~ Los personajes de APH no me pertenecen, sino a la mano de Hidekaz Himaruya. Este fanfic está hecho sin fines de lucro alguno, sino por simple entretenimiento.
Hetamerica le pertenece a Nennisita1234.
Argentina/Eduardo le pertenece a Tifamex.
~ Progress
Por Berseker.
SÉPTIMO CAPÍTULO
Al frente de la mesa, vestido con uno de sus mejores trajes, dedicándole miradas a su hermano albino que no dejaba de moverse de silla en silla, Ludwig dirigía la reunión de la Unión Europea en esta ocasión. Bélgica le había pedido de favor que la llevara acabo, porque asuntos urgentes se le habían presentado y no podría asistir esta vez. Así, de esa forma, tenía frente a él a todos dirigiéndolos, pero parecía que su hermano mayor disfrutaba ser el anfitrión de la noche. Iba y venía con sus dos amigos, que se habían sentado juntos. Los hermanos italianos se perdían entre grito y grito, discutiendo con los demás lo que comerían saliendo de ahí, en vez de platicar de la agenda que tenían preparada para la reunión.
Soltó un grito, uno fuerte, de esos donde Feliciano atendía como buen soldado, ganándose la atención de los demás y el orden por fin de todos. Gilbert regresó al lado de su emplumado amigo, que se posó en la cabeza de su hermano menor, mientras recibía un buen jalón de orejas. Con esto, todos pensarían mucho mejor antes de deshacer la disciplina alemana frente a él. Carraspeó un poco, con las mejillas sonrosadas de haber llamado tanto la atención. Cogió el folder color azul frente a él, buscando el importante tema del cual tenían que discutir. Pero un ruidito molesto interrumpió todo.
- Oh –Antonio Fernández Carriedo cogió su celular, que vibraba incansablemente en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó y miró la pantalla, para saber quien le llamaba. Francis se recargó en su hombro, mirando con curiosidad también. El español sonrió de oreja a oreja, con las mejillas pintadas de rojo. Se levantó, disculpándose con todos, para salir al pasillo. Afuera, contestó, con suma alegría- ¿Hola? ¿Eduardo? Decidme lo que os ocurre, creo que es algo tarde por a…
- ¡ANTONIO! –le interrumpió, con un grito que rayaba en la preocupación y la desesperación. El español abrió sus ojos color esmeralda, sorprendido por tal sentimiento. Algo no andaba bien, eso era seguro.- ¡Fernando…! ¡Él…! –se detuvo un momento, tomando aire-
- ¿Fernando? –Se trataba de su pequeñito, ahora las cosas iban más raras. Soltó unas cuantas risas, seguramente se trataba de una broma- Anda, no espantéis de esa forma, hombre. Fernando debe de estar en su casa, dormido.
- ¡Ese pelotudo…! –trató de calmarse un poco. Antonio escuchó un par de susurros, seguramente de Manuel, para tratar de tranquilizarlo un poco. Esto no era un juego, estaba claro, porque si se trataba de uno, había perdido toda su gracia.
- Dime lo que pasa… -escuchó más alboroto al otro lado de la línea- ¿Eduardo? ¡¿Qué le pasa? ¡¿Qué tiene Fernando…?
Adentro, todos guardaron un silencio incomodo y desesperante. Alemania se quitó los lentes, acariciando el puente. No podía con ellos, no había mucho que hacer. Ahora debían de esperar al hispano a que regresase a su lugar, porque eso no era un parque de recreo. En un par de minutos, por quien esperaban entró, agitado, solo para tomar su saco que había colgado en el respaldo de su asiento. Se despidió con la mirada del francés, que entendió que algo pasaba. No te preocupes, le susurró, indicándole que todo iba a estar bien. Tocó su hombro y partió, disculpándose disimuladamente con todos ellos.
Francia le miró partir, junto con los demás, pero fue seguido de un 'la reunión se pospondrá hasta nuevo aviso' por parte del ya hastiado alemán, que tuvo tiempo de preguntarse por la llamada, de carácter urgente, del argentino. Varios países decidieron salir a caminar un rato o simplemente se relajaron y continuaron platicando con los demás. Gilbert corrió al lugar del francés, sentándose en el lugar designado para Antonio. El rubio le miró, extendiendo la sonrisa cuando este se recargó sobre su brazo, en señal de cansancio, aunque cuando de trabajo se cansaba, el pruso era quien menos hacía algo.
- ¿Por qué Antonio tuvo que irse? –le preguntó Gilbert, mirándole con ojos curiosos- Habíamos quedado en ir a tomar algo, ¿no? –dijo esto, en forma de reproche, a lo que el mayor solo se limitó a acariciar los cabellos de su nuca
- Está bien, mon ami. Antonio tuvo que atender un urgente de sus petits, -le cuenta, susurrándole eso último al oído - Regresará pronto, te lo aseguro.
- Entonces llévame a tomar algo –le pide con capricho y el otro le responde con un beso en la frente, asintiendo después.
Francia se levantó junto con su joven acompañante, metiendo la silla de ambos cuando estuvieron de pie. Se llevó las manos dentro de las bolsas de su abrigo, andando en dirección a la puerta. Gilbert alardeaba acerca de su asombrosa capacidad de resistencia cuando de beber se trataba, aunque todos supieran que era de los primeros en caer rendido. Se echó a reír, asintiendo ante todo lo que su peliblanco amigo le decía, cuando, a lo lejos, sentado en una de las sillas, solitario, el hombre ruso esperaba ansioso alguna noticia para la próxima reunión. El rubio pasó a su lado, tocándole el hombro de pronto, mientras le regalaba una sonrisa al verlo.
- ¿Mh? –Rusia volteó a verle, respondiéndole el gesto con sus facciones infantiles- Frantsiya –le sonríe, notando a Gilbert, que se escondía detrás de su rubio amigo, evitándole, pero solo le causó gracia y lo demostró con una pequeña risita- Prussiya, privet, da . –amplió más su sonrisa.
- ¡Qué tal, mon ami! –se agacha para besarlo en la mejilla- Gilbert y yo pensamos en ir a tomar un trago, ¿no gustas venir? –el ruso les miró con los ojos iluminados, asintiendo al instante.
- ¡Fr-Francis! –lo empuja por detrás, notando por de más el desacuerdo en su propuesta con el más alto de todos los presentes, pero el agredido solo se echó a reír, guiñándole un ojo a Rusia, para que se apresurase también. Gilbert terminó suspirando, adelantándose a la puerta. Justo ahora extrañaba más a Antonio.
Al otro lado del mar, un doloroso gemido se perdía ante cada paso que daba al tocar el suelo. Sentía como si rasgaran su piel desde dentro y aun seguía ignorando todo aquello, el motivo, la razón, lo que pasaría. Sus ojos, hinchados e irritados, continuaban soltando lágrimas desde que bajaron del avión hasta en el aeropuerto de su capital, hasta cuando abordaron el auto privado que ya le esperaba para llevarlo a casa, porque ahí se sentiría seguro, o al menos, más tranquilo. Eres un inconsciente, estúpido, le cantaba Argentina junto a Guatemala, cada quien cargándolo de un hombro, para que pudiera abordar el auto. A penas si les podía dedicar una sonrisa que se perdía en segundos por el dolor que sentía cuando el viento le rozaba.
Después del desagradable incidente en casa de Eduardo, no se les permitió a ninguno de los presentes hablar al respecto, aunque les sería muy difícil, mas cuando la salud de todo un país se encontraba de por medio. Informaron directamente a la casa del moreno, quien pidió, de manera urgente, regresar con los suyos, porque no sabía de qué se trataba. Así, habían tomado un vuelo privado, donde el mismísimo Eduardo se encargaría de vigilar su regreso, acompañado de quien le había traído.
- Fíjate al bajar –le dijo el chapín, cuando el auto se detuvo frente a la casa que compartía con su capital, quien ya le esperaba echo un manojo de nervios, con la puerta abierta- Fernando, ten cuidado… -le repitió, sintiéndose un poco culpable por todo lo que e había pasado.
- Anda, che, ya estamos aquí –aportó el argentino, dándole ánimos. Fernando le sonrió, sin saber como agradecerle, a él, a ambos, a todos. Volvió a echarse a llorar, esta vez conmoviendo hasta el mismo Eduardo.- F-Fernando…
- Deja de llorar, tonto.
- Muchas gracias… -se detuvo, antes de hablar- No sé como… pagarles todo lo que hacen… por mí.
Los dos países se miraron entre sí, sin responderle nada y mucho menos comentar algo al respecto. Siguieron su camino, hasta adentrarse a la casa, donde su capital le recibió con suma preocupación. ¿Qué está pasando?, le preguntó a Fernando, quien, examinándolo con desespero, se soltó del agarre de los otros dos, solo para tocarle la frente al chico que lo contemplaba con duda en los ojos y miedo en las palabras. Acarició su rostro, a penas notando una pequeña calentura que no tardaría en pasar mucho, o al menos eso quería.
- ¿Cómo están tus hermanos? –pregunta contra pregunta, con el mismo sentimiento de preocupación carcomérselo por dentro- Dime que están bien, por favor… -pero la cara que vio, solo le hizo soltarse más en el llanto y negar de un lado a otro, culpándose y sintiéndose peor a como había llegado- Necesitamos… Necesitamos hacer algo… -dijo, pero ni siquiera él mismo sabía qué- Debo de preguntarles cómo… se… -el piso volvió a movérsele, justo como antes, en casa de Eduardo-
- ¡Primero te vas a la cama! –el sudamericano hizo que se apoyase de nueva cuenta en su hombro, pidiéndole que le indicara a dónde dirigirse- No harás otra cosa antes, ¿escuchaste? –no tuvo de otra más que asentir, tratando de ocultar las lágrimas lejos de todos.
Le llevaron hasta su habitación, donde le ayudaron a recostarse sobre su cama y a cambiarse de ropa, para que así descansara un poco. No quiso ser contemplado, pero le fue inevitable, miraron su cuerpo desnudo y con las marcas de lo que sentía ahora y lo que el rubio le había hecho. Se sintió miserable, con vergüenza de sí mismo, con ese sentimiento de no poder hacer más ni por él mismo. Alejandro lo detuvo, antes de que volviera a llorar, solo se acercó a él y le abrazó, con sumo cariño y apoyo. Todo va a estar bien, tonto.
Francia, aun cuerdo, sin sentir el efecto del alcohol encima de él, pidió otra copa de vino, la cual aspiró con éxtasis al momento en la que la pegó a sus labios. Dejó que el líquido se colara dentro de él y deleitara su paladar, como si el delicado cuerpo de una joven chica le perteneciera. Sonrió satisfecho y volteó a donde su compañero Gilbert yacía, recostado sobre la barra, soltando maldiciones a sus antiguos gobernantes. No habían pasado ni media botella cuando ya comenzaba a reírse como estúpido, así que solo le dejaron estar, al final, siempre tenía que regresarlo entero a casa de su hermano.
- Parece que el pequeño Gilbert no resistió mucho, da –sonrió el ruso, mirándole desde el lado contrario, con mucha curiosidad y diversión- Pensé que todavía nos podríamos divertir, Prussiya, da –le comentó, siendo contestado por el dedo medio del ofendido pruso, quien buscaba torpemente la mano de Francis
- Quiero al… -comenzó a hablarle hipiando, arrastrando las palabras contra la mesa- al tonto de… Spanien… -se detuvo, antes de sentir el asco formarse dentro.
- Tranquilo, -se adelantó Francis, cogiendo su celular desde su bolsillo, para cumplirle otro de sus múltiples caprichos a su amigo de hace siglos- Ya le llamo, para que preguntes por él.
Palmeó su espalda, asegurándole que ya lo hacía. Rusia regresó a ver su bebida, tomándola entre sus dedos y jugando a la vez con ella. Le gustaba contemplar la luz que atravesaba el cristal y el líquido incoloro que tenía dentro, refractándose en miles de tonalidades. Era bello y tan alegre, se repetía por dentro, un espectáculo que le gustaría tener más seguido en los cielos de su casa, pero no era del todo posible. Soltó un suspiro y la risa de una persona se coló por sus oídos. Sonrió, no era mentira, anhelaba ver a México otra vez y poder tocarle como la vez pasada.
Se detuvo y cerró los ojos, imaginándose que era Fernando quien estaba sentado a su lado, sirviéndole otra copa, mientras le contaba un millar de cosas que no entendía del todo, pero le gustaba escuchar. Porque siempre que se veían le saludaba con gusto, como si fuera la persona más importante en el mundo, como si tuvieran siglos de no verse y anhelaban con mucha fuerza su reencuentro. Le hacía feliz todas sus acciones, todos sus gestos, todos sus movimientos, porque sabía que eran para él, solo para él y nadie más. Dio un trago, brindando por su reencuentro, que esperaba fuera como el anterior.
- ¿Mexique, mon ami? ¿Pero qué le pasó a mon petit Mexique? –llamó la atención de ambos. Iván le miró más que interesado, en su rostro podía verse la tal preocupación, que Francia fácilmente pudo detectar. Siguió escuchando todo lo que el español le decía, ya que su cobertura estaría por fallar cuando subiera al avión- Entiendo. Au revoir, mon ami.
- ¿Le sucedió algo… a Fernando? –Rusia se adelantó con la pregunta de oro, antes que el pruso, tomándolo del brazo, para que le dijera de frente todo lo ocurrido. Sus facciones, antes felices, ahora no podían expresar más que desaprobación ante lo escuchado. No podía ser verdad, Fernando, algo lento, lo sabía, no podría estar mal. Francia volvió a contemplarlo, era obvio que no se trataba de una simple preocupación.
- Solo se siente un poco mal, eso es todo… -llevó su mano hasta el hombro del ruso, palmeándolo con conforte, antes de regresar a llenar su copa con líquido carmesí.
- West me dijo que… -atinó a intervenir el peliblanco, después de controlar su asco con éxito- Mexiko ni le contestaba la llamada… cuando trataba de comunicarse con él… -contó vagamente.
- Bueno, ahora que lo dices… -Francis miró su reflejo dentro de la copa- Hace mucho que no veo a petit Mexique… Ni siquiera en la reunión de hace unos meses asistió –recordó vagamente- Y luego Argentine le llama a mitad de la conferencia a Espagne, -hace una pausa- ¿qué le estará pasando? –da un trago a su bebida y por el rabillo del ojo contempla al albino, que regresó a su posición seria, pero a la vez inquieta- Antonio me dijo algo –tomó otro pequeño sorbo, sosteniendo la copa aun entre sus dedos- Que Amérique no debe de enterarse de nada –terminó por sonreír y buscar su cartera, dispuesto a pagar- Es probable que Fernando ya se haya hartado de él, ¿no lo creen?
Un rubio de ojos azules atravesó la puerta, directo a su despacho. En su camino, el molesto ruido de la poca malteada cruzar por la pajilla resonaba por las paredes de la Casa Blanca. Iba con su sonrisa de oreja a oreja, justo a penas acababa de despertar de una siesta por la tarde, donde soñó algo de verdad encantador. A cada paso que daba recordaba la piel de Fernando bajo él, sudorosa y sensible ante cada caricia que le propinaba. Lo mejor de todo, es que su vecino sureño le pedía que lo penetrara con palabras tan sucias y sumergidas en la lujuria.
Cuando se dio cuenta que su bebida ya no tenía más, optó por buscar un bote de basura y desecharla, para luego ir por más a la tienda cercana. Se quedó frente a la ventana, mirando como el sol se ocultaba detrás del horizonte. El tiempo pasaba rápido, que mejor decidió sacar su móvil para ver la hora y notar que ni una llamada perdida tenía. How sad, pensó, denotándolo en su rostro, porque él se encontraba esperando con ansias la llamada de su pequeño vecino.
Él quería ser su héroe, la única persona de la cuál él dependiera, por eso mismo quería ir a salvarlo en los momentos difíciles que se avecinaran. Que le adulara y todos los días le recordara lo genial e importante que era para él, como hace mucho tiempo. Quería poder llegar como antes a su casa, que le invitara de comer y que por la noche hicieran el amor como locos. Esa era la mejor parte de tenerlo para él, si que lo era. Solo que él, parecía no tomarlo en cuenta.
Francia se levantó de su sillón y cerró el libro que leía, recordando viejos tiempos al lado de Voltaire. Se quitó los lentes de lectura, cuando escuchó el teléfono de su despacho sonar. Seguramente se trata de Antonio, pensó de pronto. Dejó los lentes sobre la mesita de té y se apresuró a tomar la llamada, topándose con una de sus sirvientas, pero una mirada a ella la hizo que regresara a sus labores y no se preocupara, porque él se encargaría. Alzó la bocina al tiempo en el que se sentaba en su cómodo sillón, jugando con una pluma del escritorio. Francia, estaba en lo correcto, del otro lado del auricular salió la voz animada de Antonio, quien parecía llegar a su destino.
- Mon ami, Antonio –le llamó con cariño, cerrando los ojos e imaginando que estaba platicando con él de frente, contemplando su torpe y sincera sonrisa que le arrebataba suspiros a cualquiera- ¿Cómo te va? ¿Has llegado? ¿Cómo está Mexique? –haberle hecho tantas preguntas, solo le causaron gracia a sí mismo
- A penas llegué a su casa –le confiesa, aun algo alterado- Es casi de madrugada, espero que no sea inoportuno –se escucha como unos pasos se acercan- Si no me quiere recibir, tendré que quedarme fuera… -suelta risas, muchas risas risueñas- Oh, espera… -El rubio quiso acompañarle en ese momento, así que buscó entre los cajones la agenda del mes. Probablemente así sería.
- Aquí sigo –le avisó, continuando con su búsqueda, hasta que dio con lo que quería. Puso el cuaderno frente a él y lo comenzó a hojear, pero no se concentraba, pero aun, cuando comenzó a escuchar los gritos del mexicano, que aunque fueran lejos de donde estaba, lograban colarse hasta por la bocina- ¿Antonio? –cerró su agenda, no necesitaba revisar más, quería estar con él y ver como se encontraba el moreno-
- Espera, parece que no sabía que iba a venir… -sonó algo acongojado y a la vez desilusionado, como si se lo hubiese susurrado como un secreto- Francis, te llamo luego, ¿vale?
- No te preocupes por mi, Antonio –le dijo, con una sonrisa en el rostro- Te veré pronto, suerte.
Francis colgó la bocina cuando el español cortó la llamada. Se quedó un momento buscando ahora en el directorio cercano para hacer la reserva de un boleto de avión. Cuando lo encontró entre los miles de números escritos en la libreta, lo marcó a su celular y se levantó, apresurándose a su habitación para empacar unas cuantas mudas y salir cuanto antes. Cuando estuvieron por contestarle, una de sus jovencitas le avisó que tenía visitas, del señor Rusia, para ser más exactos. El galo le agradeció y le pidió que lo pasaran al recibidor, que en un segundo estaría con él.
- Por favor, quisiera apartar dos boletos de avión con dirección a América –esperó unos segundos- Au Mexique, s'il vous plaît.
CONTINÚA
Gracias a todos por su paciencia, hoy me di cuenta que hace un mes les había subido el ultimo y la conciencia me remordió. Espero les haya gustado, de corazón. Amo a Francia y a España [mas aun como parejita]. Y Alfred, ahhh, ese Alfred, tambien me gusta. No lo odien, por favor, no mucho xD Nos leeremos pronto. ¡Saludos!
