Título: La pieza faltante
Claim: Johan Andersen/Yuuki Juudai, implícito soulshipping y bridgeshipping.
Notas: Post-series. Situado en la siguiente reencarnación de Juudai.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Misteriosa
Tema: 23. Almendras
Yubel esperó a que el sonido de la puerta se desvaneciera como si nunca hubiese existido antes de volver sobre sus pasos hacia la habitación de Johan, que le parecía aburridamente conocida ya, después de haber pasado una semana en ese desconocido país, alejados de la misión que les correspondía. Juudai había ido a conseguir un empleo o lo había conseguido ya, no estaba segura y ella había decidido quedarse con cualquier excusa en el apartamento, pues tenía mejores planes en los que ocuparse que vigilar un entorno aburrido y aparentemente carente de peligros hasta el momento. A Juudai le había parecido extraño en principio, pero después asintió a la idea, pensando que Yubel tenía sus propias maneras de hacer las cosas y siempre resultaban acertadas.
Así pues, el espíritu avanzó parsimoniosamente por las estancias deshabitadas, reconociendo en ellas una inmovilidad carente de peligro, carente de cualquier emoción, justo como se sentía ella en esos momentos, no muy feliz de tener lo que tenía que hacer y decir lo que pugnaba por salir de sus labios, aún si sólo eran malos recuerdos.
Como era de esperarse, encontró a Johan en su habitación, tirado de cualquier manera sobre la cama, mirando al aire con las facciones dubitativas, aunque ella por supuesto no podía adivinar que pensamientos ocupaban su mente. Casi suspiró con cierta exasperación ante la visión y el panorama que se extendían para esa mañana, un imposible que le parecía ridículo y que bien podía evitar si se daba media vuelta y seguía a Juudai a donde quiera que estuviese, para otro día de infructuosa búsqueda de trabajo. Es más, ¿siquiera era necesario? ¿Precisaban quedarse tanto tiempo como para conseguir uno? ¿Cuánto sería ese tiempo? ¿Hasta que Johan recordaba?
No podía esperar tanto, el mundo tampoco. Así que se veía obligada a hacer eso que planeaba, que comenzaba con ella sentándose en el aire frente al europeo, para explicarle su parte de la historia.
—¿No tienes obligaciones acaso? —preguntó ella, sacando al joven de sus pensamientos para hacerlo posar sus ojos verdes sobre su figura translúcida, aún parecida a la de una fantasía increíble.
—Estoy de vacaciones —contestó resueltamente él, pasándose los brazos por la nuca para poder mirarla mejor, todavía era un poco extraño hablar con el aire, pero no podía decir que no le emocionaba, que no le gustaba esa comunicación mucho más allá de una simple carta y un humano.
—Eso lo explica todo —murmuró ella, con un tono condescendiente que sólo hizo sonreír a su interlocutor, pues se daba muy bien cuenta de que parecía un vago ahí en su casa sin hacer nada, cuando Juudai, el siempre misterioso e inexplicable visitante, había salido a hacer algo productivo por el mundo—. Entonces tienes tiempo para escucharme.
Johan asintió, no muy seguro de querer escuchar lo que el espíritu tuviera que decirle —¿Qué sería? ¿Más lazos inexplicables y giros del destino?— pero muy seguro de que ella no le dejaría irse hasta haber oído la última palabra.
—¿Recuerdas todo lo que Juudai te contó cuando llegamos aquí? —un nuevo asentimiento de parte de su interlocutor, que de cualquier modo no garantizaba que estuviese diciendo la verdad, pues la cantidad de información era inconmensurable y más si todo se creía una fantasía—. Juudai ha omitido una parte por tu bienestar, o más bien, por el suyo propio y el mío. Eso es lo que quiero contarte, de modo que dejemos atrás esta ridícula vida sin sentido que nos planeamos seguir, en donde tú no te decides y Juudai se queda encadenado aquí, a tu lado.
Las palabras eran duras pero ciertas, Johan había estado pensando en ello antes de que el espíritu llegara, antes incluso de que la puerta se cerrara para dejar ir a Juudai al mundo desconocido de Alemania, donde las pintorescas calles no le parecían suficiente motivación como para quedarse para siempre. Aquello no podía seguir eternamente. Sus padres ya sospechaban, aún cuando lo habían dejado quedarse en calidad de un amigo lejano de su hijo. Él no sabía qué hacer y también se daba cuenta de en qué rutina estaba sumiendo a Juudai, de las decisiones que tomaba impulsado por la idea de que él recordaría, eventualmente, todos los hechos que le había relatado.
—No puedo recordar nada —dijo Johan, frustrado por no poder corresponder el sentimiento que había llevado a esos dos extraños seres frente a su puerta, entes que sabía eran únicos y hasta majestuosos—. No creo poder hacerlo nunca tampoco.
Eso era totalmente cierto. Y Yubel le agradeció que fuera sincero en ese sentido, que no tratara de engañarla ni engañarse a sí mismo para continuar con esa ruptura de los días aburridos, con Juudai como mayor entretenimiento.
—Aún si no lo haces, necesitas saber y luego debes de tomar una decisión —sus ojos y sus palabras, que hasta hacía unos segundos habían sido duras se relajaron, se suavizaron tanto que adquirieron un tono melancólico, casi como si la mujer estuviese a punto de sollozar. Johan permaneció solemne. Sí, todo el término de ese capítulo de una vida, anterior o no, le correspondía a él y tenía que escuchar para decidir—. Cuando ustedes se conocieron, hubo un tiempo en el cual...
Las palabras se transformaban en imágenes bajo los párpados del europeo, imágenes oscuras y difuminadas por su propia imaginación, que no conseguía rescatar los recuerdos de esa vida y los fabricaba, mucho menos imprecisos que un pensamiento. Yubel le contó sobre el Mundo Oscuro, sobre cómo Juudai sacrificó a sus propios amigos para ir a buscarlo —porque él antes había hecho ese sacrificio por él, desvaneciéndose al momento—, de cómo presa del miedo y la rabia de creerlo perdido, Juudai había cedido a la oscuridad maligna en su interior, asesinando a muchos, demasiados, inocentes y malhechores por igual.
Le habló entonces de su sufrimiento, la voz temblándole ligeramente de vez en cuando, las facciones descompuestas por una tristeza que jamás llegó a imaginar semejante espíritu imponente albergaría. De cómo había sufrido al verse separada de él, cambiada por él, por Johan. De los momentos de celos y de rabia, de puro dolor cegándola de toda verdad. De cómo, al final, había terminado aceptándolo, compartiendo una escasa vida juntos, los tres, vida que Juudai deseaba volviera a repetirse.
—Yo te acepté en esos momentos —puntualizó ella, con el matiz duro en su voz volviéndose a formar con cada sílaba pronunciada—. Y puedo aceptarte ahora, quizás siempre, si esta extraña coincidencia vuelve a repetirse. Pero el punto aquí es, ¿tú lo aceptarás a él? ¿Aceptarás lo que te dijo? ¿Aceptarás lo que hizo por ti en el pasado y lo que ha hecho en esta vida? ¿El destino que tenemos que cargar, el de pelear contra la Luz de la Destrucción? Tienes que tomar una decisión, Johan. No podemos permanecer aquí más tiempo, no puedes engañarlo más tiempo, si no sientes nada por él. No es justo.
Johan asintió, solemne, comprendiendo todo lo que había sucedido, viéndolo desde otra perspectiva. Había muchas cosas de por medio en su decisión, el pasado, el presente, el futuro. Si decidía ir con ellos tendría que decirle adiós a sus padres, a la vida que conocía, para dar paso a una senda llena de peligros, de batallas que en realidad no le toca pelear. Murmuró apenas que le dejara pensarlo, dándose la vuelta para quedar de espaldas a ella en la cama. Cualquiera que fuera su respuesta, ésta se reflejaría en los ojos color de almendras del japonés y no estaba seguro de saber qué quería ver en ellos, si tristeza o alegría.
