Título: La pieza faltante
Claim: Johan Andersen/Yuuki Juudai, implícito soulshipping y bridgeshipping.
Notas: Post-series. Situado en la siguiente reencarnación de Juudai.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Misteriosa
Tema: 01. Doble
Dio un largo sorbo a su taza de café caliente y emitió un sonido de satisfacción cuando sintió el líquido recorriéndole la garganta, calentando a su vez todo su interior. Los inviernos en Alemania eran crudos y peor aún si tenías poco dinero, así como un apartamento deslucido y sin calefacción, pero Juudai no se quejaba, no lo había hecho ni una sola vez durante el mes que había pasado viviendo solo en ese lugar desconocido, donde Yubel tenía que hacerle de intérprete cada vez que iba a la tienda o hacía un encargo de su trabajo. No se quejaba porque todos los días veía a Johan después de sus clases, trataban de hablar en el idioma del otro y se entretenían jugando cartas que hacían a un lado la tarea, el frío, el futuro incierto.
Esa tarde, sin embargo, Johan no había acudido, tenía un proyecto muy importante que entregar al estar en época de exámenes y para calentarse, Juudai no tuvo más opción que comprarse un café y sentarse en la banca de un parque, mirando el hielo congelado, similar a diamantes, en las hojas sobrevivientes de los árboles, que parecían piedras preciosas. Aún si él no estaba ahí, el día le parecía perfecto y lo aumentaba la presencia de Yubel, que ya había dejado por la paz el tema de marcharse y olvidado también en su vocabulario la palabra locura o pérdida de tiempo.
Podía soportar vivir ahí el tiempo que hiciese falta. ¿Soportar? No, más bien, podía acostumbrarse, lo estaba haciendo poco a poco, impulsado por la promesa de marcharse una vez llegase el momento, impulsado por la tranquilidad de tener un lugar donde dormir, algo que comer, en lugar de estar vagando en todas direcciones, aún si eso también lo privaba de la aventura y las maravillas en su viaje.
El café siguió deslizándose por su garganta a paso regular mientras el día despuntaba, creando un cielo azul helado al mediodía, completamente descubierto como un toldo de hielo, libre de impurezas. Había unos cuantos niños jugando a escasos metros de donde se encontraba, fútbol, duelo de monstruos, a saltar la cuerda. Se preguntó entonces qué estaría haciendo su madre y su padre adoptivo, ¿estaría bien? ¿Estarían bajo una nevada, allá en Japón, o mirando la televisión en la sala de estar? Su pecho se oprimió al recordar esos días, tormentosos por los recuerdos que no podía entender, pero aún así felices en su simplicidad, con sus padres y los amigos que había dejado en la escuela. El recuerdo le dio un latigazo de dolor que ni el café pudo mitigar, como si alguien le hubiese enterrado un cuchillo a escasos centímetros de su abdomen, creando un agujero que clamaba por ser llenado.
—¡Juudai! —la voz de Yubel lo alertó, mientras miraba en todas direcciones, consciente de que la sensación no provenía del dolor de haberse separado de sus padres, sino de algo más, algo como un mal presentimiento. El espíritu le puso una mano en el hombro antes de asentir a la pregunta que éste no le había formulado, pero que ella tampoco respondió con los medios habituales, en simples palabras, sino más bien con una mirada que transmitía la misma preocupación—. Es la Luz de la Destrucción, puedo sentirla. Ha despertado.
Antes había captado señales confusas pero débiles, cuya vida no duraba más que la de una estrella fugaz o un soplo de viento, pequeños malestares como el piquete de una hormiga, pero esta vez era real, como si todas las señales confusas y débiles se hubiesen unido, creando una mole poderosa y aplastante, potente aunque estuviese muy lejos de allí, quizás en otro país u otro continente.
—Tenemos que irnos —apremió ella, al observar que Juudai no se movía, que parecía querer congelarse justo como los árboles y plantas a su alrededor con tal de poder quedarse—. No sabemos lo que está haciendo, podría dispersarse en cualquier momento, podría crear cientos, miles de enemigos antes de que logremos alcanzarla, tenemos que hacer algo.
Juudai se puso de pie, apretando el vaso de unicel vacío entre sus manos, aunque por primera vez Yubel no pudo discernir el motivo de su enojo o qué se escondía tras sus ojos castaños, cubiertos ligeramente por el flequillo que solía usar.
Tenía una misión para con el mundo, no necesitaba que Yubel se lo recordara, mucho menos la Luz de la Destrucción, ese enemigo cíclico, tan infinito como el tiempo y la eternidad. Yubel tenía razón, tenían que apresurarse, pero... Había prometido algo, algo que no podría cumplir, que quizás nunca sucedería. De nuevo lo dejaba, al viejo y nuevo Johan, de nuevo lo dejaba. Todo a causa del bien mayor, de la humanidad, de su madre, que tan lejos yacía, de la amable señora que le había dado de comer en Noruega, que él, también, que Johan.
—Vámonos —ordenó con firmeza y se encaminó hacia su casa, donde recogería sus cosas y quizás dejaría una nota, aunque sabía que las explicaciones nunca serían suficientes.
Ojalá los poderes de Yubel pudiesen hacerle un doble, algo que dejar en su lugar, un salvaguarda (una mentira) de su relación, pero era imposible, lo único que ella podía hacer por él (por ambos), antes de que se arrepintiera era transportarlo muy lejos, muy lejos...
