Título: La pieza faltante
Claim: Johan Andersen/Yuuki Juudai, implícito soulshipping y bridgeshipping.
Notas: Post-series. Situado en la siguiente reencarnación de Juudai.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Misteriosa
Tema: 05. Reserva
El cuaderno seguía en blanco, azotado sin piedad por los rayos del sol y los ojos de Johan, brillantes por la luz que se derramaba al medio día en su café favorito, aquél que había descubierto en uno de sus paseos nocturnos mientras era perseguido por la sombra de la duda, que se asomaba en cada callejón, en cada rostro, en cada minuto que se sucedía. El único título que rezaba la primera hoja de papel había sido escrito hacía años, tanto que la pulcra caligrafía parecía formar parte del diseño, por demás simple, de una libreta para tomar apuntes. Habría podido ser parte del diseño, como un tatuaje de letra fina, pero el contexto de las palabras distaba mucho de ser lo que se podía encontrar en una hoja en blanco, impresa para ser llevada a las tiendas a nivel nacional.
Planes para encontrar a Juudai.
Bajo ese título, nada, silencio convertido en color blanco, en el tamborilear incesante del bolígrafo entre los dedos del joven, insistentes en su ansiedad, en su nerviosismo convertido en un tic. Por más que pensaba y por más que se pasaba el día mirando a la hoja en blanco (sin duda esperando una idea mágica caída del cielo) nada sucedía. Su taza de café se llenaba y se vaciaba, las camareras iban y venían (una en especial siempre más que las demás) y el mundo giraba, se sucedía, tanto que cuando menos se dio cuenta cumplió los 18 años, luego los 19 y así, hasta llegar a los 23, cuando terminó su carrera y con ella sus excusas para sus constantes fallos en la meta que en realidad le interesaba.
—¿Quieres más café? —la voz de la camarera, ya tan conocida por él tras tantos años de acudir a ese lugar, apenas lo sobresaltó, en su lugar, aceptó su interrupción como una pausa en sus planes (un buen descanso siempre ayudaba a la mente) y extendió la taza para que fuera llenada de nuevo, preguntándose si no debía, después de todo y de tantos años, rendirse y seguir su vida.
—Gracias —dijo él y se apresuró a beber, sintiendo el sabor amargo que ya le era tan familiar, aunque no por la bebida, sino por los años y las dudas, como un regusto ácido que se hubiera instalado en su garganta tras tantas dudas sin expresar, tantas preguntas sin formular, que sin duda tampoco serían respondidas.
—¿Algún trabajo muy importante? —inquirió ella, inclinándose para mirar el cuaderno, con lo que su cabello negro le acarició los hombros y le cayó como una cascada por el uniforme de color rosa.
—No, nada en realidad. Sólo garabatos que no llevan a ninguna parte —tratando de no poco cortés, Johan se inclinó para cubrir la hoja en blanco, un secreto que quería mantener para sí mismo aún si era una locura. La chica siempre era demasiado buena con él, pero eso no la hacía acreedora de todos sus secretos, al menos no por ahora—. Estoy buscando algo, pero no sé dónde encontrarlo.
No era del todo una mentira y eso aplacó el rostro entristecido de ella, que seguía sosteniendo el café en las manos, ignorando que muchos otros a su alrededor necesitaban una recarga del oscuro líquido y la miraban furiosos y expectantes.
—¿Qué buscas?
La historia era demasiado disparatada para contarla y ahora, con el paso del tiempo, a veces hasta lo hacía dudar de su propia cordura, sólo salvada, de cuando en cuando, por el noticiero de la tarde, que le llevaba noticias de milagrosos rescates y sectas destruidas, cosas que sin duda eran obra de Juudai, pero que no le permitían situarlo en algún punto en específico, pues de pronto estaba en China y de pronto en América, sin ningún control o lógica en particular. ¿Cómo decirlo? Una parte de él buscaba consejo, la otra, se resistía a hablar, como si una mísera palabra pudiera romper lo que ya su inconsciente creía era una fantasía, un producto de sus sueños adolescentes.
—A un muerto —contestó sin pensar, recordando que ésa era la meta inicial de Juudai, un muerto vuelto a la vida, una reencarnación cuya única similitud era la carne, más no el alma, quizás tampoco el corazón.
Si esa respuesta la perturbó, la mujer no mostró ningún signo de ello y en su lugar contestó, con toda la naturalidad del mundo y una sonrisa en los labios, como si pretendiera jugar:
—¿Ya has buscado en su tumba?
La sugerencia fue tan clara, tan simple, que todos los años que pasó sentado en ese mismo lugar, con esa bendita libreta, tragándose el sol junto con su café, le parecieron absurdos. ¡Por supuesto, había una tumba! La tumba de ese antigüo yo, de ese antigüo Johan que tantas cosas había hecho y desatado. Si Juudai no lo había encontrado (al otro, al verdadero) y si no era él, ¡seguro que visitaba la tumba! Seguro que habría respuestas, seguro que la nieve, no, ahora pasto sobre el erosionado mármol le contaría un secreto.
Se paró de pie de un salto, le dio las gracias a la mujer y olvidándose de su cuaderno, inseparable compañero de desvelos, echó a correr a casa, ideando en el camino una buena excusa para sus padres, quienes seguro le darían guerra antes de marchar. Tenía un objetivo fijo ahora, algo que impulsaba sus pasos más que los recuerdos y eso, más que nada (más que el destino) lo encaminaría hacia Noruega y hacia la pieza que faltaba en su interior.
