Título: La pieza faltante
Claim: Johan Andersen/Yuuki Juudai, implícito soulshipping y bridgeshipping.
Notas: Post-series. Situado en la siguiente reencarnación de Juudai.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Misteriosa
Tema: 27. Gafas
Juudai no estaba seguro de cuánto tiempo más se le permitiría quedarse en casa de los Andersen, no sería mucho, sin duda y aunque ayudaba un poco el hecho de que hubiese conseguido un trabajo, sabía que su presencia no era bien recibida en la casa, al menos no más de lo que la cortesía lo requería. Así pues, sus días se habían convertido en algo estresante nada más llegaba a la casa que no le pertenecía, llenos de recuerdos y sinsabores, de la imagen de su madre esperándolo cuando llegaba de la escuela, para preguntarle cómo le había ido en las clases. No ayudaba tampoco el hecho de que Johan estuviese esquivo, pensativo y siempre alejado de él, como si tuviera un virus muy contagioso y horrible. La perspectiva, desde esa manera, le parecía oscura y aunque trataba de mantenerse optimista, cuando se dejaba caer en el colchón que le habían prestado, en el suelo al lado de la cama de Johan, el único pensamiento que invadía su mente era el de la derrota, la apatía mezclada con promesas de días tristes.
Una noche, después de que Yubel le advirtiera lo que los padres de Johan habían estado discutiendo en su dormitorio pensando que nadie los escuchaba y exactamente a un mes de su llegada al país Juudai decidió que ya era hora de tomar cartas en el asunto y quizás marcharse, aún si la respuesta que recibía no era favorable. Claro, no se iba a ir sin antes luchar, ¿verdad?
Johan estaba a un escaso metro de él sentado sobre su cama con las piernas cruzadas, mirando con total concentración al mazo de cartas que había ido perfeccionando con las semanas, hasta tal punto que ya le daba mucha batalla a Juudai, quien lo miraba como si eso fuera su mayor orgullo. ¿Podría defenderse con esas cartas si alguien lo atacaba? ¿Qué clase de reglas se imponían en esos extraños juegos en los que Juudai quería que se sumergiera? El castaño le había dicho que había muerto en uno de esos juegos en su vida anterior, que había sido irresponsable y que por eso lo había dejado solo, desencadenando todo ese enredo de recuerdos y destino. ¿Y si él moría también? ¿Podía acaso dejar a sus padres? ¿Podía siquiera convencerlos de que lo dejasen marchar sin que pusieran un aviso internacional buscándolo?
En ese momento frunció el entrecejo pensando que la decisión no era suya del todo, que aún si decía que sí a todos los riesgos que conllevaba el irse, muchas otras cosas se pondrían en su contra, que el llamado destino al que ellos siempre hacían referencia sólo se estaba burlando, dándoles imposibles que superar. En eso estaba cuando sintió que la cama se hundía sólo un poco en una de las esquinas, logrando que su cuerpo se tambaleara más y más conforme el peso —la persona— se acercaba a él por la superficie mullida en la que dormía. Era Juudai, por supuesto y parecía casi felino y ágil mientras se acercaba, la luz de la lámpara en la mesita cercana rompiendo en sus facciones y en sus pupilas, brillantes a pesar de la oscuridad de la noche.
Aquello no era justo, nada justo. Y así lo pensó Johan mientras la proximidad del otro se hacía latente en su respiración cercana, en que casi podía contar sus pestañas cuando éste se aproximaba y adivinar algún secreto en la profundidad de los ojos castaños, que pronto se cerraron como lo hicieron sus labios sobre los suyos, en ese primer contacto deseado desde hacía tiempo, quizás desde siempre en la mente de Juudai. Aquello no era justo porque no le daba tiempo a Johan para pensar, para racionalizar sus posibilidades. Se sentía extrañamente mareado, veía todo borroso, como deben sentirse las personas que usan gafas y luego se las quitan para dormir. Su mente ya no pensaría, lo harían sus sentimientos y eso no era justo.
Correspondió el beso dejando que el sentimiento lo abrumara, devorando los labios del otro con suavidad y necesidad a la vez, las manos aferradas a su cuello, a alguna parte de la espalda que no supo identificar. Le gustaba definitivamente. Le gustaba como nunca nadie antes en su vida, quizás en todas sus vidas —si es que había más, si es que todo era cierto (y comenzaba a creerlo)—, pero, ¿era suficiente?
Los besos se intensificaron conforme la intensidad de sus dudas aumentaba, podía largarse de ahí esa misma noche, tomar sus cosas, su ropa, su deck y embarcarse hacia una nueva aventura con él a su lado. Podía dejarlo todo atrás, estudios, familia, casa, comodidad, todo esa misma noche. Pero los labios del otro lo habían paralizado, sus manos también, fuertemente asidas a su espalda, como si nunca quisiese dejarlo escapar.
El destino se estaba burlando sin duda, ahí estaba la prueba fehaciente. Ahora que había dado ese paso no encontraría nunca un camino de retorno y todo se resumía a irse o no, porque ya una cosa estaba clara: se había enamorado de él.
