Título: La pieza faltante
Claim: Johan Andersen/Yuuki Juudai, implícito soulshipping y bridgeshipping.
Notas: Post-series. Situado en la siguiente reencarnación de Juudai.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Misteriosa
Tema: 14. Lámpara
Alemania también era enorme, como le recordó Yubel con un dejo de ironía nada más pisar las brillantes calles llenas de historia. Era enorme, totalmente desconocida por el idioma, laberíntica e intimidante y sin embargo, era el lugar correcto. Lo supo nada más tocar tierra firme, cuando Neos, desfallecido por haber consumido toda energía de Yubel y algo de la suya propia, lo dejó caer sobre el primer puerto que encontró, en donde, de pura suerte, ningún marinero se dio cuenta de su presencia.
—Es es lugar correcto —le dijo a Yubel, sonriéndole con todas las ganas del mundo, al ver que su presentimiento extraño y el uso del mapa, pese a que ella ni conocía la tierra, habían resultado efectivos.
—Lo sé, yo también lo siento —era como si un segundo corazón se hubiera encendido justo al lado del primero y único, un irregular golpeteo en su pecho, algo cálido y asfixiante; algo que les pedía avanzar, pero al mismo tiempo retroceder—. Y está cerca de aquí.
Juudai suspiró, en Alemania todos eran rubios y de ojos azules, o al menos la gran mayoría. Él quería creer que Johan tenía la misma forma con la cual lo recordaba, que poseía el mismo poder que él, para regenerarse en un cuerpo similar, aún dentro de otra persona; pero si no era así, ¿cuál de todos esos tipos barbudos podía ser él? Comenzó a caminar por el puerto descartando a todos quienes veía con una sola mirada, porque además, ese extraño sentimiento en su pecho, también funcionaba como un radar que desechaba a las falsificaciones, como las llamaba él.
Pronto dejó atrás el mar congelado y casi negro, cuyas aguas tumultuosas no parecían amilanarse ante el clima helado y los esfuerzos de los humanos por dominarlo; pronto avanzó por las coloridas calles, los lugares históricos, muchos de los cuales sólo conocía por sus libros de texto. Había estado en Alemania una vez en el pasado, cuando Paradox hizo de las suyas con el mundo, pero sólo fue por ínfimos días, ya borrosos en la parte de atrás de su memoria. Así pues, se sorprendió cuando se dio cuenta de que había dejado de pensar totalmente y que sus piernas habían seguido caminando por sí mismas, siguiendo un camino que él no recordaba y que sólo era marcado por el compás de su presentimiento, cada vez más atrayente, como si fuera un imán pegado a su alma.
Tras caminar por al menos una media hora, Juudai dio con una calle cerrada, rodeada de tiendas con todo tipo de productos antigüos, desde lámparas hasta relojes, desde sofás hasta viejas computadoras. En el fondo, hacia el final de la calle e iluminados por el opaco sol que de vez en cuando se escondía entre las nubes, un grupo de jóvenes jugaba fútbol como si la vida se les fuese en ello. Tan rápidos eran sus movimientos que apenas y podía divisar siluetas borrosas moviéndose através del improvisado campo, cabellos alborotados al viento y algunas risas y palabras en alemán.
—Yubel, es él, ¿verdad? —no estaba ni a diez metros de distancia cuando se detuvo, sin poder creer lo que veían sus ojos. Tenía la misma forma que en su anterior vida, los vivaces ojos de color verde, el cabello azul derramándose como olas de mar sobre sus pómulos, el cuerpo atlético —esta vez gracias al fútbol—, la misma risa, la misma voz...—. ¿Podrá entenderme?
El espíritu negó con solemnidad con la cabeza, dándole a entender que no podía responder a ninguna de sus preguntas, pues toda esa situación se le salía de las manos, ya que no tenía sentido lógico. Ella también estaba impactada, era él, quien le había hecho mucho daño en el pasado, pero que a la vez le había dado la mayor felicidad, al reencontrarla con Juudai. Era él, quien ofrecía su casa siempre que podía para que se quedaran, a quien no le tenía celos ya más cuando besaba a Juudai... Tan idéntico, tan irrefutable.
—¡Johan...! —encogiéndose de hombros y sonriendo al pensar que no tenía importancia si lo entendía o no, pues de eso se encargarían después de que se reconocieran, Juudai gritó su nombre al aire, que se convirtió en un vaho mucho más fino que el de Noruega, deteniendo de inmediato el partido.
La mano del castaño se alzó e incluso Yubel se atrevió a dibujar una sonrisa de irónica bienvenida cuando el muchacho volteó al oír su nombre, completamente confuso.
—Johan, soy yo, Juudai, ¿no me reconoces? —de nuevo no hubo respuesta, aunque el joven quiso pensar que se debía a que el europeo no sabía japonés como antes, ilusión que se derrumbó inmediatamente el otro abrió la boca, pronunciando con un japonés muy malo —porque no atendía muy bien a sus clases—: ¿Quién eres tú?
