfred de nueva cuenta. Nunca tuvo por qué haberle hecho eso, se supone que eran compañeros, amigos… Dos personas que se conocían desde antes de que él se hiciese llamar México y él Estados Unidos, pero tal parecía que ahora eran todo, excepto aquello. ¿Desde cuando las cosas se habían tornado tan mal? O era que desde siempre había sido así y él simplemente las pasaba por alto… Solo terminaba siendo el idiota del asunto.

Los chilaquiles hicieron acto de presencia, espantándole un poco al tomarle por sorpresa. Su empleada se disculpó por eso, pero no había problema alguno, eso le pasaba por andar tan perdido últimamente en tanto y a la vez en nada. Se retiró, pero tan rápido como se fue, había vuelto, esta vez con la bocina del teléfono en mano. Lo recibió, no sin antes preguntarle de quien se trataba. Pero antes de hacerlo, tremendo vozarrón salió del auricular, logrando que soltara el teléfono y este fuera a dar al suelo. Maldito Argentina, murmuró, indicándole a la jovencita que lo dejara solo. Recogió el teléfono y no tardó ni medio segundo en volver a sonar como loco, solo que estaba vez lo sujetó con fuerza y contestó sin pensarlo.

- ¡Bueno! –habló, algo duro, con el ceño semi fruncido, sin saber el por qué de su llamada. Le dio una bocanada a los chilaquiles, mordiendo el bolillo y llenándose de migas los alrededores de los labios. Era demasiado temprano, ni siquiera sabía la hora de la casa del argentino. Trataba de adivinar el motivo de la llamada, pero simplemente no pudo averiguarlo. Se maldijo por dentro, ya que más daba por ahora, ya había contestado de todos modos.

- ¿Aló? ¡Fernando! ¡Fernando! –repitió su nombre con energía y ese acento que lo caracterizaba por encima de todos. Suspiró, resignado a que lo había encontrado. Aquí estoy, le respondió de manera neutra, pero esto solo hizo al argentino bufarle en el oído, con fuerzas, aunque sabía que así hablaba de forma normal, y no era que él no gritara tampoco. Soltó unas risas por eso- ¡Fernandooooo!

- ¡Que aquí estoy! –insitió con fuerza, queriendo ahorcarlo con sus dos manos en ese mismo instante- ¿Qué pasa, Eduardo? ¿Por qué me llamas ahorita, tan temprano? –sacó la lengua para si mismo, siendo el único cómplice de su mentira.

- Mejor dicho: ¿¡Pero qué le pasa a vos? –dijo entre molesto y divertido. Fernando tragó saliva por esto, era una de esas preguntas de las cuales no tenía idea de cómo responder, mucho menos porque no sabía, ni él mismo, porque no siquiera sabía eso- ¿Es que acaso ya te olvidaste del gran Eduardo, boludo? –Argentina terminó el enunciado con la tranquilidad de regreso para el mexicano. Ese hombre le era imprescindible y nunca sabía lo que vendría con él- Bueno, ¿ya llegó el Alejandro por allá? Que se hace tarde…

- ¿Alejandro? –Fernando arqueó ambas cejas, de la sorpresa. No entendía, hasta ahora, por qué mencionaba el nombre de su compañero guatemalteco. Trató de buscar en su cabeza alguna buena explicación, tanto de la llamada como de qué tenía que ver Guatemala en todo esto- ¿Pues para qué? ¿Ah?

Una de sus ayudantes entró al comedor, seguido por el susodicho. Soltó el teléfono al suelo y la llamada se fue como vino, otra vez. No tardó mucho para que Eduardo, seguramente ofendido por esta grosería, volviera a marcar como poseso desde su casa. Dios, parecía brujería. El argentino ese mencionaba a Alejandro y ahora se aparecía en su puerta, con el ceño fruncido, el cabello bien sujetado en una cola y los lentes impecables. Era él, no había duda. Regresó a mirar el teléfono, rogando porque no mencionara nada de Alfred ahora. Saludó a Alejandro con la mano, recibiendo un resoplido como respuesta. Tomó la bocina, volviendo a contestar.

- ¡Alejandro! ¡Alejandro! ¡Alejandrooo! –el guatemalteco rodó los ojos, acercándose frente a él, tomando la bocina sin permiso. Ahora mucho menos entendía lo que pasaba aquí y eso lo hacía sentirse incómodo- ¡Alejandro Tecún, boludo, estás ahí!
- Sí, sí… -contestó el chapín, dándose la vuelta para que nadie oyera nada. Fernando se paró de pronto, sin importarle que la camisa revelara el moretón de color oscuro impregnado en su cuello. Trató de acercársele por la espalda, buscando con ansias la bocina y preguntar por el meollo de todo el asunto- Entiendo, te veremos luego.

- ¿Pero qué…? –Exclamó con frustración el escuchar el pip del teléfono al colgar. Se quedó entonces, como perro regañado detrás de él, hasta que volteó, abriendo los ojos de par en par. Vale madres, pensó de pronto, mientras se giraba y entendía el por qué de la reacción del guatemalteco. Se avergonzó de si mismo, sudando de las manos y con la lengua enredada en el cuello. Era un tonto, no había remedio. Pero era más tonto por tratar de ocultar algo demasiado obvio, y más a una de las personas que siempre habían estado con él. No tenía por qué hacerlo, no debía. Más que ser naciones, eran amigos, casi hermanos.

- México… -a penas pronunció, pero no pudo evitarlo, se fue encima de él estrechándolo con un fuerte y gran abrazo necesitado. A Alejandro se le subió el calor al rostro, pero aun así, después de maldecirlo un par de veces por tal acción tan brusca, se recolocó los anteojos y le correspondió en el acto, palmeando su espalda, con la misma intensidad- B-Bien, empaca una muda… Nos vamos rápido de aquí.

- Sí… Si… -asintió con una sonrisa, sin procesar lo que le habían dicho- ¿Qué…? ¡Nooo! ¡¿Por qué? –preguntó, apartándose de él. Es más, ni siquiera supo cuando se había ido la chica que lo había traído. Además estaba desayunando y eso no se hacía, menos a inicio de semana- ¿A dónde? No me digas que a casa del Eduardo, porque no voy… -Guatemala se aguantó la risa. Seguramente era una mala broma, o eso quería. Si a penas contestaba el teléfono, ¿cómo resistiría a tanto, lejos de casa?

- Sólo son un par de días, también tengo cosas que hacer, ¿sabes? No es como si yo… -cayó de pronto. Parecía que estaba hablando de más y no debía de hacer eso. Se sonrió para sí, estresándole de sobre manera- Te diré en el camino, tonto.

Fernando corrió entonces a su habitación, buscando debajo de su cama, entre todas las sandalias olvidadas, una maleta pequeña. Guatemala no mentía, eso era seguro, pero lo que le preocupaba era mostrarse con ese moretón, tan marcado, en el cuello. Encontró lo que buscaba y sacó de sus cajones unas mudas de ropa interior, lo primordial, un pantalón y un par de camisas. No tardarían, eso le había dicho, y eso esperaba.

Frunció el ceño y se miró al espejo del tocador, contemplándose a si mismo. Esa actitud suya comenzaba a desesperarle ya, aunque trataba con todas sus fuerzas de quitarse lo que le molestaba, no lo lograba en lo absoluto. Llevaba días, semanas enteras, encerrado en el baño, tallando con fuerza un día y al otro con el doble de esta. Solo se lastimaba a si mismo y no conseguía nada. Se llevó la mano derecha al cuello, acariciando con cuidado, acomodándose el cuello de la camisa, tratando de ocultarlo. Respiró hondo y profundo. No había por qué a penarse.

Puso un pie fuera de la habitación y, cuando se dio cuenta, ya tomaba asiento en el avión, al lado de su compañero, quien terminaba de contarle lo que sabía, porque tampoco Eduardo le había explicado mucho acerca de lo que armaba en casa. Solo era una reunión donde irían todos, una especia de encuentro antes de fin de año, aunque faltaba casi cuatro meses para que eso pasara. Ni siquiera recogían las cosechas aun, pero ya daba igual, ya estaba hecho, se encontraba montado en el avión, que acababa de despegar.

- Y dime, ¿con quien te acostaste que te dejó eso bien marcado? –el mexicano se quedó sin habla, buscando las palabras adecuadas, o la mejor de sus mentiras. Se sonrojó y tensó al otro, que también se coloreó de la cara, pensando, seguramente, en las porquerías que pudo haber hecho.

- Fue un… accidente –atinó a decir, desviando la mirada, mientras sonreía por fuera, porque por dentro quería gritarle a todos que Alfred había sido el maldito perro que se le había ido encima-

- Si, 'accidente', me imagino que clase de 'accidente' –exclamó el chapin, girando los ojos, tratando de calmarse-

- P-Pero estoy b-bien… -dijo, con una parsimonia sincera- Sigo aquí, contigo… Creo…

- ¿Fernando?

- Ya ves lo intenso que soy en la cama, jaja –comentó a continuación, rompiendo la seriedad generada, ganándose un intento de asesinato por parte de su pareja- Ayy, Alejandro… -se asomó por la ventana, contemplando los campos con la próxima cosecha. Sonrió con cariño al ver su tierra. Nada estaba perdido- Alejandro… -le llamó- Oye, ¿no sería grandioso que… cosecháramos juntos? –el aludido solo soltó un suspiro, creyendo que había enloquecido en todo este tiempo- Enserio, ¿no sería genial?

- Pues… -se quedó en silencio, en una pequeña pausa, tratando de imaginar la propuesta dicha por el mexicano- Supongo que si, pero… ¿de verdad estás bien?

-…

- Como te gusta cagártela solo… Pero no fuera con el… gringuillo ese, porque… -Alejandro prefirió girar la cara, llevándose la palma al rostro, junto con un suspiro- Porque vas moviéndole la cola… Idiota –terminó de escupir toda la oración.

- Tienes… razón, -soltó de pronto, dejando anonado a su compañero de al lado- Ale… La tienes…

Los rayos del sol de pasado el medio día coloreaban el cabello de Eduardo al tacto. Esta vez se había despertado de buen humor, aunque él siempre lo mostraba, como un astro en cada lugar, alumbrando las malas vibras de todos. Tomó uno de sus mejores abrigos, uno oscuro que calentaba con ricura su piel. Se enredó una bufanda de color blanco, encontrándose con Manuel en el recibidor, igual de tapado que él. Le dedicó una sonrisa, junto con un beso en la mejilla, devuelto por un golpe en el mismo para él y en el mismo lugar. Cuando terminaron de saludarse, abordaron el coche que les esperaba fuera de la casa, el que les llevaría al aeropuerto a recoger a sus invitados. Solo se trataba de una simple reunión, con comida y música, a palabras de Chile, solo que era la mejor fiesta del año, para el mismo Argentina.

En un par de minutos llegaron al aeropuerto de su capital, donde ambos hombres abordaron a la sala de espera, donde el mas alto de los ambos comenzaba a alardear ya de lo magnifico que sería todo su evento. Había rentado un bar que sería suyo durante toda la tarde, ahí servirían de sus mejores bebidas y platillos, cantarían y lo demás se daría solo. Será genial, no se cansaba de repetir, porque eso era cierto y así lo haría. Manuel, con sus grandes ojos color castaño, no dejaban de verle, y cada que este se volteaba, esbozaba una pequeña sonrisa, porque era lindo, de un u otro modo, verle tan animoso y ansioso al mismo tiempo.

- ¡Eduardo! ¡Manuel! –les llamaron al unísono un grupo de jóvenes que se acercaban a lo lejos. El primero se levantó de su silla, encaminándose con rapidez hacia todos ellos, dejando al otro siguiéndole tras de él con su ritmo más tranquilo. El mexicano y la mayoría de Centroamérica se acercaban hacia el argentino, cargando sus bolsos y maletas con algo de pesar. Al menos había hecho alrededor de tres viajes: uno para recoger a Belice en casa del guatemalteco, otro para encontrarse con Honduras, que jaloneaba a Salvador a cualquier lugar donde este fuera y uno ultimo para recoger a Panamá y a Costa Rica, que seguía a todos lados a Fernando, preguntándole por la extraña marca de su cuello.

- ¡Oh, pero si han llegado! –exclamó con los brazos abiertos, pasando a saludar a uno por uno. Fernando fue el último, antes del costarricense, así que ambos se quedaron mirándose fijo a los ojos- Fernandito… Mi boludo favorito… -dijo, dibujando la sonrisa en el rostro. El moreno se estremeció un poco, más al sentir el tacto tan cercano del argentino cuando este se llevó la mano para tocar su frente, como si tratara de medirle la temperatura.- ¿Te encuentras bien? -No supo por qué hacía eso, si se sentía perfectamente. Probablemente lo decía porque tenía bastante tiempo sin verse, tal vez solo por molestar o el estrés generado al fin se le notaba en la cara, solo que él nunca se había dado cuenta- Te ves horrible…

- Claro que no, chismoso –Apartó esa mano de encima suyo, acompañándole con el gesto facial. Se acercó primero y lo abrazó con fuerza, de la misma forma en la que había abrazado al chapín en un principio.- Si sabes que estoy más bueno que tú… -y ese comentario bastó para que los dos comenzaran a reír. Argentina le abrazó con fuerza también, seguramente para iniciar una riña por ver quien era más fuerte de esa forma. Al final, el argentino logró sujetarle por los brazos, para así cargarlo por su espalda. Todos comenzaron a reír, Eduardo simplemente los invitó a tomar asiento, porque los demás demorarían un poco en llegar.

Antes de que el sol se ocultara, todos habían arribado a la casa donde la pasarían esos cuantos días. El anfitrión no dio ni tiempo para que se instalasen. Tal como llegaron, los jaló para que caminaran por las calles de su capital, hasta un bar, ubicado en un lugar reservado tanto del transito peatonal como del vial. En el camino todos no dejaban de platicar, preguntándole a México acerca del chupetón en su cuello. Alejandro, si soltar de la mano al pequeño Belice, trataba de cambiar los temas. Era un ángel, no era como él en lo más mínimo. Y todos ellos lo eran también, no merecían tener a un vecino como el rubio aquél, mucho menos si se atrevía a hacer cosas como las que él vivió. Alfred. Alfred. Su nombre no salía de su mente, pero debía de seguir insistiendo, como hasta ahora, así que no se amargaría más la vida, mucho menos ahora.

Se echó a reír por dentro de la alegría que le embriagaba al estar con personas en las que podía confiar, porque aunque preguntaran eso, ellos no tenían la culpa. Pensó que sería bueno contarles aquello, pero no lo haría en la calle, eso era obvio. Abrazó a Rafael, que se había creído el cuento de un 'accidente'. Palmeó su hombro, dedicándole una sonrisa de oreja a oreja, como poco lo había hecho. El costarricense le devolvió el gesto, curvando sus labios y caminando a su lado, hasta llegar a su destino. Pasaron, dejando sus sacos en un perchero de la entrada. El lugar era cálido y la iluminación lo hacía verse mejor. Era acogedor tal sitio y la comida ya estaba por servirse. Muchos corrieron a tomar su lugar, claro que Eduardo cogería a Manuel de la mano para indicarle una silla junto a la suya. Costa Rica corrió donde Colombia y Panamá, apartándole un lugarcito entre ellos. Sonrió con fuerza y movió las piernas de una vez para alcanzarle, pero de pronto, la vista se le hizo borrosa y el piso pareció movérsele del sitio, lejos de sus pies. Trató de sostenerse de algo, pero fue el mismo Venezuela que logró sujetarlo.

- ¿Pero qué te pasa? –y en el salón se hizo un silencio muerto, todos atentos a lo que le pasaba, justo ahora. Eduardo se levantó de la silla, pero el mismo mexicano le hizo una seña para que se quedara en su sitio. Una sonrisa bastó para decirle que estaba bien, probablemente era el hambre, puesto que no había comido desde temprano. Agradeció al joven de cabellos oscuros y mirada penetrante, indicándole que ya podía sostenerse por su cuenta.- Ten cuidado… -fue lo ultimo que le dijo antes de ir donde Bolivia.

- ¡Óyeme, tú, Fernando idiota! –le gritó el argentino desde su sitio- ¡Aun ni tomamos nada, boludo! –todos comenzaron a reír, incluso el mismo México, aunque luego se la cobraría. Se palmeó un poco el estomago, creyendo que se trataba de de eso, aunque luego se prepararía un té por si las dudas- ¡Ven a sentarte!

El moreno asintió, caminando con cuidado esta vez, hasta su lugar. Se sentó y con las mejillas rojas del bochorno, volvió a insistir que se encontraba bien, pidiendo que regresaran a lo suyo. Soltó unos cuantos chistes acerca de la comida de Argentina para recuperar ese toque suyo tan característico, logrando que volviera el buen ambiente con un sabor alegre. La comida fue servida y cuando todos estaban a mitad del plato, el último que hacía falta, su compañero brasileño, llegó a toda prisa, recibiendo regaños por parte de todos. Pensé que llegarías mañana, no paró de decir el argentino, solo recibiendo sonrisas nerviosas por parte del atacado. Se sentó en la mesa, esperando el plato lleno de comida, para al fin unirse junto a todos.

- Oh, Fernando… -le llamó quien a penas había llegado, estirando la cabeza para verle mejor. Si, de nueva cuenta llamaba la atención. Era oficial, estaba más que salado, seguramente, a parte de casi violarlo, ahora Alfred le había mandado a hacer un trabajito, aunque para lo miedoso que era, no era posible. Solo se trataba de su mala suerte, una racha que lo llevaba de mal a peor. Soltó un suspiro, preparándose para contarles a todos al fin lo que sucedía por su vida últimamente.- Estás blanco, ¿te sientes bien? ¿Pasó algo?

- Pasa que este tonto casi se va para el suelo –gritó desde su lugar Eduardo, tan lindo como siempre- ¿Enserio te sientes bien?

- ¡Eso fue porque tenía hambre, chingao! –le regresó el insulto y Manuel le dio un codazo a su compañero en las costillas, quien solo se cruzó de brazos, rodando los ojos. Se recargó en la silla, bufando quien sabe que cuanta maldición. Agradecía esto, aunque no sabía ni como empezar a contar lo que le había ocurrido. Pero debía hacerlo, así se sentiría mejor- B-Bue… -abrió los labios, moviendo la boca, pero a penas un tenue sonido salía de ahí, el argentino se levantaba, sacando un balón de futbol de quien sabe dónde.- no…

- ¡Ahora, que estamos todos! –llamó su atención, llevándose el balón a la cabeza mientras lo sostenía con ambas manos, siendo más que obvio a lo que se refería- ¡Cauãn, luego comes! –el brasileño solo se le quedó mirando, sin poder hacer mucho por tal petición.- ¡Tú, el pelotudo, si no te apuras escoges al final! –dijo, casi llegando a la puerta para irse a elegir la mejor portería improvisada en la calle.

- Voy al baño y salgo –se levantó, yendo en dirección opuesta a los demás.

Rafael y Manuel, acompañado de Perú, le siguieron, más por el pendiente de que no se fuera a desmayar en el baño. Le esperaron a fuera, sin intercambiar palabras, aunque los tres sabían que algo andaba mal con ese hombre. México salió, terminando de abrocharse bien el cinturón. Al ver que lo estaban esperando, no evitó sentir algo de pena. Les sonrió como pudo, pero las miradas, en especial la del chileno, le decían más que el silencio mismo. Se recargó en la pared, soltando la sopa de una buena vez. José solo se le quedó mirándole perplejo, preocupado y sentido por lo que le habían hecho, logrando que el mexicano se avergonzara más de lo que ya estaba.

Los tres le brindaron su apoyo y eso le reconfortó, aunque solo pidió discreción para con todos, porque la situación entre él y su vecino del norte se encontraba más tensa que nunca. Anduvieron hasta la puerta, ahora hablando de lo que planeaba hacer con su tierra, los proyectos soñadores que tenía y el rayo de esperanza más fuerte que nunca. Abrió la puerta para que los tres salieran, sintiéndose mejor. De esa forma, podría hablar del tema más abiertamente.

A penas dio un paso a la calle y el esférico se estrellaba directo en su cara. Logró conservar el equilibrio por suerte, apoyándose de Manuel, quien ya le echaba ojos al agresor. Esa fuerza y ese dolor que le habían provocado no era más que de Argentina, dando un pase sin aviso (o una provocación para su persona). Le sonrió con el orgullo por delante, regresándole la pelota con el triple de fuerza y bien malintencionada. Ahora sí se pondrían serios todos aquí.

Manuel se sentó en la banqueta, mirando la pronta riña callejera que se armaría al final del partido. Soltó un suspiro, contemplando la pelota volar y volar de un lado a otro, de los pies del uruguayo, que hacía equipo con Eduardo, mientras que por el otro lado, Fernando había entrado a la mano de Brasil. Será más que peligroso, soltó, para sí mismo. Se quedó en silencio viéndoles, cuando sintió a Alejandro, jalando a su pequeño vecino lejos del hondureño, sentándose a un lado suyo.

Fernando esquivaba al uruguayo con dificultad, él no se quedaba atrás. El brasileño le daba ánimos desde la portería, dándole indicaciones desde lo lejos. Lo logró, al fin pudo hacerlo, pero un dolor, una punzada muy fuerte, pasó raspándole el pecho, como si un rayo comenzara a quemar todo lo que tocaba, de una forma tan rápida.

Toda América se detuvo de pronto, mirando como el mexicano caía al suelo, azotando contra el frío pavimento, que parecía una cama de agujas para todo su cuerpo. Le dolía, le dolía su piel, algo le estaba pasando. Comenzó a sudar y su cuerpo cambió abruptamente de temperatura. Las lágrimas se le juntaron en los ojos, no pudo evitarlo, el dolor era grande, tan fuerte que los gritos comenzaron a salirse de su boca. Argentina se quitó los guantes y los arrojó lejos, corriendo, junto a los demás. Trató de cargarlo, pero cuando lo tocó, sintió como si le clavaran un cuchillo hasta el tétano del hueso. Le apartó la mano de golpe instintivamente, pero solo se causo más daño a sí mismo.

Su respiración comenzó a agitarse, el oxigeno le estaba haciendo falta. Se apretó el pecho, llorando, pidiéndole a Dios que cesara ese sufrimiento con todo su corazón. La preocupación le invadió, algo le estaba pasando a su tierra y no era bueno. Necesitaba un teléfono, necesitaba uno para cerciorarse que no se trataba de nada malo y que toda su gente se encontraba sana y salva.

Su cuerpo temblaba, se retorcía a mitad de la calle, la visión se le estaba borrando, nubloso, todo se estaba perdiendo. A penas divisó a Costa Rica pidiendo una ambulancia, juntó todas sus fuerzas, ignorando el dolor. Nadie debía de verlo, nadie, porque si se armaba un escándalo, era probable que el rubio de ojos azules regresara a su vida y eso era lo último que deseaba.

- No… -musitó sollozando, porque si no hacía nada, Estados Unidos reaccionaría de inmediato, cuando ya no quería, porque a quien quería era a otro, a alguien de tierras lejanas donde la nieve siempre caía.- No dejes que Alfred se entere… -dijo por último, antes de perder el conocimiento de todo a su alrededor.

CONTINÚA…

Gracias a Akeifa, a Juan Nikté, a , a , a Usagui Asakura, a todo el mundo [hasta a mi madre, que no sabe lo que escribo x D]. ¡Ahora si nos estaremos viendo pronto! ¡FELIZ AÑO!