Título: La pieza faltante
Claim: Johan Andersen/Yuuki Juudai, implícito soulshipping y bridgeshipping.
Notas: Post-series. Situado en la siguiente reencarnación de Juudai.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Misteriosa
Tema: 28. Persecusión


Juudai dejó que sus manos vagaran automáticamente por los paquetes de cartas que había conseguido esa mañana, sintiendo la familiar euforia inundándole al pensar en qué monstruos nuevos saldrían, si habría algo digno de coleccionar o si el llamado del destino, tan sabio y tan misterioso a la vez, le permitiría conseguir, como por arte de magia, alguna de las cartas de las bestias gema.

Johan no era muy asiduo a los duelos, así que carecía de cartas propias y aunque sabía las reglas básicas, muchas eran sus carencias para la empresa que planeaba pedirle, la de acompañarlo allá a donde fuera, a pelear contra la luz destructora.

Así pues, el joven castaño trató de ignorar en lo más posible la mirada atenta de una mujer sobre su nuca, que nada tenía que ver con Yubel, a quien todo ese asunto le aburría y no se mostraba tan optimista en cuanto a obtener las cartas legendarias, pues aquello era destino, no magia. La madre de Johan los observaba apoyada desde la repisa que separaba al comedor de la cocina, desde donde llegaba un suculento olor a pollo con algunas especias, todavía desconfiando de la extraña explicación, por no decir mentira, que le habían dado para justificar la presencia del japonés en el lugar.

Parecía que la mujer no se creía ni una sola palabra de lo que le habían dicho y claro, era totalmente inverosímil, pues las explicaciones habían girado alrededor de un inexistente intercambio de cartas hacia el extranjero y algunos chateos en línea, pese a que Johan ni computadora tenía. Por eso, no les quitaba la vista de encima ni siquiera en esos momentos de perfecta calma, la que acontecía antes de que llegara su esposo, quien no estaba seguro de cómo recibiría la noticia, pero que esperaba la apoyara en sus sospechas sobre el inesperado visitante. La mujer parecía pensar que si les quitaba los ojos de encima se escaparían o bien, que encontraría muerto a su único hijo, presa de algún asesino salvaje escapado de su país natal, escondido tras la fachada de un joven inocente y aparentemente bueno, cosa de la cual hasta Johan tenía sus dudas.

—¿Cómo se supone que esto me vaya a ayudar en algo o a ti? —comentó él, aunque traicionándose un poco al mirar las cartas con inmensa emoción, como si hubiera un llamado en ellas, un mensaje secreto en la tinta fresca y los dibujos extravagantes—. Hey, ¿ésta es buena?

Juudai observó las cartas que Johan sostenía entre las manos, una curiosa mezcla de cartas de trampa y mágicas, con un único y solitario monstruo en todo el paquete, que nada tenía que ver con el antigüo y legendario deck que había utilizado en esa otra vida.

—Sí, ¡claro que es buena! —aunque el castaño contestó con la mezcla de emoción y admiración suficientes para un acontecimiento como ese, por dentro se tragó las palabras que quería decir en realidad: que ésas no eran las cartas que estaba esperando, que el destino parecía estar jugando con él como si de una marioneta se tratase y eso lo desesperaba, tanto como no poder salvar la distancia entre ellos, apenas separados por la ridícula mesita del café, para plantarle un beso como había soñado durante tantos, tantos agónicos años.

—Bueno, hijo, voy a comprar pan para que cuando llegue tu padre pueda cenar apropiadamente, cuida la casa, ¿de acuerdo? —claramente iban implícitas varias amenazas en esa simple oración, pero si Juudai las descifró, no hizo ningún comentario y siguió con lo suyo, rasgando sobres con febril ansiedad, hasta que la mujer salió, haciendo un ruido sordo con la puerta.

El europeo asintió sin prestar mucha atención a las palabras de su madre, pues en esos momentos se encontraba muy enfrascado en la lectura de una carta mágica, que después juntó con otra en su mano, murmurando para sí que parecían tener relación y que podían servirle.

—¿Quieres tener un duelo? —preguntó después de un rato, en el cual Juudai había permanecido callado, todavía tratando de buscar, entre los escasos sobres restantes algo que pudiera darle nueva cuenta de su destino, de que estaba siguiendo el camino correcto. Yubel, en al aire, se debatió sólo un poco antes de sonreír. Si querían la llamada del destino, ésa era su mejor oportunidad, pues no eran las cartas, sino el duelista, las que hacían el duelo.

—¡Claro! —respondió el japonés, sintiendo de pronto cómo sus facciones se iluminaban ante el recuerdo difuso del primer duelo en la academia, ante la mirada de todos los estudiantes y la posterior amistad que surgió de ahí—. Pero, ¿estás seguro de que quieres usar esas cartas? —ni siquiera se había fijado en el mazo que el otro muchacho había formado mientras él soñaba despierto con encontrar algún indicio o con los viejos tiempos, inalcanzables, como mero polvo en el aire viciado de un nuevo mundo.

Se explicaron mutuamente algunas de las reglas con ayuda de Yubel, que conocía un poco más la estructura de los duelos de ese futuro, donde las invocaciones synchro y exceed estaban muy de moda, luego procedieron a combatir, esperando que la madre del joven de ojos verdes no apareciera demasiado pronto y terminara con la diversión.

El talento en Johan era innato, aunque eso no hacía que no tuviera fallas de vez en cuando, mismas que desaparecerían —Juudai y Yubel estaban seguros con tan sólo verlo— con algunos ensayos más, muy a pesar de que su deck no fuera el de la otra vida, como no lo eran sus pensamientos y sentimientos en esos momentos, ajenos a todo un pasado anhelado.

—¡Convoco al caballero Neo Parsath en modo de ataque! —Juudai observó cómo Johan alzaba su mano en señal de triunfo, sosteniendo una carta, para luego echarse a reír ante el rostro de concentración del otro, que estaba muy ensimismado en el duelo—. Es una broma, ése no puedo invocarlo, ¿verdad?

Juudai se echó a reír ante el comentario, luego arrebató la carta que el otro sostenía como si se tratase de una espada y sonrió, ni siquiera era la que había dicho.

—¡Ah, eso no es justo! ¡Me he emocionado! —comentó con sinceridad, riendo a mandíbula batiente, cosa en la cual el otro lo imitó en escasos segundos, también sonriendo sin parar—. ¿En qué más me has mentido? —preguntó después de un rato, con la sonrisa desvaneciéndose a ratos, las comisuras de los labios temblando como si fueran hojas arrastradas por el viento.

Para cerciorarse, tomó la mano del otro que sostenía las cartas aún y la volteó hasta que la palma quedó visible, junto con los pedazos de papel de brillantes colores, pero en realidad él ya no veía las cartas y todo el momento parecía haberse transformado súbitamente, como si la atmósfera su hubiera hecho pesada y pegajosa de pronto. Sostenía su mano y ambos se habían quedado callados, sus ojos castaños vagaron hasta encontrar los de él, verdes y brillantes como los de antaño y algo pareció surgir ahí como nunca antes, incluso ni siquiera cuando lo vio por primera vez en ese nuevo mundo.

Allí estaba la conexión que buscaba y que no se encontraba en las cartas, mucho menos en los recuerdos ni en el pasado, enterrado en una tumba solitaria en Noruega, cubierta de nieve ya por ese tiempo. Allí estaba y parecía mucho más poderosa que la magia, que el destino que lo había llevado hasta ese lugar y sólo procedía de ese instante, de sus miradas fijas y los corazones latiendo acelerados, en ese primer encuentro espiritual que sucede en toda una vida y dura, quizás, para siempre.

Juudai se inclinó sobre la mesita del café con la agilidad de un felino, casi como por impulso, casi racionalmente, en persecusión del otro, de los labios que había deseado rozar desde el momento en que los vio de nuevo, tan vivos y carnosos como el más suculento de los manjares. Johan no hizo ningún movimiento para detenerlo, también parecía paralizado por esa fuerza que los atraía en esos momentos, también parecía querer saber qué seguía después.

Yubel, en cambio, entornó los ojos, pero no fue por envidia o celos. Había ruidos afuera, de los cuales no fue capaz de alertar a los jóvenes. Segundos después, la puerta del apartamento se abría y todo el momento se derrumbaba como un castillo, dejándolos a todos anonadados por el peso del ambiente inexplicable a su alrededor.