Título: La pieza faltante
Claim: Johan Andersen/Yuuki Juudai, implícito soulshipping y bridgeshipping.
Notas: Post-series. Situado en la siguiente reencarnación de Juudai.
Rating: T
Género: Romance/Angst
Tabla de retos: Misteriosa
Tema: 15. Curiosidad


La luna pareció extinguirse, la suave luz que brindaba y que se colaba por la ventana entreabierta se difuminó hasta convertirse en una sombra, que poco a poco fue ganando consistencia y forma, una forma alargada, grácil, que se coló por la ventana con la ligereza de un ladrón. Johan dormía y no notó su presencia, se limitó a removerse entre las sábanas cual si hubiera sido una brisa de verano y nada, ni siquiera las miradas nerviosas que se lanzaron las bestias gema ni Ruby Carbuncle a su lado, alzando la cabeza para seguir la trayectoria de la misteriosa figura, logró despertarlo.

Había sido un día pesado, después de todo. Un día pesado, como todos. Trabajando a jornada completa en una clínica pequeña, rodeado de pacientes, del olor a medicinas, a muerte y también a vida, ahí en las risas de los niños que curaba, en las miradas agradecidas de sus pacientes e incluso en las palabras hoscas de otros tantos, personas que no tenían el suficiente dinero ni la educación para pagar mejores servicios, pero que él hacía todo lo posible por ayudar. Había decidido avocarse a la medicina cuando era pequeño y aunque su sueño palideció ante la llegada y posterior desaparición de Juudai, terminó estudiándolo por petición de sus padres, cosa que al final resultó beneficiosa para sus objetivos, pues le pagaban muy buen dinero por sus servicios y el currículum que nunca llegó a pensar que llenaría se hizo cada vez más y más grande conforme viajaba de ciudad en ciudad y de país en país, buscando, quizás vanamente, que un día se presentara Juudai malherido tras haber salvado al mundo, para no irse jamás.

Pero la esperanza, como siempre, era ligera como una brisa, se mecía con el viento al igual que las hojas de los árboles y él nunca apareció, aunque no por eso dejó de buscarlo. Después de que terminaba su turno y tras comer algo rápido, desdibujaba sus tardes entre calles y callejones, parques y plazas, a veces luchando contra algún enemigo, a veces, deteniéndose a hablar con algún duelista que poseyera un espíritu acompañante, información, amistad, cualquier cosa. Y por las noches terminaba agotado, caía rendido en su cama de cualquier manera, sin desvestirse, para dormir 5 o 6 horas antes de volver a la faena, que constituiría su vida por algunos meses, antes de juntar el suficiente dinero para emigrar a otro lugar, a otra rutina que siempre terminaba siendo la misma.

Por eso, esa noche, Johan no se despertó. Siempre se sumía en sueños profundos plagados de recuerdos, de anhelos, de sombras difusas del pasado que no podía alcanzar, aunque parecían tangibles bajo sus párpados. Por eso esa noche era perfecta para las figuras de la oscuridad, dos, según pudo distinguir Cobalt Eagle, quien fingía dormir con la cabeza bajo el ala, en lo alto de un ropero que dominaba toda la habitación.

—¿Qué sucede? —gimoteó Amethyst Cat, siendo cuidadosa de comunicarse mentalmente con su familia para no provocar una catástrofe mayor y para ganar valioso tiempo si la intrusión de aquellas sombras requería de un plan de escape—. ¿Qué son esas cosas?

Las sombras permanecieron impasibles durante algunos minutos y mientras estuvieron inmóviles Amethyst Cat tuvo la certeza de que podían oírlos, de que sonreían divertidos ante sus palabras, como si las consideraran absurdas, quizás lo eran. ¿Cómo podían enfrentarse a ellos y defender a Johan cuando eran meros fantasmas, casi desvanecido todo su poder?

—No lo sé, pero... —Sapphire Pegasus dio una coz contra el suelo, nervioso—. Son poderosos —admitió—, y creo que...

—No son malos —corroboró Amber Mammoth, al tiempo que todos los ojos seguían el movimiento de las figuras, que habían decidido seguir con su plan, cualquiera que éste fuese y se habían acercado a donde Johan, quien seguía plácidamente dormido.

Algunos hicieron ademán de acercarse y Ruby Carbuncle se puso en posición defensiva cuando la figura negra, como un pedazo de cielo que hubiese tomado forma casi humana, se sentó (o al menos eso parecía) a los pies de la cama, con tal tranquilidad que su cuerpo no hizo ruido, ni se agitó una sola manta. La otra figura permaneció a su espalda, con los brazos cruzados por la forma en que algo sobresalía de su pecho; medía mucho más que él (que todo en la habitación) y lo habrían tomado por un monstruo de cuento de hadas si hubiera habido alguien allí para observar el extraño fenómeno además de un puñado de espíritus y un joven totalmente dormido.

—¿Qué está haciendo? —dijo de pronto Emerald Turtle, tras lo que pareció ser una eternidad—. Mi vista ha comenzado a fallar, pero me parece que...

No había necesidad de que lo describiera, la imagen era demasiado nítida a pesar de la ironía que suponía el saber que la figura era una sombra, envuelta en oscuridad. Su mano fantasmal, fuera de este mundo y de todo lo inexplicable, se alzó hasta rozar la mejilla del otro, en donde las sombras bailaron, pegándose a la piel sudorosa, a los mechones de cabello, adhiriéndose como un virus; pero Johan no hizo, de nuevo, ademán alguno de que aquello le molestara, permaneció impasible mientras la mano etérea desdibujaba el contorno de su rostro, de su frente, de sus pómulos.

La figura se estaba inclinando hacia él (y la que estaba detrás se puso en tensión) cuando Ruby Carbuncle decidió que ya tenía suficiente de todo aquello y saltó en defensa de su dormido amo y amigo, para atravesar limpiamente el contorno oscuro, que se levantó rápidamente y se desvaneció como lo que era, una sombra, sin dejar el menor rastro ni hacer el menor ruido. Como si nunca hubiera estado ahí, como si fuera una ilusión óptica.

La luz de la luna cobró vida y los ojos de Johan Andersen se abrieron con lentitud, pesados a causa del sueño, pero aún así curiosos, escudriñando la habitación que bañada con la luz plateada de la luna, seguía tan desordenada como siempre. Acababa de soñar con Juudai, aunque eso, claro, no era nada del otro mundo.